Categoría: De la música

Paulina y yo


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Parte 1

Sí, a mucha gente le parece extraño que me guste Paulina. Que me guste de saberme sus canciones y cantarlas, de comprar sus discos y así. Aunque de hecho no siempre me gustó. Puedo evocar un par de momentos en que por una cosa o por otra la recuerdo, pero la verdad es que no me hacía mucha gracia. El más antiguo es cuando, supongo, andaba de gira por el país con todo su grupo de chiquillos y chiquillas promoviendo su primer disco. Aquí los presentaron en un tapanco que colocaron en la Plaza Guadalajara, de cara a la presidencia municipal. Era 1982 u 83, por lo tanto ella tendría 11 ó 12. No recuerdo bien si le pedí a alguien que me llevara o fui por mis propios medios, porque en esa época (hay  muy poca diferencia entre su edad y la mía) ya me permitían ir solo a muchos lugares. Sobresalía entre la bola de chiquillos sin duda: sus piernitas flacas y el pelo largo y ondulado, demasiado güero. Se lo han de pintar, sentenció una señora a mi lado, mientras acariciaba la cabellera negra de su hija.

El segundo momento en que anduve rondando su música fue mucho después, en el 2000, cuando ya había dejado el grupo, y era reconocida como solista. Es un recuerdo más frívolo, si cabe remarcar el “más”: la coreografía de una de sus canciones (de la cual una de sus líneas nunca dejó de parecerme eroticona, “y cuando me besas siento que disparas en medio de mi alma”), repetida con total fidelidad por todos los travestis de todos los bares de Guadalajara; y que también la hacíamos en el público, medio en broma medio en serio, entre el grupo de amigos que asistíamos puntualmente a uno de esos bares.

“El Botanero” se situaba en la esquina de Javier Mina y Basilio Badillo. Era famoso principalmente por dos motivos: porque fue el primer bar que comenzó a hacer tardeadas los domingos (de 6 a 10 pm), para todos los que no podían trasnochar y debían llegar temprano a casa; y porque era la antesala del “Mónicas”, el primero y durante mucho tiempo el mejor disco-bar gay de Guadalajara. Los más informados dicen que “El Botanero” mucho antes había sido un bar buga y que su atractivo era un trenecito eléctrico que circulaba alrededor de todo el lugar sobre un riel elevado, cerca del techo. Era de lo más cómodo, porque llegaba uno en el tren ligero, te bajabas en la estación de la ex Penal, caminabas dos cuadras y listo. Podías emborracharte muy tranquilo y ver el show, si te tocaba un lugar cerca de la pista porque el lugar se retacaba.

Luego, cuando arreglaron la azotea como terraza, podías subir si no te interesaba ver a Selena, Lupita Dalessio o Daniela Romo. Al terminar el desfile de artistas, podías bajar a echarte una bailada con tu pareja, o buscar con quién si ibas soltero. A las diez en punto se prendían todas las luces y ya todo iluminado se escuchaba la última canción, que por mucho tiempo fue una de banda, que repetía exasperadamente su título: “La bota, la bota, la boooota”. Pero el propietario de ambos lugares (El Botanero y el Mónicas), ideó una manera de que no se le escaparan los clientes que aún quedaban con ganas de rumba, y a la vez cuidaría que no caminaran de noche las calles que separaban un sitio de otro. Entonces puso a su disposición el celebérrimo Jotibús.


To be continued…

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

Canción de amor 2


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

#HistoriasSinSpoilers

Escuché el susurro en mi oreja: ¿te gustaría chuparme los pies?

Subí por las escaleras eléctricas hacia los cines, y a él fue lo primero que vi: echado plácidamente en una banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás permaneciendo. Nadie más se atrevía a sentarse allí. Tal vez les parecía impúdica la manera en que ostentaba sus pies. Calzaba unas sandalias de piel de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran enormes. Preciosos y delgados.

Me quedé cerca, revisando las carteleras y horarios antes de atreverme a mirar. Entre una y otra sinopsis echaba una ojeada rápida, cuidando que él no se diera cuenta. Pero tal vez me demoré algunos segundos porque al  levantar la mirada lo encontré viéndome directamente. Me turbé, no supe qué hacer, hasta topé con algunas personas en mi huida. Caminé apresurado volteando para confirmar que el muchacho no venía detrás. De repente me sentí estúpido y paré.

Entré a la tienda de discos. Me entretuve viendo algunos escaparates. Frente a uno de ropa se me erizó la piel: muy cerca de mí se colocó una silueta que evité mirar incluso a través del reflejo en el vidrio. Me quedé rígido. Revisé las prendas con minuciosidad. Hasta que la silueta se acercó aún más, como mirando algo del escaparate también. Entonces me lo preguntó.

Por fin volteé a verlo. No agregó nada más, solo encontré en su rostro una sonrisa de complicidad, que de cualquier manera no me tranquilizó. Hizo un leve movimiento con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como hipnotizado hacia la salida. Veía acercarse el resplandor del sol afuera, restallando en las puertas. Antes de salir lo tomé de un brazo. Traigo carro, dije. Me dirigió un gesto de extrañeza y, todavía callado, se devolvió en dirección a las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haber dicho eso. Se adelantó un poco, pero se detuvo a esperar que lo alcanzara.

No dijimos nada más, él solamente daba las indicaciones para llegar a donde nos dirigíamos. En aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el breve recorrido me pregunté mil veces qué dirían si alguien de mi casa me viera llevando a alguien más grande que yo, desconocido para ellos. Y para mí.

Deja poner algo de música, dijo apenas llegamos, y comenzó una canción que conocía muy bien porque le gustaba a mi papá: you got this strange efect on me/ and I like it sonaba en las bocinas. Enseguida vuelvo, agregó, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor. Era una casa similar a la mía: comedor, sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. Cuadros, figuritas. Dentro el aire estaba más fresco que en la calle. Regresó y me entregó un objeto muy pequeño en forma de esfera navideña. Lo miré extrañado. Es un chicle, me informó. No supe qué debía hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó divertido ante mi duda, mastícalo un poco y lo tiras. Lo eché en mi boca. Era de sabor menta, muy fuerte, sentí un tufo helado irrumpir en mi garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se deshizo de las sandalias y subió los pies a la mesita de centro. Un exquisito aroma a sudor y cuero llegó a mi nariz. Y me arrodillé.

Tania interpreta el bolero


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

La escena se puede reconstruir con una anécdota y personajes a grandes trazos. Porque sí, es una historia de amor, de iniciación, de infidelidad si gustan. Pero lo importante no serán los hechos, sino la música que los envolvió. Que los vistió, que marcó al protagonista. Éste ha aceptado ir a una fiesta. Lo invitó un amigo algunos años mayor, del cual quizá sería un poco exagerado decir que está enamorado, pero sí que goza decididamente de su compañía. La casa donde se realiza la fiesta está lejísimos, en una colonia a las afueras de la ciudad, que el protagonista (a quien llamaremos, digamos, Ele) no conocía.

Es el “aniversario” de unos amigos de su amigo. Al principio no había entendido muy bien aniversario de qué, y la verdad es que tardó un poco en darse cuenta. Ele mira con atención a los hombres que componen la pareja: son mayores (aunque claro, a sus dieciséis años cualquiera que pase de los veinte es “mayor”), guapos, parece que están bien acomodados porque usan ropa cara y perfumes deliciosos que dejan una estela sólida a su paso. Desea algún día ser como ellos, tener una casa, un buen empleo, un carro como el que está afuera. Una pareja.

Ele no conoce allí a nadie más que a su amigo, quien a veces va a conversar y saludar a otros. Tal vez por eso se esfuerza en poner atención a la música en los momentos que lo deja solo. Así, presencia cuando uno de los anfitriones saca un disco de acetato de su funda, lo pone en el estéreo y comienza a bailar abrazado a su pareja. Tal vez puede ser consecuencia de las bebidas (aunque había aceptado al llegar un tequila con escuer, la verdad es que antes de eso el único alcohol que había ingerido en toda su vida era el de dos o tres cervezas), pero la música le llama la atención en verdad, se oye nueva aunque la canción en sí parece vieja. Elegante, sofisticada. Toma la funda. Al ver a la mujer en la portada le vienen a la mente algunas palabras: canto nuevo, Cuba. No, Cuba no, pero sí otro país latinoamericano. Tania Libertad. Boleros.

El amigo vuelve y le pide que bailen también. Ele acepta su mano y al compás del alcohol y de esa voz, se abandona a sus brazos. Decide que no va a reprimirse más, que ya no le importa que el amigo se dé cuenta que le gusta (too late darling, le diría alguien con ánimos de perrear). Sólo hay un pequeño detalle: Ele conoció meses atrás a otro amigo que también le gusta. Mucho mayor que el que lo dirige ahora en el baile. La voz. Los boleros. Un amigo. El otro amigo. El tequila con escuer.

Por fortuna el destino se encarga de ahorrarle cualquier sentimiento de culpa. Cuando ya ha avanzado la madrugada, su amigo (el que lo llevó a la fiesta) ha bebido muchos tequilas. Y cerveza, y después el líquido de cualquier botella que se encontró. Es notorio que la pareja anfitriona lo estima: cuando se vomita estruendosamente en la sala no se molestan y en cambio lo toman de la frente para que no se embarre de la regurgitación. Lo llevan a un cuarto de la casa a que se recueste y cuando vuelven, al ver a Ele sentado en un sillón, parecen recordar que iba acompañado. Ya puedes irte a dormir tú también si quieres, dicen. Ele supone que lo están invitando a ocupar la misma cama que el amigo y se encamina hacia allá.

En la fiesta quedan pocos invitados. Desde el cuarto, acostado sin quitarse más que los zapatos y a un lado del amigo que ronca sin reparos, Ele sigue escuchando la música, ahora a un volumen más bajo. Aunque de todas maneras, en su cerebro siguen sonando esas notas que, siente, han sido una revelación. Las palabras que cantaba la voz: sabrá Dios si tú me quieres o me engañas, como no adivino seguiré pensando…

De la música… | Los telebrejos II


De la música y sus asuntos

Por LUIS MARTÍN ULLOA

Y sí, la música se puede disfrutar de diferentes maneras. En un concierto, por ejemplo, en algún teatro con excelente acústica, o al aire libre. En una fiesta, donde se puede bailar o hasta cantar en coro. Para mí, se goza mucho más cuando se convierte en un acto íntimo. Y para esto, los gadgets han colaborado muchísimo, por supuesto. Recuerdo que antes de adquirir alguno, me daba mucha envidia ver a mis compañeros de viaje (en autobús o avión), que se colocaban muy orondos los audífonos para enfrascarse en un mundo, en un espacio donde sólo estaban ellos. Nada les hacía que el periplo por delante se extendiera por dos o siete horas. El aburrimiento estaba cancelado si podías acompañarte de tus cantantes y canciones.

La verdad fue que, aún con toda esa envidia, pude acceder al excelso mundo de los que podían oír música en cualquier lado ya un poco tarde. El primero que pude comprar fue, claro, un walkman (aún me da penita cuando recreo una imagen: yo, yendo a todas partes con el armastrote —aquellos primeros modelos no eran precisamente ligeros— sujetado en el cinturón por el clip que tenía en la parte trasera). Y de todos los aparatejos que aún conservo, éste es quizás el que más evocaciones entrañables me trae.

Por ejemplo, aquel viaje en carretera de CDMX a Acapulco. Estaba en un “receso”, en un “lapso de tiempo para pensar” de una relación más o menos tormentosa, así que me proveí de una bolsa repleta de casetes con las canciones más sentidas, para sufrir a gusto en el trayecto. Apenas salió el autobús de la Central coloqué el primero, que contenía las primeras canciones de Alejandro Fernández. El recuerdo es prístino: la canción “Intenta vivir sin mí” fue casi una declaración de principios entonces. Así que me dispuse incluso hasta a soltar una lagrimita así muy discreta, porque tampoco era el caso que todos los pasajeros se enteraran de las penas que me acongojaban. Ni siquiera me importó un niño que viajaba al lado mío (cuyos padres iban en los asientos al otro lado), que me miró horrible todo el tiempo, seguramente porque él quería ir en el lugar de la ventanilla. Pero ni modo, ése era el mío, y además la autoconmiseración funciona mejor viendo el paisaje que volteando hacia el pasillo.

Aaah, pero el destino es bien traicionero, y mi sufrimiento se vería interrumpido de golpe a causa de un error imperdonable: olvidé llevar suficientes baterías, para cambiarlas si se agotaban. Así que ni siquiera habíamos recorrido la mitad del camino, cuando debí suspender recuerdos, lágrimas, música, y me dormí.

Los telebrejos I


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Podría vivir perfectamente sin televisión, pero sin algún aparato que toque o transmita música, no. Esta frase la habré dicho muchas veces a gente cercana. Es casi la verdad (porque, puntualizando: podría vivir sin sintonizar ningún canal abierto o privado, pero no ver películas o series con un reproductor de dvds… eso ya es otra cuestión). Esta melomanía comenzó a gestarse en la temprana adolescencia. Tendrá qué ver con el espíritu romántico de esa etapa, supongo: las primeras ilusiones, el primer enamoramiento, la primera… muchas primicias. Y claro, escuchar música tiene qué ver con los aparatos donde se escucha. Hace días me di cuenta que bien podría hacer una pequeña exhibición de los que he usado (y aún conservo, algunos).

Cuando entré a trabajar como auxiliar de investigación en la Universidad de Guadalajara, siendo aún estudiante, lo primero que anhelaba comprar y compré, fue un estéreo con cd (en 1991, aunque no lo crean, no eran tan comunes). Pero como ése quedó en la sala, necesitaba algo para el cuarto: una grabadora de casettes, después una de cds. Aaah, pero también había que comprar los que uno podía llevar a todas partes. Así, cuando salía de viaje en autobús, podía olvidar los calcetines, pero una bolsa llena de casettes y mi Walkman jamás. Con los nuevos formatos, llegaron los nuevos aparatos. El celebérrimo mp3 trajo la grabadora que podía tocar discos con cien canciones, y el Discman. Podía viajar hasta el entonces Distrito Federal con sólo unos cuantos discos y no repetir ninguna canción. Pero el gusto no duró mucho, pues apareció el nuevo objeto del deseo: ¡el deslumbrante Ipod! Me regalaron el de primera generación, de dos gigas, que gocé muchísimo hasta que me lo robaron. Después, con los puntos de una tarjeta de crédito, conseguí uno ya de versión Touch y de más capacidad. El Iphone nunca me ha convencido, que sea el mismo aparato con el que hable y traiga mi música no me parece algo conveniente. Y ahora con el streaming, creo, se ha detenido un poco el furor por los nuevos armatostes para desviarlo hacia los programas y plataformas, que bien puede uno usarlos desde el mismo teléfono celular.

[Continuará…]