Categoría: De principio a film

El (muy lamentable) estado de las cosas


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Uno no escoge las películas. Las películas lo escogen a uno, sobre todo cuando el ocio se posiciona galantemente en las tardes de sábado donde es imperioso terminar un encargo pero no tienes ni motivación ni tema.

J. Edgar (Clint Eastwood, 2011) es un film biográfico que cuenta la vida de J. Edgar Hoover, quien fuera fundador y director del FBI por casi 50 años. Motivado por la creciente presencia comunista y los atentados simultáneos en 1919 a congresistas, senadores y al fiscal general en Estados Unidos, logró definir la política y las acciones necesarias para establecer, con mano de hierro, lo que se conoció como la “gran inquisición norteamericana”.

Tirado sobre la promesa de una gran película que dejé pasar por 6 años (la historia gringa en el cine ya me da un poco de hueva por parafernálica y exacerbada) me sumergí en una rendición de cuentas inesperada y un desesperado intento por justificar la formación de un estado policiaco que  vive disfrazado de “the land of the free”. Shame.

Esta misma semana, acá en la tierra del águila devoradora de serpientes, y de serpientes que ocupan los cargos de gobierno, la lista de feminicidios aumenta con el asqueroso asesinato de Mara, un gerente de locaciones es baleado haciendo su trabajo, la primera dama homenajea a los damnificados oaxaqueños con un vestido de diseñador, más cadáveres (incluyendo el de un niño de 7 años) siguen apareciendo ejecutados en la CDMX, donde Mancera y su delirio presidencial insiste que no hay crimen organizado y los diputados y senadores aún no se ponen de acuerdo para nombrar fiscal independiente.

Vaya, que el país está incendiado y todo parece tan normal.

Al margen de la ficción, lo terriblemente preocupante es la inacción y la acción inútil. No, no deberíamos tener que inventar popotes que detectan drogas en las bebidas para evitar que las mujeres sean violadas y luego asesinadas. No, no deberíamos tener que poner un botón de alerta en una aplicación de servicio de taxi que lo que ofrecía era seguridad. No, no deberíamos tener que decirle a un gerente de locaciones que no vaya solo a hacer su trabajo porque es peligroso. No, no deberíamos dejar pasar tantas cosas, porque la realidad es que tenemos un gobierno incapaz de hacer nada por nosotros.

Los imbéciles justifican la muerte de Mara porque andaba sola y seguro en malos pasos. Justifican la muerte de Carlos y le llaman justicia poética (hágame usted el chingado favor) por trabajar en una serie de narcos. Justifican la ejecución de un niño de 7 años porque seguro su papá andaba metido en cosas chuecas. Justifican cualquier cosa, porque ante los idiotas, los culpables somos nosotros. Y son esos idiotas los que solapan los gobiernos que tenemos, los que siguen votando por el mismo régimen que nos roba y nos saquea y nos mata ininterrumpidamente sin importar el partido que gane las elecciones. No, la culpa no es nuestra, es de los imbéciles.

Después de una flaquísima celebración de la independencia (tomando en cuenta que quien la consumó le duró su palabra menos que un pedo en la mano y se coronó emperador) terribles fantasías vuelan en mi cabeza y pienso en lo inútil que sería tener un J. Edgar, me acuerdo de Gutiérrez Barrios, de Javier García Paniagua y de la Dirección Federal de Seguridad y

Luego veo la pelea de Canelo contra Golovkin. Mi corazoncito no soporta más engaños.

Dunkirk y la purga cultural


De principio a film

Por Rodrigo González


Es innegable el talento de Christopher Nolan como director. El creciente dominio de su técnica y el impecable estilo narrativo en sus películas lo convierten en uno de los directores más innovadores, más celebrados y con una de las filmografías más interesantes para explorar de la última década.

En su última entrega nos regala una avasalladora experiencia filmada en formato IMAX sobre la batalla de Dunkirk en el año de 1940, evento que se convirtió en un parteaguas durante la segunda guerra mundial, pues a raíz de esta evacuación, los aliados lograron salvarse de la aniquilación por parte del ejército alemán, reagruparse y finalmente, cinco años después, ganar la guerra.

Es difícil, sin embargo hacer un análisis cien por ciento objetivo de un proyecto de este tamaño, ya que detrás de él, existen muchos niveles de lectura que son prácticamente imposible de abarcar. Podemos hablar de la manufactura de la que no se puede decir nada malo, con excepción de la chocante musiquita a-lo-Enya del final final, del rigor histórico (o la falta de él) o el mensaje detrás del mensaje en una época como la actual, dónde Brexit es rey y Nolan, veladamente, nos bombardea en un trasfondo sutil con una evacuación de tierra continental europea para refugiarse en la gran isla y poner a los good guys a salvo. Quizá soy yo viendo moros con tranchete, o quizá Nolan es pro Brexit, o quizá la ausencia total de personajes indios en la película provoca que se borre de un plumazo el heroico desempeño durante esa batalla del Royal Indian Army Service Corps y así, en un periplo de dos horas, emerge otra versión de la historia envuelta en la genialidad de un gran director.

Hace algunos meses noté esta tendencia en el cine contemporáneo al hablar de La La Land, en la cual salta de inmediato la ausencia de personajes latinos, letreros en español o cualquier otra referencia a la mayoría hispana que vive en California, sobre todo en Los Ángeles. Ahora la campana vuelve a sonar con Dunkirk y a mi me empieza a parecer como eso, como una tendencia, como una peligrosa purga cultural.

Ahora, estas purgas han existido y existen en todas las sociedades. En las leyes del imperio azteca por ejemplo, uno de los castigos más crueles era aquel que se conocía como la muerte total. No sólo se ejecutaba al criminal, si no que se borraban todos sus registros de vida, sus bienes se incineraban y su familia era desterrada. Se le borraba de la historia para siempre. En Alemania hoy en día, paga con cárcel quien porte una esvástica o realice el saludo Nazi. Una forma tajante de eliminar un comportamiento inaceptable. En Rusia, en la década de 1930 se realizó lo que se conoció como la gran purga o el gran terror, campaña de represión política que eliminó por completo a quien Stalin consideraba que podrían convertirse en oposición. Aproximadamente 400 mil rusos, burgueses, campesinos y miembros del partido comunista murieron, fueron expulsados del país o terminaron sus días en los campos de concentración rusos. Volviendo a Tenochtitlán, el terrible proceso de conquista y vasallaje español arrancó de tajo identidad, lengua, nombres, religión, vida civil, vida espiritual, comercio y convirtió un imperio en un pueblo sumido en la ignorancia durante 300 años. Pueblo que cuando salió de ese proceso no llegó a ningún lugar mejor, pues al termino de la guerra de independencia logró desprenderse de la corona solo para comprarse un nuevo patrón, el español nacido en México.

Puede parecer exagerado comparar eventos como la gran purga en Rusia o la conquista de México con la decisión de un director de quitar o no a un determinado grupo o etnia, pero no lo es. La forma en la que contamos las historias importa y esos detalles (no mexicanos en Los Ángeles, no indios en Dunkirk) no pueden apreciarse únicamente como detalles estéticos de una pieza o como licencias poéticas de sus autores. Desde el lugar donde sabemos de cierto que el cine es memoria y es enseñanza y preservación de la memoria histórica de un pueblo, existe una obligación hacia nosotros mismos de estar alertas sobre las versiones de las historias que contamos y nos cuentan. No vaya a ser que un día las generaciones futuras acepten sin chistar que en México todos somos rubios y vivimos en la Condesa, que Pancho Villa es un personaje de Disney, que el Ché Guevara era un gran revolucionario, que Frida era mejor pintora que Diego o que AMLO sí es un rayito de esperanza.

Jesse James y la mitificación de la violencia


De principio a film

Por Rodrigo González

Una de las principales funciones o logros del cine (y de cualquier expresión artística, para el caso) es la de re-interpretar, renovar arquetipos y presentarlos a las nuevas generaciones con el fin de facilitar el encuentro con los conceptos del bien y mal, la justicia y la injusticia, el honor y la vileza. En estas dualidades universales, podemos identificarnos, reconocernos y reforzar nuestras propias convicciones que nos permiten ocupar de manera más determinante nuestro lugar dentro del grupo social al que pertenecemos. Las películas de súper héroes, por ejemplo, han tomado el lugar de la épica, la cual nos muestra estos mismos arquetipos acercándolos al rango de modernas deidades que sirven como ejemplificación de los valores más puros sobre los que se construye nuestro contrato social.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo y la narrativa occidental fue monopolizada por don Aristóteles y su poética, siempre han existido personajes fuera de los moldes establecidos que actúan por su cuenta, buscando una justicia superior a la justicia humana, motivados por un conocimiento o deseo superior que sobrepasa el entendimiento de los comunes. Estos personajes generalmente aparecen en momentos en el que el contrato social está severamente dañado y necesita reconstruirse: Aquiles (durante la guerra de Troya), Robin Hood (medioevo Inglés), o para el caso que nos ocupa, Jesse James.

Jesse James, sin embargo, es una figura atípica, pues en él no existe realmente un deseo de justicia ulterior ni un motivo que rebase la convención social. Jesse James es el bandido sin resentimientos, con un enorme apego familiar (lugar donde encuentra su mayor motivación), con un código de honor tan complejo como retorcido y con un profundo odio hacia las instituciones. Buscado por la justicia, su cabeza fue tasada en 10 mil dólares. La recompensa terminó cobrándola Robert Ford, miembro de su banda, que lo mató de un tiro por la espalda, hecho que sirvió para que la figura de James alcanzara dimensiones de un falso heroísmo y lo colocara al lado de nombres como el de Robin Hood.

Jesse James, #HistoriasSinSpoilers

Lo que parece relevante de este contexto es que en la medida que el capitalismo se convierte en el sistema dominante, más y más ejemplos de figuras provenientes del espectro que la narrativa tradicional considera el bando de “los malos”, se posicionan como los nuevos héroes.

De manera cada vez más frecuente encontramos a estos antihéroes que encarnan el descontento generalizado y que terminan aunque sea brevemente, por ocupar un lugar privilegiado en la pirámide sociocultural, aunque su caída sea en la mayoría de los casos, estrepitosa y trágica. Carlito Brigante (Carlito´s Way), Tony Montana (Scarface), Frank Serpico (Serpico), Vito Corleone (The Godfather), Michael Corleone (The Godfather), Travis Bickle (Taxi Driver), Derek Vineyard (American History X) o el mismísimo Alex Delarge (A Clockwork Orange), son claros ejemplos del antihéroe que el cine se ha encargado de recetarnos ante la tremenda confusión imperante creada por un sistema que ha corrompido el concepto del bien común.

Obviamente, en nuestro país esa figura no podía ser ocupada por ningún otro que no fuera el narco. No conformes con la mitificación de la violencia como subproducto de la corrupción, hemos sido testigos del encumbramiento de la figura del narco-bandido como epítome de la justicia social. El narco bueno infalible, justo pero temerario, sanguinario pero solo con los enemigos y con el gobierno, que es humano porque llora y se enamora y se emborracha, pero alejado de cualquier sentimiento que ponga en peligro su “causa” al mostrar debilidad. Un mensaje por demás chueco y torpe que en pos del rating en las televisoras pareciera no tener fin.

Y ante este rebatiña por el lugar de honor del emblema aspiracional del mexicano, olvidamos que la figura del narco en la realidad compite por el primer lugar con la del político mexicano. Y esa es la razón por la cual la balanza de nuestra narrativa nacional carece de equilibrio, pues ambos espectros forman parte del mismo bando, y para el resto de nosotros, en esta nueva historia de héroes y antihéroes nacionales no hay, ahora sí, a quién irle.

Sin embargo, como bien lo mencionó Kurt Vonnegut en una de sus tesis sobre antropología social,  el buen drama solo existe cuando todas las partes tiene la razón. El problema es quizá que hemos olvidado ponernos a nosotros, a los ciudadanos comunes, a los de a pie, en el centro de la historia como los personajes principales, en historias donde podamos decir el asco y la rabia que sentimos y recuperar, aunque sea en la ficción, lo que nos han robado. Quizá si en las historias que nos contamos el resultado fuera diferente, metiéramos a la cárcel a los corruptos, a los narcos y a los políticos, algo podría colarse a la vida real. Por algo se empieza.

Ir al cine solo y que te coma el Alien


De principio a film

Por Rodrigo González

Cine solo

Me gusta ir solo al cine por una simple razón: el bote de palomitas es todo mío. Sólo mío. Por más que creo en el amoroso acto de compartir, soy muy feliz teniendo para mi la dotación completa, la fila completa o, cuando tengo suerte, la sala completa. No encuentro nada más placentero que entrar a una sala que no tiene gente y mi lugar está rodeado de hermosas butacas vacías y el sonido del aire acondicionado me da la bienvenida.

Fui a ver Alien Covenant en circunstancias similares. Entré con miedo no por Alien, si no por Ridley. Prometeus me había dejado entre el fastidio y el desencanto pero, qué se le va a hacer: es Alien, es Ridley Scott, es tarea.

La sala sola, y Alien bien. Tuvo la gracia de regresarme por momentos a aquella primera sensación de terror y de descubrimiento paulatino del miedo. Del miedo a no saber y cuando sabemos, ya no hay nada qué hacer porque todo está perdido.

Entonces cuando salgo de la sala pienso en los Aliens alrededor mío. Pienso que vivimos en un país que tiene monstruos acechándonos todo el tiempo, conviviendo con nosotros, siendo ellos por el puro gusto de ser los agentes de destrucción y de caos. Empiezo a encontrar similitudes en nuestra política y esas esporas que al respirarlas te convierten en la incubadora de un agente de maldad y de barbarie.

Pienso que estamos muy jodidos, que habría que quemar la nave para tener una débil esperanza de sobrevivir, y luego me doy cuenta que no hay esperanza porque quemar la nave significa no sobrevivir en absoluto. Pienso que entonces deberíamos armarnos de valor y armarnos con lo que tengamos a la mano, e ir a destruir Aliens en un acto de suprema justicia. Destruirles sus aviones privados y sus privilegios, sus fueros, sus dietas. Dar al traste con sus curules, sus palacios de gobiernos, sus choferes, sus cuentas en el extranjero. Quemar de una buena vez todos los cabildos y los institutos, partir a la mitad y sin clemencia todos los órganos descentralizados de gobierno. Lanzar al vacío absoluto y de paso al olvido más negro, toda nuestra historia y empezar de cero. Así, suspendidos en la gracia de ese lugar donde nadie puede escucharnos gritar, quizá podríamos escribirnos una historia distinta.

Alien

Pero la realidad es otra. De regreso del cine, caminando, tengo que mentarle la madre al conductor que no respeta el cruce peatonal, y ante un amague de pulcra violencia le digo, con golpes en el cofre, que un día su imbecilidad lo va a matar y que muchos más seremos muy felices por ello. Sigo caminando, aunque sólo para darme cuenta que el Alien ya está en nosotros.

El Alien somos todos y todos somos capaces de ser rapaces, implacables, corruptos y asesinos. Me doy un poco de vergüenza, es verdad, pero luego veo a la patrulla de la policía estatal pasarse el alto, al agente de tránsito aceptando un par de billetes del trailero que usó una avenida que no debía y así se evita la multa; recuerdo que me acaban de contar que se perdieron 2 millones de pesos de un fondo estatal dedicado a la cultura, que conozco quien vende medicinas en su casa que se roba de los hospitales del sector salud, que el gobierno compra software para espiar los teléfonos de cualquiera, que conozco a quien ha considerado seriamente falsificar una constancia de residencia para poder entrar a un concurso de guiones, y que conozco a quien lo ha hecho y ha ganado… y son tantos esos pequeños monstruos que aparecen cerca de mi, que me queda claro que todos, políticos o no, funcionarios o no, ya respiramos de esa espora, y en mayor o menor medida, ya nos comió el Alien.

Y pienso que si yo ya lo soy, por lo menos quiero decir la verdad al respecto. En una de esas y me alcanza, en mi ejercicio de autoconocimiento, para hacer un Alien meets LaLa Land y ya entrados en gastos cinematográficos, le damos un giro a la historia.

“Knight of Cups” y las preguntas sin respuesta


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Las preguntas

La primer película que vi de Terrence Mallick en pantalla grande fue The Thin Red Line en 1999. La vi en un cine en Monterrey que ya no existe (Cinema Plaza Monterrey) que estaba en la esquina de Avenida Constitución y Venustiano Carranza. La sala estaba vacía excepto por mi y otro par de personas. Después de salir del cine esa noche, preferí caminar a mi casa porque en mi cabeza había nacido una tonelada de preguntas que nunca me había hecho. Aún hoy muchas de esas preguntas no han conseguido respuesta.

Con el tiempo, gracias a las películas de Mallick, este ejercicio se volvió una constante: bajar mentalmente el volumen de todo lo que hay alrededor y entonces permitir que preguntas nuevas o viejas ocupen el primer plano. ¿Qué caso tiene preguntar nada? ¿Quién en su sano juicio votaría por estas personas que aparecen en la boleta? ¿Cuánto ganará realmente el chico que le ayuda al de los tacos a servir los refrescos? ¿Hará ejercicio la persona que se robó mis tenis sacándolos del coche?

¿El chófer de este taxi se acordará de su primera novia? ¿La extrañará? ¿Por qué extrañamos? ¿Por qué nos es imposible vivir sin añorar lo que no tenemos, el lugar donde no estamos o a las personas que no están con nosotros? ¿Por qué cuando logramos lo que queríamos, estamos donde planeamos y lo compartimos con quien deseábamos hacerlo, inmediatamente ya queremos otras cosas? ¿Acaso es falso que el apocalipsis va a llegar y en lugar de eso, vivimos constantemente sumergidos en él?

A veces las preguntas suelen ser verdaderas estupideces, frases colgadas, provenientes de un acontecimiento absurdo que sirven sólo para prolongar un instante de ocio. Otras veces las preguntas van amarradas a cosas como el sonido de caballos galopando, que siempre he asociado con ciertas preguntas que tienen que ver exclusivamente con en el final de las cosas; no del mundo, ni de la humanidad, pero de las cosas, las cosas como yo las conozco, una especie de apocalipsis personal.

El cine cerró y durante muchos años estuvo abandonado. Junto al cine abandonado construyeron un hotel y desde ese hotel, en el año 2010, un grupo de sicarios pertrechados en la azotea y en algunas ventanas de los cuartos, emboscaron un convoy de militares. Yo iba justo detrás del convoy en un taxi, rumbo a una cita de trabajo, y sucedió exactamente lo mismo: desapareció por un momento el volumen de todo al rededor mío, y un montón de preguntas rebotaron en mi cabeza. ¿Qué se sentirá que te den un balazo? ¿Dolerá mucho morirte así? ¿Cuántos son 20 mil muertos? ¿De verdad es la muerte el final de todo? ¿Y si no hay nada después de la muerte, entonces qué carajos importa?

¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿En qué beneficia al mundo? ¿En qué beneficia a nadie escribir un cuento, hacer una película, un poema, tomar una foto, escribir una nota en el periódico, abrazar una causa, ser contador público, político, albañil? ¿De qué sirve? ¿Cómo se traga uno el horror de la violencia? ¿Cómo se supera y se aprende a vivir así, en medio del olor a muerte y a tragedia, si al final no sirve de nada?

El evento del hotel terminó para mi cuando un soldado me sacó de la parte de atrás del taxi y cubriéndome con su cuerpo me llevó hasta la esquina de Venustiano Carranza e Hidalgo y me gritó que corriera. Corrí tanto que llegué a Guadalajara.

¿Respuestas?

Hace unos días vi Knight of Cups, también de Mallick, y ahora fueron las respuestas, algunas puntuales, otras disfrazadas, las que llegaron a mi cabeza: hacemos lo que hacemos por que el mundo nunca va a ser perfecto y de serlo, lo que hacemos entonces no tendría sentido. Esa es la razón para hacerlo.

Y el sonido de los caballos galopando está siempre ahí porque yo soy el jinete en mi propio apocalipsis. Entonces ya no hay nada qué temer.

“Arrival” y la generación más triste


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Arrival

La gran ventaja de las vacaciones es que no importa qué tantas veces cambies la agenda del día, no hay nadie ahí para reclamarte. Por ejemplo, puedes decidir que harás ejercicio de 10 a 11 de la mañana, pero si lo haces de 4 a 5 de la tarde no importa. Incluso si lo mueves al día siguiente, tampoco importa tanto. Es decir, la naturaleza del periodo vacacional obtiene su fuerza primordial en el momento en que cualquier actividad puede ser sustituida por una actividad menos cansada y más entretenida. Así es como tus planes de hacer ejercicio diariamente pueden ser reemplazados por larguísimas sesiones de Netflix, Roku, Clarovideo, o lo que se tenga a la mano sin culpa alguna, así, hasta que terminas embriagado de series de tv, películas, documentales y un largo etcétera de cosas que jamás hubieras visto en tu sano juicio.

Así fue como se me atravesó Arrival (Denis Villeneuve, 2016). Ciencia ficción de alto calibre, perfectamente bien ejecutado aunque incomprendido para la gran parte del cinéfilo promedio. Sin mucha tierra de por medio, o te gusta Arrival o la odias. Pieza de enorme trascendencia y magnífica hechura que explora en un logradísimo periplo narrativo (que nunca nos deja ver claramente dónde está el futuro, dónde el presente, dónde el pasado, por que eso no importa) las preguntas básicas de la existencia.

Todo es cuestionado: nuestra pequeñez como especie, nuestra percepción del poder, del tiempo, el desarrollo y uso del lenguaje como herramienta de progreso o como arma de conquista, la ciencia como plano capaz de explicarlo todo o de destruirlo todo. No cuento más de la película, solo que al terminar de verla me quedé con una sensación que estaba entre la incomodidad y la tristeza.

Confirmé que vivimos en una época brutal y por demás bizarra: por un lado estamos a solo unas décadas de convertirnos en una especia interplanetaria y quizá seamos testigos de como la ciencia resuelve los problemas de acceso a la energía y al agua potable en todo el mundo. Quizá también veamos como acabamos con el hambre en el planeta y todos estos logros no son otra cosa que productos de la ciencia, del avance humano. Pero también, y al mismo tiempo, estamos a solo un par de malas decisiones de desaparecer por completo como especie. Entre el desastre ecológico y lo cerca que estamos de una equivocación militar de proporciones incalculables, esta dualidad a veces se torna insoportable.

Debe existir un cierto grado de locura en cada uno de nosotros para poder vivir con ambos conceptos tan perfectamente incrustados en nuestra cabeza y tan absurdamente equilibrados. La idea de la extinción pareciera ser algo que solo puede suceder en las películas, a pesar de tenerla todo el tiempo a escasos acontecimientos de distancia, mientras que la idea de la trascendencia como especie está ahí justo enfrente de nosotros, sucediendo todo el tiempo y pensamos en ella como en una idea fantástica, digna de una mala película de Sci Fi.

Arrival #HistoriasSinSpoilers

La generación más triste de la historia

Quizá es esto lo que nos convierte a los que nacimos antes de 1990 en la generación más triste de la historia de la humanidad. Somos los últimos seres humanos que conocimos el mundo antes de que existiera el internet. Somos la última generación que tuvo en su casa la enciclopedia Britannica y hacía fichas bibliográficas para estudiarla. Somos la generación que verá el nacimiento de la inteligencia artificial, pero no va a disfrutarla. Somos la generación que verá llegar al primer ser humano a Marte, pero la gran mayoría de nosotros nunca viajará al espacio. Somos la generación que será testigo de la erradicación del cáncer pero seguramente algunos de nosotros seamos de sus últimas víctimas. Somos la generación bisagra, un puente acaso, el tanque de combustible del transbordador espacial. Qué lugar para estar.

Aunque también puede ser que todo esto sentimiento sea solamente cruda post vacacional. Quizá deba dejar la ciencia ficción por un rato. O quizá no, quizá deba ocuparme de encontrar un lugar privilegiado para ser testigo de lo que viene. Porque viene, claro que viene.

Logan y la feliz ausencia del final feliz


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Desde hace un par de años me resisto como gato boca arriba a las películas de súper héroes. No porque no me gusten si no porque hay algo en mi adulto altanero y bravucón que me dice que debo parar, que debo colocar mis esfuerzos intelectuales en empresas más profundas, en figuras más complejas, en métodos narrativos más innovadores.

X Men siempre ha sido una saga difícil para mi porque no soy fan de la saga, nunca fui (llegué tarde) porque me confunden sus miles de versiones y cientos de miles de vericuetos, y por lo mismo, la he dejado un poco de lado, así como dejo de lado los alegatos internos del PRD o de MORENA o las marchas por la liberación de Burundi, y no porque la liberación de Burundi no sea importante (la verdad es que no se de quién se quieren liberar), es sólo que me siento como el que llega a la fiesta con chelas cuando ya todo el mundo se está yendo al after. Llegas a la marcha pro Burundi, pero la banda ya se está yendo a la protesta por la liberación del Cristo de Iztapalapa. Mierda.

Con mi padre de visita en la ciudad he tenido que extender las alternativas de entretenimiento y ayer miércoles decidimos ir al cine. La idea era ver John Wick 2. El horario dijo Logan.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Después de una semana con mi padre hemos hablado mucho. El contexto no es precisamente un continuo de temas: pasamos de hablar del negocio que estamos haciendo juntos a la mejor versión de menudo que ha probado y dónde, y luego se le ocurre contarme cuando mi abuelo lo sacaba del billar a cachetadas cuando apenas tenía diez años. Cosas de familia, pues.

Llegamos a la función de Logan y lo que pensé que sería no fue. Me prometieron que vería algo que no vi y me dijeron que saldría contento de algo que salí llorando. O casi, pues.

Y entonces resulta que una película me puso en mi lugar. Una película me dijo así te ves, así te ven los demás, así caminas, así hablas, así refunfuñas, así mientas la madre, así te quejas de todo, así te complaces con las cosas más sencillas, así bebes, así manejas, así tienes corazón de pollo.

Ahora bien, quiero aclarar que no me estoy comparando con Logan-Wolverine-HugeJakman-X24, para nada. Se trata de algo más sencillo: en términos del elegante francés que me dejó la preparatoria le llamaré “el gran putazo generacional”.

Sentado al lado de mi padre, que recién cumplió sesenta y ocho años me di cuenta que tengo cuarenta y dos. Me di cuenta que soy la otra generación, la de los rucos. Que ya crucé la mitad de la vida. Que sí me siento fuerte y me siento joven y tengo muchos planes, pero también me di cuenta que tengo un hijo de quince, que las heridas no me sanan tan rápido, que si corro en el bosque me canso, que perseguir la chuleta cada día me preocupa y me cuesta más.

Pero luego veo a mi padre que tiene sesenta y ocho y a mi hijo que tiene quince y pienso que no puedo estar en mejor lugar. Que el afortunado soy yo. Veo al país en el que vivo, en el tiempo en el que lo vivo y no quisiera estar en otro momento tan lleno de promesas, de sueños y de posibilidades de fracasar. Veo a mi padre que tiene sesenta y ocho y a mi hijo que tiene quince y pienso en todos los superpoderes que tenemos juntos.

Veo que como en Logan no hay finales felices. Lo que sí, es que hay una posibilidad latente, real, cierta, de hacer de la vida un viaje lleno de sangre, de logros, de fracasos, y de la promesa que dice que los que vienen pisándonos los pasos son más inteligentes que nosotros, más valientes que nosotros, más rápidos, bellos, divertidos y ambiciosos que nosotros. Y eso, ya hace que el viaje valga la pena.

No vayan a ver Logan con su papá. O sí.

La La Land o la visión sesgada


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Cualquier persona que diga que Estados Unidos no tiene una cultura propia se equivoca como se equivocan quienes afirman que la cultura de México (o de cualquier país) es la mejor del mundo. Ambos grupos comparten una visión sesgada, mezquina y parcial.

Para Estados Unidos, su mayor y más poderosa ventana cultural está en el cine. Todas las demás manifestaciones artísticas le sirven como decorado y basamento para construir el gran entramado de la cultura (o industria) del entretenimiento. Así ha sido desde el final de la segunda guerra mundial, cuando los grandes estudios de Hollywood (por cierto, los estudios más importantes están en Culver City y en Burbank, no en Hollywood) coptaron el mercado mundial de la cinematografía hasta llegar a lo que tenemos ahora: un sistema de propaganda multifuncional que hace llegar el mensaje (cualquier mensaje) de la nación más beligerante y poderosa que existe a todos los rincones del planeta.

Una vez que asimilamos el impacto de la unilateralidad del cine estadounidense es imposible negar que el desarrollo mundial de la cinematografía viene de la incesante carrera que han emprendido los estudios por apoderarse del monopolio de la distribución y exhibición en todos los países que les sea posible, en detrimento de otras manifestaciones cinematográficas.

Y como es imposible sacar la política de la cultura y por ende del cine, resulta por demás curioso el fenómeno de una película como LaLa Land. Ambientada en Los Ángeles en la época actual, el director Damien Chazelle se sirve con la cuchara grande y construye a través de esta historia de amor fallido y sueños realizados (o no), un autohomenaje al Hollywood que ya se fue. Singing in the rain, An american in Paris, The Umbrellas of Cherbourg, Sweet Charity, Broadway Melody, Funny Face o The Red Ballon, y todas las de Fred Astaire y Ginger Rogers son solo algunas de las referencias identificables en la cinta. Me atrevería a decir que hay incluso una referencia a Soy Cuba, pero en caso de afirmarlo creo que me estaría extralimitando.

Ambientada en Los Ángeles en la época actual. Ambientada en Los Ángeles en la época actual. Tengo que repetirme esto un par de veces al salir del cine porque para mi, ahí es donde radica su mayor falla pues, a pesar del fantástico despliegue técnico y artístico, y ante la imposibilidad de negar el talento de Emma Stone, Ryan Gosling y el cinematógrafo Linus Sandgren hay una serie de preguntas que me es imposible responder:

¿Los Ángeles en la época actual y en la película no aparece un solo personaje latino, un solo mexicano, un solo letrero en español? ¿Acaso no es esto una visión sesgada, mezquina y parcial de una realidad llevada a la fantasía? ¿Es intencional borrar por completo la presencia de toda una comunidad? ¿o solo es un pavoroso descuido de un director al que se le nota más preocupado por la autofelación en el idilio hollywoodense que en la urgencia de un discurso incluyente en un país que se cae a pedazos? Caray, ¡ni los meseros de las fiestas en la película son latinos!

Al final de la cinta, debo reconocer, aparece un personaje de nombre Javier González, trompetista de la banda de jazz de Sebastian, y sin embargo no alcanza para compensar las dos horas de ausencia hispana en una cinta ubicada en la ciudad con mayor presencia hispana de Estados Unidos.

Me parece fundamental la función del arte como pasta unificadora y crisol del diálogo y la resistencia. Y de igual forma, me parece vital que sea a partir del arte desde donde nos arriesguemos a reclamar nuestros espacios, desde donde nos animemos a contar nuestras historias y desde donde podamos encontrar las respuestas a los tiempos que se vienen sobre todos nosotros.

Mad Max o Mad Mex


De principio a film

por Rodrigo González M.

Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) se presentó en las pantallas como el más temible y posible futuro distópico para la humanidad: el hombre máquina, el todopoderoso conquistador del mundo vuelve a las cavernas víctima de su propia ambición y su irracionalidad. Ahí el maestro Miller nos cuenta cómo una guerra global deja a la raza humana y al planeta entero el borde de la extinción y la manera en la que, de sus propias cenizas, comienzan a florecer vestigios de una nueva civilización, de una nueva era. A pesar de que esta nueva civilización se acerca sobremanera al núcleo más violento de los seres humanos no deja de ser terriblemente familiar a lo que somos ahora: divididos entre aquéllos fanáticos religiosos, soldados de la fe dispuestos a morir por la causa; los que de alguna manera resguardan el conocimiento científico, lo impulsan y lo difunden, y los que atrapados en medio de ellos intentan sobrevivir.

Acá de este lado, fuera de las pantallas, apenas se anunció el “gasolinazo” en diciembre pasado, la mayoría supimos de cierta forma qué iba a suceder. La distopía, el temor de que nuestras peores pesadillas se hicieran realidad empezó a tomar forma: intuimos las marchas, las protestas, los bloqueos en las carreteras, la toma de casetas y, con todo ello, los abusos policiacos, los atracos, los saqueos, los vidrios rotos, nuestra dosis de caos de enero, la manipulación cibernética, las descalificaciones, los dedos acusadores apuntando a todos lados. Seguimos frente a la computadora para ver sin mover una pestaña la desaparición de Syria, la sonrisa de Putin y su intervención en las elecciones de Estados Unidos, los débiles esfuerzos de la ONU para contener a Israel y sus asentamientos ilegales en Palestina. Si acá ya veníamos arrastrando 10 años de violencia virulenta en todo el país, lo que empieza a pasar en la banqueta de enfrente tiene aires de tragedia. Entonces llegó el nombramiento de Videgaray como Canciller, la próxima toma de posesión de Trump como presidente de Estados Unidos, el dólar a 21 pesos, Duarte riéndose de todos nosotros en alguna playa del mar Caribe.

Desde este punto, ya es fácil imaginar las siguientes escenas para el verano de 2017: en medio de un conflicto menor por un gasoducto en Asia central, Trump aprieta el botón equivocado, entonces Putin llama a la calma pero al dar el manotazo en la mesa, aprieta también el botón equivocado y bueno, hasta aquí la historia de civilización occidental.

Hay gente que sólo quiere ver el mundo arder y hay gente que ve el mundo arder y no hace nada. Pero ganan poderosamente mi atención aquellos que, por dar un ejemplo, piden que para resolver nuestros conflictos consumamos únicamente productos mexicanos, como si el tomate, los huevos, la leche, el pan, las tortillas que se producen en México fueran a transportarse en camiones mexicanos, con gasolina mexicana, en carreteras hechas con maquinaria mexicana y los pedidos se fueran a tomar y registrar con computadoras mexicanas, se fueran a recibir las llamadas de los clientes en smartphones mexicanos, o a recibir correos electrónicos en el servicio mexmail, dar nuestra mejor muestra creativa en 140 caracteres en tuitmex, y todos fuéramos parte de la gran red social conocida como mexbook: todo esto, claro, hecho con tecnología mexicana de punta. Pues no, la verdad es que eso no va a pasar. En el mundo interconectado y globalizado en el que decidimos jugar, los gobiernos que escogimos nos pusieron a bailar con la más fea y la más fea es la que no fue al baile. Es decir, nos robaron. Estamos solos, solos en medio de la pista, haciendo el ridículo en la fiesta de las naciones.

En nuestro Mad Mex la lucha también es por la gasolina y por el agua. También queremos salvar a nuestras mujeres y a nuestros niños, también queremos escapar a ese lugar que es verde y que es promesa y es futuro y es prosperidad. Pero también sabemos que ese lugar se fue hace mucho tiempo, que ya no existe y que la única forma de salvarnos es volviendo sobre nuestros pasos, enfrentar el horror de lo que somos, la vergüenza de lo que no hemos hecho y no hemos querido ser, y abrir la llave para todos. La igualdad es, en este momento, lo único que puede apagar la llama de la indignación social, erradicar la tontería política y cambiar la realidad.