Categoría: La pecera secreta

El esquivo pez patria


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Decir que los lunes son terribles es caer en un cliché, pero lo son. El fin de semana nunca alcanza. La rutina suele ser la misma, me levanto a las seis treinta porque apagué la alarma de las seis quince, aún me quedo algunos minutos mirando hacia el techo, o viendo las notificaciones de mi teléfono, o pensando en cuando será el día que tenga energías para levantarme fresco y alegre. No, no creo que llegue eso último. Mientras mi esposa arregla a los niños, yo me visto, luego hacemos su desayuno y almuerzo. El primer día de la semana ellos están más renuentes y yo suelo estar ralentizado, moviéndome cómo a través de un líquido viscoso.

El camino a la escuela se complica aún más debido a que en lunes se pone un tianguis por la que es la ruta más directa. Durante algunas cuadras los carriles de un lado de la avenida deben volverse calle de doble sentido. Por supuesto la histeria está en todos los conductores, los claxonazos se dan a la primera provocación y no faltan quienes se meten a la brava o dan vuelta donde no está permitido. Llegar a la escuela no suele ser muy distinto, a pesar de haber un carril exclusivo para bajar niños, en el cual todos vamos haciendo cola con paciencia, no faltan los padres que se ponen en doble fila o tapan alguna cochera de un vecino con el pretexto de bajarse a acompañar a sus criaturas hasta la puerta tomados de la mano. Debo ser un padre terrible, yo desde pequeños les enseñe a que deben bajarse solos, a ponerse la mochila en la banqueta y cerrar la puerta del auto, todo lo más rápido posible. Solo me falta darles una patada para que se bajen, suelo pensar cuando veo a esos padres tan amorosos, que sin embargo en el nombre de esa atención no les importa perjudicar el orden o a alguien más.

Hace unas semanas, a inicios de septiembre, repetíamos esta rutina semanal y, mientras bajaba a mi hija, mi niño de cuatro años vio a uno de los autos estacionados en una cochera con un par de banderas tricolor sujetas al marco de la puerta. Me preguntó con su voz inocente que si podíamos comprar unas iguales para mi coche. Sonreí y respondí que ya veríamos, mi forma sutil de decirles que no a alguna petición.

Con el inicio de Septiembre suelen venir los repasos de temas cívicos, de historia, las tareas donde hay que hacer una maqueta o una bandera, incluso el mandarlos disfrazados a la escuela. Por estos días me surge una cuestión que tiene ya algunos años: ¿Cómo les inculco a mis hijos los valores “patrios” si yo mismo estoy desencantado de ese concepto?

El fin de semana del grito en las redes se encontraban dos posturas: mientras que unos señalaban que no había nada que celebrar, otros repetían las virtudes que tiene el país, la cultura, su gente. Yo no me expresé por ninguna. Si bien entiendo el valor que tenemos como sociedad, el sentido de pertenencia que inculca la cultura e historia común, tengo años, décadas, apático hacia esta necesidad de alegrarse por haber nacido en cualquier lado. A ese respecto creo me identifico con el poema “Alta Traición” de José Emilio Pacheco, para mí también el fulgor abstracto de la patria es inasible. Sin embargo, después del sismo del 19 de septiembre fui testigo, como muchísimos otros, de cómo la gente se unió, de cómo emergió lo mejor de las personas ante el desastre. Al igual que todos, me conmoví con las imágenes y me asombré ante la fuerza mostrada en la adversidad.

Es curioso, pero desde que recuerdo, mis padres siempre nos dijeron que ellos trabajaban para darnos lo que no tuvieron. Sin dejar de agradecerlo, y tal vez estando yo equivocado, mi esperanza ha sido más bien que logre educar a mis hijos para que sean mejores que yo. Hace unos años, en una junta, nos preguntaron a los padres que virtudes esperábamos inculcar a nuestros hijos. Mientras muchos hablaron de amor, civismo y agradecimiento, yo mencioné inteligencia, pasión y empatía. Ahora me explico, porque aquel día no tuve oportunidad: Más inteligentes, no en las notas sino en sus decisiones, que tengan pasión ante la vida, que sigan sus sueños y cada día tenga un sentido, y sobre todo más empáticos, que se pongan en la piel del otro y desde allí intenten entender el mundo. A ese respecto, procurare que durante los años que vengan vean las imágenes de estos días, que se conmuevan como yo y descubran esa otra “patria”, la que no es oficial, la que surgió espontánea. Me queda, nos queda, también enseñar con el ejemplo: serán meses para seguir ayudando.

En esta semana he visto a las personas manejar con más calma, a los padres ser más ordenados, abrazar con más cariño a sus hijos cuando los dejan en la escuela. Si bien este lunes fue igual el cansancio y la prisa, algo hay diferente. Espero no olvidemos pronto, espero yo no olvidar. Hoy volví a dejar que se bajaran solos, les repetí que los amo antes de que cerraran la puerta.

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash