Categoría: Orilla de letras

Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

Kazuo Ishiguro: Los peligros de la memoria


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe


La palabra novela no es suficiente para englobar lo que es El gigante enterrado. Cuando nos adentramos a sus páginas, adquirimos los poderes del mismo Merlín y más que leer fluímos hacia el ayer. En esta obra, Ishiguro nos conduce a la Edad Media, a un territorio habitado por británicos y sajones pero también por ogros, dragones, caballeros y leyendas que avivan el imaginario de un texto donde se expone la maestría del autor.

Nuestros héroes son ancianos. Aventureros presos en un cuerpo desgastado. Axl y Beatrice viven en una aldea en donde se les desdeña por su edad. Allí una extraña niebla se desliza provocando la perdida de la memoria. Su peso va pisoteando los recuerdos y las mentes se aferran a las pocas certezas para construir una identidad. Así, esta pareja que se profesa un amor indestructible, sólido como las murallas de un castillo, decide emprender un viaje en busca de ese hijo que partió hace tiempo. Sin embargo ninguno de los dos recuerda hacia qué lugar en particular, sólo tienen pistas, ideas vagas, y esperan que el avanzar hacia él les permita encontrar respuestas.

El autor japonés sustenta en la trama los recursos narrativos. Por momentos los capítulos se componen de recuerdos dentro de recuerdos. De esta forma, el viaje de los personajes en busca del objetivo no sólo depende de recortar la distancia sino de reconstruir las ruinas de la mente. Beatrice demuestra el pánico de quien olvida. ¿Cómo se puede comprobar el amor que sentimos por alguien cuando no somos capaces de recordar lo compartido?

Pero el libro también rescata las ventajas de olvidar. Britanos y sajones, constantemente enfrentados, viven una época de paz, una calma que tal vez se mantiene porque la niebla no sólo arrasa con los días gloriosos sino también con el rencor, con los resentimientos y esos odios encarnados que impiden a los pueblos empezar desde cero. Wistan, guerrero sajón y uno de los personajes fundamentales del texto, ejemplifica cómo a veces es imposible perdonar:

Fueron britanos bajo el mando de Arturo los que masacraron a nuestro pueblo. Fueron britanos los que raptaron a tu madre y a la mía. Nuestro deber es odiar a cada hombre, mujer y niño que lleve su sangre. De modo que prométeme esto. Si muero en combate antes de transmitirte mis conocimientos, prométeme que darás cabida a este odio en tu corazón. Y si alguna vez flaquea o amenaza con desaparecer, protégelo cuidadosamente hasta que la llama reviva. ¿Me prometes que lo harás joven Edwin?

Memoria vs. Olvido, esa es la gran batalla a la que acudimos. Necesitamos de los recuerdos para sonreír, para abrazar a quienes se han vuelto aire, para reafirmar que coincidimos en sentimientos, para creer que el mundo no es una ilusión, para retornar a la espuma de un mar. Pero como humanos también nos es preciso olvidar, aprender a borrar las heridas y esas discusiones que golpean el corazón; requerimos deshacer miedos, el dolor del rechazo, la imagen de un padre al borde de la muerte.

Tal vez Wistan tenga razón y debemos reconocer a quienes nos han dañado, pero al mismo tiempo, eso mismo es lo que mantiene el odio en lugares como Medio Oriente; quizá sea necesario un poco de olvido, un dragón que nos embruje, una niebla que regale paz. Por otro lado, ¿Axl y Beatrice se amarían tanto si recordaran las pequeñas traiciones? ¿Su perfecto amor es una mentira tejida con retazos de vapor?  Voltear hacia atrás siempre es peligroso; sin embargo, dejarlo ir todo también es renunciar a nuestra esencia, tornarnos fantasmas sin raíces. Sería maravilloso sólo recordar lo bello. Pero si algo sabemos es que nada es gratis y recurrir a la memoria también es despertar a los más horribles gigantes

Andrés Neuman: certezas y dudas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Neuman, #HistoriasSinSpoilers

No sé por qué intento respirar tu rastro cuando la lluvia perfuma el polvo, ansioso de encadenarte a mis pulmones. No sé por qué convoco al pasado, si estoy seguro que es un inválido sin ruedas. No sé por qué acaricio a los gatos como si buscara un secreto medieval en sus ronroneos. No sé por qué desconfío de los dioses, necio a darme cuenta que son tan necesarios como las caricias de un mentiroso amante. No sé por qué insisto en escribir, edificar párrafos endebles sin inquilinos.

En su poemario, No sé por qué, Andrés Neuman ejecuta un juego reflexivo y se aventura a cazar respuestas. No sé por qué venero la pornografía, es el verso inaugural del texto. Aquí el autor, descubre la fascinación por el salvajismo, la seguridad que brinda la distancia y el placer tan cómodo encontrado en la soledad.

En otro poema, afirma que las urnas funerarias son grandes ceniceros. Neuman se reclama su pasión por el cigarrillo a pesar de ver a su madre morir de cáncer, me desprecio cada día por no salvarla en mí. Así, la obra regala grandes sentencias y en ellas se revela un escritor que apenas a sus cuarenta años posee la experiencia de un mago de blancas barbas. Los poemas son un partido de tenis en donde el saque presenta la interrogante y la solución será ese punto ganador al que le aplaudimos con la boca abierta.

Para Andrés, hacer el amor no es broma, aunque se pregunta por qué reímos al entregarnos al otro, ¿será por las posturas carentes de elegancia?; pero al mismo tiempo, sabe que en el acto rozamos con la punta del pie un paraíso.

Neuman también indaga sobre la insistencia de las lagartijas, el desequilibrio de los cuadros, la utilidad de las comas, el tiempo perdido en internet y los besos enjaulados en la humedad de los labios. También se sorprende al darse cuenta que lloramos mejor con las películas/que con el argumento de la vida propia. Sin duda, es más fácil ser espectador que personaje; cuando las lágrimas son nuestras, resultan sobreactuadas o demasiado contenidas, sin la práctica de los grandes histriones.

Pero así como se cuestiona el llanto, hay un poema impactante, tal vez uno de los mejores de la obra. No sé por qué me río si me consta la muerte. Ante esto plantea tres hipótesis: reírse es un método exorcista, la risa es un buen truco/para que el cadáver desaparezca del escenario y reírse/es agradecimiento/celebración de los ausentes/que alguna vez también se divertían. Esta última, me resulta la más gratificante, con nuestras bromas los fallecidos cobran vida, recordamos su esencia, la mirada encendida al ser parte de una carcajada galopante. La risa como escudo indestructible, como música que acompaña a todas las vidas desde el inicio de los tiempos.

Para el ocaso de la obra, aparece un cuervo que persigue al autor y él tampoco sabe el porqué. Es el mismo, nos cuenta, que oscureció el verano de Van Gogh, ese de Poe graznando nunca más nunca más. Al ave, Neuman le pide durar un poco más un poco más un poco. Aunque sin especificar el para qué de la demanda, al final del libro nos es bastante clara la misión del autor: mientras esté con nosotros, nos compartirá verdades vestidas de dudas; el argentino es un explorador y bucea para resolver misterios.

No sé por qué, Andrés, encuentro en tu poesía tantas certezas, motivación, el goce de encerrarme en un libro y no salir de ahí. No sé por qué, Andrés, aún creo en el amor, en el mundo mejor que soñaron nuestros padres, en la alegría, en festejar cumpleaños y abrazar a los seres que nos reparan el corazón; no sé por qué aún espero los besos que anhelan eternidad como si desconociera la fugacidad de la belleza. No sé por qué, Andrés, a pesar de tantos golpes, aún no me enfermo de cinismo; será que la sonrisa me es útil para espantar a la gramática torturadora, al cansancio, a esas mujeres que, como diría Girondo, no saben volar; pero en especial, la mueca me sirve para engañar a los cuervos, aquellos que cuentan nuestras horas.

 

Rosa Montero: Entre la belleza y la oscuridad


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Sólo instantes. Recordamos poco. La memoria es exigente y caprichosa. De mi infancia guardo imágenes sueltas. Cuando observo hacia atrás siempre aparecen los mismos dibujos. Ahí está ese yo que juega con sus figuras de acción, el pobre de amigos, el que mira desde una azotea cómo el sol tortura al pavimento. Están los brazos de papá llevándome al estadio, la voz de mi madre enseñándome a leer y la mano de mi hermano que le impidió a un hambriento remolino arrastrarme hacia Oz.

La infancia debería ser ficción. Añorarla como un cuento favorito, con el seguro final feliz. Años de historias perfectas y mentiras creadas por expertos escritores. Rosa Montero podría estar a cargo de esta labor, con su pluma sería capaz, sino de ocultar, sí de alumbrar los tramos más sombríos del camino de cada niño.

Lo hizo con Baba en Bella y oscura. Una historia que envuelve con calidez desde sus primeras líneas. Nos topamos con una pequeña arrojada al vacío de una ciudad desconocida. Allí donde la espera una tía de carácter débil, un tío egoísta, una abuela con porte, un primo triste y una enana colmada de sabiduría; con el poder de regalar la imaginación necesaria para decorar ese barrio marginal.

Esta no es una historia de viaje. Montero, con su riqueza de lenguaje, maestría narrativa y una hermosa capacidad de reflexión, nos hace vivir dentro del Barrio. Junto a Baba descubrimos a los personajes que lo habitan, a la maldad, a las historias de la enana, a Segundo (ese tío al que hay que tenerle miedo). La relación que la pequeña establece con su abuela es enternecedora. Doña Bárbara una mujer fría y reservada, pero que a través de hablarle al aire reparte consejos y le abre su corazón a esa nieta que parece una isla a la deriva. Baba ansía, como nada en este mundo, la llegada de un padre que ha prometido el regreso.

Es una historia de crecimiento; perder la ingenuidad para sobrevivir en un sitio olvidado. Un Barrio donde los padres entierran vivos a sus bebés y algunos niños mueren por la adicción a las drogas. También hay espacio para una calle violeta, de luces neón, un río de sudor en el que las mujeres se exhiben en vitrinas, abren sus piernas y ofrecen un túnel de placer que alimenta el deseo de los hombres. Baba aprende los secretos del entorno para hacerse fuerte, pero en medio de esas tinieblas, deberá mantener la esperanza de un futuro mejor, creer que su padre llegará, que Segundo abandonará la familia. Arelai, la enana, se encarga de alimentar esta fe. Para ella, existe una estrella que cumplirá nuestros deseos y entonces a la realidad no le restará más que mutar.

Dentro de la elegancia del texto, en los relatos de Arelai, en sus enseñanzas, o fábulas sobre gigantes y enanos, Montero coloca en la voz del personaje un contundente discurso el cual considero importante rescatar:

“El amor no es sino la acuciante necesidad de sentirse con otro, de pensarse con otro, de dejar de padecer la insoportable soledad del que se sabe vivo y condenado. Y así, buscamos en el otro no quien el otro es, sino una simple excusa para imaginar que hemos encontrado un alma gemela, un corazón capaz de palpitar en el silencio enloquecedor que media entre los latidos del nuestro, mientras corremos por la vida o la vida corre por nosotros hasta acabarnos”.

Quizá, con estas palabras, la autora nos permite entender un concepto tan confuso e incomprendido. Estamos solos, tremendamente abandonados y buscar otros labios no es más que silenciar con besos una terrible verdad.

Montero invita a soñar más allá del desencanto, de la presencia de la muerte y del sufrimiento floreciendo en cada esquina. No recuerdo si en algún pasaje de mi infancia apareció esa estrella única, como dije, el pasado cada vez me es más borroso, como si mi mente intentara recordarme que es necesario respirar sólo en el presente. Entonces, si esta vida aún no es la que la deseamos, no nos resta más que construir el día con esfuerzos. Es preciso recorrer las corruptas ciudades cargados de ilusiones por más empolvadas que estén y, como Baba, aguardar el arribo de un amanecer destellante; allí donde la belleza devorará el corazón de esta oscuridad que nos pesa tanto.

Murakami. El atentado en las agendas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Relacionistas públicos, gente del mundo de la moda y el cine, trabajadores de la industria automotriz, contables, abogados, artistas, ejecutivos, militares, incluso un jockey irlandés. Casi todas los oficios y profesiones confluyen en el sistema de transporte subterráneo de Tokio. Allí, los vagones no sólo desplazan cuerpos apiñados; dentro de cada anatomía hay millones de ilusiones.

Me gusta planear. Adoro hacerlo. Tal vez se relacione con la idea de dominar el tiempo, diseccionarlo y acomodar las actividades en horas con forma de cajón. Me resulta complejo el aventurarme a los días sin la agenda bajo el brazo. Supongo que comparto este sentimiento con otras personas, en especial aquellas demasiado ocupadas; esas para las que cada minuto es importante y no les da igual si un tren pasa a las 08:15 u 08:17.

Pero si algo nos deja en claro Underground, de Haruki Murakami, es que cualquier idea de lo que es nuestra vida se desvanece en segundos. Por más organizados que seamos, nunca incluiremos en nuestra lista de pendientes escapar de un atentado. Nadie se va a dormir pensando que al otro día estará junto a una bolsa que contiene gas sarín. Con la cabeza sobre la almohada,  la mayoría se preocupa por las juntas con el jefe, los fracasos amorosos, el trabajo acumulado, los hijos, y aquellos sueños dejados atrás en pos de la prosperidad. Pocos imaginan los colores de la bomba, a los dementes, a quienes dibujan perfectos esquemas para aniquilar.

Underground

Esta obra se encarga de recopilar testimonios del ataque ocurrido en el Subterráneo de Tokio en 1995. Doce personas murieron al estar expuesta al gas sarín, además, miles resultaron heridas y con graves consecuencias. La secta Aum fue la responsable.

El texto es entrañable porque Murakami no se acerca a los afectados sólo para conocer un punto de vista, los vuelve personajes, la nostálgica pluma del japonés crea un marco para aproximarnos a quienes padecieron el atentado. Al autor le preocupa adentrarse a sus vidas. Cada testimonio abre con un perfil de la víctima, trazos de su ayer y así los aleja de las frías estadísticas y las imágenes repetidas en los medios de comunicación. También hacia la parte final del texto, hay espacio para la voz del fanatismo, los culpables tratan de justificar el porqué de sus actos y la locura asoma en un intento por esbozar sentidos.

Insoportables dolores de cabeza, pérdida de la memoria, complicaciones en la vista, un cansancio eterno y semanas o meses para recuperar el ritmo laboral son las principales secuelas tras el atentado. Sin embargo, en los relatos palpita el miedo enraizado, la imposibilidad de retornar a la vida previa a la tragedia, como si el veinte de marzo de 1995 los hubiera arrojado hacia una dimensión sin respuestas. También en sus palabras hay necesidad de justicia, venganza, llevar hasta la muerte a los responsables o someterlos a los efectos del gas. Se refleja así, como un acto de este tipo provoca el nacimiento de nuestro peor yo.

Hay quienes perdieron seres queridos, algunos cambiaron de empleo y otros se divorciaron, como si el atentado fuera el pretexto ideal para rearmar sus vidas. Pero uno de los relatos más conmovedores es el de los hermanos Akashi. Tatsuo, un hombre de treinta y siete años, vio cómo su vida se modificó por completo cuando su hermana menor padeció los efectos del gas. Shizuko, de treinta y uno, cayó en coma y al principio sus posibilidades de sobrevivir eran escasas. Tras despertar, ella era un ser distinto. Parecía que el pasado había sido desterrado de su mente, además de las grandes dificultades para mover su cuerpo y articular palabras. Lo bello de la historia, es cómo Murakami expone la dedicación de Tatsuo. Su plena confianza en la rehabilitación de su hermana, la devoción para traerla de regreso a esa época previa al sarín. Además, el autor pidió entrevistarse con Shizuko y logró percibir a la chica de antes,  intuyó esa necesidad de volver y superar la frontera de sus músculos.

De su encuentro con la mujer, Murakami rescata una reflexión sobre sus propias capacidades “¿Qué significa estar vivo? Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría su misma fuerza de voluntad, esa fuerza imprescindible para seguir vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez?, ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé, sinceramente no estoy seguro”.

Es tiempo de finalizar. En una hora cenaré. Luego un poco de televisión. Restará leer y los minutos del calculado insomnio. Mañana, despertar a las ocho, desayuno y revisar los guiones de mis alumnos. Hasta las cuatro de la tarde hay actividades establecidas, sería genial si pudiera llenar la tarde de una vez. Pero momento, qué tal si hay un incendio, o alguna extraña secta decide volar una avenida en mil pedazos. Qué tal si al caminar por Chapultepec, un fanático desvía su camión y aplasta a todos los peatones. Dos décadas después del atentado de Tokio, la posibilidad de una tragedia sigue presente, de hecho cada vez más. Tal vez, Guadalajara, tan ciudad y tan pueblo, aún está distante del terrorismo cosmopolita. Pero por lo pronto, pondré en mi agenda, en cada hora, un espacio para el posible atentado, lo tendré presente. Debo hacerlo. Así, al momento de aspirar el gas, trataré de recordar los mejores instantes de esta vida, pensaré en la familia, en lo que se va, en los besos ausentes, en la idea de aferrarme a este lado de la realidad. Me aterra la idea de que la Muerte me tome por sorpresa, así, sin la delicadeza de confirmar la cita.

 

Woody Allen. El amor es la respuesta.


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Te entiendo, Elliot. No porque en alguna ocasión haya sido infiel, en verdad nunca lo he considerado y  me costaría formar parte de un juego en donde se traiciona la confianza de otro en pos del placer. Pero es comprensible que al ver a Lee (la hermana de tu esposa), se encienda tu pasión, disfrutes de esa mujer llena de vida y joven. Es un deseo que se va tornando perfecto. Lo distante posee esa cualidad.

Lo sé, amas a Hannah, sin duda es la mujer de tu vida. No te será sencillo dejarla atrás. Te preguntas cómo escapar del desgaste de la convivencia. A tu lado habita una mujer exitosa, apasionada, pero te resulta difícil seguirle el paso. Tú eres más propenso a fallar y enamorarte de Lee, es el más bello de los errores que estás por cometer.

Son tus pensamientos los que escuchamos al iniciar esta historia. En la primera página sabemos de tu fascinación por Lee, pero también que no eres el protagonista. El título nos ha dicho que este es un relato de tres hermanas actrices que buscan un lugar en esta vida, brindarle un poco de orden al caos de sus días y hallar la felicidad si es que existe la posibilidad de alcanzarla.

Elliot, estás ahí para hacernos descubrir las diferencias entre la triunfadora Hannah y una Lee estancada en un matrimonio con un hombre mayor. Tu idea de vivir una aventura, no es más que un pretexto para adentrarnos en esta familia que traslada el melodrama a sus vidas. Allí, donde también está Holly, esa tercera hermana que se parece a un remolino adicto a la cocaína, una mujer sin rumbo y alejada de la suerte.

Sí, Elliot, es una tortura la situación en la que te ha colocado Woody Allen. Un gran dilema, una encrucijada en donde parece nunca lo tendrás todo.

Al menos, a lo largo de este guión, no sufrirás como Mickey, el antiguo esposo de Hannah. Un hipocondriaco al extremo y quien cree que un tumor crece en su cerebro. Alguien que al sentirse tan cerca de la muerte empezará a cuestionarse el sentido de cada acción, el porqué de esta vida, la creencia en los dioses. Un ateo que buscará en las religiones una forma de sujetarse a la realidad.

 

Woody Allen

Cualquier día la muerte puede golpearnos, distanciarnos de los seres queridos, borrar nuestros planes. Más allá de que logremos salvarnos del diagnóstico desalentador, el contacto con los médicos nos conduce a darnos cuenta que en algún punto sólo nos restará el consuelo de permanecer en la memoria de alguien más.

En esta historia conoceremos a tres mujeres distintas. Allen nos conduce al complejo universo femenino, sin embargo tampoco intenta desentrañarlo en su totalidad. Hannah y sus hermanas, la historia en la que estás Elliot, no es oscura como esos guiones de Allen que se asemejaban a las películas de Bergman. Aquí hay espacio para la comedia, para sonrisas y eso demuestra la capacidad de su autor. Allen, un filósofo del cine, es consciente de la necesidad de la comedia. Reír no es opcional.

Leer Hannah y sus hermanas, permite descubrir en el guión detalles como el manejo de la cámara, la construcción del plano desde el momento de la escritura, el recurso de introducirse a los pensamientos y un gran número de escenas en donde los personajes que hablan no aparecen a cuadro, porque al autor le importa más centrarse en la reacción de quien escucha. Atravesar este guión, permite confirmar la maestría de Allen, su inteligencia para crear personajes con más de una dimensión y que lo colocan como uno de los mejores directores y escritores en la historia del cine.

Entonces, Elliot, no nos serás ajeno, conoceremos lo que hay en ti. Estaremos esperando tu romance prohibido, cómo se complica la trama con tus decisiones y las bromas que el destino prepara para esta familia, para cada uno de nosotros. ¿Permanecerás con Hannah? ¿Tu fantasía con Lee se podrá materializar? ¿Holly tiene permitido el triunfo? Y Mickey, arrastrado por sus dudas, aún con recuerdos de Hannah, con la muerte mordiéndole los hombros, ¿podrá encontrar respuestas en las religiones? ¿Se dará cuenta que un sentimiento verdadero nos permite avanzar, mantenernos firmes? Tal vez, después de todo, el amor sea la única respuesta y el arma más poderosa para luchar contra las hambrientas bestias del absurdo.

Stefan Zweig: Tiempo para una carta de amor


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Cuento con pocas palabras para hablar de ti y al mismo tiempo de una novela. Aprovecho este espacio para abrir mi corazón ante los ojos de los visitantes de este blog. De un tiempo para acá, las olas del amor no correspondido me revuelcan, me arrastran hacia una playa en donde sólo se beben cocteles endulzados con nostalgia.

Te cuento que leí Carta a una desconocida de Stefan Zweig, un texto breve, escrito hace casi un siglo. Un autor al que por diferentes motivos no había accedido. Me gustaría resumir la trama en pocas líneas, no deseo arruinarte el final, ni desvanecerte las sorpresas. El relato es simple, una adolescente se enamora de un novelista que vive frente a su casa, pero lo hace en silencio, lo contempla, lo admira, resignada a sólo observar.

 

#Zweig, amor

 

En cinco tiempos (a manera de partes), Zweig narra cómo esta chica va creciendo y teniendo diferentes encuentros con el novelista, algunos provocados, otros fortuitos. Sin embargo, a pesar incluso de noches enmarcadas por la pasión, él nunca sabrá el nombre de la mujer, ni será capaz de identificar a la adolescente del pasado.

El relato es una extensa confesión de una chica entregada a un hombre. Por un instante, parecería que la carta de la mujer podría caer en el terreno de lo cursi, tal vez al punto de burlarnos de tanta ingenuidad. Pero, te seré sincero, mientras leía, me era imposible identificarme con el novelista y, línea tras línea, ella me resultaba cercana. Más ahora en donde aquello que amo me parece inalcanzable, como esos planetas escondidos tras la profunda carcajada de un hoyo negro.

Hay dos frases de esta desconocida creada por Zweig que me gustaría compartirte. Tal vez, con esto, logres comprenderme un poco:

“No quería ser feliz ni deseaba vivir contenta lejos de ti; por eso me encerré en un mundo melancólico, lleno de tormento y soledad”.

“Verte de nuevo, encontrarme contigo tan sólo una vez, era todo cuanto deseaba, aunque lo fuera a distancia y me limitase a devorar tu rostro con la mirada”.

En las palabras de la desconocida localizo mi voz y me parece que soy yo el que te habla.

¿Será tiempo de parar con los lamentos? ¿Detener la autocompasión? ¿Beber alcohol hasta el hastío? ¿Insultarte y acostarme con otra? ¿Hacerme el fuerte? Son vías más transitadas, tal vez más sencillas de cruzar. Por ahora, sólo sé que, como la protagonista de Zweig, me dedicaré a repasar los recuerdos.

Intuyo, para ti es sencillo continuar. “Nada es tan grave”, dirás. Pero permitirme permanecer quieto para pensar en ti, abstraerme en medio de la calle; olvidarme del mundo y colocarme el disfraz de romántico extraviado. De esta manera, aquello que vivimos cobrará un mayor sentido, cada hora de los días juntos se materializará con el dolor. Soy el encargado de hacerlo vivir un poco más en esta sociedad de lo efímero. Si Zweig me conociera, yo encajaría más en el modelo de sus desconocidas enamoradas, y no en el de esos hombres que ven a las mujeres como algo pasajero.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Los minutos se me escapan como a la protagonista. Para nada mi lenguaje se aproxima a la belleza del utilizado por el escritor austriaco, a la precisión de sus adjetivos y a esa voz femenina que es capaz de arrastrar a las lágrimas. Me resta seguir escribiendo, hablaré de gatos, de corazones rotos, dioses sin oídos y por supuesto de ti y tus miles de encarnaciones. Te prometo algo, compraré un manual para amarte a lo lejos, aprender a ser tu amigo y a silenciar las caricias; domarlas para que se mantengan quietas a pesar de tenerte cerca.

Quizá, si más adelante las constelaciones se alinean, volveremos a encontrarnos para reconocer las marcas de nuestros labios, las mordidas de otra era. Supongo que te acordarás de mi rostro y yo no habré olvidado ninguna de tus curvas, ningún horizonte de tus pupilas; supongo, querida, aún sabremos pronunciar nuestros nombres.

Rainbow Rowell. Ilusionarse, un poco…


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Puedo afirmar, sin avergonzarme, que encuentro en Rainbow Rowell a una narradora capaz de atrapar al lector. Su eficacia no radica en el recurso de una historia sorprendente, misterios inescrutables o un lenguaje cargado de poesía en cada línea; más bien, la novelista nacida en Omaha, está consciente que un relato poderoso se edifica gracias a la fuerza de los personajes.

Lincoln y Beth son los protagonistas en Attachments. La novela nos conduce a la visión de un par de adultos acercándose a los treinta años y muy lejos de resolver las incógnitas planteadas por la vida. Él un experto en sistemas y ella una crítica cinematográfica; dos seres que comparten espacio en el mismo periódico pero a la distancia, sin haberse visto ni una sola vez.

Me es fácil la identificación con Lincoln. Es alguien a quien le han roto el corazón. Un tipo tímido, escondido tras su computadora, con dificultad para quebrantar sus temores y que aún vive junto a su madre. Por otro lado, en Beth se traza a una mujer independiente, pero también cargada de un pesado costal de sarcasmo. A pesar de estar envuelta en una relación con un chico ideal, en ella se refleja el desencanto y se nos muestra cómo el tiempo suele devorar la magia de los primeros días.

Considero que la belleza del texto de Rowell está en creer que es posible enamorarse de una persona sin ni siquiera conocerla, alejado de cualquier imagen que nuble el juicio. Aquí nadie cae rendido ante unos ojos turquesa, jugosos labios carmín o curvas similares a las de Scarlett Johansson. El romance entre Lincoln y Beth es casi inexistente, silencioso, sólo una fantasía del hombre, quien va conociendo a la mujer a través de conversaciones que ella sostiene con una amiga. Lincoln, encargado de que los empleados del periódico no utilicen el correo interno para asuntos personales, decide no reportar a Beth, deja pasar sus faltas y así se va apoderando de sus secretos; la vuelve suya mientras se ríe tras cada comentario punzante.

El texto se arma entre los capítulos dedicados a las charlas de Beth y aquellos propios de Lincoln. En estos últimos accedemos a los pensamientos y al pasado de un estático que va dejándose atravesar por la monotonía; fluyendo como muchos de nosotros, resignados y sin recursos emocionales para apostar por un sueño.

El libro de Rowell podría considerarse ingenuo. Por supuesto habrá quien lo catalogue de improbable, extemporáneo y me juzgue de cursi por recomendar su lectura, en vez de aprovechar este espacio para presumir que soy un asiduo de Kadaré. Sin embargo, prefiero optar por la honestidad. Rowell logra conmoverme porque quizá aún sea dueño de un corazón semejante al de un adolescente, un hombre que, al igual que Lincoln, le cuesta crecer y asumir su edad; alguien que todavía se pregunta si es posible una relación con hambre de eternidad, o lo único que nos resta es disfrutar los instantes y olvidarnos del futuro cuando aterrizamos en una nueva boca.

Leer a Rowell me resulta gratificante, dulce como una golosina con alto nivel calórico pero que vale la pena disfrutar sin culpa. Recorrer sus letras es contemplar un poco de esperanza tras cruzar la amargura. Sus páginas se transforman en espejos nítidos. Al final de cuentas, la verdadera derrota amorosa no está en el adiós definitivo, sino que tras la mala experiencia, la otra persona modifique nuestra visión y endurezca la capacidad de sentir. Los corazones nunca deberían ser como las piedras. Tal vez, ilusionarse, aunque sea un poco, es lo que siempre necesitamos.