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Hecho en México


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Batman llega en el batimóvil con un Robin de plástico a dejar víveres en la colonia Roma; Frida Sofía se consuma como una ficción menos atractiva que la mujer de intendencia que sí murió bajo los escombros; una perra rescatista con visor y zapatitos se convierte en heroína; un poema se convierte en tema de aplauso y crítica en menos de cinco minutos y el número cinco pierde su valor para volverse menos que uno; un par de jóvenes son grabados “dándose amor del bueno” entre las lonas de plástico de un centro de acopio.

Todo parece una ficción que sólo podría suceder en México. Hasta que me toca compartir la mesa con una amiga que pasó la semana organizando camiones con jovencitos que querían ir a ayudar a las pequeñas comunidades que no salen en las noticias y la escucho hablar de la angustia con la que esos papás despiden a sus hijos. Hasta que veo a una alumna con una cajita improvisada en la que todos pueden cooperar con monedas para enviar ayuda. Hasta que descubro, en el muro de alguien más, la foto de un primo con el que casi no tengo contacto y lo reconozco entre un grupo de médicos voluntarios que a pesar del cansancio, aceptaron ir a casa de un niño que los invitó a cenar. Todos tenían comida en sus respectivas casas, pero fueron por la ilusión en la cara del niño, que sonríe en la  foto como si, efectivamente, hubiera invitado a cenar a Batman.

Latas con mensajes de ánimo escritos con marcador indeleble en las tapas; cartas de amor a quienes no sobrevivieron; reclamos por los que ayudan y se toman fotos; airados posts en los que se cuestiona hasta cuándo durará la moda de ayudar; gente caminando con letreros que prometen que si vas a comer a tal restaurante la mitad de tu cuenta irá a donaciones; tortugas y pericos rescatados que despiertan el entusiasmo por encontrar vida bajo los escombros y más estampitas de la perra, que también se llama Frida.

No puedo quejarme: no como pensaba quejarme hace una semana cuando parecíamos estar listos para sacarnos los ojos unos a otros en nombre de Mara y tantas otras víctimas. No como cuando llegué a escuchar a un par de niños decir que en México ser narco era ser un héroe y qué importaba si al final los mataban, si tenían chicas guapas y dinero por el tiempo que les alcanzara la vida.

Hay muchos más pendientes entre líneas, más quejas, más piedras que tirar porque también nos alivia y alimenta a ese animal que todos llevamos dentro y que no usa visor, ni zapatitos. Pero no quiero escribir sobre eso, sino de esta sensación de oportunidad que guardan todas estas historias que se desenvuelven ante nosotros. Historias que, con todo y sus vueltas de tuerca, con todo y los absurdos que no pueden faltar en cualquier tragedia mexicana, han tenido multitud de personajes involucrados en el afán de ayudar. El impacto de sus pequeñas o grandes acciones no se pueden medir ahora mismo, pero quizás puedan ser referentes cuando se ofrezca invocar a héroes que no sean el Señor de los Cielos o Pablo Escobar.

Mientras tanto, un hombre corre en Berlín con una bandera mexicana que dice: “México Stark”; una mujer que recién fue a uno de tantos velorios se asusta con el sonido de algo que se cae en su alacena, temiendo que en cualquier momento vuelva a temblar;  jóvenes que fueron de voluntarios a los pueblos regresan sanos y salvos para el alivio de sus padres; una ingeniera que hace unas semanas declaraba en un grupo de WhatsApp que “odiaba a la gente”, negocia la disponibilidad de una bodega para que pequeñas comunidades lleguen por ayuda; alguien intenta explicar qué es el Antropoceno; los amantes del centro de acopio no tienen privacidad y en la colonia Roma hay cajas con letreros que dicen: “si esto llega a un niño/a, díganle que Batman lo envía”.

 

El (muy lamentable) estado de las cosas


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Uno no escoge las películas. Las películas lo escogen a uno, sobre todo cuando el ocio se posiciona galantemente en las tardes de sábado donde es imperioso terminar un encargo pero no tienes ni motivación ni tema.

J. Edgar (Clint Eastwood, 2011) es un film biográfico que cuenta la vida de J. Edgar Hoover, quien fuera fundador y director del FBI por casi 50 años. Motivado por la creciente presencia comunista y los atentados simultáneos en 1919 a congresistas, senadores y al fiscal general en Estados Unidos, logró definir la política y las acciones necesarias para establecer, con mano de hierro, lo que se conoció como la “gran inquisición norteamericana”.

Tirado sobre la promesa de una gran película que dejé pasar por 6 años (la historia gringa en el cine ya me da un poco de hueva por parafernálica y exacerbada) me sumergí en una rendición de cuentas inesperada y un desesperado intento por justificar la formación de un estado policiaco que  vive disfrazado de “the land of the free”. Shame.

Esta misma semana, acá en la tierra del águila devoradora de serpientes, y de serpientes que ocupan los cargos de gobierno, la lista de feminicidios aumenta con el asqueroso asesinato de Mara, un gerente de locaciones es baleado haciendo su trabajo, la primera dama homenajea a los damnificados oaxaqueños con un vestido de diseñador, más cadáveres (incluyendo el de un niño de 7 años) siguen apareciendo ejecutados en la CDMX, donde Mancera y su delirio presidencial insiste que no hay crimen organizado y los diputados y senadores aún no se ponen de acuerdo para nombrar fiscal independiente.

Vaya, que el país está incendiado y todo parece tan normal.

Al margen de la ficción, lo terriblemente preocupante es la inacción y la acción inútil. No, no deberíamos tener que inventar popotes que detectan drogas en las bebidas para evitar que las mujeres sean violadas y luego asesinadas. No, no deberíamos tener que poner un botón de alerta en una aplicación de servicio de taxi que lo que ofrecía era seguridad. No, no deberíamos tener que decirle a un gerente de locaciones que no vaya solo a hacer su trabajo porque es peligroso. No, no deberíamos dejar pasar tantas cosas, porque la realidad es que tenemos un gobierno incapaz de hacer nada por nosotros.

Los imbéciles justifican la muerte de Mara porque andaba sola y seguro en malos pasos. Justifican la muerte de Carlos y le llaman justicia poética (hágame usted el chingado favor) por trabajar en una serie de narcos. Justifican la ejecución de un niño de 7 años porque seguro su papá andaba metido en cosas chuecas. Justifican cualquier cosa, porque ante los idiotas, los culpables somos nosotros. Y son esos idiotas los que solapan los gobiernos que tenemos, los que siguen votando por el mismo régimen que nos roba y nos saquea y nos mata ininterrumpidamente sin importar el partido que gane las elecciones. No, la culpa no es nuestra, es de los imbéciles.

Después de una flaquísima celebración de la independencia (tomando en cuenta que quien la consumó le duró su palabra menos que un pedo en la mano y se coronó emperador) terribles fantasías vuelan en mi cabeza y pienso en lo inútil que sería tener un J Edgar, me acuerdo de Gutiérrez Barios, de Javier García Paniagua y de la Dirección Federal de Seguridad y me queda claro que ahora sí, estamos solos y que nos toca a nosotros sacar las lacras de la vida pública del país y limpiar la casa.

Luego veo la pelea de Canelo contra Golovkin. Mi corazoncito no soporta más engaños.

Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

La jungla y sus sueños


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes 

La jungla es negra, poblada de sombras de hojas acuchilladas y reptantes figuras retorcidas, que son raíces o serpientes, quizá lianas; es húmeda, lluviosa. En la selva siempre es de noche[1] —o parece serlo— pues los rayos de sol no atraviesan jamás la espesura.

La floresta semeja un cielo oscuro y constelado donde los ojos de las fieras titilan con fosforescente brillo. En su profundidad, existen ríos negros, como la Estigia, que pululan de cocodrilos y pirañas, sierpes de agua e hipopótamos de largos colmillos, que flotan o se sumergen, difuminándose entre el torrencial fluir del agua y el tam-tam de los tambores lejanos.

La selva es como el sueño, como la muerte, a veces como la locura y a pesar de ello —o tal vez por ello— reviste la belleza de una acogedora guarida. La jungla es la más venturosa de las fugas.

jungla

La literatura no podía ser menos y está infestada de selvas, de Horacio Quiroga a Rudyard Kipling, pasando por Henry Rider Haggard y Edgar Rice Burroughs, sin olvidar —desde luego— a Emilio Salgari ni a Joseph Conrad.

No importa si eres Tarzán o Mowgli, o quizá Allan Quatermain o Umslopogaas, incluso si fueres un personaje con una presumible e histórica existencia como John Hunter o el ambivalente Kurtz de El Corazón de las Tinieblas. En cualquiera de los casos, sentirás la llamada de lo salvaje. Si eres hombre, tus instintos de cazador harán bullir la sangre (Desmond Morris y Jack London lo dicen y son entendedores).

La fuga será total. En la selva de las novelas clásicas no existen obsesivos horarios laborales, ni cuidados familiares a que atender, ni tráfico, ni polución (el calentamiento global aún no se inventa en los tiempos coloniales de su Majestad británica y el Rey Leopoldo de Bélgica), ni impuestos, ni terrorismo, ni guerra nuclear, ni inflación, ni campañas políticas, ni sospechoso y sincrético arte urbano, ni tráfico de influencias, ni propaganda religiosa a domicilio (salvo algunos buenos misioneros que suelen complementar la cena de los nativos).

Las ventajas de la selva son inmensurables y largas de enumerar. En mérito de la brevedad selecciono algunos —representativos— ejemplos:

Las muertes.- En muchos sentidos es más piadosa la muerte cuando perros salvajes te despedazan vivo (en escasos minutos) a esperar que una venal autoridad de gobierno te despelleje por años y destripe sádicamente tu patrimonio, tu honra o tu familia.

Si llegaras a la vejez, siempre será más misericordiosa la muerte entre las fauces de Numa o Simba (su leonado pariente) que el torturante cangrejo Cáncer, aferrado a la intimidad de tus vísceras, devorándolas en viva putrefacción.

El diario sustento.- Además, en la jungla los héroes no padecen hambre, siempre tienen a mano un jugoso ciervo o la joroba de un oso o de un búfalo, ya sea que le hayan dado compasivo fin con cuchillo, por el arco o con arma de fuego. Si eres Sandokan lo acompañarás con arrak y si no, con fresca agua del venero.

Eso que llaman amor.- El amor tampoco ofrece problema en las junglas. No necesitas procurar el cariño de mujeres ni soportar sus desplantes; siempre existen damiselas en apuros —como Jane— o reinas vírgenes de escasa vestimenta, que habitan ciudades perdidas y están desesperadas por emparejarse con el explorador o el genuino hombre selvático. La, de Opar era una de ellas, sólo habrás de guardarte de las mujeres fatales como Ella-Ayesha.

Viñeta de “Tarzán”

Soñar la selva no es díficil, existen no sólo magníficos libros, sino inspiradoras imágenes, en King Kong (1933), Tarzán y su compañera (1934), Superman, Tambores en la Selva (1943), Las Minas del Rey Salomón (1950), Jumanji, la película (1995) y Jumanji, la serie animada (1996); sin dejar de mencionar los clásicos comics de Burne Hogarth y el video de Toto, Africa (1982).

Así que, no lo dudes. ¡Arriésgate con la literatura de la selva! Adéntrate a explorarla y serás llamado como Sompseu:

Báyete, Baba N’kosi ya Makosi

¡Ngonyama! ¡Indhlovu ai pendulwa!

Oh, padre, rey de reyes

¡León! ¡Elefante invencible!


[1] Es la unánime noche de Las Ruinas Circulares, de Borges, con todo y su fango sagrado.


Fotografía: Iqx Azmi / Unsplash

El edificio de la aventura


Saca el diván

Por Edna Montes


Hay quien dice que estar encerrado entre cuatro paredes es malo, pero no en este caso (a menos que seas claustrofóbico, claro está). El punto es que ahora, por azares del destino, has llegado al maravilloso lugar donde todo sucede. Esta bonita demarcación en la que te harás un héroe o heroína. Ah, claro y donde perderás a mucha de la gente que amas en aras de la simetría literaria.

Es esta escuela de magia, potencialmente mortal y llena de autoridades negligentes, los jóvenes de hoy se transforman en los salvadores del mundo (a MUY corto plazo). En sus bonitos bosques llenos de criaturas hambrientas te sentirás como en casa. Siempre y cuando te las ingenies para no terminar en su estómago.

Este mecanismo literario funciona porque nos aísla de lo mundano. La magia parece haberse rendido, abandonó la cotidianeidad hace tiempo. El tedio nos mata y las esperanzas en  un futuro mejor se diluyen lento. Entonces, notamos que aún quedan refugios, enclaves mágicos donde  la vida nos ofreces todo aquello que  verdad añoramos: POSIBILIDADES.

Ahí,  enclavados en un lugar especial, viven todos nuestros sueños (y pesadillas) esperando que demos el último salto de fe para tomarlos.

El edificio de la aventura funciona muy bien en la fantasía, la ciencia ficción y el terror. El ambiente reducido es más fácil de controlar para el dios cruel (cof, cof, cof quise decir el autor) de la historia. Ahí las alegrías y los dolores de los personajes se magnifican. Esto les ayuda a llegar más rápido a nuestro corazón que una hamburguesa con tocino. Además, nos da una saludable dosis de alejamiento de la realidad y ¡vaya que a todos nos hace falta de vez en cuando!

La construcción no es forzosamente el lugar donde toda la historia ocurre, también puede tratarse de una guarida súper tecnológica donde el héroe se prepara para comenzar la aventura. Sí, te hablo a ti Bruce Wayne. Es donde las opciones se despliegan para ofrecer al lector una idea de lo que puede ocurrir más adelante.

Que un elemento literario no pierda vigencia es una muestra de que somos animales de costumbres, pero también de la maravillosa capacidad de la humanidad para crear miles de historias diferentes partiendo de elementos, en apariencia, comunes. El verdadero origen de toda aventura es la imaginación y eso, por sí mismo, ya es maravilloso.


Canción:
Rush- The Temples of Syrinx


Recapitulando:

El edificio de la aventura

Fórmula:

El protagonista es llevado o viaja a un nuevo lugar/El edificio, escuela o guarida detona la aventura/ Entre esos muros (o delimitación) el personaje principal cumple sus objetivos.

Como lo viste en:

 


Fotografía: Okamatsu Fujikawa / Unsplash

Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

Del bajo o porque las moscas zumban en FA


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter: @mambosatan

De la tradición

Pueden decirme anticuado, nostálgico o simplemente un romántico ridículo, pero a pesar de que cada día se leen menos periódicos en papel he de confesar que aún disfruto el olor de la tinta sobre el papel al leer las noticias impresas. Mi sección favorita son las tiras cómicas. Mi día comienza al leer las aventuras y desventuras de esos personajes salidos de otros épocas. Mutt y Jeff, conocidos aquí como Benitín y Eneas, tienen apareciendo desde 1907 (bueno, primero fue Mutt, o Eneas, y luego Jeff o Benitín). A veces comienzo con las “divertidas” en las que incluyo a Popeye, Lorenzo y Pepita (Blondie su nombre original, y de donde surgió el nombre de la banda new wave homónima), Periquita y Archie. Otras veces las primeras que leo son las “serias”, donde Mandrake el Mago, El Fantasma, o El Hombre Araña nos dejan “picados” por saber que sucederá en su próxima aventura.

Lo que invariablemente dejo al final es el pequeño recuadro que pertenece a la sección de Ripley, esa de “Aunque Usted no lo crea..”. Fue precisamente ahí que hace unos días me enteré que las moscas al volar suenan en la nota Fa (o F en el sistema gringo)[1]. La noticia me pareció curiosa y compartí ese dato en mis redes sociales, agregando la frase “Las moscas son bajistas ”. Inmediatamente un amigo me dejo el comentario “con razón nadie quiere a los bajistas¨. Yo, que soy un bajista frustrado, no pude mas que sonreír amargamente y solo pensar que es un estigma que debemos soportar hasta el final de nuestros días, en espera de tiempos mejores para el gremio.

La tradición dice que los bajistas somos guitarristas fracasados; que el bajo por tener solo cuatro cuerdas es mas fácil y se opta por tocar ese instrumento y no la guitarra. A mi favor tengo que mi instrumento favorito es el bajo, fue el primero que agarré para tocar, nunca la guitarra. Si uno busca en Internet encontrará infinidad de memes haciendo mofa de los bajistas, concluyendo que nadie les extrañará si llegan a faltar en algún grupo musical. No hay nada mas falso que eso, estudios científicos han demostrado que los bajistas son (¿somos?) el elemento mas importante de una banda. La Universidad McMaster, de Canadá demuestra que las frecuencias bajas, las cuales son detectadas de manera mas fácil por los escuchas y detectaban cuando esos tonos no estaban. El bajista, además de ser parte de la sección rítmica, también debe estar acorde con la armonía musical de la banda. Si no me creen pueden checar el articulo de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU[2].

Un poco de historia

El bajo no siempre formó parte de los combos de música pop, pero como se ve, los sonidos graves son esenciales en la música, incluso en la música electrónica, por lo que siempre se buscó una forma de tener esos tonos bajos. Kraftwerk sustituía las líneas de bajeo con un sintetizador, de la misma forma que Depeche Mode usaba al inicio de su carrera un Moog Podigy exclusivamente como bajo. Otros pioneros como Cabaret Voltaire, en sus primeros años hacían una gran combinación de cajas de ritmos, guitarra junto a la voz y bajo de Stephen Mallinder, para finalmente dejarle todo el papel de los tonos graves a un sintetizador.

Antes del bajo eléctrico estuvo el Contrabajo, un enorme armatoste de madera, tan enorme que incluso su ejecutante podía montarlo como si fuera un caballo. Chequen este video de los primeros años del rock and roll donde Al Rex, de Bill Halley & His Comets cabalga su contrabajo:

o a Lee Rocker de los Stray Cats

El escritor Patrick Süskind, famoso por su novela El Perfume, tiene un monologo titulado “El Contrabajo”, donde su personaje va contando de manera agridulce las desventuras de su condición de contrabajista de una orquesta sinfónica. Explica por que es importante el bajo cuando expone que a pesar de que los tonos graves parecen no percibirse cuando se tocan en una obra, ya que aparentemente sobresalen los agudos, si uno se aleja es cuando la magia sucede: los agudos se pierden y lo que mejor se escucha son los graves. Recuerden el momento de llegar a un concierto que ya inició y como efectivamente el sonido del bajo es el que mas se nota.

El personaje de Süskind habla también de lo difícil que es viajar con el contrabajo en un taxi, o en el avión, siempre molestando a los pasajeros en el metro. Me viene la anécdota que escuche en el programa de Ronnie Wood, guitarrista de los Rolling Stones, donde Paul McCartney, bajista de ya saben quien, hablaba acerca de sus influencias, dándole importancia a Bill Black, contrabajista de Elvis. Cuando Elvis y su banda comenzaban a tener éxito viajaban por EU en esos enorme autos de los años cincuenta, donde el contrabajo siempre iba amarrado en el techo del auto. Tiempo después Bill Black fue de los primeros contrabajistas en cambiar su instrumento por el recientemente creado bajo eléctrico, en su caso un Fender Precision bass, mejor conocido como P-Bass. Fue precisamente este el primer bajo eléctrico de la historia. Inventado gracias a la necesidad de que esos sonidos graves pudieran escucharse, ya que la guitarra y la batería los nulificaban y se tenía que usar un instrumento algo grande como el contrabajo. Por cierto Paul tiene el contrabajo de Bill Black, y cuenta que nunca lo ha podido tocar bien. Sobre el icónico bajo eléctrico en forma de violín de Macca, es un Hofner alemán y a pesar de la idea que se tiene de ser barato, es un instrumento muy bien hecho.

De casos a casos

Casi todos comenzamos a tocar un instrumento al llegar a la adolescencia, muchas veces con la idea de tener una banda. La mayoría quieren ser cantantes o guitarristas. Es común que por cuestiones prácticas los ensayos se hagan en la casa del baterista, por lo difícil que es armar y desarmar la batería y moverla, además de la vocación masoquista de los padres para soportar tremendos tamborazos (¿quien en su sano juicio compra una batería para el chamaco?). Pocos son los que optan por ser bajistas. Por otro lado, ejemplos de guitarristas convertidos en bajistas existen varios, incluyendo al mismísimo McCartney, porque cuando Stutcliffe decide dedicarse a la pintura y abandonar la posición de bajista en la primera alineación de The Beatles, Sir Paul, mas a fuerza que por gusto, paso a ocupar la vacante.

Muchos bajistas, curiosamente, han sido ejecutantes de instrumentos de aliento, como en el caso de John Entwistle, de The Who. Inicialmente comenzó tocando la trompeta, como no se escuchaba en sus primeras bandas optó por intentar con la guitarra pero sus dedos eran tan largos que terminó cambiando al bajo y reinventó su sonido dentro del rock.

Un músico que comenzó como flautista fue Mick Karn, el peculiar bajista de Japan, que solía aparecer con las cejas completamente rasuradas y los ojos llenos de sombras. Parecía un Nosferatu post punk, además de ser rara avis por tocar un bajo fretless (sin trastes), Karn usaba mucho la melodía en sus líneas de bajo, incluso ocupando con su instrumento la voz principal en las canciones de Japan. Lo más admirable es que él mismo se enseñó a tocar el bajo, lo que da esperanza de tocar decentemente a muchos autodidactas. En una entrevista decía que a veces dejaba de tocar hasta por seis meses, y al preguntarle si eso no provocaba que sus habilidades disminuyeran, respondió que sí, pero que le gustaba tener esa sensación de tocar el bajo como si fuera la primera vez. Aquí hay una muestra de su maestría.

David J es otro bajista que hace uso de un fretless, a pesar de que posiblemente muchos no lo consideren un gran bajista, su sonido es elegante y sobrio. Su bajo Fender precision suena potente pero sin quitarle preponderancia a la guitarra tanto en Bauhaus como posteriormente en Love & Rockets. Fue gracias a él que me interese en ese instrumento y no en la guitarra como la mayor parte de los adolescentes del mundo. David J es enigmático: siempre de traje y con lentes de sol, leí recientemente que tiene mas de 35 años con el mismo estilo de corte de cabello. Por mi parte yo siempre seré un gordo con el cabello desaliñado. Sobre su equipo, prefiere las cuerdas de su bajo de entorchado liso, lo que le da un sonido mas brillante. Ya desde Love and Rockets David J ha estado tocando con un bajo fretless, o sin trastes, lo que hace su sonido sea más cercano a los antiguos contrabajos, o tololoches como les decimos en México. Tuve la gran suerte de encontrarme a Mr. J en la desaparecida tienda de discos “Tower Records” de la Ciudad de México, lo único que pude decir fue “hi”, me quedé sin palabras. No había aún teléfonos celulares y no todo mundo traía una cámara por si se cruzaba algún “famoso” y atestiguar su encuentro. Iba acompañado de su hermano, Kevin Haskins, baterista en ambas agrupaciones, y los dos me respondieron muy amables el saludo.

Cosas de hermanos

Las bandas que cuentan con hermanos a veces se enfrentan a dilemas cuando los dos son guitarristas. Colin Greenwood de Radiohead pertenece a esa categoría. Su hermano menor Johnny Greenwood, es el guitarrista y a falta de bajista no le quedó de otra a Colin que ser el bajista. Eso hace que sus líneas de bajo tengan mucha melodía. Últimamente la banda esta más enfocada al atasque sonoro, y ahí sus líneas sobresalen fácilmente.

En Café Tacvba sucedió lo mismo, Kike Rangel, que en un principio era guitarrista, terminó como bajista ya que su hermano Joselo sabía tocar la guitarra y además había fundado la banda junto a Rubén Albarrán. En ambos casos la ecuación es simple: sobraba un guitarrista, faltaba un bajista. Cosas de hermanos supongo.

Self made bajistas

Casi todos los bajistas menores de 60 años iniciaron sus aventuras musicales con el punk. Este genero logró lo que muchos profesores no pueden hacer: que los jóvenes se interesen y estudien algo. Sin importar sus nulos conocimientos musicales, el punk invitaba a tocar. A pesar de que siempre habrá algún Sid Vicious, más famoso por subir al escenario y cortarse el pecho, que por sus líneas de bajo, el deseo de imitación generó bajistas como Steve Severin de Siouxie and The Banshees, Simon Gallup de The Cure, y sobre todo Jah Wobble, fundador junto con Johnny Lydon (conocido como Rotten en los Sex Pistols) de Public Image Ltd. Wobble, 100% autodidacta, consiguió que su gusto por los ritmos de Jamaica, en especial el sonido del Dub, se fusionara al Post-Punk influyendo a infinidad de bandas.

Los músicos también comen y pagan renta

Los músicos de sesión son héroes anónimos presentes en muchos discos y canciones que disfrutamos. Incluso bandas que “carecen” de bajistas, como The Doors, donde el bajo lo “llevaba” el teclado de Manzarek, han tenido que recurrir a ellos, al menos en los discos. En sus grabaciones contaron con una serie de músicos de sesión tales como Jerry Scheff, Lonnie Mack, y Douglass Lubahn.

Podemos incluir en esas listas a Sabo Romo, que además de con Caifanes ha sido bajista en casi 200 discos, grabando cosas que él mismo no quiere decir ya que estrictamente lo hizo por dinero.  Abraham Laboriel es otro mexicano afamado como bajista de sesión, sus bajeos están en mas de 4000 discos. Los músicos también tienen que comer y pagar renta.

Mención aparte es el caso de la mítica Carol Kaye, nacida en 1935 y que a la fecha sigue tocando y dando clases de música. Carol es una multi-instrumentista que ha sido músico de sesión, incluso formó parte del Wrecking Crew, una imponente banda conformada por músicos de sesión que han participado en discos de diversos cantantes. Kaye calcula que ha sido bajista en alrededor de 10,000 álbumes. Uno de sus bajeos mas reconocibles y que al momento de leerlo lo vas a tararear es el tema de Misión Imposible.

Las mujeres y el bajo

Es muy frecuente asociar la figura de bajista a mujeres, y ejemplos tenemos muchos, desde la guapísima Suzy Quatro, que en los años setenta estaba presente en infinidad de posters de adolescentes, pasando por Tina Waymouth de The Talking Heads hasta llegar a dos Kims, Kim Deal de The Pixies y posiblemente la Km más conocida: Kim Gordon de los extintos Sonic Youth. El hecho de ver al bajo como un instrumento que muchas mujeres escogen tal vez explique las bromas que se les hacen a los bajistas respecto a que no consiguen chicas pero sí ligar chicos, o estar más solos que nadie.

Los sonidos graves son entonces la medula espinal de una canción, su presencia es indispensable en todo tipo de música. Uno no puede imaginar una boda sin los ritmos machacones de la cumbia haciendo a todos bailar. Sin ese elemento es como comer un taco sin salsa picante: No tiene sabor, o peor aún, como sexo sin orgasmo. Nadie quiere a las moscas, pero sin ellas el mundo sería un horrible paisaje lleno de cadáveres. Igual que una canción sin el bajo, así que ahora ¿quién se ríe de quien?


[1] Las notas para el bajo se leen en clave de Fa en el pentagrama, donde la nota de Fa esta en la cuarta línea del pentagrama. Otros instrumentos graves como el contrabajo, el violonchelo, la tuba, y las partes graves de un piano, por citar ejemplos)

[2] http://www.pnas.org/content/111/28/10383


Fotografía de portada Kari Shea / Unsplash

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash

Close up, “quiero ver los pelos…”


Lente anónima

Por Mariana Mota

El close up

¿Con qué tipo de planos cinematográficos bailan más nuestras emociones: los generales o los close up? Suelo lanzar esta pregunta en clase y casi siempre responden que con los close up. Yo pienso lo mismo: el gesto del personaje revela su frustración, su gozo, su pánico; las facciones son el escáner de la profundidad del ser. Sin embargo —y evidentemente— una historia necesita todo tipo de encuadres para que el espectador entienda el contexto, la relación entre personajes y los conflictos. Iba a decir que sería imposible contar una historia utilizando exclusivamente planos que son en exceso cerrados, pero en una de esas ya se hizo, o en una de éstas es un reto interesante y posible.

Mariana Mota, close up

Esta premisa de que una historia es más llegadora cuando se trabaja en los detalles la puedo encontrar también en la narrativa: un cuento me sacude más cuando el escritor me muestra un acercamiento a las manías cotidianas de su protagonista; por eso me cuesta hacer click con historias narradas desde lejos, esas que evitan mostrar las cicatrices, las arrugas o los pelos. Me imagino que algo similar sucederá en todas las áreas, relativas o no al arte. Los detalles, pues, son la huella digital que puede diferenciar relatos de trama o tema similar. Y aunque hermoso, estoy segura de que apreciar o fabricar un detalle requiere mayor grado de observación que hacerlo con las generalidades. ¡Mala noticia para los que somos despistados! La buena es que durante los últimos días he comprobado que esa cualidad de observador se puede practicar y fortalecer.

La constancia

En varias ocasiones me he topado con iniciativas que promueven la constancia, el compromiso y la creatividad por medio de proyectos ininterrumpidos, con duración de algún tiempo determinado. Nunca hice caso, pues carezco de esas cualidades que menciono, pero hace poco más de un mes decidí entrarle a un reto llamado #100días. ¡Cien días! El número me parecía agobiante, pero estaba deseosa de comprometerme con algo, pues también me gusta el placer y cumplir ciertos objetivos me lo genera. La única indicación era hacer público el proyecto, pues dicen que con más ojos encima solemos afianzar los compromisos. Muy cierto.

Tuve varias ideas, pero me decidí por una que me había hecho cosquillitas anteriormente: buscar historias en las minucias. Me propuse compartir por cien días ininterrumpidos una fotografía tomada con mi lente macro de 60mm, que tiene la característica de permitir un acercamiento a los objetos, sin que el foco se pierda. Aunque la actividad me motivaba, presentía que en algún punto las ideas simplemente no llegarían; pero me ha sorprendido el instinto de supervivencia que se esconde incluso en este tipo de nimiedades. Las posibilidades se multiplican si estamos dispuestos a agudizar la mirada.

Mariana Mota, Close up

Con tal de cumplir con el reto diario, he tenido que buscar debajo de la cama, en el refrigerador, en el marco de la ventana, en la mesa de noche, en los cajones, en el baño. Luego corroboré mi teoría de la huella digital, pues las fotografías hablan de mi estilo de vida casero; habrá quienes tendrían como resultado imágenes de calle, de naturaleza, de gente. Lejos de sentir la presión que me generaba la idea de comprometerme con esto, he descubierto el enorme placer de re-observar los objetos que me rodean y que muchas veces habían pasado desapercibidos ante mis ojos rutinarios. Los resultados han sido muy variables: algunas fotografías han satisfecho mi apetito visual, otras me parecen intentos desesperados por no dejar pasar un día del reto, unas más me parecen poco atractivas, pero buenas ideas en potencia. Al final creo que el ejercicio no está enfocado en los resultados, sino en el proceso; y resulta que éste lo he gozado mucho. Detalles: hay una telaraña de posibilidades en ellos; y sobre todo un divertido juego en practicar la observación para detectarlos.

Power tropical o la vida del virus Paola


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Paola Andrea Gaviria Silguero es el nombre completo. Se lo pusieron su padre, sacerdote frustrado con complejo edípico, y su madre, adivina de futuros venturosos por necesidad. Esa Paola Andrea fue un caso médico raro. Su madre se había ligado las trompas para no tener más hijos cuando, un día, le comenzó a crecer la panza. Los médicos no sabían qué era. Vivían en Ecuador y los diagnósticos eran variados: embarazo psicológico, retención de líquidos, subida repentina de peso, castigo divino porque su madre se había casado con un sacerdote. Un diagnóstico coincidió en más de un médico: era una inflamación producto de un virus ecuatorial. Un virus tropical.

Así es precisamente como se llama el libro autobiográfico, Virus tropical (Madriguera, 2014), en donde ya no Paola Andrea, sino PowerPaola cuenta su historia. Hay en este libro una muestra de la posibilidad que la narratográfica ofrece para contar historias desde la primera persona. Esta posibilidad ya ha sido explorada en textos como Maus de Art Spiegelman, American Splendor de Harvey Pekar y algunos otros. Rafael Villegas dedica una buena parte de su investigación doctoral, La narrativa gráfica de la memoria, a este tipo de cómics (y cómix) en donde el yo autobiográfico se convierte en voz y trama de lo contado.

virus tropical, #HistoriasSinspoilers

Virus tropical, en ese sentido, está más cerca de lo propuesto por Marjane Satrapi en su maravillosa Persépolis. Hay varias cosas que hermanan la perspectiva de PowerPaola con la de la iraní: la descripción de la infancia y la adolescencia desde una mirada infantil que no pierde verosimilitud por serlo; la cuestión migratoria reflejada en el tránsito de Medio Oriente al Occidente europeo en un caso, y en el otro la migración que transcurre dentro de los países limítrofes de América Latina, Ecuador a Colombia; pero, sobre todo, lo que hay en ambas propuestas es una visión femenina de lo que implica vivir esas realidades siendo mujer.

En la autobiografía de PowerPaola, muchas veces queda clara esa perspectiva cultural que refleja mucho de lo que en América Latina persiste: la ilusión del padre quien espera que, después de haber engendrado dos niñas, la tercera sea un varón; la represión ejercida por los padres hacia las mujeres sólo por el hecho de serlo; la reclusión en colegios exclusivos de niñas; la visión religiosa que se impone sobre toda posibilidad de equidad; el orgullo de las familias colombianas por tener un sacerdote en la familia; y la oposición casi automática al hecho de que las mujeres ejerzan su libertad de las maneras en cómo la cotidianidad lo impone: laboral, profesional, sexualmente.

Hay también una mirada a las familias de clase media alta que de repente son degradadas por las malas jugadas del sistema y el mercado; la forma en cómo se deben mantener las apariencias para no perder la dignidad que se asume como parte de la jerarquía; la facilidad que se tiene para encontrar formas de ocupación si el tono de piel tiende hacia el blanco (las dos hermanas de Paola consiguen trabajar un tiempo como modelos). En términos de contexto social y refiriéndose sobre todo a Colombia, hay un reflejo de lo que esta sociedad era durante los años noventa: la criminalidad extendida y normalizada en todos los niveles socioeconómicos, la violencia como una forma de ser y estar en el mundo, el consumo de drogas como una forma de identidad no sólo generacional sino incluso nacional, la existencia de exiliados extranjeros por la violencia desatada por las dictaduras en sus países de origen.

Más allá de ese collage de referencias sociales, resalta la sensibilidad de PowerPaola para contar su historia: su crecimiento en una familia disfuncional, sus primeros miedos, los iniciales escarceos eróticos, la relación con sus padres, la complicidad con su segunda hermana, las primeras (terribles) experiencias amorosas y sexuales, la pugna constante con una madre exótica y en neurosis continua, la ausencia práctica de un padre despreocupado e irresponsable, la mala leche de una abuela rencorosa por haber perdido la potestad sobre el hijo consentido, el dolor que implica crecer en un contexto donde todos parecen ignorarte.

Virus tropical es un buen producto que abona a la comprensión de lo que somos los latinoamericanos a partir de la historia de una de sus habitantes. PowerPaola ha emigrado a lugares distintos después de las experiencias retratadas en esta novela gráfica. De hecho, su pseudónimo/nombre artístico proviene de la incomprensión: un negro francés le preguntó en el metro, después de que ella abandonara una fiesta en donde tuvo una experiencia romántica terrible, cuál era su nombre: ella dijo “Paola”, él preguntó “¿Power?”, ella intentó corregirlo varias veces, pero después se dio cuenta de que había encontrado algo más: el nombre tras del cual se dedicaría a intentar contar su historia. O la historia de alguien que es como a ella le hubiera gustado ser: poderosa, fuerte, tremenda. En lo que corresponde a la calidad de su propuesta, cumple con esas.

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