Categoría: Sueños lúcidos

Bibliografía erótica


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes


La mención del infierno suele traer aparejada la visión de la eternidad y el desconsuelo, del fuego y el olvido. Menos frecuentemente, el infierno nos sugiere un lugar enclaustrado dentro de una biblioteca,  donde se resguardan libros cuya lectura se ha considerado peligrosa[1].

Existen muy diversas razones por las que un libro habría de estimarse como riesgoso para su poseedor o lector; hay libros que se dicen encadenados y que presos de sus hierros se sacuden, como poseídos, en los sótanos de carcomidas bibliotecas. Uno de los más connotados libros malditos es el de Toth, otro el Necronomicon, no importa que ambas obras pudieran ser ficticias. Otras veces, el peligro para los bibliófilos ha sido menos sobrenatural y se ha reducido al potencial —cálido— encuentro con las llamas del inquisidor (en caso de descubrirse la propiedad de tal o cual volumen).

De manera más corriente, la “peligrosidad” de esos libros viene de su carácter “obsceno”, por tal motivo, los infiernos de las bibliotecas son el albergue final, el asilo de libros marginados que a pesar de su indecencia —de forma improbable y prodigiosa— escaparon a la hoguera. Sobre estos libros nos dice Pisanus Fraxi, en su Index Librorum Prohibitorum (1877):

«Para el bibliómano, el verdadero amante de los libros por sí mismos, estos volúmenes desconocidos y marginados, estos parias de la literatura, son infinitamente más interesantes que sus mejor conocidos y más apreciados compañeros; y adquieren un valor para él, en proporción a la persecución que han sufrido, su escasez y la dificultad que se experimenta en adquirirlos.»

Como es sabido, Pisanus Fraxi es el alter ego de Henry Spencer Ashbee, el barbado y victoriano coleccionista de erótica más importante que se cree haya existido; negociante de aceites esenciales que nos legó, en tres vólumenes, su personal bibliografía sobre la materia. Los títulos de tal obra son: Index Librorum Prohibitorum (1877), Centuria Librorum Absconditorum (1879) y Catena Librorum Tacendorum (1885).

La propia colección de Ashbee fue donada a un infierno que no lleva el nombre de tal[2], la Caja Privada del Museo Británico, de donde fue transferida a la Biblioteca Británica. La leyenda relata que el acervo de Pisanus fue destruido en parte y se ignora su cabal contenido, debido a que su catalogación fue tardía. Más aún, se afirma que el Museo rehusaba aceptar el legado y si lo aceptó de manera reticente fue por la condición de adquirir otros textos, de Cervantes, de carácter menos censurable.

En adición a la de inglesa de Ashbee, destacan otras bibliografías memorables, la más conocida tal vez es la francesa, denominada Infierno de la Biblioteca Nacional (1919), de Guillaume Apollinaire, que lo mismo reseña obras célebres (como La Nueva Justine del Marqués de Sade, ornada con un frontispicio y cien cuidadosos grabados, editada en Holanda, en 1797) que colecciones anónimas de cuentos y epigramas, con misteriosas anotaciones a lapiz.

En lengua alemana, el referente es Paul Englisch, con su Historia de la Literatura Erótica (1927) y el intitulado Laberinto del Erotismo (1931).

En el ámbito de la investigación bibliográfica en idioma español —o castellano según se quiera— es digna de mención la Bibliotheca erotica sive apparatus ad catalogum librorum eroticorum (1993), de José Antonio Cerezo. El comentador de esta biblioteca, Daniel Eisenberg, nos indica:

«Sobresale en esta bibliografía la amplitud de miras. No se excluye nada, desde el sadismo a la película pornográfica. El que quiera encontrar una historia del desnudo, una introducción al arte erótico japonés, chino o hindú, una defensa de la pedofilia, una historia de la censura o un estudio de la pornografía inglesa del siglo diecinueve, aquí los hallará.»

Desconozco la existencia de una extensa y erudita obra de bibliografía erótica mexicana, quizá se encuentre todavía en el conjunto de las infinitas posibilidades del libro, tal vez se esté escribiendo o ya ha nacido quien la habrá de escribir o duerme en el polvo, junto a la Biblioteca de Mariano Beristain y la Bibliografía Mexicana de Joaquín García de Icazbalceta.


[1] El infierno por antonomasia es el del la Biblioteca Nacional de París; infiernos más bien -debe de decirse- pues actualmente son dos: uno dedicado a los libros impresos; el otro, a las estampas.

[2] Otros “infiernos” de erótica renombrados incluyen: la Colección Delta de la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos, la Colección Phi de la Biblioteca Bodleiana de Oxford y la denominada Colección Secreta de la Biblioteca Estatal de Rusia. Aunque algunos infiernos son más insípidos, tal es el caso de la Universitat de Valencia, donde está confinado Don Carlos Marx.

La jungla y sus sueños


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes 

La jungla es negra, poblada de sombras de hojas acuchilladas y reptantes figuras retorcidas, que son raíces o serpientes, quizá lianas; es húmeda, lluviosa. En la selva siempre es de noche[1] —o parece serlo— pues los rayos de sol no atraviesan jamás la espesura.

La floresta semeja un cielo oscuro y constelado donde los ojos de las fieras titilan con fosforescente brillo. En su profundidad, existen ríos negros, como la Estigia, que pululan de cocodrilos y pirañas, sierpes de agua e hipopótamos de largos colmillos, que flotan o se sumergen, difuminándose entre el torrencial fluir del agua y el tam-tam de los tambores lejanos.

La selva es como el sueño, como la muerte, a veces como la locura y a pesar de ello —o tal vez por ello— reviste la belleza de una acogedora guarida. La jungla es la más venturosa de las fugas.

jungla

La literatura no podía ser menos y está infestada de selvas, de Horacio Quiroga a Rudyard Kipling, pasando por Henry Rider Haggard y Edgar Rice Burroughs, sin olvidar —desde luego— a Emilio Salgari ni a Joseph Conrad.

No importa si eres Tarzán o Mowgli, o quizá Allan Quatermain o Umslopogaas, incluso si fueres un personaje con una presumible e histórica existencia como John Hunter o el ambivalente Kurtz de El Corazón de las Tinieblas. En cualquiera de los casos, sentirás la llamada de lo salvaje. Si eres hombre, tus instintos de cazador harán bullir la sangre (Desmond Morris y Jack London lo dicen y son entendedores).

La fuga será total. En la selva de las novelas clásicas no existen obsesivos horarios laborales, ni cuidados familiares a que atender, ni tráfico, ni polución (el calentamiento global aún no se inventa en los tiempos coloniales de su Majestad británica y el Rey Leopoldo de Bélgica), ni impuestos, ni terrorismo, ni guerra nuclear, ni inflación, ni campañas políticas, ni sospechoso y sincrético arte urbano, ni tráfico de influencias, ni propaganda religiosa a domicilio (salvo algunos buenos misioneros que suelen complementar la cena de los nativos).

Las ventajas de la selva son inmensurables y largas de enumerar. En mérito de la brevedad selecciono algunos —representativos— ejemplos:

Las muertes.- En muchos sentidos es más piadosa la muerte cuando perros salvajes te despedazan vivo (en escasos minutos) a esperar que una venal autoridad de gobierno te despelleje por años y destripe sádicamente tu patrimonio, tu honra o tu familia.

Si llegaras a la vejez, siempre será más misericordiosa la muerte entre las fauces de Numa o Simba (su leonado pariente) que el torturante cangrejo Cáncer, aferrado a la intimidad de tus vísceras, devorándolas en viva putrefacción.

El diario sustento.- Además, en la jungla los héroes no padecen hambre, siempre tienen a mano un jugoso ciervo o la joroba de un oso o de un búfalo, ya sea que le hayan dado compasivo fin con cuchillo, por el arco o con arma de fuego. Si eres Sandokan lo acompañarás con arrak y si no, con fresca agua del venero.

Eso que llaman amor.- El amor tampoco ofrece problema en las junglas. No necesitas procurar el cariño de mujeres ni soportar sus desplantes; siempre existen damiselas en apuros —como Jane— o reinas vírgenes de escasa vestimenta, que habitan ciudades perdidas y están desesperadas por emparejarse con el explorador o el genuino hombre selvático. La, de Opar era una de ellas, sólo habrás de guardarte de las mujeres fatales como Ella-Ayesha.

Viñeta de “Tarzán”

Soñar la selva no es díficil, existen no sólo magníficos libros, sino inspiradoras imágenes, en King Kong (1933), Tarzán y su compañera (1934), Superman, Tambores en la Selva (1943), Las Minas del Rey Salomón (1950), Jumanji, la película (1995) y Jumanji, la serie animada (1996); sin dejar de mencionar los clásicos comics de Burne Hogarth y el video de Toto, Africa (1982).

Así que, no lo dudes. ¡Arriésgate con la literatura de la selva! Adéntrate a explorarla y serás llamado como Sompseu:

Báyete, Baba N’kosi ya Makosi

¡Ngonyama! ¡Indhlovu ai pendulwa!

Oh, padre, rey de reyes

¡León! ¡Elefante invencible!


[1] Es la unánime noche de Las Ruinas Circulares, de Borges, con todo y su fango sagrado.


Fotografía: Iqx Azmi / Unsplash

Justicia literaria


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Susana, hija de Jilquías, es deseada por dos ancianos influyentes. Ella rechaza sus seniles pretensiones y ellos la amenazan con encausarla por adúltera, por haber yacido con un joven estando casada con Joaquín. La pena para tal delito es la muerte.

Los jueces cumplen su amenaza y Susana está pronta a ser condenada. Un justo varón impide el dictado de la sentencia, exigiendo que los viejos sean interrogados en forma separada. Los falsos testigos entran en contradicción; uno de ellos dice que la vió fornicando bajo una acacia, el otro manifiesta que la sorprendió bajo una encina. Descubierto el artificio, los perjuros son apedreados con gran regocijo del venerable Jilquías (feliz por la salvación de su hija, no por la muerte de los ancianos, se entiende).

Tal es la historia de la casta Susana, como nos la relata el libro de Daniel; muestra singular y antigua del tema judiciario en la literatura. El resto de la Escritura nos es pródiga en juicios y afirmaciones sobre la justicia. De tal manera nos presenta al sabio Salomón decidiendo la partición de un infante frente a una madre desecha, asistimos al inicuo juicio de Cristo y escuchamos el cántico: «El Señor ama la Justicia y el Derecho». Como es sabido, la Biblia culmina con el Juicio Universal.

También la literatura griega conlleva la idea del juicio. En la Ilíada, se presentan diversos litigios, uno de ellos el que da motivo a la obra: La cólera de Aquiles, al ser despojado de la deseable cautiva Briseida, por el —digamos abusivo Agamenón.

Michelle Foucalt, en su obra La Verdad y las Formas Jurídicas resalta el extraño concepto de justicia y de prueba que tenían los antiguos, cuando —en la propia Ilíada— Antíloco y Menelao disputan sobre quien ganó una carrera de carros. La verdad se prueba no por los testigos, sino por los juramentos ante Zeus. Luego quien jura más y mejor es quien tiene la razón y a quien se otorga la victoria.

La justicia y el derecho —a pesar de su devaluada imagen son conceptos tan íntimamente humanos que traspasan todos los géneros literarios. A manera de ejemplo, la comedia Las Ranas, de Aristófanes, alude en tono jocoso a la práctica judicial de la tortura de los esclavos como medio de prueba contra los amos; y es también en tono festivo que El Quijote hace referencia a los juicios de Sancho en la Ínsula de Barataria, juicios que son una clara parodia de la sabiduría de Salomón, que tiene el sentido común y el conocimiento popular del buen escudero.

En un sentido distinto, la justicia es tragedia en la Antígona de Sófocles, donde el mandato tiránico del rey de Tebas, Creonte, impide sepultar a Polínices. La violación de dicha ley es consumada por Antígona, quien rinde honores funerarios al cadáver y enfrenta a la muerte por su contravención. Antígona es una obra literaria notable, pero tiene valor jurídico propio, pues es un testimonio sobre la idea del derecho natural, el que es justo por sí mismo y por ende, superior a toda ley humana.

En un contexto de drama y como novela es imposible omitir la mención de Crimen y Castigo de Dostoievsky, donde existe una aparente reflexión psicológica sobre la transgresión a las normas que lleva a Raskolnikov hacia cierto tipo de redención. De alguna manera la ley ha quedado impresa en el cuerpo del transgresor, motivo que nos lleva a recordar En la Colonia Penitenciaria de Kafka, donde literalmente la ejecución de los condenados se realiza grabando en su piel el texto de las leyes violadas, tarea consumada por agujas de cristal que finamente van penetrando la espalda del reo.

El teatro otorga nutrida muestra de afanes justicieros, valga para el caso citar sólo dos autores castellanos y dos en lengua inglesa: Lope de Vega, con sus conocidos dramas municipales, Fuente ovejuna y El Mejor Alcalde, el Rey, ambas dirigidas a denunciar los abusos de la nobleza frente al pueblo; así como Calderón de la Barca, con El Alcalde de Zalamea, en la misma tónica de Lope, pero con una —muy mediterránea— referencia al honor. En lengua inglesa, infaltable Shakespeare con El Mercader de Venecia, pero también con Macbeth, interrogando los límites de la justicia y la legitimación del poder; y Arthur Miller con sus Brujas de Salem (The Crucible), velada denuncia del Macarthismo y su consecuente violación de las libertades civiles.

Dentro de esta esquemática referencia, el cuento latinoamericano con implicaciones directas en el tema de la justicia puede incluir a Diles que no me maten, de Juan Rulfo, que alude a la justificación de la prescripción dentro del derecho penal; y Emma Zunz, de Jorge Luis Borges, que propone la justicia como una elaborada venganza.

También relacionados con la legislación, esta vez laboral y de seguridad social, son los cuentos Huarapo, del jalisciense Francisco Rojas González y La Compuerta del chileno Baldomero Lillo.

Existe además una especie de subgénero, de tipo carcelario, donde la narrativa se conduce por calabozos y prisiones, en una especie de ejercicio masoquista en torno al derecho penal. Este género que llamaríamos menor, pero que ha merecido el nobel, incluye: Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn; Papillón, de Henri Charrière y la Isla de los Hombres Solos, de José León Sánchez.

Imposible sería en tan breve espacio agotar las innumerables referencias literarias al derecho; van las anteriores como una modesta invitación al tema.

Los autómatas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Con precisos dedos sepultó la semilla y la cubrió con un lienzo terroso. La multitud se estrechó en torno al mago, que levantó el paño con cautela. Habían pasado unos segundos solamente, pero del suelo asomaba un brote verde. El espectáculo continuó, a intervalos de cubrir y descubrir, la planta creció y dio sus frutos —dorados mangos— que fueron consumidos por un público maravillado y goloso. Ocurrió en Benares, a mediados del siglo pasado y nos lo relata John A. Keel. La explicación del acto es de una simplicidad que decepciona, algo tienen que ver en éste los amplios ropajes del ejecutante y la oquedad de la semilla que se utiliza para el efecto.

La maravilla de la India tiene su paralelo en el parisino establecimiento de Robert Houdin, donde se mostraba bajo el nombre de L’oranger fantastique; un cítrico que en su propio tiempo —tiempo del sueño, tiempo maravilloso— crecía, florecía y daba fruto. La diferencia no era sólo de especies, sino de técnica. El naranjo era un autómata[1].

Houdin, mecánico acreditado, realizó otros autómatas de singular éxito, los más reconocidos son el Ruiseñor y el Escritor-Dibujante. Es posible que el cuento de Hans Christian Andersen, el Ruiseñor, deba su parte al ingenio mecánico del francés.

Los autómatas han sido un elemento antiguo en la literatura, es conocido que están ya presentes en la Ilíada, en su canto XVIII, que relata como Hefesto tenía a su servicio “veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa[2].”

La misma antigüedad clásica nos ha traído el testimonio de los escritos de Herón de Alejandría y la realidad tangible del mecanismo de Antikythera, la primera computadora analógica de que se tenga conocimiento.

La historia del autómata nos lleva a través de —por lo menos— dos senderos diversos; el de la relojería de su mecanismo y el de la imitación de los vivientes. No exploraremos —por ahora— la crónica de los engranajes, los piñones y los escapes, no se hablará por tanto de los logros de Arquitas de Tarento, del kurdo Al-Jazarí o de la Enumeración de las Extrañas Máquinas (Chhi Chhi Mu Lüeh) de Tai Jung, tampoco Leonardo ocupará nuestras indagaciones.

El juego de emulación de lo animado por lo inanimado emparenta al autómata con el Pigmalion de Ovidio, el Golem hebreo y el Frankenstein de Shelley, incluso con el Homúnculo de Paracelso, los omnipresentes zombies o —si se quiere ser menos tétrico— con el Pinocchio de Carlo Colodi; pero dada su carencia de partes móviles, engranajes y muelles, estos personajes no pueden incluirse con propiedad como autómatas de la literatura.

En tales restringidos términos, debe mencionarse como autómata relevante en la historia literaria a la Olimpia de Hoffmann, imaginada en 1817, en El Hombre de Arena, cuya belleza, encorsetada y rígida, cautivó al enamorado Nataniel, tanto como sus ojos fijos, su bailar acompasado y su perfecta interpretación al piano. Mecánico amor que llevaría a la perdición de Nataniel por obra del malvado Coppelius. “Ojos, ojos, ojos de niño, bellos ojos” serán uno de los motivos principales de este cuento tantas veces reseñado.

Otro autómata —que no por real deja de tener un interés literario— es el Jugador de Ajedrez del Barón Von Kempelen, que da título al ensayo de Edgar Allan Poe, obra de 1836, donde intenta explicar el funcionamiento del autómata ajedrecista de Maelzel. Sobre dicho ingenio nos narra El Mosaico Mexicano o Colección de Amenidades Curiosas e Instructivas:

“Revestido el autómata de un rico traje oriental, se hallaba sentado delante de un bufete [una mesilla] que se arrastraba por medio de cuatro rueditas y en su interior estaba encerrada la máquina, y el cilindro que se decía servir para darle movimiento. El Barón comenzaba por montar con grande aparato su autómata, se oían crujir los resortes y resonar como los de una péndula, y entonces se alzaba lentamente el brazo del autómata, avanzaba hasta la pieza que debía tomar, la alzaba y la colocaba sobre la casilla en que debía quedar colocada”.

Allan Poe es más práctico, no sólo describe el autómata, lo ilustra:

“El grabado de esta página da una ligera idea de lo que los ciudadanos de Richmond han podido ver hace unas pocas semanas…A la hora designada para la exhibición se corre la cortina, o se abre una puerta de dos hojas y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquella se tiende una cuerda”.

Luego de una prolija descripción del aparato —y del aparato protocolario que lo rodeaba— Poe analiza el caso, con la misma lógica impecable del detective Auguste Dupin y concluye no solamente que el ingenio es movido por una persona, sino cómo y dónde se oculta y quién es esa persona, que él identifica como un tal Schlumberger, miembro del séquito de Maelzel[1]. El análisis de Poe es de una precisión admirable, considerando los tiempos de respuesta, las probabilidades de triunfo y la conducta gestual del autómata, entre otros factores. Su lectura no tiene desperdicio e ilustra el alcance de la lógica aún desprovista de cualquier comprobación experimental.

No quisiera cerrar esta breve relación de autómatas en obras de ficción, sin mencionar, así sea de paso, a La Casa de Vapor, de Julio Verne, del año 1880, novela de aventuras que tiene como gadget detonante de la trama la existencia de un artilugio, a medio camino entre una casa rodante y un elefante mecánico.

De manera adicional, existe un libro reciente, que debe recomendarse, la Teoría e Historia del Hombre Artificial, de Alonso Burgos, publicado por la económica Editorial Akal en 2017. Su lectura —más allá de los ciborgs y los super humanos— nos pone ante la cuestión de si, en el fondo, sólo somos autómatas que saben rezar y cómo alguna vez dijo Borges, tan limitados que ignoramos cuál será el rostro con el que Dios nos mira.


[1] Vale precisar un poco el término, el autómata –en la segunda acepción de la Academia– es una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado. Concedamos con Aristóteles que las plantas tienen un ánima vegetal y admitiremos en esta definición a los naranjos mecánicos (con perdón de Anthony Burguess). También es conveniente señalar que autómata y robot no son términos intercambiables, diríamos ahora que el autómata tendería a ser analógico, mientras que el robot es más propiamente digital.

[2] A estos trípodes habría que agregar dos doncellas de oro “que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses”.

[3] El jugador de ajedrez, originariamente de Von Kempelen fue transferido a Maelzel —en cuyo poder lo conoció Allan Poe—. En fecha posterior, el ingenio fue vendido a John Mitchely, quien lo donó a un museo en Filadelfia, lugar donde a la postre fue consumido por un incendio.

De enigmas y logogrifos


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

No hay literatura sin enigma, incluso la lírica posee bellos misterios[1]. Parejos arcanos encierra el ensayo y algo no distinto sucede con la novela y con el cuento. Incluso la Sagrada Escritura nos ofrece ejemplares acertijos, las adivinanzas de Sansón no exentas de codicia, las oníricas adivinaciones del soñador José y la mano suspendida de Daniel que escribe las indescifrables palabras: Mene, Tekel, Parsin.

En mérito de la brevedad, no abordaremos los enigmas de los griegos, ni abundaremos sobre la alada Phix la virgen de afiladas uñas, no entraremos al conocimiento del cuadro de Polibio, ni de la clave de Julio César, que preservó para nosotros Suetonio. Bastará para el fin de este ensayo mencionar que la historia clásica también nos desafía con antiguas criptografías.

Es difícil aventurar la primera utilización de códigos y cifrados como tema o artificio en la literatura que se suele llamar de ficción, pero no por ello dejó de ser utilizada la criptografía durante el medioevo y la edad moderna, tanto en su aspecto marcial como en el diplomático. Todavía causa admiración la elaborada falsificación del manuscrito encriptado de alquimia identificado como “El Libro del Tesoro” y apócrifamente atribuido a Alfonso X, el sabio[2].

A despecho de la dificultad mencionada, Edgar Allan Poe es quizá el autor más mencionado cuando se trata de la relación entre criptografía y literatura, debido si duda a su cuento “El Escarabajo de Oro”, publicado en 1843. A título personal, conocí de dicha narración por los magníficos segmentos culturales de Maruxa Vilalta, en la televisión pública (canal 13). “El Libro de Hoy” era el título, el año tal vez 1982.

Como es sabido,“El Escarabajo de Oro” relata la búsqueda de un pirático tesoro cuyo hallazgo se logra al descifrar un mensaje en clave. Una clave que se reputa sencilla, por simple sustitución.

Mi segundo encuentro con la criptografía literaria fue a través de Julio Verne, con su novela La Jangada, publicada en 1881, en la cual la vida y libertad del protagonista Juan Dacosta dependen del contenido de un mensaje en clave numérica, que es largamente explicada al puro estilo de Verne por el juez Jarríquez:

— El documento no está basado sobre signos convencionales, sino sobre lo que se llama «una cifra» en criptografía, es decir, sobre un número.

—Pero… —dijo Manuel—, ¿no se afirma que es posible leer un documento de este género?

—En efecto —admitió Jarríquez. Cuando una letra está invariablemente representada por la misma letra. Entiéndame: quiero decir cuando una a, por ejemplo, es siempre una p; cuando una p es siempre una x… De lo contrario, no es posible.

—¿Y en este documento?

—En este documento el valor de la letra cambia, de acuerdo con la cifra, tomada arbitrariamente y que es lo que rige. Así, una b que haya sido representada por una k, más adelante lo será por una z; después por una m, o una n, o una i, o cualquier otra letra.

—¿Y en tal caso?

—En tal caso, o sea en este caso, tengo el sentimiento de deciros que el criptograma resulta absolutamente indescifrable.

Hasta aquí la transcripción (la explicación completa abarca seis páginas). En dicha novela, un caballeroso Verne tiene la cortesía de rendir homenaje a Edgar Allan Poe al exclamar por boca de su personaje: “¿Quién no ha leído El Escarabajo de Oro?”

Cabe añadir que Sir Arthur Conan Doyle también se ejercitó en esos juegos, que de alguna forma son inseparables del género policial y de espías. Su relato “Los Bailarines” o “Los Monigotes” es frecuentemente citado en el inventario de la criptografía recreativa.

En tiempos mucho más recientes, Isaac Asimov dedicó incontables por numerosos cuentos a las charadas y a las claves. En particular, en sus varias “Historias de los viudos negros”, pero incluso en cuentos poco conocidos como “Problem of Numbers”, renombrado posteriormente como “As Chemist to Chemist”.

Un ejemplo particular de lo que podríamos considerar mal uso de la criptografía como motivo literario lo encontramos en el “Código Da Vinci”, que contiene un criptex (bueno, quizá dos criptex) con un papiro y cuatro líneas enigmáticas. En la novela, Sophie Neveu  (criptógrafa parisina, que había cursado estudios en Inglaterra, en el Royal Holloway) necesita de cuatro páginas de acción —casi un capítulo— para percatarse de que el texto está invertido y se puede leer con un espejo; algo que resulta especialmente decepcionante como clave y nos recuerda a los perdidos años de la infancia.

No ampliaré las referencias. En tan breve espacio no podemos agotar los contactos de la criptografía con la literatura[3]. Sólo añadiré una nota final, en una publicación de Gómez Urgellés se alude a la criptografía con “cifra de cuaderno de uso único” —lo que sea que pretenda significar. La peculiaridad de un mensaje cifrado con esta clave es que si llega a ser analizado por ensayo y error, los resultados del análisis serán: a) Todos los mensajes posibles de igual longitud; b) El mensaje real que se envío; y c) Una breve refutación del mismo mensaje. Se le ha bautizado “el mensaje de Babel”, en honor a una conocida biblioteca y a un conocido escritor ciego.


[1] Baste recordar a Amado Nervo: «Tu cabellera es negra como el ala del misterio, tan negra como un lóbrego jamás, como un adiós, como un “quien sabe”...Tus ojos son dos magos pensativos, dos esfinges que duermen en la sombra, dos enigmas muy bellos…»

[2]«Lorenzo Ferrer se trasladó a la Corte, trayendo un Libro del Tesoro de su cosecha, en el que utilizó la caligrafía del tiempo de Alfonso X; debidamente envejecido, encuadernado con tablas y cerrado con tres candados, según convenía, se dio las trazas para que llegase al confesor del Rey» GALENDE DÍAZ. La Criptografía Medieval: el Libro del Tesoro. España-2003.

[3] Sería indispensable reseñar el Criptonomicón, de Neal Stephenson. Me lo impide mi esencial ignorancia sobre el libro, que de alguna forma —arteramente predestinada— deberé de leer algún día.

Lenguajes imaginarios


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Desconocemos el número actual de las lenguas humanas, serán tal vez —según la fuente que se consulte— unas seis o siete mil. Por si su caudal no fuera excesivo, a ellas debemos aunar las lenguas muertas, los dialectos angélicos que postula la Carta a los Corintios y los idiomas que han sido fruto de  la ficción literaria.

Cada obra de la literatura, singularmente las de fantasía y ciencia ficción, necesitan palabras nuevas con las cuales identificar entidades hasta entonces ignoradas. En el universo de J. K. Rowling no podríamos representar el juego preciso sin el vocablo quidditch (que por otro lado nos ahorra incontables definiciones cada que se menciona la lúdica actividad); análogo a este deporte es el hussade de Jack Vance, en la saga de Alastor, aún cuando este divertimento presenta connotaciones más tétricas.

No obstante, la creación de una colección de vocablos no es por sí la elaboración de un idioma, a lo sumo aspira a formar un léxico suplementario. Un idioma necesita además su gramática; y ese sería el caso del Pársel de Harry Potter. La peculiaridad de esta lengua es su carácter de hereditario, no se aprende, se nace sabiéndola. Es adicionalmente una lengua inter especies y permite la comunicación animal, como el anillo del rey Salomón.

En esta categoría de lenguas ficticias inter especies se encuentra el idioma de los simios que hablaba Tarzán. Rice Burroughs —su creador— tuvo a bien revelarnos los sufijos selváticos que emplea: mangani es mono, go-mangani es ser humano negro, tar-mangani es el humano blanco. De ahí comprobamos el racismo innato de los antropoides —o de Rice Burroughs—, en donde las personas de color se diferencian (aunque escasamente) de los micos y de los humanos blancos.

Debemos puntualizar que dependiendo de la amplitud y detalle de nuestra definición, los autores de ficción no crean verdaderos idiomas, pues estas elaboraciones no son completas; es decir, no bastan a las necesidades de comunicación de un grupo de hablantes.

A despecho de ello, por una suspensión de la duda asumimos su existencia. Ese pacto de fe que se realiza entre autor y lector se refuerza a veces por el rigor lógico del lenguaje inventado. En esta materia, el campeón de la lingüística imaginaria quizá sea John Ronald Tolkien, con su amplio inventario de lenguas élficas, incluida una historia evolutiva desde el idioma primordial, el Quendian primitivo, del que derivan con el tiempo el Telerin, el Sindarin, el Nandorin y otros lenguajes de la llamada Tierra Media.

La evolución del idioma y con éste la historia de las ideas ha sido tratada por  autores como Michel Foucault y Norberto Bobbio; en la literatura este enfoque es compartido por George Orwell, en 1984. En dicha novela, hace decir a Syme —uno de los redactores del diccionario de Neolengua— lo siguiente:

Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos.

 

¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significaos secundarios eliminados y olvidados para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño.

 

Lenguajes, #HistoriasSinSpoilers

 

Desde luego, existen otras lenguas sintéticas o artificiales, como la postulada por John Wilkins en el siglo XVII, pero dado que se trata de una erudita empresa filosófica y no intencionadamente ficcional, no formaría parte de esta digresión, a no ser porque Jorge Luis Borges le dedica un ensayo[1] donde nos refiere que Wilkins:

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

En la cita efectuada, el dominio de lo que llamamos real colinda con lo fantástico y el intento evidente del autor es transmitirnos esa sensación de maravilla al imaginar una absoluta clasificación del mundo, efecto similar al que nos propone con la Máquina de pensar de Raymundo Lulio, ensayo similar, fechado en 1937.

El propio Borges imagina lenguas conjeturales en Tlön, Uqbar, Orbius Tertius, con diferencias sustanciales entre los hemisferios austral y boreal de ese planeta. En ambos lados existe una dominante noción del idealismo, en ninguno se reconoce realidad a la materia. Bajo tal óptica todo sustantivo sería una injustificada especulación, de modo tal que el lenguaje se compone de verbos y de adjetivos. En el norte —por ejemplo— no hay una palabra que corresponda a “luna”, sino que se conjugaría el verbo “lunecer”; en el sur los adjetivos cumplen la función de los nombres, no se dice “salió la luna” sino “aéreo-claro sobre oscuro-redondo”.

La anterior parecería una gramática arbitraria, si no lo fueran todas las gramáticas. A manera de muestra, las lenguas Tseltal, Chol, Chontal y Lacandona, tienen numerales diversos si van a enumerar ríos o jícaras, si se trata de rollos o de seres animados, si se cuantifican cosas redondas o alargadas; no existe en las variantes mayas la abstracción del número, todo conteo es recuento de objetos específicos.

Hasta aquí las referencias. Como propuestas preliminares para el establecimiento de una lingüística de la fantasía se establecen: la investigación del mítico Babel donde surgieron los lenguajes ficticios y la decidida intervención del gobierno oculto del mundo para proteger de la extinción a los idiomas imaginarios.


[1] Me refiero, desde luego, a El idioma analítico de John Wilkins, publicado en Otras Inquisiciones, en 1952.

Imaginación y memoria


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Borges y Macedonio Fernández

La memoria puede jugarnos malas pasadas. Por eso mueren algunos viejos: de nostalgia, abrumados por remembranzas y evocaciones, aturdidos por el eco de tantas reminiscencias.

Personalmente, la memoria me agobia, suelo habitar la mayor parte del tiempo en el recuerdo, en la recreación de los pasados reales y posibles, me cuesta trabajo mirar delante del parabrisas, manejo —eso sí— atento al retrovisor.

Tengo para mí que somos memoriosos porque —en más de un sentido— nuestro ser y vida son el pasado. Quizá por esa razón el recuerdo es el tema recurrente del oficio literario, el narrador es un recordador, la narrativa es memoria, como lo son el sueño y la visión. Recordar e imaginar son mecanismos emparentados.

Algunos dicen que tenemos los recuerdos contados, como ordenados libros en un anaquel cuyo espacio es limitado y menguante. Así lo entiende Sherlock Holmes en el Estudio en escarlata. Para otros, los recuerdos son minuciosos en grado tal que emulan al infinito. Ese fue el caso de Irineo Funes, aquel compadrito de Fray Bentos, muerto de congestión pulmonar en 1899, el cual podía recordar la forma exacta de las nubes del amanecer de cada día, cada matiz de cada arrebol de cada nube, incluso las veces que visitó ese recuerdo preciso  (es decir, el número de ocasiones que rememoró cada memoria y la cifra de momentos que recordó haber recordado que recordaba).

Pero la memoria eidética y lúcida es una contradicción en nuestro mundo. Irineo Funes, ficcionado por Borges, tiene su equivalente —llamémoslo real— en Solomón Sheresevski. Este savant era capaz de recordarlo todo, pero inhábil por completo para relacionar las ideas. Sus amplias incapacidades fueron exploradas en los años veinte del pasado siglo por el conocido médico ruso Alexander Luria.

Desconocemos aún la causalidad de esta memoria excesiva, se ha llegado a especular sobre presuntos defectos del desarrollo embrionario o un daño cerebral posterior al alumbramiento. Si creyéramos, como Averroes, que hay una sola mente universal, los savants acaparan una porción mayor a la que  corresponde —en justicia— al común de los mortales.

Hay otro aspecto. Analizando el tema con acuciosidad podemos comprobar que la obsesión del pasado tiene su necesario complemento en el olvido del futuro. Imaginemos entonces la historia de un hombre condenado a muerte —pongamos que un herrero— que no sufre la angustiosa espera de la ejecución porque sencillamente no puede figurársela. Esa es la situación que nos plantea Macedonio Fernández en Cirugía psíquica de la extirpación:

El futuro no vive, no existe para Cósimo Schimtz, el herrero, no le da alegría ni temor. El pasado, ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero que intenso, total, eterno el presente, no distraído en visiones ni imágenes de lo que ha de venir, ni en el pensamiento de que en seguida todo habrá pasado.

Cósimo Schimtz tiene su equivalente clínico en la historia de la neurología. Se trata de  Phineas Gage, antiguo capataz de construcción avecindado en Nueva Inglaterra. En los años cuarenta del siglo XIX un barreno fatídico traspasó su lóbulo frontal causándole un curioso extravío; no perdió ni el habla, ni la sensibilidad, ni el movimiento, pero se tornó caprichoso y vacilante, impotente para proponerse metas, inconsecuente y sin evidencia de preocupación por su futuro, ni síntoma de previsión[1].

Casos clínicos y personajes literarios coinciden, recordar en exceso es casi congelar el presente, lo mismo que no prever el futuro; son estados análogos para la literatura fantástica y para la neurociencia (que es uno de sus géneros menores).

Cósimo o Irineo, son estados de la mente que pueden sernos ideales y envidiables: una especie de nirvana donde reposar los sentidos y ampliar las percepciones (sin Cannabis de por medio), un instante de paz en la vorágine de nuestra modernidad líquida, liberados por fin del vértigo y del tedio.


[1] Damasio. El error de Descartes. México. 2015.

Lupe Vélez: la fastuosa muerte


Sueños Lúcidos

Por Javier Paredes

Un pensamiento ocioso que eventualmente me acecha es considerar mi muerte como un hecho ya determinado, con todos sus detalles. Brotan entonces las preguntas previsibles: ¿estará ahora circulando el autobús que me encontrará en la esquina rutinaria? ¿alcanzaré a vislumbrarlo? ¿la emoción postrera será de angustia o de liberación?

Y surgen también los múltiples escenarios: ¿se habrá armado hoy la pistola que me podrá apuntar en un futuro lejano? ¿o quizá ya se esté cocinando el platillo que será ocasión de la fatal asfixia?

Esta estéril fabulación desde luego no me es particular (como es probable que nada lo sea entre nosotros) por el contrario, me precedieron egregios imaginantes.

El ficticio historiador Lampridio relata —no sin reticencia— el vaticinio de la muerte del emperador Heliogábalo, profetizada por paganos sacerdotes de Siria. Así lo refiere la Historia Augusta:

«Por ello, había preparado cuerdas trenzadas con hilo de seda y de púrpura oscura y escarlata para hacer con ellas un lazo… espadas de oro para suicidarse… [y] también veneno en piedras preciosas, jacintos y esmeraldas…Y había hecho levantar una torre muy alta con tablados incrustados en oro y pedrería, para precipitarse desde ella, porque decía que su muerte debía ser valiosa y como una especie de lujo, hasta el punto que no se pudiera decir que nadie había muerto como él».

Es quizá sentencioso decir que el emperador fue asesinado en unas letrinas y que su cuerpo, al no encontrar cabida en las cloacas, fue arrojado al Tíber.

La preocupación por una muerte distinguida fue compartida, a su tiempo, por Henri I de Haití, el poco verosímil soberano de tal Isla. Su reinado impopular se extendió por casi una década, de la que no se puede presumir algún logro. No obstante ello —o tal vez gracias a ello— el monarca consiguió los propósitos de Heliogábalo al suicidarse con una bala de oro[1].

Si —según reza el Quoelet— todo es vanidad de vanidades; la muerte glamorosa es acaso la última y la máxima de las banalidades, mas no por ello la menos añorada.

Incluso en una época más reciente (en 1944 si deseamos ser precisos) la Mexican spitfire; Lupe Vélez, es descrita buscando esa intrascendente forma de trascendencia, preparándose una “buena muerte”[2].

La leyenda negra de esta actriz, como se conoce en la cultura popular, es narrada en un cómic algo truculento que se suele atribuir a Jim Osborne. El título: Hollywood Tragedy, the Suicide of Lupe Velez, historia gráfica publicada en Snatch Sampler, en 1977[3].

Debe decirse —para aquellos a quienes su juventud requiere tales aclaraciones— que Lupe fue una acreditada artista del cine mudo y del parlante,  que es una de las escasas ejecutantes mexicanas con estrella en el paseo de la fama, que fue amante de Gary Cooper y la indócil esposa de Johnny Weissmüller, (el campeón olímpico de natación que se fingía Tarzán en las películas del género, pero también fuera de ellas).

Dejando de lado los datos curriculares de la suicida, el comic underground de Lupe Velez nos narra los imaginarios preparativos de su muerte: el banquete de platillos mexicanos, su desnudez entre lúbrica y ritual, el carmesí maquillaje de sus pezones y su pubis rasurado en forma de corazón, los ramilletes de flores desbordando su lecho, las veladoras de la mansión y su final anticlimático.

Según la difundida leyenda, Lupe Vélez no murió en el escenario que montó tan prolija como inútilmente, sino ahogada, en su vómito o en el inodoro, o quizá ambas cosas a la vez[4].

La historia no tiene moraleja, sólo nos habla de la naturaleza del mundo, aterrador y confuso, impredecible y fugaz.


[1] No omito mencionar que algunos —cicateros— atribuyen el oro a la exageración y proponen una bala de plata, con todas sus lupinas implicaciones.

[2] Es singular en su coincidencia la preocupación del creyente y del impío por ese tránsito final, unos buscarán aderezar el alma; los otros, el cuerpo y sus circunstancias.

[3] Una versión aparentemente completa del comic es visible en: http://phantomspitter.blogspot.mx/2009/03/four-comic-stories-by-jim-osborne.html

[4]La evidencia es discordante, testimonios aluden a su lecho, las pruebas técnicas (fotografías) apuntan a que murió en el piso sobre un almohadón, la imaginación popular y la literatura de kiosko imaginan la sordidez de un excusado.

Apologías zoológicas

Sueños lúcidos

por Javier Paredes

El emprendimiento de Google Books nos ofrece el improbable obsequio de El Asno Ilustrado o la Apología del Asno, por un asnólogo, aprendiz de poeta, edición de 1837, que en su momento fuera donada por J.C.  Cebrian a la Universidad de California y que aún luce en sus guardas virtuales la veteada imitación del mármol.

Al uso de los antiguos manuales de historia natural, esta apología intenta conciliar no la suma de un saber “científico” (lo que ahora consideraríamos científico) sino todas las referencias posibles a un tema, en especial las literarias, las históricas y las filosóficas.

En la obra del asnólogo se aprecia una paciente y prolija recolección de datos, que se centran en este humilde animal, al que se atribuyen las virtudes de una vida frugal, sobria y laboriosa: casi nada pide ni lo espera, ni es menester preparación alguna para su mesa, el primer cardo que encuentra le hace plato: nada le parece que se le debe, ni se le ve jamás disgustado o mal contento… Es de paciencia singular modelo, ni afán ni gasto ni cuidado exige…tan útil para el hombre con albarda, como sin ella, cincho, ni aparejo, y sin gastar con el peine ni esponja, le sirve sin herrarle y pelo a pelo.

Pasan de seiscientas las hojas que incluyen copiosísimas anotaciones históricas, críticas, filológicas, geográficas, físicas, médicas, filosóficas, políticas morales y religiosas; que por igual mencionan al valeroso borrico de Babilonia que dio muerte a un león en tiempos de Alejandro Magno, que al manso burro que cargó en sus lomos al Redentor.

Si pareciera banal vindicar al asno, más fútil aun se nos presenta el elogio de la mosca, ensayado por Luciano de Samosata; y reproducido por Augusto Monterroso.

Luciano halaga a la mosca que se nutre con los hombres (y de los hombres) siendo su comensal y su invitada, animal de fuerte mordedura, que hiere al caballo y es capaz de torturar al elefante. Filosófico, le asigna la inmortalidad del alma como su característica: Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida.

Monterroso va más allá. Nos aclara que existen moscas de la guarda, que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuidan y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler.

Entre los animales que han sido objeto predilecto de encomios se encuentran el perro y el caballo; del primero se ocupó —entre muchos otros— Lord Byron; del segundo, el naturalista Buffon. El epitafio que dedicó Byron a  Boatswain nos indica:

Near this Spot
are deposited the Remains of one
who possessed Beauty without Vanity,
Strength without Insolence,
Courage without Ferocity,
and all the virtues of Man without his Vices.[1]

Palabras que dan fe del sentimiento, las apologías zoológicas son testimonio de solidaridad entre los vivientes; del hermano lobo de San Francisco a las prácticas jainistas de la India; de Peter Singer a las desnudas manifestaciones de PETA. Vivimos en una época de animalistas, a despecho de ello y de manera lamentable, nuestra incontenible demografía va consumiendo el espacio de los otros y día a día vamos extinguiendo a nuestros compañeros de viaje.


[1] Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad,
fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad
y tuvo todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos. 

Enciclopedias reales y fantásticas

Sueños lúcidos

por Javier Paredes

Crear una enciclopedia, compilar la totalidad del conocimiento humano y ser capaz de escribirlo en una obra monumental nos parece una empresa desaforada y prodigiosa, cuya sola imaginación fatiga ya el entendimiento, por ser figura del infinito como la biblioteca de Babel, la muralla china de Kafka o el océano de Agustín de Hipona.

A este empeño audaz o pueril se consagró la obra de muchos hombres, que han pretendido crear un libro —o un igualmente finito conjunto de libros— que sea el reflejo del saber humano; o mejor aún, el espejo del mundo.

La ilusión de este espejo ha fascinado a las culturas:

Se dice que los hindúes antiguos no conocieron enciclopedias, aunque quizá los Puranas representen un enorme y sugestivo mosaico de la cultura de la India.

La ancestral China puede ofrecernos el T’ai-ping yü-lan, verdadero edificio de amarillento papel y meticulosa caligrafía que fuera erigido bajo la dirección de Li Fang; acreditando la condescendencia del emperador Tai-Zong, quien gozoso recorrió los mil rollos que integran el T’ai-ping, poblados de poesía, de proverbios y de arcaicas estelas cuadrangulares.

Los griegos tuvieron el Corpus Aristotelicum, que abarcaba —entre esotérico y exotérico— la lógica, la física, la astronomía, la biología, la moral y la política, sin olvidarse de la poética, del ser y del motor inmóvil.

Varrón, quien fuera llamado el más erudito de los romanos, escribió las Antiquitatum rerum humanorum et divinarum, que tocó por igual las cosas humanas y divinas.

Sin demérito del lustre y buena fama de Varrón, la más extensa de las enciclopedias de la antigüedad clásica fue indudablemente la Naturalis Historia de Plinio el Viejo. Este cumplido y docto funcionario —a pesar de su vetusto remoquete— fue incansable autor y curioso investigador hasta su postrer y volcánico final.

En su ingente extensión, la Historia Natural de Plinio abarca a los partos monstruosos, los basiliscos, el origen de los anillos, los mármoles alejandrinos y las maravillas del mundo, sin dejar de analizar la finitud del universo.

No puede obviarse en este punto al africano Marciano Capella y sus alegorías didácticas, en prosa y verso, que fueron consagradas en las Nupcias de la Filología con Mercurio: “aparece una anciana, es nativa de Menfis, creció en Atenas y ahora es ciudadana romana, porta una caja de marfil, dentro de ella guarda un escalpelo de bronce y una piedra pómez, son para corregir los defectos de la lengua. La llaman Gramática. Se presenta luego una dama demacrada, en la diestra aprisiona una serpiente y en la siniestra un anzuelo; es la Dialéctica”. (Así pareciera decir el libro).

Soslayando su cuestionable estilo, la división que Capella hace de las letras y las ciencias formaría el canon septenario durante mil años y serviría para ordenar las obras de consulta y los programas de estudio: Gramática, Retórica y Dialéctica (el Trivium); Aritmética, Geometría, Astronomía y Armonía (el Quadrivium).

A partir de Capella, a quien antes referimos, las compilaciones de la Edad Media son como catedrales de conocimiento, donde se analiza, escudriña y documenta lo visible y lo invisible. Así se muestran Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla y la Bibliotheca mundi de Vicente Beauvais, sin omitir el De Universo, de Rabano Mauro. Todos ellos son libros claros de la edad oscura, en que se representa con precisión a las jerarquías angélicas y se describe a los serafines como ardientes o inflamados, por ser los ángeles “más cercanos a la claridad que emana la luz divina”.

También existen insignes monumentos islámicos al conocimiento enciclopédico, como la Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldun, donde el autor precisa: “Los hombres de sólida inteligencia jamás han tenido la menor duda respecto a la existencia de la magia”. Con esa fe peculiar, Ibn Jaldun abarcaría la magia, los talismanes y la alquimia, pero también el origen de las mezquitas, la vanidad de la filosofía y las reglas del arte poética.

De signo contrario, en materia de fe, es la Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Originalmente limitada a ser una traducción al francés de la enciclopedia de Chamberg, la empresa editorial del siglo XVIII fue ampliada en sus alcances por consejo del abate Juan Pablo Gua, para ser a la postre planteada como una nueva obra bajo la dirección de Denis Diderot.

Aunque son de lamentarse los resultados desiguales, el colectivo quehacer de esta empresa fue admirable y a la fecha sus autores gozan de póstumo y merecido reconocimiento. Entre muchos otros, Rousseau que aportó su vasto conocimiento musical y de política economía.

La enciclopedia de la ilustración francesa sufrió los avatares de sus propios autores, se retrasó por el encarcelamiento de Diderot; sus láminas y manuscritos fueron sujeto de una tentativa de aseguramiento policial; el Parlamento de París prohibió su venta y reparto; los suscriptores recibieron orden de entregar los tomos a la policía; el editor —uno prudente— mutiló los ejemplares de sus más polémicos contenidos; fue censurada por jesuitas y jansenistas por igual, y se dice incluso que la edición ginebrina fue sometida a excomunión papal.

Hasta aquí la breve enunciación de los fracasos, de los intentos fallidos del conocimiento universal y por tanto, inalcanzable. De nada han servido los copiosos índices, las bibliografías y los atlas, nos encontramos ante un infinito de segundo orden, pues no sólo nos es imposible compilar el conocimiento del universo entero, sino que ni siquiera podemos enunciar la totalidad de las enciclopedias que existen, que han existido y que existirán.

Por si fuere poco, a las enciclopedias reales se aúnan aquellas que son ficticias, fantásticas creaciones literarias. Como somera muestra, dos de ellas:

La Enciclopedia Galáctica, de Isaac Asimov, que reúne el conocimiento de la Vía Láctea, de todo el tiempo y el espacio explorado, de cien mil millones de planetas, como último gran destello del imperio. Ignoramos el volumen —siquiera virtual— que podría contenerla.

La Primera Enciclopedia de Tlön, propuesta por Jorge Luis Borges, como el fruto de una conspiración y editada secretamente, obra misteriosa que demuestra la sutil inexistencia de la materia y la peregrina conclusión de que somos, mundo y hombres, sólo pensamiento, al que la propia enciclopedia dará forma.