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Lupe Vélez: la fastuosa muerte


Sueños Lúcidos

Por Javier Paredes

Un pensamiento ocioso que eventualmente me acecha es considerar mi muerte como un hecho ya determinado, con todos sus detalles. Brotan entonces las preguntas previsibles: ¿estará ahora circulando el autobús que me encontrará en la esquina rutinaria? ¿alcanzaré a vislumbrarlo? ¿la emoción postrera será de angustia o de liberación?

Y surgen también los múltiples escenarios: ¿se habrá armado hoy la pistola que me podrá apuntar en un futuro lejano? ¿o quizá ya se esté cocinando el platillo que será ocasión de la fatal asfixia?

Esta estéril fabulación desde luego no me es particular (como es probable que nada lo sea entre nosotros) por el contrario, me precedieron egregios imaginantes.

El ficticio historiador Lampridio relata —no sin reticencia— el vaticinio de la muerte del emperador Heliogábalo, profetizada por paganos sacerdotes de Siria. Así lo refiere la Historia Augusta:

«Por ello, había preparado cuerdas trenzadas con hilo de seda y de púrpura oscura y escarlata para hacer con ellas un lazo… espadas de oro para suicidarse… [y] también veneno en piedras preciosas, jacintos y esmeraldas…Y había hecho levantar una torre muy alta con tablados incrustados en oro y pedrería, para precipitarse desde ella, porque decía que su muerte debía ser valiosa y como una especie de lujo, hasta el punto que no se pudiera decir que nadie había muerto como él».

Es quizá sentencioso decir que el emperador fue asesinado en unas letrinas y que su cuerpo, al no encontrar cabida en las cloacas, fue arrojado al Tíber.

La preocupación por una muerte distinguida fue compartida, a su tiempo, por Henri I de Haití, el poco verosímil soberano de tal Isla. Su reinado impopular se extendió por casi una década, de la que no se puede presumir algún logro. No obstante ello —o tal vez gracias a ello— el monarca consiguió los propósitos de Heliogábalo al suicidarse con una bala de oro[1].

Si —según reza el Quoelet— todo es vanidad de vanidades; la muerte glamorosa es acaso la última y la máxima de las banalidades, mas no por ello la menos añorada.

Incluso en una época más reciente (en 1944 si deseamos ser precisos) la Mexican spitfire; Lupe Vélez, es descrita buscando esa intrascendente forma de trascendencia, preparándose una “buena muerte”[2].

La leyenda negra de esta actriz, como se conoce en la cultura popular, es narrada en un cómic algo truculento que se suele atribuir a Jim Osborne. El título: Hollywood Tragedy, the Suicide of Lupe Velez, historia gráfica publicada en Snatch Sampler, en 1977[3].

Debe decirse —para aquellos a quienes su juventud requiere tales aclaraciones— que Lupe fue una acreditada artista del cine mudo y del parlante,  que es una de las escasas ejecutantes mexicanas con estrella en el paseo de la fama, que fue amante de Gary Cooper y la indócil esposa de Johnny Weissmüller, (el campeón olímpico de natación que se fingía Tarzán en las películas del género, pero también fuera de ellas).

Dejando de lado los datos curriculares de la suicida, el comic underground de Lupe Velez nos narra los imaginarios preparativos de su muerte: el banquete de platillos mexicanos, su desnudez entre lúbrica y ritual, el carmesí maquillaje de sus pezones y su pubis rasurado en forma de corazón, los ramilletes de flores desbordando su lecho, las veladoras de la mansión y su final anticlimático.

Según la difundida leyenda, Lupe Vélez no murió en el escenario que montó tan prolija como inútilmente, sino ahogada, en su vómito o en el inodoro, o quizá ambas cosas a la vez[4].

La historia no tiene moraleja, sólo nos habla de la naturaleza del mundo, aterrador y confuso, impredecible y fugaz.


[1] No omito mencionar que algunos —cicateros— atribuyen el oro a la exageración y proponen una bala de plata, con todas sus lupinas implicaciones.

[2] Es singular en su coincidencia la preocupación del creyente y del impío por ese tránsito final, unos buscarán aderezar el alma; los otros, el cuerpo y sus circunstancias.

[3] Una versión aparentemente completa del comic es visible en: http://phantomspitter.blogspot.mx/2009/03/four-comic-stories-by-jim-osborne.html

[4]La evidencia es discordante, testimonios aluden a su lecho, las pruebas técnicas (fotografías) apuntan a que murió en el piso sobre un almohadón, la imaginación popular y la literatura de kiosko imaginan la sordidez de un excusado.

Apologías zoológicas

Sueños lúcidos

por Javier Paredes

El emprendimiento de Google Books nos ofrece el improbable obsequio de El Asno Ilustrado o la Apología del Asno, por un asnólogo, aprendiz de poeta, edición de 1837, que en su momento fuera donada por J.C.  Cebrian a la Universidad de California y que aún luce en sus guardas virtuales la veteada imitación del mármol.

Al uso de los antiguos manuales de historia natural, esta apología intenta conciliar no la suma de un saber “científico” (lo que ahora consideraríamos científico) sino todas las referencias posibles a un tema, en especial las literarias, las históricas y las filosóficas.

En la obra del asnólogo se aprecia una paciente y prolija recolección de datos, que se centran en este humilde animal, al que se atribuyen las virtudes de una vida frugal, sobria y laboriosa: casi nada pide ni lo espera, ni es menester preparación alguna para su mesa, el primer cardo que encuentra le hace plato: nada le parece que se le debe, ni se le ve jamás disgustado o mal contento… Es de paciencia singular modelo, ni afán ni gasto ni cuidado exige…tan útil para el hombre con albarda, como sin ella, cincho, ni aparejo, y sin gastar con el peine ni esponja, le sirve sin herrarle y pelo a pelo.

Pasan de seiscientas las hojas que incluyen copiosísimas anotaciones históricas, críticas, filológicas, geográficas, físicas, médicas, filosóficas, políticas morales y religiosas; que por igual mencionan al valeroso borrico de Babilonia que dio muerte a un león en tiempos de Alejandro Magno, que al manso burro que cargó en sus lomos al Redentor.

Si pareciera banal vindicar al asno, más fútil aun se nos presenta el elogio de la mosca, ensayado por Luciano de Samosata; y reproducido por Augusto Monterroso.

Luciano halaga a la mosca que se nutre con los hombres (y de los hombres) siendo su comensal y su invitada, animal de fuerte mordedura, que hiere al caballo y es capaz de torturar al elefante. Filosófico, le asigna la inmortalidad del alma como su característica: Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida.

Monterroso va más allá. Nos aclara que existen moscas de la guarda, que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuidan y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler.

Entre los animales que han sido objeto predilecto de encomios se encuentran el perro y el caballo; del primero se ocupó —entre muchos otros— Lord Byron; del segundo, el naturalista Buffon. El epitafio que dedicó Byron a  Boatswain nos indica:

Near this Spot
are deposited the Remains of one
who possessed Beauty without Vanity,
Strength without Insolence,
Courage without Ferocity,
and all the virtues of Man without his Vices.[1]

Palabras que dan fe del sentimiento, las apologías zoológicas son testimonio de solidaridad entre los vivientes; del hermano lobo de San Francisco a las prácticas jainistas de la India; de Peter Singer a las desnudas manifestaciones de PETA. Vivimos en una época de animalistas, a despecho de ello y de manera lamentable, nuestra incontenible demografía va consumiendo el espacio de los otros y día a día vamos extinguiendo a nuestros compañeros de viaje.


[1] Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad,
fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad
y tuvo todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos. 

Enciclopedias reales y fantásticas

Sueños lúcidos

por Javier Paredes

Crear una enciclopedia, compilar la totalidad del conocimiento humano y ser capaz de escribirlo en una obra monumental nos parece una empresa desaforada y prodigiosa, cuya sola imaginación fatiga ya el entendimiento, por ser figura del infinito como la biblioteca de Babel, la muralla china de Kafka o el océano de Agustín de Hipona.

A este empeño audaz o pueril se consagró la obra de muchos hombres, que han pretendido crear un libro —o un igualmente finito conjunto de libros— que sea el reflejo del saber humano; o mejor aún, el espejo del mundo.

La ilusión de este espejo ha fascinado a las culturas:

Se dice que los hindúes antiguos no conocieron enciclopedias, aunque quizá los Puranas representen un enorme y sugestivo mosaico de la cultura de la India.

La ancestral China puede ofrecernos el T’ai-ping yü-lan, verdadero edificio de amarillento papel y meticulosa caligrafía que fuera erigido bajo la dirección de Li Fang; acreditando la condescendencia del emperador Tai-Zong, quien gozoso recorrió los mil rollos que integran el T’ai-ping, poblados de poesía, de proverbios y de arcaicas estelas cuadrangulares.

Los griegos tuvieron el Corpus Aristotelicum, que abarcaba —entre esotérico y exotérico— la lógica, la física, la astronomía, la biología, la moral y la política, sin olvidarse de la poética, del ser y del motor inmóvil.

Varrón, quien fuera llamado el más erudito de los romanos, escribió las Antiquitatum rerum humanorum et divinarum, que tocó por igual las cosas humanas y divinas.

Sin demérito del lustre y buena fama de Varrón, la más extensa de las enciclopedias de la antigüedad clásica fue indudablemente la Naturalis Historia de Plinio el Viejo. Este cumplido y docto funcionario —a pesar de su vetusto remoquete— fue incansable autor y curioso investigador hasta su postrer y volcánico final.

En su ingente extensión, la Historia Natural de Plinio abarca a los partos monstruosos, los basiliscos, el origen de los anillos, los mármoles alejandrinos y las maravillas del mundo, sin dejar de analizar la finitud del universo.

No puede obviarse en este punto al africano Marciano Capella y sus alegorías didácticas, en prosa y verso, que fueron consagradas en las Nupcias de la Filología con Mercurio: “aparece una anciana, es nativa de Menfis, creció en Atenas y ahora es ciudadana romana, porta una caja de marfil, dentro de ella guarda un escalpelo de bronce y una piedra pómez, son para corregir los defectos de la lengua. La llaman Gramática. Se presenta luego una dama demacrada, en la diestra aprisiona una serpiente y en la siniestra un anzuelo; es la Dialéctica”. (Así pareciera decir el libro).

Soslayando su cuestionable estilo, la división que Capella hace de las letras y las ciencias formaría el canon septenario durante mil años y serviría para ordenar las obras de consulta y los programas de estudio: Gramática, Retórica y Dialéctica (el Trivium); Aritmética, Geometría, Astronomía y Armonía (el Quadrivium).

A partir de Capella, a quien antes referimos, las compilaciones de la Edad Media son como catedrales de conocimiento, donde se analiza, escudriña y documenta lo visible y lo invisible. Así se muestran Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla y la Bibliotheca mundi de Vicente Beauvais, sin omitir el De Universo, de Rabano Mauro. Todos ellos son libros claros de la edad oscura, en que se representa con precisión a las jerarquías angélicas y se describe a los serafines como ardientes o inflamados, por ser los ángeles “más cercanos a la claridad que emana la luz divina”.

También existen insignes monumentos islámicos al conocimiento enciclopédico, como la Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldun, donde el autor precisa: “Los hombres de sólida inteligencia jamás han tenido la menor duda respecto a la existencia de la magia”. Con esa fe peculiar, Ibn Jaldun abarcaría la magia, los talismanes y la alquimia, pero también el origen de las mezquitas, la vanidad de la filosofía y las reglas del arte poética.

De signo contrario, en materia de fe, es la Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Originalmente limitada a ser una traducción al francés de la enciclopedia de Chamberg, la empresa editorial del siglo XVIII fue ampliada en sus alcances por consejo del abate Juan Pablo Gua, para ser a la postre planteada como una nueva obra bajo la dirección de Denis Diderot.

Aunque son de lamentarse los resultados desiguales, el colectivo quehacer de esta empresa fue admirable y a la fecha sus autores gozan de póstumo y merecido reconocimiento. Entre muchos otros, Rousseau que aportó su vasto conocimiento musical y de política economía.

La enciclopedia de la ilustración francesa sufrió los avatares de sus propios autores, se retrasó por el encarcelamiento de Diderot; sus láminas y manuscritos fueron sujeto de una tentativa de aseguramiento policial; el Parlamento de París prohibió su venta y reparto; los suscriptores recibieron orden de entregar los tomos a la policía; el editor —uno prudente— mutiló los ejemplares de sus más polémicos contenidos; fue censurada por jesuitas y jansenistas por igual, y se dice incluso que la edición ginebrina fue sometida a excomunión papal.

Hasta aquí la breve enunciación de los fracasos, de los intentos fallidos del conocimiento universal y por tanto, inalcanzable. De nada han servido los copiosos índices, las bibliografías y los atlas, nos encontramos ante un infinito de segundo orden, pues no sólo nos es imposible compilar el conocimiento del universo entero, sino que ni siquiera podemos enunciar la totalidad de las enciclopedias que existen, que han existido y que existirán.

Por si fuere poco, a las enciclopedias reales se aúnan aquellas que son ficticias, fantásticas creaciones literarias. Como somera muestra, dos de ellas:

La Enciclopedia Galáctica, de Isaac Asimov, que reúne el conocimiento de la Vía Láctea, de todo el tiempo y el espacio explorado, de cien mil millones de planetas, como último gran destello del imperio. Ignoramos el volumen —siquiera virtual— que podría contenerla.

La Primera Enciclopedia de Tlön, propuesta por Jorge Luis Borges, como el fruto de una conspiración y editada secretamente, obra misteriosa que demuestra la sutil inexistencia de la materia y la peregrina conclusión de que somos, mundo y hombres, sólo pensamiento, al que la propia enciclopedia dará forma.

 

 

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