Categoría: Reseñas

Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

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