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Orfandad, orfandad everywhere


Saca el diván

Por Edna Montes

Necesitas pensar en una trama creativa, algo diferente, que llame a la aventura. Tras un beso de las musas la idea millonaria viene a ti: debe tener huérfanos. Son terribles noticias para los padres, desde luego, aunque los personajes ya deberían saber a lo que se atienen. Necesitan traumas, mientras más profundos mejor, todo por el bien de la simetría literaria. Primer paso: quitar de en medio a los progenitores, puntos extra por crueldad.

huérfanos

Edward Scissorhands (1990)

El recurso es versátil y útil para, casi, cualquier faceta humana que el autor decida mostrar. Las variantes son infinitas cuando se trata de la orfandad. El pequeño que es adoptado por padres amorosos quienes lo restablecen luego de una paciente lucha con la bandera del amor; Las personas terribles que adoptan para maltratar y explotar a los niños; Los engendros de Satán adoptados por una familia ingenua; Aquellos que nunca son acogidos y terminan resentidos contra la humanidad o quienes a pesar de las desdichas se construyen un final satisfactorio. Todo se vale, de verdad TODO ¡Hasta huérfanos educados por simios!

huérfanos

Tarzan (1999)

Al igual que Dickens, no nos cansamos de los huérfanos. Una buena parte de la literatura infantil y juvenil no existiría si los dejamos de lado. Para ser uno no es indispensable que los padres estén muertos, el abandono es igual de funcional y efectivo (en las letras y en la vida real); de hecho, es uno de los miedos más primitivos del ser humano, una de las heridas más punzantes. Aunque, desde el lado brillante, sobreponerse a él es una de las victorias más grandes del espíritu humano. Volver a confiar, crear lazos; construir nosotros mismos lo que el azar o la injusticia del creador nos negó.

huérfanos

Orphan (2009)

Todos hemos deseado partir hacia la aventura sin que nada nos lo impida, por eso creamos lazos con los personajes huérfanos. Ellos tienen esa infinita libertad que la mayoría de nosotros no. Además, tienen la agridulce capacidad de recordarnos lo que sí tenemos y lo afortunados que somos en la vida. Si no, nos ayudan a creer que todo puede mejorar, que las familias son mucho más que sangre en común; los lazos se crean más por amor y respeto que por genética.

huérfanos

Supernatural (2005-)

Hay historias y recursos literarios que nunca pasan de moda justo porque, sin importar lo mucho que las usemos, su capacidad de conmovernos no decae. Identificarse con los personajes es también una forma de sanar. Eso lo sabemos desde la primera vez que reunimos a la tribu junto a una fogata para contar leyendas y mitos.


Canción:

Orphans- Beck:


Recapitulando:

Huérfanos

Fórmula:

El protagonista pierde a sus padres (por muerte o abandono) /Se ve obligado a enfrentar la vida solo o es adoptado/ Comienza sus aventuras/ Se encuentra con amigos y otras personas con las cuales construir un núcleo familiar o se queda solitario y eso lo vuelve malvado/ El desenlace siempre depende de la forma en que el protagonista enfrente las circunstancias de su vida.

Como lo viste en:

Fotografía: Katie Chase / Unsplash

Este libro sí es una pipa


Conversación con Joaquín Peón Íñiguez, autor de Ciudad Pantano


1.¿Desde hace cuánto escribes?

A los catorce años fui parte de una banda de rock. Sólo sabíamos tocar un cover de Nirvana, que yo interpretaba a destiempo, pero eso no me detuvo de escribir letras para un centenar de canciones. Pronto caí en cuenta de que mi futuro en el rock era tan alentador como mi futuro en la invención de la rueda, y di el salto a la literatura. Desde los quince hasta la fecha, escribo varias horas al día.

2.¿De dónde nace el deseo de hacer una obra paródica?

¿Cómo ser crítico? Esa pregunta orienta mi escritura desde la prepa y pienso problematizarla hasta el último de mis días. Esta búsqueda, que me condujo a escribir y publicar sendas pendejadas, implica una responsabilidad indeseable, pues no existe crítica sin juicio. ¿Y quién soy yo para andar juzgando? Sucede, además, que desde niño, cuando quería ser caricaturista, tengo una fascinación por el humor. Caí en cuenta de que el humor es una puesta en práctica del pensamiento crítico, y me puse a jugar al libro de parodias.

3.¿Qué obras consideras que te han influido para escribir este estilo de literatura?

Leer a Cabrera Infante fue determinante. No estoy seguro de cómo suceda la escritura,  el éxtasis de las influencias, pero admiro a Gombrowicz, Del Paso, Kennedy Toole, entre otros. Siempre regresaré a Kafka, Calvino, Perec, Dostoyevski. A Tavares me hubiera gustado leerlo antes de empezar el libro, pero no lo hice sino hasta meses después de terminarlo. Los autores mexicanos del siglo XXI que más me marcaron: Sun Ra, el Wu Tang Clan y Celia Cruz. Y, bueno, se trata de parodias, cada texto atiende al autor que está parodiando.

4.¿Cómo viene a ti la forma lúdica de escribir? ¿Es espontánea o es todo un proceso meditado y calculado?

Ambas. Sí, lo pienso mucho, cada palabra se vuelve una decisión y yo me conflictúo hasta eligiendo entre jalapeños enlatados en el súper. Inventé un proceso a la medida de las parodias. Incluía, por ejemplo, identificar el campo semántico en que se mueve cada autor parodiado. Sin embargo, también es un relajo y como tal, es espontáneo.

Joaquín Peón Íñiguez

5.¿Cómo logras que las realidades presentadas en los cuentos funcionen como parodias?

El desafío es que en México la realidad supera a las parodias. El hecho de que Javier Duarte y sus cómplices inyectaran agua, en vez de medicina, a niños enfermos de cáncer, es un hecho digno de Ciudad Pantano, y sin embargo es cotidiano, lo asumimos como normal. Ibargüengoitia, entre otros, demostró que una representación caricaturesca puede ser más cercana a la realidad que una representación realista.

Para que funcionen como parodias, debe haber una distorsión discursiva y estética entre el hipotexto y el hipertexto. Deben, además, como intuye Linda Hutcheon, desnaturalizar los valores y poner en jaque a las políticas de representación.

6.¿Hay personajes, escenarios o elementos que te cuesten trabajo parodiarlos?

Sí. Digamos que parodiar a Sábato y a Fernando Vallejo fue fácil en comparación con parodiar a Borges y a Rulfo. No creo que todos los textos alcancen su consecución como parodias de otros textos, aunque quizás sí lo hagan como alguna especie de hipertexto, como híbrido desmadroso o como parodia de otros elementos constitutivos de nuestra realidad.

7.En los cuentos hay personajes de todo tipo, pero el carácter crítico y sarcástico suele predominar en ellos. ¿Crees que hay algo de ti que se reflejo en esto?

Seguro. Estoy disperso en todo el libro. Escribir parodias también se presta a reírse de uno mismo, pues los horrores del mundo se reflejan en el individuo, y viceversa. Además, todos somos ridículos hasta que se demuestre lo contrario.

8.¿Cómo crees que vivirías tú si habitaras en Ciudad Pantano?

Si yo viviera en Ciudad Pantano, sería la misma caricatura que soy, pero con algunos de mis rasgos patéticos más pronunciados.

9.En la obra, todos los cuentos se desarrollan en Ciudad Pantano, ¿crees que podría llegar a ser una novela?

Este libro sí es una pipa.

Mamá y yo y Maya Angelou


Por Nora de la Cruz

Tengo mala memoria, pero voy a recordar esto: era 17 de junio, yo había pasado un año fuera del DF —ya ni era DF— y cruzaba a prisa la Alameda. Iba a Bellas Artes a encontrarme con mi madre, a quien no había visto en poco más de tres años. Tenía la boca seca y no podía dejar de abrir y cerrar las manos mientras caminaba. Temía encontrarla, pero también temía no encontrarla. Hay momentos así.

En cuanto me acerqué a la entrada del palacio la reconocí. Miraba al frente, nerviosa. Llevaba un vestido blanco, y un saco beige; la falda tenía tanto vuelo que se habría abierto como una flor si hubiera habido viento. Mi mamá siempre parecerá una jovencita, pensé, por su silueta pequeña y femenina, por el fleco que cae suave sobre su frente, por sus ojos asustados. Cuando estuve junto a ella noté que era unos centímetros más pequeña que yo, incluso con sus taconcitos cortos y recatados. Ella volteó de pronto, sorprendida.

—No te reconocí.

—¿Por qué?

—No sé. Te ves adulta.

Los detalles de nuestro distanciamiento y los de esa tarde no vienen a cuento. Nadie los entendería, de cualquier modo, como no los entendemos ni siquiera mi madre y yo. Pero traigo esta historia a cuento porque, a pesar de que hubo muchas personas que me aconsejaron reencontrarme con ella, no hubo a nadie a quien supiera oír hasta que llegó a mis oídos la voz paciente y tibia de Maya Angelou.

Cada mes recibo la notificación del libro que se discutirá en el club de lectura feminista fundado por Emma Watson. Es una buena forma de obtener recomendaciones de libros accesibles orientados a reflexionar sobre el género. Aunque indudablemente sus elecciones están determinadas por los límites del idioma y el mercado —se leen, sobre todo, lo que podríamos considerar novedades— suelen proponer títulos interesantes. De Angelou había leído sólo algunos poemas y las primeras páginas de I know why the caged bird sings. Sabía muy poco sobre su historia: apenas lo que se puede inferir de las circunstancias en las que crece una niña pobre de raza negra que es criada por su abuela en el sur de los Estados Unidos en una época aún menos tolerante que la nuestra. Pero me detuve porque muy pronto en esa primera autobiografía se presenta un dato importante: a Maya Angelou la abandonó su madre, y aunque esto no se decía con amargura no quise ahondar en ello. No pude.

Sin embargo, Watson propuso leer Me and Mom and Me y yo lo encontré por casualidad en la biblioteca pública, en pasta blanda y en audiolibro. Me llevé los dos. Puse el primer disco en la computadora y abrí el libro para seguir las palabras de la autora. La presentación tenía algo de conmovedor: This is the audiobook of Me and Mom and Me, by Maya Angelou, and I am Maya Angelou. En ese I am había más convicción y potencia que en muchas de las cosas que he leído. Entonces entregué mi confianza plena y a cambio Maya me entregó un secreto que yo había olvidado. Sin entrar en detalles, la verdad era ésta: si somos mujeres, nuestras madres no son sólo nuestras madres, también son nuestras hermanas. De ellas recibimos la enseñanza más valiosa que podemos encontrar para cruzar un mundo fabricado ergonómicamente para los hombres: la sororidad. Porque Angelou no recordaba con amargura el abandono de su madre, lo que relata es, en realidad, su reencuentro, años más tarde, cuando ya es una adolescente y su madre, una mujer madura, no la joven que no estaba lista para criar a dos niños.

Las anécdotas son lo de menos, aunque todas ellas son poderosas y emotivas; lo más relevante en el libro es la capacidad de volver la mirada a la madre como mujer, pero sobre todo como aliada. Eso son todas las madres con sus hijas, consciente o inconscientemente, y mucho más allá de la abnegación: nuestras madres son las primeras cómplices que nos permiten avanzar un tramo más en el camino hacia las libertades que ellas y sus madres no tuvieron. Maya Angelou me contó su historia con su voz de árbol paciente y me devolvió un lazo que no se destruye nunca, el de un amor tan libre que no se llama a sí mismo sacrificio. Este libro me devolvió una verdad simple: mamá es mujer, y a esa alianza no hay forma de volverle la espalda, pero no por una obligación judeocristiana, sino por empatía básica. Porque mamá es mujer y, como mujer, ahora entiendo lo difícil que es eso.

Instagram, el wiki libro de imágenes


Lente anónima

Por Mariana Mota

Sin importar las películas, libros o historias que consuma, no puedo imaginar con detalle las obsesiones que tuvieron mis antepasados en su día a día: al despertarse, a la hora de la comida, mientras se encerraban en el baño, durante una conversación, minutos antes de dormir. Quizás, como también ocurre ahora, pensaban en la trascendencia o felicidad. Quizás en el miedo, la envidia, la calma, el anhelo. Pero mi duda no va hacia lo abstracto de esas palabrotas, sino a algo más concreto: ¿habrá existido en tiempos antiguos un objeto que reuniera todas esas emociones, y que fomentara en el hombre la obsesión de enfrentarse a ellas constantemente, cada cinco minutos? Hoy, me queda claro, ese objeto es el celular. Y si delimito un poco más diría que las redes sociales.

Posiblemente todos tenemos una que nos vuelve más débiles, y en mi caso es Instagram: el gran Olimpo visual. En esa aplicación encuentro la utopía de la belleza constante y permanente. Gracias a la tecnología y a la inmediatez, todos somos aspirantes a fotógrafos y videógrafos, pero no se trata, en mi caso, de seguir a cualquiera que componga imágenes más o menos lindas: se trata de estilos de vida, aspiraciones, inspiraciones, posibilidades. Instagram es otra gran ficción de la que somos meros espectadores que se van involucrando con las historias que consumen. Cada cuenta es un universo de cuentos que nos contamos unos a otros sin necesidad de utilizar palabras.

Hace poco mi roomie, que solía decirme que paso mucho tiempo en la aplicación, llegó muy contenta a confirmarme que Instagram era una maravilla, pues en su clase de cocina le sugirieron algunas cuentas de chefs de todo el mundo. Hasta entonces, creo, entendió mi relación con ese infinito aparador visual.

¡Claro! Para mí no se trata de abrir una cuenta, seguir a los amigos e intercambiar cada momento del día (para eso está Whatsapp o Facebook; y como me acaba de decir un amigo, cada vez se pone más aburrida); tampoco se trata de seguir a artistas famosos que, al igual que algunos de nuestros contactos, utilizan la herramienta a manera de egoteca para mostrar si están en el gimnasio, en el restaurante de moda o en la fiesta (lo hice: un día por morbo busqué a esas estrellitas de televisa que fueron mis ídolos en la pubertad, y concluí que a las estrellas es mejor verlas de lejos para que no pierdan su brillo).

Se trata de buscar fotógrafos, videógrafos, tatuadores, pintores, decoradores, viajeros, poetas, arquitectos, chefs, alfareros, carpinteros, diseñadores; o incluso sí, un amigo cercano, que con sus apasionantes ficciones diarias fomenten nuestras obsesivas aspiraciones.

Ahora que termino de escribir esto, se me ocurre una evidente respuesta a esa pregunta con la que inicié: ¡un libro! Creo que la ficción —las historias en general— es lo que desde siempre nos ha alimentado la adicción de querer estar aquí y allá; de meternos en la vida de los otros, de vernos reflejados en espejos que no nos gustan, de aspirar a lo que no tenemos. Solo que nosotros, con las redes sociales, tenemos algo de lo que ellos carecían: la posibilidad de ser parte de esas historias y de que los demás se reflejen en las nuestras. Es como si entre todos estuviéramos leyendo, y al mismo tiempo escribiendo, la enorme historia de un mismo libro de manera visual.

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Jorge Ibargüengoitia o el arte de no escribir autobiografías


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Esta disciplina, que me parece admirable, la he aplicado yo a mis datos biográficos con excelentes resultados. Ahora no sólo tengo un buen currículum, sino la impresión de que mi vida ha sido una serie de éxitos.

Jorge Ibargüengoitia, “El arte de escribir biografías”

En una cena a deshoras durante una feria del libro, los escritores Iván Farías, Gerardo Horacio Porcayo, Jaime Mesa y yo llegamos, tras los vericuetos de la conversación, a las adaptaciones que se han hecho para el cine de la obra de Jorge Ibargüengoitia. Desde mi perspectiva, el éxito de tales obras no alcanzan las alturas de las novelas en las cuales fueron inspiradas. Ni Maten al león (José Estrada, 1977), ni Estas ruinas que ves (Julián Pastor, 1979), ni Dos crímenes (Roberto Sneider, 1994) consiguen transmitir el humor cáustico que el novelista imprimió a las novelas en las cuales se basaron tales filmes. Hay una pérdida que puede remitir, quizá, a una de las partes fundamentales de su obra: la descripción de los ambientes y los personajes que se hacen a través de la escritura y que, en la concepción audiovisual, quedan en deuda.

Más allá de este juicio, debatible por supuesto, lo que en mí quedó fue una reflexión acerca de la posibilidad de utilizar la propia vida para enriquecer la obra escritural de un autor. Ibargüengoitia es quizá el máximo exponente mexicano de eso que hoy se denomina autoficción y que no es más que la ruptura entre la “verdad” existente entre el testimonio de la propia vida y la “ficción” que a partir de ésta se puede construir. A pesar de que el término nació desde los años setenta, es a últimas fechas que ha tenido mayor auge. Sobre esto, escritores como Javier Marías afirman: “No son autobiografías, no son diarios, no son memorias, no son actas notariales, no son biografías, no son ensayos novelados, no son novelas puras donde todo es imaginación. Pero también son todo eso. Es literatura. Son novelas. Porque ella [la literatura] lo asimila todo”.

Ibargüengoitia

El Yo utilizado por Ibargüengoitia no está presente sólo en su obra de ficción “pura”, como en su genial compilación de cuentos La ley de Herodes (Joaquín Mortiz, 1967) en donde la cercanía y complicidad de los narradores de las historias nos hacen confundir la voz de lo ficticio con la figura rechoncha y bonachona del guanajuatense, sino en extensión más afortunada, desde mi perspectiva, a las crónicas, artículos y textos periodísticos esparcidos en múltiples antologías rescatadas por editoriales como Vuelta o la propia Joaquín Mortiz. Hay en esos textos un atisbo de la personalidad “real” del autor que se confunde, de manera irremediable, con la sensación de estar leyendo algo producto de la imaginación. La teoría que construye Ibargüengoitia al respecto queda claro en textos como “El arte de escribir biografías” incluido en Viajes por la América ignota (Joaquin Mortiz, 1972) en donde afirma cosas como:

Si no ha sido uno aventurero, ni ha llegado a académico de la Lengua, puede uno poner que fue “Fundador del Grupo Basfumista”, aunque dicho grupo no haya tenido más distinción que la de no producir ningún fruto —esto nadie lo sabe—; en cambio, no es conveniente poner “ha sido recomendado de…”, o bien “es pariente de…”, o peor “fue compañero de banca de…”. Todas estas son cláusulas suicidas.

Contrasta ese tratamiento lúdico con los textos que se reconocen como abiertamente autobiográficos, en donde la pulsión de la verdad debilitan el humor y la transgresión que emanan el resto de sus textos. Por ejemplo, en “Jorge Ibargüengoitia dice de sí mismo”, incluido en Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990) el tono del texto raya en la solemnidad:

El éxito de Los relámpagos de agosto ha sido más prolongado que estruendoso. No me permitió ganar dinerales pero cambió mi vida, porque me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el otro lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie —en el comercio de libros no hay nada comparable a los ronquidos en la noche de estreno.

A pesar de que la última frase del párrafo delata su estilo humorístico, no es comparable a otras joyas de su producción autobiográfica (o autoficcional, ahí está el tema para debate de posgraduados) como la relatoría que hace de la odisea que vivió al acudir a Cuba a recoger el monto del premio Casa de las Américas que ganó en 1964 por su novela Los relámpagos de agosto, y que tituló “Revolución en el jardín”, un texto disfrazado de crónica costumbrista pero que, tras una lectura atenta, se desnuda como una visión crítica y sin concesiones a lo que se construía durante los primeros años del proceso de la Revolución Cubana. Cuenta en primera persona:

Yo era celebridad en Cuba. En los diez días que estuve en La Habana me hicieron catorce entrevistas periodísticas. Catorce veces me preguntaron de qué trataba mi novela, por qué la escribí y qué opinaba de la Revolución Cubana. Las entrevistas no tenían por objeto informar a los cubanos de mis procedimientos literarios, ni de mis aspiraciones, sino simplemente informar que había un escritor muy importante, que se llamaba Jorge Ibargüengoitia, que estaba admirado con la Revolución Cubana. Los entrevistantes eran unos negros y otros blancos. Los negros me contaban que pasaban los domingos en los clubes que antes eran de los ricos, los blancos que venían con negros me decían: “él antes no tenía oportunidades, y mírelo ahora”. Los blancos que venían con blancos hablaban de literatura.

En los tiempos que corren, quizá Ibargüengoitia sería víctima de los linchamientos que ha establecido la censura terrible de la corrección política. Sus juicios abordan por igual temas como la falta de educación de las clases bajas, la pretensión ridícula de las clases altas, los estereotipos asociados a la naturaleza femenina, la simulación que se lleva a cabo en las aulas universitarias, la falsedad del prestigio que implica muchas veces “estudiar (y enseñar) en el extranjero”, la corrupción leonina de la clase gobernante, la crítica sin cortapisas al régimen de partido único, lo absurdo de la vida cotidiana.

El Yo es parte irrenunciable de su estilo. Leer sus textos periodísticos es internarse en un territorio en donde es imposible no terminar de leerlos sin tener la firme convicción de conocer un poco más al que lo que escribió que aquello que ha descrito. Es un placer tremendo acercarse a temas como la historia patria o el caos que desde entonces ya prefiguraba una monstruosa ciudad de México a través de los ojos y las anécdotas de un escritor que requiere, quizá aludiendo al primer párrafo de este texto, la posibilidad de ser convertido en protagonista de una biopic delirante. Aunque quizá esa adaptación de su vida dé como resultado un fracaso de traducción similar al que han sufrido sus obras narrativas.

Leo cada vez más acerca de la tendencia impulsada por la autoficción y de cómo responde a la necesidad de los lectores por acercarse a la verdad y a las historias “reales”. A mí me parece un ejercicio que responde, más bien, a la vanidad y el individualismo que priva en nuestros tiempos. Ejercicios que, a riesgo de ser lapidado, la mayoría son de un tedio difícil de soportar. Cuando eso me ocurre con algún texto de moda que alude a tal estrategia, siempre retorno a Ibargüengoitia. Encuentro más placer en que el ilustre cuevanense me relate el pleito que ha tenido con sus vecinos porque a uno de ellos le gusta escuchar cumbias a volumen inmoderado, que asomarme a las tinieblas y neurosis de escritores atormentados por sus contribuciones a la historia de la Literatura.

Hablar de sí mismo no es nada nuevo. Pero hacerlo y conseguir que el lector termine con los abdominales adoloridos por las risas que le provocó a lo largo de la lectura es algo que muy pocos pueden conseguir. En México, Ibargüengoitia es el más grande entre quienes lo han hecho.

Gisela y el lenguaje de los nombres


Los lenguajes de Gisela

Por Jazz Noire


¿Por qué Gisela? No lo sé. Nunca me ha gustado mi nombre (no sé lo digan a mis padres), no siento que sea uno que pueda combinarse fonética o estéticamente en los enunciados, no siento siquiera que combine con la vida.

Solo he conocido en persona a otras tres Jazmín (o mejor dicho, alguno de sus derivados: Jasmin, Jasmine, Yasmin, etc.), y he escuchado nombrar a otro par por amigos y conocidos. Pero todas ellas, en cuestión, han sido demasiado jóvenes; la mayor sobrepasa apenas los treinta. Y cuando lo pienso, no puedo imaginarme que dentro de unos treinta o cuarenta años, alguien se me acerque o hable de mí refiriéndose a “la señora Jazmín” o “doña Jazmín”; suena extraño, no suena bien. Jazmín no es un nombre que combine con alguien de edad, no es un nombre que combine con el título de una columna, ni siquiera a uno que remonte algo más allá de una planta de la cual brotaban pequeñas florecitas blancas de cuatro pétalos que maté alguna vez…

Por otra parte, Gisela fue el primer nombre que pensé, hace un par de años, cuando me vi en la necesidad de abrir un perfil falso en Facebook (ni siquiera recuerdo porqué tuve que hacerlo; pero ahí está, abandonado, como gran parte de los proyectos de juventud a los cuales se les pierde interés).

Seguramente fue un nombre que se quedó grabado en mí tras verlo en algún sitio, quizá en algún contacto, en algún programa o en la calle, escuchado de otra persona que lo mencionó. Pero desde el momento en que nombré ese perfil (en realidad su diminutivo, pero la esencia de Gisela se mantiene ahí), yo me volví un tipo de Gisela, una Gisela falsa, de minutos, pero que tuvo el poder y el privilegio de nombrarse a sí misma.

Y no, el nombre de Gisela tampoco me gusta mucho. Si tuviera que elegir, Abigail es mi nombre favorito, pero por extraño que pueda parecer, no veo a la versión actual de mí (ni siquiera a una versión falsa, de instantes) llamarse de esa manera. Así que, al final, tampoco es que haya tenido tanta libertad en nombrar el perfil falso o la columna, solo que los límites me los he impuesto yo misma.

Pese a todo, si tuviera la oportunidad de cambiar mi nombre por arte de magia, no lo haría, aunque una Jazmín anciana me sea tan inconcebible, aunque detesto aún más mi segundo e innombrable nombre por viejos traumas infantiles algo tontos (de pequeña, mi madre me llamaba con él cuando estaba enojada e iba a regañarme). Pero, ¿por qué? ¿Por conformismo?, tal vez. ¿Por costumbre?, puede ser…   Pero, sobre todo, porque ha sido ese el nombre que, me guste o no, me define frente a todas las demás personas, frente a mí misma, durante 24 largos (y quizá no lo suficiente) años.

El nombre es la etiqueta con la que nos presentamos al mundo, la razón social que nos construye y nos identifica. Con un nombre tenemos un lugar en la realidad del otro, no somos ese “alguien” que sabemos que existe pero no nos importa; no somos ese “desconocido” que solo permanece en nuestro espectro la misma cantidad de tiempo que lo hace en nuestra vista; no somos “la persona”, “el hombre”, “la mujer”, “el anciano”, “la niña” o un simplificado pronombre; aun cuando la forma verbal de cómo nos recuerdan nos guste o no, aun cuando en muchas ocasiones preferimos llegar a los apodos cuando creemos que el nombre no encaja con la persona. “Tanto tiempo que tus padres se quemaron las pestañas pensando en un nombre, para que te terminen llamando *inserte aquí apodo cómico de su preferencia*”, diría alguien en algún lugar.

Puede ser, puede que la decisión haya sido producto de una madeja mental de casi nueve meses por parte de tus padres, o que quizá desde mucho antes, uno ellos o ambos tuvieran la determinación de un nombre para sus hijos. Puede que uno quería el nombre y el otro no; que hubo una batalla campal, negociaciones, o que simplemente consultaron un libro de nombres para bebé o, más modernamente, buscaron opciones en internet cuando ya sentían la presión del parto próximo. Puede incluso que haya sido al azar, sacado de un nombre extranjero o extraño que escucharon la semana anterior a la decisión, o inspirado en una persona importante (conocida o no, familiar o no).

Por mi parte, a mí siempre me ha gustado llamar a las personas cercanas con reducciones de su nombre. Un “Mildred” se convierte fácilmente en un “Mil”, un Víctor en un “Vic”. Es una forma linda y sencilla de mostrar el cariño que les guardo, como si al tener la confianza de reducir y descomponer un poco su nombre, supiera ya quien es la persona dueña del nombre entero, como si Mil fuera diferente de Mildred, una parte oculta y personal a la que solo algunos podemos acceder.

Al final, como casi todo en esta vida, los nombres son una cuestión que se rige por los gustos. Puede que al termino de todas estas líneas alguien me diga que Jazmín suena mejor que Gisela, que sí ha conocido una Jazmín anciana o que Abigail no es de su agrado. Y cada uno tendrá razón, tanto como que a mí, cuando recuerdo que mi madre consideró durante un tiempo en llamarme Dolores (como mi abuela), Jazmín comienza a gustarme mucho más.

Esta imagen le dará gusto a más de uno

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El bloqueo de escritor sí existe (de ahí el pésimo título)


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Terminar una novela, según algunos, es como un parto: los amigos te felicitan, los cabos se han atado y (en mi caso) hasta mi mamá se pone contenta porque los libros son los únicos nietos que le he dado. Pero (y sí, aquí está el pero), lo que sigue después del brindis y la promesa de comenzar a corregirla, se parece más a una pérdida.

He tenido abortos creativos, claro (venían chuequitos o no llegaron ni a cigoto), pero esa sensación de vacío no se compara con la experiencia de burro sin mecate que actualmente experimento. A solo una semana de terminar una novela, en lugar de seguir festejando o comenzar a darle su primera corrección (como si le fuera a probar ropones para su bautizo), me descubro extrañando a los personajes que la habitaban, sus dilemas (la verdad es que no soy muy buena onda con ellos) y sus pequeñas alegrías (sí, pequeñas, porque pensándolo bien, soy más bien culera).

Hace varios años asistí a un encuentro de cuentistas en FIL con un panel extraordinario: Rosa Montero y Rubem Fonseca (había otros tres, pero los eclipsaron) y me recuerdo, tímida y nerviosa, después de haber terminado mi primera novela, levantando la mano para preguntar si alguna vez habían experimentado bloqueo de escritor al finalizar un proyecto y cómo lo habían superado. Rubem fue quien contestó y dijo: “los escritores profesionales no podemos tener bloqueo, yo, por lo pronto, no lo he experimentado”, y ambos se rieron.

Me molesté tanto que salí de la sala y en lugar de comprar el ejemplar de Fonseca me lo robé y se lo llevé a firmar al muy cabrón. Hoy ya no robo libros (lo juro), me acuerdo de eso y quiero pensar que era una ironía y una ficción. Que no podían asumirlo nomás por no perder rostro.

Es por eso que, aprovechando para lloriquear un poco, he decidido usar esta columna para hablar del tema: yo sí he experimentado el bloqueo de escritor y es natural. Si hay alguien allá afuera que, como yo, está apenas entrando a esta etapa del proceso creativo, es importante saber que sí se sale del hoyo, nomás hay que tener paciencia.

Por lo pronto, aquí les comparto algunos consejos que no son míos, sino de varios maestros a quienes también les he dado lata cuando me encuentro en estos apuros: Mario Heredia, Luis Fernando Ortega, Jorge Esquinca, Andrés Acosta y Javier Rizzo:

  1. Tómatelo a la ligera, no coartes ideas aunque parezcan un poco tontas.
  2. Lo escribas de inicio te parecerá malo e insípido pero igual escribe, porque en algún momento sentirás de nuevo ese tirón y te verás involucrado en otra historia.
  3. Es momento de nutrirte: lee, ve series, viaja.
  4. Corrige: la distancia sana que uno tiene al haber soltado a los personajes, es buena para ser más objetivos y darle su manita de gato al niño.
  5. Aprovecha para ver qué diablos estás haciendo con tus otros proyectos: ¿esos libros que están muy bien guardados en una carpeta de tu escritorio, qué? ¿hay algo que puedas concursar? ¿mandar a un editor? ¿autopublicar? ¿borrar definitivamente de ahí o retomar?
  6. Vive y recupera un poquito del tiempo que le dedicaste a tus vidas imaginarias.

Blade Runner 2049 y la ausencia de esperanza. O no.


De principio a film

Por Ro González

Aviso: esta columna no contiene spoilers. O sí.

Vi Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) y tengo pocos calificativos además de “enorme”, “fantástica”, “casi perfecta”, “impresionante”. Es como si después de verla en mi cabeza solo quedara (implantada) esa lista de palabras repetidas hasta el cansancio y demasiado obvias que siempre aparecen en los pósters de las películas domingueras o en los anuncios de las revistas de crítica especializada cuando, a todas luces se deduce que es una nota pagada. Pero bueno, como esta columna no lo es, pueden confiar (desde mi muy sesgada y poco humilde opinión) que sí es enorme, fantástica, casi perfecta e impresionante.

Hay que empezar por decir de esta cinta, que la forma en que Villeneuve la vuelve propia sin siquiera destruir un centímetro de la propuesta original es admirable. La tentación estaba ahí y sin embargo, todo en manos de Villeneuve mejora. Desde la presencia original de poderosas preguntas filosóficas ya inscritas en la novela de Philip K. Dick y revisadas a conciencia en todas las versiones de la Blade Runner original (aunque esto suene más raro que el gato de Schrödinger versión permanencia voluntaria) o la propuesta visual de Roger Deakins –que lleva a la perfección visual lo hecho por Jordan Cronenweth en 1982–, todo, absolutamente todo en la película funciona.

A los pocos minutos olvidamos que estamos viendo una película de ciencia ficción, y nos enfrentamos, aterrados a un cambio de orden en nuestra alineación de conceptos y en nuestro engranaje mental, nos enfrentamos a una sacudida moral, psicológica, social, humana en este presente casi futuro que no se antoja tan lejano ya.

Si en la primer película de la saga nos enfrentamos a la necesidad de definir qué es lo que hace humanos a los humanos, al presentarlos en contraste con sus propias creaciones –los replicantes, ahora en rebelión y anhelantes de libertad y de una vida propia–, en esta segunda entrega la pregunta esencial es si es el alma aquello que nos diferencia de todos los demás seres, aquello que nos otorga la pauta para decidir qué es y qué no es humano.

Y sin embargo, detrás de toda este bombardeo de cuestionamientos esenciales, de periplos filosóficos y de identidades descubiertas y re descubiertas, lo que queda en la memoria al salir de la sala son dos cosas terriblemente tristes: la primera es el enorme vacío emocional que produce darse cuenta que no hay esperanza. Que la raza humana, la nuestra, no la de las películas, está condenada a convertirse en una extensión de su propio alcance tecnológico o resignarse a desaparecer.

La segunda, que el único lugar donde podría existir cualquier tipo de esperanza es en el futuro, en los que vienen, en los que apenas están llegando. En los que todavía se divierten y gozan de sus experiencias en el mundo. No que yo no lo haga, faltaba más, pero pasar de los 40 me hace consciente de la mierda y del oprobio generalizado.

Pienso por ejemplo en Víctor, mi hijo que tiene 16, que hace trucos de magia maravillosamente bien, que va a la preparatoria, que tiene el corazón recién hecho pedacitos y que parece que ya encontró la forma de pegarlo. Pienso que en algún lugar de su cabeza, de su alma, de su experiencia, está la solución para que este mundo mejore.

Pienso también en los miles que salieron a las calles a ayudar a los otros en las semanas recientes de forma tan desinteresada e inmediata y que convirtieron una tragedia nacional en una fiesta de solidaridad, de unidad y de empatía y que también son como Víctor.

Pero pienso también en los que no salieron, los que no ayudaron, los que permanecieron indiferentes en sus oficinas y sus despachos, esos para quienes la empatía es acaso una palabra dominguera que estorba y que no aporta. Pienso en los que dieron mordida para construir un edificio con materiales de baja calidad, en los que robaron, en los que mintieron, en los que usaron los terremotos para sacar raja, hacer negocio, posicionarse. ¿Acaso esos tienen alma también?

Pienso en la enorme división en la que vivimos, pienso en el abismo que tenemos enfrente, en la desolación de compartir el destino del país con una clase política repugnante e insalvable, con la mitad del país en la miseria y la otra mitad demasiado preocupados en no convertirnos en pobres también.

Pienso en los tiraderos de basura de Blade Runner y la imagen me es enormemente familiar, cercana.

Pienso finalmente, en medio de ese vacío emocional que sí, que de haber alguna esperanza, está definitivamente en el futuro. Nosotros ya nos cagamos el pedazo de mundo que nos tocaba.

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