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Fin de año: demasiadas razones para abrumarse


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Te sugerimos escuchar esta canción mientras lees el texto.


Llegó el fin de año, y como siempre, lo hizo con una velocidad terrible, dándonos demasiadas razones para abrumarnos. Estamos en plenas fiestas decembrinas, y aunque ya pasaron los días de multitudes intentando comprar desesperadas, de los estacionamientos atestados, del tráfico lento en horas pico, aún hay en la ciudad la inquietud por el final de año. En particular a mí estas festividades me estresan: en el trabajo los clientes enloquecen con los pedidos de última hora, este mes pesan los cambios fiscales que se tienen que implementar empezando el 2018, en casa tenemos que organizar tiempos para cuidar a los niños y conseguir los regalos, etcétera. Sin embargo, yo pertenezco a una familia que tiene por costumbre reunirnos tanto por el lado paterno, unos días antes de navidad, en la cual llegamos a ser casi un centenar de personas, como por el lado materno el día 24, donde tranquilamente pasamos los setenta asistentes, además del tradicional recalentado del 25. En estos encuentros hay un cariño tal que, por lo menos a mí, logran ayudarme a olvidar al neurótico que llevo dentro. O casi.

“¿Para cuándo el siguiente?”, era la pregunta que más me hicieron durante algunos años, cuando tuve a mi hija. Después del segundo dejaron de cuestionarme, mi cara descompuesta y vejez adelantada dejaron claro que allí acababan los hijos. Sin embargo, este año la pregunta se refería a los libros. Debo decir, que a pesar de la broma, de buscar una respuesta ingeniosa, de quejarme con algún comentario o tweet en las redes, esa pregunta secretamente me saca un ligero atisbo de orgullo. Varias veces en la última semana aproveché la pregunta para hablar de proyectos, mi labor en Editorial Paraíso Perdido, la novela en que estuve trabajando en el año, los cuentos que están terminando de conformar un nuevo libro, etcétera. Los rostros de tías, primos y parientes reflejaban al poco tiempo que lo difícil ahora era callarme. Más de alguno me felicitó por mi hobby. No les recrimino, aunque debo indicar que por esas mismas palabras he perdido más de una amistad, sé que es difícil, desde fuera, verlo de otra forma.

James Nuño publicó hace unos días un artículo sobre esta cosa extraña que es “ser escritor”. La parte que más me conmovió es donde asegura que, con todo, uno sigue llevando la carga de la vida diaria. Yo confieso que a mí, el título todavía me causa resquemor. Hace años, cuando iba a talleres y empezaba a adentrarme en el “mundillo literario tapatío”, si conocía a alguien que se presentaba como “escritor” de inmediato levantaba una sospecha: trataba de indagar si había publicado algún libro o qué argumentos tenía para llamarse a sí mismo con ese epíteto que para mí era tan lejano y virtuoso. ¿Es escritor aquel que vive de “escribir”? ¿Escribir qué? ¿El que tiene libros publicados? ¿Cuántos? ¿De qué tiraje? ¿Cuentan los autopublicados? ¿Cuenta publicar en periódicos, revistas o un blog? ¿Implica escribir todos los días con una disciplina férrea? ¿Y si solo le dedicas unas horas a la semana? Sobre todo, si no es una actividad que te de una remuneración… ¿es un hobby?

Escribir, para mí, es mucho más que entretenimiento. Después de todo, en mi entendido, un hobby suele brindar placer a quien lo practica y es compatible con los tiempos propios de la vida diaria. Conozco coleccionistas de autos de juguete, jugadores de ligas amateur de futbol, quienes arman y desarman motocicletas, quienes tienen una banda de rock de cochera. De alguna forma, todas estas actividades les causan placer, e incluso en algún momento pueden volverse redituables, pero antes que todo les implican invertir tiempo y dinero. ¿Cuál es la diferencia con “escribir”?

En mi opinión, ser escritor conlleva mucho más que presumirlo en tus redes sociales y tenerlo en tu semblanza; va más allá de una actividad a la que le dedicas tiempo. La mayoría de mis colegas ingenieros, cuando dejan su trabajo los fines de semana, se dedican por completo a sus hijos, a los proyectos en casa, a descansar. Yo, aunque esté con mis pequeños o arreglando algún desperfecto, ya sea manejando hacia a algún lugar al que vamos de visita o viendo una película, no dejo de estar pensando en que debo arrancarle tiempo al domingo para terminar un cuento, adelantar la novela, sacar mi columna del mes. Ser escritor es como seguir en la escuela de por vida, todo el tiempo tienes tarea: un texto que entregar o una lectura por terminar. Ser escritor implica, por increíble que parezca, estar escribiendo. No lo digo necesariamente en el aspecto de una disciplina diaria, que admiro profundamente a quienes logran tener una, sino que siempre tienes algo en que estar trabajando, un pendiente al que le sigue otro y después del cual siempre llega el siguiente. Ser escritor implica, si bien, ciertas aptitudes y habilidades, una terquedad que raya en lo obsesivo. Hace años alguien me dijo que el camino de la literatura no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. Estoy completamente de acuerdo, aunque implica también leer, y mucho, analizar lo que quieres de proyecto, investigar para documentar tus textos, reflexionar qué estás haciendo para mejorar, estar abierto a comentarios y críticas, y sobre todo, evaluar lo que haces. Lo terrible es que, como todo en el arte, la mejora es subjetiva. Tal vez por esto mismo cada mes quiero tirar la toalla, volverme un escritor retirado así como deje la ingeniería, volver a la simpleza de levantarme, llevar a los niños a la escuela, ir a trabajar y regresar a casa a leer solo por placer. Sin embargo, aquí sigo. Desconozco mis virtudes, pero puedo asegurar que la terquedad es el mayor de mis defectos.

No soy una persona optimista, el año próximo pinta mal y seguramente me seguirán escuchando quejarme de las obligaciones de ser padre, de la cantidad de chamba, de las deudas. Pero hay proyectos que cristalizan, personas a las que agradezco porque están allí: mi esposa, hijos, padres y hermanos, que si bien me mantienen en un estado de neurosis constante, son el motor que no me deja detenerme. También está allí la editorial, que se ha vuelto mi familia, que ya tenemos proyectos desbordando la bandeja de pendientes. Nos queda sonreír en la adversidad y seguir trabajando. Les deseo un 2018 lleno de proyectos, libros, viajes, abrazos y demasiadas razones para abrumarse.


Fotografía:  Karina Carvalho / Unsplash

Ellos ya están leyendo #HistoriasSinSpoilers. ¿Qué esperas?

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¿Tiene usted cinco minutos para hablar de cómics ?


Por Dán Lee

1. Cómics no son sinónimo de súper héroe.

2. Cómics no es sinónimo de Marvel o DC.

3. Cómics sí es sinónimo de historieta.

Una vez aclarados los puntos anteriores, puedo iniciar con este conteo de cinco historietas que fueron relevantes en este 2017. La selección es completamente arbitraria y se basa en mi gusto personal, forjado a lo largo de más de 30 años de leer historietas.

1. Providence

(Alan Moore y Jacen Burrows, Avatar Press 2015-2017)

cómics

Alan Moore retoma los mitos de H. P. Lovecraft, los amasa, retuerce y esculpe para generar algo nuevo y hermoso… La mención de semejantes nombres en la misma oración debería ser suficiente para agregar solo un punto final, pero habrá quien necesite más referencias. Veamos…

En el mes de marzo de 2017 se publicó el último número de esta serie de doce capítulos en la que Moore utiliza todos los clichés de la literatura lovecraftiana: el investigador solitario y erudito que por saber más sobre “lo oculto” se mete en un abismo del que solo saldrá loco, muerto, o las dos cosas; el libro que contiene conocimientos arcanos que desquiciará a quien lo lea; la convivencia de la “realidad” normal con otra, terrible, que se mantiene soterrada, en contacto cotidiano con nuestro mundo, y que al descubrirse podría generar el caos, la destrucción total. Seguimos a Robert Black, el aspirante a escritor que recorre la geografía que marcó la vida de H. P. Lovecraft y que plasmó en sus historias más reconocidas (de New York a Providence, pasando por Athol, Salem y Boston). En esos lugares el lector avezado en la obra de Lovecraft y sus discípulos reconocerá escenarios, personajes y centenas de referencias que aluden a los “mitos” y que hacen de cada página un festín de horror (si usted que lee esto no sabe lo que son los “mitos de H. P. Lovecraft” o los “mitos de Cthulhu”, hágase un favor: bote este artículo y vaya de inmediato a conseguir en su biblioteca favorita cualquier libro de H. P. Lovecraft, de preferencia traducido por Alianza o Valdemar, devórelo, pierda algo de cordura y regrese a continuar justo después del siguiente punto y aparte).

Alan Moore no se conformó con los mitos, también estudió aspectos históricos de los lugares en los que se mueve el personaje. Esta investigación, junto con el trabajo de Burrows, dibujante sobrio, nos llevan a contemplar los pueblos y ciudades norteamericanos que visita Robert Black con exactitud histórica.

Mencioné que Moore recurre a los clichés de las historias de Lovecraft, pero no que lo hizo para darle un giro osado y con él proponer una relectura. Para no arruinar las sorpresas, solo diré que de alguna forma explica de dónde extrajo H. P. Lovecraft las ideas de sus escritos posteriores a 1921 (aquellas clasificadas como “los mitos”), y que la hipótesis de Moore acerca del papel del inconsciente como origen del terror se despliega de forma clara, como en pocos libros de teoría de la creación artística he encontrado.

Un aspecto en contra: Providence es al mismo tiempo secuela y precuela de The Courtyard (Moore y Burrows, Avatar Press, 2003) y Neonomicon (Moore y Burrows, Avatar Press, 2010) por lo que es posible que el final quede un tanto oscuro para quienes no han leído dichas publicaciones previas.

(Nota sobre el título: la ciudad natal de H. P. Lovecraft, su amada Providence, es también un juego de palabras en que se invoca a la providencia, la que provee, en este caso ideas, ya lo descubrirá el lector que se anime a adentrase en Providence)

2. Patience

(Daniel Clowes, Fantagraphics, 2016)

cómics

Aunque este volumen fue editado el año pasado, no llegó sino unos meses más tarde a la biblioteca en la que surto mi despensa de cómics (sobre la cual puedes leer en este link http://www.comikaze.net/biblioteca-the-anglo/). Por ello, para la comunidad ñoña a la que pertenezco la fecha de lanzamiento fue enero de 2017.

Como todas las novelas gráficas de Clowes (cuya obra más famosa es la serie Ghost World, por si el dato es útil), Patience es difícil de describir sin meterse en líos y quedarse trabado a media frase… Decía que no es sencillo acercar al profano a ese encanto raro y sutil que emana de las páginas de esta historia. La historia va de los peligros de viajar en el tiempo cuando uno es básicamente un viudo perdedor con miedo crónico al compromiso y al fracaso, pero con ganas de cambiar el pasado para evitar perder a esa esposa que es el origen del miedo; estos riesgos de jugarle al crononauta incluyen equivocarse, llegar muchos años antes de haber conocido a dicha mujer, enterarse de episodios traumáticos del pasado de la fémina y desear modificarlos, ocultarse por años para no alterar las historias personales de los involucrados… y esto solo en la superficie, pues el verdadero viaje se descubre dentro de Jack, el personaje principal. Este hombre empieza como adulto joven, sacudido de terror al saber que será padre; a lo largo del periplo enfrentará desgracias y provocará otras tantas en sus viajes temporales, endureciéndose progresivamente hasta volverse un viejo cabrón capaz de todo por salvar a Patience, su mujer, y con ello darle una oportunidad de felicidad al Jack del presente (o pasado, qué más da).

Aunque el argumento me parece de autor grande, lo que eleva a Patience (y a la mayor parte de la obra de Clowes) son las escenas contenidas, con diálogos tensos, dramáticos sin melodrama; charlas humanas en las que se decidirá el curso de la vida, pero en las que se dice poco, lo indispensable, solo aquello que la historia y los personajes necesitan. Clowes trata al lector como un ente pensante; es por autores como él que esto último sucede cada vez con mayor frecuencia en la historieta moderna.

(Nota sobre el título: “Patience” es el nombre de la esposa del protagonista, y es también la virtud que debe desarrollar Jack, la paciencia, para lograr que sus planes avancen, y para sobrellevar esos lapsos de tiempo perdido en los que solo se tiene a sí mismo)

2. Kill or be killed

(Ed Brubaker y Sean Phillips, Image comics, 2016-actualidad)

cómics

En noviembre de 2017 esta serie alcanzó su tercer arco argumental al llegar al número 14. La premisa es: ¿Mataría usted para mantenerse con vida? Antes de responder, un poco de contexto.

Dylan es un estudiante de literatura, un poco nerd, un mucho solitario y con historial de depresión e inestabilidad. La noche en que Kira, la mujer que le gusta (que por cierto es pareja de su compañero de departamento), lo besa, Dylan termina de aceptar que con ella quiere todo y nada a medias, pero que nunca la tendrá para él. A causa de ese beso y de esa mujer (cuándo no), Dylan llega a la conclusión de que no vale la pena vivir más minutos en este infecto mundo. El muchacho intenta suicidarse sin éxito (¿se puede ser más loser que alguien que intentó suicidarse y falló?; o sea, ya demostraste que no sirves para nada en la vida, y ahora tampoco sirves para la muerte). A partir de ese momento, un demonio se le aparece (o no) a Dylan, le dice que gracias al ente cornudo es que el muchacho acomplejado sigue vivo y que para continuar respirando tendrá que ofrendarle una muerte por cada mes que quiera mantenerse con vida.

¿Valdrá la pena hacer eso para soportar este infecto mundo? (sí, me gusta la expresión y más en tiempos electorales). En caso de que decida obedecer, ¿a quién va a matar?, ¿quién merece morir?, ¿tendrá Dylan las agallas y la inteligencia para asesinar sin ser capturado?, ¿se volverá Dylan el Punisher milenial?.. ¿y si el chisme del demonio es falso y no es necesario ir por allí arrancando vidas? Estas preguntas y otras mejor redactadas encuentran respuesta en los retruécanos argumentales de Kill or be killed; en esta serie pareciera que Brubaker es incapaz de narrar una historia de forma lineal, lo cual se le agradece. Nos va a sumir de narices en el pasado siempre umbroso de los personajes, en una espiral de crimen y desordenes psicológicos. El escritor se las arregla para insertar triángulos amorosos, demonios de revista pulp, la mafia rusa y mucho disparos a quemarropa en una historia en la que el lector termina por no saber quién está peor en ese mundo infecto. El arte, a cargo de Phillips, encaja de manera perfecta en la ambientación realista y oscura que requiere un cómic que vive entre las sombras: la luz es poca, pero ilumina muy bien.

A Kill or be killed se le ha llamado el “Breaking bad” de la historieta, porque el protagonista se mete como sin querer a un mundo oculto al que aparentemente le agarra no solo el modo sino el gusto. La reflexión es qué tan lejos estamos nosotros de ese momento, de ese pretexto que nos lleve a resbalar, a romper los límites y desencadenar el infierno que llevamos dentro. ¿Ah, verdad?

Ahora que usted sabe de qué va, es momento de responder la pregunta que dejamos pendiente hace unos párrafos: ¿mataría usted para mantenerse con vida?

4. Black Hammer

(Jeff Lemire y Dean Ormston, Dark Horse Comics, 2016-actualidad)

cómics

Una serie regular (o sea que aparece cada mes en formato “grapa”) sobre un grupo de héroes con diferentes habilidades. Suena innovador, ¿verdad? Agreguemos que dichos personajes están atrapados en un pueblo estilo Norteamérica casi rural años cincuenta, del que no pueden alejarse, en el que tienen que mantener su identidad civil para no llamar la atención, y que llegaron a esta dimensión alterna como consecuencia de un enfrentamiento contra una amenaza cósmica global, al estilo de “Crisis en las tierras infinitas”. ¿Sigue sonando igual de cliché?

Jeff Lemire es un escritor que sabe sorprender y mostrar el lado tostado del panqueque cuando uno cree que ya lo vio todo esponjoso y terso. En Black Hammer licúa personajes inspirados en los clásicos de la época de oro (Captain Marvel, Martian man hunter, Black Cat, Madame Xanadu y Adam Strange, además de un robot femenino que no se parece nada a Robotina) con esencia de la Dimensión desconocida y crea la granja en la que estos exiliados tienen que convivir mientras buscan la manera de escapar de allí (no todos, al parecer uno de ellos ya le halló el agrado a la rutina del campo).

Hay un balance que se antoja perfecto entre la progresión de la historia y los vistazos al pasado de los personajes, en los que se nos revela que el alcoholismo de una, la homosexualidad de otro, y la aparente esquizofrenia de un tercero no son gratuitos, y que sientan las bases para que el lector entienda por qué las interacciones entre ellos se dan como si fueran pistoleros del Oeste instantes previos al duelo.

En el apartado gráfico, Ormston decidió dar al mundo de Black Hammer un estilo que podría definirse como Mignolesco, en el que por momentos da la impresión de que esta historia fuera parte del universo de Hellboy: el uso de las sombras sólidas y los ángulos duros al perfilar personajes, la perspectiva media en la que rara vez se recurre al close-up (si los nombres Mike Mignola y Hellboy no le dicen nada, no se preocupe, la ignorancia es uno de los pocos defectos que podemos sacudirnos a voluntad). Le viene muy bien ese aire a la ambientación enrarecida, uno quiere salir de allí, o al menos romper un poco la tensión que se respira alrededor de la improvisada familia súper heroica.

En noviembre de 2017 se publicó el número 14 de esta serie, con lo cual culminó el segundo arco dramático; el enigma de cómo llegaron al pueblo quieto y qué tienen que hacer para escapar sigue vivo y parece lejano a resolverse. Qué bueno.

5.The best we could do

(Thi Biu, Abrams Books, 2017)

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Esta novela gráfica es la joya que descubrí en este año. El debut de Biu no pudo ser mejor; desde ya me atrevo a asegurar que rivaliza con obras histórico/biográficas como Maus de Art Spiegelman o Los surcos del azar de Paco Roca.

La historia se centra en la experiencia que la autora y sus padres vivieron al migrar hacia los Estados Unidos de Norteamérica durante la guerra de Vietnam. En la novela se alternan escenas del presente  y el pasado. En el presente la autora está embarazada de su primer hijo, narra las dificultades que tiene para relacionarse con un padre, un hombre duro como al parecer solo los asiáticos pueden serlo y a la vez lleno de una amargura que lejos está del zen oriental; en el pasado acudimos a la infancia del padre, los efectos de la guerra y el destierro en un pequeño alegre, en un joven enamorado, en un ser humano que cada vez que lograba adaptarse a un ambiente progresivamente más cruel, se veía obligado a dejar su vida atrás, a romperse la cara contra las circunstancias para sobrevivir y después para lograr que los suyos lo hicieran también.

El metal se moldea a golpes, y a veces el resultado no es halagüeño. En el caso del padre de Biu, esto es notable en el efecto de los eventos que tuvo que atravesar para que él y su familia subsistieran en Vietnam y lograran escapar hacia los Estados Unidos de Norteamérica, además del proceso de adaptación a esta cultura que no precisamente los recibió con los brazos abiertos. Sin embargo, The best we could do no es un juicio, sino una exploración en la que la autora descubre y comprende los cómos y los porqués de ese hombre a veces lejano, recio como el bambú, a quien ella llama padre. Las decisiones que él ha debido tomar, las mejores en su momento, y el temple para ejecutarlas, no podían pasar por el la piel de un mortal sin dejar cicatrices.

The best we could do se presenta en tonos sepia, un color adecuado para la nostalgia. Con trazo sencillo y seguro, Biu demuestra en sus viñetas una maestría para narrar que sorprende desde un inicio, pero que toma tintes de genialidad al saber que ella nunca antes había dibujado una historieta antes de esta obra.

Para el final de la novela, Biu misma ha dado luz a su hijo, con lo cual el círculo eterno da una vuelta más, la autora encuentra nuevos significados en la relación filial. Al llegar a la última viñeta, dan ganas de iniciar la lectura de nuevo. Eso no lo logra cualquiera.

BONUS: Invincible

(Robert Kirkman y Cori Walker/Ryan Ottley, Image comics, 2003-actualidad)

cómics

Se presume que esta serie terminará en el número 144 en enero de 2018. Con Kirkman nunca se sabe, pero si así es, aún hay tiempo para recetarse en estos días de villancicos la saga completa del mejor cómic de súper héroes de la actualidad (no lo digo yo, lo dice la portada de Invincible). Háganlo, no se arrepentirán. Hay robots malvados, súper genios, batallas en el aire y en el espacio, violencia gratuita, suplantación de personalidades, dinosaurios inteligentes, invasiones alienígenas, masacres (muchas), extraterrestres invencibles, clonación, dimensiones alternas, una niñita que se convierte en monstruo, triángulos amorosos, juniors con poderes, trolls gigantes, copulaciones con insectos de otros mundos, trajes alternos, y mucha acción. Si usted va a leer cómics de súper héroes, invierta su tiempo en este título. Verá lo que es bueno.


Fotografía principal Jon Tyson / Unsplash

El top 3 de textos (que me daba hueva leer en 2017)…


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

…pero que al final me fascinaron


El Palacio de los sueños de Ismail Kadaré

Top 3

En los sueños está contenido todo lo que somos y lo que no seremos nunca, ahí están nuestros vicios y nuestros recatos, la posibilidad y la imposibilidad, nuestros deseos de grandeza o de sometimiento, la figura desnuda de aquellos a quienes deseamos, todo aquello que deseamos que los demás no tengan, aunque lo merezcan; ahí habitan nuestro dios y nuestra nada, allí vive la verdad. En el Palacio de los sueños justamente se analizan y se interpretan los sueños de cada uno de los habitantes de la región.

El imperio que se retrata en la novela es un régimen totalitario tan paranoico e invasivo, que incluso le exige a su población confesar todo aquello que sueñan, con el fin de descubrir si en aquellos sinsentidos hay implícitas conspiraciones o rebeliones para derrocar al Sistema. La novela narra el trayecto de un hombre, Mark-Alem, dentro del Palacio de los sueños, nos cuenta su camino ascendente dentro de la burocracia de la irrealidad, de la ensoñación. Kadaré, el autor, despliega una escritura poderosa y rutilante. Después de todo, Kadaré fue un escritor perseguido, encarcelado, torturado y acusado de traición, pero que, pese a todo, nunca soltó la pluma.

Los restos del día de Kazuo Ishiguro

Top 3

Todos aquellos que desean entender grandes conceptos, como la venganza, la compasión, la desdicha o la devoción, están condenados a vivir prisioneros de sus especulaciones, de su afán obsesivo, de su mente que siempre cree estar a punto de llegar a una conclusión. El personaje de la novela, un mayordomo apellidado Stevens, quiere definir la dignidad, implícita en su trabajo, y en ello se le va el vigor. Stevens es también un hombre que antepone su trabajo a todo lo demás: a la vida, la enfermedad y la muerte de su padre; a la oportunidad de revelarle a su jefe que está a punto de ocasionar la debacle de Europa; y, sobre todo, a la posibilidad de encontrar al amor de su vida.

La pregunta que plantea el libro es muy clara: ¿vale la pena ver solamente hacia el frente, hacia un solo objetivo, como si lleváramos anteojeras; o lo mejor es asomarse al paisaje y descubrir qué hay para nosotros allá donde los caminos no son claros o de plano no existen? En este libro de Ishiguro no hay frases que no planteen preguntas, que no generen misericordia o ganas de salvar a los personajes. Se trata de alta, altísima literatura de principio a fin.

El mar de Jules Michelet

Top 3

Michelet fue un hombre que de joven solo tenía dos actividades predilectas: pasear por el cementerio y visitar el museo, era un muchacho quien descubrió que en aquellos objetos y personas muertas estaba la esencia de la disciplina más importante de la humanidad: la historia. Michelet tardó más de treinta años en escribir diecinueve hermosos tomos que narran la historia de Francia. El autor fue considerado por la Enciclopedia Británica como el mejor historiador del mundo, sí, pero también el menos confiable; ya que su escritura es totalmente poética, subjetiva, abstracta, literaria y personal (adjetivos que, según la ortodoxia, jamás deben aparecer en un libro de historia). El mar es un libro de madurez, uno de sus últimos trabajos ensayísticos que escribió a los sesenta y tres años.

Los ensayos que lo componen fueron creados con absoluta sabiduría y paz. Hablan del mar, pero hablan de nosotros, de Dios, de la vida, de la vehemencia humana. La imagen de una niña que quiere matar al mar a pedradas, o al menos lastimarlo, sirve para recordarnos que somos ridículamente falibles, vulnerables, que todo en la vida está diseñado para matarnos y que algo, sin duda, lo hará. La imagen de una familia de ballenas que deciden morir juntos encallando en la arena sirve para enseñarnos lo fundamental que es la familia, o la falta de ella. Yo solo he llorado una vez con un texto literario, y ese escrito está incluido en El Mar de Michelet. Un libro mayestático que merece reverencias después de cada punto final.

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Narrativa visual: 10 series de 2017 que me comieron la cabeza


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

No me cabe duda que este 2017 la narrativa visual fue la que me comió la cabeza y me hizo pasar más horas frente al televisor que sumergida en libros. Así es, lo confieso: leí poco este año, y consumí series como enajenada. No creo que la novela haya muerto, en absoluto, ya ha sido masacrada antes y sigue ahí. Al menos eso es lo que me digo además de la clásica: “seguro aprenderé algún truco para crear personajes si tan solo sigo mirando”. Y quiero pensar que sí, carajo. Más me vale, porque tan solo con esta lista son más de 100 horas de mi vida invertidas en estas historias que me hicieron culpablemente feliz este año.

1. Las aventuras de Rick y Morty

Arranca con capítulos autoconclusivos y va tejiendo una trama larga que explota a partir del Capítulo 6 (Rick Potion #9). Puedes usar como excusa para verla que te sirve para pensar cómo una serie de cuentos arma poco a poco una novela o cómo darle sentido a todas esas referencias pop que siempre te han gustado, reinventándolas.

2. Mindhunter

El camino de Holden Ford hacia su propia oscuridad no solo cuenta con una estructura narrativa que combina, en paralelo, el desarrollo de una investigación con famosos asesinos seriales y cómo esta afecta la vida cotidiana de los detectives, sino la actividad de un asesino cuya identidad el espectador puede descubrir si también hace su tarea en internet, juega y suma las pistas. Cada episodio, cada entrevista, es una excelente clase de manejo de diálogo.

 3. Feud: Bette and Joan

Sobre la famosa riña entre Bette Davis y Joan Crawford durante la filmación de Whatever happened to Baby Jane?. Una reflexión sobre las manipulaciones detrás del chismerío en Hollywood, el lugar del talento y la belleza, sobre la vejez y la insatisfacción. Si sumas las múltiples versiones, el onirismo y la suposición como recursos para narrar que no hay una sola verdad, verás que vale la pena robarle algunos desarmadores para tu caja de herramientas.

4. American Crime Story: The people vs. OJ Simpson

Uno de sus grandes aciertos es no apuntar el dedo acusador, sino lograr que el espectador llegue a la conclusión que sus creadores desean. No mentirás si dices que la ves para aprender cómo crear buena ficción a partir de un caso real, sin caer en el panfleto.

5. The Punisher

Si bien tengo mis dudas sobre el episodio 13, se ha ganado su lugar en esta lista gracias a su manejo de la tensión. Las múltiples facetas del personaje de Frank Castle (que no solo la juega de tipo duro sino que logra despertar ternura y franco horror) se logran gracias a su contraste con los personajes secundarios. Su relación con Micro, en particular, es un ejemplo de cómo aprovechar un dúo para dar profundidad a ambos personajes y lograr que se transformen uno al otro de manera orgánica, natural.

6. Big Little Lies

La maternidad, los secretos de alcoba, el pasado y las dudas sobre la influencia de la genética y la crianza en el desarrollo infantil, son tan solo algunos de los temas que se entretejen en la resolución de un crimen cuya víctima es anónima hasta el último capítulo. Si lo que necesitas es ver nuevas formas de tramar un thriller con temas de actualidad esta es una serie que no te debes perder.

7. The Crown

Una buena narración histórica sirve, en realidad, para hablar de preocupaciones contemporáneas: la coronación de la reina Isabel II y su lucha interna por conciliar a la mujer y al símbolo son una excusa para hablar del empoderamiento femenino y cómo afecta a los hombres y mujeres que la rodean. ¿Quieres escribir una buena ficción histórica? Mira esta y toma nota.

8. Glow

Los griegos lo sabían y Shakespeare lo explotó: no hay buena comedia que guarde, en realidad, el revés trágico de los personajes. Si lo que necesitas es escribir una comedia con sentido, esta puede ser una excelente lección de cómo aprovechar el absurdo de la vida cotidiana para contar buenas historias y crear personajes entrañables.

9. Death note

Ya sé que no es novedad, pero apenas la vi. Evita la peli: esta serie es una demostración de que los aspectos culturales no solo dan contexto a la narración, sino que son su raíz y sustento. Si además te interesa crear tramas inspiradas en una constante lucha de argumentos o usar el ensayo para construir tensión dentro de tu novela, esta serie te dará herramientas para hacerlo.

10. The Young Pope

Lo que Breaking Bad logró transformando a un hombre sencillo en un megalómano, aquí se logra mostrando a un megalómano que esconde a un chico vulnerable en su interior. Para mí fue la mejor serie del año. Toca, valientemente, una multitud de temas oscuros relacionados con la Iglesia Católica pero no pierde de foco la humanidad de su protagonista. El tema de la fe, la vanidad y el poder, son apenas la mitad de lo que abarca. Llena de aciertos en su manejo del subtexto y la ironía (resultado de un inteligente soundtrack), tiene momentos que son verdaderas dosis de poesía, un recurso que toda buena novela debe contemplar.


Fotografía: Tim Mossholder / Unsplash

Las malditas listas que se pasan de ídem.


De principio a film

Por Rodrigo González

Odio las listas. Las listas de lo que sea, hasta las del súper. Y a pesar que reconozco su utilidad y ayuda en momentos inciertos o de flaqueza en la memoria, hay algunas que particularmente me crispan los nervios, sobre todo aquellas que enumeran lo mejor o lo peor de algún tema. Pretender cercar el gusto y el deleite sobre una expresión estética a la miopía de una sola persona o institución —que por inciertos artes o aires se proclama autoridad en el tema—, me parece grosero, fatuo y al mismo tiempo un despliegue de soberbia monumental. Por principio, nadie puede realmente hacer una lista veraz con las cien (o diez) mejores cosas de algo. Ni pinturas, ni películas, ni discos, ni libros, ni canciones, ni vinos, ni conciertos, ni series de tv. Nada. None. Cero.

Primero, porque los parámetros para decir que una cosa es mejor que otra son completamente subjetivos y personales cuando se trata de una expresión artística y segundo, porque todo el tiempo se están creando cosas nuevas que, evidentemente violentan y rompen la naturaleza misma de una lista. Acaso, lo acepto, hay cosas o eventos que pueden clasificarse basadas en ciertos logros (como la cantidad de personas en un concierto), en premisas evidentes (como la altura del los edificios), en artilugios propagandísticos (las canciones más escuchadas del año) o en obviedades (los mejores equipos de la liga española), pero todo esto es, al final del día, un mero ejercicio caza likes que rara vez ofrece una guía o aporta algo sustancial al tema. Por eso las odio. Y es, irremediablemente en la última parte del año cuando afloran los expertos y sus listas.

Yo no me considero un experto en lo absoluto. Hay temas que me apasionan y temas que me conmueven. Hay eventos que sigo con puntualidad y algunos que preferiría no haber atestiguado. Y aunque me gustaría hacer una lista con el top ten de políticos mexicanos deleznables, por ejemplo (¡¿con quién empezarla, caray?!), debo reconocer que la tentación de hablar de lo que más me gusta —el cine— es grande. Durante estos meses que he atendido gustoso la invitación de Paraíso Perdido a colaborar en su blog, he hablado básicamente de películas y de la forma en la que éstas me marcan y me sorprenden. Así que en honor a las fechas, aquí les comparto lo que a mi gusto -estrictamente personal- son algunas de las películas que más disfruté este año.

Rogue One

La mejor película de la saga. Nada de fuerza, nada de poderes telepáticos, nada de elegidos, nada de destinos manifiestos. Una película de acción pura y dura que pone el origen mismo del heroísmo en personas comunes y corrientes. Diego Luna irreconocible y un guión que meticulosamente tejió el puente perfecto entre el pasado y el futuro de la serie. Renovados los mitos, ya que hagan lo que quieran con los demás episodios, total.

The Witch

Cine profundamente emotivo y valiente. Lleno de figuras y referencias actuales sobre la batalla en la equidad de género. Hecha con un toque de neurocirujano y un cuidado por los detalles que disfruté enormemente. La secuencia final aún me da escalofríos.

Coco

Sí, es una película para niños. Sí, es de Disney. Sí, se metieron con algunas de las tradiciones más sagradas de los pueblos mexicanos (aquí nos desgarramos las vestiduras, please) y sí, lo hicieron maravillosamente bien. Lo mejor es tratar de no llorar cuando empieza la rola de Bronco.

John Wick: Chapter II

La primera parte de esta entrega es completamente inesperada. Acción y más acción destilada con un móvil de venganza canina. La segunda parte es absolutamente fantástica. John regresa a… pues a matar gente, obvio. Perdí la cuenta del número de referencias que tiene al cine silente, pero auun sin conocerlas todas es absolutamente disfrutable. Recomiendo subirle al volumen, el soundtrack es una maravilla.

Logan

Yo iba a ver a Wolverine pero salí con el corazón apachurrado y profundamente conmovido. El retrato y reflexión sobre la decadencia, sobre poder inútil, lo inútil del poder en exceso y del peso que cargan las nuevas generaciones, estén preparadas o no para asumir su rol en el mundo.

Jim and Andy. The great beyond.

Sorpresa máxima del año. Netflix se arriesga con un documental que nadie quería distribuir y con justa razón, pues abre la puerta a una confesión honesta sobre la locura y la entrega. Jim Carrey está en otro nivel. Hay momentos en la entrevista que parece un iluminado. Como si a través de la actuación hubiera alcanzado el nirvana o algo. Yo lo sospechaba desde que lo vi en The Truman Show, pero en este documental nos deja todo muy claro. No se lo pierdan.

¿Notan la ausencia de películas mexicanas? Pues eso. Pero ya hablaremos del tema el año que viene. Ahorita es tiempo de celebrar, dicen.


Fotografía: Glenn Carstens-Peters / Unsplash

Tres versiones de Mazinger


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

A manera de inducción al tema

Imaginemos al erudito juez del siglo XII, barbado y reflexivo, debajo de un arco  árabe de herradura, mesándose la barba y murmurando quizá para sí mismo. Averroes tratando de explicar la inmortalidad del alma razona: si el alma es creada tiene un principio por lo tanto tendrá un fin, si el alma no es simple sino compuesta entonces puede conocer la corrupción. ¿Cuál es entonces la naturaleza del alma? La respuesta un tanto desbrozada de detalles —y por ende adulterada—, es que compartimos un solo entendimiento, que es nuestro, a ratos y por partes, y hay una sola alma universal y por ende, ningún pensamiento es propio y exclusivo.

De forma similar lo expresa Borges, en Tlön, Uqbar, Orbius  Tertius:

No existe el concepto de plagio, se ha establecido que todas las obras son obra de un mismo autor, que es intemporal y es anónimo.

Hay una idea aparentemente conexa en las historietas de Hatha Yoga de Editorial Novaro, en la década de los setentas; es el Gran Mudra, de la guionista Dora Gray, la sabiduría universal materializada en la unión mental de todos los grandes intelectuales.

Si todas nuestras ideas corresponden a una sola mente el plagio no existe; esa será una opinión minoritaria sin duda, por lo menos no apta como defensa ante la ley.

Sobre el tema del plagio en sus distintas variedades, existe una interesante monografía de Hélène Maurel-Indart, de 2011, publicada por el Fondo de Cultura Económica, en que se analizan todas sus variantes y sus similitudes con el pastiche, la parodia y el falso análisis, sumamente interesante que sobrepasa la extensión de estas palabras y que apunto de paso para quien quisiera profundizar en el tema.

Ahora sí, a lo que veníamos…

El plagio que sí nos ocupa es el de Mazinger Z, pues es ejemplificativo de la autoría colectiva.

En sus orígenes setenteros, este clásico robot del género Mecha fue un manga[1], que raudo se convirtió en animé el mismo año de su publicación, en 1972. A partir de ese momento, manga y animé tuvieron una vida simultánea aunque algo diversa, con diferencias en trama y rasgos de personajes, así como en la propia línea o dibujo[2].

 

En el mismo decenio, en Japón se realizó la serie de televisión del Super Robot Mach Baron, con notables similitudes con Mazinger; dicho serial sería copiado —suponemos que con nulo pago de derechos— por la película taiwanesa que se distribuyó bajo diversos títulos en Occidente; uno de ellos fue The Iron Man. Tenemos en este momento, dos generaciones de copias u “homenajes”, en el propio país nipón y luego en Taiwan. Vino entonces la tercera: la traducción de la película al tebeo español.

Así fui como conocí a Mazinger Z, a principios de los años ochenta, en su versión taiwanesa traducida al castellano, construido de Tanium Rojo y comandado por Tin-Yu. De forma tardía, hacia 1986, llegó la versión original —digamos canónica— por transmisión televisiva en canal 5.

Ahí no concluye la historia de plagios, los españoles no podían faltar en su afán de emulación y continuaron la trama taiwanesa, estableciendo una serie de historietas con vida propia y con ciertas modificaciones al personaje (entre otras, una extravagante capa verde para el robot).

Debo decir que para mí el verdadero Mazinger fue el primero que conocí, que el Jet Scrander no compite con un Nissan S30 volador y que el Doctor Hell del rojo Mazinger con su barba florida o su melena de llamas es mucho más divertido que el otro Doctor Hell, con su serena y canosa cabellera. Quizá lo único superior en el “original” sea Sayaka y ese sutil erotismo que desprende la serie japonesa.

Al final de cuentas, si una sola mente universal recrea el mundo, ¿Quién es el hombre para definir la originalidad de una obra?


[1] Del historietista Go Nagai.

[2] De esta historia existen numerosas variaciones digamos canónicas, entre otras: el Gran Mazinger y Mazinkaiser.

La esperanza es un vuelo oscuro y solitario


Por Nora de la Cruz

Todos podemos reconocer una obra maestra, y algunas de ellas serán determinantes en nuestra concepción del mundo y de la belleza. Pero si somos sinceros, los libros que podemos llamar favoritos, los cercanos a nuestro corazón, lo son por razones que van más allá de su calidad. Se trata de lo que nos dijeron de nosotros mismos en determinado momento de nuestras vidas.

Hace algunos años, mientras escribía una tesis, me sentía sumida en el desastre. Tenía varios empleos sin futuro, me daba miedo la ciudad con su violencia, ninguna oportunidad se avizoraba. Mi tutora es una autoridad en la materia, pero además una mujer increíblemente generosa que me recibía en su casa y luego de entregarme sus observaciones escuchaba mis preocupaciones y me aconsejaba. A sus años tenía toda la experiencia para ser crítica, pero en sus consejos siempre había lugar para la esperanza. Una tarde en la que yo me sentía particularmente pesimista, me habló de Vuelo nocturno. No existen milagros, me dijo, solo fuerzas que uno pone en marcha.

Caminé hacia la Gandhi, muy cerca de la casa de la profesora, y encontré la novela enseguida. Es muy breve y sencilla, se lee tan fácilmente como El Principito, la obra más célebre de Antoine de Saint-Exupéry, su autor. Cuenta la tensión que representaba, en los inicios los vuelos nocturnos comerciales, la ida y vuelta de los pilotos que se dirigían de Europa a América del Sur para entregar el correo. La experiencia de sobrevolar esos territorios, con lo imponente de la naturaleza y lo minúsculo de la vida humana puestos en su justa proporción, eran algo con lo que el novelista estaba familiarizado, al ser él mismo un piloto. Eso es evidente en sus descripciones, inteligentes y a la vez delicadas, que nos transmiten el sentido de aventura y la sensación de poder, pero también el asombro.

Los personajes centrales del relato, el aviador Fabien y su jefe Riviére, son héroes modernos; enfrentan el miedo y consiguen una proeza que, sin embargo, pasa casi inadvertida, tal vez porque la realizan a diario: cada noche son responsables de cruzar la oscuridad, entregar los correos y volver, Fabien desde el cielo, en un avión, y Riviére en tierra, en una sala de controles. Cuando algo falla son la misión y una vida lo que está en juego, por eso todos sus sentidos están involucrados en ello a tal grado que el resto de su existencia está en suspenso: no hay nada más importante que mirar el cielo. Los aviadores y los técnicos invierten todo su tiempo en la intranquilidad del vuelo y solo tienen un breve descanso cuando el correo es entregado y el piloto vuelve a Europa. Pero la paz dura poco: la noche siguiente saldrán otros vuelos porque, como Riviére sabe, no existe la llegada definitiva de todos los correos.

La tensión permanente de Fabien, que lucha contra el peligro, y de Riviére, que vigila protectoramente su viaje, con la impotencia de hacerlo desde una lejana orilla es, como El Principito, una alegoría de la vida. Para Antoine de Saint-Exupéry, se trata de una lucha incesante contra la adversidad, movida por el sentido del deber, y cuya recompensa es, justamente, su cumplimiento. El taciturno Riviére, después de cuarenta años de trabajo, se detiene por un momento a pensar que su vida ha sido eso, solo eso, pero no lo piensa con amargura, sino con la satisfacción de quien mira la obra que produjo con paciencia y oficio. Fabien, varado en la oscuridad en medio de la nada, con un avión descompuesto, solo y aparentemente perdido, teme, pero no sabe rendirse. Necesita encontrar la manera de poner en marcha el motor y para ello necesita salvarse del miedo.

La vida es también saber que no es posible quedarse mucho tiempo en ningún sitio del alma: ni en la alegría ni en el temor ni en la paz ni en la frustración. No existe la llegada definitiva de todos los correos, eso que llamamos la estabilidad no es más que un espejismo: no hay milagro. Pero hay un motor que vuelve a andar en medio de la noche en el desierto: es la vida que falla o triunfa, pero nunca se detiene.

La prisa del consumo cultural


Lente anónima

Por Mariana Mota

Metanfetamina, decisiones de vida, quebrantamiento de la ley, consecuencias. Los Pollos hermanos. Los últimos días esos temas han rondado mis pensamientos, y Hank, Walt, Jessie son personajes que ya se volvieron entrañables para mí. El problema es que, una vez más, llego tarde a la conversación. Así me lo dijeron recientemente sí, sí, Mariana, pero ya se habló de Breaking Bad hace mucho. Aunque las palabras iban en tono de broma, una verdad se asomaba.

Existe una presión latente en cuanto al consumo de entretenimiento y arte. ¿No has leído Cien años de soledad?; Maestra, ¿no conoce a Canserbero?; ¿Nunca has visto House of cards?; ¿No sabes quién ganó el premio Cervantes este año? El tono de esas preguntas parece más acusativo que interrogativo, como si todos tuviéramos la obligación de acercarnos a ese estupendo producto en el momento en que sale al mercado, cuando los “expertos” lo están degustando. Aunque también entiendo que es una manera de expresar sorpresa: ¡cómo puedes perderte esta maravilla que a mí tanto me gusta!

Una de las características que tiene el arte, creo, es la atemporalidad: un cuadro, una película, una novela, una canción va a generar revolución en la persona, sin importar el momento en el que llegue a ella. Y una de las ventajas de la ignorancia artística es que hay todavía más terreno por descubrir: toda esa música que no escuché en mi adolescencia, por obsesionarme con los pobres discos de Mercurio y Flavio César, siguen siendo novedad para mis oídos. Y aunque en un principio me apenaba no saber quién era Kurt Cobain o Jim Morrison, hoy me pasa lo contrario: me emociono cuando escucho nombres desconocidos porque imagino el terreno de posibilidades que aún me falta por explorar. Y toda esa obra de la que me perdí, si en verdad es artística, me va a significar algo similar a aquellos que tuvieron la suerte de acercarse al pastel recién salido del horno.

Hace poco también comprendí lo que podría ser la antítesis de lo que estoy diciendo: productos que deben ser vistos en el momento en que salen, pues fuera de contexto pierden sentido. Durante muchos años supe de una película que reunía a un gran atractivo visual de Hollywood y que, supuestamente, revolucionó por su temática, pero nunca la había visto. Hace una semana vi Entrevista con el vampiro y me pareció ridícula y pretenciosa, pero quizás en su momento no haya sido percibida así. ¿Los productos cambian con el paso del tiempo o uno es el que se transforma? Siempre ha existido esa interrogante y me atrevo a decir que es un poco de ambas.

Quizás el arte también sea una especie de moda: palabras que se cuelgan como collares modernos, opiniones que perfeccionan el rostro. Y si no el arte, al menos la opinión sobre él. Yo siempre me he asumido indiferente a la moda de la apariencia (anticuada, incluso), y ahora me doy cuenta que también de la cultura y del entretenimiento: me gusta utilizar los sentidos a mi propio ritmo. Sin presiones, sin obligaciones; no importa si el mundo ya habló de lo que yo apenas me aventuro a conocer. Aunque reconozco que llegar tarde me priva de ciertos placeres, como el de la conversación, pues cuando algo pasa de moda, ya no es atractivo en el discurso, pues hay nuevas cosas por las cuales discutir. Por cierto, todos tenían razón: Breaking Bad es hermosa literatura visual y finalmente entiendo las razones.

 

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