La oscuridad de la calle es rota por un farol al fondo del callejón. Son casi las diez de la noche, y en ese paraje solitario se encuentran dos hombres. ¿Detective Castilla? Dice uno de ellos dándole la mano. Agente investigador, responde, recuerde que le dije que en México no existen los detectives. ¿Por qué propuso este lugar, ingeniero, frente al edificio embrujado? Agrega el agente después de un par de minutos de silencio incómodo. Trabajo aquí a unos metros, confiesa, pero usted fue quien me dijo que le urgía verme. Necesito información, responde Castilla. ¿Más? Ya le dije todo lo que sé respecto a los escritores asesinados. Algo me dice, responde el hombre en gabardina, que aún no me lo ha contado todo.

Bien, dice el ingeniero, ¿qué necesita saber? Lo que ha visto u oído, aquello que pueda darnos pistas sobre el asesino, finaliza Castilla esperando que con eso sea suficiente. Bien, dice el ingeniero, en estos meses vi sobre los agentes del FBI que a finales de los setentas acuñaron el término “asesino serial” a través de una serie de entrevistas a psicópatas capturados. Se escucha interesante, dice el agente Nepomuceno. Se llama Mindhunter, es una serie que se estrenó este año en Netflix. Es una historia de ficción basada en las entrevistas reales que hicieron Robert K. Ressler y John E. Douglas. Además de la narrativa original, el ambiente y la interpretación de estos asesinos hacen de esta serie lo mejor que vi este año.

Algo sé de asesinos seriales, le dice el agente investigador, ocultando el hecho que en su carrera ha atrapado ya a dos en la urbe tapatía. El ingeniero no se da por enterado y prosigue su charla. Este año me apliqué, tenía una charla en el Festival Fóbica sobre ese tema, así que me propuse ver toda la serie de Bates Motel de un jalón, las cinco temporadas. Debo decir que me fascinó, aunque al principio fue desconcertante esta especie de adaptación de la historia en un contexto más actual que el de la novela original, la forma en que uno ve evolucionar al personaje principal, pasando de un niño tímido al terrible asesino, hace de esta serie una joya.

Pero no solo me quedé allí, volví a ver la primera temporada de Hannibal. En esta lo que me parece mejor es la estética visual de cada asesinato y la forma en que vemos al doctor Lecter manipular al agente especial Will Graham para llevarlo a la locura.

 

También volví a ver un par de temporadas de Dexter, uno de los pocos casos donde creo que la serie es mucho, pero mucho mejor que los libros de la cual surgió.

¿Y me va a decir que solo ve series de asesinos? Eso lo hace a usted un sospechoso. No, bueno, veo varias de las que la gente va recomendando, o se estrenan, o se ponen de moda. Pero pensé que querría hablar de asesinos solamente. ¿De escritores que puede decirme? Le pregunta el agente Castilla. Pues tengo muy presente la serie The Affair, que empecé a ver casi al final del año pasado. La primera temporada fue brillante, aunque en la segunda cae un poco el ritmo. Pero hacia el final de esta se vuelven a amarrar los distintos hilos narrativos, en un experimento que me parece interesante, incluso como estructura para una novela. Me queda aún ver la tercera.

¿Y a poco se la pasa viendo televisión? Pregunta el agente. Vamos, necesito más información que esa. No, claro que no. Trato de leer de todo, pero tengo una cuota anual de libros policiacos y de género negro que me gusta cumplir. Puedo mencionarle el libro México Noir, antologado y editado por Iván Farías, que se componen de 27 relatos que van desde detectives hasta historias de crímenes. Una buena muestra de lo que se hace actualmente, que además permite hacer un mapa mental de los escritores que en este momento se dedican al género.

También leí el libro Chinola Kid de Hilario Peña. Este es la historia de un matón de Tijuana que termina siendo el sheriff de un pueblo. Tiene de todo: balazos, mujeres fatales, traiciones y narcos.

En mis lecturas del año sobresalió el libro de Juan Pablo Villalobos: No voy a pedirle a nadie que me crea. Me pareció divertido, inteligente y confirma por que hablan todos de él.

Otro libro que me fascinó fue Los atacantes de Alberto Chimal, cuyos cuentos versan sobre la modernidad, los hackers y otras historias cuyos personajes se sienten perseguidos. Lo considero uno de los primeros que se pueden englobar en la “ficción informática”.

No mame, responde el agente Castilla, no empiece con fumadas, siga hablando. Disculpe, como escritor debo de leer lo que me pueda ayudar en lo teórico. Por ejemplo el libro Como dibujar una novela de Martin Solares. No solo expone una novedosa forma de entender la narrativa, sino de plantearse qué es lo que se va a escribir. Es de esos libros que uno debe leer mientras se encuentra escribiendo, no sé, su primera novela.

¿Y ya la acabó? Pregunta Castilla. Ya mero, ya mero, responde el ingeniero, cómo chingan. Más respeto, le dice el agente mostrándole la pistola bajo la gabardina.

Guarde eso, mejor le sigo contando. También me gusta el tema de lo policiaco en la novela gráfica. Hace unas semanas compré El complot Mongol, un libro clásico del policiaco mexicano de Rafael Bernal, adaptado con guión de Luis Humberto Crosswhite e ilustrado por Ricardo Peláez Goycochea.

También adquirí Desde el infierno, con guión de Alan Moore e ilustrado por Eddie Campbell. Ambos son una joya, necesarios en cualquier colección.

¿Pero, ya los leyó? Pregunta el agente. No, aún no. Tengo pilas de libros por leer. ¿Entonces para qué chingados me habla de eso? ¿Qué novela gráfica sí leyó? Bueno, en el año disfruté y me conmovió el libro Mi amigo Dahmer de Derf Backderf, un ilustrador y caricaturista que fue compañero del famoso asesino serial durante la preparatoria y nos cuenta esa otra historia, la del chico ignorado y torturado que un día desató su furia.

No me vaya a salir ahora con que los defiende, le dice el agente. No es eso, responde, pero es interesante ver que algo había de humano, que sufrieron dolor, que sus infancias fueron, en la mayoría de los casos, durísimas.

Me ha hablado mucho de gente de fuera, pero dígame, de su círculo, ¿Hay alguien a quién deba investigar? El ingeniero se queda pensando un momento. Pero ¿y si se enteran que fui el soplón? Será testigo protegido, aseguró el agente. ¿Ubica a Rafael Villegas?, recién publicó dos libros que en realidad son tres, es un amigo y somos miembros del CRUNCH. ¿Del qué? Nada, una agrupación de escritores gordos. Con eso tengo para arrestarlos por asociación delictuosa; pero dígame, qué debo buscar del señor Villegas. Primero el libro de cuentos Apócrifa, el cual es delirante y una propuesta original, está conformado por dos tomos. Pero también su primera novela Animal verdadero, la cual es dinámica, compleja y llena de humor negro, casi acaba de salir al mercado pero no debe dejar pasar el próximo año sin leerla. Se escucha sospechoso, dice el agente investigador, habrá que darle una visita.

Creo que con lo que me ha dicho es suficiente, concluye Castilla. ¿Realmente cree que existan los Novecientos Noventa y Nueve, una sociedad internacional de asesinos de escritores?, pregunta el ingeniero mientras se despide. No estoy seguro, le dice el agente, pero cuídese, no vaya a ser que termine embarrado en el pavimento como el novelista de hace algunas semanas. Mientras se dirigen a sus autos, en medio de la fría noche de diciembre, en un coche estacionado varios metros más allá los observan dos sujetos. En el musculoso brazo del que va al volante sobresale un tatuaje: un recuadro rojo con tres nueves dentro y la inscripción “¿Qué hay detrás de la ventana?”.


* Nota: Este relato es ficción. Cualquier parecido con una persona, escritor o editor real es meramente coincidencia. Ningún tapatío fue lastimado en la elaboración de este texto.