Etiqueta: amor

La última tarde. (In memoriam, Carlos Bustos)


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

He decidido escribir esto en segunda persona, como si fuera un mail que abrirías en una de esas mañanas en las que descargabas películas antes de escribir.

Te soy sincero, me cuesta empezar. Creer que en verdad leerás esto. No sé cuál es el inicio correcto. Tal vez, debería aferrarme al orden cronológico y hablar de cómo te conocí a la distancia, cuando desde lejos, ya era perceptible tu enorme generosidad.

Sé que no hay tiempo para desarrollar cada anécdota. Detallar los viajes, los foros compartidos y las  noches sabatinas en donde no necesitábamos más que nuestras risas para que las horas nos resultaran breves.

Ahora, más que nunca, me doy cuenta que además de ser mi maestro, eras una brújula, un pegamento mágico con el poder de mantener unido a los distintos. Prefiero, entonces, encaminar estas palabras hacia el agradecimiento, porque no recuerdo cuántas veces te dije gracias cuando poseías un oído, un físico de oso grizzli al cual abrazar.

Gracias por confiar en mí, por invitarme a un mundo desconocido, por descifrarme y ver en un chico tímido al hombre que desea devorar la vida, ávido de aventuras que siempre le fueron ajenas. Gracias por creer en el valor de mis letras, cuando siempre me han parecido flojas; las de un principiante. Gracias por cada consejo, no sólo a la hora de estructurar historias. En los años más recientes, nuestras charlas se centraban en mujeres, el sentido de escribir y en productos de belleza para mantenernos hermosos como vampiros pertenecientes a una agencia de modelos.

Gracias por las risas cómplices, por esos chistes que sólo nosotros entendíamos y avergonzaban a unos cuantos, gracias por mandar al carajo el pudor y despertar mi lado más endemoniado. Gracias, sobre todo, por ser un padre, también estuviste en los momentos complejos y supiste cuidarme como si fuera tu responsabilidad.


Debería hablar de tu obra, recomendarla. Describir la melancolía y el erotismo de Final de sirenas,  la fauna de horrores que habita en Fantásmica, o la inteligencia de la Espina del mal, pero los que escuchan o leerán esto, tal vez ya saben que eras un buscador, un defensor de la belleza, y un amante del terror como metáfora para comprender el sufrimiento. Sólo la eternidad te hubiera permitido satisfacer tu espíritu curioso.

Guardaré para nosotros gran parte de lo que vivimos, no lo expondré en este foro y tampoco me encargaré de escribirlo más adelante. Pero ahora, permíteme compartir nuestra última tarde juntos. Aquella en la que estabas acostado en la habitación de un hospital, era un lunes y al día siguiente irías al quirófano para despedirte de tu estómago a cambio de un futuro.

Ingresé al cuarto y estabas solo, leyendo un libro de Conolly. Permanecimos en silencio, como si no nos importara quebrarlo para estar cómodos. Tras un rato, abandonaste la lectura y me viste de una forma distinta; nunca había notado en ti esos ojos. Eran más profundos, como si estuvieran vestidos con saco y corbata, despojados de su cotidiana travesura.

Pediste me acercara a la cama y me tomaste de la mano. Antes de que pudiera bromear, dejaste escapar una frase para mi historia, una que nunca voy a olvidar: “Algunas puertas hay que cruzarlas solo”, sentenciaste, y luego una ligera sonrisa se asomó en tu rostro. Me di cuenta, que aún en tu dolor, en la debilidad, tratabas de darme fuerza, de hacerme ver que no necesitaba acompañantes para afrontar esa otra muerte que vendría más tarde. No hice más que enmudecer, impactado ante el momento, hasta que alguien abrió la puerta y nos arrancó de la solemnidad.

Esa noche, en tu habitación, ensuciamos con desfachatez la pulcritud del hospital y supimos olvidarnos de la enfermedad, de la muerte a la que no le permitimos ser parte de la velada. Cuando fue tiempo de la despedida, para cada quien tenías algunas palabras, algún consejo o encargo por si el quirófano te jugaba alguna mala pasada. A mí no me pediste nada, más bien les solicitase a los demás que se ocuparan de mí, que celebraran mi cumpleaños. Quizá para ti, siempre he sido un niño que necesita cuidados.

De camino a casa, conduciendo, me atreví a pensar en la posibilidad de que aquella había sido nuestra última charla. Soy un fatalista. Por suerte, sobreviviste al quirófano, pero ya no pude volver a verte, cuando el viernes siguiente, tras tu recuperación, quise visitarte, un dolor más agudo provocó que te acomodaran en un sueño del cual no despertarías.


A un año, he sido despojado de dos padres y me corresponde crecer a golpes, sin guías, sin maestros con respuestas. Hoy el viento de noviembre trae consigo los aromas de invierno; perfumes similares a los de ese miércoles nueve de noviembre, cuando la noticia de tu partida era tan dolorosa como confusa.

Sé que no quisieras más lágrimas, que nos regañarías, siempre has preferido las carcajadas. Dirías que no desperdicie páginas en ti, te escucho aconsejándome: “péguele como los grandes”, “triunfe”. Sin embargo, en estas fechas tu ausencia es más notoria y déjanos, aunque te moleste, volver a ti.

Tomaré esa obra tuya titulada El libro que resucitaba a los muertos. Ahí en donde reflejas tu amor a la literatura, a tus autores favoritos y esa fascinación por los días finales. He pensado en leerla otra vez, no sólo para disfrutar de tu compromiso estético, las metáforas o esas comparaciones que esquivan con elegancia los lugares comunes. Voy a leerlo con una intención firme, por primera vez me permitiré creer, buscaré entre sus líneas una señal, la frase justa, el secreto. ¿Habrá allí algún conjuro, una fórmula encriptada? ¿Será el verdadero libro para regresar de la muerte? Para tenerte aquí.

Por ahora, en lo que descifro el enigma, me resta quedarme con nuestros recuerdos de los días dibujados por tu imaginación y esa capacidad de entregarte a quien decidías apoyar.

Te habré citado más de cincuenta veces en este año, la frase “Como decía Carlos”, se desliza constantemente en mis labios. Habré copiado tu ritmo, tu música al hablar, robado tus bromas, contado mal las aventuras que en ti se hubieran escuchado más divertidas. No hay una intención perversa en ello, sé que lo sabes; es absurdo apropiarse de ti, creerme especial, sólo deseo mantenerte aquí un rato más, sentirte parte de una manada que amenaza con extinguirse sin un líder.

Viene aquí el agradecimiento final, por ser mi amigo, abrirme las puertas de tu casa, del mundo literario, confiar en mis palabras y, sobre todo, por quererme como a un hijo. En estos días, he podido constatar el amor de tu madre y el de tu hermano. Ambos te necesitan como nunca y aún desean verte pasear cerca de la casa, ansían el saludo en las mañanas, tu compañía, la tranquilidad para resolver cualquier problema, y, también, esas falsas discusiones que en el fondo esconden un amor que no se atreve a manifestarse de forma directa.

Me ha hecho falta tu locura en este año, acompañarte a comprar adornos  para Halloween, contarte mis novelas siempre inconclusas, mis relaciones fallidas, escucharte cansado pero al mismo tiempo con el ánimo de escribir esa obra que al fin te represente por completo. Nos hicieron falta más viajes, visitas a barberías y a ese table dance al que acudiríamos sólo con el fin de que nos trataran como verdaderos dandis. Te extraño y supongo nunca dejaré de hacerlo. Tal vez el correr de los días me permita transformar el dolor en una dulce añoranza, esa que se permite ocultar los finales siempre trágicos. Por ahora, te cuento que aún tengo miedo, mucho, como el de los niños cuando la luz se apaga. Aún me cuesta cruzar algunas puertas solo, en especial aquellas que son la entrada hacia un camino sombrío. Por eso, déjame tomarte de la mano y acudir a tu recuerdo cuando el terror me paralice, cuando no tenga ni idea de qué se trata todo esto a lo que llamamos vivir.

El esquivo pez patria


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Decir que los lunes son terribles es caer en un cliché, pero lo son. El fin de semana nunca alcanza. La rutina suele ser la misma, me levanto a las seis treinta porque apagué la alarma de las seis quince, aún me quedo algunos minutos mirando hacia el techo, o viendo las notificaciones de mi teléfono, o pensando en cuando será el día que tenga energías para levantarme fresco y alegre. No, no creo que llegue eso último. Mientras mi esposa arregla a los niños, yo me visto, luego hacemos su desayuno y almuerzo. El primer día de la semana ellos están más renuentes y yo suelo estar ralentizado, moviéndome cómo a través de un líquido viscoso.

El camino a la escuela se complica aún más debido a que en lunes se pone un tianguis por la que es la ruta más directa. Durante algunas cuadras los carriles de un lado de la avenida deben volverse calle de doble sentido. Por supuesto la histeria está en todos los conductores, los claxonazos se dan a la primera provocación y no faltan quienes se meten a la brava o dan vuelta donde no está permitido. Llegar a la escuela no suele ser muy distinto, a pesar de haber un carril exclusivo para bajar niños, en el cual todos vamos haciendo cola con paciencia, no faltan los padres que se ponen en doble fila o tapan alguna cochera de un vecino con el pretexto de bajarse a acompañar a sus criaturas hasta la puerta tomados de la mano. Debo ser un padre terrible, yo desde pequeños les enseñe a que deben bajarse solos, a ponerse la mochila en la banqueta y cerrar la puerta del auto, todo lo más rápido posible. Solo me falta darles una patada para que se bajen, suelo pensar cuando veo a esos padres tan amorosos, que sin embargo en el nombre de esa atención no les importa perjudicar el orden o a alguien más.

Hace unas semanas, a inicios de septiembre, repetíamos esta rutina semanal y, mientras bajaba a mi hija, mi niño de cuatro años vio a uno de los autos estacionados en una cochera con un par de banderas tricolor sujetas al marco de la puerta. Me preguntó con su voz inocente que si podíamos comprar unas iguales para mi coche. Sonreí y respondí que ya veríamos, mi forma sutil de decirles que no a alguna petición.

Con el inicio de Septiembre suelen venir los repasos de temas cívicos, de historia, las tareas donde hay que hacer una maqueta o una bandera, incluso el mandarlos disfrazados a la escuela. Por estos días me surge una cuestión que tiene ya algunos años: ¿Cómo les inculco a mis hijos los valores “patrios” si yo mismo estoy desencantado de ese concepto?

El fin de semana del grito en las redes se encontraban dos posturas: mientras que unos señalaban que no había nada que celebrar, otros repetían las virtudes que tiene el país, la cultura, su gente. Yo no me expresé por ninguna. Si bien entiendo el valor que tenemos como sociedad, el sentido de pertenencia que inculca la cultura e historia común, tengo años, décadas, apático hacia esta necesidad de alegrarse por haber nacido en cualquier lado. A ese respecto creo me identifico con el poema “Alta Traición” de José Emilio Pacheco, para mí también el fulgor abstracto de la patria es inasible. Sin embargo, después del sismo del 19 de septiembre fui testigo, como muchísimos otros, de cómo la gente se unió, de cómo emergió lo mejor de las personas ante el desastre. Al igual que todos, me conmoví con las imágenes y me asombré ante la fuerza mostrada en la adversidad.

Es curioso, pero desde que recuerdo, mis padres siempre nos dijeron que ellos trabajaban para darnos lo que no tuvieron. Sin dejar de agradecerlo, y tal vez estando yo equivocado, mi esperanza ha sido más bien que logre educar a mis hijos para que sean mejores que yo. Hace unos años, en una junta, nos preguntaron a los padres que virtudes esperábamos inculcar a nuestros hijos. Mientras muchos hablaron de amor, civismo y agradecimiento, yo mencioné inteligencia, pasión y empatía. Ahora me explico, porque aquel día no tuve oportunidad: Más inteligentes, no en las notas sino en sus decisiones, que tengan pasión ante la vida, que sigan sus sueños y cada día tenga un sentido, y sobre todo más empáticos, que se pongan en la piel del otro y desde allí intenten entender el mundo. A ese respecto, procurare que durante los años que vengan vean las imágenes de estos días, que se conmuevan como yo y descubran esa otra “patria”, la que no es oficial, la que surgió espontánea. Me queda, nos queda, también enseñar con el ejemplo: serán meses para seguir ayudando.

En esta semana he visto a las personas manejar con más calma, a los padres ser más ordenados, abrazar con más cariño a sus hijos cuando los dejan en la escuela. Si bien este lunes fue igual el cansancio y la prisa, algo hay diferente. Espero no olvidemos pronto, espero yo no olvidar. Hoy volví a dejar que se bajaran solos, les repetí que los amo antes de que cerraran la puerta.

La jungla y sus sueños


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes 

La jungla es negra, poblada de sombras de hojas acuchilladas y reptantes figuras retorcidas, que son raíces o serpientes, quizá lianas; es húmeda, lluviosa. En la selva siempre es de noche[1] —o parece serlo— pues los rayos de sol no atraviesan jamás la espesura.

La floresta semeja un cielo oscuro y constelado donde los ojos de las fieras titilan con fosforescente brillo. En su profundidad, existen ríos negros, como la Estigia, que pululan de cocodrilos y pirañas, sierpes de agua e hipopótamos de largos colmillos, que flotan o se sumergen, difuminándose entre el torrencial fluir del agua y el tam-tam de los tambores lejanos.

La selva es como el sueño, como la muerte, a veces como la locura y a pesar de ello —o tal vez por ello— reviste la belleza de una acogedora guarida. La jungla es la más venturosa de las fugas.

jungla

La literatura no podía ser menos y está infestada de selvas, de Horacio Quiroga a Rudyard Kipling, pasando por Henry Rider Haggard y Edgar Rice Burroughs, sin olvidar —desde luego— a Emilio Salgari ni a Joseph Conrad.

No importa si eres Tarzán o Mowgli, o quizá Allan Quatermain o Umslopogaas, incluso si fueres un personaje con una presumible e histórica existencia como John Hunter o el ambivalente Kurtz de El Corazón de las Tinieblas. En cualquiera de los casos, sentirás la llamada de lo salvaje. Si eres hombre, tus instintos de cazador harán bullir la sangre (Desmond Morris y Jack London lo dicen y son entendedores).

La fuga será total. En la selva de las novelas clásicas no existen obsesivos horarios laborales, ni cuidados familiares a que atender, ni tráfico, ni polución (el calentamiento global aún no se inventa en los tiempos coloniales de su Majestad británica y el Rey Leopoldo de Bélgica), ni impuestos, ni terrorismo, ni guerra nuclear, ni inflación, ni campañas políticas, ni sospechoso y sincrético arte urbano, ni tráfico de influencias, ni propaganda religiosa a domicilio (salvo algunos buenos misioneros que suelen complementar la cena de los nativos).

Las ventajas de la selva son inmensurables y largas de enumerar. En mérito de la brevedad selecciono algunos —representativos— ejemplos:

Las muertes.- En muchos sentidos es más piadosa la muerte cuando perros salvajes te despedazan vivo (en escasos minutos) a esperar que una venal autoridad de gobierno te despelleje por años y destripe sádicamente tu patrimonio, tu honra o tu familia.

Si llegaras a la vejez, siempre será más misericordiosa la muerte entre las fauces de Numa o Simba (su leonado pariente) que el torturante cangrejo Cáncer, aferrado a la intimidad de tus vísceras, devorándolas en viva putrefacción.

El diario sustento.- Además, en la jungla los héroes no padecen hambre, siempre tienen a mano un jugoso ciervo o la joroba de un oso o de un búfalo, ya sea que le hayan dado compasivo fin con cuchillo, por el arco o con arma de fuego. Si eres Sandokan lo acompañarás con arrak y si no, con fresca agua del venero.

Eso que llaman amor.- El amor tampoco ofrece problema en las junglas. No necesitas procurar el cariño de mujeres ni soportar sus desplantes; siempre existen damiselas en apuros —como Jane— o reinas vírgenes de escasa vestimenta, que habitan ciudades perdidas y están desesperadas por emparejarse con el explorador o el genuino hombre selvático. La, de Opar era una de ellas, sólo habrás de guardarte de las mujeres fatales como Ella-Ayesha.

Viñeta de “Tarzán”

Soñar la selva no es díficil, existen no sólo magníficos libros, sino inspiradoras imágenes, en King Kong (1933), Tarzán y su compañera (1934), Superman, Tambores en la Selva (1943), Las Minas del Rey Salomón (1950), Jumanji, la película (1995) y Jumanji, la serie animada (1996); sin dejar de mencionar los clásicos comics de Burne Hogarth y el video de Toto, Africa (1982).

Así que, no lo dudes. ¡Arriésgate con la literatura de la selva! Adéntrate a explorarla y serás llamado como Sompseu:

Báyete, Baba N’kosi ya Makosi

¡Ngonyama! ¡Indhlovu ai pendulwa!

Oh, padre, rey de reyes

¡León! ¡Elefante invencible!


[1] Es la unánime noche de Las Ruinas Circulares, de Borges, con todo y su fango sagrado.


Fotografía: Iqx Azmi / Unsplash

Netflix: de la palabra amor y sus derivados


Lente anónima

Por Mariana Mota

Acuñar el término amante exclusivamente a las personas quizás sea un poco reduccionista. Y, por otro lado, dicen que el excesivo uso de la palabra cae en la exageración y el absurdo: el amor es privilegio para personas, o seres vivos; no para objetos. Uno no ama los frijoles, la montaña o los vestidos; pero sí al papá o a la esposa. Y ya no digamos cuando saltamos de una expresión simplona como amo Netflix a una enfermiza como Netflix es mi amante. Yo soy otra de esas tantas enfermas que así lo dirían.

Algunos incluso se apropian de la carga activa de la relación al decir soy amante de los tacos, como si fueran ellos, los individuos, quienes brindan el placer al alimento; a mí me parece que funciona al revés: hacerla mi amante significa que es ella, la plataforma digital en este caso, quien me satisface a mí, mientras que yo pasivamente me dedico a recibir. Evito hacer planes en el exterior, me desvelo, disminuyo mi tiempo de productividad; todo porque sé que algo en ella me va a erizar la piel, o me va a acelerar el pulso, o al menos me va a entretener: efectos que provoca un amante en su amado.

Y como cualquier relación basada en el placer, existen ciertas rutinas sagradas que funcionan distintamente para cada tipología: solteros (que son completamente libres en la elección de su programación y que quizás pasen un tiempo excesivo en la plataforma), casados/arrejuntados (que, aunque puedan seguir programas de manera individual en sus tiempos libres, generalmente se aplastan en la cama o en el sillón juntos, van comentando lo que observan y hacen pausas para los besitos y caricias), roomies (que gozan de la individualidad sin remordimiento y la mezclan con la compañía ocasional o frecuente y recomendaciones del otro). Y como buen amante, también provoca remordimientos: cuando la elección fue azarosa y terrible, o cuando se invierte más tiempo buscando que viendo.

Además de ese ritual sagrado que se genera en el espacio donde reposa la televisión o la computadora, hay relaciones muy íntimas con la pantalla de cada aparato: el universo de posibilidades es tan vasto que, aunque en seis días me puedo echar una temporada completa de una serie que acaban de subir, un par de días después suben trece capítulos más de aquella otra que me eché hace seis meses y cuya historia ya no tenía tan fresca.

Una y otra van desfilando las temporadas (y películas y documentales, por supuesto). Ahorita, por ejemplo, me divierte la quinta temporada de Orange is the new black, y me fascina la primera de Mr. Selfridge (que ya tiene cuatro temporadas pero que apenas descubrí.¡Largo camino por recorrer!). Y mi espíritu ansioso espera la tercera de How to get away with murder, la cuarta de Bates Motel, la segunda de Jessica Jones, la tercera de The affaire, la séptima de The walking dead. Y prefiero dejarme sorprender cuando encienda la televisión y vea las palabras mágicas: nuevos episodios; contrario a muchos que investigan y saben si esas temporadas tan esperadas llegarán, o si el rating no dio para eso. El factor sorpresa aumenta la satisfacción.

El festival de Cannes podrá iniciar guerra contra Netflix, y tendrá sus razones válidas, pero de que es un mejor amante el formato digital, inmediato, multi-sala e igualmente internacional, lo es. Para mí sí, y creo que para otros tantos millones de personas también. Y ya le estoy echando el ojo a HBO: ¡las posibilidades se multiplican y un tiempo valioso escurre en mi sillón!

Instantánea Express 08

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Río entre las piedras y otro de La cruz de la bestia.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress08. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es editorialparaisoperdido@gmail.com y tienen hasta el próximo miércoles 21 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 23 de junio.


#amor #InstantáneaExpress #HistoriasSinSpoilers

Fotografía: Fabrizio Verrecchia

 

El amor no existe, pero engaña. El amor no existe, pero perturba. El amor no existe, pero mata. El amor es una bomba explosiva muy peligrosa.

Augusto Rodríguez | El hombre que amaba los hospitales

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Augusto Rodríguez? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

Canción de amor 2


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

#HistoriasSinSpoilers

Escuché el susurro en mi oreja: ¿te gustaría chuparme los pies?

Subí por las escaleras eléctricas hacia los cines, y a él fue lo primero que vi: echado plácidamente en una banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás permaneciendo. Nadie más se atrevía a sentarse allí. Tal vez les parecía impúdica la manera en que ostentaba sus pies. Calzaba unas sandalias de piel de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran enormes. Preciosos y delgados.

Me quedé cerca, revisando las carteleras y horarios antes de atreverme a mirar. Entre una y otra sinopsis echaba una ojeada rápida, cuidando que él no se diera cuenta. Pero tal vez me demoré algunos segundos porque al  levantar la mirada lo encontré viéndome directamente. Me turbé, no supe qué hacer, hasta topé con algunas personas en mi huida. Caminé apresurado volteando para confirmar que el muchacho no venía detrás. De repente me sentí estúpido y paré.

Entré a la tienda de discos. Me entretuve viendo algunos escaparates. Frente a uno de ropa se me erizó la piel: muy cerca de mí se colocó una silueta que evité mirar incluso a través del reflejo en el vidrio. Me quedé rígido. Revisé las prendas con minuciosidad. Hasta que la silueta se acercó aún más, como mirando algo del escaparate también. Entonces me lo preguntó.

Por fin volteé a verlo. No agregó nada más, solo encontré en su rostro una sonrisa de complicidad, que de cualquier manera no me tranquilizó. Hizo un leve movimiento con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como hipnotizado hacia la salida. Veía acercarse el resplandor del sol afuera, restallando en las puertas. Antes de salir lo tomé de un brazo. Traigo carro, dije. Me dirigió un gesto de extrañeza y, todavía callado, se devolvió en dirección a las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haber dicho eso. Se adelantó un poco, pero se detuvo a esperar que lo alcanzara.

No dijimos nada más, él solamente daba las indicaciones para llegar a donde nos dirigíamos. En aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el breve recorrido me pregunté mil veces qué dirían si alguien de mi casa me viera llevando a alguien más grande que yo, desconocido para ellos. Y para mí.

Deja poner algo de música, dijo apenas llegamos, y comenzó una canción que conocía muy bien porque le gustaba a mi papá: you got this strange efect on me/ and I like it sonaba en las bocinas. Enseguida vuelvo, agregó, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor. Era una casa similar a la mía: comedor, sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. Cuadros, figuritas. Dentro el aire estaba más fresco que en la calle. Regresó y me entregó un objeto muy pequeño en forma de esfera navideña. Lo miré extrañado. Es un chicle, me informó. No supe qué debía hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó divertido ante mi duda, mastícalo un poco y lo tiras. Lo eché en mi boca. Era de sabor menta, muy fuerte, sentí un tufo helado irrumpir en mi garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se deshizo de las sandalias y subió los pies a la mesita de centro. Un exquisito aroma a sudor y cuero llegó a mi nariz. Y me arrodillé.

Woody Allen. El amor es la respuesta.


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Te entiendo, Elliot. No porque en alguna ocasión haya sido infiel, en verdad nunca lo he considerado y  me costaría formar parte de un juego en donde se traiciona la confianza de otro en pos del placer. Pero es comprensible que al ver a Lee (la hermana de tu esposa), se encienda tu pasión, disfrutes de esa mujer llena de vida y joven. Es un deseo que se va tornando perfecto. Lo distante posee esa cualidad.

Lo sé, amas a Hannah, sin duda es la mujer de tu vida. No te será sencillo dejarla atrás. Te preguntas cómo escapar del desgaste de la convivencia. A tu lado habita una mujer exitosa, apasionada, pero te resulta difícil seguirle el paso. Tú eres más propenso a fallar y enamorarte de Lee, es el más bello de los errores que estás por cometer.

Son tus pensamientos los que escuchamos al iniciar esta historia. En la primera página sabemos de tu fascinación por Lee, pero también que no eres el protagonista. El título nos ha dicho que este es un relato de tres hermanas actrices que buscan un lugar en esta vida, brindarle un poco de orden al caos de sus días y hallar la felicidad si es que existe la posibilidad de alcanzarla.

Elliot, estás ahí para hacernos descubrir las diferencias entre la triunfadora Hannah y una Lee estancada en un matrimonio con un hombre mayor. Tu idea de vivir una aventura, no es más que un pretexto para adentrarnos en esta familia que traslada el melodrama a sus vidas. Allí, donde también está Holly, esa tercera hermana que se parece a un remolino adicto a la cocaína, una mujer sin rumbo y alejada de la suerte.

Sí, Elliot, es una tortura la situación en la que te ha colocado Woody Allen. Un gran dilema, una encrucijada en donde parece nunca lo tendrás todo.

Al menos, a lo largo de este guión, no sufrirás como Mickey, el antiguo esposo de Hannah. Un hipocondriaco al extremo y quien cree que un tumor crece en su cerebro. Alguien que al sentirse tan cerca de la muerte empezará a cuestionarse el sentido de cada acción, el porqué de esta vida, la creencia en los dioses. Un ateo que buscará en las religiones una forma de sujetarse a la realidad.

 

Woody Allen

Cualquier día la muerte puede golpearnos, distanciarnos de los seres queridos, borrar nuestros planes. Más allá de que logremos salvarnos del diagnóstico desalentador, el contacto con los médicos nos conduce a darnos cuenta que en algún punto sólo nos restará el consuelo de permanecer en la memoria de alguien más.

En esta historia conoceremos a tres mujeres distintas. Allen nos conduce al complejo universo femenino, sin embargo tampoco intenta desentrañarlo en su totalidad. Hannah y sus hermanas, la historia en la que estás Elliot, no es oscura como esos guiones de Allen que se asemejaban a las películas de Bergman. Aquí hay espacio para la comedia, para sonrisas y eso demuestra la capacidad de su autor. Allen, un filósofo del cine, es consciente de la necesidad de la comedia. Reír no es opcional.

Leer Hannah y sus hermanas, permite descubrir en el guión detalles como el manejo de la cámara, la construcción del plano desde el momento de la escritura, el recurso de introducirse a los pensamientos y un gran número de escenas en donde los personajes que hablan no aparecen a cuadro, porque al autor le importa más centrarse en la reacción de quien escucha. Atravesar este guión, permite confirmar la maestría de Allen, su inteligencia para crear personajes con más de una dimensión y que lo colocan como uno de los mejores directores y escritores en la historia del cine.

Entonces, Elliot, no nos serás ajeno, conoceremos lo que hay en ti. Estaremos esperando tu romance prohibido, cómo se complica la trama con tus decisiones y las bromas que el destino prepara para esta familia, para cada uno de nosotros. ¿Permanecerás con Hannah? ¿Tu fantasía con Lee se podrá materializar? ¿Holly tiene permitido el triunfo? Y Mickey, arrastrado por sus dudas, aún con recuerdos de Hannah, con la muerte mordiéndole los hombros, ¿podrá encontrar respuestas en las religiones? ¿Se dará cuenta que un sentimiento verdadero nos permite avanzar, mantenernos firmes? Tal vez, después de todo, el amor sea la única respuesta y el arma más poderosa para luchar contra las hambrientas bestias del absurdo.

Stefan Zweig: Tiempo para una carta de amor


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Cuento con pocas palabras para hablar de ti y al mismo tiempo de una novela. Aprovecho este espacio para abrir mi corazón ante los ojos de los visitantes de este blog. De un tiempo para acá, las olas del amor no correspondido me revuelcan, me arrastran hacia una playa en donde sólo se beben cocteles endulzados con nostalgia.

Te cuento que leí Carta a una desconocida de Stefan Zweig, un texto breve, escrito hace casi un siglo. Un autor al que por diferentes motivos no había accedido. Me gustaría resumir la trama en pocas líneas, no deseo arruinarte el final, ni desvanecerte las sorpresas. El relato es simple, una adolescente se enamora de un novelista que vive frente a su casa, pero lo hace en silencio, lo contempla, lo admira, resignada a sólo observar.

 

#Zweig, amor

 

En cinco tiempos (a manera de partes), Zweig narra cómo esta chica va creciendo y teniendo diferentes encuentros con el novelista, algunos provocados, otros fortuitos. Sin embargo, a pesar incluso de noches enmarcadas por la pasión, él nunca sabrá el nombre de la mujer, ni será capaz de identificar a la adolescente del pasado.

El relato es una extensa confesión de una chica entregada a un hombre. Por un instante, parecería que la carta de la mujer podría caer en el terreno de lo cursi, tal vez al punto de burlarnos de tanta ingenuidad. Pero, te seré sincero, mientras leía, me era imposible identificarme con el novelista y, línea tras línea, ella me resultaba cercana. Más ahora en donde aquello que amo me parece inalcanzable, como esos planetas escondidos tras la profunda carcajada de un hoyo negro.

Hay dos frases de esta desconocida creada por Zweig que me gustaría compartirte. Tal vez, con esto, logres comprenderme un poco:

“No quería ser feliz ni deseaba vivir contenta lejos de ti; por eso me encerré en un mundo melancólico, lleno de tormento y soledad”.

“Verte de nuevo, encontrarme contigo tan sólo una vez, era todo cuanto deseaba, aunque lo fuera a distancia y me limitase a devorar tu rostro con la mirada”.

En las palabras de la desconocida localizo mi voz y me parece que soy yo el que te habla.

¿Será tiempo de parar con los lamentos? ¿Detener la autocompasión? ¿Beber alcohol hasta el hastío? ¿Insultarte y acostarme con otra? ¿Hacerme el fuerte? Son vías más transitadas, tal vez más sencillas de cruzar. Por ahora, sólo sé que, como la protagonista de Zweig, me dedicaré a repasar los recuerdos.

Intuyo, para ti es sencillo continuar. “Nada es tan grave”, dirás. Pero permitirme permanecer quieto para pensar en ti, abstraerme en medio de la calle; olvidarme del mundo y colocarme el disfraz de romántico extraviado. De esta manera, aquello que vivimos cobrará un mayor sentido, cada hora de los días juntos se materializará con el dolor. Soy el encargado de hacerlo vivir un poco más en esta sociedad de lo efímero. Si Zweig me conociera, yo encajaría más en el modelo de sus desconocidas enamoradas, y no en el de esos hombres que ven a las mujeres como algo pasajero.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

Te podría interesar…


Los minutos se me escapan como a la protagonista. Para nada mi lenguaje se aproxima a la belleza del utilizado por el escritor austriaco, a la precisión de sus adjetivos y a esa voz femenina que es capaz de arrastrar a las lágrimas. Me resta seguir escribiendo, hablaré de gatos, de corazones rotos, dioses sin oídos y por supuesto de ti y tus miles de encarnaciones. Te prometo algo, compraré un manual para amarte a lo lejos, aprender a ser tu amigo y a silenciar las caricias; domarlas para que se mantengan quietas a pesar de tenerte cerca.

Quizá, si más adelante las constelaciones se alinean, volveremos a encontrarnos para reconocer las marcas de nuestros labios, las mordidas de otra era. Supongo que te acordarás de mi rostro y yo no habré olvidado ninguna de tus curvas, ningún horizonte de tus pupilas; supongo, querida, aún sabremos pronunciar nuestros nombres.

Moira, perro milenario


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Todo empezó como un juego. Había un congreso de budismo en la expo, y el que entonces era mi novio y yo escuchamos en la radio sobre la visita de los restos de un monje, un tal Rimpoché. Hasta entonces sólo había consistido en fingirle la voz, una vocecita baja y gangosa, cada vez que mi perra, Moira, hacía cierta expresión. La coordinábamos con sus gestos, las pausas que hacía para lamer u olisquear algo, como si de verdad fuera ella quien hablara.

La historia de Rimpoché agregó un nuevo ingrediente al juego. Moira, la perra, juró en uno de sus diálogos con nosotros que ella era la reencarnación del monje y que, por un error cósmico, su alma, destinada al Nirvana, había terminado en el cuerpo alargado y paticorto que teníamos frente a nosotros.

Sus siestas se convirtieron en viajes astrales encubiertos, y comenzó a darnos dudosos consejos espirituales, basados en una supuesta sabiduría ancestral. Lo cierto era que, cada que nos inventábamos un consejo en voz de Moira, solía ser una barrabasada; algo que haría pensar que el cosmos no se había equivocado; un ser que dijera cosas como las que salían de su hocico no hubiera entrado al Nirvana porque se trataba del ser espiritual más corrupto y poco confiable que conoceríamos jamás.

Moira aprendió a distinguir su voz, a mirarnos pacientemente y posar mientras teníamos largos diálogos con ella. Cuando la relación con mi ex terminó, Moira y yo salimos por la puerta, y todo parecía indicar que era el fin de sus historias.

Sin embargo, ella conservó su voz para hacerme reír y reírse de mi. Sus comentarios políticamente incorrectos, acompañados de movimientos de cola y la mirada bromista de la  daschund, cautivaron también al hombre que ahora es mi pareja. Javier siempre le gustó a la perra… y los diálogos crecieron. Moira se convirtió entonces en la experta mentirosa que se contradice una y otra vez para hacernos soltar la carcajada. Intercambia verdades trascendentales e inservibles por pedacitos de pan. Cuenta anécdotas de vidas pasadas en las que ha sido franquista,  amiga de Torquemada y otros extremistas. Recita poemas a su pelota y aboga por todo lo que sea incorrecto, absurdo, indefendible.

Moira, con la calma zen que la caracteriza, ha terminado por confesar que lo de Rimpoché fue un cuento, aunque lo del Nirvana sí sea verdad. También ha llegado a decir que le caemos lo suficientemente bien como para posponer su partida o quizás, arreglar una nueva reencarnación siempre y cuando le prometamos uno de sus manjares favoritos: nieve.

Moira sabe cuándo jugar, cuándo quedarse quieta, cuándo mirarnos fijamente o sacudir la cabeza, completando algún chiste o mandándonos a volar. Sé que para muchos sonará absurdo, pero en estos días me he dado cuenta de que Moira nunca ha sido un sustituto de hija, sino algo más. La compré en una veterinaria un año después de que murió mi padre, en mi momento más ateo y beligerante.

Moira, cuyo nombre elegí a partir de un personaje de los X-Men, es también el nombre de las personificaciones del destino en la mitología griega: las Moiras son tres mujeres que controlan el hilo de la vida de todo mortal, desde su nacimiento hasta su muerte. Una es hilandera, otra echa suertes para decidir qué tan largo es el hilo, y la última usa las tijeras cuando decide que ya es hora.  A la muerte de mi padre, creí que necesitaba un cachorro del que hacerme cargo, pero en realidad necesitaba justo lo que Moira me ha regalado: el humor negro como arma ante lo desconocido.

Hace un año su hilo estuvo a punto de romperse. Moira estuvo muy enferma y pensamos que sería la despedida. Leí Moby Dick en voz alta para ella y, después de unas semanas de convalecencia —páginas y páginas de místicas ballenas—  se recuperó para acompañarnos en una versión más flaca, pero igual de simpática y embustera.

Hoy el cuerpo en el que hemos depositado tantas historias, con todo y sus pulgas, parece anticiparnos que la partida se acerca. Contar el secreto de su voz y sus historias, de las risas en las que ella participa, me hace sentir un poco tonta, y a la vez privilegiada. Espero que algún burócrata espiritual esté tomando nota para corregir el error y, cuando llegue el momento, exista alguien esperando a Moira con nieve y una pelota amarilla, allá lejos, en el Nirvana.

Chico conoce a chica


Saca el diván

Por Edna Montes

Es oficial, estamos en el “mes del amor y la amistad” porque a los mercadólogos del mundo ya no les es suficiente con un día y quieren el pastel completo. Más allá de mi predisposición al amargor, me pareció buena idea inaugurar este espacio con un tema ad hoc a febrero (¡Oh, la ironía!). Creo que todos tenemos placeres culposos o días en los cuales hasta nuestro café necesita café para mantenerse en pie. Esas jornadas en las que la realidad nos aplasta y ni siquiera las frases motivacionales pixeladas de nuestros contactos en Facebook nos brindan algún alivio. El tedio está ahí, asechando entre las sombras, preparado para alimentarse del poco o mucho gozo del “aquí y ahora” que somos capaces de reunir en la vida cotidiana. Cuando necesitamos emprender el escape, la tentación por una buena dotación de clichés está ahí, el elixir a todos los males.

Anime GIF - Find & Share on GIPHY

Las interminables quejas en redes sociales contra las historias de amor y los triángulos amorosos son relativamente nuevas, pero esta construcción narrativa es, quizá, tan vieja como la humanidad misma. En la mitología egipcia, Isis y Osiris son la pareja ideal hasta que Osiris provoca la ira de su hermano Seth, quien lo asesina. Isis pasa años buscando las piezas de su amado para reconstruir su cuerpo, devolverlo a la vida y reunirse con él. En el Ramayana, el héroe pasa peligros tremendos para matar al demonio Ravana y salvar a su amada Sita. Aquellas historias, reproducidas en festivales religiosos o alrededor de una fogata eran nuestra antigua versión de los maratones de Netflix (o cualquier servicio de streaming de su elección). ¿Por qué siguen funcionado luego de tantos siglos?

El “chico conoce a chica” nos llega al corazón porque nos vemos reflejados. Todos hemos añorado el amor de una pareja real que nos abandona o la ficticia que ni nos hace en el mundo. El amor romántico nos duele, pero está tan entretejido en nuestro cerebro (a fuerza de repetición) que nos deleita incluso si no lo queremos admitir en público. Se me ocurre que el final feliz es tan satisfactorio como tronar la burbujas del plástico de embalaje. Igual de efímero, también. Es irreal, lo sabemos. Justo por eso corremos a sus brazos cual Lizzie Bennet a los de Mr. Darcy. A veces no queremos realismo, sino magia. Así es como terminamos enredados en una comedia romántica.

Wrap GIF - Find & Share on GIPHY

Uno de los grandes fallos de esta estructura es que a menudo las chicas se convierten en un trofeo, pierden humanidad y eso no es nada deseable. Buscamos este tipo de historias porque nos dan un reducto para ser vulnerables en un mundo hostil. Cuando dejamos caer las barreras somos reales, defectuosos, atormentados, llenos de errores. Por eso sentimos una especie de gratificación empalagosa cuando Mark Darcy le dice a Bridget Jones que la ama tal y como es, nos devuelve la fe en el amor. Ese que nos concibe maravillosos a pesar de nuestra accidentada realidad. Al final del día, necesitamos el cliché, convencernos de que el amor es la fuerza más poderosa del universo.

Bridget Jones GIF - Find & Share on GIPHY

El “chico conoce a chica” ha  evolucionado. Ya no se trata de pelear contra demonios o recoger las piezas de la prenda amada por todo el Nilo. Hace años que la chica no es una damisela en desgracia, poco a poco asoma un nuevo tipo de protagonista: la adulta capaz de tomar las riendas de su vida con todo y el caos. Ella también tiene esos días terribles, la vuelven nosotros, el espectador esperanzado en que algo maravilloso espera a la vuelta de la esquina. La receta ya ni siquiera es una garantía de final feliz, pero sí de que renovará nuestra capacidad de creer en lo sorprendente, en lo simple. Este artificio no necesita (aunque puede tenerlos), dragones, varitas mágicas o brujas como los viejos cuentos de hadas antiguos. Su esencia es la magia de hacernos creer que podemos contra el mundo y la realidad misma, no estamos solos.  Podemos encontrar a la persona indicada o, si ya la tenemos, confiar en que esos brazos serán nuestro hogar para siempre, contra viento y marea. ¿Pensamiento ingenuo?, mucho, pero tan necesario como negar en público nuestro gusto por eso churros románticos atascados de clichés.

Negación, dulce negación:

Recapitulando:

Chico conoce a chica*

Fórmula: El chico conoce a la chica/conflicto/uno de los dos se enoja o entristece y deja al otro/ gesto romántico/reconciliación/final feliz. (Añada triángulo amoroso al gusto o un final infeliz para mayor tensión)

Ejemplos (están por todos lados):

San Junipero (Black Mirror, Temporada 3, Episodio 4)

La Princesa Prometida ( Película, 1987)

La mujer del viajero en el tiempo (Novela, Audrey Niffenegger)

Sailor Moon (Anime, TV Asahi, 1992)

500 días con ella (Película, 2009)

 

*También aplica a chico conoce a chico, chica conoce a chica, etc. porque #LoveIsLove