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Power tropical o la vida del virus Paola


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Paola Andrea Gaviria Silguero es el nombre completo. Se lo pusieron su padre, sacerdote frustrado con complejo edípico, y su madre, adivina de futuros venturosos por necesidad. Esa Paola Andrea fue un caso médico raro. Su madre se había ligado las trompas para no tener más hijos cuando, un día, le comenzó a crecer la panza. Los médicos no sabían qué era. Vivían en Ecuador y los diagnósticos eran variados: embarazo psicológico, retención de líquidos, subida repentina de peso, castigo divino porque su madre se había casado con un sacerdote. Un diagnóstico coincidió en más de un médico: era una inflamación producto de un virus ecuatorial. Un virus tropical.

Así es precisamente como se llama el libro autobiográfico, Virus tropical (Madriguera, 2014), en donde ya no Paola Andrea, sino PowerPaola cuenta su historia. Hay en este libro una muestra de la posibilidad que la narratográfica ofrece para contar historias desde la primera persona. Esta posibilidad ya ha sido explorada en textos como Maus de Art Spiegelman, American Splendor de Harvey Pekar y algunos otros. Rafael Villegas dedica una buena parte de su investigación doctoral, La narrativa gráfica de la memoria, a este tipo de cómics (y cómix) en donde el yo autobiográfico se convierte en voz y trama de lo contado.

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Virus tropical, en ese sentido, está más cerca de lo propuesto por Marjane Satrapi en su maravillosa Persépolis. Hay varias cosas que hermanan la perspectiva de PowerPaola con la de la iraní: la descripción de la infancia y la adolescencia desde una mirada infantil que no pierde verosimilitud por serlo; la cuestión migratoria reflejada en el tránsito de Medio Oriente al Occidente europeo en un caso, y en el otro la migración que transcurre dentro de los países limítrofes de América Latina, Ecuador a Colombia; pero, sobre todo, lo que hay en ambas propuestas es una visión femenina de lo que implica vivir esas realidades siendo mujer.

En la autobiografía de PowerPaola, muchas veces queda clara esa perspectiva cultural que refleja mucho de lo que en América Latina persiste: la ilusión del padre quien espera que, después de haber engendrado dos niñas, la tercera sea un varón; la represión ejercida por los padres hacia las mujeres sólo por el hecho de serlo; la reclusión en colegios exclusivos de niñas; la visión religiosa que se impone sobre toda posibilidad de equidad; el orgullo de las familias colombianas por tener un sacerdote en la familia; y la oposición casi automática al hecho de que las mujeres ejerzan su libertad de las maneras en cómo la cotidianidad lo impone: laboral, profesional, sexualmente.

Hay también una mirada a las familias de clase media alta que de repente son degradadas por las malas jugadas del sistema y el mercado; la forma en cómo se deben mantener las apariencias para no perder la dignidad que se asume como parte de la jerarquía; la facilidad que se tiene para encontrar formas de ocupación si el tono de piel tiende hacia el blanco (las dos hermanas de Paola consiguen trabajar un tiempo como modelos). En términos de contexto social y refiriéndose sobre todo a Colombia, hay un reflejo de lo que esta sociedad era durante los años noventa: la criminalidad extendida y normalizada en todos los niveles socioeconómicos, la violencia como una forma de ser y estar en el mundo, el consumo de drogas como una forma de identidad no sólo generacional sino incluso nacional, la existencia de exiliados extranjeros por la violencia desatada por las dictaduras en sus países de origen.

Más allá de ese collage de referencias sociales, resalta la sensibilidad de PowerPaola para contar su historia: su crecimiento en una familia disfuncional, sus primeros miedos, los iniciales escarceos eróticos, la relación con sus padres, la complicidad con su segunda hermana, las primeras (terribles) experiencias amorosas y sexuales, la pugna constante con una madre exótica y en neurosis continua, la ausencia práctica de un padre despreocupado e irresponsable, la mala leche de una abuela rencorosa por haber perdido la potestad sobre el hijo consentido, el dolor que implica crecer en un contexto donde todos parecen ignorarte.

Virus tropical es un buen producto que abona a la comprensión de lo que somos los latinoamericanos a partir de la historia de una de sus habitantes. PowerPaola ha emigrado a lugares distintos después de las experiencias retratadas en esta novela gráfica. De hecho, su pseudónimo/nombre artístico proviene de la incomprensión: un negro francés le preguntó en el metro, después de que ella abandonara una fiesta en donde tuvo una experiencia romántica terrible, cuál era su nombre: ella dijo “Paola”, él preguntó “¿Power?”, ella intentó corregirlo varias veces, pero después se dio cuenta de que había encontrado algo más: el nombre tras del cual se dedicaría a intentar contar su historia. O la historia de alguien que es como a ella le hubiera gustado ser: poderosa, fuerte, tremenda. En lo que corresponde a la calidad de su propuesta, cumple con esas.

Yo, poeta, me confieso…


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora 

Pero muchos no pueden tolerar que un poeta haya alcanzado, como fruto de su obra publicada en todas partes, el decoro material que merecen todos los escritores, todos los músicos, todos los pintores. Los anacrónicos escribientes reaccionarios, que piden a cada instante honores para Goethe, le niegan a los poetas el derecho a la vida. El hecho de que yo tenga un automóvil los saca particularmente de quicio. Según ellos, el automóvil debe ser exclusividad de los comerciantes, de los gerentes de prostíbulos, de los usureros y de los tramposos.

Pablo Neruda, Confieso que he vivido

Existe en mi educación sentimental, esa construcción arbitraria de experiencias vitales que rigen nuestro comportamiento, una serie de autores que me deslumbraron en mis años de preparatoria y universidad. Lo que leía, y que sigo leyendo aunque la distancia crítica sea más metiche actualmente, me revelaba el mundo como una verdad cuya evidencia no se quería asumir. Hablo de autores como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Milan Kundera, Jaime Sabines, entre otros.

Para mí resulta doloroso, y perdón por el uso del adjetivo, pero creo que esa es la palabra que describe el sobresalto cardíaco que experimento, ver cómo tales nombres se han convertido, para un conjunto de lectores, en motivo de burla debido al supuesto anacronismo de su obra. A la mayoría se le acusa de cursis, de malos poetas o narradores, de manipuladores de la Historia, de simuladores. La sensación de oprobio se me pasa cuando confirmo que tales opiniones, generalmente alimentadas por el veneno y el esnobismo que caracteriza a nuestra vertiginosa época, no borran ni un ápice de las marcas y la memoria que la lectura de los textos de estos artistas dejaron en mí.

Algo similar se ha intentado con uno de los escritores que también forman parte de esa constelación de referencias que inicia como idealismo irreflexivo en la adolescencia pero que evoluciona en admiración crítica de lo que consiguieron al construir arte: Pablo Neruda. Si bien el reconocimiento popular al trabajo del poeta refiere a uno de los libros más leídos del mundo, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el conjunto de su obra refleja la versión lírica de un hombre que fue, según la concepción de Ortega y Gasset, producto, reflejo y voz de su circunstancia. Es imposible no reconocer el tremendo trabajo que implicó escribir algo como Canto general, esa épica de la historia latinoamericana que, a manera de la obra homérica para el contexto helénico, intenta ubicar los orígenes de eso que fuimos y en lo que nos convertimos conforme los años transitaron por lo que Martí denominó Nuestra América.

Asomarse a Confieso que he vivido, la autobiografía del Premio Nobel chileno, es acudir a un lugar privilegiado en la historia del siglo XX. Y a una historia que generalmente es desplazada por la reconstrucción del discurso de eso que falazmente se llama Historia Universal. Su autobiografía es una historia interesantísima, engrosada por la vocación lírica de la que es imposible pedirle que se desate. La poesía salpica la descripción de sus andanzas aquí y allá. Utiliza puntuación para aludir e invocar el ritmo de la lírica. Por ejemplo:

…Han pasado unos cuantos años desde que ingresé al partido… Estoy contento… Los comunistas hacen una buena familia… Tienen el pellejo curtido y el corazón templado… Por todas partes reciben palos… Palos exclusivos para ellos… Vivan los espiritistas, los monarquistas, los aberrantes, los criminales de varios grados… Viva la filosofía con humo pero sin esqueletos… Viva el perro que ladra y que muerde, vivan los astrólogos libidinosos, viva la pornografía, viva el cinismo, viva el camarón, viva todo el mundo, menos los comunistas… Vivan los cinturones de castidad, vivan los conservadores que no se lavan los pies ideológicamente desde hace quinientos años… Vivan los piojos de las poblaciones miserables, viva la fosa común gratuita, viva el anarcocapitalismo, viva Rilke, viva André Gide con su corydoncito, viva cualquier misticismo… Todo está bien… Todos son heroicos… Todos los periódicos deben salir… Todos pueden publicarse… Menos los comunistas…

Por las páginas de este testimonio desfilan nombres que sólo se han visto impresos en libros considerados parte de la historia de la literatura y el arte: Federico García Lorca, Rafael Alberti, David Alfaro Siqueiros, Vicente Huidobro, César Vallejo, Louis Aragon, Gabriela Mistral, el bromista Julian Huxley (hermano de Aldous), Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz; una nómina que crece conforme Neruda acumula años y kilómetros en su haber.

Peregrino del mundo, acudimos a sus experiencias en lugares tan improbables como Ceilán, Hong Kong, Tailandia en sus primeros años como representante diplomático del gobierno reformista de Pedro Aguirre Cerda y a otros que se ponen en el mapa del mundo a partir del combate y victoria a medias en contra del fascismo: España, Francia, Turquía, China, Japón, la URSS, Corea. Aunque muchas de sus páginas más claras, más transparentes tienen que ver con América Latina: sus paseos en México con un momentáneamente liberado David Alfaro Siqueiros, el paso por las cordilleras para escapar de la persecución del gobierno militar de su país, la relación tirante con Argentina, el recital en Nueva York, su visita casi clandestina a Guatemala, su negativa de pisar la Venezuela del tirano Vicente Gómez.

Aparece ahí la Historia, esa serie de héroes y circunstancias que parecen ubicarse aparte del desarrollo del arte pero que no es sino otra de sus facetas de creación: aparece Fidel Castro, Salvador Allende, Stalin (de quien se deslindaría a medias: La íntima tragedia para nosotros los comunistas fue darnos cuenta de que, en diversos aspectos del problema Stalin, el enemigo tenía razón), Eduardo Frei, Pandit Jawāharlāl Nehru, el dictador Ubico, Ernesto Guevara. Como si fuera una especie de Midnight in Paris (Woody Allen, 2011), el lector mira (lee) pasar a una serie de personajes que sólo existían como referencia de los denominados “grandes hechos históricos”.

Pero más allá de esos deslumbrantes flashes, se encuentran las anécdotas simples que Neruda, con talento de narrador nato, va contando de manera intermitente y bien distribuida. Gente del pueblo, cómplices de borracheras, compañeros de desgracias. Existe en esos pequeños relatos una dosis de intento de comprensión del mundo que desentona con el cinismo, la corrección política y la velocidad de nuestro tiempo.

Sobreviven conceptos y valores que hoy se ubican en la bodega de desuso y que rara vez son convertidos en trending topic por las redes sociales, actuales hogueras de las vanidades: la ternura, la solidaridad, la empatía y, llanamente, el amor. Hoy todo eso se resume en palabras como cursilería. Para el lector contemporáneo promedio, acostumbrado a reír por microsegundos ante las ocurrencias de los tuitstars, esto carecería de importancia:

De tantos encuentros entre mi poesía y la policía, de todos estos episodios y de otros que no contaré por repetidos, y de otros que a mí no me pasaron, sino a muchos que ya no podrán contarlo, me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas las cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe nuclear que no dejaría nadie ni nada sobre la tierra. Pues bien, esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entraría la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.

Quizá esa sensación de vivir al borde del exterminio es lo que nos ha vuelto tan cínicos, tan faltos de compromiso, tan volátiles. No hemos vivido la guerra como una sensación cercana. A pesar de que las violencias contemporáneas están demostrando ser más mortíferas. Para Neruda lo que sobrevive al final es la poesía. Y la poesía debe encontrar el equilibrio, como la narrativa, como todas las artes. Un equilibrio que no es fácil de vislumbrar o alcanzar.

El poeta que no sea realista va muerto. Pero el poeta que sea sólo realista va muerto también. El poeta que sea sólo irracional será entendido sólo por su persona y por su amada, y esto es bastante triste. El poeta que sea sólo un racionalista, será entendido hasta por los asnos, y esto es también sumamente triste. Para tales ecuaciones no hay cifras en el tablero, no hay ingredientes decretados por Dios ni por el Diablo, sino que estos dos personajes importantísimos mantienen una lucha dentro de la poesía, y en esta batalla vence uno y vence otro, pero la poesía no puede quedar derrotada.

La autobiografía de Neruda concluye con el testimonio que deja, dolorosamente, sobre el golpe de Estado que ha depuesto al presidente Salvador Allende por quien el Neruda candidato presidencial ha declinado. Se ciernen las sombras del militarismo sobre la patria del poeta más famoso de América Latina y, aún en esa cama de enfermo terminal (tenía un avanzado cáncer de próstata), la aventura y las conspiraciones lo continúan persiguiendo: algunas versiones contemporáneas afirman que el poeta fue envenenado con una bacteria modificada genéticamente e inoculada por un doctor inexistente en los registros que sería, según algunos, un famoso agente de la CIA. Otros afirman que murió apenas unos días después del golpe por el dolor de ver caer lo que él consideraba la esperanza de una nueva oportunidad para su patria. Al parecer no hay consenso sobre la causa de su muerte. Pero sí lo hay sobre la grandeza de su vida y de su obra. Sobre su confesión de culpabilidad de haber sido un hombre digno de su circunstancia. Sobre su profundo credo.

Vamos, poema de amor, levántate de entre los vidrios rotos, que ha llegado la hora de cantar.

Ayúdame, poema de amor, a restablecer la integridad, a cantar sobre el dolor.

Es verdad que el mundo no se limpia de guerra, no se lava de sangre, no se corrige del odio. Es verdad.

Pero es igualmente verdad que nos acercamos a una evidencia: los violentos se reflejan en el espejo del mundo y su rostro no es hermoso ni para ellos mismos.

Y sigo creyendo en la posibilidad del amor. Tengo la certidumbre del entendimiento entre los seres humanos, logrado sobre los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados.

La ficción de la memoria

 


Inspirado en hechos reales

POR ÉDGAR ADRIÁN MORA

Santa Teresa de Jesús afirmaba que la imaginación era la loca de la casa. En esa alegoría del cuerpo y de la vida se halla encerrada una de las ideas más inquietantes con respecto de lo humano: la imposibilidad de lo verdadero como elemento de la memoria. Y la cuestión es más evidente cuando de escritores se trata. No hay forma de pensar en cuestiones verdaderas o verificables al contar la propia vida.

La contemporaneidad nos arroja a la cara, literalmente, lo inútil de tal aspiración. En cada muro de Facebook o en cada tuit, asistimos a la construcción de una autobiografía narrada en tiempo real. Y en esa narración encontramos casi siempre sólo aquellos momentos que al narrador protagonista, el dueño de la cuenta, le importan exponer: sus éxitos, las cuestiones que le permiten reforzar su identidad mediática, lo que no cuestiona ni contradice la imagen que sobre él ha creado. Poco o nada de los fracasos, ausencia de los yerros, nulidad del lado oscuro.

La imaginación opera en muchos sentidos cuando de narrar la propia historia se trata. Un juego que pone en evidencia esto es el que realiza Rosa Montero en La loca de la casa (Alfaguara, 2003). En este híbrido, que es al mismo tiempo autobiografía y ensayo sobre la escritura, en alguna parte la autora narra un mismo hecho de su vida de tres maneras distintas. O, mejor dicho, al realizar un planteamiento narrativo (la ocasión en que la autora-narradora conoce a un famoso actor de cine de décadas pasadas), el desarrollo y el desenlace de tal episodio se modifican para convertirse en tres historias-anécdotas distintas.

El experimento es desconcertante en un inicio. Cuando el lector se topa con el mismo planteamiento, narrado con las mismas palabras, pareciera que éste ha encontrado una errata monumental en un libro que no debería incluirlas. Y, sin embargo, al avanzar en la lectura, se cae en cuenta que lo que en un momento era “esto ya lo había leído” se convierte en “esto es otra historia”. Así opera entonces el espíritu ensayístico de un libro que en primera instancia parece una autobiografía.

Y la duda se instala con respecto de los demás hechos narrados en el texto: ¿De verdad Rosa Montero tendrá esa hermana que se menciona en las primeras páginas? ¿Acaso el padre es tan conservador como se le pinta en alguna de las viñetas? ¿Qué tanto el desamor es parte de la construcción identitaria que la autora refleja en las páginas que conforman el relato? ¿Será cierto que su perro Bicho murió cuando se publicó el libro en el cual aparecía como personaje?


#Continuum #HistoriasSinSpoilers

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De esta manera, lo que comienza como un ensayo autobiográfico que aborda la relación entre la vida y la imaginación, se convierte repentina y venturosamente en un texto que aborda multitud de temas asociados con el trabajo creativo de la escritura: el amor, la locura, el proceso creativo de la novela, la contención y la falta de ésta a la hora de escribir.

En un aparente caos, que no lo es en tanto se organiza a partir de los capítulos que integran el texto, se va desarrollando lo que, si confiamos en las declaraciones de la autora, constituye una radiografía de su poética. Y muchas de las ideas que Montero expone podrían quizá resumirse en la siguiente idea:

“[…] el desorden psíquico más común entre los novelistas es la mitomanía. Algunos escritores no parecen tener del todo claras las diferencias existentes entre las mentiras de las novelas y las mentiras que ellos cuentan en su vida real. Estos autores adornan sus propias biografías con hechos portentosos, todos falsos, convirtiéndose a sí mismos en los más elaborados personajes salidos de su fantasía”.

Esa mitomanía, sin embargo, no se manifiesta de la misma forma. Mucho tiene que ver el tipo de escritor que se es a partir de la relación que se establece con la memoria. En determinado momento, los escritores quedan divididos por la autora en escritores memoriosos y amnésicos. Los define:

“Los primeros son aquellos que están haciendo un constante alarde de su memoria; probablemente son seres nostálgicos de su pasado, es decir, de su infancia, que es el pasado primordial y originario; sea como fuere, los memoriosos comparten un estilo literario más bien descriptivo, reminiscente, lleno de muebles, objetos y escenarios cargados de significado para el autor y dibujados hasta el más mínimo detalle.

[…] Los autores amnésicos, en cambio, no quieren o no pueden recordar; seguramente huyen de su propia infancia y su memoria es como una pizarra mal borrada, llena de chafarriones incomprensibles; en sus libros hay pocas descripciones detallistas y suelen tener un estilo más seco, más cortante. Se concentran más en la atmósfera, en las sensaciones, en la acción y la reacción, en lo metafórico y emblemático”.

A partir de esa división, podemos clasificar a los escritores que hemos leído en alguno de los dos rubros: Tolstoi, Dostoyevski, Dickens, Proust, Joyce, Fernando Vallejo, son memoriosos; Conrad, Kafka, Poe, Rulfo, amnésicos. Aunque quizá tal clasificación modifique los nombres que incluyen sus listas a partir de la percepción del lector y, también, de la capacidad camaleónica y de imaginación de los autores. El Melville de Bartleby, el escribiente puede ser amnésico, mientras que en Moby Dick es memorioso.

Una de las cosas que caben resaltar de este entretenido e inteligente ejercicio que hace Rosa Montero, es la cantidad tremenda de anécdotas de escritores que menciona en, prácticamente, cada uno de los capítulos. Nombres de clásicos, de románticos, de contemporáneos, aparecen en los párrafos para ejemplificar algún punto, olvidándose, en muchos casos, del argumento en favor de la historia. Quizá lo que le quedó al final a la autora sea, más que una autobiografía, una historia de su relación personal con la literatura, la imaginación y la escritura. Historia contaminada de estos elementos de maneras recíprocas y orgiásticas, lo que impide, en muchos puntos, verificar sus límites.

Es un texto en suma disfrutable y que nos pone a reflexionar, a quienes pretendemos ser aprendices de escribientes, acerca de los mecanismos que empujan y caracterizan nuestra propia relación con las letras. La sensación al terminar el libro podría resumirse en la frase que Silvia Molloy utiliza a razón de su estudio de los testimonios: “Cada ficción es, claro está, recuerdo”. Podemos, sin temor, invertir la ecuación y corroborar que funciona igual.