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La esperanza es un vuelo oscuro y solitario


Por Nora de la Cruz

Todos podemos reconocer una obra maestra, y algunas de ellas serán determinantes en nuestra concepción del mundo y de la belleza. Pero si somos sinceros, los libros que podemos llamar favoritos, los cercanos a nuestro corazón, lo son por razones que van más allá de su calidad. Se trata de lo que nos dijeron de nosotros mismos en determinado momento de nuestras vidas.

Hace algunos años, mientras escribía una tesis, me sentía sumida en el desastre. Tenía varios empleos sin futuro, me daba miedo la ciudad con su violencia, ninguna oportunidad se avizoraba. Mi tutora es una autoridad en la materia, pero además una mujer increíblemente generosa que me recibía en su casa y luego de entregarme sus observaciones escuchaba mis preocupaciones y me aconsejaba. A sus años tenía toda la experiencia para ser crítica, pero en sus consejos siempre había lugar para la esperanza. Una tarde en la que yo me sentía particularmente pesimista, me habló de Vuelo nocturno. No existen milagros, me dijo, solo fuerzas que uno pone en marcha.

Caminé hacia la Gandhi, muy cerca de la casa de la profesora, y encontré la novela enseguida. Es muy breve y sencilla, se lee tan fácilmente como El Principito, la obra más célebre de Antoine de Saint-Exupéry, su autor. Cuenta la tensión que representaba, en los inicios los vuelos nocturnos comerciales, la ida y vuelta de los pilotos que se dirigían de Europa a América del Sur para entregar el correo. La experiencia de sobrevolar esos territorios, con lo imponente de la naturaleza y lo minúsculo de la vida humana puestos en su justa proporción, eran algo con lo que el novelista estaba familiarizado, al ser él mismo un piloto. Eso es evidente en sus descripciones, inteligentes y a la vez delicadas, que nos transmiten el sentido de aventura y la sensación de poder, pero también el asombro.

Los personajes centrales del relato, el aviador Fabien y su jefe Riviére, son héroes modernos; enfrentan el miedo y consiguen una proeza que, sin embargo, pasa casi inadvertida, tal vez porque la realizan a diario: cada noche son responsables de cruzar la oscuridad, entregar los correos y volver, Fabien desde el cielo, en un avión, y Riviére en tierra, en una sala de controles. Cuando algo falla son la misión y una vida lo que está en juego, por eso todos sus sentidos están involucrados en ello a tal grado que el resto de su existencia está en suspenso: no hay nada más importante que mirar el cielo. Los aviadores y los técnicos invierten todo su tiempo en la intranquilidad del vuelo y solo tienen un breve descanso cuando el correo es entregado y el piloto vuelve a Europa. Pero la paz dura poco: la noche siguiente saldrán otros vuelos porque, como Riviére sabe, no existe la llegada definitiva de todos los correos.

La tensión permanente de Fabien, que lucha contra el peligro, y de Riviére, que vigila protectoramente su viaje, con la impotencia de hacerlo desde una lejana orilla es, como El Principito, una alegoría de la vida. Para Antoine de Saint-Exupéry, se trata de una lucha incesante contra la adversidad, movida por el sentido del deber, y cuya recompensa es, justamente, su cumplimiento. El taciturno Riviére, después de cuarenta años de trabajo, se detiene por un momento a pensar que su vida ha sido eso, solo eso, pero no lo piensa con amargura, sino con la satisfacción de quien mira la obra que produjo con paciencia y oficio. Fabien, varado en la oscuridad en medio de la nada, con un avión descompuesto, solo y aparentemente perdido, teme, pero no sabe rendirse. Necesita encontrar la manera de poner en marcha el motor y para ello necesita salvarse del miedo.

La vida es también saber que no es posible quedarse mucho tiempo en ningún sitio del alma: ni en la alegría ni en el temor ni en la paz ni en la frustración. No existe la llegada definitiva de todos los correos, eso que llamamos la estabilidad no es más que un espejismo: no hay milagro. Pero hay un motor que vuelve a andar en medio de la noche en el desierto: es la vida que falla o triunfa, pero nunca se detiene.

La prisa del consumo cultural


Lente anónima

Por Mariana Mota

Metanfetamina, decisiones de vida, quebrantamiento de la ley, consecuencias. Los Pollos hermanos. Los últimos días esos temas han rondado mis pensamientos, y Hank, Walt, Jessie son personajes que ya se volvieron entrañables para mí. El problema es que, una vez más, llego tarde a la conversación. Así me lo dijeron recientemente sí, sí, Mariana, pero ya se habló de Breaking Bad hace mucho. Aunque las palabras iban en tono de broma, una verdad se asomaba.

Existe una presión latente en cuanto al consumo de entretenimiento y arte. ¿No has leído Cien años de soledad?; Maestra, ¿no conoce a Canserbero?; ¿Nunca has visto House of cards?; ¿No sabes quién ganó el premio Cervantes este año? El tono de esas preguntas parece más acusativo que interrogativo, como si todos tuviéramos la obligación de acercarnos a ese estupendo producto en el momento en que sale al mercado, cuando los “expertos” lo están degustando. Aunque también entiendo que es una manera de expresar sorpresa: ¡cómo puedes perderte esta maravilla que a mí tanto me gusta!

Una de las características que tiene el arte, creo, es la atemporalidad: un cuadro, una película, una novela, una canción va a generar revolución en la persona, sin importar el momento en el que llegue a ella. Y una de las ventajas de la ignorancia artística es que hay todavía más terreno por descubrir: toda esa música que no escuché en mi adolescencia, por obsesionarme con los pobres discos de Mercurio y Flavio César, siguen siendo novedad para mis oídos. Y aunque en un principio me apenaba no saber quién era Kurt Cobain o Jim Morrison, hoy me pasa lo contrario: me emociono cuando escucho nombres desconocidos porque imagino el terreno de posibilidades que aún me falta por explorar. Y toda esa obra de la que me perdí, si en verdad es artística, me va a significar algo similar a aquellos que tuvieron la suerte de acercarse al pastel recién salido del horno.

Hace poco también comprendí lo que podría ser la antítesis de lo que estoy diciendo: productos que deben ser vistos en el momento en que salen, pues fuera de contexto pierden sentido. Durante muchos años supe de una película que reunía a un gran atractivo visual de Hollywood y que, supuestamente, revolucionó por su temática, pero nunca la había visto. Hace una semana vi Entrevista con el vampiro y me pareció ridícula y pretenciosa, pero quizás en su momento no haya sido percibida así. ¿Los productos cambian con el paso del tiempo o uno es el que se transforma? Siempre ha existido esa interrogante y me atrevo a decir que es un poco de ambas.

Quizás el arte también sea una especie de moda: palabras que se cuelgan como collares modernos, opiniones que perfeccionan el rostro. Y si no el arte, al menos la opinión sobre él. Yo siempre me he asumido indiferente a la moda de la apariencia (anticuada, incluso), y ahora me doy cuenta que también de la cultura y del entretenimiento: me gusta utilizar los sentidos a mi propio ritmo. Sin presiones, sin obligaciones; no importa si el mundo ya habló de lo que yo apenas me aventuro a conocer. Aunque reconozco que llegar tarde me priva de ciertos placeres, como el de la conversación, pues cuando algo pasa de moda, ya no es atractivo en el discurso, pues hay nuevas cosas por las cuales discutir. Por cierto, todos tenían razón: Breaking Bad es hermosa literatura visual y finalmente entiendo las razones.

 

Agota Kristof o la revelación de volver a empezar


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Uno de los temas más recurrentes en las autobiografías de varios escritores del siglo XX tiene que ver con las experiencias que la guerra (o las guerras; más aún las Grandes Guerras) dejaron impresas en su escritura. En este sentido, las memorias de aquellos que vivieron la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial o las guerras civiles al interior de sus países han generado una buena andanada de textos en los cuales se refleja la manera en cómo los conflictos armados impactan en el estilo, la poética y la forma de ver el mundo de quienes han padecido estos hechos históricos. En México la experiencia armada de la Revolución, por ejemplo, generó toda una serie de obras que hoy se conciben incluso como un periodo en la historia de la literatura nacional; una “corriente” desigual, pues igual cabe Martín Luis Guzmán o Nellie Campobello que las memorias de Emilio Portes Gil y demás generalotes en búsqueda de justificar sus acciones político-militares.

Otra vertiente de esa escritura transita por la experiencia que representa vivir en un país ocupado por una fuerza extranjera, o cuya influencia es tan grande que modifica las condiciones de creación de sus habitantes. Tal vez Milan Kundera sea uno de los autores quien más ha abordado esta cuestión a lo largo de su obra. La presencia rusa en la Europa del Este ha dado muchas de las mejores páginas de la literatura universal; la manera en cómo la hegemonía soviética impuso una forma de concebir el mundo y el arte, posterior al triunfo de los aliados en la Segunda Guerra, se filtra de manera nostálgica y como denuncia por las páginas de escritores varios.

Agota Kristof, en su testimonio autobiográfico que titula La analfabeta, es una de esas voces. Cuando se habla de autobiografía se tiende a pensar en mamotretos gruesísimos que son proporcionales al ego del recordador o a la influencia que los demás consideran que generó su obra. A Kristof le bastan unas cuantas páginas para describir su propia experiencia como refugiada que, tras el fracaso de la Revolución húngara en 1956, decide, junto con su esposo y su pequeña hija atravesar fronteras para refugiarse en Suiza, lugar en donde sobrevivirá como trabajadora de una fábrica y desde donde comenzará, después de aprender francés, a escribir relatos y obras de teatro en ese idioma.

De hecho, el título de su testimonio refiere precisamente a la sensación que implicó para ella darse cuenta de que, después de ser una escritora emergente en su país, se convirtió en una analfabeta (alguien que no leía ni escribía) en el idioma del lugar que le otorgó refugio.

Los capítulos breves que conforman ese testimonio son narraciones de cómo se contagia de la lectura a partir de la profesión como docente particular de su padre en su país natal, de ahí a la manera en cómo inventaba historias para atormentar a su hermano menor, la forma en cómo el abuelo la presume con tremendo orgullo leyendo en público en voz alta.

Después de eso viene la experiencia de la ocupación. La forma en cómo los soviéticos imponen en los territorios asociados a su campo la obligatoriedad de aprender la lengua, la historia, la identidad. Dice:

Al principio, no había más que una sola lengua. Los objetos, las cosas, los sentimientos, los colores, los sueños, las cartas, los libros, los diarios, estaban en esa lengua.

Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera.

Su experiencia con el ruso es árida. Representa una lengua enemiga. La lengua de la imposición, de la transformación a fuerza de la manera de concebir y de estar en el mundo. Frente a esa obligatoriedad lo que se establece es una resistencia férrea, que siempre tiene que ceder mínimamente merced a las sanciones establecidas por los ocupantes. La lengua es parte de esa necesidad de imponerse al otro, obligarlo a aprender lo que se reconoce ajeno.

Nadie conoce la lengua rusa. Los profesores que enseñan lenguas extranjeras —alemán, francés, inglés— siguen cursos acelerados de ruso durante algunos meses. Pero no conocen realmente esta lengua y no tienen ganas de enseñarla. Y, de todos modos, los alumnos tampoco tienen ningunas ganas de aprenderla.

Asistimos aquí a un sabotaje intelectual nacional, a una resistencia pasiva natural, no concertada, pero muy evidente.

Con la misma falta de entusiasmo son enseñadas y aprendidas la geografía, la historia y la literatura de la Unión Soviética. De las escuelas sale una generación de ignorantes. 

La situación se hace insoportable para espíritus ilustrados y críticos como el de Kristof. Es ahí en donde descubre la tiranía de llegar a un sitio en donde la comunicación se trunca, en donde la posibilidad de conocer y comprender al otro se ve interferida por el desconocimiento del idioma. La llegada a Suiza, a través de bosques y con la ayuda de un “pastor de refugiados” se convierte en un hecho que, en la memoria, se convierte en algo borroso y cuyo recuerdo se pierde en la bruma del dolor de la pérdida.

Agota Kristof

Curiosamente, son pocos los recuerdos que conservo de todo aquello. Es como si todo hubiera sucedido en un sueño o en otra vida. Como si mi memoria se negara a recordar ese momento en el que perdí una gran parte de mi vida.

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, son despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo.

Los primeros años del destierro son de carencias. De trabajo mecánico en una fábrica, actividad que debido a su monotonía le permite comenzar a escribir poemas. Por la noche llega a su habitación y comienza la escritura de narraciones. Pero todavía en su idioma. La revelación de ser una analfabeta, la orilla a aprender el idioma francés, a pesar de considerarla, como al ruso, una lengua enemiga. “Está matando a mi propia lengua”, acusa en algún momento.

Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años.

Conozco las palabras. Cuando las leo, no las reconozco. Las letras no corresponden a nada. El húngaro es una lengua fonética; el francés, todo lo contrario. […]

Yo también empiezo, empiezo de nuevo a ir a la escuela. A los veintiséis años me inscribo en los cursos de verano de la Universidad de Neuchâtel, para aprender a leer. Son cursos de francés para estudiantes extranjeros. Hay ingleses, americanos, alemanes, japoneses, suizos alemanes. El examen de ingreso es un examen escrito. Un desastre, me ponen con los principiantes.

Después de varios años, la historia de Kristof tendrá un final feliz: su novela El gran cuaderno, será un gran éxito de crítica y ventas. Tendrá traducciones a más de treinta idiomas, algunos de ellos considerados antaño “lenguas enemigas” por la autora. Después de vagar por el mundo físico de la Europa de mediados del siglo XX y por el mundo de la diversidad de lenguas de ese espacio geográfico, las memorias de Kristof concluyen con una declaración que puede considerarse manifiesto inspirador:

Sé leer, de nuevo sé leer. Puedo leer a Victor Hugo, Rousseau, Voltaire, Sartre, Camus, Michaux, Francis Ponge, Sade, todo lo que quiera leer en francés y también a autores no franceses, pero traducidos, como Faulkner, Steinbeck, Hemingway. Todo está lleno de libros, de libros comprensibles, por fin, también para mí. […]

Sé que nunca escribiré el francés como lo escriben los escritores franceses de nacimiento, pero lo escribiré como pueda, lo mejor que pueda.

No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.

Estoy obligada a escribir en francés. Es un desafío.

El desafío de una analfabeta.

Gisela y el lenguaje de la ciudad (Parte 1)


Los lenguajes de Gisela

Por Jazz Noire

La prisa y el olvido

Cada vez que debe cruzar una calle y el automovilista en turno no utiliza su direccional para anunciar que dará una vuelta (y la da), Gisela se pregunta si hay alguna clase de epidemia que imposibilita a los conductores usarla o que provoca, en todo caso, que esas luces dejen de funcionar en casi todos los vehículos. Pues ese automovilista no ha sido el primero y seguramente no será el último, antes de él hubo otro que no las usó, y antes de ese hubo uno más, cinco más, diez, todos los del día anterior y los del jueves y los del miércoles (extrañamente hubo uno el martes que sí indicó su vuelta con su respectiva direccional; Gisela pensó que la epidemia había terminado, pero al parecer solo era un inmune).

Ahora, como todo buen peatón que aprecia mínimamente su vida, Gisela tiene que estar atenta ante cualquier conductor que pueda dar una vuelta. Antes de cruzar, debe mirarlo directamente a los ojos mientras se aproxima a la esquina y adivinar sus intenciones reflejadas en ellos, leer en microsegundos si su mano va a girar el volante o lo mantendrá en su lugar. Mover un pie, bajar la banqueta, y ya demasiado tarde para intentarlo, sabrá si hubiera tenido oportunidad de cruzar o si debe regresar a la zona segura. Si el automóvil ha dado vuelta o no, ya no importa, ahora Gisela debe adivinar las intenciones del siguiente y del siguiente hasta que alguien se apiade de ella y le dé el paso, o hasta que la calle quede libre, o bien, esperar a que pase la siguiente tanda de automóviles que avanzan en línea recta, pues su semáforo se ha vuelto verde, y aprovechar esos breves segundos en donde todo el mundo se detiene ante el cambio de color. Muchas veces tiene que ser la segunda o tercera opción.

¿Qué tan difícil es accionar unas luces? Ya que no es solo un aviso para el peatón, es para los demás conductores que también esperan ansiosos girar en primera o segunda fila, que esperan avanzar a la misma velocidad sin detenerse o pasarse un alto porque ya no vienen más autos en la calle que está en verde. ¿Qué importan las personas que quieren cruzar la calle cuando es su turno para hacerlo? ¿Qué importa cuando hay una luz enfrente que indica que debes esperar pero no lo haces? Porque todos tenemos prisa, todos tenemos un tiempo límite que nos marca el inicio de una cita importantísima o un trabajo que nos bajara el sueldo si volvemos a retrasarnos por más de diez minutos. A todos se nos hace tarde, todos quisiéramos volar o teletransportarnos en esos días en que somos demasiados en la ciudad y ya no cabemos, ya no nos aguantamos.

El buen peatón

Gisela, como buen peatón, comprende que la prisa es prioritaria para los automovilistas estresados que deben soportar a sus iguales imprudentes, que hay que darles paso primero porque ellos y sus vehículos pueden lastimarse más que nosotros: podemos rayarles el auto, abollarlo, mancharlo con nuestra sangre… ¿Y qué harán ellos después con el cargo de conciencia? Con el debí verlo venir, el debí regular la velocidad, el no debí pasarme el alto, el debí anunciar la vuelta, o el pinche gente que no se fija al cruzar, el pinche gente huevona que no usa los puentes peatonales. Porque sí, como buen peatón, Gisela comprende que no siempre es culpa de ellos, que a veces las prisas ganan también a los peatones, que a veces las distracciones se vuelven mortales y nuestra flojera puede más que nuestro amor por la vida.

Como buen peatón, como buen automovilista, Gisela nunca olvida que, sea la forma en que se desplace, en algún momento podrá ser ese otro que tiene prisa, que no espera, que no mira más allá de su propio reloj. Todos somos peatones y automovilistas en algún momento de nuestra vida y, como buenas personas, comprender lo que es estar del otro lado puede salvar a más de uno.

Por el momento, a Gisela solo le queda esperar que la epidemia se detenga pronto, no solo la de las direccionales inservibles, sino la de los peatones distraídos y la de los automovilistas imprudentes.

Estudié Psicología para ser escritora


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Entré a la carrera para desarrollar personajes, voy a ser escritora.

Supongo que hubiera sonado bien para una alumna que cursa sus primeras semanas en la Licenciatura en Comunicación y quizás hubiera hecho sonreír a algunos maestros de Letras; pero cuando yo me soltaba aquél choro en las aulas de Psicología, los maestros mal disimulaban la risa.  Bueno, parecían pensar, pues a ésta ya la perdimos desde los primeros días, dediquémonos a los demás.

Lo cierto es que conforme fueron pasando los semestres, se me olvidó esta idea y comencé a verme como una futura psicoanalista. Afortunadamente, en mis prácticas descubrí que era pésima terapeuta: fumaba como loca durante las sesiones con adolescentes y casi les invitaba los cigarros, desconcertaba a mis pacientes con una campana tibetana que supuestamente hacía vibrar para que se relajaran pero no sabía usar muy bien y terminaba alterándolos con inesperadas campanadas, y sufría de vómito y ataques de pánico después de las sesiones con algunos niños a quienes no tenía ni puta idea de cómo acompañar.

Hace un par de semanas fui a un taller de lectura organizado por Juan Fernando Covarrubias para platicar sobre Todos los ruidos del mundo, y resultó que, sentado a la misma mesa, estaba uno de aquellos profes a los que les soltaba el rollo aquel de: yo estudio psicología para escribir. Choche, a quien apodábamos así porque entonces se parecía al integrante de Bronco, era ahora Carlos, un lector simpatiquísimo y con muchas preguntas interesantes, y yo era la autora invitada que hablaba hasta por los codos porque había llegado temprano y me moría de nervios.

Tardamos casi toda la sesión en ubicar de dónde nos conocíamos y cuando lo logramos supongo que ambos nos sentimos un poco viejos; él se fue poniendo serio, yo nombré a compañeros que eventualmente desertaron de la carrera y me acordé de lo pendeja que debía sonar diciendo aquello de estudio Psicología para crear personajes.

Después de casi veinte años (en enero se cumplen y nomás de sacar la cuenta me dieron ganas de llorar), cumplí de alguna manera: doy clases de análisis de personaje, uso la teoría que aquellos maestros esperaban diera frutos en un consultorio para aplicarla a la ficción. En los manuales de guion he encontrado que todo eso que yo pensaba que me serviría para escribir, efectivamente funciona y puede ser valioso para otros creadores. Las viejas notas que me hacía en la cabeza, pensando en cómo Freud podría aplicarse para entender a un personaje, o cómo Jung parecía hecho para analizar novelas y películas, han rendido frutos.

Quiero pensar que soy mucho mejor tallerista que terapeuta (perdí la campana tibetana, sigo fumando en las sesiones pero no vomito al final), que todo ha tenido sentido y que aunque me escuchaba como una loca en aquel entonces, no estuve tan equivocada: estudié Psicología para ser escritora.


Coco o la fragilidad de la memoria


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Fundamentalmente fui a ver Coco por el perro. Es decir, por el personaje del perro Dante. Llámenlo nostalgia —porque sí extraño a Artemio— o simple curiosidad cinéfila, pero me pareció muy acertado que Pixar utilizara al xoloitzcuintle para abrirnos la puerta a su versión de una de las tradiciones mexicanas más arraigadas y menos entendidas de todas las que tenemos.

Vale la pena decir que el actual rito del día de muertos es resultado del sincretismo entre la celebración indígena de los muertos presidida por la diosa Mictecacíhuatl o dama de la muerte, la celebración católica traída por los españoles del día de los fieles difuntos y la celebración celta del Samhain o banquete de los muertos (que derivaría en América en el Halloween —All Hallow ́s Eve— y posteriormente en el Día de Todos los Santos). Quizá en algunos años agreguemos a este listado el tradicional desfile del día de muertos cortesía del agente 007.

Antropología aparte, creo que Pixar merece un aplauso por la meticulosidad y detalle con el que crearon esta historia. Tres años de investigación antropológica en sitio dieron la base para que todo lo que vemos en Coco lo sintamos profundamente familiar. A cambio de esto, las de cocodrilo en el cine, por supuesto.

Cuando una obra, ya sea una película, una novela, un cuadro, una fotografía nos confronta con nuestros pensamientos y emociones y nos obliga a buscar respuestas a aquello que desconocemos o no comprendemos del todo, es cuando el arte cumple con su objetivo.

Yo creo que el cine por ejemplo, cuando es buen cine, tiene la increíble capacidad de fijarse en nosotros como una memoria, como un recuerdo propio. La experiencia cinematográfica rebasa las líneas de la realidad y la circunstancia personal y se tatúa en nosotros como una vivencia propia, ofreciéndonos una gama nueva de emociones, de razonamientos, de conclusiones.

Este fue precisamente el caso de Coco. La virtuosidad con la que cada detalle es reconocible y se inserta y despierta como propio en nuestra psique colectiva: la vieja tv proyectando la película en blanco y negro, la guitarra de clavos y alambre, el altar con las fotos familiares contando una historia pero escondiendo otra, la chancla de la abuela como último método de amorosa disciplina, la comida, el tequila, el papel picado, los íconos mexicanos enmarcando la vida cotidiana, la versión del mictlán que empieza en las pirámides y superpone sobre ellas el México de ahora de vecindades y torres de departamentos y calles empedradas y plazas con kioskos y caos, la fiesta interminable, el trabajo en familia, los primos enfadosos y queridos, y por supuesto el perro ingobernable y profundamente arraigado como protector y como guía de la infancia.

Abre la puerta para que aún después de que la película termine, pasemos días rumiando en nuestro propio lugar acerca de nuestra memoria, de lo que será de nosotros cuando nos vayamos.

Si tu foto no está en el altar, no puedes regresar al mundo de los vivos a ver a tu familia. Si tu foto no está en el altar es porque no se habla de ti, porque tu legado fue pobre, porque te olvidaron, porque una generación de nietos y bisnietos te perdió la pista. Si tu foto no está en el altar, ya muerto mueres lentamente, hasta que nadie más habla de ti, hasta que mueres la muerte real, la del olvido. Si tu foto no está en el altar es porque la memoria es una cosa frágil, delicada como pétalo de cempasúchil.

Qué cabrona la vida que de algunos quisiéramos dejar de hablar para que ni muertos regresaran, y de otros, quisiéramos llenar todos los altares con sus fotos, su comida, sus recuerdos para que nunca dejaran de venir.

Yo pensé en mi abuela Irene, la que me enseñó a leer. Échenle la culpa a ella por estas palabras.

Dentro de una esmeralda


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Salvador Díaz Mirón, el poeta veracruzano y modernista, fue lo que hoy llamaríamos “un gran hijo de puta, un cabrón”. Tuvo un espíritu rencoroso y un carácter desfachatadamente agrio. Armarla de pedo era su estilo de vida. Fue tan colérico que su libro más importante, Lascas, comienza con el reclamo a unos gringos que publicaron sus poemas con erratas, títulos incorrectos, fragmentos de más y de menos y, por si fuera poco, no le pagaron por la publicación ni un mugre peso, ni un méndigo dólar:

“Una tipografía yankee juntó en un volumen, y luego puso en venta, ciertos cantos de mi cosecha, recogidos de los periódicos; pero lo hizo sin mi consentimiento, sin consultarme siquiera, ni enviarme un céntimo. Perpetró una usurpación, un despojo; se apoderó alevemente de lo ajeno y lo expendió como cosa suya. ¡Buen provecho! Más que el desvergonzado latrocinio, dolióme que la extranjera empresa, provista y asesorada por no sé qué «paisano mío,» recargara, con pecados que no cometí jamás, mi asendereado nombre literario, que ya andaba con pesado fardo. Mis infortunadas composiciones yacen en el haz fraudulento, no sólo plagadas de horribles yerros de imprenta, sino alteradas intencionalmente, y como por malicia de inquina, pues advierto allí grotescos cambios de títulos, al par que nocivas supresiones y añadiduras.”

Cabe mencionar que se imprimieron, en su momento, quince mil ejemplares de Lascas y se vendieron toditos, así de popular era Mirón.

Díaz Mirón fue además una especie de Chuck Norris emocional, ya que enfrentó tribulaciones terribles. Tuvo que vivir separado del amor de su vida e incluso, en un desplante total de brío, asistió a la boda de aquella mujer quien terminó casándose con otro. También se cuenta que ella amaba tanto a Mirón, que al no poder tenerlo, un día le mandó una carta escrita con sangre para hacerle saber que la vida no era nada sin él. Mirón habla de ello en el poema: A Tirsa.

Y un consuelo has escrito a mis penas;

y la tinta consagra el favor,

si es carmín que ha corrido en tus venas

y por mí ha pintado un rubor.

El veracruzano se enfrentó con templanza a una de las situaciones más ásperas para el espíritu: la muerte de su hija de apenas quince años. El suceso se menciona en el poema Venit hesperus:

¡A nobles luchas nada me incita;

conculco y mancho laurel de pro!

El bardo sufre tremenda cuita

echando menos la tortolita

que al aura obscura se le voló.

Díaz Mirón no tenía ninguna mesura frente a sus impulsos de violencia, disparaba su arma a la menor provocación. Durante un juego de damas, el poeta se encabronó tanto porque iba perdiendo que se agarró a balazos con su rival. Durante esta batalla Mirón fue herido en el hombro y su brazo quedó inutilizado por el resto de sus días. Aun con el brazo tullido, Salvador tuvo peleas a muerte con otros varios tipejos. Uno de ellos incluso le dio un madrazo en la cabeza al poeta con un trozo de madera (dicen que la cabellera exorbitante de Mirón amortiguó el golpe y lo salvó de la muerte). Luego de recuperarse y sacudirse las astillas y el polvo de la melena, Súper Mirón persiguió a su agresor y le vació la pistola hasta matarlo.

También se sabe de cierto que el veracruzano fue condenado a cuatro años en la cárcel por matar a quemarropa a un hombre de apellido Wolter, quien murió con el puro aún prendido y enhiesto en la mano. Salvador salió libre mucho antes, debido a sus influencias. A Díaz Mirón le dieron después una sentencia de ocho años por dispararle a un diputado (no lo culpo), pero gracias a un amparo, sólo estuvo algunos meses en prisión. A los 74 años, el vate se peleó con un alumno contestón e irresponsable (tampoco lo culpo) y lo agarró a culatazos hasta que hizo que el joven perdiera el conocimiento. Cuando le erigieron una estatua a Salvador en su tierra, muchos aseguraron que el índice de la figura apuntaba con cinismo hacia el cementerio para hacer saber a los paseantes: “Allí están enterrados todos los que me chingué”.

Pero, en fin, resulta que cuando Mirón no estaba sufriendo los embates de la pinche vida o asesinando a indeseables, se dedicaba a escribir algunos de los textos más bellos de la poesía mexicana. Era tan chingón que el mismísimo Rubén Darío le dedicó un poema para exaltar sus letras.

Una indudable muestra de la calidad literaria del veracruzano es el soneto:  Dentro de una esmeralda. El uso de imágenes intrincadas y de palabras infrecuentes hacen que el soneto parezca una adivinanza gloriosa, un acertijo de alta belleza. El primer cuarteto evidencia, sin duda, lo anterior:

Junto al plátano sueltas, en congoja

de doncella insegura, el broche al sayo.

La fuente ríe, y en el borde gayo

atisbo el tumbo de la veste floja.

¿Y qué carambas significa este revoltijo de hermosura? Simple: Díaz Mirón nos confiesa que anda espiando a una muchacha que desabrocha su vestido junto a un árbol. El “sayo” es una prenda que implica recato, ya que cubre hasta las rodillas de la jovencita. “La fuente ríe” es una imagen que nos describe el sonido del flujo del agua.  El “borde gayo” es una forma poética de decir la “orilla alegre” del río. ¿Y por qué está alegre el torrente? Pues porque es testigo del momento en el cual la joven se desnuda para bañarse en su caudal. El verso “atisbo el tumbo de la veste floja” es el más famoso de Díaz Mirón. Se trata de una aliteración absolutamente musical y exquisita que usa los sonidos de las “tes” y las “bes” para hacer sonar su micro sinfonía erótica. Este verso demuestra el talante y el talento del poeta, quien usa el lenguaje de los dioses para contarnos algo bastante sencillo: que mira mesmerizado el vaivén del vestido que está a punto de caer.

El segundo cuarteto del soneto deleita por igual:

Y allá, por cima de tus crenchas, hoja

que de vidrio parece al sol de mayo,

toma verde la luz del vivo rayo,

y en una gema colosal te aloja.

La segunda imagen del poema es archi artificiosa y de una finura que se desborda. Las “crenchas” son las dos partes de una cabellera que han sido separadas por una raya. Sobre aquella melena se posa una hoja que parece estar hecha de vidrio y hace que la luz se torne verde al atravesarla. El efecto visual provoca que la mujer parezca estar envuelta en una esmeralda, en una gema colosal. La esmeralda estaba de moda entre las clases altas del porfirismo, Díaz Mirón lo sabía muy bien, ya que el era un psicópata “bon vivant”. Por ello elige la gema verde como base de su texto. Es curioso que el poeta mire a la muchacha, pero nunca intente conquistarla o seducirla. La realidad es que en la poesía modernista importan bastante menos las conquistas eróticas que las victorias verbales y poéticas.

Pero el final del soneto (los dos tercetos) resulta magistral:

Recatos en la virgen son escudos;

y echas en tus encantos, por desnudos,

cauto y rico llover de resplandores.

Despeñas rizos desatando nudos;

y melena sin par cubre primores

y acaricia con puntas pies cual flores.

“Recatos en la virgen son escudos” quiere decir: para la mujer honorable, el recato es su coraza, su medio de protección. Y es que Díaz Mirón también fue un gran misógino y un conservador, eso es evidente. Luego se nos hace saber que la joven deja caer su pelo brillante sobre sus encantos desnudos, como si fuera una lluvia de resplandores. Y finalmente, el cabrón de Díaz Mirón, cierra con una escena maravillosa. La mujer “despeña rizos desatando nudos”, es decir que se quita los listones del cabello chino y lo deja libre. La melena le cubre los senos y el pubis y cae hasta sus pies, la viste por entero, como si la joven fuera la Venus de Botticelli o Daniela Romo en los años ochenta. Entonces, las puntas de los rizos se despeñan hasta el fondo y le acarician los pies como si fueran pétalos de flores. ¡Ah, jijo!

Me parece increíble que un tipo tan ominoso como el buen Salvador Díaz Mirón haya sido capaz de crear poemas de tal factura, pero así es la poesía, embellece hasta la podredumbre.

Prodigios y Maravillas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Maravillarse es un don precioso, pocos sucesos enternecen más que ver maravillarse a un viejo. En sentido contrario, el ánimo se pone contrito ante la impasibilidad de los jóvenes –niños incluso- incapaces ya de sorprenderse.

La maravilla subyace a la filosofía y la literatura, sin poder definir si la primera es una especie de la segunda o si ocurre a la inversa, al fin de cuentas ambas residen en la fantasía.

Como sea, lo prodigioso es de humanos; las rocas, los árboles, la mayoría de los animales son incapaces de sorpresa, pero un pequeño niño –de unos ochos meses– disfrutará cuando pasmosamente el adulto reaparezca, una y otra vez, tras la mantilla.

Lo maravilloso tiene su inventario y sus repositorios –Le Goff dixit-. Incluye lugares y países, animales y seres antropomorfos, monstruos y también objetos inanimados. Lo prodigioso se oculta, cristianamente, en la especie del milagro y se le encuentra en múltiples depósitos, en la Biblia, en el Oriente, en la mitología clásica (en todas las mitologías), en la leyenda medieval y en los sueños.

No pretenderé realizar un repertorio del género, ni siquiera una reseña. El objetivo es más modesto. Lo será ejemplificar las mirabilia en algunos textos clásicos de la literatura antigua, con acaso algún mínimo comentario:

  • De las serpientes aladas de la Arabia.- Contra cuantos enjambres de serpientes aladas nos envían las marismas de Arabia –cuyo veneno es tan rápido que la muerte sobreviene antes que el dolor de la mordedura- acuden en combate todas las aves, movidas por un fino olfato que las hace aptas para ello.[1] La serpiente alada se parece en su forma a la hidra; sus alas no tienen plumas, sino que se asemejan mucho a las de los murciélagos.[2]
  • Del Basilisco.- El mismo poder lo tiene también la serpiente Basilisco. Nace en la provincia Cirenáica, con un tamaño de no más de doce dedos, una mancha blanca en la cabeza, como adornada con una diadema. Espanta a todas las serpientes con su silbido y no impulsa su cuerpo flexionándolo, como las demás, sino que avanza enhiesta y derecha de medio cuerpo. Mata los arbustos no sólo al tocarlos sino incluso al exhalar su aliento, quema las hierbas y resquebraja las piedras; tal es su poder para el mal.[3]
  • Extraños medios curativos.- Cuando un león está enfermo, nada le causa mejoría. El único remedio contra la enfermedad es devorar un mono.[4]
  • De la equidad de género y sus cuotas.-  Entre los *bieos*, en Libia, un hombre reina sobre los hombres y una mujer sobre las mujeres.[5]
  • Las miniaturas de los ociosos.- Estas son, en efecto, algunas de las maravillosas miniaturas salidas de manos de Mimércides de Mileto y de Calícrates de Lacedemonia. Hicieron unas cuadrigas que podía ocultarse bajo el ala de una mosca y en un grano de sésamo inscribieron con letras doradas un dístico elegíaco. Ninguna persona seria, a mi parecer, puede elogiar ninguna de estas obras. Pues ¿qué otra cosa son una pérdida inútil de tiempo.[6]
  • Honrados como japoneses.- Un hombre de Biblos no se llevará nada que haya encontrado en la calle y que el mismo no haya puesto. No lo consideran un hallazgo, sino una injusticia.[7]
  • La prostitución homenajeada.- Los griegos erigieron en Delfos una estatua a la cortesana Friné sobre una columna muy alta. Pero yo no me atrevería a decir “los griegos” en general…sino, solo, los más incontinentes. La estatua era de oro.[8]
  • Pecilias o los cardúmenes a coro.- En el río Aroanio, que fluye por Feneo existen unos peces que cantan como los tordos; y se les llama “pecilias”.[9]
  • Doble “mal de ojo”.- Hay gente de la misma especie entre los tríbalos y los ilirios, que también embrujan con la mirada y matan a aquellos a los que miran fijamente durante largo tiempo…y lo que es todavía más destacable es que tienen dos pupilas en cada ojo.[10]
  • Los comedores de leche.- Los galactófagos, un pueblo escita… son también los más justos, al tener en común sus bienes y sus mujeres.[11]
  • Matadores de elefantes.- Entre esas tribus nacen unos perros que sobrepasan a las fieras: despedazan toros, arrinconan leones y plantan cara a cuanto tengan en frente…Hemos leído que cuando Alejandro marchaba hacia la India el rey de Albania le envpio dos ejemplares: ante uno de ellos soltaron jabalíes y osos, y sintió tal desprecio que, ofendido por lo ruin de las presas, estaba tendido en el suelo…En cambio el otro, advertido ya por quienes le trajeron el presente, mató a un león…luego, ante la visión de un elefante, dio muestras de sensible alegría. Primero cansó a la bestia con astucia y finalmente, con grande espanto de los circunstantes, la derribó a tierra.[12]
  • El tesoro roído.- En la isla de Giaro, se dice que los ratones se comen el hierro… Afirman también que en el país de los calíbes, en una isla pequeña que se encuentra situada frente al país, el oro es roído de arriba a abajo por una gran cantidad de ellos.[13]
  • La mejor época de su vida.- Se cuenta de uno en Abidos, que se había vuelto loco y había estado yendo al teatro durante muchos días y había permanecido como espectador, como si algunos estuvieran actuando en él, y había dado muestras de aprobación; y cuando se recuperó de la demencia, afirmó que aquel era el tiempo que había vivido con mayor placer.[14]

[1] SOLINO. Collectanea. Las serpientes de Arabia.

[2] HERODOTO. Historias II, 75.

[3] PLINIO. Naturalis Historia VIII, 33.

[4] ELIANO. Varia Historia I, 9.

[5] NICOLAO, citado por Estobeo, Antología IV, 2.

[6] ELIANO. Varia Historia I, 17.

[7] ELIANO. Varia Historia IV, 1.

[8] ELIANO. Varia Historia IX, 32.

[9] FILOSTÉFANO, citado por Ateneo, Sobre ríos curiosos, VIII, 331 d.

[10] ISOGONO, citado por Plinio, Historia Naturalis VII, 16.

[11] NICOLAO, citado por Estobeo, Antología III, 1.

[12] SOLINO. Collectanea. Sobre la naturaleza de los perros.

[13] PSEUDO ARISTÓTELES, Mirabilia, 24-26.

[14] PSEUDO ARISTÓTELES, Mirabilia, 30-31.

 

La última tarde. (In memoriam, Carlos Bustos)


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

He decidido escribir esto en segunda persona, como si fuera un mail que abrirías en una de esas mañanas en las que descargabas películas antes de escribir.

Te soy sincero, me cuesta empezar. Creer que en verdad leerás esto. No sé cuál es el inicio correcto. Tal vez, debería aferrarme al orden cronológico y hablar de cómo te conocí a la distancia, cuando desde lejos, ya era perceptible tu enorme generosidad.

Sé que no hay tiempo para desarrollar cada anécdota. Detallar los viajes, los foros compartidos y las  noches sabatinas en donde no necesitábamos más que nuestras risas para que las horas nos resultaran breves.

Ahora, más que nunca, me doy cuenta que además de ser mi maestro, eras una brújula, un pegamento mágico con el poder de mantener unido a los distintos. Prefiero, entonces, encaminar estas palabras hacia el agradecimiento, porque no recuerdo cuántas veces te dije gracias cuando poseías un oído, un físico de oso grizzli al cual abrazar.

Gracias por confiar en mí, por invitarme a un mundo desconocido, por descifrarme y ver en un chico tímido al hombre que desea devorar la vida, ávido de aventuras que siempre le fueron ajenas. Gracias por creer en el valor de mis letras, cuando siempre me han parecido flojas; las de un principiante. Gracias por cada consejo, no sólo a la hora de estructurar historias. En los años más recientes, nuestras charlas se centraban en mujeres, el sentido de escribir y en productos de belleza para mantenernos hermosos como vampiros pertenecientes a una agencia de modelos.

Gracias por las risas cómplices, por esos chistes que sólo nosotros entendíamos y avergonzaban a unos cuantos, gracias por mandar al carajo el pudor y despertar mi lado más endemoniado. Gracias, sobre todo, por ser un padre, también estuviste en los momentos complejos y supiste cuidarme como si fuera tu responsabilidad.


Debería hablar de tu obra, recomendarla. Describir la melancolía y el erotismo de Final de sirenas,  la fauna de horrores que habita en Fantásmica, o la inteligencia de la Espina del mal, pero los que escuchan o leerán esto, tal vez ya saben que eras un buscador, un defensor de la belleza, y un amante del terror como metáfora para comprender el sufrimiento. Sólo la eternidad te hubiera permitido satisfacer tu espíritu curioso.

Guardaré para nosotros gran parte de lo que vivimos, no lo expondré en este foro y tampoco me encargaré de escribirlo más adelante. Pero ahora, permíteme compartir nuestra última tarde juntos. Aquella en la que estabas acostado en la habitación de un hospital, era un lunes y al día siguiente irías al quirófano para despedirte de tu estómago a cambio de un futuro.

Ingresé al cuarto y estabas solo, leyendo un libro de Conolly. Permanecimos en silencio, como si no nos importara quebrarlo para estar cómodos. Tras un rato, abandonaste la lectura y me viste de una forma distinta; nunca había notado en ti esos ojos. Eran más profundos, como si estuvieran vestidos con saco y corbata, despojados de su cotidiana travesura.

Pediste me acercara a la cama y me tomaste de la mano. Antes de que pudiera bromear, dejaste escapar una frase para mi historia, una que nunca voy a olvidar: “Algunas puertas hay que cruzarlas solo”, sentenciaste, y luego una ligera sonrisa se asomó en tu rostro. Me di cuenta, que aún en tu dolor, en la debilidad, tratabas de darme fuerza, de hacerme ver que no necesitaba acompañantes para afrontar esa otra muerte que vendría más tarde. No hice más que enmudecer, impactado ante el momento, hasta que alguien abrió la puerta y nos arrancó de la solemnidad.

Esa noche, en tu habitación, ensuciamos con desfachatez la pulcritud del hospital y supimos olvidarnos de la enfermedad, de la muerte a la que no le permitimos ser parte de la velada. Cuando fue tiempo de la despedida, para cada quien tenías algunas palabras, algún consejo o encargo por si el quirófano te jugaba alguna mala pasada. A mí no me pediste nada, más bien les solicitase a los demás que se ocuparan de mí, que celebraran mi cumpleaños. Quizá para ti, siempre he sido un niño que necesita cuidados.

De camino a casa, conduciendo, me atreví a pensar en la posibilidad de que aquella había sido nuestra última charla. Soy un fatalista. Por suerte, sobreviviste al quirófano, pero ya no pude volver a verte, cuando el viernes siguiente, tras tu recuperación, quise visitarte, un dolor más agudo provocó que te acomodaran en un sueño del cual no despertarías.


A un año, he sido despojado de dos padres y me corresponde crecer a golpes, sin guías, sin maestros con respuestas. Hoy el viento de noviembre trae consigo los aromas de invierno; perfumes similares a los de ese miércoles nueve de noviembre, cuando la noticia de tu partida era tan dolorosa como confusa.

Sé que no quisieras más lágrimas, que nos regañarías, siempre has preferido las carcajadas. Dirías que no desperdicie páginas en ti, te escucho aconsejándome: “péguele como los grandes”, “triunfe”. Sin embargo, en estas fechas tu ausencia es más notoria y déjanos, aunque te moleste, volver a ti.

Tomaré esa obra tuya titulada El libro que resucitaba a los muertos. Ahí en donde reflejas tu amor a la literatura, a tus autores favoritos y esa fascinación por los días finales. He pensado en leerla otra vez, no sólo para disfrutar de tu compromiso estético, las metáforas o esas comparaciones que esquivan con elegancia los lugares comunes. Voy a leerlo con una intención firme, por primera vez me permitiré creer, buscaré entre sus líneas una señal, la frase justa, el secreto. ¿Habrá allí algún conjuro, una fórmula encriptada? ¿Será el verdadero libro para regresar de la muerte? Para tenerte aquí.

Por ahora, en lo que descifro el enigma, me resta quedarme con nuestros recuerdos de los días dibujados por tu imaginación y esa capacidad de entregarte a quien decidías apoyar.

Te habré citado más de cincuenta veces en este año, la frase “Como decía Carlos”, se desliza constantemente en mis labios. Habré copiado tu ritmo, tu música al hablar, robado tus bromas, contado mal las aventuras que en ti se hubieran escuchado más divertidas. No hay una intención perversa en ello, sé que lo sabes; es absurdo apropiarse de ti, creerme especial, sólo deseo mantenerte aquí un rato más, sentirte parte de una manada que amenaza con extinguirse sin un líder.

Viene aquí el agradecimiento final, por ser mi amigo, abrirme las puertas de tu casa, del mundo literario, confiar en mis palabras y, sobre todo, por quererme como a un hijo. En estos días, he podido constatar el amor de tu madre y el de tu hermano. Ambos te necesitan como nunca y aún desean verte pasear cerca de la casa, ansían el saludo en las mañanas, tu compañía, la tranquilidad para resolver cualquier problema, y, también, esas falsas discusiones que en el fondo esconden un amor que no se atreve a manifestarse de forma directa.

Me ha hecho falta tu locura en este año, acompañarte a comprar adornos  para Halloween, contarte mis novelas siempre inconclusas, mis relaciones fallidas, escucharte cansado pero al mismo tiempo con el ánimo de escribir esa obra que al fin te represente por completo. Nos hicieron falta más viajes, visitas a barberías y a ese table dance al que acudiríamos sólo con el fin de que nos trataran como verdaderos dandis. Te extraño y supongo nunca dejaré de hacerlo. Tal vez el correr de los días me permita transformar el dolor en una dulce añoranza, esa que se permite ocultar los finales siempre trágicos. Por ahora, te cuento que aún tengo miedo, mucho, como el de los niños cuando la luz se apaga. Aún me cuesta cruzar algunas puertas solo, en especial aquellas que son la entrada hacia un camino sombrío. Por eso, déjame tomarte de la mano y acudir a tu recuerdo cuando el terror me paralice, cuando no tenga ni idea de qué se trata todo esto a lo que llamamos vivir.

Orfandad, orfandad everywhere


Saca el diván

Por Edna Montes

Necesitas pensar en una trama creativa, algo diferente, que llame a la aventura. Tras un beso de las musas la idea millonaria viene a ti: debe tener huérfanos. Son terribles noticias para los padres, desde luego, aunque los personajes ya deberían saber a lo que se atienen. Necesitan traumas, mientras más profundos mejor, todo por el bien de la simetría literaria. Primer paso: quitar de en medio a los progenitores, puntos extra por crueldad.

huérfanos

Edward Scissorhands (1990)

El recurso es versátil y útil para, casi, cualquier faceta humana que el autor decida mostrar. Las variantes son infinitas cuando se trata de la orfandad. El pequeño que es adoptado por padres amorosos quienes lo restablecen luego de una paciente lucha con la bandera del amor; Las personas terribles que adoptan para maltratar y explotar a los niños; Los engendros de Satán adoptados por una familia ingenua; Aquellos que nunca son acogidos y terminan resentidos contra la humanidad o quienes a pesar de las desdichas se construyen un final satisfactorio. Todo se vale, de verdad TODO ¡Hasta huérfanos educados por simios!

huérfanos

Tarzan (1999)

Al igual que Dickens, no nos cansamos de los huérfanos. Una buena parte de la literatura infantil y juvenil no existiría si los dejamos de lado. Para ser uno no es indispensable que los padres estén muertos, el abandono es igual de funcional y efectivo (en las letras y en la vida real); de hecho, es uno de los miedos más primitivos del ser humano, una de las heridas más punzantes. Aunque, desde el lado brillante, sobreponerse a él es una de las victorias más grandes del espíritu humano. Volver a confiar, crear lazos; construir nosotros mismos lo que el azar o la injusticia del creador nos negó.

huérfanos

Orphan (2009)

Todos hemos deseado partir hacia la aventura sin que nada nos lo impida, por eso creamos lazos con los personajes huérfanos. Ellos tienen esa infinita libertad que la mayoría de nosotros no. Además, tienen la agridulce capacidad de recordarnos lo que sí tenemos y lo afortunados que somos en la vida. Si no, nos ayudan a creer que todo puede mejorar, que las familias son mucho más que sangre en común; los lazos se crean más por amor y respeto que por genética.

huérfanos

Supernatural (2005-)

Hay historias y recursos literarios que nunca pasan de moda justo porque, sin importar lo mucho que las usemos, su capacidad de conmovernos no decae. Identificarse con los personajes es también una forma de sanar. Eso lo sabemos desde la primera vez que reunimos a la tribu junto a una fogata para contar leyendas y mitos.


Canción:

Orphans- Beck:


Recapitulando:

Huérfanos

Fórmula:

El protagonista pierde a sus padres (por muerte o abandono) /Se ve obligado a enfrentar la vida solo o es adoptado/ Comienza sus aventuras/ Se encuentra con amigos y otras personas con las cuales construir un núcleo familiar o se queda solitario y eso lo vuelve malvado/ El desenlace siempre depende de la forma en que el protagonista enfrente las circunstancias de su vida.

Como lo viste en:

Fotografía: Katie Chase / Unsplash

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