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Oesterheld: la vida en guion


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora 

Uno de los abordajes que la narratográfica ha hecho con respecto de las historias que cuenta tiene que ver, sin duda alguna, con la cuestión de la autobiografía. Esa posibilidad de contar cosas desde el yo y la manera en cómo éste se refleja en el mundo ha dado una gran cantidad de viñetas. Es imposible no pensar, al abordar este tópico, en Maus, la obra cumbre de Art Spiegelman que se constituye, a la vez que voz de la biografía de su padre, exploración de sus propias manías y construcción de su personalidad. En derivas parecidas se inscribe el trabajo de Joe Sacco y, en Latinoamérica, de Power Paola y su Virus tropical.

 Todos los autores mencionados son artistas completos. Es decir, guionan sus historias y las escriben. Algo que se hizo muy popular sobre todo a raíz de la explosión de los comix contraculturales en la década de los sesenta en los Estados Unidos. American Splendor y los comix de Robert Crumb son una muestra esperpéntica, pero revolucionaria, de cómo el medio se adaptaba a la realidad que lo circundaba, incluso careciendo de una técnica refinada en lo que se refería al arte del dibujo.

Sin embargo, para un guionista de historietas la problemática es distinta. Acá, en caso de lanzarse a la aventura de guionar la propia vida, se corre el riesgo de que el resultado final no sea aquel que el autor imaginó en un primer instante. Por estas razones me pareció interesante el descubrimiento de una serie de documentos que funcionan como una voz autobiográfica para el caso de uno de mis héroes y obsesiones personales: Héctor Germán Oesterheld. Para quien haya llegado acá por azares del azar, le informo que mi novela Continuum trata sobre la vida de este autor.

Pues bien, que entre las páginas de Oesterheld en primera persona (Buenos Aires, La bañandera del cómic, 2005), encontramos una serie de entrevistas y artículos que el guionista escribió en primera persona mientras pudo hacerlo, que es decir, antes de que la dictadura militar lo desapareciera en el año 1977. Lo que más me llama la atención de ese conjunto de documentos tiene que ver con un guion que Oesterheld escribe como si fuera su autobiografía. Narra en primera persona y describe qué es lo que llevarían las viñetas de esa historia de su vida que cuenta en 41 cuadros. Hace uso, además, de un sentido del humor que se filtra a su trabajo historietístico pero que aquí es la intención de los textos. Hacer reír y reírse de sí mismo. Narra, por ejemplo, sus primeras aventuras como autor.

[…] 7. MPP del héroe, tapado por un compañero, escribiendo un diario medio escondido debajo del banco. Expresión arrebatada, exaltada, de tremenda energía.

         RECORDATORIA INFERIOR: En el quinto año del Nacional hace sus primeras armas en el periodismo: dirige, escribe y distribuye un diario de nombre irreproducible, copia única, circulación gratuita.

  1. Medio primer plano del héroe, con facineroso, pegándole, siendo mordido, recibe golpe bajo, aplica tremendo impacto al mentón, sangra de la nariz, el otro tiene el ojo en compota. Dar sensación de violencia. Evitando, desde luego, los detalles truculentos, caen pelos, gotas de sangre, dientes. Algún trozo de oreja.

         RECORDATORIA INFERIOR: El diario encuentra la oposición de un diario rival: la lucha es violenta, cruel, aunque el héroe nunca pierde la altura en sus escritos (“¡Las ideas no se matan, bruto!”, “¡Más burro serás vos!”, “¡Animal!”). […]

Y así sigue por 40 viñetas. Relata lo que ha sido su devenir hasta ese año ’58 en que su vida estaba llena de optimismo. Había decidido dejar un trabajo como geólogo de pruebas para un banco e integrarse de lleno al trabajo creativo de la industria del cómic de la Argentina de aquellos años. Es por eso que la descripción de las viñetas 40 y 41 resultan agridulces. El lector avezado en la biografía de Oesterheld sabe que ese optimismo confiado del autor mudará, en el futuro en incertidumbre, crisis y tragedia. Dice en 1958, cuando la editorial Frontera está en auge y los hermanos Oesterheld sueñan con construir una gran empresa:

         […] 40. Cuadro compuesto como si fuera un montaje: O. [Oesterheld] cambiando tiros con Randall y Leonero; O. hablando con Ernie Pike en tienda de campaña; O. regalándole tractor a Joe Zonda; O. en traje aislante junto a El eternauta; O. en la luna con Rolo; O. fumando una pipa con Sherlock Time; … O. escribiendo este guión para Enrique Lipszyc.

         RECORDATORIA INFERIOR: El héroe está trabajando cada vez más… ¿Qué le deparará…

  1. Vertical:

…el futuro? ¿Qué trampas le tenderá la mala suerte? ¿Qué sonrisas, qué caídas de ojos le hará la Fortuna? Si quiere saberlo, amigo lector, ¡no se pierda el próximo episodio!

El amigo lector, al leerlo a la distancia de los años y de la muerte, sabe lo que deparó la Fortuna para él y la mayor parte de los suyos. Cautiverio, tortura física y psicológica, desaparición, ignominia, muerte. Sin embargo, fue siempre un hombre de principios. Un hombre ético que escribía, ha dicho de él Juan Sasturáin. En la entrevista hecha por Carlos Trillo y Guillermo Saccomano en 1975, esto es, en las vísperas del golpe militar y todo lo que trajo posteriormente consigo, Oesterheld habla sobre el ejercicio de la escritura y lo que representa no ser un autor de literatura, lo que otros llamarían, un “autor serio”.

La tentación y el hambre de prestigio los tenemos todos. Cuando pienso en mi familia que me insiste para que haga “la novela”… Da más estatus, completamente diferente. Para mi mujer o mis hijas es distinto decir soy la mujer o la hija de Borges o Sábato y no la mujer o la hija de un argumentista de historietas. Personalmente me siento más satisfecho escribiendo para una masa de lectores de historietas y no escribiendo novelas para una selecta minoría. Hay un libro que escribiría. Mis ganas son terminar la historia de La guerra de los Antartes, como dudo que alguna vez se pueda publicar o dibujar todas esas páginas… Escribiría entonces una novela, para redondear toda esa idea.

Y más adelante, desarrolla sobre las dificultades de dedicarse a la escritura:

Pongamos un poco los pies en la Tierra. Casi ninguno de los grandes escritores, escribió en las condiciones ideales. Creo que el libro viene cuando tiene que venir. Si uno no lo ha escrito es porque la condición de uno no estaba para eso. Si ahora nos da el cuero a los tres, los tres nos dedicamos cada uno a su obra, sacaríamos tiempo de cualquier parte. Estoy convencido de que un José Hernández cuando hizo el Martín Fierro, no tenía toda la guita del mundo, ni estaba feliz en su circunstancia. Al contrario, ustedes saben cómo lo hizo… Ahora voy a decir algo que no lo podrán poner en el reportaje. Si me hubieran preguntado cuál es el mejor escritor argentino… Para mí es el Che. Es uno de los intelectuales que más defiendo. El tipo más leído en Argentina y el autor más tradicional. El más comentado y el más estudiado. Claro, algunos podrán objetarme que lo que él escribió no era ficción. Sin embargo, Churchill recibió el Premio Nobel de Literatura por la Historia de la Segunda Guerra Mundial. Con ese mismo criterio, el Che merece en la Argentina todos los premios habidos y por haber. El Diario del Che en Bolivia es una pieza única. Todavía estamos reeditándola. ¿Por qué será? Porque tiene ese valor a nota periodística y también a cosa vivida. Y otro de nuestros grandes autores es Rodolfo Walsh. Un autor de gran éxito popular. Con obras publicadas en diarios y semanarios políticos. Con Walsh estamos hablando de otro de nuestros grandes. Cuando se habla del boom, de nuestro boom, y se habla de Cortázar y de Sábato… Para mí Walsh está muy por encima de los otros…

Esa misma fe que pone en la literatura que tiene una deriva política, la pondrá en el futuro de los cómics. Para Oesterheld no hay disyuntiva; no hay que elegir entre literatura seria y literatura dibujada. Ambos tienen el mismo valor, pero se encontraban (¿se encuentran?) en momentos distintos de su evolución. El futuro de los cómics, decía HGO en 1965, consistía en convertirse en manifestación importante, quizá dominante, de la cultura popular. Hoy estaría orgulloso de haber lanzado presagios como este hace más de medio siglo:

La historieta se ha quedado frenada, autolimitada, resignada a ser un género para chicos, para adolescentes, para adultos que no abandonaron del todo la adolescencia. Esta situación está cambiando. La historieta, por el empuje de algunos creadores que no se conforman con lo antiguo, que quieren lograr algo más, está poniéndose de nuevo en marcha, está avanzando, reanuda la evolución que tarde o temprano, hará de ella un género tan maduro como el cine o el teatro.

 Más de uno, al escucharme, se estará preguntando: ¿por qué la historieta debe evolucionar?, ¿qué necesidad hay de ella? ¿A qué responde la inquietud de esos creadores que he mencionado, que justificación tiene tratar de darle trascendencia a un género que hasta ahora no ha tenido prácticamente ninguna?

La respuesta es simple: la historieta debe reanudar su evolución porque potencialmente representa un medio fabuloso de difusión cultural; porque debidamente desarrollada, puede enriquecer la vida espiritual de muchos seres prácticamente ciegos hasta ahora a todo lo que sea cultura. Y más aún; cuando se sepa aprovechar todas sus potencialidades, la historieta puede llegar a ser un elemento importante aún en la vida espiritual del más culto de los individuos.

Palabra de profeta. Yo soy la confirmación de muchos de sus augurios.

Por favor, no las fabriquen


Lente anónima

Por Mariana Mota

Toda mi vida adulta le he huido al trabajo: horarios estrictos, responsabilidades grupales, juntas interminables e innecesarias, fiestas en donde Cuco, el de compras, se besa con Susana, la de finanzas; gente. Códigos de vestimenta. Conversaciones obligadas. Chistes que no me causan risa. Como son situaciones que no me llaman la atención a mí, señorita anti social del mes de junio, pensaría que al resto tampoco (y señorita ego); pero resulta que muchas personas, y yo las admiro, en verdad disfrutan el trabajo. Mejor dicho el trabajo de oficina, porque después de una buena crisis de identidad profesional entendí que sí me gusta trabajar, pero no en un ambiente colectivo.

Tuve suerte, pues probé las bilis (y algunos almíbares, reconozco) de la rutina corporativa en un par de ocasiones, y por ello garantizo que el sabor que más disfruto es el de producir en casa. No me desviaré hablando de lo complicado que me resultó asumirme freelance  y vivir de esta manera, más bien quiero acercarme un poco a lo que me significa esa libertad. El tiempo lo distribuyo y lo priorizo yo, la moda es decisión mía, la productividad ocurre si me enfoco y me decido. En cuestión de minutos mis ojos pasan de un libro al piano; mi cuerpo, del sillón a la bicicleta fija; mi pantalla, del Premiere al Word; mi ánimo, de la depresión a la euforia. Estas delicias las disfruto todos los días, pero confieso que también las sufro.

Trabajar en casa me obliga a tener distractores externos, fuerza de voluntad para no quedarme dos horitas más en cama, confianza en mis proyectos, un sobrecito que diga ahorro del diez porciento de mis ingresos para regalarme un bono navideño: esfuerzos, como a todos. Y, por otro lado, es tanta la comodidad que rodea mi ambiente laboral que el mundo exterior no me atrae mucho (sobre todo porque igualmente me entero de Cuco, de Susana y de los malos chistes en mi universo virtual); pero si quisiera ser una completa ermitaña, la docencia no me funcionaría: son esas breves y esporádicas dosis de convivencia las que me han salvado de esta locura de hablar con mi perro (exclusivamente).

Por eso cuando vi el video que compartió CLTRA  CLCTVA (¡qué buen logo! Siempre pienso en el sitio como Cultura Colectiva, con todas las letras) me dio miedo. Si llegaran a fabricar la Mesa para trabajar acostado —y sobre todo a popularizarla como un mejor camino en este viaje profesional—, no tendría más remedio que, a la larga, utilizarla y caer en el temido y repudiado sedentarismo extremo; en esa tremenda seducción de la tecnología y del mundo simplificado que me disgusta, pero al que me he hecho adicta. Ojalá que nunca salgan al mercado y pueda yo seguir disfrutando de esta postura semi-erguida, en la que aún muevo varias partes de mi cuerpo. Y si ocurriera el universo Wall-e, y el invento ese resultara, como muchos, un gran brote de ingenio y de beneficios, espero aumentar mi fuerza de voluntad y encontrar razones para salir del edificio. Aunque quizás todo tenga que ver con una personalidad solitaria y no con el trabajo en casa.

 

Elogio a las malas palabras


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El encanto de una putiza

Recuerdo la primera vez que solté una retahíla de maldiciones contra un niño que había estado molestando a mi primo Joaquín. Yo debía tener unos siete años y, por alguna razón, me tomé my en serio eso de hacerla de paladín de la justicia: le dije hasta de lo que se iba a morir e incluí palabras que no había escuchado de boca de mi madre (que siempre ha preferido groserías menores, como “pinche” ó “pendejo”, cuando alguien se le cerraba en el tráfico) o de mi padre (de cuya boca no escuché nada arriba de “imbécil”). Supongo que todo lo que le solté lo había aprendido en la televisión o en las películas, porque fue mucho y muy subido de tono, tanto que el pobre no supo qué contestar y las palabras bastaron para mandarlo a su casa, con cara de asustado.

Había descubierto el poder de las malas palabras y experimentado, en retrospectiva, mucha vergüenza: temía que alguien fuera a decirle a mis papás. El evento me marcó tanto, que aún recuerdo la expresión del niño, el barco de cemento pintado de amarillo donde se dio el encontronazo, y la sensación caliente en las mejillas.

Regresaron para quedarse

La memoria es una cosa extraña y moldeable, como la plastilina, y hoy en día no sé si aquel niño dejó de molestar a mi primo por todo lo que salió de mi boca, o si coincidió con una de las muchas mudanzas de mi infancia, dejándolo atrás. Lo que sí recuerdo es que además de la culpa, un temor se instaló dentro de mi cuando volví a usar ese lenguaje contra otro chico, en segundo de primaria: el temor a que otros niños no me consideraran una “chica normal”. Recuerdo al niño: nos perseguía con el tubo con el que removían la basura que algún adulto irresponsable (de esos que en los años ochentas no se preocupaban tanto) quemaba en el mismo patio durante el horario escolar. Recuerdo que el niño se llamaba Héctor y me gustaba. Sin embargo, por hacerme la valiente, usé mis palabras y todo se acabó. No estoy segura si lo expulsaron de la escuela (después de todo, nos perseguía con un tubo), o simplemente lo cambiaron (porque la mayoría del salón éramos niñas y el pobre era terriblemente acosado, al punto de tener que armarse, precisamente, con un tubo); lo cierto es que a partir de entonces procuré cuidarme de ser grosera. Al menos hasta que en la adolescencia entré a clases de actuación y las malas palabras volvieron.

Sin embargo, todo se quedaba en el escenario, en los personajes. En mi vida normal yo tenía un lenguaje irreprochable. Hasta que la escritura se convirtió en otro espacio en el que las groserías volvieron a tener lugar. No fue el arte lo que regresó el lenguaje soez a mi vida cotidiana, sino otra vez, un varón. Había entrado al ITESO a estudiar Psicología después de abandonar la UAG, y me encontré a un chavo que había visto de lejos en la prepa y siempre me había gustado. Yo llevaba el cabello corto y él me confundió con una chica que en la preparatoria llevaba el cabello así y era particularmente malhablada. Para no sacarlo de su error, dejé que mi lenguaje se relajara, interpretando primero al personaje y luego dejándome seducir, una vez más, por las malas palabras. “¿Qué pedo con esas fórmulas, Margarita?”, le preguntaba confianzuda a la maestra de Estadística, “¿a quién chingados le importa el puto perro de Pavlov?”, soltaba entre cigarro y cigarro en los jardines itesianos, por primera vez libre después de haber estado en pura escuela represiva.

Las malas palabras me pusieron bajo el reflector, esta vez iluminándome de manera apropiada para conquistar el corazón del chavo, quien después se retorcería de vergüenza cuando me solté como hilo de media frente a sus papás. Trabajar como maestra me enseñó a frenar el torrente de nuevo, y eventualmente, a soltarlo sólo después de ciertas pruebas: como cuando metes el dedo del pie para comprobar la temperatura del agua, antes de sumergirte por completo. Suelo ser muy propia y soltar de pronto una que otra grosería delante de las personas, para dejarme ir si me siento en confianza, porque sí: me gustan las malas palabras. Me encantan. Para mí, han sido armas, pero también rompehielos, han sido el origen de muchas carcajadas y han cumplido también la función de código para conectar con otros que también las aman.

Creo en su poder, como supongo que muchos creen en el Expecto Patronum y aunque a veces todavía siento el calor de la vergüenza en las mejillas o percibo la reprobación de quienes consideran que no solo son vulgares, sino reduccionistas, les aseguro que seguiré usándolas. Después de todo, hay cosas peores que decir una que otra chingadera.

Jesse James y la mitificación de la violencia


De principio a film

Por Rodrigo González

Una de las principales funciones o logros del cine (y de cualquier expresión artística, para el caso) es la de re-interpretar, renovar arquetipos y presentarlos a las nuevas generaciones con el fin de facilitar el encuentro con los conceptos del bien y mal, la justicia y la injusticia, el honor y la vileza. En estas dualidades universales, podemos identificarnos, reconocernos y reforzar nuestras propias convicciones que nos permiten ocupar de manera más determinante nuestro lugar dentro del grupo social al que pertenecemos. Las películas de súper héroes, por ejemplo, han tomado el lugar de la épica, la cual nos muestra estos mismos arquetipos acercándolos al rango de modernas deidades que sirven como ejemplificación de los valores más puros sobre los que se construye nuestro contrato social.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo y la narrativa occidental fue monopolizada por don Aristóteles y su poética, siempre han existido personajes fuera de los moldes establecidos que actúan por su cuenta, buscando una justicia superior a la justicia humana, motivados por un conocimiento o deseo superior que sobrepasa el entendimiento de los comunes. Estos personajes generalmente aparecen en momentos en el que el contrato social está severamente dañado y necesita reconstruirse: Aquiles (durante la guerra de Troya), Robin Hood (medioevo Inglés), o para el caso que nos ocupa, Jesse James.

Jesse James, sin embargo, es una figura atípica, pues en él no existe realmente un deseo de justicia ulterior ni un motivo que rebase la convención social. Jesse James es el bandido sin resentimientos, con un enorme apego familiar (lugar donde encuentra su mayor motivación), con un código de honor tan complejo como retorcido y con un profundo odio hacia las instituciones. Buscado por la justicia, su cabeza fue tasada en 10 mil dólares. La recompensa terminó cobrándola Robert Ford, miembro de su banda, que lo mató de un tiro por la espalda, hecho que sirvió para que la figura de James alcanzara dimensiones de un falso heroísmo y lo colocara al lado de nombres como el de Robin Hood.

Jesse James, #HistoriasSinSpoilers

Lo que parece relevante de este contexto es que en la medida que el capitalismo se convierte en el sistema dominante, más y más ejemplos de figuras provenientes del espectro que la narrativa tradicional considera el bando de “los malos”, se posicionan como los nuevos héroes.

De manera cada vez más frecuente encontramos a estos antihéroes que encarnan el descontento generalizado y que terminan aunque sea brevemente, por ocupar un lugar privilegiado en la pirámide sociocultural, aunque su caída sea en la mayoría de los casos, estrepitosa y trágica. Carlito Brigante (Carlito´s Way), Tony Montana (Scarface), Frank Serpico (Serpico), Vito Corleone (The Godfather), Michael Corleone (The Godfather), Travis Bickle (Taxi Driver), Derek Vineyard (American History X) o el mismísimo Alex Delarge (A Clockwork Orange), son claros ejemplos del antihéroe que el cine se ha encargado de recetarnos ante la tremenda confusión imperante creada por un sistema que ha corrompido el concepto del bien común.

Obviamente, en nuestro país esa figura no podía ser ocupada por ningún otro que no fuera el narco. No conformes con la mitificación de la violencia como subproducto de la corrupción, hemos sido testigos del encumbramiento de la figura del narco-bandido como epítome de la justicia social. El narco bueno infalible, justo pero temerario, sanguinario pero solo con los enemigos y con el gobierno, que es humano porque llora y se enamora y se emborracha, pero alejado de cualquier sentimiento que ponga en peligro su “causa” al mostrar debilidad. Un mensaje por demás chueco y torpe que en pos del rating en las televisoras pareciera no tener fin.

Y ante este rebatiña por el lugar de honor del emblema aspiracional del mexicano, olvidamos que la figura del narco en la realidad compite por el primer lugar con la del político mexicano. Y esa es la razón por la cual la balanza de nuestra narrativa nacional carece de equilibrio, pues ambos espectros forman parte del mismo bando, y para el resto de nosotros, en esta nueva historia de héroes y antihéroes nacionales no hay, ahora sí, a quién irle.

Sin embargo, como bien lo mencionó Kurt Vonnegut en una de sus tesis sobre antropología social,  el buen drama solo existe cuando todas las partes tiene la razón. El problema es quizá que hemos olvidado ponernos a nosotros, a los ciudadanos comunes, a los de a pie, en el centro de la historia como los personajes principales, en historias donde podamos decir el asco y la rabia que sentimos y recuperar, aunque sea en la ficción, lo que nos han robado. Quizá si en las historias que nos contamos el resultado fuera diferente, metiéramos a la cárcel a los corruptos, a los narcos y a los políticos, algo podría colarse a la vida real. Por algo se empieza.

Los autómatas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Con precisos dedos sepultó la semilla y la cubrió con un lienzo terroso. La multitud se estrechó en torno al mago, que levantó el paño con cautela. Habían pasado unos segundos solamente, pero del suelo asomaba un brote verde. El espectáculo continuó, a intervalos de cubrir y descubrir, la planta creció y dio sus frutos —dorados mangos— que fueron consumidos por un público maravillado y goloso. Ocurrió en Benares, a mediados del siglo pasado y nos lo relata John A. Keel. La explicación del acto es de una simplicidad que decepciona, algo tienen que ver en éste los amplios ropajes del ejecutante y la oquedad de la semilla que se utiliza para el efecto.

La maravilla de la India tiene su paralelo en el parisino establecimiento de Robert Houdin, donde se mostraba bajo el nombre de L’oranger fantastique; un cítrico que en su propio tiempo —tiempo del sueño, tiempo maravilloso— crecía, florecía y daba fruto. La diferencia no era sólo de especies, sino de técnica. El naranjo era un autómata[1].

Houdin, mecánico acreditado, realizó otros autómatas de singular éxito, los más reconocidos son el Ruiseñor y el Escritor-Dibujante. Es posible que el cuento de Hans Christian Andersen, el Ruiseñor, deba su parte al ingenio mecánico del francés.

Los autómatas han sido un elemento antiguo en la literatura, es conocido que están ya presentes en la Ilíada, en su canto XVIII, que relata como Hefesto tenía a su servicio “veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa[2].”

La misma antigüedad clásica nos ha traído el testimonio de los escritos de Herón de Alejandría y la realidad tangible del mecanismo de Antikythera, la primera computadora analógica de que se tenga conocimiento.

La historia del autómata nos lleva a través de —por lo menos— dos senderos diversos; el de la relojería de su mecanismo y el de la imitación de los vivientes. No exploraremos —por ahora— la crónica de los engranajes, los piñones y los escapes, no se hablará por tanto de los logros de Arquitas de Tarento, del kurdo Al-Jazarí o de la Enumeración de las Extrañas Máquinas (Chhi Chhi Mu Lüeh) de Tai Jung, tampoco Leonardo ocupará nuestras indagaciones.

El juego de emulación de lo animado por lo inanimado emparenta al autómata con el Pigmalion de Ovidio, el Golem hebreo y el Frankenstein de Shelley, incluso con el Homúnculo de Paracelso, los omnipresentes zombies o —si se quiere ser menos tétrico— con el Pinocchio de Carlo Colodi; pero dada su carencia de partes móviles, engranajes y muelles, estos personajes no pueden incluirse con propiedad como autómatas de la literatura.

En tales restringidos términos, debe mencionarse como autómata relevante en la historia literaria a la Olimpia de Hoffmann, imaginada en 1817, en El Hombre de Arena, cuya belleza, encorsetada y rígida, cautivó al enamorado Nataniel, tanto como sus ojos fijos, su bailar acompasado y su perfecta interpretación al piano. Mecánico amor que llevaría a la perdición de Nataniel por obra del malvado Coppelius. “Ojos, ojos, ojos de niño, bellos ojos” serán uno de los motivos principales de este cuento tantas veces reseñado.

Otro autómata —que no por real deja de tener un interés literario— es el Jugador de Ajedrez del Barón Von Kempelen, que da título al ensayo de Edgar Allan Poe, obra de 1836, donde intenta explicar el funcionamiento del autómata ajedrecista de Maelzel. Sobre dicho ingenio nos narra El Mosaico Mexicano o Colección de Amenidades Curiosas e Instructivas:

“Revestido el autómata de un rico traje oriental, se hallaba sentado delante de un bufete [una mesilla] que se arrastraba por medio de cuatro rueditas y en su interior estaba encerrada la máquina, y el cilindro que se decía servir para darle movimiento. El Barón comenzaba por montar con grande aparato su autómata, se oían crujir los resortes y resonar como los de una péndula, y entonces se alzaba lentamente el brazo del autómata, avanzaba hasta la pieza que debía tomar, la alzaba y la colocaba sobre la casilla en que debía quedar colocada”.

Allan Poe es más práctico, no sólo describe el autómata, lo ilustra:

“El grabado de esta página da una ligera idea de lo que los ciudadanos de Richmond han podido ver hace unas pocas semanas…A la hora designada para la exhibición se corre la cortina, o se abre una puerta de dos hojas y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquella se tiende una cuerda”.

Luego de una prolija descripción del aparato —y del aparato protocolario que lo rodeaba— Poe analiza el caso, con la misma lógica impecable del detective Auguste Dupin y concluye no solamente que el ingenio es movido por una persona, sino cómo y dónde se oculta y quién es esa persona, que él identifica como un tal Schlumberger, miembro del séquito de Maelzel[1]. El análisis de Poe es de una precisión admirable, considerando los tiempos de respuesta, las probabilidades de triunfo y la conducta gestual del autómata, entre otros factores. Su lectura no tiene desperdicio e ilustra el alcance de la lógica aún desprovista de cualquier comprobación experimental.

No quisiera cerrar esta breve relación de autómatas en obras de ficción, sin mencionar, así sea de paso, a La Casa de Vapor, de Julio Verne, del año 1880, novela de aventuras que tiene como gadget detonante de la trama la existencia de un artilugio, a medio camino entre una casa rodante y un elefante mecánico.

De manera adicional, existe un libro reciente, que debe recomendarse, la Teoría e Historia del Hombre Artificial, de Alonso Burgos, publicado por la económica Editorial Akal en 2017. Su lectura —más allá de los ciborgs y los super humanos— nos pone ante la cuestión de si, en el fondo, sólo somos autómatas que saben rezar y cómo alguna vez dijo Borges, tan limitados que ignoramos cuál será el rostro con el que Dios nos mira.


[1] Vale precisar un poco el término, el autómata –en la segunda acepción de la Academia– es una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado. Concedamos con Aristóteles que las plantas tienen un ánima vegetal y admitiremos en esta definición a los naranjos mecánicos (con perdón de Anthony Burguess). También es conveniente señalar que autómata y robot no son términos intercambiables, diríamos ahora que el autómata tendería a ser analógico, mientras que el robot es más propiamente digital.

[2] A estos trípodes habría que agregar dos doncellas de oro “que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses”.

[3] El jugador de ajedrez, originariamente de Von Kempelen fue transferido a Maelzel —en cuyo poder lo conoció Allan Poe—. En fecha posterior, el ingenio fue vendido a John Mitchely, quien lo donó a un museo en Filadelfia, lugar donde a la postre fue consumido por un incendio.

Andrés Neuman: certezas y dudas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Neuman, #HistoriasSinSpoilers

No sé por qué intento respirar tu rastro cuando la lluvia perfuma el polvo, ansioso de encadenarte a mis pulmones. No sé por qué convoco al pasado, si estoy seguro que es un inválido sin ruedas. No sé por qué acaricio a los gatos como si buscara un secreto medieval en sus ronroneos. No sé por qué desconfío de los dioses, necio a darme cuenta que son tan necesarios como las caricias de un mentiroso amante. No sé por qué insisto en escribir, edificar párrafos endebles sin inquilinos.

En su poemario, No sé por qué, Andrés Neuman ejecuta un juego reflexivo y se aventura a cazar respuestas. No sé por qué venero la pornografía, es el verso inaugural del texto. Aquí el autor, descubre la fascinación por el salvajismo, la seguridad que brinda la distancia y el placer tan cómodo encontrado en la soledad.

En otro poema, afirma que las urnas funerarias son grandes ceniceros. Neuman se reclama su pasión por el cigarrillo a pesar de ver a su madre morir de cáncer, me desprecio cada día por no salvarla en mí. Así, la obra regala grandes sentencias y en ellas se revela un escritor que apenas a sus cuarenta años posee la experiencia de un mago de blancas barbas. Los poemas son un partido de tenis en donde el saque presenta la interrogante y la solución será ese punto ganador al que le aplaudimos con la boca abierta.

Para Andrés, hacer el amor no es broma, aunque se pregunta por qué reímos al entregarnos al otro, ¿será por las posturas carentes de elegancia?; pero al mismo tiempo, sabe que en el acto rozamos con la punta del pie un paraíso.

Neuman también indaga sobre la insistencia de las lagartijas, el desequilibrio de los cuadros, la utilidad de las comas, el tiempo perdido en internet y los besos enjaulados en la humedad de los labios. También se sorprende al darse cuenta que lloramos mejor con las películas/que con el argumento de la vida propia. Sin duda, es más fácil ser espectador que personaje; cuando las lágrimas son nuestras, resultan sobreactuadas o demasiado contenidas, sin la práctica de los grandes histriones.

Pero así como se cuestiona el llanto, hay un poema impactante, tal vez uno de los mejores de la obra. No sé por qué me río si me consta la muerte. Ante esto plantea tres hipótesis: reírse es un método exorcista, la risa es un buen truco/para que el cadáver desaparezca del escenario y reírse/es agradecimiento/celebración de los ausentes/que alguna vez también se divertían. Esta última, me resulta la más gratificante, con nuestras bromas los fallecidos cobran vida, recordamos su esencia, la mirada encendida al ser parte de una carcajada galopante. La risa como escudo indestructible, como música que acompaña a todas las vidas desde el inicio de los tiempos.

Para el ocaso de la obra, aparece un cuervo que persigue al autor y él tampoco sabe el porqué. Es el mismo, nos cuenta, que oscureció el verano de Van Gogh, ese de Poe graznando nunca más nunca más. Al ave, Neuman le pide durar un poco más un poco más un poco. Aunque sin especificar el para qué de la demanda, al final del libro nos es bastante clara la misión del autor: mientras esté con nosotros, nos compartirá verdades vestidas de dudas; el argentino es un explorador y bucea para resolver misterios.

No sé por qué, Andrés, encuentro en tu poesía tantas certezas, motivación, el goce de encerrarme en un libro y no salir de ahí. No sé por qué, Andrés, aún creo en el amor, en el mundo mejor que soñaron nuestros padres, en la alegría, en festejar cumpleaños y abrazar a los seres que nos reparan el corazón; no sé por qué aún espero los besos que anhelan eternidad como si desconociera la fugacidad de la belleza. No sé por qué, Andrés, a pesar de tantos golpes, aún no me enfermo de cinismo; será que la sonrisa me es útil para espantar a la gramática torturadora, al cansancio, a esas mujeres que, como diría Girondo, no saben volar; pero en especial, la mueca me sirve para engañar a los cuervos, aquellos que cuentan nuestras horas.

 

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

Bisbis bisbis


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hace tan solo unos días (mientras Javier y yo comprábamos en el Oxxo cualquier tontería que bien podríamos haber comprado antes), escuchamos a Wakefield balbucear algo que no entendimos, pero que no eran groserías. El vagabundo de la colonia al que le seguimos la pista aunque nos mudamos de casa y a quien sólo habíamos escuchado decir chingaderas cuando se enojaba, también va al Oxxo y se compra  refrescos, también sabe decir palabras amables, aunque sólo suenen a algo así como “bubusa”, o “glu-glu”. En tan solo segundos, el hombre misterioso al que le hemos construido toda una historia, al que hemos seguido con asombro por la ciudad y con quien de vez en cuando cruzábamos un “buenos días” o un “buenas tardes”, al que él respondía con un resoplido y una sonrisita, ya no parecía tan extraordinario ahí, frente al mostrador, con sus monedas.

Por alguna razón, escucharlo y verlo en un lugar tan ordinario para nosotros y que se comportara como un hombre civilizado, me hizo pensar que algo se había perdido, aunque fuera sólo un pedacito. Y es que él es como una versión en carne y hueso de esos personajes que no se explican, sólo se experimentan como una infinidad de posibilidades que, si se reducen a una sola, se desvanecen. Como el personaje de Feuille Morte, de la novela Modelo para Armar, escrita por Julio Cortázar, a quien todo le asombra y acompaña a los personajes a un lado y a otro y que sólo dice: “Bisbis bisbis.” Jamás he entendido qué diablos pasa con Feuille Morte o qué es exactamente, pero su potencial para ser casi cualquier cosa, lo hace mi personaje favorito en esa historia.

Viendo a Wakefield caminar con una blusa de mujer en el verano, tomando el camión y andando, siempre andando, prefiero pensarlo como mucho más que un vagabundo que alguna vez perdió la cabeza y se quedó en la calle, a dormir bajo los árboles y a comprarse refrescos en el Oxxo.

El misterio sobre “el Horror”, que el señor Kurtz nombra y que el protagonista de la novela guarda como un secreto en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, me emociona precisamente por no saber de qué se trata. Dejar que la suposición se imponga a la realidad me parece más interesante que saberlo todo, como la idea de adivinar qué habrá querido escribir Trump con el famoso Covfefe o imaginar la historia detrás de una cicatriz. Ya desde niña mi mamá  me decía bastante seguido que: “el sordo no oye, pero compone”, y supongo que es verdad; en el silencio, es más fácil crear.

Quizás eso era en lo que pensaba Carson McCullers cuando creó a Mr. Singer, el sordo protagonista de El Corazón es un Cazador Solitario,  o Cristina Rivera Garza cuando armó toda una escena en la que los personajes de La Cresta de Ilion ( entre ellos Amparo Dávila), hablan en un idioma que se parece mucho al bisbiseo de Feuille Morte. Mario Heredia también tiene un cuento en el que una serie de piezas musicales se componen a lo largo de años en el silencio y que el lector sólo puede escuchar una vez que termine la historia y sume, como una melodía, los recuerdos que ha ido construyendo página a página en torno al personaje principal.

Hoy Wakefield camina por la calle un poco más tangible que de costumbre, y más tarde, cuando voy a la zona de Chapultepec y veo a otro indigente jugando con el agua de la fuente, descubro a un hombre mirándolo fijo, con la misma sorpresa que tal vez se me nota cuando veo al  apresurado chaparrito que no usa los zapatos en pares. Por un momento pienso: no, no lo mires tanto, algo así de maravilloso habría que mirarlo sólo de reojo. Pero luego descubro que me interesa el hombre que mira, más aún que el vagabundo.

¿Qué misterios guardará para que le cautive tanto ver a un hombre deslizar el agua por sus brazos? ¿Le recordará a alguien? ¿Le hará desear acercarse y mojarse, también, las manos? Y entonces me asalta la posibilidad de que alguien me mire a mí y se pregunte: ¿qué hace esa mujer mirando a ese señor? Así que me apresuro, voy al Oxxo, y compro una coca que pago en silencio, señalando las monedas, sin bisbisear.

#wakefield, #HistoriasSinSpoilers bisbis-bisbis

La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

“Ocho mil” a la una…


Lente anónima

Por Mariana Mota

 

Para enfrentarme a otra de esas emociones que genera una primera vez, hace poco acudí a una subasta. Mi hermano, otro apasionado de la fotografía (y de las personas que encuentran el rumbo de su vida a muy temprana edad), nos comentó del evento. Desde mi casa pedimos un Uber y, aunque el destino quedaba allá en Zapopan, el golpe económico no sería tan fuerte dividido entre cuatro; todos lo agradecimos en silencio, pues cincuenta, cien, doscientos pesos nos salvan la vida últimamente. Algo me dice que no somos los únicos que atesoran cada Benito Juárez o Morelos que le llega al bolsillo.

Las treinta obras lucían profesionales en sus marcos y estaban listas para que el público las disfrutara, con vías de echarle el ojo a aquella por la que pujaría (ellos; nosotros seríamos meros espectadores). ¿Si no supieran que el autor tiene veinte años, lo adivinarían por las imágenes que toma? les pregunté. Dijeron que no. Todos señalamos nuestras favoritas: retratos de niños de la India, paisajes africanos, animales salvajes. Es difícil creer que con veinte años de edad se hayan hecho viajes semejantes; pero al ver la elegancia de la situación, me resultó comprensible. El dinero suele ser un factor que propicia el arte. Y al decir esto me arrepiento de inmediato: se puede hacer arte en el barrio más pobre de la ciudad; pero sí creo que el factor económico influye en la cultura, en la apreciación estética y en la difusión.

El joven artista, con copa en mano, disfrutaba su noche rodeado de familiares y amigos (entre los que figuraban políticos de la zona, abogados, publicistas, benefactores; eso lo supimos más adelante). Mi hermano y yo, al fin cortados con la misma tijera o hechos del mismo papel, lo observamos, tan resuelto a su corta edad, y sentimos nostalgia; una especie de curiosidad. Coincidimos en que a los veinte años nos era impensable ser fotógrafos que recorren el mundo para capturar belleza, pues nuestra urgencia era de un descubrimiento interior: primero me entiendo a mí y después al mundo; primero me quito las telarañas y luego hago figuras con los hilos. Quizás hasta ahora, a nuestros treinta y tantos, lo estamos intentando. Dicen que nunca es tarde.

Se llegó el tiempo de la subasta. Aunque tuvo un comienzo tímido, terminaron por irse todas las piezas en medio de un festivo y generoso alboroto. La fotografía que había llamado mi atención —porque más allá de mostrar la belleza natural de un lugar, contaba una historia— se la llevó una adolescente que no bajó la paleta del aire. No le importaba a cuánto ascendiera el precio: se iría a casa con aquel instante africano que su amigo capturó. Me pregunté cuánto habría querido o podido pujar yo, y definitivamente no superaba los cuatro mil quinientos pesos que ofreció ella. Me contesté que en realidad no me veía adquiriendo una obra de manera pública: prefiero el calor de la privacidad. El caso es que la chica ganó. A veces se pierde; muchas otras ni siquiera se participa. Recordé aquel grito que un hombre de la calle nos echó a mis amigos y a mí, mientras desayunábamos en un modesto restaurante: pinches ricos. Cuán versátil y viajera puede ser esa frase.

Salimos de ahí con muchos temas de conversación, y en casi todos figuraban las palabras dinero, clases sociales, arte, posibilidades. Blof. Resentimiento. Dijeron que se destinarían las ganancias a un albergue para niños: qué bonito. Luego supe que solo un porcentaje: igualmente lindo. Peculiar tema es el precio del arte: a veces lo fija el artista, a veces el público; y muchas pueden ser las razones para adquirirlo: aplauso a un amigo, apoyo a una causa, gozo por la obra, estatus ante un grupo. Cerramos los temas y volvimos a escarbar en nuestras bolsas; a cada uno nos correspondían veinticinco pesos esta vez.

 

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