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Separados al nacer


Saca el diván

Por Edna Montes


La vida es dura, eso es cierto. El verdadero problema es cómo explicarle a la gente que siempre has sentido que algo te falta. Hay un vacío que no puedes explicar que te deja como… ¿una papa sin catsup? Bueno, es complicado.

Vas triste por ahí, nada nuevo, hasta que un día… te topas con esa persona. Entras en pánico. El parecido es increíble, es tu doble exacto (o todo aquello que serías si fueras del otro sexo). ¡Malditas drogas!, son idénticos. Esto no puede ser una coincidencia. Las explicaciones acuden a tu mente a la velocidad de la luz ¿Se trata de un experimento genético?, ¿conspiración Illuminati?, ¿una broma de mal gusto? Desde luego que no pueden ser gemelos separados al nacer ¡eso es un cliché!

El shock va pasando cuando descubres que no ser tan único como creías no es una cosa mala. Es bueno tener alguien tan torpe y obsesionado con la combinación menta-chocolate como tú.  Además, es como volver a casa. De pronto, aquél vacío existencial desaparece y te ves obligado a admitir que los milagros pasan. En la ficción, al menos. Antes cargabas el peso del mundo en tus hombros, pero ahora que lo repartes todo es más llevadero. Es hora de pedirle a papá y/o mamá algunas explicaciones. ¡Menos mal que no son mellizos cariñosos! (Sí, los estoy viendo Cersei y Jaime; también a ustedes, Luke y Leia)

Este recurso narrativo tiene muchas posibilidades: gemelos del mismo sexo, mellizos, amigos inseparables o enemigos incansables. Fiel a su dualidad, da las mismas oportunidades a la comedia que al drama. Incluso al siempre adorado gemelo maligno. La imaginación es el límite.

Más allá de las oportunidades cómicas y dramáticas de la trama, los hermanos separados al nacer no pierden vigencia porque nos recuerdan que todos añoramos esa parte bella y luminosa que nos muestre lo mejor de nosotros mismos. Quizá también que lo peor no es tan malo como nosotros lo vemos desde el punto de vista de nuestro juez interno. Al final, saber que pertenecemos a un lugar, con todas nuestras peculiaridades y rarezas, es algo que alimenta el alma. Una historia digna de ser contada.


Canción:

Thompson Twins- Hold me now


Recapitulando:

Separados al nacer

Fórmula:

Los protagonistas son hermanos (a menudo gemelos o mellizos)/Alguna situación propicia que sean separados justo después de nacer/ Condiciones azarosas los reúnen/ Pasan una crisis de adaptación o conflicto/ Descubren su verdadera condición de hermanos/ Viven aventuras juntos o se enfrentan como enemigos.

Como lo viste en:

Bibliografía erótica


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes


La mención del infierno suele traer aparejada la visión de la eternidad y el desconsuelo, del fuego y el olvido. Menos frecuentemente, el infierno nos sugiere un lugar enclaustrado dentro de una biblioteca,  donde se resguardan libros cuya lectura se ha considerado peligrosa[1].

Existen muy diversas razones por las que un libro habría de estimarse como riesgoso para su poseedor o lector; hay libros que se dicen encadenados y que presos de sus hierros se sacuden, como poseídos, en los sótanos de carcomidas bibliotecas. Uno de los más connotados libros malditos es el de Toth, otro el Necronomicon, no importa que ambas obras pudieran ser ficticias. Otras veces, el peligro para los bibliófilos ha sido menos sobrenatural y se ha reducido al potencial —cálido— encuentro con las llamas del inquisidor (en caso de descubrirse la propiedad de tal o cual volumen).

De manera más corriente, la “peligrosidad” de esos libros viene de su carácter “obsceno”, por tal motivo, los infiernos de las bibliotecas son el albergue final, el asilo de libros marginados que a pesar de su indecencia —de forma improbable y prodigiosa— escaparon a la hoguera. Sobre estos libros nos dice Pisanus Fraxi, en su Index Librorum Prohibitorum (1877):

«Para el bibliómano, el verdadero amante de los libros por sí mismos, estos volúmenes desconocidos y marginados, estos parias de la literatura, son infinitamente más interesantes que sus mejor conocidos y más apreciados compañeros; y adquieren un valor para él, en proporción a la persecución que han sufrido, su escasez y la dificultad que se experimenta en adquirirlos.»

Como es sabido, Pisanus Fraxi es el alter ego de Henry Spencer Ashbee, el barbado y victoriano coleccionista de erótica más importante que se cree haya existido; negociante de aceites esenciales que nos legó, en tres vólumenes, su personal bibliografía sobre la materia. Los títulos de tal obra son: Index Librorum Prohibitorum (1877), Centuria Librorum Absconditorum (1879) y Catena Librorum Tacendorum (1885).

La propia colección de Ashbee fue donada a un infierno que no lleva el nombre de tal[2], la Caja Privada del Museo Británico, de donde fue transferida a la Biblioteca Británica. La leyenda relata que el acervo de Pisanus fue destruido en parte y se ignora su cabal contenido, debido a que su catalogación fue tardía. Más aún, se afirma que el Museo rehusaba aceptar el legado y si lo aceptó de manera reticente fue por la condición de adquirir otros textos, de Cervantes, de carácter menos censurable.

En adición a la de inglesa de Ashbee, destacan otras bibliografías memorables, la más conocida tal vez es la francesa, denominada Infierno de la Biblioteca Nacional (1919), de Guillaume Apollinaire, que lo mismo reseña obras célebres (como La Nueva Justine del Marqués de Sade, ornada con un frontispicio y cien cuidadosos grabados, editada en Holanda, en 1797) que colecciones anónimas de cuentos y epigramas, con misteriosas anotaciones a lapiz.

En lengua alemana, el referente es Paul Englisch, con su Historia de la Literatura Erótica (1927) y el intitulado Laberinto del Erotismo (1931).

En el ámbito de la investigación bibliográfica en idioma español —o castellano según se quiera— es digna de mención la Bibliotheca erotica sive apparatus ad catalogum librorum eroticorum (1993), de José Antonio Cerezo. El comentador de esta biblioteca, Daniel Eisenberg, nos indica:

«Sobresale en esta bibliografía la amplitud de miras. No se excluye nada, desde el sadismo a la película pornográfica. El que quiera encontrar una historia del desnudo, una introducción al arte erótico japonés, chino o hindú, una defensa de la pedofilia, una historia de la censura o un estudio de la pornografía inglesa del siglo diecinueve, aquí los hallará.»

Desconozco la existencia de una extensa y erudita obra de bibliografía erótica mexicana, quizá se encuentre todavía en el conjunto de las infinitas posibilidades del libro, tal vez se esté escribiendo o ya ha nacido quien la habrá de escribir o duerme en el polvo, junto a la Biblioteca de Mariano Beristain y la Bibliografía Mexicana de Joaquín García de Icazbalceta.


[1] El infierno por antonomasia es el del la Biblioteca Nacional de París; infiernos más bien -debe de decirse- pues actualmente son dos: uno dedicado a los libros impresos; el otro, a las estampas.

[2] Otros “infiernos” de erótica renombrados incluyen: la Colección Delta de la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos, la Colección Phi de la Biblioteca Bodleiana de Oxford y la denominada Colección Secreta de la Biblioteca Estatal de Rusia. Aunque algunos infiernos son más insípidos, tal es el caso de la Universitat de Valencia, donde está confinado Don Carlos Marx.

Ende: Escuchar y el tiempo perdido


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Todos hemos vivido esta situación: nos encontramos en una charla, quien está frente a nosotros puede ser un amigo o la persona que deseamos con locura, pero por algún motivo nos damos cuenta que el otro sólo nos observa con la mirada extraviada y a la espera de que nos callemos. Quien está ahí no escucha, sólo deja pasar de largo las palabras para exponer su discurso cuando sea el turno de hablar. Entonces, con el deseo de venganza brotando de cada poro, ansiosos por lastimar, le pagaremos con la misma moneda.

La principal característica de Momo es su capacidad de escuchar. Michael Ende crea a una niña especial, ajena a la fuerza del tiempo y con el don de cambiar el estado de ánimo de aquellos que le cuentan sus historias. Quien conversa con ella, pronto descubre respuestas, basta que la niña dedique horas a sus amigos. Momo carece de extensos diálogos y al inicio del relato parece más una vagabunda sin preocupaciones; tampoco es notorio el deseo de emprender una aventura inolvidable. Su comportamiento es el de un anciano a quienes los relojes han dejado de importarle. Momo se dedica a escuchar, sin prisas.

La mayoría somos dueños de agendas, diseñamos recordatorios, notas y pactamos citas a ridículos horarios como 9:15 o 10:45. Apretamos los segundos, colocamos nuestra extensa lista de actividades en horas-cajas de cartón, las cuales terminarán por desbordarse. ¿Por qué el apuro? Tal vez sea la búsqueda de los sueños, alcanzar el objetivo trazado; esa zanahoria para engañarnos y darle sentido al absurdo.

La casa perfecta, el matrimonio, ser un profesional exitoso, sobresalir, la alegría de los hijos o incluso convertirse en escritor profesional, son las aspiraciones a las que regalamos nuestras horas. Trabajamos para sobrevivir, acumular dinero, ahorramos tiempo en lo considerado innecesario, porque siempre está esa labor prioritaria que alimenta el objetivo que algún día nos otorgará la felicidad.

Los villanos de esta deliciosa fábula de Ende son los hombres grises. Extraños seres, quienes tratan de convencer a los seres humanos de ahorrar tiempo. Los persuaden con estadísticas, argumentos sobre cómo lo están desperdiciando en tareas superfluas y la forma conveniente de guardar cada instante en una especie de banco. El autor propone una clara reflexión sobre el papel de las instituciones financieras que intentan enseñarnos cómo malgastamos el dinero; por lo tanto, debemos depositarlo en sus arcas, firmar el pacto de los plazos fijos y anhelar los intereses que emplearemos en pagar quimioterapias o largas estadías en hospitales privados; justo cuando sea demasiado tarde para disfrutar de la fortuna.

Los hombres grises engañan porque es la única forma en la que pueden existir, sin horas propias, se alimentan del trabajo de los demás; mientras tanto,  los humanos van dándose cuenta, en una carrera sin frenos, que la preocupación por el ahorro los conduce a ocuparse de forma desmedida.

Nos aterra la idea de una vida tirada al basurero, nos aferramos a la productividad como una idea de permanencia, la posibilidad de trascender, colgarse en los recuerdos de las generaciones venideras. ¿Acaso el arte no esconde cierta arrogancia y pavor al olvido?

Momo, ante el descarado hurto de los hombres grises, deberá alzarse como heroína y recuperar el tiempo de los humanos. Inmune ante las charadas de estos seres deslucidos, le corresponde actuar, entender que llevamos el tiempo en nuestros corazones, que se nos ha destinado un reloj con cierto número de latidos  y por eso es necesario que cada quien sea dueño de su propio reloj de arena, sin que nadie más lo administre.

¿Qué es entonces desperdiciar el tiempo? ¿Enumerar estrellas en noches despejadas? ¿Emborracharse porque sí? ¿Fornicar como leones? ¿Tomar un café sin junta de negocios de por medio? ¿Masturbarse tres veces al día? ¿Entregarse al ocio? ¿Dejar en pausa las metas? ¿Teclear esta columna como si mis dedos fueran caracoles de un jardín abandonado?

Por lo menos una tarde escuchemos realmente al otro. Vayamos a cualquier sitio, sentémonos cara a cara y aprendamos a callarnos, sellemos los labios y abramos de par en par los oídos. Desconfiemos del valor de nuestra palabra, declaremos clausurado el festival del ego, prohibamos los circos del lucimiento personal, quememos minuteros, hagamos trizas los cronómetros y, como Momo, permitamos que nuestros consejos se comuniquen en el mejor de los silencios, ese al que le importa un carajo el girar del mundo.


Fotografía Curtis MacNewton / Unsplash

Paulina y yo


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Parte 1

Sí, a mucha gente le parece extraño que me guste Paulina. Que me guste de saberme sus canciones y cantarlas, de comprar sus discos y así. Aunque de hecho no siempre me gustó. Puedo evocar un par de momentos en que por una cosa o por otra la recuerdo, pero la verdad es que no me hacía mucha gracia. El más antiguo es cuando, supongo, andaba de gira por el país con todo su grupo de chiquillos y chiquillas promoviendo su primer disco. Aquí los presentaron en un tapanco que colocaron en la Plaza Guadalajara, de cara a la presidencia municipal. Era 1982 u 83, por lo tanto ella tendría 11 ó 12. No recuerdo bien si le pedí a alguien que me llevara o fui por mis propios medios, porque en esa época (hay  muy poca diferencia entre su edad y la mía) ya me permitían ir solo a muchos lugares. Sobresalía entre la bola de chiquillos sin duda: sus piernitas flacas y el pelo largo y ondulado, demasiado güero. Se lo han de pintar, sentenció una señora a mi lado, mientras acariciaba la cabellera negra de su hija.

El segundo momento en que anduve rondando su música fue mucho después, en el 2000, cuando ya había dejado el grupo, y era reconocida como solista. Es un recuerdo más frívolo, si cabe remarcar el “más”: la coreografía de una de sus canciones (de la cual una de sus líneas nunca dejó de parecerme eroticona, “y cuando me besas siento que disparas en medio de mi alma”), repetida con total fidelidad por todos los travestis de todos los bares de Guadalajara; y que también la hacíamos en el público, medio en broma medio en serio, entre el grupo de amigos que asistíamos puntualmente a uno de esos bares.

“El Botanero” se situaba en la esquina de Javier Mina y Basilio Badillo. Era famoso principalmente por dos motivos: porque fue el primer bar que comenzó a hacer tardeadas los domingos (de 6 a 10 pm), para todos los que no podían trasnochar y debían llegar temprano a casa; y porque era la antesala del “Mónicas”, el primero y durante mucho tiempo el mejor disco-bar gay de Guadalajara. Los más informados dicen que “El Botanero” mucho antes había sido un bar buga y que su atractivo era un trenecito eléctrico que circulaba alrededor de todo el lugar sobre un riel elevado, cerca del techo. Era de lo más cómodo, porque llegaba uno en el tren ligero, te bajabas en la estación de la ex Penal, caminabas dos cuadras y listo. Podías emborracharte muy tranquilo y ver el show, si te tocaba un lugar cerca de la pista porque el lugar se retacaba.

Luego, cuando arreglaron la azotea como terraza, podías subir si no te interesaba ver a Selena, Lupita Dalessio o Daniela Romo. Al terminar el desfile de artistas, podías bajar a echarte una bailada con tu pareja, o buscar con quién si ibas soltero. A las diez en punto se prendían todas las luces y ya todo iluminado se escuchaba la última canción, que por mucho tiempo fue una de banda, que repetía exasperadamente su título: “La bota, la bota, la boooota”. Pero el propietario de ambos lugares (El Botanero y el Mónicas), ideó una manera de que no se le escaparan los clientes que aún quedaban con ganas de rumba, y a la vez cuidaría que no caminaran de noche las calles que separaban un sitio de otro. Entonces puso a su disposición el celebérrimo Jotibús.


To be continued…

Septiembre negro es el mes de la patria


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter @mambosatan

Mes de la patria

Septiembre es el mes de la patria, o por lo menos ese es el slogan que el gobierno nos repite cada año a través de la propaganda oficial. Podrá ser el mes de la patria pero para el rock mexicano ha sido el mes que ha marcado un par de sucesos que le ha costado superar.

El primero de ellos fue en 1971 y es el siempre mencionado Avándaro, o dicho de manera oficial: El Festival de Rock y Ruedas en Avándaro. Para poner en contexto el festival, recordemos que ya desde finales de los años 60’s se estaban realizando festivales masivos tanto en EEUU como en el Reino Unido. Algunos de los mas celebres son el Monterey Pop Festival de 1967, donde Jimmy Hendrix pasaría a la historia al quemar su guitarra en el escenario. En 1969, Woodstock sería la cúspide del movimiento hippie, y la línea de agua que definiría los festivales masivos, y mas cercano a Avándaro en tiempo (1970), el Festival de la Isla de Wight en el Reino Unido, donde se hizo oficial el nacimiento del trio progresivo Emerson, Lake and Palmer.

Inicialmente el Festival de Avándaro no estaba planeado como un festival masivo. Se trataba de un acto adicional a una carrera de autos que se llevaba en esa localidad del Estado de México, y que estaba enmarcado en las celebraciones de septiembre, el mes patrio. Los organizadores vieron la posibilidad de agregar un concierto de rock, en ese entonces un sonido moderno, la noche anterior a la carrera y la idea fue bien recibida entre los organizadores y se aceptó. De ahí el nombre de “Festival de Rock y Ruedas en Avándaro”.

La idea original era tener dos bandas tocando, las más populares en ese momento, Javier Batíz, de Tijuana, y La Revolución de Emiliano Zapata, de Guadalajara. Estas bandas tocaban en inglés, ya que era un momento donde el rock mexicano estaba pasando de la etapa de los covers (o refritos como se les llamaba en esos días) a la composición de temas originales pero cantados en dicho idioma. Había un cuestionamiento sobre si el rock “puro” debía ser cantado en su idioma original y por eso se puso de moda en muchas bandas cantar en dicho idioma. Ese movimiento llevó el nombre de “La Onda Chicana”, por su naturaleza híbrida, semejante a la de los mexicanos nacidos en EEUU y el uso del espanglish como lengua, como se verá más adelante.

Estar en “Onda” significaba para los jóvenes de esos años, el uso de cierto lenguaje y su gusto por la música pop (a las bandas de rock les llamaban bandas de Pop). De especial atención era el uso de un lenguaje que incorporaba palabras del caló mexicano de las clases populares, y el espanglish que en los años 40 habían traído los mexicanos participantes en el programa Bracero, y que  incorporaban en el habla los jóvenes clasemedieros, en un entorno cada vez mas urbano y que dejaba atrás la imagen oficial con un México rural y revolucionario. De esa forma los viejos eran llamados “La momiza”, si algo te gustaba entonces “te pasaba un resto, Ernesto”, si te debías tranquilizar, entonces “calmantes montes alicantes pintos”, entre otros ejemplos. Aún hoy en día quedan en uso algunas palabras como “la neta”, “las rolas”, “que buena onda”, los “fresas”.

Los escritores jóvenes que escribían de esos ambientes urbanos, y hacían uso de ese lenguaje fueron llamados despectivamente “escritores de la Onda”, (Carlos Monsiváis en su obra Días de guardar dice de ellos fueron el primer grupo en divulgar el slang en la literatura mexicana). Aunque el adjetivo no les gustó, con el tiempo se les quedó. Los mas conocidos posiblemente sean José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña. El involucramiento de estos escritores en el mundo del rock era inseparable, ya sea escribiendo sobre las bandas mexicanas en la publicaciones de la época como la revista “Pop”, y sobre todo en una que sería vital para aumentar la leyenda de Avándaro, me refiero a la Revista “Piedra Rodante”, que era la versión mexica de la entonces contracultural “Rolling Stone”.

Parménides personalmente era un gran fan declarado de una de las bandas que participo en el festival de Avándaro, Three Souls in my Mind, y un gran detractor de la Revolución de Emiliano Zapata, a los que tachaba de “fresas”. Si bien esto no fue motivo para que estos últimos no tocaran en el festival, ya que por motivos contractuales en esa misma fecha tenían un contrato para tocar en Monterrey. El rock mexicano y la onda chicana estaban en boga, y la banda de mas éxito eran esos tapatíos con el clásico “Nasty Sex”.

El otro elegido para el festival, Javier Batíz, declino participar aludiendo que el dinero que se destinaba para el evento era muy poco (40 mil pesos de la época). El encargado de conseguir a los grupos que tocarían, Armando Molina, que además de ser el cantante de La Maquina del Sonido, era el manager de varias bandas, optó por Peace and Love, y El Ritual, bandas que él manejaba. Cuando se propagó el rumor de que se haría un festival de rock más bandas decidieron sumarse, quedando al final las siguientes: Los Dug Dug’s, El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace and Love, El Ritual, Bandido, Los Yaki con Mayita Campos, Tinta Blanca, El Amor, Three Souls in my Mind y Love Army. Cabe aclarar que estos últimos no pudieron llegar al festival por la cantidad de gente que colapso los caminos, y su camión con ellos a bordo y el equipo nunca logró arribar al festival, de igual forma, la carrera nunca se realizó.

Previo al concierto, a las 11 de la mañana hubo una sesión de yoga, no olvidemos que estaban de moda los llamados “Jipitecas”, que era la versión mexicana de los hippies donde sobresalían por el uso del misticismo prehispánico junto con otras corrientes espirituales como el yoga, sobre todo popularizado por los Beatles. La moda jipiteca impero en el festival, ya que era fácil reconocerlos pues el usos de ropa elaborada por indígenas como huipiles, sarapes, ropa de manta, además de muchas veces calzar huaraches y usar pulseras y collares con motivos indígenas.

Después del yoga siguió una presentación de la opera rock Tommy de The Who por parte del grupo de teatro experimental de la UNAM, para después comenzar con bandas que no estaban en la lista oficial de Avándaro: La Ley de Herodes (con Sergio Arau, a la postre miembro fundador de Botellita de Jerez), Zafiro, La Sociedad Anónima, Soul Masters y la Fachada de Piedra, tapatíos que contaron con el cantante de 39.4 en un palomazo.

A decir de los asistentes se esperaban unas 70 mil personas pero al final, en los dos días del festival se congregaron mas de 100 mil personas (hubo quien dice que hasta medio millón de personas, pero eso es parte de la leyenda). A pesar de la cantidad de gente, se puede decir que el festival concluyo con tranquilidad, ya que no hubo ninguna perdida humana y tal vez lo mas “alarmante” fue la famosa “Encuerada de Avándaro”, una chica que en el éxtasis de la música se desvistió y fue motivo de que se le tomaran infinidad de fotografías y que serviría de alimento para la prensa amarillista que no dejo de criticar al evento. La revista “Piedra Rodante” publico una entrevista muy hilarante con ella, aunque años mas tarde se descubrió que había sido falsa y era una broma de algunos escritores de la onda que escribían ahí.

Muchos de los intelectuales también se sumaron al ataque al festival, calificándolo de alguna manera de “antipatriótico”, y no bajándolo de una orgía llena de drogas. Algunos otros lo defendieron, pero el saldo en el imaginario colectivo fue de que el festival había sido un “degenere” no acorde a las “buenas costumbres” nacionales. La única banda que hizo un llamado a no olvidar a los estudiantes muertos fue Three Souls in My Mind.

Teorías de la conspiración hay muchas, unas dicen que la satanización del festival fue un ataque a las aspiraciones presidenciales al entonces gobernador del Estado de México, Carlos Hank González, que había dado los permisos, otros dicen que cuando el gobierno se dio cuenta de la capacidad de convocatoria que tenían los jóvenes a través del rock, básicamente se prohibieron las manifestaciones juveniles que no fueran acordes al concepto estatal. De ahí que mientras el rock se marginaba, otras expresiones que daban la imagen de una aparente apertura revolucionaria del régimen, tales como el canto nuevo o la llamada “música folklórica latinoamericana” florecieran a través de las famosas “peñas”.

Básicamente después del festival de forma lenta pero gradual se fueron cerrando las puertas al rock mexicano, y la programación radial básicamente dejo de existir para los grupos nacionales, así como los lugares de conciertos, por lo que la alternativa para las bandas sobrevivientes fue refugiarse en los llamados “Hoyos Fonquis” —termino, por cierto, acuñado por Parménides García Saldaña—, lugares improvisados que iban desde un lote baldío hasta auditorios con sonido terrible, donde las bandas tocaban ante un publico cada vez mas marginado y mas lejano de la clase media, habitual escucha del rock mexicano. Los chavos de onda ahora eran marginales y mal vistos.

Septiembre negro

El segundo suceso trágico se da 14 años después, un fatídico 19 de Septiembre, cuando la Ciudad de México fue sacudida por un terremoto, que además de dejar en escombros una buena parte de la ciudad, también se cargó con la vida de Rockdrigo González, el Profeta del Nopal.

Al inicios de los ochenta, con el cambio generacional que acompañaba a la nueva década, se le comenzó a dar mayor espacio al rock. Auditorios de universidades se abrían a estas manifestaciones culturales y, de manera lenta, la clase media volvía a acercarse al rock mexicano. Se organizan algunos concursos de rock apoyados por el museo del Chopo, (o sea la UNAM), y se editan discos grabados con cierta calidad, destacando “Nadie en Especial” de Chac-Mool, quienes logran ser firmados por una trasnacional y sacar su disco con funda doble. El cambio generacional también se refleja en los sonidos de las bandas, que lentamente van dejando atrás el acostumbrado R&B de los Hoyos Fonquis para acercarse a propuestas nuevas como el punk, new wave y post-punk de Los Pijamas a Go-Go, Size, Dangerous Rhythm o The Casuals.

No solo en la Ciudad de México pasa esto, Guadalajara aporta más bandas y ofrece mas apertura de espacios donde bandas como Sombrero Verde y Los Clips tocan junto a leyendas de la década pasada:  Toncho Pilatos y Spiders, entre otros. Aún con esto los espacios eran limitados y se sumaba la dificultad de conseguir instrumentos y equipo musical, los precios eran exorbitantes y México vivía una de sus peores crisis económicas. La devaluación constante del peso frente al dólar hacía imposible para muchos músicos comprar incluso una guitarra eléctrica. Muchas veces se rentaba equipo, lo cual incluía instrumentos musicales, para poder tocar.

Entre los resabios de los años 70’s aún se contaba con un animado circuito de peñas que para sobrevivir estaban dando espacio a cantautores, mas cercanos al rock que a la música folklórica, los cuales tocaban acompañados por su guitarra acústica. Uno de esos músicos era Rodrigo González, o Rockdrigo para los compas. Procedente de Tamaulipas de forma lenta se había forjado cierto nombre en el modesto circuito de la capital mexicana. Rockdrigo, junto con Rafael Catana y Fausto Arellín, se reúnen bajo el apelativo de Tríptico Rupestre para presentarse junto a Jaime López en la presentación de un libro sobre rock. De esta idea inicial se desembocaría en lo que se llamo “Movimiento Rupestre”, que contó incluso con un “manifiesto” que, un poco en broma y un poco en serio, hacia un llamado a los músicos para que sin necesidad de parafernalia sofisticada, básicamente acompañados por sus guitarras acústicas y unas buenas letras, se manifestaran al tocar.

Rockdrigo y los rupestres van ganando espacios donde presentarse, desde los culturales oficiales hasta pequeños sitios que presentaban bandas de rock. Los Rupestres podían moverse bien con esa característica dual, ser cantautores muy cercanos al folk y al rock. En 1984 Rodrigo González graba el único casete que editó en vida, Hurbanistorias.  Es precisamente en el terremoto de 1985 cuando la muerte lo alcanza en su departamento. Ese último año, González había estado muy activo, incluso había hecho algunos programas especiales de TV que salieron al aire de forma posterior al terremoto. La noche anterior había dado un concierto, y como en muchas tragedias, estaba a punto de irse a Europa a buscar nuevos aires. Parafraseando un poco la letra de una de sus canciones, Rockdrigo no tuvo tiempo de cambiar su vida. Podríamos decir que es la figura trágica más célebre en el panteón del rock mexicano.

Por cierto, Parménides García Saldaña, el único escritor de la onda que sí acepto ser llamado así, también murió un 19 de septiembre. Solitario en un cuarto de azotea que rentaba, supuestamente de neumonía y tan solo tres años antes que Rockdrigo.


Nota: Cuando comencé a escribir el texto aún no sucedía el terremoto del 19 de Septiembre del 2017, nunca imaginé las coincidencias. Le dedico el texto a todos los que han ayudado a las víctimas de este suceso trágico.


Fotografía: Pedro Meyer

El esquivo pez patria


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Decir que los lunes son terribles es caer en un cliché, pero lo son. El fin de semana nunca alcanza. La rutina suele ser la misma, me levanto a las seis treinta porque apagué la alarma de las seis quince, aún me quedo algunos minutos mirando hacia el techo, o viendo las notificaciones de mi teléfono, o pensando en cuando será el día que tenga energías para levantarme fresco y alegre. No, no creo que llegue eso último. Mientras mi esposa arregla a los niños, yo me visto, luego hacemos su desayuno y almuerzo. El primer día de la semana ellos están más renuentes y yo suelo estar ralentizado, moviéndome cómo a través de un líquido viscoso.

El camino a la escuela se complica aún más debido a que en lunes se pone un tianguis por la que es la ruta más directa. Durante algunas cuadras los carriles de un lado de la avenida deben volverse calle de doble sentido. Por supuesto la histeria está en todos los conductores, los claxonazos se dan a la primera provocación y no faltan quienes se meten a la brava o dan vuelta donde no está permitido. Llegar a la escuela no suele ser muy distinto, a pesar de haber un carril exclusivo para bajar niños, en el cual todos vamos haciendo cola con paciencia, no faltan los padres que se ponen en doble fila o tapan alguna cochera de un vecino con el pretexto de bajarse a acompañar a sus criaturas hasta la puerta tomados de la mano. Debo ser un padre terrible, yo desde pequeños les enseñe a que deben bajarse solos, a ponerse la mochila en la banqueta y cerrar la puerta del auto, todo lo más rápido posible. Solo me falta darles una patada para que se bajen, suelo pensar cuando veo a esos padres tan amorosos, que sin embargo en el nombre de esa atención no les importa perjudicar el orden o a alguien más.

Hace unas semanas, a inicios de septiembre, repetíamos esta rutina semanal y, mientras bajaba a mi hija, mi niño de cuatro años vio a uno de los autos estacionados en una cochera con un par de banderas tricolor sujetas al marco de la puerta. Me preguntó con su voz inocente que si podíamos comprar unas iguales para mi coche. Sonreí y respondí que ya veríamos, mi forma sutil de decirles que no a alguna petición.

Con el inicio de Septiembre suelen venir los repasos de temas cívicos, de historia, las tareas donde hay que hacer una maqueta o una bandera, incluso el mandarlos disfrazados a la escuela. Por estos días me surge una cuestión que tiene ya algunos años: ¿Cómo les inculco a mis hijos los valores “patrios” si yo mismo estoy desencantado de ese concepto?

El fin de semana del grito en las redes se encontraban dos posturas: mientras que unos señalaban que no había nada que celebrar, otros repetían las virtudes que tiene el país, la cultura, su gente. Yo no me expresé por ninguna. Si bien entiendo el valor que tenemos como sociedad, el sentido de pertenencia que inculca la cultura e historia común, tengo años, décadas, apático hacia esta necesidad de alegrarse por haber nacido en cualquier lado. A ese respecto creo me identifico con el poema “Alta Traición” de José Emilio Pacheco, para mí también el fulgor abstracto de la patria es inasible. Sin embargo, después del sismo del 19 de septiembre fui testigo, como muchísimos otros, de cómo la gente se unió, de cómo emergió lo mejor de las personas ante el desastre. Al igual que todos, me conmoví con las imágenes y me asombré ante la fuerza mostrada en la adversidad.

Es curioso, pero desde que recuerdo, mis padres siempre nos dijeron que ellos trabajaban para darnos lo que no tuvieron. Sin dejar de agradecerlo, y tal vez estando yo equivocado, mi esperanza ha sido más bien que logre educar a mis hijos para que sean mejores que yo. Hace unos años, en una junta, nos preguntaron a los padres que virtudes esperábamos inculcar a nuestros hijos. Mientras muchos hablaron de amor, civismo y agradecimiento, yo mencioné inteligencia, pasión y empatía. Ahora me explico, porque aquel día no tuve oportunidad: Más inteligentes, no en las notas sino en sus decisiones, que tengan pasión ante la vida, que sigan sus sueños y cada día tenga un sentido, y sobre todo más empáticos, que se pongan en la piel del otro y desde allí intenten entender el mundo. A ese respecto, procurare que durante los años que vengan vean las imágenes de estos días, que se conmuevan como yo y descubran esa otra “patria”, la que no es oficial, la que surgió espontánea. Me queda, nos queda, también enseñar con el ejemplo: serán meses para seguir ayudando.

En esta semana he visto a las personas manejar con más calma, a los padres ser más ordenados, abrazar con más cariño a sus hijos cuando los dejan en la escuela. Si bien este lunes fue igual el cansancio y la prisa, algo hay diferente. Espero no olvidemos pronto, espero yo no olvidar. Hoy volví a dejar que se bajaran solos, les repetí que los amo antes de que cerraran la puerta.

Relato de un martes salvaje


Lente anónima

Por Mariana Mota

Estaba justo en el punto de intersección. Girar a la derecha significaría continuar con mi agenda: avanzar; doblar a la izquierda, en u,  era regresar al punto del que había salido. Retroceder. De haber estado tranquila, aquellos veinte segundos en que debía tomar la decisión me habrían punzado menos en el estómago, pero la furia invadía mi coche, así que los sufrí. Era mi sentido de la responsabilidad versus las poquitas ganas que tenía de volver al salón de clases. Una llamada quizás hubiera bastado, pero pocos días antes Telcel me había arrebatado, a la mala, mi saldo y no me di el tiempo para resolver ese problemón. Mi único medio de comunicación era el presencial.

¡Maldita sea! ¿Regresé o no a su lugar el kit del pizarrón interactivo? Así es esa poderosa mezcla de frustración, enojo y soberbia: me hace perder la memoria del ahora y hago las cosas de manera automática, sin la mínima conciencia. Son todas las telenovelas de televisa juntas; no se trata de nada, solo hay violencia y ya; maestra, no me está gustando nadita; son como capítulos de La Rosa de Guadalupe; me estoy durmiendo: en mi pensamiento solo había espacio para las frases que aquellas bestias pronunciaron minutos antes, no importaron mis esfuerzos por recordar si había puesto el kit en su sitio.

No iba a estar tranquila hasta asegurarme de que todo estuviera en su lugar, así que, después de ver la hora y asumir que perdería tiempo, giré a la izquierda. ¡Ojalá no me tope con ninguno!, pensé, con la bilis en la garganta y probablemente en la cara: qué peligroso es que las facciones no sepan disimular las emociones. Estaba segura de que mis esfuerzos por ocultar mi molestia y guardar la compostura habían sido en vano: probablemente todos se habían dado cuenta de mi estado cuando di por terminada la clase y les pedí que reflexionaran sobre j, k y l, a propósito de la película que acabábamos de ver. Me han dicho que mis ojos fulminan; así que a querer o no, debí reprobarlos con la mirada.

Volví a pasar la credencial por el lector y la pluma-guardia me dejó ingresar. El enojo continuaba, pero había ido de acribillarme con las frases de los chicos a hacerlo con preguntas sobre mis métodos: ¿no han funcionado en absoluto las últimas cinco semanas?, ¿tanto hablar de premisas, intenciones, psicología del personaje, no había despertado una mínima intención de análisis? Mientras caminaba rumbo al edificio me hice consciente, ahora sí, de mis pasos veloces. Esta juventud no tiene remedio, me dije mientras pensaba en Zutano o Mengana, y justamente la voz del primero me sacó de mis pensamientos. Me interceptó a medio camino para avisarme que había olvidado mi celular en el salón y que lo entregó al prefecto. Sorprendida por su gesto salvador, le di unas enormes gracias y aumenté la velocidad de mi paso mientras metí la mano al morral. Revolví todo, y cuando estuve en el marco de la puerta de aquella sala de maestros a la que originalmente me dirigía, corroboré que en efecto no lo traía.

Entré al salón, dirigí la mirada al estante de los kits y ahí estaba el mío, muy formadito en su lugar. Ya uno se siente perdido sin ellos, ¿verdad, maestra?, me dijo el prefecto mientras me entregaba el aparato. ¡Sí! De haberme percatado me habría sentido perdida todo el día, pensé. Agradecí y salí del salón. Mi paso ya era más calmo, pero la furia seguía en mí, esta vez me taladraba con una nueva pregunta, relacionada al origen de mi molestia: ¿que su gusto no coincidiera con el mío, que se precipitaran a una lectura que yo considero superficial, que sus comparativos hubieran sido pobres? Casi al llegar a mi coche me topé de nuevo con Zutano, que estaba contento de que yo hubiera recuperado mi celular.

Veinte minutos después yo estaba de nuevo en la intersección, esta vez con mi celular en el morral, con la certeza del kit en su lugar y con una premisa más clara sobre la película: el ser humano es una bestia salvaje que se despierta a la mínima y estúpida provocación. Todos. Algunos tratamos de domarla y a otros nos cuesta trabajo, pero ahí la llevamos dentro. También pensé en esa garrafal mentira de que la juventud de ahora no tiene remedio: ojalá a mis diecisiete años, o incluso ahora estuviera tan despierta como lo están estos chicos. El enojo tiene el poder de destruir, momentáneamente, lo que tanto trabajo ha costado construir. Esa maldita furia me seguía palpitando, pero ya tenía una apariencia distinta. Al día siguiente tuvimos una clase-conversación muy productiva y todos nos pusimos a escribir nuestro propio Relato Salvaje.


Fotografía: Morgan Basham / Unsplash

De qué escribir cuando se lee sobre escribir


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

 ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?

Nadie puede negar que la existencia de Haruki Murakami constituye una cuestión que debe atenderse dentro del contexto literario de la actualidad. Desdeñado por muchos críticos, pero adorado por una legión numerosa de fanáticos, la obra de este autor japonés está destinada a conservarse durante algún tiempo en la memoria colectiva de quienes se dedican a la noble tarea de leer a sus contemporáneos.

Todavía es muy pronto para determinar cuál es el lugar que Murakami ocupará dentro del pantheon de las letras, aunque él está convencido de que su obra trascenderá lo inmediato y se ubicará en la posteridad y que las generaciones actuales de críticos, sobre todo de críticos, no están conscientes de lo que representa la propuesta que él presenta en cada una de sus novelas. A lo largo de De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) retorna de manera obsesiva a ese tópico: los críticos no me quieren. Cuestión que contrasta con la serie de valoraciones hiperbólicas que adornan las solapas del libro en cuestión: “Murakami merece el Nobel”, “Murakami es el mejor escritor vivo”, “Murakami es un genio”. Al menos en su edición en español incluye toda una solapa de alabanzas en ese sentido.

Murakami

Pero, ¿qué es el libro más allá de una oportunidad para quejarse de la manera en cómo la crítica lo ha vapuleado, sobre todo en Japón? Es un ensayo autobiográfico, a decir de él mismo, en las páginas finales del texto. En este material, Murakami intenta hacer una disección de aquellos elementos que configuran su escritura o, podríamos decir, la escritura en general. Tópicos como la iniciación literaria, el papel de la escuela, la construcción de personajes, la construcción de una disciplina relacionada con el acto de escribir, las traducciones de las obras, la entrega total al acto creativo, recorren las páginas de este libro que, a pesar de su lectura ágil (como la mayoría de los libros del japonés), se vuelve un tanto repetitivo en lo que respecta a diversos puntos.

Uno de los puntos tiene que ver con la genialidad. Para el autor de Tokio Blues esta cuestión no existe. Como buen refuerzo del arquetipo del carácter nipon, Murakami alude a la disciplina como uno de los elementos fundamentales del quehacer escritural. Retornando a los temas que ya había planteado en su entretenido, y en muchos sentidos más logrado como alegoría del acto de escribir, De qué hablo cuando hablo de correr, la obsesión con respecto de la disciplina física parece uno de los temas en los que funda la caracterización de su forma de crear. En la página 170 lanza una sentencia que ya ha sacado bastante ámpula: “Un escritor está acabado cuando engorda”. En cierto sentido, empareja el acto de crear con el de correr. Lo explica mejor en su otro libro y lo hace más como una alegoría de lo que un joven escritor debe hacer al desear convertirse en un autor de éxito: si quiere escribir, deberá escribir. Siempre, aunque no quiera. Es la misma técnica que utilizan aquellos que se dedican al atletismo de fondo: se corre diario, aunque no se tengan ganas de hacerlo. Así un escritor debe dedicar tiempo y esfuerzo a la escritura. Murakami asegura que todos los días escribe, sin que nadie ni nada se lo impida, un mínimo de diez páginas, de tal forma que a fin de mes tiene un texto de 300 que podrían convertirse en una novela. El paralelismo entre el acto de escribir y el de mantenerse en forma física es recurrente en su obra autobiográfica. Dice por un lado, refiriéndose al ejercicio físico:

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr, en concreto cuando escribía La caza del carnero salvaje. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o a nadar durante una hora casi a diario. Físicamente me encuentro en forma y durante esos treinta años nunca me he enfermado ni lesionado.

Y por otro, para hablar de su disciplina de escritura:

Si se trata de escribir novelas soy capaz de usar esa fuerza interior para obligarme a estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro (al menos en gran parte) en mi caso no es innata. La he adquirido con el tiempo y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Creo que cualquiera puede hacerlo si se esfuerza, por muy difícil que resulte en apariencia. Es una fuerza que no admite comparaciones como sucede con la fuerza física. Sólo sirve para mantenernos a nosotros mismos.  

Más allá de esa obsesión por desdeñar los premios y por insistir en la necesidad de que el ejercicio físico sea parte de la disciplina de un escritor (en ese sentido hay puntos de encuentro con Yukio Mishima, el escritor samurai que terminó suicidándose ritualmente en protesta por la pérdida de valores tradicionales del país y su sujeción al mundo occidental), Murakami desgrana muy interesantes conceptos con respecto de su particular forma de concebir el arte y la escritura. En el camino aborda escenas y periodos de su vida personal y familiar que resultan de interés para los que gustan de hurgar en la vida a ras de suelo de sus ídolos; Murakami no los decepciona: habla de la manera en cómo su esposa es una lectora tenaz e inclemente de todo lo que escribe, su primera crítica, correctora y editora; de cómo a pesar de ser hijo de profesores en un Japón que iniciaba su camino hacia la hipermodernización tecnológica nunca había sentido especial entusiasmo por la escuela, pero sí mucho por los libros; de cómo concebía la escritura en una primera instancia como un arte que podía ser concebido de manera paralela a la concepción del jazz, una de sus aficiones más caras; de la manera en que decidió renunciar a ser un dependiente y administrador de un centro nocturno para dedicarse a ser un escritor profesional; relata cómo sus dos primeras novelas fueron escritas a deshoras en la mesa de la cocina de una humilde vivienda. En fin. Hay vida y escritura en este libro que no será en particular memorable más que para los lectores fieles de la obra del autor. Dicho esto no con afán descalificador, sino porque el libro se encuentra entramado con la manera en cómo van apareciendo a lo largo de su vida las obras que sus seguidores le celebran de manera incondicional.

Murakami desvela una imagen que le surge al ver E. T. El extraterrestre, la película de Steven Spielberg. Le admira la manera en cómo el alienígena construye una radio para comunicarse hacia el espacio con materiales de uso común en una casa. Materiales de uso cotidiano que reunidos le daban forma a una maravilla tecnológica. El autor no duda en pensar que esa es una manera de concebir la escritura y las posibilidades que cada autor tiene para concebir una obra digna e imperecedera:

Cuando vi la escena sentado en la sala de cine, sentí una profunda admiración. En mi opinión, las grandes novelas están construidas en cierto sentido de esa manera. No es tan importante la calidad de los materiales en sí. Por encima de cualquier otra consideración, deben provocar una especie de magia. Si solo disponemos de materiales sencillos, cotidianos, de palabras no demasiado complicadas, pero todo ello encierra un halo mágico, podemos llegar a construir con nuestras propias manos máquinas complejas y sorprendentes.

En conclusión, De qué hablo cuando hablo de escribir no es un instructivo para escribir como Murakami, es más bien una forma de asomarse a algunos aspectos que le permiten a este autor contemporáneo construir la poética que le ha hecho un escritor de gran éxito. A pesar de la falta de reconocimiento que algunos le regatean. Y que él sufre como desprecios. Aunque diga, múltiples veces a lo largo del texto, que es algo que no le importa.

Hecho en México


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Batman llega en el batimóvil con un Robin de plástico a dejar víveres en la colonia Roma; Frida Sofía se consuma como una ficción menos atractiva que la mujer de intendencia que sí murió bajo los escombros; una perra rescatista con visor y zapatitos se convierte en heroína; un poema se convierte en tema de aplauso y crítica en menos de cinco minutos y el número cinco pierde su valor para volverse menos que uno; un par de jóvenes son grabados “dándose amor del bueno” entre las lonas de plástico de un centro de acopio.

Todo parece una ficción que sólo podría suceder en México. Hasta que me toca compartir la mesa con una amiga que pasó la semana organizando camiones con jovencitos que querían ir a ayudar a las pequeñas comunidades que no salen en las noticias y la escucho hablar de la angustia con la que esos papás despiden a sus hijos. Hasta que veo a una alumna con una cajita improvisada en la que todos pueden cooperar con monedas para enviar ayuda. Hasta que descubro, en el muro de alguien más, la foto de un primo con el que casi no tengo contacto y lo reconozco entre un grupo de médicos voluntarios que a pesar del cansancio, aceptaron ir a casa de un niño que los invitó a cenar. Todos tenían comida en sus respectivas casas, pero fueron por la ilusión en la cara del niño, que sonríe en la  foto como si, efectivamente, hubiera invitado a cenar a Batman.

Latas con mensajes de ánimo escritos con marcador indeleble en las tapas; cartas de amor a quienes no sobrevivieron; reclamos por los que ayudan y se toman fotos; airados posts en los que se cuestiona hasta cuándo durará la moda de ayudar; gente caminando con letreros que prometen que si vas a comer a tal restaurante la mitad de tu cuenta irá a donaciones; tortugas y pericos rescatados que despiertan el entusiasmo por encontrar vida bajo los escombros y más estampitas de la perra, que también se llama Frida.

No puedo quejarme: no como pensaba quejarme hace una semana cuando parecíamos estar listos para sacarnos los ojos unos a otros en nombre de Mara y tantas otras víctimas. No como cuando llegué a escuchar a un par de niños decir que en México ser narco era ser un héroe y qué importaba si al final los mataban, si tenían chicas guapas y dinero por el tiempo que les alcanzara la vida.

Hay muchos más pendientes entre líneas, más quejas, más piedras que tirar porque también nos alivia y alimenta a ese animal que todos llevamos dentro y que no usa visor, ni zapatitos. Pero no quiero escribir sobre eso, sino de esta sensación de oportunidad que guardan todas estas historias que se desenvuelven ante nosotros. Historias que, con todo y sus vueltas de tuerca, con todo y los absurdos que no pueden faltar en cualquier tragedia mexicana, han tenido multitud de personajes involucrados en el afán de ayudar. El impacto de sus pequeñas o grandes acciones no se pueden medir ahora mismo, pero quizás puedan ser referentes cuando se ofrezca invocar a héroes que no sean el Señor de los Cielos o Pablo Escobar.

Mientras tanto, un hombre corre en Berlín con una bandera mexicana que dice: “México Stark”; una mujer que recién fue a uno de tantos velorios se asusta con el sonido de algo que se cae en su alacena, temiendo que en cualquier momento vuelva a temblar;  jóvenes que fueron de voluntarios a los pueblos regresan sanos y salvos para el alivio de sus padres; una ingeniera que hace unas semanas declaraba en un grupo de WhatsApp que “odiaba a la gente”, negocia la disponibilidad de una bodega para que pequeñas comunidades lleguen por ayuda; alguien intenta explicar qué es el Antropoceno; los amantes del centro de acopio no tienen privacidad y en la colonia Roma hay cajas con letreros que dicen: “si esto llega a un niño/a, díganle que Batman lo envía”.

 

El edificio de la aventura


Saca el diván

Por Edna Montes


Hay quien dice que estar encerrado entre cuatro paredes es malo, pero no en este caso (a menos que seas claustrofóbico, claro está). El punto es que ahora, por azares del destino, has llegado al maravilloso lugar donde todo sucede. Esta bonita demarcación en la que te harás un héroe o heroína. Ah, claro y donde perderás a mucha de la gente que amas en aras de la simetría literaria.

Es esta escuela de magia, potencialmente mortal y llena de autoridades negligentes, los jóvenes de hoy se transforman en los salvadores del mundo (a MUY corto plazo). En sus bonitos bosques llenos de criaturas hambrientas te sentirás como en casa. Siempre y cuando te las ingenies para no terminar en su estómago.

Este mecanismo literario funciona porque nos aísla de lo mundano. La magia parece haberse rendido, abandonó la cotidianeidad hace tiempo. El tedio nos mata y las esperanzas en  un futuro mejor se diluyen lento. Entonces, notamos que aún quedan refugios, enclaves mágicos donde  la vida nos ofreces todo aquello que  verdad añoramos: POSIBILIDADES.

Ahí,  enclavados en un lugar especial, viven todos nuestros sueños (y pesadillas) esperando que demos el último salto de fe para tomarlos.

El edificio de la aventura funciona muy bien en la fantasía, la ciencia ficción y el terror. El ambiente reducido es más fácil de controlar para el dios cruel (cof, cof, cof quise decir el autor) de la historia. Ahí las alegrías y los dolores de los personajes se magnifican. Esto les ayuda a llegar más rápido a nuestro corazón que una hamburguesa con tocino. Además, nos da una saludable dosis de alejamiento de la realidad y ¡vaya que a todos nos hace falta de vez en cuando!

La construcción no es forzosamente el lugar donde toda la historia ocurre, también puede tratarse de una guarida súper tecnológica donde el héroe se prepara para comenzar la aventura. Sí, te hablo a ti Bruce Wayne. Es donde las opciones se despliegan para ofrecer al lector una idea de lo que puede ocurrir más adelante.

Que un elemento literario no pierda vigencia es una muestra de que somos animales de costumbres, pero también de la maravillosa capacidad de la humanidad para crear miles de historias diferentes partiendo de elementos, en apariencia, comunes. El verdadero origen de toda aventura es la imaginación y eso, por sí mismo, ya es maravilloso.


Canción:
Rush- The Temples of Syrinx


Recapitulando:

El edificio de la aventura

Fórmula:

El protagonista es llevado o viaja a un nuevo lugar/El edificio, escuela o guarida detona la aventura/ Entre esos muros (o delimitación) el personaje principal cumple sus objetivos.

Como lo viste en:

 


Fotografía: Okamatsu Fujikawa / Unsplash

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