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Incendio: después de todo, no fue para tanto


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hoy hubo un incendio en un bar de Chapultepec. Las cintas amarillas, el humo y los aspavientos de los bomberos prometían un drama que estaba dispuesta a ver desde el camellón, hasta que las autoridades nos evacuaron.

La terraza del Fondo de Cultura Económica estaba disponible para observarlo todo, pero las llamas que se prometían espectaculares, jamás se dieron. La expectación se fue apagando aunque aún se escuchaban las sirenas. Necesitaba hacer una llamada y decidí entrar a la librería. Cuando colgué lo vi de espaldas, mirando las novedades. Reconocí su cuello y la forma en que el lóbulo de su oreja se doblaba hacia afuera. A pesar de que ya alguna vez me lo había encontrado cruzando la calle y fingimos no reconocernos, tuve miedo de que volteara y no hubiera más remedio que decirle “hola, soy yo, ¿cómo has estado?”

¿Qué tiene?, dijo unos minutos después Javier. ¿Por qué no se saludan y ya? Lo cierto es que, una media hora después, cuando ya lo había perdido de vista y la gente volvía a caminar por la banqueta donde antes reinaba el humo, pensé que siempre exagero, me invento historias.

Me cuento anécdotas de accidentes al bajar las escaleras, de atropellamientos al cruzar la calle, de venganza cuando alguien me agrede y yo tardo demasiado en decir alguna cosa. Para terminar aquella relación me había contado nuestra historia como una película digna de Polanski. Supongo que todos lo hacemos y la ficción sólo alcanza a separarse de la realidad con el tiempo y la distancia. Quizás Javier tenía razón y la historia del reencuentro que siempre me he contado, llena de reclamos y miradas doloridas, ni a humo hubiera llegado. Todas mis cintas amarillas, mis alarmas y protocolos de emergencia, eran pura expectativa, completamente innecesarios.

Los bomberos, ya sin máscaras ni cascos, platican de pie en la banqueta y yo escribo esto  a manera de disculpa por la cobardía de siempre, por las viejas culpas y mis aires de víctima. Estoy segura de que nos despedimos apenas a tiempo para hacer una mejor vida, cada uno por su lado. También estoy segura de que así como yo lo convertí en un monstruo de novela, le di a él material para escribir poemas a una perra infernal. Así que, literariamente, quedamos a mano.

Miro a la gente que sale por la puerta de cristal y me hago al ánimo de saludarlo. Javier se levanta de la mesa como si todo fuera una coreografía en la que él también, como parte de esta historia, sigue participando. Unos minutos después, ya muy convencida, veo la figura robusta y de boina salir. Camina frente a mí y se detiene a unos metros. Evalúa, curioso, el camión de bomberos al otro lado de la calle y yo lo miro el tiempo suficiente para comprobar que no se trata de él.

La gente ya puede caminar por la banqueta, los empleados de los locales cercanos vuelven a sus puestos y sólo los dueños del bar se lamentan y hablan con los de rescate urbano. Las luces rojas se alejan, atestiguando que sí pasó algo pero, después de todo, no fue para tanto.

Supongo que si de algo ha servido tanta alarma ha sido para aceptar que siete años deberían ser suficientes para perdonarnos, para atreverme a decirte hola cuando algún día de verdad volvamos a encontrarnos.

Elogio a las malas palabras


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El encanto de una putiza

Recuerdo la primera vez que solté una retahíla de maldiciones contra un niño que había estado molestando a mi primo Joaquín. Yo debía tener unos siete años y, por alguna razón, me tomé my en serio eso de hacerla de paladín de la justicia: le dije hasta de lo que se iba a morir e incluí palabras que no había escuchado de boca de mi madre (que siempre ha preferido groserías menores, como “pinche” ó “pendejo”, cuando alguien se le cerraba en el tráfico) o de mi padre (de cuya boca no escuché nada arriba de “imbécil”). Supongo que todo lo que le solté lo había aprendido en la televisión o en las películas, porque fue mucho y muy subido de tono, tanto que el pobre no supo qué contestar y las palabras bastaron para mandarlo a su casa, con cara de asustado.

Había descubierto el poder de las malas palabras y experimentado, en retrospectiva, mucha vergüenza: temía que alguien fuera a decirle a mis papás. El evento me marcó tanto, que aún recuerdo la expresión del niño, el barco de cemento pintado de amarillo donde se dio el encontronazo, y la sensación caliente en las mejillas.

Regresaron para quedarse

La memoria es una cosa extraña y moldeable, como la plastilina, y hoy en día no sé si aquel niño dejó de molestar a mi primo por todo lo que salió de mi boca, o si coincidió con una de las muchas mudanzas de mi infancia, dejándolo atrás. Lo que sí recuerdo es que además de la culpa, un temor se instaló dentro de mi cuando volví a usar ese lenguaje contra otro chico, en segundo de primaria: el temor a que otros niños no me consideraran una “chica normal”. Recuerdo al niño: nos perseguía con el tubo con el que removían la basura que algún adulto irresponsable (de esos que en los años ochentas no se preocupaban tanto) quemaba en el mismo patio durante el horario escolar. Recuerdo que el niño se llamaba Héctor y me gustaba. Sin embargo, por hacerme la valiente, usé mis palabras y todo se acabó. No estoy segura si lo expulsaron de la escuela (después de todo, nos perseguía con un tubo), o simplemente lo cambiaron (porque la mayoría del salón éramos niñas y el pobre era terriblemente acosado, al punto de tener que armarse, precisamente, con un tubo); lo cierto es que a partir de entonces procuré cuidarme de ser grosera. Al menos hasta que en la adolescencia entré a clases de actuación y las malas palabras volvieron.

Sin embargo, todo se quedaba en el escenario, en los personajes. En mi vida normal yo tenía un lenguaje irreprochable. Hasta que la escritura se convirtió en otro espacio en el que las groserías volvieron a tener lugar. No fue el arte lo que regresó el lenguaje soez a mi vida cotidiana, sino otra vez, un varón. Había entrado al ITESO a estudiar Psicología después de abandonar la UAG, y me encontré a un chavo que había visto de lejos en la prepa y siempre me había gustado. Yo llevaba el cabello corto y él me confundió con una chica que en la preparatoria llevaba el cabello así y era particularmente malhablada. Para no sacarlo de su error, dejé que mi lenguaje se relajara, interpretando primero al personaje y luego dejándome seducir, una vez más, por las malas palabras. “¿Qué pedo con esas fórmulas, Margarita?”, le preguntaba confianzuda a la maestra de Estadística, “¿a quién chingados le importa el puto perro de Pavlov?”, soltaba entre cigarro y cigarro en los jardines itesianos, por primera vez libre después de haber estado en pura escuela represiva.

Las malas palabras me pusieron bajo el reflector, esta vez iluminándome de manera apropiada para conquistar el corazón del chavo, quien después se retorcería de vergüenza cuando me solté como hilo de media frente a sus papás. Trabajar como maestra me enseñó a frenar el torrente de nuevo, y eventualmente, a soltarlo sólo después de ciertas pruebas: como cuando metes el dedo del pie para comprobar la temperatura del agua, antes de sumergirte por completo. Suelo ser muy propia y soltar de pronto una que otra grosería delante de las personas, para dejarme ir si me siento en confianza, porque sí: me gustan las malas palabras. Me encantan. Para mí, han sido armas, pero también rompehielos, han sido el origen de muchas carcajadas y han cumplido también la función de código para conectar con otros que también las aman.

Creo en su poder, como supongo que muchos creen en el Expecto Patronum y aunque a veces todavía siento el calor de la vergüenza en las mejillas o percibo la reprobación de quienes consideran que no solo son vulgares, sino reduccionistas, les aseguro que seguiré usándolas. Después de todo, hay cosas peores que decir una que otra chingadera.

Bisbis bisbis


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hace tan solo unos días (mientras Javier y yo comprábamos en el Oxxo cualquier tontería que bien podríamos haber comprado antes), escuchamos a Wakefield balbucear algo que no entendimos, pero que no eran groserías. El vagabundo de la colonia al que le seguimos la pista aunque nos mudamos de casa y a quien sólo habíamos escuchado decir chingaderas cuando se enojaba, también va al Oxxo y se compra  refrescos, también sabe decir palabras amables, aunque sólo suenen a algo así como “bubusa”, o “glu-glu”. En tan solo segundos, el hombre misterioso al que le hemos construido toda una historia, al que hemos seguido con asombro por la ciudad y con quien de vez en cuando cruzábamos un “buenos días” o un “buenas tardes”, al que él respondía con un resoplido y una sonrisita, ya no parecía tan extraordinario ahí, frente al mostrador, con sus monedas.

Por alguna razón, escucharlo y verlo en un lugar tan ordinario para nosotros y que se comportara como un hombre civilizado, me hizo pensar que algo se había perdido, aunque fuera sólo un pedacito. Y es que él es como una versión en carne y hueso de esos personajes que no se explican, sólo se experimentan como una infinidad de posibilidades que, si se reducen a una sola, se desvanecen. Como el personaje de Feuille Morte, de la novela Modelo para Armar, escrita por Julio Cortázar, a quien todo le asombra y acompaña a los personajes a un lado y a otro y que sólo dice: “Bisbis bisbis.” Jamás he entendido qué diablos pasa con Feuille Morte o qué es exactamente, pero su potencial para ser casi cualquier cosa, lo hace mi personaje favorito en esa historia.

Viendo a Wakefield caminar con una blusa de mujer en el verano, tomando el camión y andando, siempre andando, prefiero pensarlo como mucho más que un vagabundo que alguna vez perdió la cabeza y se quedó en la calle, a dormir bajo los árboles y a comprarse refrescos en el Oxxo.

El misterio sobre “el Horror”, que el señor Kurtz nombra y que el protagonista de la novela guarda como un secreto en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, me emociona precisamente por no saber de qué se trata. Dejar que la suposición se imponga a la realidad me parece más interesante que saberlo todo, como la idea de adivinar qué habrá querido escribir Trump con el famoso Covfefe o imaginar la historia detrás de una cicatriz. Ya desde niña mi mamá  me decía bastante seguido que: “el sordo no oye, pero compone”, y supongo que es verdad; en el silencio, es más fácil crear.

Quizás eso era en lo que pensaba Carson McCullers cuando creó a Mr. Singer, el sordo protagonista de El Corazón es un Cazador Solitario,  o Cristina Rivera Garza cuando armó toda una escena en la que los personajes de La Cresta de Ilion ( entre ellos Amparo Dávila), hablan en un idioma que se parece mucho al bisbiseo de Feuille Morte. Mario Heredia también tiene un cuento en el que una serie de piezas musicales se componen a lo largo de años en el silencio y que el lector sólo puede escuchar una vez que termine la historia y sume, como una melodía, los recuerdos que ha ido construyendo página a página en torno al personaje principal.

Hoy Wakefield camina por la calle un poco más tangible que de costumbre, y más tarde, cuando voy a la zona de Chapultepec y veo a otro indigente jugando con el agua de la fuente, descubro a un hombre mirándolo fijo, con la misma sorpresa que tal vez se me nota cuando veo al  apresurado chaparrito que no usa los zapatos en pares. Por un momento pienso: no, no lo mires tanto, algo así de maravilloso habría que mirarlo sólo de reojo. Pero luego descubro que me interesa el hombre que mira, más aún que el vagabundo.

¿Qué misterios guardará para que le cautive tanto ver a un hombre deslizar el agua por sus brazos? ¿Le recordará a alguien? ¿Le hará desear acercarse y mojarse, también, las manos? Y entonces me asalta la posibilidad de que alguien me mire a mí y se pregunte: ¿qué hace esa mujer mirando a ese señor? Así que me apresuro, voy al Oxxo, y compro una coca que pago en silencio, señalando las monedas, sin bisbisear.

#wakefield, #HistoriasSinSpoilers bisbis-bisbis

Mudar fantasmas


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Mudarse es una lata. Las cajas, el polvo, la limpieza a profundidad de ese lugar que hay que conquistar como todo nuevo territorio. El lento reconocimiento de sus ruidos, de sus silencios, las pequeñas complicaciones: la llave del agua que descubrimos que no funciona; el calentador que no sabemos cómo prender, la chapa de la entrada que tiene maña y se resiste a revelárnosla. Por otro lado, las cajas donde hemos guardado con descuido nuestras cosas, parecen pozos sin fondo: lo que hay que acomodar en las repisas, guardar en los armarios, esconder bajo la cama, se multiplica por generación espontánea.

Somos Crusoe y las cajas, el mar sin fin. La marea trae consigo objetos queridos, momentos que creíamos olvidados, pedazos de nuestra identidad que nos acompañan para hablar en esos primeros días y luego volver al silencio en algún rincón, hasta que llegue el próximo cambio.

De niña viví al menos diez mudanzas, siempre acompañadas de una cierta sensación de pérdida, porque también hay cosas que se dejan irremediablemente atrás. No todo mundo se muda como Lupita D’Alessio con la intención de “hacer limpieza al armario, borrar rencores de antaño” (aunque también he tenido una de esas). Sin embargo, la mudanza que más me ha impactado no ha sido directamente mía y su recuerdo vuelve siempre, guardado entre las cajas, con el álbum de fotografías al que mi abuelo materno le dedicó años.


Fantasmas, #HistoriasSinSpoilers


Las fotos de mis tías, de la casa vieja donde creció mi abuela y donde mi madre juró que había sentido a un fantasma sentarse justo a su lado. “El invitado de piedra”, le llamaba la tía Meche, la menor de todas, la que nunca se casó porque sus amores siempre fueron con uno que ya estaba casado. La otra tía, la mayor, de nombre Renée, tampoco se casó porque “era demasiado exigente con los hombres”, aunque yo siempre he pensado que quizás hubiera sido menos quisquillosa con las mujeres.

El techo estaba lleno de gatos, y las paredes del patio con jaulas de pájaros. Los primeros de Meche, los segundos de Renée. Meche se quedó joven para siempre, porque murió a los cuarenta y se convirtió en un fantasma más, todavía hermosa y de risa fácil, fumando en la banca que miraba a la fuente. “Lo sigue esperando a él”, decía la tía Renée, que tantas veces la habría visto desde la ventana, aguardando por el hombre casado que, también para siempre, siguió con su mujer.

Yo conocí a Renée ya vieja y sólo visité su casa de día. Nunca pude escuchar que a media noche alguien tiraba la vajilla completa al suelo, para descubrir en la mañana la vitrina intacta. Tampoco pude sentir cómo se sacudía la vieja escalera de caracol que daba a la azotea, con pasos y pasos de gente que parecía subir a una fiesta. Mucho menos me tocó que apagaran la radio, como acostumbraban hacer los fantasmas de la casa, cuando mi abuela era niña y escuchaban los programas de orquestas a la hora de la comida. “Le daban la vuelta al botón, así nomás, y entonces todos nos quedábamos callados, mirándonos.”

La mudanza de la tía Renée no fue a una casa nueva, sino a un asilo de ancianos, donde terminó sus días entre otro tipo de fantasmas. La mayoría de los muebles se vendieron, las vajillas se repartieron, y a mí, de entre todas las maravillas de ese pequeño museo familiar (que había sido vendido para demolerse y usar el terreno en la construcción de una torre de departamentos) me tocó tan solo un espejo. Antes de salir de ahí por última vez, lo tomé en mis brazos y me paseé, reflejando en él los azulejos del piso, el foco pelón del baño, la madera oscura de los armarios. Mientras retrataba la casa en el espejo los fui llamando en silencio, “vénganse conmigo, yo los cuidaré”, caminando frente a las jaulas vacías,  subiendo la escalera de metal, “vengan que yo los guardo, yo los cuido bien.” Deteniéndome en la fuente, para entonces cubierta de hiedra, tratando de oler el humo del cigarro recién prendido por Meche: “anda, ven.”

Quisiera poder decir que entre las cajas de esta mudanza, la que acabamos de sobrevivir hace poco más de una semana y aún nos tiene como náufragos sin internet, venía el espejo en el que salvé a los fantasmas de mis tías, de la vieja casa de la que hoy solo quedan fotos. Lo cierto es que cuando pretendía traérmelos conmigo tenía apenas dieciséis años y no tenía mucha idea de lo que significaba. Bastó que una sola vez sintiera su peso al lado de la cama, y escuchara una voz de mujer diciéndome: “estoy aquí”, para al día siguiente abandonar el espejo en la basura, a escondidas de mi madre, porque ¿cómo iba a explicarle? Había sido una locura eso de mudar a los fantasmas de casa, incluso de ciudad, pensar que podía hacerme cargo de ellos. Tampoco podía contarle, porque me moría de vergüenza, que los había traicionado a todos dejándolos en la calle, como si fueran un objeto más.

No he vuelto a escucharlos y espero que me hayan perdonado. Cada mudanza los recuerdo, escribo cuentos sobre ellos con la idea de bajarle a la culpa e imaginarme que los estoy rescatando dentro de otro espejo. Y paso mal las primeras noches, despertándome para reconocer los ruidos del nuevo departamento, comprobando aliviada que no, no han vuelto.