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Permanencia voluntaria


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Antes de que existieran Cinemex y Cinépolis, ir al cine en México era una experiencia más visceral, más tosca y burda, más grosera, pues. Pero también era algo que implicaba un alto nivel de libertad y, en cierta medida, ofrecía un mayor nivel de diversión, desahogo y de catarsis plena. Hoy en día, para ver un estreno durante el fin de semana hay que comprar los boletos por internet con bastante antelación, pagar una membresía especial o recurrir a la preventa con el fin de asegurar un lugar.

Cuando yo era niño e iba al cine con mi familia, nada de esto era necesario. Por lo general siempre llegábamos tarde, mi papá nos decía a mi hermano y a mí que no nos preocupáramos, que nos podíamos quedar a la siguiente función para ver los veinte minutos perdidos. Al parecer, ni siquiera la secuencia temporal del cine nos preocupaba un carajo. La permanencia voluntaria implicaba poder echarte todas las funciones del día, de una misma película, pagando sólo un boleto. Además, las proyecciones eran corridas, una tras otra. Las salas se limpiaban hasta que cerraban, ello ocasionaba que los cines siempre fueran un asco. Sin embargo, eso era también parte de la experiencia: caminar por los pasillos y que los pies se te pegaran en el piso debido a las enormes manchas secas de bebidas, alimentos o hasta vómito.

Otro aspecto que se perdió con la aparición de las grandes cadenas tiene que ver justo con los alimentos en las salas. Antes, las tiendas de los cines, si es que tenían una, sólo vendían cinco o seis productos (copas de helado, gomitas, pasas con chocolate, refrescos y palomitas, no más). Lo maravilloso del asunto es que te permitían llevar tu propia comida, todo lo que quisieras. Era como un día de campo. Mi familia aprovechaba al máximo esta consigna. Por lo general, mi abuela llevaba en una bolsa todos los ingredientes y durante la función preparaba tortas. Las hacía con todo: frijoles, jamón, queso de puerco, mayonesa, jitomate, cebolla etc. Hasta les quitaba el migajón a los bolillos. Cada torta la preparaba en su butaca, allí sentadita cortaba el aguacate, untaba los aderezos e iba preguntando a cada uno cómo quería la suya. No había pudor ni límites en este sentido.

La sala entera olía a embutidos y frijoles charros o refritos y nadie se quejaba. Hasta les preguntábamos a los de junto si no querían un lonche. La lista de lo que llegamos a comer en el cine es realmente estrafalaria: huevos cocidos, hotcakes y wafles (fríos pero muy sabrosos) con mermelada y miel de maple, cueritos con sal y limón, esquites, frutilupis con leche, conchas y orejas, malvaviscos, mejillones, cocteles de camarón y pulpo, tacos de canasta y hasta fondue (también frío y en bolillo, pero fondue al fin y al cabo).

Afuera de los cines siempre había personas que vendían artículos piratas, hechos a mano, alusivos a las películas más populares. Cuando fui a ver Karate Kid me compraron una cinta para la cabeza igual a la de Daniel San. Dentro del cine se podía ver a decenas de niños dando karatazos y haciendo los ejercicios que el Señor Miyagi le ponía a su alumno. Un niño muy aventado incluso se subió a una butaca e hizo la gruya, por supuesto se cayó y se metió un buen madrazo. Para el estreno de una de las secuelas de Supermán me compraron una capa roja con el logo del héroe. Como mi tío siempre ha sido calvo, mi hermano y yo decíamos que era Lex Luthor y pasábamos, dizque volando, por las butacas detrás de él y le dábamos unos buenos zapes. Hacia el final de la película nos empezamos a aventar cuadritos de gelatina de limón porque decíamos que eran kriptonita.

Otras ventajas increíbles de ir al cine en aquella época eran la interactividad y la libertad de hacer ruido. Los niños les gritábamos a los personajes de la pantalla todo lo que se nos ocurría. Cuando vi Los Cazafantasmas, me la pasé diciéndole a los protagonistas que voltearan, que el fantasma estaba detrás de ellos, que se cuidaran, que no se dejaran de los méndigos espectros. Además, todos los escuincles hacíamos los ruidos de los rayos de protones cada vez que éstos aparecían, generando así un coro magnífico y multitudinario de efectos especiales. De hecho, recuerdo que mi familia era una de las más ruidosas: mi mamá se la pasaba llorando en cualquier cinta, mi abuela rezaba una letanía de plegarias, mi hermano y yo en el desmadre y mi papá roncaba durante toda la función.

Pero la mera verdad, por sobre todas las demás cosas, extraño la libertad de aplaudir, al final de la película, sin sentirme un naco o apenarme por el juicio de las personas alrededor. Y no es que ahora no lo haga (tampoco puedo traicionar de forma tan vil mis impulsos corrientes), pero antes, la sala entera impactaba sus palmas junto conmigo y aquel era el momento más épico de toda la experiencia.


Fotografía de Jake Hills / Unsplash.com

Dunkirk y la purga cultural


De principio a film

Por Rodrigo González


Es innegable el talento de Christopher Nolan como director. El creciente dominio de su técnica y el impecable estilo narrativo en sus películas lo convierten en uno de los directores más innovadores, más celebrados y con una de las filmografías más interesantes para explorar de la última década.

En su última entrega nos regala una avasalladora experiencia filmada en formato IMAX sobre la batalla de Dunkirk en el año de 1940, evento que se convirtió en un parteaguas durante la segunda guerra mundial, pues a raíz de esta evacuación, los aliados lograron salvarse de la aniquilación por parte del ejército alemán, reagruparse y finalmente, cinco años después, ganar la guerra.

Es difícil, sin embargo hacer un análisis cien por ciento objetivo de un proyecto de este tamaño, ya que detrás de él, existen muchos niveles de lectura que son prácticamente imposible de abarcar. Podemos hablar de la manufactura de la que no se puede decir nada malo, con excepción de la chocante musiquita a-lo-Enya del final final, del rigor histórico (o la falta de él) o el mensaje detrás del mensaje en una época como la actual, dónde Brexit es rey y Nolan, veladamente, nos bombardea en un trasfondo sutil con una evacuación de tierra continental europea para refugiarse en la gran isla y poner a los good guys a salvo. Quizá soy yo viendo moros con tranchete, o quizá Nolan es pro Brexit, o quizá la ausencia total de personajes indios en la película provoca que se borre de un plumazo el heroico desempeño durante esa batalla del Royal Indian Army Service Corps y así, en un periplo de dos horas, emerge otra versión de la historia envuelta en la genialidad de un gran director.

Hace algunos meses noté esta tendencia en el cine contemporáneo al hablar de La La Land, en la cual salta de inmediato la ausencia de personajes latinos, letreros en español o cualquier otra referencia a la mayoría hispana que vive en California, sobre todo en Los Ángeles. Ahora la campana vuelve a sonar con Dunkirk y a mi me empieza a parecer como eso, como una tendencia, como una peligrosa purga cultural.

Ahora, estas purgas han existido y existen en todas las sociedades. En las leyes del imperio azteca por ejemplo, uno de los castigos más crueles era aquel que se conocía como la muerte total. No sólo se ejecutaba al criminal, si no que se borraban todos sus registros de vida, sus bienes se incineraban y su familia era desterrada. Se le borraba de la historia para siempre. En Alemania hoy en día, paga con cárcel quien porte una esvástica o realice el saludo Nazi. Una forma tajante de eliminar un comportamiento inaceptable. En Rusia, en la década de 1930 se realizó lo que se conoció como la gran purga o el gran terror, campaña de represión política que eliminó por completo a quien Stalin consideraba que podrían convertirse en oposición. Aproximadamente 400 mil rusos, burgueses, campesinos y miembros del partido comunista murieron, fueron expulsados del país o terminaron sus días en los campos de concentración rusos. Volviendo a Tenochtitlán, el terrible proceso de conquista y vasallaje español arrancó de tajo identidad, lengua, nombres, religión, vida civil, vida espiritual, comercio y convirtió un imperio en un pueblo sumido en la ignorancia durante 300 años. Pueblo que cuando salió de ese proceso no llegó a ningún lugar mejor, pues al termino de la guerra de independencia logró desprenderse de la corona solo para comprarse un nuevo patrón, el español nacido en México.

Puede parecer exagerado comparar eventos como la gran purga en Rusia o la conquista de México con la decisión de un director de quitar o no a un determinado grupo o etnia, pero no lo es. La forma en la que contamos las historias importa y esos detalles (no mexicanos en Los Ángeles, no indios en Dunkirk) no pueden apreciarse únicamente como detalles estéticos de una pieza o como licencias poéticas de sus autores. Desde el lugar donde sabemos de cierto que el cine es memoria y es enseñanza y preservación de la memoria histórica de un pueblo, existe una obligación hacia nosotros mismos de estar alertas sobre las versiones de las historias que contamos y nos cuentan. No vaya a ser que un día las generaciones futuras acepten sin chistar que en México todos somos rubios y vivimos en la Condesa, que Pancho Villa es un personaje de Disney, que el Ché Guevara era un gran revolucionario, que Frida era mejor pintora que Diego o que AMLO sí es un rayito de esperanza.

Ir al cine solo y que te coma el Alien


De principio a film

Por Rodrigo González

Cine solo

Me gusta ir solo al cine por una simple razón: el bote de palomitas es todo mío. Sólo mío. Por más que creo en el amoroso acto de compartir, soy muy feliz teniendo para mi la dotación completa, la fila completa o, cuando tengo suerte, la sala completa. No encuentro nada más placentero que entrar a una sala que no tiene gente y mi lugar está rodeado de hermosas butacas vacías y el sonido del aire acondicionado me da la bienvenida.

Fui a ver Alien Covenant en circunstancias similares. Entré con miedo no por Alien, si no por Ridley. Prometeus me había dejado entre el fastidio y el desencanto pero, qué se le va a hacer: es Alien, es Ridley Scott, es tarea.

La sala sola, y Alien bien. Tuvo la gracia de regresarme por momentos a aquella primera sensación de terror y de descubrimiento paulatino del miedo. Del miedo a no saber y cuando sabemos, ya no hay nada qué hacer porque todo está perdido.

Entonces cuando salgo de la sala pienso en los Aliens alrededor mío. Pienso que vivimos en un país que tiene monstruos acechándonos todo el tiempo, conviviendo con nosotros, siendo ellos por el puro gusto de ser los agentes de destrucción y de caos. Empiezo a encontrar similitudes en nuestra política y esas esporas que al respirarlas te convierten en la incubadora de un agente de maldad y de barbarie.

Pienso que estamos muy jodidos, que habría que quemar la nave para tener una débil esperanza de sobrevivir, y luego me doy cuenta que no hay esperanza porque quemar la nave significa no sobrevivir en absoluto. Pienso que entonces deberíamos armarnos de valor y armarnos con lo que tengamos a la mano, e ir a destruir Aliens en un acto de suprema justicia. Destruirles sus aviones privados y sus privilegios, sus fueros, sus dietas. Dar al traste con sus curules, sus palacios de gobiernos, sus choferes, sus cuentas en el extranjero. Quemar de una buena vez todos los cabildos y los institutos, partir a la mitad y sin clemencia todos los órganos descentralizados de gobierno. Lanzar al vacío absoluto y de paso al olvido más negro, toda nuestra historia y empezar de cero. Así, suspendidos en la gracia de ese lugar donde nadie puede escucharnos gritar, quizá podríamos escribirnos una historia distinta.

Alien

Pero la realidad es otra. De regreso del cine, caminando, tengo que mentarle la madre al conductor que no respeta el cruce peatonal, y ante un amague de pulcra violencia le digo, con golpes en el cofre, que un día su imbecilidad lo va a matar y que muchos más seremos muy felices por ello. Sigo caminando, aunque sólo para darme cuenta que el Alien ya está en nosotros.

El Alien somos todos y todos somos capaces de ser rapaces, implacables, corruptos y asesinos. Me doy un poco de vergüenza, es verdad, pero luego veo a la patrulla de la policía estatal pasarse el alto, al agente de tránsito aceptando un par de billetes del trailero que usó una avenida que no debía y así se evita la multa; recuerdo que me acaban de contar que se perdieron 2 millones de pesos de un fondo estatal dedicado a la cultura, que conozco quien vende medicinas en su casa que se roba de los hospitales del sector salud, que el gobierno compra software para espiar los teléfonos de cualquiera, que conozco a quien ha considerado seriamente falsificar una constancia de residencia para poder entrar a un concurso de guiones, y que conozco a quien lo ha hecho y ha ganado… y son tantos esos pequeños monstruos que aparecen cerca de mi, que me queda claro que todos, políticos o no, funcionarios o no, ya respiramos de esa espora, y en mayor o menor medida, ya nos comió el Alien.

Y pienso que si yo ya lo soy, por lo menos quiero decir la verdad al respecto. En una de esas y me alcanza, en mi ejercicio de autoconocimiento, para hacer un Alien meets LaLa Land y ya entrados en gastos cinematográficos, le damos un giro a la historia.

“Knight of Cups” y las preguntas sin respuesta


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Las preguntas

La primer película que vi de Terrence Mallick en pantalla grande fue The Thin Red Line en 1999. La vi en un cine en Monterrey que ya no existe (Cinema Plaza Monterrey) que estaba en la esquina de Avenida Constitución y Venustiano Carranza. La sala estaba vacía excepto por mi y otro par de personas. Después de salir del cine esa noche, preferí caminar a mi casa porque en mi cabeza había nacido una tonelada de preguntas que nunca me había hecho. Aún hoy muchas de esas preguntas no han conseguido respuesta.

Con el tiempo, gracias a las películas de Mallick, este ejercicio se volvió una constante: bajar mentalmente el volumen de todo lo que hay alrededor y entonces permitir que preguntas nuevas o viejas ocupen el primer plano. ¿Qué caso tiene preguntar nada? ¿Quién en su sano juicio votaría por estas personas que aparecen en la boleta? ¿Cuánto ganará realmente el chico que le ayuda al de los tacos a servir los refrescos? ¿Hará ejercicio la persona que se robó mis tenis sacándolos del coche?

¿El chófer de este taxi se acordará de su primera novia? ¿La extrañará? ¿Por qué extrañamos? ¿Por qué nos es imposible vivir sin añorar lo que no tenemos, el lugar donde no estamos o a las personas que no están con nosotros? ¿Por qué cuando logramos lo que queríamos, estamos donde planeamos y lo compartimos con quien deseábamos hacerlo, inmediatamente ya queremos otras cosas? ¿Acaso es falso que el apocalipsis va a llegar y en lugar de eso, vivimos constantemente sumergidos en él?

A veces las preguntas suelen ser verdaderas estupideces, frases colgadas, provenientes de un acontecimiento absurdo que sirven sólo para prolongar un instante de ocio. Otras veces las preguntas van amarradas a cosas como el sonido de caballos galopando, que siempre he asociado con ciertas preguntas que tienen que ver exclusivamente con en el final de las cosas; no del mundo, ni de la humanidad, pero de las cosas, las cosas como yo las conozco, una especie de apocalipsis personal.

El cine cerró y durante muchos años estuvo abandonado. Junto al cine abandonado construyeron un hotel y desde ese hotel, en el año 2010, un grupo de sicarios pertrechados en la azotea y en algunas ventanas de los cuartos, emboscaron un convoy de militares. Yo iba justo detrás del convoy en un taxi, rumbo a una cita de trabajo, y sucedió exactamente lo mismo: desapareció por un momento el volumen de todo al rededor mío, y un montón de preguntas rebotaron en mi cabeza. ¿Qué se sentirá que te den un balazo? ¿Dolerá mucho morirte así? ¿Cuántos son 20 mil muertos? ¿De verdad es la muerte el final de todo? ¿Y si no hay nada después de la muerte, entonces qué carajos importa?

¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿En qué beneficia al mundo? ¿En qué beneficia a nadie escribir un cuento, hacer una película, un poema, tomar una foto, escribir una nota en el periódico, abrazar una causa, ser contador público, político, albañil? ¿De qué sirve? ¿Cómo se traga uno el horror de la violencia? ¿Cómo se supera y se aprende a vivir así, en medio del olor a muerte y a tragedia, si al final no sirve de nada?

El evento del hotel terminó para mi cuando un soldado me sacó de la parte de atrás del taxi y cubriéndome con su cuerpo me llevó hasta la esquina de Venustiano Carranza e Hidalgo y me gritó que corriera. Corrí tanto que llegué a Guadalajara.

¿Respuestas?

Hace unos días vi Knight of Cups, también de Mallick, y ahora fueron las respuestas, algunas puntuales, otras disfrazadas, las que llegaron a mi cabeza: hacemos lo que hacemos por que el mundo nunca va a ser perfecto y de serlo, lo que hacemos entonces no tendría sentido. Esa es la razón para hacerlo.

Y el sonido de los caballos galopando está siempre ahí porque yo soy el jinete en mi propio apocalipsis. Entonces ya no hay nada qué temer.

Adultos buenos para nada


Saca el diván

Por Edna Montes

“¡Tú lo hiciste, Fulano!”, claro, porque un niño tiene la habilidad física para destrozar una casa, matar a un pelotón, pintar una habitación entera de sangre o provocar un temblor. Completamente lógico. Bueno, al menos estos adultos te culparon del desastre; otros no se enteran de nada o de plano ni siquiera están ahí.

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Es así como llegamos al punto en el que no puedes pedir una chela en un bar ni ver pelis clasificación C, pero ya te toca pelear contra el Mal Supremo. Eso sí, con los adultos no cuentes para nada. Da igual si el muñeco poseído sostiene un cuchillo en sus caras o los malvados aliens se estacionan en tu jardín perfecto de suburbio: “Es que los niños tienen mucha imaginación”. De ahí pueden esfumarse como ninjas o hacerte la misión aún más difícil. ¿Pelearás con uñas y dientes para que te crean? ¡Suerte con eso! Estarás en el delgado límite de irte a tu recámara sin cenar o envuelto en una camisa de fuerza.

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Todo puede empeorar, en este mecanismo narrativo no sólo existen los adultos negligentes, también están los maltratadores. Esos que no contentos con que el monstruo de la semana te persiga o tus amigos caigan como moscas, hacen que prefieras luchar contra los vampiros o el payaso asesino.

Incluso a ti como espectador te desesperan, admítelo. Más de una vez le has gritado a un personaje que deje de ser obtuso y POR FAVOR le crea ya al mocoso(a). Casi se te derrama la bilis cuando castigan a los menores por algo que obviamente no hicieron, o peor tantito los maltratan por gusto. En el fondo, hasta sientes algo de satisfacción mientras te repites que tú sí les harías caso a los protagonistas.

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Este elemento es fundamental en algunas tramas juveniles e infantiles. En honor a la verdad, muchas aventuras escolares y adolescentes serían imposibles si los papás o  profesores resultaran funcionales. En ocasiones más que un caso de adultos buenos para nada, se trata de uno en donde la mala comunicación mata. Los menores no confían en los mayores, por lo tanto no piden ayuda.

Mientras son peras o manzanas, me parece que si algo aprendemos de consumir ficción para evadir la adultez que no pedimos pero que la vida nos enjaretó, es a nunca dejar de ser niños. Sí un pequeñín te dice que hay un demonio, vampiro, alien o adulto terrible conspirando desde las sombras, ¿por qué no le crees un poquito?, para variar. Por favor, por favor, POR FAVOR, nunca seas ESE adulto nefasto.

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Recapitulando:

Adultos buenos para nada

Fórmula:

Una terrible amenaza se cierne sobre el mundo/ los adultos no se dan cuenta o son incapaces en todos los aspectos/un grupo de niños o adolescentes debe salvar el día.

Como lo viste en:

Loveless (Anime, JC Staff/TV Asahi, 2005)
Suzumiya Haruhi no Yūutsu (Anime, Kyoto Animation, 2006)
Calvin y Hobbes (Comic, Bill Watterson, 1985-1995)
Peanuts (Comic, Charles M. Schulz)
The Goonies (Película, Richard Donner, 1985)
Hocus Pocus (Película, Kenny Ortega, 1993)
Pesadilla en la calle del infierno (Película, Wes Craven, 1984)
Eso (Libro, Stephen King, 1986)
Matilda (Libro, Roal Dahl, 1988)
Una serie de eventos desafortunados (Libros, Lemony Snicket/Daniel Handler 1999-2006)
Buffy (Serie, Joss Whedon, 1997-2003)

“Arrival” y la generación más triste


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Arrival

La gran ventaja de las vacaciones es que no importa qué tantas veces cambies la agenda del día, no hay nadie ahí para reclamarte. Por ejemplo, puedes decidir que harás ejercicio de 10 a 11 de la mañana, pero si lo haces de 4 a 5 de la tarde no importa. Incluso si lo mueves al día siguiente, tampoco importa tanto. Es decir, la naturaleza del periodo vacacional obtiene su fuerza primordial en el momento en que cualquier actividad puede ser sustituida por una actividad menos cansada y más entretenida. Así es como tus planes de hacer ejercicio diariamente pueden ser reemplazados por larguísimas sesiones de Netflix, Roku, Clarovideo, o lo que se tenga a la mano sin culpa alguna, así, hasta que terminas embriagado de series de tv, películas, documentales y un largo etcétera de cosas que jamás hubieras visto en tu sano juicio.

Así fue como se me atravesó Arrival (Denis Villeneuve, 2016). Ciencia ficción de alto calibre, perfectamente bien ejecutado aunque incomprendido para la gran parte del cinéfilo promedio. Sin mucha tierra de por medio, o te gusta Arrival o la odias. Pieza de enorme trascendencia y magnífica hechura que explora en un logradísimo periplo narrativo (que nunca nos deja ver claramente dónde está el futuro, dónde el presente, dónde el pasado, por que eso no importa) las preguntas básicas de la existencia.

Todo es cuestionado: nuestra pequeñez como especie, nuestra percepción del poder, del tiempo, el desarrollo y uso del lenguaje como herramienta de progreso o como arma de conquista, la ciencia como plano capaz de explicarlo todo o de destruirlo todo. No cuento más de la película, solo que al terminar de verla me quedé con una sensación que estaba entre la incomodidad y la tristeza.

Confirmé que vivimos en una época brutal y por demás bizarra: por un lado estamos a solo unas décadas de convertirnos en una especia interplanetaria y quizá seamos testigos de como la ciencia resuelve los problemas de acceso a la energía y al agua potable en todo el mundo. Quizá también veamos como acabamos con el hambre en el planeta y todos estos logros no son otra cosa que productos de la ciencia, del avance humano. Pero también, y al mismo tiempo, estamos a solo un par de malas decisiones de desaparecer por completo como especie. Entre el desastre ecológico y lo cerca que estamos de una equivocación militar de proporciones incalculables, esta dualidad a veces se torna insoportable.

Debe existir un cierto grado de locura en cada uno de nosotros para poder vivir con ambos conceptos tan perfectamente incrustados en nuestra cabeza y tan absurdamente equilibrados. La idea de la extinción pareciera ser algo que solo puede suceder en las películas, a pesar de tenerla todo el tiempo a escasos acontecimientos de distancia, mientras que la idea de la trascendencia como especie está ahí justo enfrente de nosotros, sucediendo todo el tiempo y pensamos en ella como en una idea fantástica, digna de una mala película de Sci Fi.

Arrival #HistoriasSinSpoilers

La generación más triste de la historia

Quizá es esto lo que nos convierte a los que nacimos antes de 1990 en la generación más triste de la historia de la humanidad. Somos los últimos seres humanos que conocimos el mundo antes de que existiera el internet. Somos la última generación que tuvo en su casa la enciclopedia Britannica y hacía fichas bibliográficas para estudiarla. Somos la generación que verá el nacimiento de la inteligencia artificial, pero no va a disfrutarla. Somos la generación que verá llegar al primer ser humano a Marte, pero la gran mayoría de nosotros nunca viajará al espacio. Somos la generación que será testigo de la erradicación del cáncer pero seguramente algunos de nosotros seamos de sus últimas víctimas. Somos la generación bisagra, un puente acaso, el tanque de combustible del transbordador espacial. Qué lugar para estar.

Aunque también puede ser que todo esto sentimiento sea solamente cruda post vacacional. Quizá deba dejar la ciencia ficción por un rato. O quizá no, quizá deba ocuparme de encontrar un lugar privilegiado para ser testigo de lo que viene. Porque viene, claro que viene.

La misteriosa organización maligna

¡Shhhhhhh!, es un secreto…o algo así.

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Tras la fachada de empresas normales, gente anodina e incluso un organismo de caridad se esconde: ¡Una organización maligna! La misión de nuestros héroes es impedir los maquiavélicos planes de dicha corporación y salvar a la humanidad, así, casual. No te dejes engañar porque los buenos de esta historia lo hacen parecer sencillo. Muchos de sus mejores elementos han caído en la intensa lucha contra las fuerzas del mal. No debes subestimar a la organización-con-un-nombre-totalmente-inocente. Siempre parecen ir un paso adelante, son legión. Esta Organización es dirigida por una diabólica Mente Maestra, además tiene a su favor una larga trayectoria que le permitió desarrollar el PEOR de los males posibles: su propia burocracia. Todo con un solo fin: traer caos al mundo. Claro, poco a poco,  dividiéndolo en muchas tareas complejas y respetando a ultranza el Sagrado Organigrama Corporativo.  Ya en esas, debe haber algo de beneficio personal para los altos mandos si no ¿cuál es el punto? ¡Trabajo por objetivos, papaw! Ese dinero sucio no se gana solo.

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Desde un principio queda claro que la Organización tiene las manos metidas en cada uno de los delitos posibles para conseguir sus metas. Homicidio, tráfico de drogas, trata de blancas, espionaje y hasta invadir la ciclovías. Nada se queda fuera. No, no estoy hablando del gobierno mexicano… creo. El punto es que las felonías son menores, un medio para llegar un fin mayor que nadie sospecha ni ha visto antes. Algo así como “Dominio Total del Mundo” o “El Fin del Mundo Tal y Como lo Conocemos”. Así con mayúsculas intimidatorias. En añadidura, todas las autoridades cederán ante las amenazas o sobornos de los miembros de la organización. Pensándolo bien el lugar ya es tan terrible que la destrucción casi suena como algo bueno en realidad.

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No nos desviemos. Es necesario aclarar que cualquier mal presente en el mundo ficticio donde esta agrupación cliché se desarrolla encaja en sus planes y es causado por ella. ¿Dictadura? La organización. ¿Hambruna? La organización. ¿Tu crush te dejó en visto? La organización. ¿Tu shampoo y tu acondicionador nunca se acaban al mismo tiempo? ¡LA ORGANIZACIÓN!

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La discreción, desde luego, es crucial. Es por eso que este grupo se mantiene humilde. Tan sólo cuenta con recursos modestos: agentes repartidos por todo el mundo en mansiones de lujo, gente en puestos públicos, cuarteles centrales enormes, tecnología de punta, guaridas subterráneas que no le envidian nada a la Baticueva y ejércitos de esbirros felices de ser usados como carne de cañón. Además,  pongamos atención al nombre que NADIE relacionaría con sus negras intenciones. CRUEL, HARM, VILE, EVIL Corp., HELL, ¿CHAOS? Suenan totalmente inofensivos, me parece que compraré acciones, estoy segura que también donan a caridad. Debería darles pena sospechar de esas maravillosas vacunas que acaban de inventar para la enfermedad misteriosa que se propagó el mes pasado. Obviamente es una casualidad que todo los indigentes de la ciudad desaparecieran.

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A lo largo de nuestra vida, todos recibiremos agresiones o seremos víctimas de las maldad de alguien más. Las personas somos capaces de cometer atrocidades de forma caótica, más terrible y mucho menos estructurada que la Organización Maligna cliché. A menudo, la idea de que todo tiene una causa mayor o que “por algo pasan las cosas” es un paliativo para la incertidumbre del día a día. Todavía nos gusta escaparnos a una ficción donde sí existen los absolutos de “bueno” y “malo”, nos ayudan a olvidar que la realidad tiene una escala de grises de la que nadie se salva, ni siquiera nosotros mismos. Poder acompañar a un héroe en su lucha para hacer del mundo un lugar seguro no está nada mal. Fantasear con nuestro plan malvado para el Dominio Mundial, tampoco.



Recapitulando

La misteriosa organización maligna

Fórmula:

Se trata de una entidad más o menos secreta que trabaja en las sombras/Nuestros héroes saben que existe/La Organización aparentemente tiene recursos ilimitados/ Los protagonistas se las arreglan para enfrentarlos y detienen su avance un paso a la vez/Los héroes derrotan a la Mente Maestra/La Organización se derrumba/ O se reagrupa para anunciar una secuela 😉

Como lo viste en:

Pokemon (anime, TV Tokyo, 1997)

Occultic;nine (anime, aniplex, 2016)

El universo Marvel (comics)

Sin City (Comic, Frank Miller, 1991)

James Bond (Películas)

Una serie de eventos desafortunados (Libros, Lemony Snicket/Daniel Handler, 1999)

Harry Dresden (Libros, Jim Butcher, 200)

El super agente 86 (Serie, CBS, 1965-1969)

Odisea Burbujas (Serie, 1979)

La Leyanda de Korra (Caricatura, Nickelodeon, 2012-2014)

Street Fighter (videojuegos, Capcom)

The King of fighters (videojuegos, SNK)

Resident Evil (videojuegos, Capcom)

Assassins Creed (videojuegos, Ubisoft)

Bellas de cabaret


Lente anónima

Por Mariana Mota

A manera de intro

Crecí en un hogar católico bastante convencional: misa los domingos, oración al despertarme y antes de dormir, ama a tu prójimo, mejor víctima que victimario. Sábados con Pedro Infante en la televisión estaban más que permitidos; llegué a aprenderme los diálogos de Escuela de vagabundos mucho mejor que los de cualquier película de Disney. Siempre en domingo: adelante. Sábado gigante: no, pero porque nunca me gustó Don Francisco. Pandora. Gente con chispa. Una que otra telenovela; en realidad las vi casi todas.

Menciono mi origen religioso porque asumo que los permisos y la cultura visual que nos aprueban consumir están infinitamente ligados a eso. Éramos católicos deadeveras, llenos de todos los tabús que aquello implicaba, como por ejemplo: Olga Breeskin no es un espectáculo apto, no es una mujer decente. Cuidado con que aquella encueratriz apareciera en televisión: ¡a cambiar de canal! A omitir su nombre, eufemismo de la vulgaridad.

El cabaret, las vedettes y la sensualidad femenina no fueron parte de mi cultura, quiero decir que no desarrollé un gusto estético ni un interés conceptual por ese universo, tan representativo de México. Con el paso del tiempo mi religiosidad se vio debilitada, al igual que mi gusto por las telenovelas, y mi interés por el mundo del cabaret y por esas mujeres de la vida galante despertó. Creo que fue la literatura quien me quitó la venda moral de los ojos: dos de mis cuentos mexicanos favoritos hablan precisamente de ese cuadro tan atractivo en el que las mujeres como Olga y como muchas otras se humanizan: son sensibles, vulnerables, vanidosas, deseosas de encontrar el amor, inseguras; y envejecen. También ellas envejecen, como algún día haré yo, que ya empiezo a sentir temor por el tema.

En Nadie los vio salir, de Eduardo Antonio Parra, y en El alimento del artista, de Enrique Serna, la estructura narrativa y el tipo de lenguaje son tan atractivos como la idea de sí mismas que tienen esas mujeres que cuentan las historias. Ambos autores pintan bellos cuadros con palabras; pocas veces había leído textos tan visuales que casi me convencen de estar ahí, en escenarios que me eran tan desconocidos y por lo mismo fascinantes.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Cabaret

Hace unos días le sumé otra historia a mi pequeñísima colección de imágenes de cabaret: Bellas de noche, documental que sigue la vida de cinco reconocidas vedettes. Me gustó la idea de ver, finalmente y sin culpa alguna, a Olga Breeskin y entender la figura que le tuvieron que fabricar a aquella violinista para que fuera un producto vendible. Eso habla de una época: probablemente hoy con ser músico talentoso hubiera bastado. El documental, al igual que los cuentos, está lleno de fotografías muy poderosas en donde el estereotipo de la bailarina de noche se cumple: drogas, sexo,  rock and roll. Lo que más disfruté del trabajo cinematográfico es la evolución dramática: un inicio lleno de risas, aplausos, fama; un final tapizado en lágrimas, dolor, fracaso.

Me rompió la paz una escena donde Wanda Seux, en la actualidad, vive en condiciones deplorables rodeada de más de diez perros. Una Princesa Yamal  que en medio del llanto narra su episodio de nota roja del pasado. Una Lyn May que presume de tener sexo tres veces al día, como si la sensualidad aún rigiera su vida; cuando en realidad la mueve el amor por su viejito, que apenas puede caminar.

La constante en todas las historias de estas mujeres es ese deseo de aferrarse al pasado, como si allá en los años mozos, donde sus cuerpos eran tersos, hubiera estado escondida la verdadera vida. Son estrellas, o se sienten como tales, que no asumen el paso del tiempo y esa cualidad es, quizás, lo que me parece atractivo del tema: el tabú no está en el cuerpo desnudo o en el amor de alquiler, sino en la felicidad de oropel  que muchas terminan por aceptar como un error.

Me sigue pareciendo una realidad fascinante pero al mismo tiempo, tras bambalinas del cabaret, hay una compilación de imágenes dolorosas que incluso algunas de esas bellas de noche rechazan. Como Olga, que hoy en día haría muy feliz a mi papá si supiera que dedica su talento musical a cantarle al mismísimo Dios. La vida da unos giros inesperados. A fin de cuentas me gusta todo lo que es verdadero, aquello en donde las emociones vienen desde lo más profundo. Es un hecho que en esos espacios nocturnos lo que abunda es la pasión, y ahí quiero estar como espectadora.

Logan y la feliz ausencia del final feliz


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Desde hace un par de años me resisto como gato boca arriba a las películas de súper héroes. No porque no me gusten si no porque hay algo en mi adulto altanero y bravucón que me dice que debo parar, que debo colocar mis esfuerzos intelectuales en empresas más profundas, en figuras más complejas, en métodos narrativos más innovadores.

X Men siempre ha sido una saga difícil para mi porque no soy fan de la saga, nunca fui (llegué tarde) porque me confunden sus miles de versiones y cientos de miles de vericuetos, y por lo mismo, la he dejado un poco de lado, así como dejo de lado los alegatos internos del PRD o de MORENA o las marchas por la liberación de Burundi, y no porque la liberación de Burundi no sea importante (la verdad es que no se de quién se quieren liberar), es sólo que me siento como el que llega a la fiesta con chelas cuando ya todo el mundo se está yendo al after. Llegas a la marcha pro Burundi, pero la banda ya se está yendo a la protesta por la liberación del Cristo de Iztapalapa. Mierda.

Con mi padre de visita en la ciudad he tenido que extender las alternativas de entretenimiento y ayer miércoles decidimos ir al cine. La idea era ver John Wick 2. El horario dijo Logan.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Después de una semana con mi padre hemos hablado mucho. El contexto no es precisamente un continuo de temas: pasamos de hablar del negocio que estamos haciendo juntos a la mejor versión de menudo que ha probado y dónde, y luego se le ocurre contarme cuando mi abuelo lo sacaba del billar a cachetadas cuando apenas tenía diez años. Cosas de familia, pues.

Llegamos a la función de Logan y lo que pensé que sería no fue. Me prometieron que vería algo que no vi y me dijeron que saldría contento de algo que salí llorando. O casi, pues.

Y entonces resulta que una película me puso en mi lugar. Una película me dijo así te ves, así te ven los demás, así caminas, así hablas, así refunfuñas, así mientas la madre, así te quejas de todo, así te complaces con las cosas más sencillas, así bebes, así manejas, así tienes corazón de pollo.

Ahora bien, quiero aclarar que no me estoy comparando con Logan-Wolverine-HugeJakman-X24, para nada. Se trata de algo más sencillo: en términos del elegante francés que me dejó la preparatoria le llamaré “el gran putazo generacional”.

Sentado al lado de mi padre, que recién cumplió sesenta y ocho años me di cuenta que tengo cuarenta y dos. Me di cuenta que soy la otra generación, la de los rucos. Que ya crucé la mitad de la vida. Que sí me siento fuerte y me siento joven y tengo muchos planes, pero también me di cuenta que tengo un hijo de quince, que las heridas no me sanan tan rápido, que si corro en el bosque me canso, que perseguir la chuleta cada día me preocupa y me cuesta más.

Pero luego veo a mi padre que tiene sesenta y ocho y a mi hijo que tiene quince y pienso que no puedo estar en mejor lugar. Que el afortunado soy yo. Veo al país en el que vivo, en el tiempo en el que lo vivo y no quisiera estar en otro momento tan lleno de promesas, de sueños y de posibilidades de fracasar. Veo a mi padre que tiene sesenta y ocho y a mi hijo que tiene quince y pienso en todos los superpoderes que tenemos juntos.

Veo que como en Logan no hay finales felices. Lo que sí, es que hay una posibilidad latente, real, cierta, de hacer de la vida un viaje lleno de sangre, de logros, de fracasos, y de la promesa que dice que los que vienen pisándonos los pasos son más inteligentes que nosotros, más valientes que nosotros, más rápidos, bellos, divertidos y ambiciosos que nosotros. Y eso, ya hace que el viaje valga la pena.

No vayan a ver Logan con su papá. O sí.

La La Land o la visión sesgada


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Cualquier persona que diga que Estados Unidos no tiene una cultura propia se equivoca como se equivocan quienes afirman que la cultura de México (o de cualquier país) es la mejor del mundo. Ambos grupos comparten una visión sesgada, mezquina y parcial.

Para Estados Unidos, su mayor y más poderosa ventana cultural está en el cine. Todas las demás manifestaciones artísticas le sirven como decorado y basamento para construir el gran entramado de la cultura (o industria) del entretenimiento. Así ha sido desde el final de la segunda guerra mundial, cuando los grandes estudios de Hollywood (por cierto, los estudios más importantes están en Culver City y en Burbank, no en Hollywood) coptaron el mercado mundial de la cinematografía hasta llegar a lo que tenemos ahora: un sistema de propaganda multifuncional que hace llegar el mensaje (cualquier mensaje) de la nación más beligerante y poderosa que existe a todos los rincones del planeta.

Una vez que asimilamos el impacto de la unilateralidad del cine estadounidense es imposible negar que el desarrollo mundial de la cinematografía viene de la incesante carrera que han emprendido los estudios por apoderarse del monopolio de la distribución y exhibición en todos los países que les sea posible, en detrimento de otras manifestaciones cinematográficas.

Y como es imposible sacar la política de la cultura y por ende del cine, resulta por demás curioso el fenómeno de una película como LaLa Land. Ambientada en Los Ángeles en la época actual, el director Damien Chazelle se sirve con la cuchara grande y construye a través de esta historia de amor fallido y sueños realizados (o no), un autohomenaje al Hollywood que ya se fue. Singing in the rain, An american in Paris, The Umbrellas of Cherbourg, Sweet Charity, Broadway Melody, Funny Face o The Red Ballon, y todas las de Fred Astaire y Ginger Rogers son solo algunas de las referencias identificables en la cinta. Me atrevería a decir que hay incluso una referencia a Soy Cuba, pero en caso de afirmarlo creo que me estaría extralimitando.

Ambientada en Los Ángeles en la época actual. Ambientada en Los Ángeles en la época actual. Tengo que repetirme esto un par de veces al salir del cine porque para mi, ahí es donde radica su mayor falla pues, a pesar del fantástico despliegue técnico y artístico, y ante la imposibilidad de negar el talento de Emma Stone, Ryan Gosling y el cinematógrafo Linus Sandgren hay una serie de preguntas que me es imposible responder:

¿Los Ángeles en la época actual y en la película no aparece un solo personaje latino, un solo mexicano, un solo letrero en español? ¿Acaso no es esto una visión sesgada, mezquina y parcial de una realidad llevada a la fantasía? ¿Es intencional borrar por completo la presencia de toda una comunidad? ¿o solo es un pavoroso descuido de un director al que se le nota más preocupado por la autofelación en el idilio hollywoodense que en la urgencia de un discurso incluyente en un país que se cae a pedazos? Caray, ¡ni los meseros de las fiestas en la película son latinos!

Al final de la cinta, debo reconocer, aparece un personaje de nombre Javier González, trompetista de la banda de jazz de Sebastian, y sin embargo no alcanza para compensar las dos horas de ausencia hispana en una cinta ubicada en la ciudad con mayor presencia hispana de Estados Unidos.

Me parece fundamental la función del arte como pasta unificadora y crisol del diálogo y la resistencia. Y de igual forma, me parece vital que sea a partir del arte desde donde nos arriesguemos a reclamar nuestros espacios, desde donde nos animemos a contar nuestras historias y desde donde podamos encontrar las respuestas a los tiempos que se vienen sobre todos nosotros.

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