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“The Post” o la ausencia de la verdad


De principio a film

Por Ro González

Mi primer acercamiento con el ritual de leer el periódico todos los días se lo debo a mi abuelo materno quien, además de haber sido líder sindical, trompetista y zapatero, también ejerció un tiempo como director del diario El Sol del Sur del Bajío, periódico que si bien debía su fama al hecho de ser el gran portavoz de los logros gubernamentales en aquella zona del país, a mí me regaló una excusa para seguir alimentando mis ganas de conocerlo todo más allá de las tiras cómicas del domingo.

En unas vacaciones de verano, creo que fue el de 1983, jugaba solo en la huerta de la parte de atrás de esa misma casa cuando en un altero de periódicos viejos que convivían entre las violetas de mi abuelo, un limonero, un durazno, un aguacate y un papayo, descubrí un ejemplar de la revista Siempre! y otro de la revista Proceso. Recuerdo haber devorado ambas revistas de manera incontrolable hasta que el grito de mi abuela que me llamaba a comer me sacó de mi primer éxtasis periodístico. Había encontrado la verdad.

A partir de ese momento, el periódico —o la noticia impresa— se convirtió en una parte sustancial de mi vida. Quizá era el único niño de quinto grado de mi colegio que compraba el recién nacido (en 1985 cumplía apenas un año) La Jornada en los revisteros de Sanborn´s en lugar de cómics, pero para mí, ser testigo de las noticias de aquel tiempo, encontrar las diferencias con los otros diarios, entender su origen, distinguir a un reportero de otro, a un editorialista de otro, o simplemente perderme en los suplementos culturales, me daba algo que me hacía sentir poderoso: me daba conocimiento.

Al periódico (al concepto de periódico) le debo infinidad de cosas; por ejemplo, El Informador y El Occidental fueron los periódicos de mi niñez y en El Porvenir tomé mis clases de periodismo durante la carrera. En El Norte no me dieron una entrevista de trabajo porque usaba el pelo largo, aretes y vestía de negro, y como no tenía corbatas, el puesto de reportero en la sección Sierra Madre de sociales no sería nunca para mí. A La Jornada le debo su editorial del 19 de septiembre de 1984 que hacía patente algo que yo en mi infancia veía y redescubrí en mi adolescencia: “Entre los mayores estragos que esta [crisis] ha causado se encuentran el desaliento y el cinismo, o la aceptación fatalista de que mientras dure la crisis no vale intentar la corrección de las injusticias y las insuficiencias”. A Proceso le debo a Julio Scherer y su ejemplo, las elegantísimas críticas de Susana Cato —que me hicieron ver el cine a partir de ella con otros ojos— y, aunque debería decir que a Excélsior le debo a Julio Scherer, me quedo con la maravillosa historia que nació de su generosidad rebelde aquel 8 de julio de 1976.

Les platico todo esto porque esta semana vi The Post, la nueva entrega de Steven Spielberg. No voy a gastar caracteres contándoles sobre las grandes actuaciones ni de la casi perfecta ejecución de la cinta. Vayan a verla, no tiene desperdicio. Repasar de la mano de este grupo de dotados uno de los momentos cruciales en la historia mundial del periodismo es, simplemente, una gozada. Es una película hecha con la mano de un neurocirujano, firme, delicada, sin errores. Acá probablemente la notica sería que Meryl Streep, Tom Hanks, Spielberg o John Williams lo hubieran hecho mal pero afortunadamente no sucede así.

Lo que quiero contarles es algo en lo que caí en cuenta. Aquella fascinación y fortaleza que sentí al leer por primera vez Proceso y Siempre! y que me hizo creer que este país, a pesar de su infinita lista de problemas, iba a salir adelante, ya no las siento más.

Descubrí que hoy en día hago con muy poco asombro y a veces mucha de tristeza mi ritual matutino de leer los periódicos, la mayoría satisfechos con replicar ad nauseam la “noticia” de la súper cuenta de Slim en un restaurante de Guadalajara mientras seguimos sin saber de qué vive AMLO. Periódicos que son la versión light de cualquier revista de espectáculos donde la nota más leída es la nueva foto en tetas de cualquier Kardashian. Periódicos que cubren las precampañas de los que aspiran a presidenciarnos, pero de Marichuy no aparece ni su foto. Periódicos que piensan más como negocios antes que cumplir con el compromiso de difundir la información de manera ética sin convertirse en trincheras políticas o de buscar sumarse a la tarea de construir un mejor país. Un país fuerte, informado con la verdad. Pero también veo periodistas que tocaron los hilos del poder y ya no están. Periodistas muertos, desaparecidos, amenazados por cumplir con la misión de decirnos la verdad, de contarnos las historias que nos unen, una verdad que no por voltear para otro lado, se vuelve ausente.

Y todo eso me hace pensar que entonces nosotros, como lectores, deberíamos salir a la defensa de nuestros diarios, de todos los diarios y de todos los periodistas, de ser lectores exigentes con los contenidos, con la ética periodística, y de ser implacables con los gobiernos que los reprimen, porque si atendemos aquella frase que dice que el periodismo es la primera versión de la historia, más nos valdría tomar una postura más activa y más crítica con esa historia que, al final de la película, no es otra más que la nuestra.

“The Shape of Water” o todos los monstruos, el monstruo.

Cuando empezó el mes de diciembre del año pasado yo apenas aterrizaba en Mérida con la firme idea de descansar por lo menos un mes, pasar tiempo con mi familia, cargar la pila, dejarme envolver por el terrible frío peninsular de 25 °C y esperar que el año arrancara con las chambas habituales. El destino quiso otra cosa y haciendo la historia larga corta, acepté viajar de nuevo a un par de proyectos fuera de la ciudad. Esa pequeña distracción me sacó de la posibilidad de ir al cine y me salvó, de cierta manera, de la ignominia de tener que procesar las fiestas decembrinas —y dejar asomarse la misantropía que me envuelve de verde y rojo en esas fechas—, pero a cambio, me puso en un estado frenético para asistir dos proyectos de campañas publicitarias que, ahora que lo veo con mayor claridad, hacen que siempre se me salga el monstruo.

El monstruo, pienso yo, no es bueno ni malo. Depende de la circunstancia. Sin embargo, es un monstruo. Tiene cara de perro enojado, pero mueve la cola. Grita en los momentos oportunos, pero cuenta chistes. Es impredecible, pero siempre saca la chamba. Un hijo de puta, pues. A mí no me cae mal, pero a lo largo de los años he encontrado que a mucha gente le incomoda muchísimo verme en ese estado. Prefieren el  más humano, más sonriente, más accesible.

Me doy cuenta también que este asunto de los monstruos internos es una generalidad: todos tenemos uno y más o menos con cierta frecuencia lo dejamos salir a pasear libremente aun sabiendo las consecuencias que implica. Yo respeto mucho esos momentos en las personas. La vida que vivimos, honestamente no da para menos.

Pero una vez terminado el arranque prematuro del 2018, regreso a casa y finalmente puedo ir al cine. Me toca ver The Shape of Water (Guillermo del Toro, 2017). Aquí, Signore del Toro nos regala una pieza acuática de una belleza perturbadora. Podría hablar ahora de todas las bondades estéticas, la perfección de la técnica, la meticulosidad jazzera del soundtrack, los homenajes escondidos, las referencias, pero como todo eso es subjetivo y responde a lo que cada uno considera bueno o acertado (ya hay hasta quien lo acusó de plagio, ¡ja!) me quedo con una sola cosa: el monstruo.

Y es que del Toro, con una mano con más de 25 años creándolos, perfeccionándolos y compartiéndolos, y un ojo que sabe verlos y contarlos, nos dice que está bien añorar, tener, querer ser, amar un monstruo. Nos dice cuán necesarios son para separarnos de la caótica marea de mierda de este mundo, nos cuenta de sus poderes de sanación, de la compasión de la que se alimentan, de la irreductible fuerza amorosa que motiva sus acciones. De alguna manera, nos enseña a amar a los monstruos ajenos, y con eso nos señala lo importante que es amar los propios, procurarlos, alimentarlos, escucharlos, aprender de ellos.

Miro en el calendario los meses por venir y siento un desconsuelo mayúsculo en los pantanos más profundos de mi alma. Mis oídos sangran con la canción del movimiento naranja. Los planteamientos de las sabandijas que van a gobernarnos a partir de diciembre cada día me parecen más descarados y ofensivos. Los que se hacen llamar independientes solo porque renunciaron a sus mafias cuando no les dieron lo que quería me parecen los peores de todos. Llamo a mi monstruo interior, lo convoco, le pido ayuda. Mi monstruo me dice que él se encarga, que todo va a estar bien. Que esa monstruosidad llamada política mexicana tiene sus días contados.

Con esa certeza, me dispongo a disfrutar de este invierno peninsular. Leo el periódico: al precandidato del PAN a la alcaldía de Mérida lo detienen en el retén por conducir en estado de ebriedad. Eso sí: los monstruos no deberían manejar. Punto.

El cine como rescate

Por Rodrigo Chanampe

Otro año complejo en lo personal, pero que me sirve para confirmar que el cine siempre está ahí como un lugar de refugio, eso que tan bien supo mostrar Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo. Aquí, las doce películas que más disfruté en este periodo y que fueron estrenadas en las salas de Guadalajara durante 2017.

 

1.- Animales Nocturnos

Dirección y guion: Tom Ford

Relato contundente. Venganza sutil. A través de su narración, Ford nos envuelve en una cinta impactante en lo visual y que apuesta a la estructura de una historia dentro de otra. Amy Adams interpreta a la dueña de una galería de arte que parece tener la vida perfecta. Al recibir la nueva novela de su expareja, se involucra en una narración tan violenta como el amor más desgarrador. Cada elemento de la ficción que ella lee, es el símbolo de una relación rota, de lo que pudo ser. Filme recomendado para escritores, para amantes de la literatura y para aquellos que anhelan la revancha perfecta.

 

2.- La La Land

Dirección y guion: Damien Chazelle

Consagración de un director. A pesar de su juventud, Chazelle demuestra con esta cinta ser un realizador atrevido que deja en claro su pasión por la música. Para muchos es una película sobrevalorada, sin embargo, cuenta con todos los elementos que la colocan en ese escalón de clásico moderno. Abreva de la historia del cine y, a pesar de su simpleza temática, ejemplifica una verdad: los sueños requieren un sacrificio. Ni el canto ni el baile esconden que todo es efímero. Las estrellas solo nos engañan y no brillan por nosotros.

 

3.- Manchester Junto al Mar

Dirección y guion: Kenneth Lonergan

Quizá uno de los mejores dramas en los últimos años. Casey Affleck interpreta con maestría a un hombre marcado por la tragedia que debe hacerse cargo de su sobrino.  El relato nos demuestra, sin recurrir a la exageración, que hay eventos que nos borran la sonrisa para siempre. Los silencios, las palabras justas, diálogos precisos y actuaciones entrañables construyen un filme cruel porque es real, porque no se permite los mecanismos del cine para rescatar a un protagonista desecho.

 

4.- Logan

Dirección y guion: James Mangold

Sorprendente cierre para un personaje que nos ha acompañado por años. Mangold realiza una cinta valiente, con un Wolverine en decadencia pero dispuesto al sacrificio. Un argumento que habla de la vejez, la paternidad y la necesidad de entregarnos a los seres que amamos. En ningún aspecto el relato es condescendiente y Mangold desde un inicio deseaba una pantalla repleta de sangre.  Hacia el final, las lágrimas se encargan de diluir la abundancia del rojo.

 

5.- Voraz

Dirección y guion: Julia Ducournau

Una película que trasciende la historia de una estudiante de veterinaria en su transformación hacia el canibalismo. El relato prefiere obviar la exageración de elementos gore para centrarse en la búsqueda de la identidad. Voraz expone lo doloroso que puede resultar la aceptación de quienes somos. Es un retrato de la constante lucha entre los instintos y la razón. ¿Es posible escapar de nuestro destino, de lo que llevamos en los genes?

 

6.- Yo, Daniel Blake

Dirección: Ken Loach
Guion: Paul Laverty

Es sencillo entender el porqué fue merecedora de la Palma de Oro en 2016. Un filme necesario para nuestros tiempos de injusticia social. Daniel Blake, un carpintero de la tercera edad, nos enseña el valor de respetarnos. Un personaje con el que pronto hacemos empatía ante los obstáculos propuestos por un sistema que le impide trabajar. Loach sigue el camino de su cine comprometido y honesto. Desde el título comprendemos la intención: todos somos Daniel Blake, todos somos víctimas de un sistema que nos desecha y de absurdos procesos burocráticos. Todos somos seres que lo perdemos todo cuando entregamos la dignidad.

 

7.-¡Huye!

Dirección y guion: Jordan Peele

Excelente ópera prima de un director que promete convertirse en un referente. El mayor acierto es la paciencia para la construcción del misterio. Un simple encuentro con los padres de la novia inserta al protagonista afroamericano en una pesadilla. Abordar el tema del racismo eleva a la película a otro nivel.  Peele crea una obra que va más allá de un personaje que desea escapar ante su trágico final. Un relato incómodo porque Estados Unidos aún no huye del fantasma de su pasado, de la esclavitud, de años de dominio que siguen presentes en una sociedad capaz de entregarle el poder a esperpentos como Donald Trump.

 

8.- Dunkerque

Dirección y guion: Christopher Nolan

Si en algo se destaca el director de El caballero de la noche, es por su capacidad de moldear argumentos despojados de la linealidad. Atrevido en la estructura, el filme divide la épica batalla de la Segunda Guerra Mundial en tres tiempos y espacios: aire, mar y tierra. En cada uno de ellos plantea la presencia del terrible miedo cuando solo se desea sobrevivir. Su diseño sonoro y visual la rescata de su tono patriotero. Ejercicio fílmico casi perfecto.

 

9.- Paterson

Dirección y guion: Jim Jarmusch

Una obra hermosa en donde cada cuadro es un verso. La película habla de los pequeños instantes, de hallar la poesía en lo cotidiano. Jarmusch nos muestra que en la mirada atenta a nuestro entorno, está la salvación para comprender que este mundo tiene detalles preciosos dentro de su máscara de crueldad. La interpretación de Adam Driver es deliciosa y aquí se le nota cómodo. Paterson es una de esas cintas en donde aparentemente no pasa nada, pero en realidad transcurre la vida misma.

 

10.- El seductor

Dirección: Sofia Coppola
Guion: Thomas Cullinan

Con cintas como esta, Sofia manifiesta que no requiere de su apellido para demostrar su valía como directora. Un filme de época, pero con la particular visión de la neoyorquina. La historia se centra en la Guerra Civil de los Estados Unidos, mujeres de diferentes edades se enfrentan a un hombre extraño que rompe la calma de una escuela para señoritas. Un enemigo el cual se irá convirtiendo en alguien a quien seducir.  Es un retrato de las diferentes armas con las que cuenta el género femenino para defenderse de una posible amenaza: la experiencia, la empatía, el romance, la sexualidad. Es una belleza por la atención al detalle. Su brevedad, como todo en la vida, nos deja con ganas de más.

 

11.- Blade Runner 2049

Dirección: Denis Villeneuve
Guion: Hampton Fancher

Más aclamada por la crítica que por la taquilla, esta nueva entrega del mundo de los replicantes mantiene el cuestionamiento esencial sobre lo qué nos hace humanos. Elegante, de fotografía cuidada y un ritmo pausado que es casi un manifiesto: un blockbuster no debe editarse necesariamente como un videojuego y los momentos climáticos pueden ser escasos pero sustanciales. Al tema de la diferenciación entre humanos y máquinas, se agrega la idea de siempre creernos únicos. La ilusión como motor. La necesidad de aferrarnos a un ideal para sostener nuestra existencia.

 

12.-Perfectos desconocidos

Dirección y guion: Alex de la Iglesia

Como en toda su filmografía, la irreverencia y el atrevimiento forman parte de esta cinta del director español. El mayor acierto es introducirnos a la vida de tres parejas y un amigo de las mismas. Una simple cena se convierte en un interesante juego cuando deciden que los mensajes y llamadas recibidos esa noche serán expuestos al resto del grupo. Nos acercamos a un muestrario de vidas ocultas, de prejuicios, de falta de comunicación entre las parejas que nos empuja hacia la desesperanza, a entender que la única certeza en este mundo es la decepción y el engaño. La ignorancia es una bendición,  es la premisa que se asoma tras salir de la sala.


Fotografía: Kosta Bratsos / Unsplash

Las malditas listas que se pasan de ídem.


De principio a film

Por Rodrigo González

Odio las listas. Las listas de lo que sea, hasta las del súper. Y a pesar que reconozco su utilidad y ayuda en momentos inciertos o de flaqueza en la memoria, hay algunas que particularmente me crispan los nervios, sobre todo aquellas que enumeran lo mejor o lo peor de algún tema. Pretender cercar el gusto y el deleite sobre una expresión estética a la miopía de una sola persona o institución —que por inciertos artes o aires se proclama autoridad en el tema—, me parece grosero, fatuo y al mismo tiempo un despliegue de soberbia monumental. Por principio, nadie puede realmente hacer una lista veraz con las cien (o diez) mejores cosas de algo. Ni pinturas, ni películas, ni discos, ni libros, ni canciones, ni vinos, ni conciertos, ni series de tv. Nada. None. Cero.

Primero, porque los parámetros para decir que una cosa es mejor que otra son completamente subjetivos y personales cuando se trata de una expresión artística y segundo, porque todo el tiempo se están creando cosas nuevas que, evidentemente violentan y rompen la naturaleza misma de una lista. Acaso, lo acepto, hay cosas o eventos que pueden clasificarse basadas en ciertos logros (como la cantidad de personas en un concierto), en premisas evidentes (como la altura del los edificios), en artilugios propagandísticos (las canciones más escuchadas del año) o en obviedades (los mejores equipos de la liga española), pero todo esto es, al final del día, un mero ejercicio caza likes que rara vez ofrece una guía o aporta algo sustancial al tema. Por eso las odio. Y es, irremediablemente en la última parte del año cuando afloran los expertos y sus listas.

Yo no me considero un experto en lo absoluto. Hay temas que me apasionan y temas que me conmueven. Hay eventos que sigo con puntualidad y algunos que preferiría no haber atestiguado. Y aunque me gustaría hacer una lista con el top ten de políticos mexicanos deleznables, por ejemplo (¡¿con quién empezarla, caray?!), debo reconocer que la tentación de hablar de lo que más me gusta —el cine— es grande. Durante estos meses que he atendido gustoso la invitación de Paraíso Perdido a colaborar en su blog, he hablado básicamente de películas y de la forma en la que éstas me marcan y me sorprenden. Así que en honor a las fechas, aquí les comparto lo que a mi gusto -estrictamente personal- son algunas de las películas que más disfruté este año.

Rogue One

La mejor película de la saga. Nada de fuerza, nada de poderes telepáticos, nada de elegidos, nada de destinos manifiestos. Una película de acción pura y dura que pone el origen mismo del heroísmo en personas comunes y corrientes. Diego Luna irreconocible y un guión que meticulosamente tejió el puente perfecto entre el pasado y el futuro de la serie. Renovados los mitos, ya que hagan lo que quieran con los demás episodios, total.

The Witch

Cine profundamente emotivo y valiente. Lleno de figuras y referencias actuales sobre la batalla en la equidad de género. Hecha con un toque de neurocirujano y un cuidado por los detalles que disfruté enormemente. La secuencia final aún me da escalofríos.

Coco

Sí, es una película para niños. Sí, es de Disney. Sí, se metieron con algunas de las tradiciones más sagradas de los pueblos mexicanos (aquí nos desgarramos las vestiduras, please) y sí, lo hicieron maravillosamente bien. Lo mejor es tratar de no llorar cuando empieza la rola de Bronco.

John Wick: Chapter II

La primera parte de esta entrega es completamente inesperada. Acción y más acción destilada con un móvil de venganza canina. La segunda parte es absolutamente fantástica. John regresa a… pues a matar gente, obvio. Perdí la cuenta del número de referencias que tiene al cine silente, pero auun sin conocerlas todas es absolutamente disfrutable. Recomiendo subirle al volumen, el soundtrack es una maravilla.

Logan

Yo iba a ver a Wolverine pero salí con el corazón apachurrado y profundamente conmovido. El retrato y reflexión sobre la decadencia, sobre poder inútil, lo inútil del poder en exceso y del peso que cargan las nuevas generaciones, estén preparadas o no para asumir su rol en el mundo.

Jim and Andy. The great beyond.

Sorpresa máxima del año. Netflix se arriesga con un documental que nadie quería distribuir y con justa razón, pues abre la puerta a una confesión honesta sobre la locura y la entrega. Jim Carrey está en otro nivel. Hay momentos en la entrevista que parece un iluminado. Como si a través de la actuación hubiera alcanzado el nirvana o algo. Yo lo sospechaba desde que lo vi en The Truman Show, pero en este documental nos deja todo muy claro. No se lo pierdan.

¿Notan la ausencia de películas mexicanas? Pues eso. Pero ya hablaremos del tema el año que viene. Ahorita es tiempo de celebrar, dicen.


Fotografía: Glenn Carstens-Peters / Unsplash

La prisa del consumo cultural


Lente anónima

Por Mariana Mota

Metanfetamina, decisiones de vida, quebrantamiento de la ley, consecuencias. Los Pollos hermanos. Los últimos días esos temas han rondado mis pensamientos, y Hank, Walt, Jessie son personajes que ya se volvieron entrañables para mí. El problema es que, una vez más, llego tarde a la conversación. Así me lo dijeron recientemente sí, sí, Mariana, pero ya se habló de Breaking Bad hace mucho. Aunque las palabras iban en tono de broma, una verdad se asomaba.

Existe una presión latente en cuanto al consumo de entretenimiento y arte. ¿No has leído Cien años de soledad?; Maestra, ¿no conoce a Canserbero?; ¿Nunca has visto House of cards?; ¿No sabes quién ganó el premio Cervantes este año? El tono de esas preguntas parece más acusativo que interrogativo, como si todos tuviéramos la obligación de acercarnos a ese estupendo producto en el momento en que sale al mercado, cuando los “expertos” lo están degustando. Aunque también entiendo que es una manera de expresar sorpresa: ¡cómo puedes perderte esta maravilla que a mí tanto me gusta!

Una de las características que tiene el arte, creo, es la atemporalidad: un cuadro, una película, una novela, una canción va a generar revolución en la persona, sin importar el momento en el que llegue a ella. Y una de las ventajas de la ignorancia artística es que hay todavía más terreno por descubrir: toda esa música que no escuché en mi adolescencia, por obsesionarme con los pobres discos de Mercurio y Flavio César, siguen siendo novedad para mis oídos. Y aunque en un principio me apenaba no saber quién era Kurt Cobain o Jim Morrison, hoy me pasa lo contrario: me emociono cuando escucho nombres desconocidos porque imagino el terreno de posibilidades que aún me falta por explorar. Y toda esa obra de la que me perdí, si en verdad es artística, me va a significar algo similar a aquellos que tuvieron la suerte de acercarse al pastel recién salido del horno.

Hace poco también comprendí lo que podría ser la antítesis de lo que estoy diciendo: productos que deben ser vistos en el momento en que salen, pues fuera de contexto pierden sentido. Durante muchos años supe de una película que reunía a un gran atractivo visual de Hollywood y que, supuestamente, revolucionó por su temática, pero nunca la había visto. Hace una semana vi Entrevista con el vampiro y me pareció ridícula y pretenciosa, pero quizás en su momento no haya sido percibida así. ¿Los productos cambian con el paso del tiempo o uno es el que se transforma? Siempre ha existido esa interrogante y me atrevo a decir que es un poco de ambas.

Quizás el arte también sea una especie de moda: palabras que se cuelgan como collares modernos, opiniones que perfeccionan el rostro. Y si no el arte, al menos la opinión sobre él. Yo siempre me he asumido indiferente a la moda de la apariencia (anticuada, incluso), y ahora me doy cuenta que también de la cultura y del entretenimiento: me gusta utilizar los sentidos a mi propio ritmo. Sin presiones, sin obligaciones; no importa si el mundo ya habló de lo que yo apenas me aventuro a conocer. Aunque reconozco que llegar tarde me priva de ciertos placeres, como el de la conversación, pues cuando algo pasa de moda, ya no es atractivo en el discurso, pues hay nuevas cosas por las cuales discutir. Por cierto, todos tenían razón: Breaking Bad es hermosa literatura visual y finalmente entiendo las razones.

 

Permanencia voluntaria


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Antes de que existieran Cinemex y Cinépolis, ir al cine en México era una experiencia más visceral, más tosca y burda, más grosera, pues. Pero también era algo que implicaba un alto nivel de libertad y, en cierta medida, ofrecía un mayor nivel de diversión, desahogo y de catarsis plena. Hoy en día, para ver un estreno durante el fin de semana hay que comprar los boletos por internet con bastante antelación, pagar una membresía especial o recurrir a la preventa con el fin de asegurar un lugar.

Cuando yo era niño e iba al cine con mi familia, nada de esto era necesario. Por lo general siempre llegábamos tarde, mi papá nos decía a mi hermano y a mí que no nos preocupáramos, que nos podíamos quedar a la siguiente función para ver los veinte minutos perdidos. Al parecer, ni siquiera la secuencia temporal del cine nos preocupaba un carajo. La permanencia voluntaria implicaba poder echarte todas las funciones del día, de una misma película, pagando sólo un boleto. Además, las proyecciones eran corridas, una tras otra. Las salas se limpiaban hasta que cerraban, ello ocasionaba que los cines siempre fueran un asco. Sin embargo, eso era también parte de la experiencia: caminar por los pasillos y que los pies se te pegaran en el piso debido a las enormes manchas secas de bebidas, alimentos o hasta vómito.

Otro aspecto que se perdió con la aparición de las grandes cadenas tiene que ver justo con los alimentos en las salas. Antes, las tiendas de los cines, si es que tenían una, sólo vendían cinco o seis productos (copas de helado, gomitas, pasas con chocolate, refrescos y palomitas, no más). Lo maravilloso del asunto es que te permitían llevar tu propia comida, todo lo que quisieras. Era como un día de campo. Mi familia aprovechaba al máximo esta consigna. Por lo general, mi abuela llevaba en una bolsa todos los ingredientes y durante la función preparaba tortas. Las hacía con todo: frijoles, jamón, queso de puerco, mayonesa, jitomate, cebolla etc. Hasta les quitaba el migajón a los bolillos. Cada torta la preparaba en su butaca, allí sentadita cortaba el aguacate, untaba los aderezos e iba preguntando a cada uno cómo quería la suya. No había pudor ni límites en este sentido.

La sala entera olía a embutidos y frijoles charros o refritos y nadie se quejaba. Hasta les preguntábamos a los de junto si no querían un lonche. La lista de lo que llegamos a comer en el cine es realmente estrafalaria: huevos cocidos, hotcakes y wafles (fríos pero muy sabrosos) con mermelada y miel de maple, cueritos con sal y limón, esquites, frutilupis con leche, conchas y orejas, malvaviscos, mejillones, cocteles de camarón y pulpo, tacos de canasta y hasta fondue (también frío y en bolillo, pero fondue al fin y al cabo).

Afuera de los cines siempre había personas que vendían artículos piratas, hechos a mano, alusivos a las películas más populares. Cuando fui a ver Karate Kid me compraron una cinta para la cabeza igual a la de Daniel San. Dentro del cine se podía ver a decenas de niños dando karatazos y haciendo los ejercicios que el Señor Miyagi le ponía a su alumno. Un niño muy aventado incluso se subió a una butaca e hizo la gruya, por supuesto se cayó y se metió un buen madrazo. Para el estreno de una de las secuelas de Supermán me compraron una capa roja con el logo del héroe. Como mi tío siempre ha sido calvo, mi hermano y yo decíamos que era Lex Luthor y pasábamos, dizque volando, por las butacas detrás de él y le dábamos unos buenos zapes. Hacia el final de la película nos empezamos a aventar cuadritos de gelatina de limón porque decíamos que eran kriptonita.

Otras ventajas increíbles de ir al cine en aquella época eran la interactividad y la libertad de hacer ruido. Los niños les gritábamos a los personajes de la pantalla todo lo que se nos ocurría. Cuando vi Los Cazafantasmas, me la pasé diciéndole a los protagonistas que voltearan, que el fantasma estaba detrás de ellos, que se cuidaran, que no se dejaran de los méndigos espectros. Además, todos los escuincles hacíamos los ruidos de los rayos de protones cada vez que éstos aparecían, generando así un coro magnífico y multitudinario de efectos especiales. De hecho, recuerdo que mi familia era una de las más ruidosas: mi mamá se la pasaba llorando en cualquier cinta, mi abuela rezaba una letanía de plegarias, mi hermano y yo en el desmadre y mi papá roncaba durante toda la función.

Pero la mera verdad, por sobre todas las demás cosas, extraño la libertad de aplaudir, al final de la película, sin sentirme un naco o apenarme por el juicio de las personas alrededor. Y no es que ahora no lo haga (tampoco puedo traicionar de forma tan vil mis impulsos corrientes), pero antes, la sala entera impactaba sus palmas junto conmigo y aquel era el momento más épico de toda la experiencia.


Fotografía de Jake Hills / Unsplash.com

Dunkirk y la purga cultural


De principio a film

Por Rodrigo González


Es innegable el talento de Christopher Nolan como director. El creciente dominio de su técnica y el impecable estilo narrativo en sus películas lo convierten en uno de los directores más innovadores, más celebrados y con una de las filmografías más interesantes para explorar de la última década.

En su última entrega nos regala una avasalladora experiencia filmada en formato IMAX sobre la batalla de Dunkirk en el año de 1940, evento que se convirtió en un parteaguas durante la segunda guerra mundial, pues a raíz de esta evacuación, los aliados lograron salvarse de la aniquilación por parte del ejército alemán, reagruparse y finalmente, cinco años después, ganar la guerra.

Es difícil, sin embargo hacer un análisis cien por ciento objetivo de un proyecto de este tamaño, ya que detrás de él, existen muchos niveles de lectura que son prácticamente imposible de abarcar. Podemos hablar de la manufactura de la que no se puede decir nada malo, con excepción de la chocante musiquita a-lo-Enya del final final, del rigor histórico (o la falta de él) o el mensaje detrás del mensaje en una época como la actual, dónde Brexit es rey y Nolan, veladamente, nos bombardea en un trasfondo sutil con una evacuación de tierra continental europea para refugiarse en la gran isla y poner a los good guys a salvo. Quizá soy yo viendo moros con tranchete, o quizá Nolan es pro Brexit, o quizá la ausencia total de personajes indios en la película provoca que se borre de un plumazo el heroico desempeño durante esa batalla del Royal Indian Army Service Corps y así, en un periplo de dos horas, emerge otra versión de la historia envuelta en la genialidad de un gran director.

Hace algunos meses noté esta tendencia en el cine contemporáneo al hablar de La La Land, en la cual salta de inmediato la ausencia de personajes latinos, letreros en español o cualquier otra referencia a la mayoría hispana que vive en California, sobre todo en Los Ángeles. Ahora la campana vuelve a sonar con Dunkirk y a mi me empieza a parecer como eso, como una tendencia, como una peligrosa purga cultural.

Ahora, estas purgas han existido y existen en todas las sociedades. En las leyes del imperio azteca por ejemplo, uno de los castigos más crueles era aquel que se conocía como la muerte total. No sólo se ejecutaba al criminal, si no que se borraban todos sus registros de vida, sus bienes se incineraban y su familia era desterrada. Se le borraba de la historia para siempre. En Alemania hoy en día, paga con cárcel quien porte una esvástica o realice el saludo Nazi. Una forma tajante de eliminar un comportamiento inaceptable. En Rusia, en la década de 1930 se realizó lo que se conoció como la gran purga o el gran terror, campaña de represión política que eliminó por completo a quien Stalin consideraba que podrían convertirse en oposición. Aproximadamente 400 mil rusos, burgueses, campesinos y miembros del partido comunista murieron, fueron expulsados del país o terminaron sus días en los campos de concentración rusos. Volviendo a Tenochtitlán, el terrible proceso de conquista y vasallaje español arrancó de tajo identidad, lengua, nombres, religión, vida civil, vida espiritual, comercio y convirtió un imperio en un pueblo sumido en la ignorancia durante 300 años. Pueblo que cuando salió de ese proceso no llegó a ningún lugar mejor, pues al termino de la guerra de independencia logró desprenderse de la corona solo para comprarse un nuevo patrón, el español nacido en México.

Puede parecer exagerado comparar eventos como la gran purga en Rusia o la conquista de México con la decisión de un director de quitar o no a un determinado grupo o etnia, pero no lo es. La forma en la que contamos las historias importa y esos detalles (no mexicanos en Los Ángeles, no indios en Dunkirk) no pueden apreciarse únicamente como detalles estéticos de una pieza o como licencias poéticas de sus autores. Desde el lugar donde sabemos de cierto que el cine es memoria y es enseñanza y preservación de la memoria histórica de un pueblo, existe una obligación hacia nosotros mismos de estar alertas sobre las versiones de las historias que contamos y nos cuentan. No vaya a ser que un día las generaciones futuras acepten sin chistar que en México todos somos rubios y vivimos en la Condesa, que Pancho Villa es un personaje de Disney, que el Ché Guevara era un gran revolucionario, que Frida era mejor pintora que Diego o que AMLO sí es un rayito de esperanza.

Ir al cine solo y que te coma el Alien


De principio a film

Por Rodrigo González

Cine solo

Me gusta ir solo al cine por una simple razón: el bote de palomitas es todo mío. Sólo mío. Por más que creo en el amoroso acto de compartir, soy muy feliz teniendo para mi la dotación completa, la fila completa o, cuando tengo suerte, la sala completa. No encuentro nada más placentero que entrar a una sala que no tiene gente y mi lugar está rodeado de hermosas butacas vacías y el sonido del aire acondicionado me da la bienvenida.

Fui a ver Alien Covenant en circunstancias similares. Entré con miedo no por Alien, si no por Ridley. Prometeus me había dejado entre el fastidio y el desencanto pero, qué se le va a hacer: es Alien, es Ridley Scott, es tarea.

La sala sola, y Alien bien. Tuvo la gracia de regresarme por momentos a aquella primera sensación de terror y de descubrimiento paulatino del miedo. Del miedo a no saber y cuando sabemos, ya no hay nada qué hacer porque todo está perdido.

Entonces cuando salgo de la sala pienso en los Aliens alrededor mío. Pienso que vivimos en un país que tiene monstruos acechándonos todo el tiempo, conviviendo con nosotros, siendo ellos por el puro gusto de ser los agentes de destrucción y de caos. Empiezo a encontrar similitudes en nuestra política y esas esporas que al respirarlas te convierten en la incubadora de un agente de maldad y de barbarie.

Pienso que estamos muy jodidos, que habría que quemar la nave para tener una débil esperanza de sobrevivir, y luego me doy cuenta que no hay esperanza porque quemar la nave significa no sobrevivir en absoluto. Pienso que entonces deberíamos armarnos de valor y armarnos con lo que tengamos a la mano, e ir a destruir Aliens en un acto de suprema justicia. Destruirles sus aviones privados y sus privilegios, sus fueros, sus dietas. Dar al traste con sus curules, sus palacios de gobiernos, sus choferes, sus cuentas en el extranjero. Quemar de una buena vez todos los cabildos y los institutos, partir a la mitad y sin clemencia todos los órganos descentralizados de gobierno. Lanzar al vacío absoluto y de paso al olvido más negro, toda nuestra historia y empezar de cero. Así, suspendidos en la gracia de ese lugar donde nadie puede escucharnos gritar, quizá podríamos escribirnos una historia distinta.

Alien

Pero la realidad es otra. De regreso del cine, caminando, tengo que mentarle la madre al conductor que no respeta el cruce peatonal, y ante un amague de pulcra violencia le digo, con golpes en el cofre, que un día su imbecilidad lo va a matar y que muchos más seremos muy felices por ello. Sigo caminando, aunque sólo para darme cuenta que el Alien ya está en nosotros.

El Alien somos todos y todos somos capaces de ser rapaces, implacables, corruptos y asesinos. Me doy un poco de vergüenza, es verdad, pero luego veo a la patrulla de la policía estatal pasarse el alto, al agente de tránsito aceptando un par de billetes del trailero que usó una avenida que no debía y así se evita la multa; recuerdo que me acaban de contar que se perdieron 2 millones de pesos de un fondo estatal dedicado a la cultura, que conozco quien vende medicinas en su casa que se roba de los hospitales del sector salud, que el gobierno compra software para espiar los teléfonos de cualquiera, que conozco a quien ha considerado seriamente falsificar una constancia de residencia para poder entrar a un concurso de guiones, y que conozco a quien lo ha hecho y ha ganado… y son tantos esos pequeños monstruos que aparecen cerca de mi, que me queda claro que todos, políticos o no, funcionarios o no, ya respiramos de esa espora, y en mayor o menor medida, ya nos comió el Alien.

Y pienso que si yo ya lo soy, por lo menos quiero decir la verdad al respecto. En una de esas y me alcanza, en mi ejercicio de autoconocimiento, para hacer un Alien meets LaLa Land y ya entrados en gastos cinematográficos, le damos un giro a la historia.

“Knight of Cups” y las preguntas sin respuesta


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Las preguntas

La primer película que vi de Terrence Mallick en pantalla grande fue The Thin Red Line en 1999. La vi en un cine en Monterrey que ya no existe (Cinema Plaza Monterrey) que estaba en la esquina de Avenida Constitución y Venustiano Carranza. La sala estaba vacía excepto por mi y otro par de personas. Después de salir del cine esa noche, preferí caminar a mi casa porque en mi cabeza había nacido una tonelada de preguntas que nunca me había hecho. Aún hoy muchas de esas preguntas no han conseguido respuesta.

Con el tiempo, gracias a las películas de Mallick, este ejercicio se volvió una constante: bajar mentalmente el volumen de todo lo que hay alrededor y entonces permitir que preguntas nuevas o viejas ocupen el primer plano. ¿Qué caso tiene preguntar nada? ¿Quién en su sano juicio votaría por estas personas que aparecen en la boleta? ¿Cuánto ganará realmente el chico que le ayuda al de los tacos a servir los refrescos? ¿Hará ejercicio la persona que se robó mis tenis sacándolos del coche?

¿El chófer de este taxi se acordará de su primera novia? ¿La extrañará? ¿Por qué extrañamos? ¿Por qué nos es imposible vivir sin añorar lo que no tenemos, el lugar donde no estamos o a las personas que no están con nosotros? ¿Por qué cuando logramos lo que queríamos, estamos donde planeamos y lo compartimos con quien deseábamos hacerlo, inmediatamente ya queremos otras cosas? ¿Acaso es falso que el apocalipsis va a llegar y en lugar de eso, vivimos constantemente sumergidos en él?

A veces las preguntas suelen ser verdaderas estupideces, frases colgadas, provenientes de un acontecimiento absurdo que sirven sólo para prolongar un instante de ocio. Otras veces las preguntas van amarradas a cosas como el sonido de caballos galopando, que siempre he asociado con ciertas preguntas que tienen que ver exclusivamente con en el final de las cosas; no del mundo, ni de la humanidad, pero de las cosas, las cosas como yo las conozco, una especie de apocalipsis personal.

El cine cerró y durante muchos años estuvo abandonado. Junto al cine abandonado construyeron un hotel y desde ese hotel, en el año 2010, un grupo de sicarios pertrechados en la azotea y en algunas ventanas de los cuartos, emboscaron un convoy de militares. Yo iba justo detrás del convoy en un taxi, rumbo a una cita de trabajo, y sucedió exactamente lo mismo: desapareció por un momento el volumen de todo al rededor mío, y un montón de preguntas rebotaron en mi cabeza. ¿Qué se sentirá que te den un balazo? ¿Dolerá mucho morirte así? ¿Cuántos son 20 mil muertos? ¿De verdad es la muerte el final de todo? ¿Y si no hay nada después de la muerte, entonces qué carajos importa?

¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿En qué beneficia al mundo? ¿En qué beneficia a nadie escribir un cuento, hacer una película, un poema, tomar una foto, escribir una nota en el periódico, abrazar una causa, ser contador público, político, albañil? ¿De qué sirve? ¿Cómo se traga uno el horror de la violencia? ¿Cómo se supera y se aprende a vivir así, en medio del olor a muerte y a tragedia, si al final no sirve de nada?

El evento del hotel terminó para mi cuando un soldado me sacó de la parte de atrás del taxi y cubriéndome con su cuerpo me llevó hasta la esquina de Venustiano Carranza e Hidalgo y me gritó que corriera. Corrí tanto que llegué a Guadalajara.

¿Respuestas?

Hace unos días vi Knight of Cups, también de Mallick, y ahora fueron las respuestas, algunas puntuales, otras disfrazadas, las que llegaron a mi cabeza: hacemos lo que hacemos por que el mundo nunca va a ser perfecto y de serlo, lo que hacemos entonces no tendría sentido. Esa es la razón para hacerlo.

Y el sonido de los caballos galopando está siempre ahí porque yo soy el jinete en mi propio apocalipsis. Entonces ya no hay nada qué temer.

Adultos buenos para nada


Saca el diván

Por Edna Montes

“¡Tú lo hiciste, Fulano!”, claro, porque un niño tiene la habilidad física para destrozar una casa, matar a un pelotón, pintar una habitación entera de sangre o provocar un temblor. Completamente lógico. Bueno, al menos estos adultos te culparon del desastre; otros no se enteran de nada o de plano ni siquiera están ahí.

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Es así como llegamos al punto en el que no puedes pedir una chela en un bar ni ver pelis clasificación C, pero ya te toca pelear contra el Mal Supremo. Eso sí, con los adultos no cuentes para nada. Da igual si el muñeco poseído sostiene un cuchillo en sus caras o los malvados aliens se estacionan en tu jardín perfecto de suburbio: “Es que los niños tienen mucha imaginación”. De ahí pueden esfumarse como ninjas o hacerte la misión aún más difícil. ¿Pelearás con uñas y dientes para que te crean? ¡Suerte con eso! Estarás en el delgado límite de irte a tu recámara sin cenar o envuelto en una camisa de fuerza.

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Todo puede empeorar, en este mecanismo narrativo no sólo existen los adultos negligentes, también están los maltratadores. Esos que no contentos con que el monstruo de la semana te persiga o tus amigos caigan como moscas, hacen que prefieras luchar contra los vampiros o el payaso asesino.

Incluso a ti como espectador te desesperan, admítelo. Más de una vez le has gritado a un personaje que deje de ser obtuso y POR FAVOR le crea ya al mocoso(a). Casi se te derrama la bilis cuando castigan a los menores por algo que obviamente no hicieron, o peor tantito los maltratan por gusto. En el fondo, hasta sientes algo de satisfacción mientras te repites que tú sí les harías caso a los protagonistas.

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Este elemento es fundamental en algunas tramas juveniles e infantiles. En honor a la verdad, muchas aventuras escolares y adolescentes serían imposibles si los papás o  profesores resultaran funcionales. En ocasiones más que un caso de adultos buenos para nada, se trata de uno en donde la mala comunicación mata. Los menores no confían en los mayores, por lo tanto no piden ayuda.

Mientras son peras o manzanas, me parece que si algo aprendemos de consumir ficción para evadir la adultez que no pedimos pero que la vida nos enjaretó, es a nunca dejar de ser niños. Sí un pequeñín te dice que hay un demonio, vampiro, alien o adulto terrible conspirando desde las sombras, ¿por qué no le crees un poquito?, para variar. Por favor, por favor, POR FAVOR, nunca seas ESE adulto nefasto.

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Recapitulando:

Adultos buenos para nada

Fórmula:

Una terrible amenaza se cierne sobre el mundo/ los adultos no se dan cuenta o son incapaces en todos los aspectos/un grupo de niños o adolescentes debe salvar el día.

Como lo viste en:

Loveless (Anime, JC Staff/TV Asahi, 2005)
Suzumiya Haruhi no Yūutsu (Anime, Kyoto Animation, 2006)
Calvin y Hobbes (Comic, Bill Watterson, 1985-1995)
Peanuts (Comic, Charles M. Schulz)
The Goonies (Película, Richard Donner, 1985)
Hocus Pocus (Película, Kenny Ortega, 1993)
Pesadilla en la calle del infierno (Película, Wes Craven, 1984)
Eso (Libro, Stephen King, 1986)
Matilda (Libro, Roal Dahl, 1988)
Una serie de eventos desafortunados (Libros, Lemony Snicket/Daniel Handler 1999-2006)
Buffy (Serie, Joss Whedon, 1997-2003)

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