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Separados al nacer


Saca el diván

Por Edna Montes


La vida es dura, eso es cierto. El verdadero problema es cómo explicarle a la gente que siempre has sentido que algo te falta. Hay un vacío que no puedes explicar que te deja como… ¿una papa sin catsup? Bueno, es complicado.

Vas triste por ahí, nada nuevo, hasta que un día… te topas con esa persona. Entras en pánico. El parecido es increíble, es tu doble exacto (o todo aquello que serías si fueras del otro sexo). ¡Malditas drogas!, son idénticos. Esto no puede ser una coincidencia. Las explicaciones acuden a tu mente a la velocidad de la luz ¿Se trata de un experimento genético?, ¿conspiración Illuminati?, ¿una broma de mal gusto? Desde luego que no pueden ser gemelos separados al nacer ¡eso es un cliché!

El shock va pasando cuando descubres que no ser tan único como creías no es una cosa mala. Es bueno tener alguien tan torpe y obsesionado con la combinación menta-chocolate como tú.  Además, es como volver a casa. De pronto, aquél vacío existencial desaparece y te ves obligado a admitir que los milagros pasan. En la ficción, al menos. Antes cargabas el peso del mundo en tus hombros, pero ahora que lo repartes todo es más llevadero. Es hora de pedirle a papá y/o mamá algunas explicaciones. ¡Menos mal que no son mellizos cariñosos! (Sí, los estoy viendo Cersei y Jaime; también a ustedes, Luke y Leia)

Este recurso narrativo tiene muchas posibilidades: gemelos del mismo sexo, mellizos, amigos inseparables o enemigos incansables. Fiel a su dualidad, da las mismas oportunidades a la comedia que al drama. Incluso al siempre adorado gemelo maligno. La imaginación es el límite.

Más allá de las oportunidades cómicas y dramáticas de la trama, los hermanos separados al nacer no pierden vigencia porque nos recuerdan que todos añoramos esa parte bella y luminosa que nos muestre lo mejor de nosotros mismos. Quizá también que lo peor no es tan malo como nosotros lo vemos desde el punto de vista de nuestro juez interno. Al final, saber que pertenecemos a un lugar, con todas nuestras peculiaridades y rarezas, es algo que alimenta el alma. Una historia digna de ser contada.


Canción:

Thompson Twins- Hold me now


Recapitulando:

Separados al nacer

Fórmula:

Los protagonistas son hermanos (a menudo gemelos o mellizos)/Alguna situación propicia que sean separados justo después de nacer/ Condiciones azarosas los reúnen/ Pasan una crisis de adaptación o conflicto/ Descubren su verdadera condición de hermanos/ Viven aventuras juntos o se enfrentan como enemigos.

Como lo viste en:

Bibliografía erótica


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes


La mención del infierno suele traer aparejada la visión de la eternidad y el desconsuelo, del fuego y el olvido. Menos frecuentemente, el infierno nos sugiere un lugar enclaustrado dentro de una biblioteca,  donde se resguardan libros cuya lectura se ha considerado peligrosa[1].

Existen muy diversas razones por las que un libro habría de estimarse como riesgoso para su poseedor o lector; hay libros que se dicen encadenados y que presos de sus hierros se sacuden, como poseídos, en los sótanos de carcomidas bibliotecas. Uno de los más connotados libros malditos es el de Toth, otro el Necronomicon, no importa que ambas obras pudieran ser ficticias. Otras veces, el peligro para los bibliófilos ha sido menos sobrenatural y se ha reducido al potencial —cálido— encuentro con las llamas del inquisidor (en caso de descubrirse la propiedad de tal o cual volumen).

De manera más corriente, la “peligrosidad” de esos libros viene de su carácter “obsceno”, por tal motivo, los infiernos de las bibliotecas son el albergue final, el asilo de libros marginados que a pesar de su indecencia —de forma improbable y prodigiosa— escaparon a la hoguera. Sobre estos libros nos dice Pisanus Fraxi, en su Index Librorum Prohibitorum (1877):

«Para el bibliómano, el verdadero amante de los libros por sí mismos, estos volúmenes desconocidos y marginados, estos parias de la literatura, son infinitamente más interesantes que sus mejor conocidos y más apreciados compañeros; y adquieren un valor para él, en proporción a la persecución que han sufrido, su escasez y la dificultad que se experimenta en adquirirlos.»

Como es sabido, Pisanus Fraxi es el alter ego de Henry Spencer Ashbee, el barbado y victoriano coleccionista de erótica más importante que se cree haya existido; negociante de aceites esenciales que nos legó, en tres vólumenes, su personal bibliografía sobre la materia. Los títulos de tal obra son: Index Librorum Prohibitorum (1877), Centuria Librorum Absconditorum (1879) y Catena Librorum Tacendorum (1885).

La propia colección de Ashbee fue donada a un infierno que no lleva el nombre de tal[2], la Caja Privada del Museo Británico, de donde fue transferida a la Biblioteca Británica. La leyenda relata que el acervo de Pisanus fue destruido en parte y se ignora su cabal contenido, debido a que su catalogación fue tardía. Más aún, se afirma que el Museo rehusaba aceptar el legado y si lo aceptó de manera reticente fue por la condición de adquirir otros textos, de Cervantes, de carácter menos censurable.

En adición a la de inglesa de Ashbee, destacan otras bibliografías memorables, la más conocida tal vez es la francesa, denominada Infierno de la Biblioteca Nacional (1919), de Guillaume Apollinaire, que lo mismo reseña obras célebres (como La Nueva Justine del Marqués de Sade, ornada con un frontispicio y cien cuidadosos grabados, editada en Holanda, en 1797) que colecciones anónimas de cuentos y epigramas, con misteriosas anotaciones a lapiz.

En lengua alemana, el referente es Paul Englisch, con su Historia de la Literatura Erótica (1927) y el intitulado Laberinto del Erotismo (1931).

En el ámbito de la investigación bibliográfica en idioma español —o castellano según se quiera— es digna de mención la Bibliotheca erotica sive apparatus ad catalogum librorum eroticorum (1993), de José Antonio Cerezo. El comentador de esta biblioteca, Daniel Eisenberg, nos indica:

«Sobresale en esta bibliografía la amplitud de miras. No se excluye nada, desde el sadismo a la película pornográfica. El que quiera encontrar una historia del desnudo, una introducción al arte erótico japonés, chino o hindú, una defensa de la pedofilia, una historia de la censura o un estudio de la pornografía inglesa del siglo diecinueve, aquí los hallará.»

Desconozco la existencia de una extensa y erudita obra de bibliografía erótica mexicana, quizá se encuentre todavía en el conjunto de las infinitas posibilidades del libro, tal vez se esté escribiendo o ya ha nacido quien la habrá de escribir o duerme en el polvo, junto a la Biblioteca de Mariano Beristain y la Bibliografía Mexicana de Joaquín García de Icazbalceta.


[1] El infierno por antonomasia es el del la Biblioteca Nacional de París; infiernos más bien -debe de decirse- pues actualmente son dos: uno dedicado a los libros impresos; el otro, a las estampas.

[2] Otros “infiernos” de erótica renombrados incluyen: la Colección Delta de la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos, la Colección Phi de la Biblioteca Bodleiana de Oxford y la denominada Colección Secreta de la Biblioteca Estatal de Rusia. Aunque algunos infiernos son más insípidos, tal es el caso de la Universitat de Valencia, donde está confinado Don Carlos Marx.

Ende: Escuchar y el tiempo perdido


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Todos hemos vivido esta situación: nos encontramos en una charla, quien está frente a nosotros puede ser un amigo o la persona que deseamos con locura, pero por algún motivo nos damos cuenta que el otro sólo nos observa con la mirada extraviada y a la espera de que nos callemos. Quien está ahí no escucha, sólo deja pasar de largo las palabras para exponer su discurso cuando sea el turno de hablar. Entonces, con el deseo de venganza brotando de cada poro, ansiosos por lastimar, le pagaremos con la misma moneda.

La principal característica de Momo es su capacidad de escuchar. Michael Ende crea a una niña especial, ajena a la fuerza del tiempo y con el don de cambiar el estado de ánimo de aquellos que le cuentan sus historias. Quien conversa con ella, pronto descubre respuestas, basta que la niña dedique horas a sus amigos. Momo carece de extensos diálogos y al inicio del relato parece más una vagabunda sin preocupaciones; tampoco es notorio el deseo de emprender una aventura inolvidable. Su comportamiento es el de un anciano a quienes los relojes han dejado de importarle. Momo se dedica a escuchar, sin prisas.

La mayoría somos dueños de agendas, diseñamos recordatorios, notas y pactamos citas a ridículos horarios como 9:15 o 10:45. Apretamos los segundos, colocamos nuestra extensa lista de actividades en horas-cajas de cartón, las cuales terminarán por desbordarse. ¿Por qué el apuro? Tal vez sea la búsqueda de los sueños, alcanzar el objetivo trazado; esa zanahoria para engañarnos y darle sentido al absurdo.

La casa perfecta, el matrimonio, ser un profesional exitoso, sobresalir, la alegría de los hijos o incluso convertirse en escritor profesional, son las aspiraciones a las que regalamos nuestras horas. Trabajamos para sobrevivir, acumular dinero, ahorramos tiempo en lo considerado innecesario, porque siempre está esa labor prioritaria que alimenta el objetivo que algún día nos otorgará la felicidad.

Los villanos de esta deliciosa fábula de Ende son los hombres grises. Extraños seres, quienes tratan de convencer a los seres humanos de ahorrar tiempo. Los persuaden con estadísticas, argumentos sobre cómo lo están desperdiciando en tareas superfluas y la forma conveniente de guardar cada instante en una especie de banco. El autor propone una clara reflexión sobre el papel de las instituciones financieras que intentan enseñarnos cómo malgastamos el dinero; por lo tanto, debemos depositarlo en sus arcas, firmar el pacto de los plazos fijos y anhelar los intereses que emplearemos en pagar quimioterapias o largas estadías en hospitales privados; justo cuando sea demasiado tarde para disfrutar de la fortuna.

Los hombres grises engañan porque es la única forma en la que pueden existir, sin horas propias, se alimentan del trabajo de los demás; mientras tanto,  los humanos van dándose cuenta, en una carrera sin frenos, que la preocupación por el ahorro los conduce a ocuparse de forma desmedida.

Nos aterra la idea de una vida tirada al basurero, nos aferramos a la productividad como una idea de permanencia, la posibilidad de trascender, colgarse en los recuerdos de las generaciones venideras. ¿Acaso el arte no esconde cierta arrogancia y pavor al olvido?

Momo, ante el descarado hurto de los hombres grises, deberá alzarse como heroína y recuperar el tiempo de los humanos. Inmune ante las charadas de estos seres deslucidos, le corresponde actuar, entender que llevamos el tiempo en nuestros corazones, que se nos ha destinado un reloj con cierto número de latidos  y por eso es necesario que cada quien sea dueño de su propio reloj de arena, sin que nadie más lo administre.

¿Qué es entonces desperdiciar el tiempo? ¿Enumerar estrellas en noches despejadas? ¿Emborracharse porque sí? ¿Fornicar como leones? ¿Tomar un café sin junta de negocios de por medio? ¿Masturbarse tres veces al día? ¿Entregarse al ocio? ¿Dejar en pausa las metas? ¿Teclear esta columna como si mis dedos fueran caracoles de un jardín abandonado?

Por lo menos una tarde escuchemos realmente al otro. Vayamos a cualquier sitio, sentémonos cara a cara y aprendamos a callarnos, sellemos los labios y abramos de par en par los oídos. Desconfiemos del valor de nuestra palabra, declaremos clausurado el festival del ego, prohibamos los circos del lucimiento personal, quememos minuteros, hagamos trizas los cronómetros y, como Momo, permitamos que nuestros consejos se comuniquen en el mejor de los silencios, ese al que le importa un carajo el girar del mundo.


Fotografía Curtis MacNewton / Unsplash

El esquivo pez patria


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Decir que los lunes son terribles es caer en un cliché, pero lo son. El fin de semana nunca alcanza. La rutina suele ser la misma, me levanto a las seis treinta porque apagué la alarma de las seis quince, aún me quedo algunos minutos mirando hacia el techo, o viendo las notificaciones de mi teléfono, o pensando en cuando será el día que tenga energías para levantarme fresco y alegre. No, no creo que llegue eso último. Mientras mi esposa arregla a los niños, yo me visto, luego hacemos su desayuno y almuerzo. El primer día de la semana ellos están más renuentes y yo suelo estar ralentizado, moviéndome cómo a través de un líquido viscoso.

El camino a la escuela se complica aún más debido a que en lunes se pone un tianguis por la que es la ruta más directa. Durante algunas cuadras los carriles de un lado de la avenida deben volverse calle de doble sentido. Por supuesto la histeria está en todos los conductores, los claxonazos se dan a la primera provocación y no faltan quienes se meten a la brava o dan vuelta donde no está permitido. Llegar a la escuela no suele ser muy distinto, a pesar de haber un carril exclusivo para bajar niños, en el cual todos vamos haciendo cola con paciencia, no faltan los padres que se ponen en doble fila o tapan alguna cochera de un vecino con el pretexto de bajarse a acompañar a sus criaturas hasta la puerta tomados de la mano. Debo ser un padre terrible, yo desde pequeños les enseñe a que deben bajarse solos, a ponerse la mochila en la banqueta y cerrar la puerta del auto, todo lo más rápido posible. Solo me falta darles una patada para que se bajen, suelo pensar cuando veo a esos padres tan amorosos, que sin embargo en el nombre de esa atención no les importa perjudicar el orden o a alguien más.

Hace unas semanas, a inicios de septiembre, repetíamos esta rutina semanal y, mientras bajaba a mi hija, mi niño de cuatro años vio a uno de los autos estacionados en una cochera con un par de banderas tricolor sujetas al marco de la puerta. Me preguntó con su voz inocente que si podíamos comprar unas iguales para mi coche. Sonreí y respondí que ya veríamos, mi forma sutil de decirles que no a alguna petición.

Con el inicio de Septiembre suelen venir los repasos de temas cívicos, de historia, las tareas donde hay que hacer una maqueta o una bandera, incluso el mandarlos disfrazados a la escuela. Por estos días me surge una cuestión que tiene ya algunos años: ¿Cómo les inculco a mis hijos los valores “patrios” si yo mismo estoy desencantado de ese concepto?

El fin de semana del grito en las redes se encontraban dos posturas: mientras que unos señalaban que no había nada que celebrar, otros repetían las virtudes que tiene el país, la cultura, su gente. Yo no me expresé por ninguna. Si bien entiendo el valor que tenemos como sociedad, el sentido de pertenencia que inculca la cultura e historia común, tengo años, décadas, apático hacia esta necesidad de alegrarse por haber nacido en cualquier lado. A ese respecto creo me identifico con el poema “Alta Traición” de José Emilio Pacheco, para mí también el fulgor abstracto de la patria es inasible. Sin embargo, después del sismo del 19 de septiembre fui testigo, como muchísimos otros, de cómo la gente se unió, de cómo emergió lo mejor de las personas ante el desastre. Al igual que todos, me conmoví con las imágenes y me asombré ante la fuerza mostrada en la adversidad.

Es curioso, pero desde que recuerdo, mis padres siempre nos dijeron que ellos trabajaban para darnos lo que no tuvieron. Sin dejar de agradecerlo, y tal vez estando yo equivocado, mi esperanza ha sido más bien que logre educar a mis hijos para que sean mejores que yo. Hace unos años, en una junta, nos preguntaron a los padres que virtudes esperábamos inculcar a nuestros hijos. Mientras muchos hablaron de amor, civismo y agradecimiento, yo mencioné inteligencia, pasión y empatía. Ahora me explico, porque aquel día no tuve oportunidad: Más inteligentes, no en las notas sino en sus decisiones, que tengan pasión ante la vida, que sigan sus sueños y cada día tenga un sentido, y sobre todo más empáticos, que se pongan en la piel del otro y desde allí intenten entender el mundo. A ese respecto, procurare que durante los años que vengan vean las imágenes de estos días, que se conmuevan como yo y descubran esa otra “patria”, la que no es oficial, la que surgió espontánea. Me queda, nos queda, también enseñar con el ejemplo: serán meses para seguir ayudando.

En esta semana he visto a las personas manejar con más calma, a los padres ser más ordenados, abrazar con más cariño a sus hijos cuando los dejan en la escuela. Si bien este lunes fue igual el cansancio y la prisa, algo hay diferente. Espero no olvidemos pronto, espero yo no olvidar. Hoy volví a dejar que se bajaran solos, les repetí que los amo antes de que cerraran la puerta.

Relato de un martes salvaje


Lente anónima

Por Mariana Mota

Estaba justo en el punto de intersección. Girar a la derecha significaría continuar con mi agenda: avanzar; doblar a la izquierda, en u,  era regresar al punto del que había salido. Retroceder. De haber estado tranquila, aquellos veinte segundos en que debía tomar la decisión me habrían punzado menos en el estómago, pero la furia invadía mi coche, así que los sufrí. Era mi sentido de la responsabilidad versus las poquitas ganas que tenía de volver al salón de clases. Una llamada quizás hubiera bastado, pero pocos días antes Telcel me había arrebatado, a la mala, mi saldo y no me di el tiempo para resolver ese problemón. Mi único medio de comunicación era el presencial.

¡Maldita sea! ¿Regresé o no a su lugar el kit del pizarrón interactivo? Así es esa poderosa mezcla de frustración, enojo y soberbia: me hace perder la memoria del ahora y hago las cosas de manera automática, sin la mínima conciencia. Son todas las telenovelas de televisa juntas; no se trata de nada, solo hay violencia y ya; maestra, no me está gustando nadita; son como capítulos de La Rosa de Guadalupe; me estoy durmiendo: en mi pensamiento solo había espacio para las frases que aquellas bestias pronunciaron minutos antes, no importaron mis esfuerzos por recordar si había puesto el kit en su sitio.

No iba a estar tranquila hasta asegurarme de que todo estuviera en su lugar, así que, después de ver la hora y asumir que perdería tiempo, giré a la izquierda. ¡Ojalá no me tope con ninguno!, pensé, con la bilis en la garganta y probablemente en la cara: qué peligroso es que las facciones no sepan disimular las emociones. Estaba segura de que mis esfuerzos por ocultar mi molestia y guardar la compostura habían sido en vano: probablemente todos se habían dado cuenta de mi estado cuando di por terminada la clase y les pedí que reflexionaran sobre j, k y l, a propósito de la película que acabábamos de ver. Me han dicho que mis ojos fulminan; así que a querer o no, debí reprobarlos con la mirada.

Volví a pasar la credencial por el lector y la pluma-guardia me dejó ingresar. El enojo continuaba, pero había ido de acribillarme con las frases de los chicos a hacerlo con preguntas sobre mis métodos: ¿no han funcionado en absoluto las últimas cinco semanas?, ¿tanto hablar de premisas, intenciones, psicología del personaje, no había despertado una mínima intención de análisis? Mientras caminaba rumbo al edificio me hice consciente, ahora sí, de mis pasos veloces. Esta juventud no tiene remedio, me dije mientras pensaba en Zutano o Mengana, y justamente la voz del primero me sacó de mis pensamientos. Me interceptó a medio camino para avisarme que había olvidado mi celular en el salón y que lo entregó al prefecto. Sorprendida por su gesto salvador, le di unas enormes gracias y aumenté la velocidad de mi paso mientras metí la mano al morral. Revolví todo, y cuando estuve en el marco de la puerta de aquella sala de maestros a la que originalmente me dirigía, corroboré que en efecto no lo traía.

Entré al salón, dirigí la mirada al estante de los kits y ahí estaba el mío, muy formadito en su lugar. Ya uno se siente perdido sin ellos, ¿verdad, maestra?, me dijo el prefecto mientras me entregaba el aparato. ¡Sí! De haberme percatado me habría sentido perdida todo el día, pensé. Agradecí y salí del salón. Mi paso ya era más calmo, pero la furia seguía en mí, esta vez me taladraba con una nueva pregunta, relacionada al origen de mi molestia: ¿que su gusto no coincidiera con el mío, que se precipitaran a una lectura que yo considero superficial, que sus comparativos hubieran sido pobres? Casi al llegar a mi coche me topé de nuevo con Zutano, que estaba contento de que yo hubiera recuperado mi celular.

Veinte minutos después yo estaba de nuevo en la intersección, esta vez con mi celular en el morral, con la certeza del kit en su lugar y con una premisa más clara sobre la película: el ser humano es una bestia salvaje que se despierta a la mínima y estúpida provocación. Todos. Algunos tratamos de domarla y a otros nos cuesta trabajo, pero ahí la llevamos dentro. También pensé en esa garrafal mentira de que la juventud de ahora no tiene remedio: ojalá a mis diecisiete años, o incluso ahora estuviera tan despierta como lo están estos chicos. El enojo tiene el poder de destruir, momentáneamente, lo que tanto trabajo ha costado construir. Esa maldita furia me seguía palpitando, pero ya tenía una apariencia distinta. Al día siguiente tuvimos una clase-conversación muy productiva y todos nos pusimos a escribir nuestro propio Relato Salvaje.


Fotografía: Morgan Basham / Unsplash

De qué escribir cuando se lee sobre escribir


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

 ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?

Nadie puede negar que la existencia de Haruki Murakami constituye una cuestión que debe atenderse dentro del contexto literario de la actualidad. Desdeñado por muchos críticos, pero adorado por una legión numerosa de fanáticos, la obra de este autor japonés está destinada a conservarse durante algún tiempo en la memoria colectiva de quienes se dedican a la noble tarea de leer a sus contemporáneos.

Todavía es muy pronto para determinar cuál es el lugar que Murakami ocupará dentro del pantheon de las letras, aunque él está convencido de que su obra trascenderá lo inmediato y se ubicará en la posteridad y que las generaciones actuales de críticos, sobre todo de críticos, no están conscientes de lo que representa la propuesta que él presenta en cada una de sus novelas. A lo largo de De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) retorna de manera obsesiva a ese tópico: los críticos no me quieren. Cuestión que contrasta con la serie de valoraciones hiperbólicas que adornan las solapas del libro en cuestión: “Murakami merece el Nobel”, “Murakami es el mejor escritor vivo”, “Murakami es un genio”. Al menos en su edición en español incluye toda una solapa de alabanzas en ese sentido.

Murakami

Pero, ¿qué es el libro más allá de una oportunidad para quejarse de la manera en cómo la crítica lo ha vapuleado, sobre todo en Japón? Es un ensayo autobiográfico, a decir de él mismo, en las páginas finales del texto. En este material, Murakami intenta hacer una disección de aquellos elementos que configuran su escritura o, podríamos decir, la escritura en general. Tópicos como la iniciación literaria, el papel de la escuela, la construcción de personajes, la construcción de una disciplina relacionada con el acto de escribir, las traducciones de las obras, la entrega total al acto creativo, recorren las páginas de este libro que, a pesar de su lectura ágil (como la mayoría de los libros del japonés), se vuelve un tanto repetitivo en lo que respecta a diversos puntos.

Uno de los puntos tiene que ver con la genialidad. Para el autor de Tokio Blues esta cuestión no existe. Como buen refuerzo del arquetipo del carácter nipon, Murakami alude a la disciplina como uno de los elementos fundamentales del quehacer escritural. Retornando a los temas que ya había planteado en su entretenido, y en muchos sentidos más logrado como alegoría del acto de escribir, De qué hablo cuando hablo de correr, la obsesión con respecto de la disciplina física parece uno de los temas en los que funda la caracterización de su forma de crear. En la página 170 lanza una sentencia que ya ha sacado bastante ámpula: “Un escritor está acabado cuando engorda”. En cierto sentido, empareja el acto de crear con el de correr. Lo explica mejor en su otro libro y lo hace más como una alegoría de lo que un joven escritor debe hacer al desear convertirse en un autor de éxito: si quiere escribir, deberá escribir. Siempre, aunque no quiera. Es la misma técnica que utilizan aquellos que se dedican al atletismo de fondo: se corre diario, aunque no se tengan ganas de hacerlo. Así un escritor debe dedicar tiempo y esfuerzo a la escritura. Murakami asegura que todos los días escribe, sin que nadie ni nada se lo impida, un mínimo de diez páginas, de tal forma que a fin de mes tiene un texto de 300 que podrían convertirse en una novela. El paralelismo entre el acto de escribir y el de mantenerse en forma física es recurrente en su obra autobiográfica. Dice por un lado, refiriéndose al ejercicio físico:

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr, en concreto cuando escribía La caza del carnero salvaje. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o a nadar durante una hora casi a diario. Físicamente me encuentro en forma y durante esos treinta años nunca me he enfermado ni lesionado.

Y por otro, para hablar de su disciplina de escritura:

Si se trata de escribir novelas soy capaz de usar esa fuerza interior para obligarme a estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro (al menos en gran parte) en mi caso no es innata. La he adquirido con el tiempo y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Creo que cualquiera puede hacerlo si se esfuerza, por muy difícil que resulte en apariencia. Es una fuerza que no admite comparaciones como sucede con la fuerza física. Sólo sirve para mantenernos a nosotros mismos.  

Más allá de esa obsesión por desdeñar los premios y por insistir en la necesidad de que el ejercicio físico sea parte de la disciplina de un escritor (en ese sentido hay puntos de encuentro con Yukio Mishima, el escritor samurai que terminó suicidándose ritualmente en protesta por la pérdida de valores tradicionales del país y su sujeción al mundo occidental), Murakami desgrana muy interesantes conceptos con respecto de su particular forma de concebir el arte y la escritura. En el camino aborda escenas y periodos de su vida personal y familiar que resultan de interés para los que gustan de hurgar en la vida a ras de suelo de sus ídolos; Murakami no los decepciona: habla de la manera en cómo su esposa es una lectora tenaz e inclemente de todo lo que escribe, su primera crítica, correctora y editora; de cómo a pesar de ser hijo de profesores en un Japón que iniciaba su camino hacia la hipermodernización tecnológica nunca había sentido especial entusiasmo por la escuela, pero sí mucho por los libros; de cómo concebía la escritura en una primera instancia como un arte que podía ser concebido de manera paralela a la concepción del jazz, una de sus aficiones más caras; de la manera en que decidió renunciar a ser un dependiente y administrador de un centro nocturno para dedicarse a ser un escritor profesional; relata cómo sus dos primeras novelas fueron escritas a deshoras en la mesa de la cocina de una humilde vivienda. En fin. Hay vida y escritura en este libro que no será en particular memorable más que para los lectores fieles de la obra del autor. Dicho esto no con afán descalificador, sino porque el libro se encuentra entramado con la manera en cómo van apareciendo a lo largo de su vida las obras que sus seguidores le celebran de manera incondicional.

Murakami desvela una imagen que le surge al ver E. T. El extraterrestre, la película de Steven Spielberg. Le admira la manera en cómo el alienígena construye una radio para comunicarse hacia el espacio con materiales de uso común en una casa. Materiales de uso cotidiano que reunidos le daban forma a una maravilla tecnológica. El autor no duda en pensar que esa es una manera de concebir la escritura y las posibilidades que cada autor tiene para concebir una obra digna e imperecedera:

Cuando vi la escena sentado en la sala de cine, sentí una profunda admiración. En mi opinión, las grandes novelas están construidas en cierto sentido de esa manera. No es tan importante la calidad de los materiales en sí. Por encima de cualquier otra consideración, deben provocar una especie de magia. Si solo disponemos de materiales sencillos, cotidianos, de palabras no demasiado complicadas, pero todo ello encierra un halo mágico, podemos llegar a construir con nuestras propias manos máquinas complejas y sorprendentes.

En conclusión, De qué hablo cuando hablo de escribir no es un instructivo para escribir como Murakami, es más bien una forma de asomarse a algunos aspectos que le permiten a este autor contemporáneo construir la poética que le ha hecho un escritor de gran éxito. A pesar de la falta de reconocimiento que algunos le regatean. Y que él sufre como desprecios. Aunque diga, múltiples veces a lo largo del texto, que es algo que no le importa.

Hecho en México


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Batman llega en el batimóvil con un Robin de plástico a dejar víveres en la colonia Roma; Frida Sofía se consuma como una ficción menos atractiva que la mujer de intendencia que sí murió bajo los escombros; una perra rescatista con visor y zapatitos se convierte en heroína; un poema se convierte en tema de aplauso y crítica en menos de cinco minutos y el número cinco pierde su valor para volverse menos que uno; un par de jóvenes son grabados “dándose amor del bueno” entre las lonas de plástico de un centro de acopio.

Todo parece una ficción que sólo podría suceder en México. Hasta que me toca compartir la mesa con una amiga que pasó la semana organizando camiones con jovencitos que querían ir a ayudar a las pequeñas comunidades que no salen en las noticias y la escucho hablar de la angustia con la que esos papás despiden a sus hijos. Hasta que veo a una alumna con una cajita improvisada en la que todos pueden cooperar con monedas para enviar ayuda. Hasta que descubro, en el muro de alguien más, la foto de un primo con el que casi no tengo contacto y lo reconozco entre un grupo de médicos voluntarios que a pesar del cansancio, aceptaron ir a casa de un niño que los invitó a cenar. Todos tenían comida en sus respectivas casas, pero fueron por la ilusión en la cara del niño, que sonríe en la  foto como si, efectivamente, hubiera invitado a cenar a Batman.

Latas con mensajes de ánimo escritos con marcador indeleble en las tapas; cartas de amor a quienes no sobrevivieron; reclamos por los que ayudan y se toman fotos; airados posts en los que se cuestiona hasta cuándo durará la moda de ayudar; gente caminando con letreros que prometen que si vas a comer a tal restaurante la mitad de tu cuenta irá a donaciones; tortugas y pericos rescatados que despiertan el entusiasmo por encontrar vida bajo los escombros y más estampitas de la perra, que también se llama Frida.

No puedo quejarme: no como pensaba quejarme hace una semana cuando parecíamos estar listos para sacarnos los ojos unos a otros en nombre de Mara y tantas otras víctimas. No como cuando llegué a escuchar a un par de niños decir que en México ser narco era ser un héroe y qué importaba si al final los mataban, si tenían chicas guapas y dinero por el tiempo que les alcanzara la vida.

Hay muchos más pendientes entre líneas, más quejas, más piedras que tirar porque también nos alivia y alimenta a ese animal que todos llevamos dentro y que no usa visor, ni zapatitos. Pero no quiero escribir sobre eso, sino de esta sensación de oportunidad que guardan todas estas historias que se desenvuelven ante nosotros. Historias que, con todo y sus vueltas de tuerca, con todo y los absurdos que no pueden faltar en cualquier tragedia mexicana, han tenido multitud de personajes involucrados en el afán de ayudar. El impacto de sus pequeñas o grandes acciones no se pueden medir ahora mismo, pero quizás puedan ser referentes cuando se ofrezca invocar a héroes que no sean el Señor de los Cielos o Pablo Escobar.

Mientras tanto, un hombre corre en Berlín con una bandera mexicana que dice: “México Stark”; una mujer que recién fue a uno de tantos velorios se asusta con el sonido de algo que se cae en su alacena, temiendo que en cualquier momento vuelva a temblar;  jóvenes que fueron de voluntarios a los pueblos regresan sanos y salvos para el alivio de sus padres; una ingeniera que hace unas semanas declaraba en un grupo de WhatsApp que “odiaba a la gente”, negocia la disponibilidad de una bodega para que pequeñas comunidades lleguen por ayuda; alguien intenta explicar qué es el Antropoceno; los amantes del centro de acopio no tienen privacidad y en la colonia Roma hay cajas con letreros que dicen: “si esto llega a un niño/a, díganle que Batman lo envía”.

 

Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

El edificio de la aventura


Saca el diván

Por Edna Montes


Hay quien dice que estar encerrado entre cuatro paredes es malo, pero no en este caso (a menos que seas claustrofóbico, claro está). El punto es que ahora, por azares del destino, has llegado al maravilloso lugar donde todo sucede. Esta bonita demarcación en la que te harás un héroe o heroína. Ah, claro y donde perderás a mucha de la gente que amas en aras de la simetría literaria.

Es esta escuela de magia, potencialmente mortal y llena de autoridades negligentes, los jóvenes de hoy se transforman en los salvadores del mundo (a MUY corto plazo). En sus bonitos bosques llenos de criaturas hambrientas te sentirás como en casa. Siempre y cuando te las ingenies para no terminar en su estómago.

Este mecanismo literario funciona porque nos aísla de lo mundano. La magia parece haberse rendido, abandonó la cotidianeidad hace tiempo. El tedio nos mata y las esperanzas en  un futuro mejor se diluyen lento. Entonces, notamos que aún quedan refugios, enclaves mágicos donde  la vida nos ofreces todo aquello que  verdad añoramos: POSIBILIDADES.

Ahí,  enclavados en un lugar especial, viven todos nuestros sueños (y pesadillas) esperando que demos el último salto de fe para tomarlos.

El edificio de la aventura funciona muy bien en la fantasía, la ciencia ficción y el terror. El ambiente reducido es más fácil de controlar para el dios cruel (cof, cof, cof quise decir el autor) de la historia. Ahí las alegrías y los dolores de los personajes se magnifican. Esto les ayuda a llegar más rápido a nuestro corazón que una hamburguesa con tocino. Además, nos da una saludable dosis de alejamiento de la realidad y ¡vaya que a todos nos hace falta de vez en cuando!

La construcción no es forzosamente el lugar donde toda la historia ocurre, también puede tratarse de una guarida súper tecnológica donde el héroe se prepara para comenzar la aventura. Sí, te hablo a ti Bruce Wayne. Es donde las opciones se despliegan para ofrecer al lector una idea de lo que puede ocurrir más adelante.

Que un elemento literario no pierda vigencia es una muestra de que somos animales de costumbres, pero también de la maravillosa capacidad de la humanidad para crear miles de historias diferentes partiendo de elementos, en apariencia, comunes. El verdadero origen de toda aventura es la imaginación y eso, por sí mismo, ya es maravilloso.


Canción:
Rush- The Temples of Syrinx


Recapitulando:

El edificio de la aventura

Fórmula:

El protagonista es llevado o viaja a un nuevo lugar/El edificio, escuela o guarida detona la aventura/ Entre esos muros (o delimitación) el personaje principal cumple sus objetivos.

Como lo viste en:

 


Fotografía: Okamatsu Fujikawa / Unsplash

Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

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