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Blade Runner 2049 y la ausencia de esperanza. O no.


De principio a film

Por Ro González

Aviso: esta columna no contiene spoilers. O sí.

Vi Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) y tengo pocos calificativos además de “enorme”, “fantástica”, “casi perfecta”, “impresionante”. Es como si después de verla en mi cabeza solo quedara (implantada) esa lista de palabras repetidas hasta el cansancio y demasiado obvias que siempre aparecen en los pósters de las películas domingueras o en los anuncios de las revistas de crítica especializada cuando, a todas luces se deduce que es una nota pagada. Pero bueno, como esta columna no lo es, pueden confiar (desde mi muy sesgada y poco humilde opinión) que sí es enorme, fantástica, casi perfecta e impresionante.

Hay que empezar por decir de esta cinta, que la forma en que Villeneuve la vuelve propia sin siquiera destruir un centímetro de la propuesta original es admirable. La tentación estaba ahí y sin embargo, todo en manos de Villeneuve mejora. Desde la presencia original de poderosas preguntas filosóficas ya inscritas en la novela de Philip K. Dick y revisadas a conciencia en todas las versiones de la Blade Runner original (aunque esto suene más raro que el gato de Schrödinger versión permanencia voluntaria) o la propuesta visual de Roger Deakins –que lleva a la perfección visual lo hecho por Jordan Cronenweth en 1982–, todo, absolutamente todo en la película funciona.

A los pocos minutos olvidamos que estamos viendo una película de ciencia ficción, y nos enfrentamos, aterrados a un cambio de orden en nuestra alineación de conceptos y en nuestro engranaje mental, nos enfrentamos a una sacudida moral, psicológica, social, humana en este presente casi futuro que no se antoja tan lejano ya.

Si en la primer película de la saga nos enfrentamos a la necesidad de definir qué es lo que hace humanos a los humanos, al presentarlos en contraste con sus propias creaciones –los replicantes, ahora en rebelión y anhelantes de libertad y de una vida propia–, en esta segunda entrega la pregunta esencial es si es el alma aquello que nos diferencia de todos los demás seres, aquello que nos otorga la pauta para decidir qué es y qué no es humano.

Y sin embargo, detrás de toda este bombardeo de cuestionamientos esenciales, de periplos filosóficos y de identidades descubiertas y re descubiertas, lo que queda en la memoria al salir de la sala son dos cosas terriblemente tristes: la primera es el enorme vacío emocional que produce darse cuenta que no hay esperanza. Que la raza humana, la nuestra, no la de las películas, está condenada a convertirse en una extensión de su propio alcance tecnológico o resignarse a desaparecer.

La segunda, que el único lugar donde podría existir cualquier tipo de esperanza es en el futuro, en los que vienen, en los que apenas están llegando. En los que todavía se divierten y gozan de sus experiencias en el mundo. No que yo no lo haga, faltaba más, pero pasar de los 40 me hace consciente de la mierda y del oprobio generalizado.

Pienso por ejemplo en Víctor, mi hijo que tiene 16, que hace trucos de magia maravillosamente bien, que va a la preparatoria, que tiene el corazón recién hecho pedacitos y que parece que ya encontró la forma de pegarlo. Pienso que en algún lugar de su cabeza, de su alma, de su experiencia, está la solución para que este mundo mejore.

Pienso también en los miles que salieron a las calles a ayudar a los otros en las semanas recientes de forma tan desinteresada e inmediata y que convirtieron una tragedia nacional en una fiesta de solidaridad, de unidad y de empatía y que también son como Víctor.

Pero pienso también en los que no salieron, los que no ayudaron, los que permanecieron indiferentes en sus oficinas y sus despachos, esos para quienes la empatía es acaso una palabra dominguera que estorba y que no aporta. Pienso en los que dieron mordida para construir un edificio con materiales de baja calidad, en los que robaron, en los que mintieron, en los que usaron los terremotos para sacar raja, hacer negocio, posicionarse. ¿Acaso esos tienen alma también?

Pienso en la enorme división en la que vivimos, pienso en el abismo que tenemos enfrente, en la desolación de compartir el destino del país con una clase política repugnante e insalvable, con la mitad del país en la miseria y la otra mitad demasiado preocupados en no convertirnos en pobres también.

Pienso en los tiraderos de basura de Blade Runner y la imagen me es enormemente familiar, cercana.

Pienso finalmente, en medio de ese vacío emocional que sí, que de haber alguna esperanza, está definitivamente en el futuro. Nosotros ya nos cagamos el pedazo de mundo que nos tocaba.

Septiembre negro es el mes de la patria


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter @mambosatan

Mes de la patria

Septiembre es el mes de la patria, o por lo menos ese es el slogan que el gobierno nos repite cada año a través de la propaganda oficial. Podrá ser el mes de la patria pero para el rock mexicano ha sido el mes que ha marcado un par de sucesos que le ha costado superar.

El primero de ellos fue en 1971 y es el siempre mencionado Avándaro, o dicho de manera oficial: El Festival de Rock y Ruedas en Avándaro. Para poner en contexto el festival, recordemos que ya desde finales de los años 60’s se estaban realizando festivales masivos tanto en EEUU como en el Reino Unido. Algunos de los mas celebres son el Monterey Pop Festival de 1967, donde Jimmy Hendrix pasaría a la historia al quemar su guitarra en el escenario. En 1969, Woodstock sería la cúspide del movimiento hippie, y la línea de agua que definiría los festivales masivos, y mas cercano a Avándaro en tiempo (1970), el Festival de la Isla de Wight en el Reino Unido, donde se hizo oficial el nacimiento del trio progresivo Emerson, Lake and Palmer.

Inicialmente el Festival de Avándaro no estaba planeado como un festival masivo. Se trataba de un acto adicional a una carrera de autos que se llevaba en esa localidad del Estado de México, y que estaba enmarcado en las celebraciones de septiembre, el mes patrio. Los organizadores vieron la posibilidad de agregar un concierto de rock, en ese entonces un sonido moderno, la noche anterior a la carrera y la idea fue bien recibida entre los organizadores y se aceptó. De ahí el nombre de “Festival de Rock y Ruedas en Avándaro”.

La idea original era tener dos bandas tocando, las más populares en ese momento, Javier Batíz, de Tijuana, y La Revolución de Emiliano Zapata, de Guadalajara. Estas bandas tocaban en inglés, ya que era un momento donde el rock mexicano estaba pasando de la etapa de los covers (o refritos como se les llamaba en esos días) a la composición de temas originales pero cantados en dicho idioma. Había un cuestionamiento sobre si el rock “puro” debía ser cantado en su idioma original y por eso se puso de moda en muchas bandas cantar en dicho idioma. Ese movimiento llevó el nombre de “La Onda Chicana”, por su naturaleza híbrida, semejante a la de los mexicanos nacidos en EEUU y el uso del espanglish como lengua, como se verá más adelante.

Estar en “Onda” significaba para los jóvenes de esos años, el uso de cierto lenguaje y su gusto por la música pop (a las bandas de rock les llamaban bandas de Pop). De especial atención era el uso de un lenguaje que incorporaba palabras del caló mexicano de las clases populares, y el espanglish que en los años 40 habían traído los mexicanos participantes en el programa Bracero, y que  incorporaban en el habla los jóvenes clasemedieros, en un entorno cada vez mas urbano y que dejaba atrás la imagen oficial con un México rural y revolucionario. De esa forma los viejos eran llamados “La momiza”, si algo te gustaba entonces “te pasaba un resto, Ernesto”, si te debías tranquilizar, entonces “calmantes montes alicantes pintos”, entre otros ejemplos. Aún hoy en día quedan en uso algunas palabras como “la neta”, “las rolas”, “que buena onda”, los “fresas”.

Los escritores jóvenes que escribían de esos ambientes urbanos, y hacían uso de ese lenguaje fueron llamados despectivamente “escritores de la Onda”, (Carlos Monsiváis en su obra Días de guardar dice de ellos fueron el primer grupo en divulgar el slang en la literatura mexicana). Aunque el adjetivo no les gustó, con el tiempo se les quedó. Los mas conocidos posiblemente sean José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña. El involucramiento de estos escritores en el mundo del rock era inseparable, ya sea escribiendo sobre las bandas mexicanas en la publicaciones de la época como la revista “Pop”, y sobre todo en una que sería vital para aumentar la leyenda de Avándaro, me refiero a la Revista “Piedra Rodante”, que era la versión mexica de la entonces contracultural “Rolling Stone”.

Parménides personalmente era un gran fan declarado de una de las bandas que participo en el festival de Avándaro, Three Souls in my Mind, y un gran detractor de la Revolución de Emiliano Zapata, a los que tachaba de “fresas”. Si bien esto no fue motivo para que estos últimos no tocaran en el festival, ya que por motivos contractuales en esa misma fecha tenían un contrato para tocar en Monterrey. El rock mexicano y la onda chicana estaban en boga, y la banda de mas éxito eran esos tapatíos con el clásico “Nasty Sex”.

El otro elegido para el festival, Javier Batíz, declino participar aludiendo que el dinero que se destinaba para el evento era muy poco (40 mil pesos de la época). El encargado de conseguir a los grupos que tocarían, Armando Molina, que además de ser el cantante de La Maquina del Sonido, era el manager de varias bandas, optó por Peace and Love, y El Ritual, bandas que él manejaba. Cuando se propagó el rumor de que se haría un festival de rock más bandas decidieron sumarse, quedando al final las siguientes: Los Dug Dug’s, El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace and Love, El Ritual, Bandido, Los Yaki con Mayita Campos, Tinta Blanca, El Amor, Three Souls in my Mind y Love Army. Cabe aclarar que estos últimos no pudieron llegar al festival por la cantidad de gente que colapso los caminos, y su camión con ellos a bordo y el equipo nunca logró arribar al festival, de igual forma, la carrera nunca se realizó.

Previo al concierto, a las 11 de la mañana hubo una sesión de yoga, no olvidemos que estaban de moda los llamados “Jipitecas”, que era la versión mexicana de los hippies donde sobresalían por el uso del misticismo prehispánico junto con otras corrientes espirituales como el yoga, sobre todo popularizado por los Beatles. La moda jipiteca impero en el festival, ya que era fácil reconocerlos pues el usos de ropa elaborada por indígenas como huipiles, sarapes, ropa de manta, además de muchas veces calzar huaraches y usar pulseras y collares con motivos indígenas.

Después del yoga siguió una presentación de la opera rock Tommy de The Who por parte del grupo de teatro experimental de la UNAM, para después comenzar con bandas que no estaban en la lista oficial de Avándaro: La Ley de Herodes (con Sergio Arau, a la postre miembro fundador de Botellita de Jerez), Zafiro, La Sociedad Anónima, Soul Masters y la Fachada de Piedra, tapatíos que contaron con el cantante de 39.4 en un palomazo.

A decir de los asistentes se esperaban unas 70 mil personas pero al final, en los dos días del festival se congregaron mas de 100 mil personas (hubo quien dice que hasta medio millón de personas, pero eso es parte de la leyenda). A pesar de la cantidad de gente, se puede decir que el festival concluyo con tranquilidad, ya que no hubo ninguna perdida humana y tal vez lo mas “alarmante” fue la famosa “Encuerada de Avándaro”, una chica que en el éxtasis de la música se desvistió y fue motivo de que se le tomaran infinidad de fotografías y que serviría de alimento para la prensa amarillista que no dejo de criticar al evento. La revista “Piedra Rodante” publico una entrevista muy hilarante con ella, aunque años mas tarde se descubrió que había sido falsa y era una broma de algunos escritores de la onda que escribían ahí.

Muchos de los intelectuales también se sumaron al ataque al festival, calificándolo de alguna manera de “antipatriótico”, y no bajándolo de una orgía llena de drogas. Algunos otros lo defendieron, pero el saldo en el imaginario colectivo fue de que el festival había sido un “degenere” no acorde a las “buenas costumbres” nacionales. La única banda que hizo un llamado a no olvidar a los estudiantes muertos fue Three Souls in My Mind.

Teorías de la conspiración hay muchas, unas dicen que la satanización del festival fue un ataque a las aspiraciones presidenciales al entonces gobernador del Estado de México, Carlos Hank González, que había dado los permisos, otros dicen que cuando el gobierno se dio cuenta de la capacidad de convocatoria que tenían los jóvenes a través del rock, básicamente se prohibieron las manifestaciones juveniles que no fueran acordes al concepto estatal. De ahí que mientras el rock se marginaba, otras expresiones que daban la imagen de una aparente apertura revolucionaria del régimen, tales como el canto nuevo o la llamada “música folklórica latinoamericana” florecieran a través de las famosas “peñas”.

Básicamente después del festival de forma lenta pero gradual se fueron cerrando las puertas al rock mexicano, y la programación radial básicamente dejo de existir para los grupos nacionales, así como los lugares de conciertos, por lo que la alternativa para las bandas sobrevivientes fue refugiarse en los llamados “Hoyos Fonquis” —termino, por cierto, acuñado por Parménides García Saldaña—, lugares improvisados que iban desde un lote baldío hasta auditorios con sonido terrible, donde las bandas tocaban ante un publico cada vez mas marginado y mas lejano de la clase media, habitual escucha del rock mexicano. Los chavos de onda ahora eran marginales y mal vistos.

Septiembre negro

El segundo suceso trágico se da 14 años después, un fatídico 19 de Septiembre, cuando la Ciudad de México fue sacudida por un terremoto, que además de dejar en escombros una buena parte de la ciudad, también se cargó con la vida de Rockdrigo González, el Profeta del Nopal.

Al inicios de los ochenta, con el cambio generacional que acompañaba a la nueva década, se le comenzó a dar mayor espacio al rock. Auditorios de universidades se abrían a estas manifestaciones culturales y, de manera lenta, la clase media volvía a acercarse al rock mexicano. Se organizan algunos concursos de rock apoyados por el museo del Chopo, (o sea la UNAM), y se editan discos grabados con cierta calidad, destacando “Nadie en Especial” de Chac-Mool, quienes logran ser firmados por una trasnacional y sacar su disco con funda doble. El cambio generacional también se refleja en los sonidos de las bandas, que lentamente van dejando atrás el acostumbrado R&B de los Hoyos Fonquis para acercarse a propuestas nuevas como el punk, new wave y post-punk de Los Pijamas a Go-Go, Size, Dangerous Rhythm o The Casuals.

No solo en la Ciudad de México pasa esto, Guadalajara aporta más bandas y ofrece mas apertura de espacios donde bandas como Sombrero Verde y Los Clips tocan junto a leyendas de la década pasada:  Toncho Pilatos y Spiders, entre otros. Aún con esto los espacios eran limitados y se sumaba la dificultad de conseguir instrumentos y equipo musical, los precios eran exorbitantes y México vivía una de sus peores crisis económicas. La devaluación constante del peso frente al dólar hacía imposible para muchos músicos comprar incluso una guitarra eléctrica. Muchas veces se rentaba equipo, lo cual incluía instrumentos musicales, para poder tocar.

Entre los resabios de los años 70’s aún se contaba con un animado circuito de peñas que para sobrevivir estaban dando espacio a cantautores, mas cercanos al rock que a la música folklórica, los cuales tocaban acompañados por su guitarra acústica. Uno de esos músicos era Rodrigo González, o Rockdrigo para los compas. Procedente de Tamaulipas de forma lenta se había forjado cierto nombre en el modesto circuito de la capital mexicana. Rockdrigo, junto con Rafael Catana y Fausto Arellín, se reúnen bajo el apelativo de Tríptico Rupestre para presentarse junto a Jaime López en la presentación de un libro sobre rock. De esta idea inicial se desembocaría en lo que se llamo “Movimiento Rupestre”, que contó incluso con un “manifiesto” que, un poco en broma y un poco en serio, hacia un llamado a los músicos para que sin necesidad de parafernalia sofisticada, básicamente acompañados por sus guitarras acústicas y unas buenas letras, se manifestaran al tocar.

Rockdrigo y los rupestres van ganando espacios donde presentarse, desde los culturales oficiales hasta pequeños sitios que presentaban bandas de rock. Los Rupestres podían moverse bien con esa característica dual, ser cantautores muy cercanos al folk y al rock. En 1984 Rodrigo González graba el único casete que editó en vida, Hurbanistorias.  Es precisamente en el terremoto de 1985 cuando la muerte lo alcanza en su departamento. Ese último año, González había estado muy activo, incluso había hecho algunos programas especiales de TV que salieron al aire de forma posterior al terremoto. La noche anterior había dado un concierto, y como en muchas tragedias, estaba a punto de irse a Europa a buscar nuevos aires. Parafraseando un poco la letra de una de sus canciones, Rockdrigo no tuvo tiempo de cambiar su vida. Podríamos decir que es la figura trágica más célebre en el panteón del rock mexicano.

Por cierto, Parménides García Saldaña, el único escritor de la onda que sí acepto ser llamado así, también murió un 19 de septiembre. Solitario en un cuarto de azotea que rentaba, supuestamente de neumonía y tan solo tres años antes que Rockdrigo.


Nota: Cuando comencé a escribir el texto aún no sucedía el terremoto del 19 de Septiembre del 2017, nunca imaginé las coincidencias. Le dedico el texto a todos los que han ayudado a las víctimas de este suceso trágico.


Fotografía: Pedro Meyer

Close up, “quiero ver los pelos…”


Lente anónima

Por Mariana Mota

El close up

¿Con qué tipo de planos cinematográficos bailan más nuestras emociones: los generales o los close up? Suelo lanzar esta pregunta en clase y casi siempre responden que con los close up. Yo pienso lo mismo: el gesto del personaje revela su frustración, su gozo, su pánico; las facciones son el escáner de la profundidad del ser. Sin embargo —y evidentemente— una historia necesita todo tipo de encuadres para que el espectador entienda el contexto, la relación entre personajes y los conflictos. Iba a decir que sería imposible contar una historia utilizando exclusivamente planos que son en exceso cerrados, pero en una de esas ya se hizo, o en una de éstas es un reto interesante y posible.

Mariana Mota, close up

Esta premisa de que una historia es más llegadora cuando se trabaja en los detalles la puedo encontrar también en la narrativa: un cuento me sacude más cuando el escritor me muestra un acercamiento a las manías cotidianas de su protagonista; por eso me cuesta hacer click con historias narradas desde lejos, esas que evitan mostrar las cicatrices, las arrugas o los pelos. Me imagino que algo similar sucederá en todas las áreas, relativas o no al arte. Los detalles, pues, son la huella digital que puede diferenciar relatos de trama o tema similar. Y aunque hermoso, estoy segura de que apreciar o fabricar un detalle requiere mayor grado de observación que hacerlo con las generalidades. ¡Mala noticia para los que somos despistados! La buena es que durante los últimos días he comprobado que esa cualidad de observador se puede practicar y fortalecer.

La constancia

En varias ocasiones me he topado con iniciativas que promueven la constancia, el compromiso y la creatividad por medio de proyectos ininterrumpidos, con duración de algún tiempo determinado. Nunca hice caso, pues carezco de esas cualidades que menciono, pero hace poco más de un mes decidí entrarle a un reto llamado #100días. ¡Cien días! El número me parecía agobiante, pero estaba deseosa de comprometerme con algo, pues también me gusta el placer y cumplir ciertos objetivos me lo genera. La única indicación era hacer público el proyecto, pues dicen que con más ojos encima solemos afianzar los compromisos. Muy cierto.

Tuve varias ideas, pero me decidí por una que me había hecho cosquillitas anteriormente: buscar historias en las minucias. Me propuse compartir por cien días ininterrumpidos una fotografía tomada con mi lente macro de 60mm, que tiene la característica de permitir un acercamiento a los objetos, sin que el foco se pierda. Aunque la actividad me motivaba, presentía que en algún punto las ideas simplemente no llegarían; pero me ha sorprendido el instinto de supervivencia que se esconde incluso en este tipo de nimiedades. Las posibilidades se multiplican si estamos dispuestos a agudizar la mirada.

Mariana Mota, Close up

Con tal de cumplir con el reto diario, he tenido que buscar debajo de la cama, en el refrigerador, en el marco de la ventana, en la mesa de noche, en los cajones, en el baño. Luego corroboré mi teoría de la huella digital, pues las fotografías hablan de mi estilo de vida casero; habrá quienes tendrían como resultado imágenes de calle, de naturaleza, de gente. Lejos de sentir la presión que me generaba la idea de comprometerme con esto, he descubierto el enorme placer de re-observar los objetos que me rodean y que muchas veces habían pasado desapercibidos ante mis ojos rutinarios. Los resultados han sido muy variables: algunas fotografías han satisfecho mi apetito visual, otras me parecen intentos desesperados por no dejar pasar un día del reto, unas más me parecen poco atractivas, pero buenas ideas en potencia. Al final creo que el ejercicio no está enfocado en los resultados, sino en el proceso; y resulta que éste lo he gozado mucho. Detalles: hay una telaraña de posibilidades en ellos; y sobre todo un divertido juego en practicar la observación para detectarlos.

Incendio: después de todo, no fue para tanto


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hoy hubo un incendio en un bar de Chapultepec. Las cintas amarillas, el humo y los aspavientos de los bomberos prometían un drama que estaba dispuesta a ver desde el camellón, hasta que las autoridades nos evacuaron.

La terraza del Fondo de Cultura Económica estaba disponible para observarlo todo, pero las llamas que se prometían espectaculares, jamás se dieron. La expectación se fue apagando aunque aún se escuchaban las sirenas. Necesitaba hacer una llamada y decidí entrar a la librería. Cuando colgué lo vi de espaldas, mirando las novedades. Reconocí su cuello y la forma en que el lóbulo de su oreja se doblaba hacia afuera. A pesar de que ya alguna vez me lo había encontrado cruzando la calle y fingimos no reconocernos, tuve miedo de que volteara y no hubiera más remedio que decirle “hola, soy yo, ¿cómo has estado?”

¿Qué tiene?, dijo unos minutos después Javier. ¿Por qué no se saludan y ya? Lo cierto es que, una media hora después, cuando ya lo había perdido de vista y la gente volvía a caminar por la banqueta donde antes reinaba el humo, pensé que siempre exagero, me invento historias.

Me cuento anécdotas de accidentes al bajar las escaleras, de atropellamientos al cruzar la calle, de venganza cuando alguien me agrede y yo tardo demasiado en decir alguna cosa. Para terminar aquella relación me había contado nuestra historia como una película digna de Polanski. Supongo que todos lo hacemos y la ficción sólo alcanza a separarse de la realidad con el tiempo y la distancia. Quizás Javier tenía razón y la historia del reencuentro que siempre me he contado, llena de reclamos y miradas doloridas, ni a humo hubiera llegado. Todas mis cintas amarillas, mis alarmas y protocolos de emergencia, eran pura expectativa, completamente innecesarios.

Los bomberos, ya sin máscaras ni cascos, platican de pie en la banqueta y yo escribo esto  a manera de disculpa por la cobardía de siempre, por las viejas culpas y mis aires de víctima. Estoy segura de que nos despedimos apenas a tiempo para hacer una mejor vida, cada uno por su lado. También estoy segura de que así como yo lo convertí en un monstruo de novela, le di a él material para escribir poemas a una perra infernal. Así que, literariamente, quedamos a mano.

Miro a la gente que sale por la puerta de cristal y me hago al ánimo de saludarlo. Javier se levanta de la mesa como si todo fuera una coreografía en la que él también, como parte de esta historia, sigue participando. Unos minutos después, ya muy convencida, veo la figura robusta y de boina salir. Camina frente a mí y se detiene a unos metros. Evalúa, curioso, el camión de bomberos al otro lado de la calle y yo lo miro el tiempo suficiente para comprobar que no se trata de él.

La gente ya puede caminar por la banqueta, los empleados de los locales cercanos vuelven a sus puestos y sólo los dueños del bar se lamentan y hablan con los de rescate urbano. Las luces rojas se alejan, atestiguando que sí pasó algo pero, después de todo, no fue para tanto.

Supongo que si de algo ha servido tanta alarma ha sido para aceptar que siete años deberían ser suficientes para perdonarnos, para atreverme a decirte hola cuando algún día de verdad volvamos a encontrarnos.

No hay lugar como el hogar


Saca el diván

Por Edna Montes

“¿Dónde estoy?, ¿Qué pasa aquí?” No necesariamente es consecuencia de la borrachera de ayer (aunque no deberíamos descartarla), ¿esos brownies de verdad eran de chocolate? Nada en tu entorno te resulta conocido. No sabes bien lo que sucedió, pero una mezcla de nervios, miedo y maravilla te invade; te surgen unas ganas locas de explorar.

Adentrándote en ese nuevo sitio empiezas a hacer teorías.  Podría ser una dimensión paralela, otro planeta o un país desconocido. Todo es felicidad y asombro hasta que notas que ¡NO HAY CHOCOLATE! ¿Dinero, idioma extraño, capacidades de sobrevivencia? ¿Eso qué? Hay que tener prioridades claras. Si tampoco hay café, segurito fuiste a parar al infierno mismo. De pronto, eres tan consciente de tu fragilidad como cuando veías al acosador de la primaria acercarse a ti dispuesto a hacerte polvo. “¡Quiero a mi mamá!” es lo único que pasa por tu mente. Lo que de verdad necesitas preguntarte es: ¿Cómo vuelvo a casa?

Aquello que te aguarda es un completo misterio. Si la ficción nos ha enseñado algo es que las opciones van desde reinas bipolares psicópatas hasta una inteligencia avanzada creando planetas de prueba para experimentar; eso sin descartar a las confiables orugas pachecas, los sombrereros extravagantes, los robots de última tecnología o las brujas incomprendidas. Lo terrible es que no conoces las reglas de este nuevo mundo, así que las probabilidades de toparte con que eres el héroe prometido en alguna oscura profecía del lugar o la comida prometida de una tribu caníbal son más o menos las mismas.

Supervivencia es la clave. Volviendo a las prioridades las cosas están así:

1.- Mantenerte vivo.

2.- Descubrir la forma de volver a casa.

¡Ay! El hogar, ese sitio con Wi-Fi y chocolate. ¡Ah, sí! la familia, amigos, pareja y personas que nos importan, cof, cof. Teniendo motivaciones claras de seguro lograrás tu objetivo. Al menos uno de ellos. No sería la primera vez que un viajero extraviado decide quedarse allí. Al final de día, si conservas tu cuerpo más o menos intacto, puede que caigas en cuenta que el amor de tu vida te esperaba en ese lugar o que puedes vivir como un dios sin tener que declarar nada en el SAT. Tampoco es una garantía que exista una forma de regresar a casa. Ya sea por convicción propia o por mera resignación ese podría ser tu nuevo hogar. Misión cumplida.  Por otro lado, si das con la forma de regresar a tu mundo, quizás termines en terapia. De seguro esta odisea te ha cambiado tanto que tu casa ya no corresponde con eso que tanto añoraste. En cuyo caso, bienvenido a la realidad, idealizar es malo. (Ya está, te ahorramos una sesión en la que hablarías de lo terribles que son tus padres).

Este mecanismo narrativo nunca se hace viejo. Quizá porque se sostiene del tedio y las ganas de escapar que todos hemos sentido alguna vez. En el viaje del héroe separarse de aquello que llamamos hogar es fundamental, nos da perspectiva sobre aquello importante en nuestra vida. Sinceramente ¿qué gran aventura puede ocurrirte en tu sala? (Netflix no cuenta, lo siento). Incluso si ninguna demolición que amenaza destruir tu planeta te obliga a descubrir otros mundos, nunca está de más empezar con el propio. La única forma de sentir felicidad por volver a un lugar es, de entrada, irse.  😉


Canción:


Recapitulando:

No hay lugar como el hogar

Fórmula:

El protagonista es llevado a un lugar extraño/El entorno choca con todos los elementos cotidianos de su vida/ Su principal misión consiste en volver a casa/ Vive aventuras y descubre maravillas lo que lo lleva a descubrirse a sí mismo/ Encuentra la forma de volver a casa o decide quedarse.

Como lo viste en:


Fotografía destacada: Bryan Minear on Unsplash

Oesterheld: la vida en guion


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora 

Uno de los abordajes que la narratográfica ha hecho con respecto de las historias que cuenta tiene que ver, sin duda alguna, con la cuestión de la autobiografía. Esa posibilidad de contar cosas desde el yo y la manera en cómo éste se refleja en el mundo ha dado una gran cantidad de viñetas. Es imposible no pensar, al abordar este tópico, en Maus, la obra cumbre de Art Spiegelman que se constituye, a la vez que voz de la biografía de su padre, exploración de sus propias manías y construcción de su personalidad. En derivas parecidas se inscribe el trabajo de Joe Sacco y, en Latinoamérica, de Power Paola y su Virus tropical.

 Todos los autores mencionados son artistas completos. Es decir, guionan sus historias y las escriben. Algo que se hizo muy popular sobre todo a raíz de la explosión de los comix contraculturales en la década de los sesenta en los Estados Unidos. American Splendor y los comix de Robert Crumb son una muestra esperpéntica, pero revolucionaria, de cómo el medio se adaptaba a la realidad que lo circundaba, incluso careciendo de una técnica refinada en lo que se refería al arte del dibujo.

Sin embargo, para un guionista de historietas la problemática es distinta. Acá, en caso de lanzarse a la aventura de guionar la propia vida, se corre el riesgo de que el resultado final no sea aquel que el autor imaginó en un primer instante. Por estas razones me pareció interesante el descubrimiento de una serie de documentos que funcionan como una voz autobiográfica para el caso de uno de mis héroes y obsesiones personales: Héctor Germán Oesterheld. Para quien haya llegado acá por azares del azar, le informo que mi novela Continuum trata sobre la vida de este autor.

Pues bien, que entre las páginas de Oesterheld en primera persona (Buenos Aires, La bañandera del cómic, 2005), encontramos una serie de entrevistas y artículos que el guionista escribió en primera persona mientras pudo hacerlo, que es decir, antes de que la dictadura militar lo desapareciera en el año 1977. Lo que más me llama la atención de ese conjunto de documentos tiene que ver con un guion que Oesterheld escribe como si fuera su autobiografía. Narra en primera persona y describe qué es lo que llevarían las viñetas de esa historia de su vida que cuenta en 41 cuadros. Hace uso, además, de un sentido del humor que se filtra a su trabajo historietístico pero que aquí es la intención de los textos. Hacer reír y reírse de sí mismo. Narra, por ejemplo, sus primeras aventuras como autor.

[…] 7. MPP del héroe, tapado por un compañero, escribiendo un diario medio escondido debajo del banco. Expresión arrebatada, exaltada, de tremenda energía.

         RECORDATORIA INFERIOR: En el quinto año del Nacional hace sus primeras armas en el periodismo: dirige, escribe y distribuye un diario de nombre irreproducible, copia única, circulación gratuita.

  1. Medio primer plano del héroe, con facineroso, pegándole, siendo mordido, recibe golpe bajo, aplica tremendo impacto al mentón, sangra de la nariz, el otro tiene el ojo en compota. Dar sensación de violencia. Evitando, desde luego, los detalles truculentos, caen pelos, gotas de sangre, dientes. Algún trozo de oreja.

         RECORDATORIA INFERIOR: El diario encuentra la oposición de un diario rival: la lucha es violenta, cruel, aunque el héroe nunca pierde la altura en sus escritos (“¡Las ideas no se matan, bruto!”, “¡Más burro serás vos!”, “¡Animal!”). […]

Y así sigue por 40 viñetas. Relata lo que ha sido su devenir hasta ese año ’58 en que su vida estaba llena de optimismo. Había decidido dejar un trabajo como geólogo de pruebas para un banco e integrarse de lleno al trabajo creativo de la industria del cómic de la Argentina de aquellos años. Es por eso que la descripción de las viñetas 40 y 41 resultan agridulces. El lector avezado en la biografía de Oesterheld sabe que ese optimismo confiado del autor mudará, en el futuro en incertidumbre, crisis y tragedia. Dice en 1958, cuando la editorial Frontera está en auge y los hermanos Oesterheld sueñan con construir una gran empresa:

         […] 40. Cuadro compuesto como si fuera un montaje: O. [Oesterheld] cambiando tiros con Randall y Leonero; O. hablando con Ernie Pike en tienda de campaña; O. regalándole tractor a Joe Zonda; O. en traje aislante junto a El eternauta; O. en la luna con Rolo; O. fumando una pipa con Sherlock Time; … O. escribiendo este guión para Enrique Lipszyc.

         RECORDATORIA INFERIOR: El héroe está trabajando cada vez más… ¿Qué le deparará…

  1. Vertical:

…el futuro? ¿Qué trampas le tenderá la mala suerte? ¿Qué sonrisas, qué caídas de ojos le hará la Fortuna? Si quiere saberlo, amigo lector, ¡no se pierda el próximo episodio!

El amigo lector, al leerlo a la distancia de los años y de la muerte, sabe lo que deparó la Fortuna para él y la mayor parte de los suyos. Cautiverio, tortura física y psicológica, desaparición, ignominia, muerte. Sin embargo, fue siempre un hombre de principios. Un hombre ético que escribía, ha dicho de él Juan Sasturáin. En la entrevista hecha por Carlos Trillo y Guillermo Saccomano en 1975, esto es, en las vísperas del golpe militar y todo lo que trajo posteriormente consigo, Oesterheld habla sobre el ejercicio de la escritura y lo que representa no ser un autor de literatura, lo que otros llamarían, un “autor serio”.

La tentación y el hambre de prestigio los tenemos todos. Cuando pienso en mi familia que me insiste para que haga “la novela”… Da más estatus, completamente diferente. Para mi mujer o mis hijas es distinto decir soy la mujer o la hija de Borges o Sábato y no la mujer o la hija de un argumentista de historietas. Personalmente me siento más satisfecho escribiendo para una masa de lectores de historietas y no escribiendo novelas para una selecta minoría. Hay un libro que escribiría. Mis ganas son terminar la historia de La guerra de los Antartes, como dudo que alguna vez se pueda publicar o dibujar todas esas páginas… Escribiría entonces una novela, para redondear toda esa idea.

Y más adelante, desarrolla sobre las dificultades de dedicarse a la escritura:

Pongamos un poco los pies en la Tierra. Casi ninguno de los grandes escritores, escribió en las condiciones ideales. Creo que el libro viene cuando tiene que venir. Si uno no lo ha escrito es porque la condición de uno no estaba para eso. Si ahora nos da el cuero a los tres, los tres nos dedicamos cada uno a su obra, sacaríamos tiempo de cualquier parte. Estoy convencido de que un José Hernández cuando hizo el Martín Fierro, no tenía toda la guita del mundo, ni estaba feliz en su circunstancia. Al contrario, ustedes saben cómo lo hizo… Ahora voy a decir algo que no lo podrán poner en el reportaje. Si me hubieran preguntado cuál es el mejor escritor argentino… Para mí es el Che. Es uno de los intelectuales que más defiendo. El tipo más leído en Argentina y el autor más tradicional. El más comentado y el más estudiado. Claro, algunos podrán objetarme que lo que él escribió no era ficción. Sin embargo, Churchill recibió el Premio Nobel de Literatura por la Historia de la Segunda Guerra Mundial. Con ese mismo criterio, el Che merece en la Argentina todos los premios habidos y por haber. El Diario del Che en Bolivia es una pieza única. Todavía estamos reeditándola. ¿Por qué será? Porque tiene ese valor a nota periodística y también a cosa vivida. Y otro de nuestros grandes autores es Rodolfo Walsh. Un autor de gran éxito popular. Con obras publicadas en diarios y semanarios políticos. Con Walsh estamos hablando de otro de nuestros grandes. Cuando se habla del boom, de nuestro boom, y se habla de Cortázar y de Sábato… Para mí Walsh está muy por encima de los otros…

Esa misma fe que pone en la literatura que tiene una deriva política, la pondrá en el futuro de los cómics. Para Oesterheld no hay disyuntiva; no hay que elegir entre literatura seria y literatura dibujada. Ambos tienen el mismo valor, pero se encontraban (¿se encuentran?) en momentos distintos de su evolución. El futuro de los cómics, decía HGO en 1965, consistía en convertirse en manifestación importante, quizá dominante, de la cultura popular. Hoy estaría orgulloso de haber lanzado presagios como este hace más de medio siglo:

La historieta se ha quedado frenada, autolimitada, resignada a ser un género para chicos, para adolescentes, para adultos que no abandonaron del todo la adolescencia. Esta situación está cambiando. La historieta, por el empuje de algunos creadores que no se conforman con lo antiguo, que quieren lograr algo más, está poniéndose de nuevo en marcha, está avanzando, reanuda la evolución que tarde o temprano, hará de ella un género tan maduro como el cine o el teatro.

 Más de uno, al escucharme, se estará preguntando: ¿por qué la historieta debe evolucionar?, ¿qué necesidad hay de ella? ¿A qué responde la inquietud de esos creadores que he mencionado, que justificación tiene tratar de darle trascendencia a un género que hasta ahora no ha tenido prácticamente ninguna?

La respuesta es simple: la historieta debe reanudar su evolución porque potencialmente representa un medio fabuloso de difusión cultural; porque debidamente desarrollada, puede enriquecer la vida espiritual de muchos seres prácticamente ciegos hasta ahora a todo lo que sea cultura. Y más aún; cuando se sepa aprovechar todas sus potencialidades, la historieta puede llegar a ser un elemento importante aún en la vida espiritual del más culto de los individuos.

Palabra de profeta. Yo soy la confirmación de muchos de sus augurios.

Elogio a las malas palabras


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El encanto de una putiza

Recuerdo la primera vez que solté una retahíla de maldiciones contra un niño que había estado molestando a mi primo Joaquín. Yo debía tener unos siete años y, por alguna razón, me tomé my en serio eso de hacerla de paladín de la justicia: le dije hasta de lo que se iba a morir e incluí palabras que no había escuchado de boca de mi madre (que siempre ha preferido groserías menores, como “pinche” ó “pendejo”, cuando alguien se le cerraba en el tráfico) o de mi padre (de cuya boca no escuché nada arriba de “imbécil”). Supongo que todo lo que le solté lo había aprendido en la televisión o en las películas, porque fue mucho y muy subido de tono, tanto que el pobre no supo qué contestar y las palabras bastaron para mandarlo a su casa, con cara de asustado.

Había descubierto el poder de las malas palabras y experimentado, en retrospectiva, mucha vergüenza: temía que alguien fuera a decirle a mis papás. El evento me marcó tanto, que aún recuerdo la expresión del niño, el barco de cemento pintado de amarillo donde se dio el encontronazo, y la sensación caliente en las mejillas.

Regresaron para quedarse

La memoria es una cosa extraña y moldeable, como la plastilina, y hoy en día no sé si aquel niño dejó de molestar a mi primo por todo lo que salió de mi boca, o si coincidió con una de las muchas mudanzas de mi infancia, dejándolo atrás. Lo que sí recuerdo es que además de la culpa, un temor se instaló dentro de mi cuando volví a usar ese lenguaje contra otro chico, en segundo de primaria: el temor a que otros niños no me consideraran una “chica normal”. Recuerdo al niño: nos perseguía con el tubo con el que removían la basura que algún adulto irresponsable (de esos que en los años ochentas no se preocupaban tanto) quemaba en el mismo patio durante el horario escolar. Recuerdo que el niño se llamaba Héctor y me gustaba. Sin embargo, por hacerme la valiente, usé mis palabras y todo se acabó. No estoy segura si lo expulsaron de la escuela (después de todo, nos perseguía con un tubo), o simplemente lo cambiaron (porque la mayoría del salón éramos niñas y el pobre era terriblemente acosado, al punto de tener que armarse, precisamente, con un tubo); lo cierto es que a partir de entonces procuré cuidarme de ser grosera. Al menos hasta que en la adolescencia entré a clases de actuación y las malas palabras volvieron.

Sin embargo, todo se quedaba en el escenario, en los personajes. En mi vida normal yo tenía un lenguaje irreprochable. Hasta que la escritura se convirtió en otro espacio en el que las groserías volvieron a tener lugar. No fue el arte lo que regresó el lenguaje soez a mi vida cotidiana, sino otra vez, un varón. Había entrado al ITESO a estudiar Psicología después de abandonar la UAG, y me encontré a un chavo que había visto de lejos en la prepa y siempre me había gustado. Yo llevaba el cabello corto y él me confundió con una chica que en la preparatoria llevaba el cabello así y era particularmente malhablada. Para no sacarlo de su error, dejé que mi lenguaje se relajara, interpretando primero al personaje y luego dejándome seducir, una vez más, por las malas palabras. “¿Qué pedo con esas fórmulas, Margarita?”, le preguntaba confianzuda a la maestra de Estadística, “¿a quién chingados le importa el puto perro de Pavlov?”, soltaba entre cigarro y cigarro en los jardines itesianos, por primera vez libre después de haber estado en pura escuela represiva.

Las malas palabras me pusieron bajo el reflector, esta vez iluminándome de manera apropiada para conquistar el corazón del chavo, quien después se retorcería de vergüenza cuando me solté como hilo de media frente a sus papás. Trabajar como maestra me enseñó a frenar el torrente de nuevo, y eventualmente, a soltarlo sólo después de ciertas pruebas: como cuando metes el dedo del pie para comprobar la temperatura del agua, antes de sumergirte por completo. Suelo ser muy propia y soltar de pronto una que otra grosería delante de las personas, para dejarme ir si me siento en confianza, porque sí: me gustan las malas palabras. Me encantan. Para mí, han sido armas, pero también rompehielos, han sido el origen de muchas carcajadas y han cumplido también la función de código para conectar con otros que también las aman.

Creo en su poder, como supongo que muchos creen en el Expecto Patronum y aunque a veces todavía siento el calor de la vergüenza en las mejillas o percibo la reprobación de quienes consideran que no solo son vulgares, sino reduccionistas, les aseguro que seguiré usándolas. Después de todo, hay cosas peores que decir una que otra chingadera.

Jesse James y la mitificación de la violencia


De principio a film

Por Rodrigo González

Una de las principales funciones o logros del cine (y de cualquier expresión artística, para el caso) es la de re-interpretar, renovar arquetipos y presentarlos a las nuevas generaciones con el fin de facilitar el encuentro con los conceptos del bien y mal, la justicia y la injusticia, el honor y la vileza. En estas dualidades universales, podemos identificarnos, reconocernos y reforzar nuestras propias convicciones que nos permiten ocupar de manera más determinante nuestro lugar dentro del grupo social al que pertenecemos. Las películas de súper héroes, por ejemplo, han tomado el lugar de la épica, la cual nos muestra estos mismos arquetipos acercándolos al rango de modernas deidades que sirven como ejemplificación de los valores más puros sobre los que se construye nuestro contrato social.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo y la narrativa occidental fue monopolizada por don Aristóteles y su poética, siempre han existido personajes fuera de los moldes establecidos que actúan por su cuenta, buscando una justicia superior a la justicia humana, motivados por un conocimiento o deseo superior que sobrepasa el entendimiento de los comunes. Estos personajes generalmente aparecen en momentos en el que el contrato social está severamente dañado y necesita reconstruirse: Aquiles (durante la guerra de Troya), Robin Hood (medioevo Inglés), o para el caso que nos ocupa, Jesse James.

Jesse James, sin embargo, es una figura atípica, pues en él no existe realmente un deseo de justicia ulterior ni un motivo que rebase la convención social. Jesse James es el bandido sin resentimientos, con un enorme apego familiar (lugar donde encuentra su mayor motivación), con un código de honor tan complejo como retorcido y con un profundo odio hacia las instituciones. Buscado por la justicia, su cabeza fue tasada en 10 mil dólares. La recompensa terminó cobrándola Robert Ford, miembro de su banda, que lo mató de un tiro por la espalda, hecho que sirvió para que la figura de James alcanzara dimensiones de un falso heroísmo y lo colocara al lado de nombres como el de Robin Hood.

Jesse James, #HistoriasSinSpoilers

Lo que parece relevante de este contexto es que en la medida que el capitalismo se convierte en el sistema dominante, más y más ejemplos de figuras provenientes del espectro que la narrativa tradicional considera el bando de “los malos”, se posicionan como los nuevos héroes.

De manera cada vez más frecuente encontramos a estos antihéroes que encarnan el descontento generalizado y que terminan aunque sea brevemente, por ocupar un lugar privilegiado en la pirámide sociocultural, aunque su caída sea en la mayoría de los casos, estrepitosa y trágica. Carlito Brigante (Carlito´s Way), Tony Montana (Scarface), Frank Serpico (Serpico), Vito Corleone (The Godfather), Michael Corleone (The Godfather), Travis Bickle (Taxi Driver), Derek Vineyard (American History X) o el mismísimo Alex Delarge (A Clockwork Orange), son claros ejemplos del antihéroe que el cine se ha encargado de recetarnos ante la tremenda confusión imperante creada por un sistema que ha corrompido el concepto del bien común.

Obviamente, en nuestro país esa figura no podía ser ocupada por ningún otro que no fuera el narco. No conformes con la mitificación de la violencia como subproducto de la corrupción, hemos sido testigos del encumbramiento de la figura del narco-bandido como epítome de la justicia social. El narco bueno infalible, justo pero temerario, sanguinario pero solo con los enemigos y con el gobierno, que es humano porque llora y se enamora y se emborracha, pero alejado de cualquier sentimiento que ponga en peligro su “causa” al mostrar debilidad. Un mensaje por demás chueco y torpe que en pos del rating en las televisoras pareciera no tener fin.

Y ante este rebatiña por el lugar de honor del emblema aspiracional del mexicano, olvidamos que la figura del narco en la realidad compite por el primer lugar con la del político mexicano. Y esa es la razón por la cual la balanza de nuestra narrativa nacional carece de equilibrio, pues ambos espectros forman parte del mismo bando, y para el resto de nosotros, en esta nueva historia de héroes y antihéroes nacionales no hay, ahora sí, a quién irle.

Sin embargo, como bien lo mencionó Kurt Vonnegut en una de sus tesis sobre antropología social,  el buen drama solo existe cuando todas las partes tiene la razón. El problema es quizá que hemos olvidado ponernos a nosotros, a los ciudadanos comunes, a los de a pie, en el centro de la historia como los personajes principales, en historias donde podamos decir el asco y la rabia que sentimos y recuperar, aunque sea en la ficción, lo que nos han robado. Quizá si en las historias que nos contamos el resultado fuera diferente, metiéramos a la cárcel a los corruptos, a los narcos y a los políticos, algo podría colarse a la vida real. Por algo se empieza.

Los autómatas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Con precisos dedos sepultó la semilla y la cubrió con un lienzo terroso. La multitud se estrechó en torno al mago, que levantó el paño con cautela. Habían pasado unos segundos solamente, pero del suelo asomaba un brote verde. El espectáculo continuó, a intervalos de cubrir y descubrir, la planta creció y dio sus frutos —dorados mangos— que fueron consumidos por un público maravillado y goloso. Ocurrió en Benares, a mediados del siglo pasado y nos lo relata John A. Keel. La explicación del acto es de una simplicidad que decepciona, algo tienen que ver en éste los amplios ropajes del ejecutante y la oquedad de la semilla que se utiliza para el efecto.

La maravilla de la India tiene su paralelo en el parisino establecimiento de Robert Houdin, donde se mostraba bajo el nombre de L’oranger fantastique; un cítrico que en su propio tiempo —tiempo del sueño, tiempo maravilloso— crecía, florecía y daba fruto. La diferencia no era sólo de especies, sino de técnica. El naranjo era un autómata[1].

Houdin, mecánico acreditado, realizó otros autómatas de singular éxito, los más reconocidos son el Ruiseñor y el Escritor-Dibujante. Es posible que el cuento de Hans Christian Andersen, el Ruiseñor, deba su parte al ingenio mecánico del francés.

Los autómatas han sido un elemento antiguo en la literatura, es conocido que están ya presentes en la Ilíada, en su canto XVIII, que relata como Hefesto tenía a su servicio “veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa[2].”

La misma antigüedad clásica nos ha traído el testimonio de los escritos de Herón de Alejandría y la realidad tangible del mecanismo de Antikythera, la primera computadora analógica de que se tenga conocimiento.

La historia del autómata nos lleva a través de —por lo menos— dos senderos diversos; el de la relojería de su mecanismo y el de la imitación de los vivientes. No exploraremos —por ahora— la crónica de los engranajes, los piñones y los escapes, no se hablará por tanto de los logros de Arquitas de Tarento, del kurdo Al-Jazarí o de la Enumeración de las Extrañas Máquinas (Chhi Chhi Mu Lüeh) de Tai Jung, tampoco Leonardo ocupará nuestras indagaciones.

El juego de emulación de lo animado por lo inanimado emparenta al autómata con el Pigmalion de Ovidio, el Golem hebreo y el Frankenstein de Shelley, incluso con el Homúnculo de Paracelso, los omnipresentes zombies o —si se quiere ser menos tétrico— con el Pinocchio de Carlo Colodi; pero dada su carencia de partes móviles, engranajes y muelles, estos personajes no pueden incluirse con propiedad como autómatas de la literatura.

En tales restringidos términos, debe mencionarse como autómata relevante en la historia literaria a la Olimpia de Hoffmann, imaginada en 1817, en El Hombre de Arena, cuya belleza, encorsetada y rígida, cautivó al enamorado Nataniel, tanto como sus ojos fijos, su bailar acompasado y su perfecta interpretación al piano. Mecánico amor que llevaría a la perdición de Nataniel por obra del malvado Coppelius. “Ojos, ojos, ojos de niño, bellos ojos” serán uno de los motivos principales de este cuento tantas veces reseñado.

Otro autómata —que no por real deja de tener un interés literario— es el Jugador de Ajedrez del Barón Von Kempelen, que da título al ensayo de Edgar Allan Poe, obra de 1836, donde intenta explicar el funcionamiento del autómata ajedrecista de Maelzel. Sobre dicho ingenio nos narra El Mosaico Mexicano o Colección de Amenidades Curiosas e Instructivas:

“Revestido el autómata de un rico traje oriental, se hallaba sentado delante de un bufete [una mesilla] que se arrastraba por medio de cuatro rueditas y en su interior estaba encerrada la máquina, y el cilindro que se decía servir para darle movimiento. El Barón comenzaba por montar con grande aparato su autómata, se oían crujir los resortes y resonar como los de una péndula, y entonces se alzaba lentamente el brazo del autómata, avanzaba hasta la pieza que debía tomar, la alzaba y la colocaba sobre la casilla en que debía quedar colocada”.

Allan Poe es más práctico, no sólo describe el autómata, lo ilustra:

“El grabado de esta página da una ligera idea de lo que los ciudadanos de Richmond han podido ver hace unas pocas semanas…A la hora designada para la exhibición se corre la cortina, o se abre una puerta de dos hojas y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquella se tiende una cuerda”.

Luego de una prolija descripción del aparato —y del aparato protocolario que lo rodeaba— Poe analiza el caso, con la misma lógica impecable del detective Auguste Dupin y concluye no solamente que el ingenio es movido por una persona, sino cómo y dónde se oculta y quién es esa persona, que él identifica como un tal Schlumberger, miembro del séquito de Maelzel[1]. El análisis de Poe es de una precisión admirable, considerando los tiempos de respuesta, las probabilidades de triunfo y la conducta gestual del autómata, entre otros factores. Su lectura no tiene desperdicio e ilustra el alcance de la lógica aún desprovista de cualquier comprobación experimental.

No quisiera cerrar esta breve relación de autómatas en obras de ficción, sin mencionar, así sea de paso, a La Casa de Vapor, de Julio Verne, del año 1880, novela de aventuras que tiene como gadget detonante de la trama la existencia de un artilugio, a medio camino entre una casa rodante y un elefante mecánico.

De manera adicional, existe un libro reciente, que debe recomendarse, la Teoría e Historia del Hombre Artificial, de Alonso Burgos, publicado por la económica Editorial Akal en 2017. Su lectura —más allá de los ciborgs y los super humanos— nos pone ante la cuestión de si, en el fondo, sólo somos autómatas que saben rezar y cómo alguna vez dijo Borges, tan limitados que ignoramos cuál será el rostro con el que Dios nos mira.


[1] Vale precisar un poco el término, el autómata –en la segunda acepción de la Academia– es una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado. Concedamos con Aristóteles que las plantas tienen un ánima vegetal y admitiremos en esta definición a los naranjos mecánicos (con perdón de Anthony Burguess). También es conveniente señalar que autómata y robot no son términos intercambiables, diríamos ahora que el autómata tendería a ser analógico, mientras que el robot es más propiamente digital.

[2] A estos trípodes habría que agregar dos doncellas de oro “que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses”.

[3] El jugador de ajedrez, originariamente de Von Kempelen fue transferido a Maelzel —en cuyo poder lo conoció Allan Poe—. En fecha posterior, el ingenio fue vendido a John Mitchely, quien lo donó a un museo en Filadelfia, lugar donde a la postre fue consumido por un incendio.

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

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