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Coco o la fragilidad de la memoria


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Fundamentalmente fui a ver Coco por el perro. Es decir, por el personaje del perro Dante. Llámenlo nostalgia —porque sí extraño a Artemio— o simple curiosidad cinéfila, pero me pareció muy acertado que Pixar utilizara al xoloitzcuintle para abrirnos la puerta a su versión de una de las tradiciones mexicanas más arraigadas y menos entendidas de todas las que tenemos.

Vale la pena decir que el actual rito del día de muertos es resultado del sincretismo entre la celebración indígena de los muertos presidida por la diosa Mictecacíhuatl o dama de la muerte, la celebración católica traída por los españoles del día de los fieles difuntos y la celebración celta del Samhain o banquete de los muertos (que derivaría en América en el Halloween —All Hallow ́s Eve— y posteriormente en el Día de Todos los Santos). Quizá en algunos años agreguemos a este listado el tradicional desfile del día de muertos cortesía del agente 007.

Antropología aparte, creo que Pixar merece un aplauso por la meticulosidad y detalle con el que crearon esta historia. Tres años de investigación antropológica en sitio dieron la base para que todo lo que vemos en Coco lo sintamos profundamente familiar. A cambio de esto, las de cocodrilo en el cine, por supuesto.

Cuando una obra, ya sea una película, una novela, un cuadro, una fotografía nos confronta con nuestros pensamientos y emociones y nos obliga a buscar respuestas a aquello que desconocemos o no comprendemos del todo, es cuando el arte cumple con su objetivo.

Yo creo que el cine por ejemplo, cuando es buen cine, tiene la increíble capacidad de fijarse en nosotros como una memoria, como un recuerdo propio. La experiencia cinematográfica rebasa las líneas de la realidad y la circunstancia personal y se tatúa en nosotros como una vivencia propia, ofreciéndonos una gama nueva de emociones, de razonamientos, de conclusiones.

Este fue precisamente el caso de Coco. La virtuosidad con la que cada detalle es reconocible y se inserta y despierta como propio en nuestra psique colectiva: la vieja tv proyectando la película en blanco y negro, la guitarra de clavos y alambre, el altar con las fotos familiares contando una historia pero escondiendo otra, la chancla de la abuela como último método de amorosa disciplina, la comida, el tequila, el papel picado, los íconos mexicanos enmarcando la vida cotidiana, la versión del mictlán que empieza en las pirámides y superpone sobre ellas el México de ahora de vecindades y torres de departamentos y calles empedradas y plazas con kioskos y caos, la fiesta interminable, el trabajo en familia, los primos enfadosos y queridos, y por supuesto el perro ingobernable y profundamente arraigado como protector y como guía de la infancia.

Abre la puerta para que aún después de que la película termine, pasemos días rumiando en nuestro propio lugar acerca de nuestra memoria, de lo que será de nosotros cuando nos vayamos.

Si tu foto no está en el altar, no puedes regresar al mundo de los vivos a ver a tu familia. Si tu foto no está en el altar es porque no se habla de ti, porque tu legado fue pobre, porque te olvidaron, porque una generación de nietos y bisnietos te perdió la pista. Si tu foto no está en el altar, ya muerto mueres lentamente, hasta que nadie más habla de ti, hasta que mueres la muerte real, la del olvido. Si tu foto no está en el altar es porque la memoria es una cosa frágil, delicada como pétalo de cempasúchil.

Qué cabrona la vida que de algunos quisiéramos dejar de hablar para que ni muertos regresaran, y de otros, quisiéramos llenar todos los altares con sus fotos, su comida, sus recuerdos para que nunca dejaran de venir.

Yo pensé en mi abuela Irene, la que me enseñó a leer. Échenle la culpa a ella por estas palabras.

Blade Runner 2049 y la ausencia de esperanza. O no.


De principio a film

Por Ro González

Aviso: esta columna no contiene spoilers. O sí.

Vi Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) y tengo pocos calificativos además de “enorme”, “fantástica”, “casi perfecta”, “impresionante”. Es como si después de verla en mi cabeza solo quedara (implantada) esa lista de palabras repetidas hasta el cansancio y demasiado obvias que siempre aparecen en los pósters de las películas domingueras o en los anuncios de las revistas de crítica especializada cuando, a todas luces se deduce que es una nota pagada. Pero bueno, como esta columna no lo es, pueden confiar (desde mi muy sesgada y poco humilde opinión) que sí es enorme, fantástica, casi perfecta e impresionante.

Hay que empezar por decir de esta cinta, que la forma en que Villeneuve la vuelve propia sin siquiera destruir un centímetro de la propuesta original es admirable. La tentación estaba ahí y sin embargo, todo en manos de Villeneuve mejora. Desde la presencia original de poderosas preguntas filosóficas ya inscritas en la novela de Philip K. Dick y revisadas a conciencia en todas las versiones de la Blade Runner original (aunque esto suene más raro que el gato de Schrödinger versión permanencia voluntaria) o la propuesta visual de Roger Deakins –que lleva a la perfección visual lo hecho por Jordan Cronenweth en 1982–, todo, absolutamente todo en la película funciona.

A los pocos minutos olvidamos que estamos viendo una película de ciencia ficción, y nos enfrentamos, aterrados a un cambio de orden en nuestra alineación de conceptos y en nuestro engranaje mental, nos enfrentamos a una sacudida moral, psicológica, social, humana en este presente casi futuro que no se antoja tan lejano ya.

Si en la primer película de la saga nos enfrentamos a la necesidad de definir qué es lo que hace humanos a los humanos, al presentarlos en contraste con sus propias creaciones –los replicantes, ahora en rebelión y anhelantes de libertad y de una vida propia–, en esta segunda entrega la pregunta esencial es si es el alma aquello que nos diferencia de todos los demás seres, aquello que nos otorga la pauta para decidir qué es y qué no es humano.

Y sin embargo, detrás de toda este bombardeo de cuestionamientos esenciales, de periplos filosóficos y de identidades descubiertas y re descubiertas, lo que queda en la memoria al salir de la sala son dos cosas terriblemente tristes: la primera es el enorme vacío emocional que produce darse cuenta que no hay esperanza. Que la raza humana, la nuestra, no la de las películas, está condenada a convertirse en una extensión de su propio alcance tecnológico o resignarse a desaparecer.

La segunda, que el único lugar donde podría existir cualquier tipo de esperanza es en el futuro, en los que vienen, en los que apenas están llegando. En los que todavía se divierten y gozan de sus experiencias en el mundo. No que yo no lo haga, faltaba más, pero pasar de los 40 me hace consciente de la mierda y del oprobio generalizado.

Pienso por ejemplo en Víctor, mi hijo que tiene 16, que hace trucos de magia maravillosamente bien, que va a la preparatoria, que tiene el corazón recién hecho pedacitos y que parece que ya encontró la forma de pegarlo. Pienso que en algún lugar de su cabeza, de su alma, de su experiencia, está la solución para que este mundo mejore.

Pienso también en los miles que salieron a las calles a ayudar a los otros en las semanas recientes de forma tan desinteresada e inmediata y que convirtieron una tragedia nacional en una fiesta de solidaridad, de unidad y de empatía y que también son como Víctor.

Pero pienso también en los que no salieron, los que no ayudaron, los que permanecieron indiferentes en sus oficinas y sus despachos, esos para quienes la empatía es acaso una palabra dominguera que estorba y que no aporta. Pienso en los que dieron mordida para construir un edificio con materiales de baja calidad, en los que robaron, en los que mintieron, en los que usaron los terremotos para sacar raja, hacer negocio, posicionarse. ¿Acaso esos tienen alma también?

Pienso en la enorme división en la que vivimos, pienso en el abismo que tenemos enfrente, en la desolación de compartir el destino del país con una clase política repugnante e insalvable, con la mitad del país en la miseria y la otra mitad demasiado preocupados en no convertirnos en pobres también.

Pienso en los tiraderos de basura de Blade Runner y la imagen me es enormemente familiar, cercana.

Pienso finalmente, en medio de ese vacío emocional que sí, que de haber alguna esperanza, está definitivamente en el futuro. Nosotros ya nos cagamos el pedazo de mundo que nos tocaba.

El (muy lamentable) estado de las cosas


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Uno no escoge las películas. Las películas lo escogen a uno, sobre todo cuando el ocio se posiciona galantemente en las tardes de sábado donde es imperioso terminar un encargo pero no tienes ni motivación ni tema.

J. Edgar (Clint Eastwood, 2011) es un film biográfico que cuenta la vida de J. Edgar Hoover, quien fuera fundador y director del FBI por casi 50 años. Motivado por la creciente presencia comunista y los atentados simultáneos en 1919 a congresistas, senadores y al fiscal general en Estados Unidos, logró definir la política y las acciones necesarias para establecer, con mano de hierro, lo que se conoció como la “gran inquisición norteamericana”.

Tirado sobre la promesa de una gran película que dejé pasar por 6 años (la historia gringa en el cine ya me da un poco de hueva por parafernálica y exacerbada) me sumergí en una rendición de cuentas inesperada y un desesperado intento por justificar la formación de un estado policiaco que  vive disfrazado de “the land of the free”. Shame.

Esta misma semana, acá en la tierra del águila devoradora de serpientes, y de serpientes que ocupan los cargos de gobierno, la lista de feminicidios aumenta con el asqueroso asesinato de Mara, un gerente de locaciones es baleado haciendo su trabajo, la primera dama homenajea a los damnificados oaxaqueños con un vestido de diseñador, más cadáveres (incluyendo el de un niño de 7 años) siguen apareciendo ejecutados en la CDMX, donde Mancera y su delirio presidencial insiste que no hay crimen organizado y los diputados y senadores aún no se ponen de acuerdo para nombrar fiscal independiente.

Vaya, que el país está incendiado y todo parece tan normal.

Al margen de la ficción, lo terriblemente preocupante es la inacción y la acción inútil. No, no deberíamos tener que inventar popotes que detectan drogas en las bebidas para evitar que las mujeres sean violadas y luego asesinadas. No, no deberíamos tener que poner un botón de alerta en una aplicación de servicio de taxi que lo que ofrecía era seguridad. No, no deberíamos tener que decirle a un gerente de locaciones que no vaya solo a hacer su trabajo porque es peligroso. No, no deberíamos dejar pasar tantas cosas, porque la realidad es que tenemos un gobierno incapaz de hacer nada por nosotros.

Los imbéciles justifican la muerte de Mara porque andaba sola y seguro en malos pasos. Justifican la muerte de Carlos y le llaman justicia poética (hágame usted el chingado favor) por trabajar en una serie de narcos. Justifican la ejecución de un niño de 7 años porque seguro su papá andaba metido en cosas chuecas. Justifican cualquier cosa, porque ante los idiotas, los culpables somos nosotros. Y son esos idiotas los que solapan los gobiernos que tenemos, los que siguen votando por el mismo régimen que nos roba y nos saquea y nos mata ininterrumpidamente sin importar el partido que gane las elecciones. No, la culpa no es nuestra, es de los imbéciles.

Después de una flaquísima celebración de la independencia (tomando en cuenta que quien la consumó le duró su palabra menos que un pedo en la mano y se coronó emperador) terribles fantasías vuelan en mi cabeza y pienso en lo inútil que sería tener un J Edgar, me acuerdo de Gutiérrez Barios, de Javier García Paniagua y de la Dirección Federal de Seguridad y me queda claro que ahora sí, estamos solos y que nos toca a nosotros sacar las lacras de la vida pública del país y limpiar la casa.

Luego veo la pelea de Canelo contra Golovkin. Mi corazoncito no soporta más engaños.

Dunkirk y la purga cultural


De principio a film

Por Rodrigo González


Es innegable el talento de Christopher Nolan como director. El creciente dominio de su técnica y el impecable estilo narrativo en sus películas lo convierten en uno de los directores más innovadores, más celebrados y con una de las filmografías más interesantes para explorar de la última década.

En su última entrega nos regala una avasalladora experiencia filmada en formato IMAX sobre la batalla de Dunkirk en el año de 1940, evento que se convirtió en un parteaguas durante la segunda guerra mundial, pues a raíz de esta evacuación, los aliados lograron salvarse de la aniquilación por parte del ejército alemán, reagruparse y finalmente, cinco años después, ganar la guerra.

Es difícil, sin embargo hacer un análisis cien por ciento objetivo de un proyecto de este tamaño, ya que detrás de él, existen muchos niveles de lectura que son prácticamente imposible de abarcar. Podemos hablar de la manufactura de la que no se puede decir nada malo, con excepción de la chocante musiquita a-lo-Enya del final final, del rigor histórico (o la falta de él) o el mensaje detrás del mensaje en una época como la actual, dónde Brexit es rey y Nolan, veladamente, nos bombardea en un trasfondo sutil con una evacuación de tierra continental europea para refugiarse en la gran isla y poner a los good guys a salvo. Quizá soy yo viendo moros con tranchete, o quizá Nolan es pro Brexit, o quizá la ausencia total de personajes indios en la película provoca que se borre de un plumazo el heroico desempeño durante esa batalla del Royal Indian Army Service Corps y así, en un periplo de dos horas, emerge otra versión de la historia envuelta en la genialidad de un gran director.

Hace algunos meses noté esta tendencia en el cine contemporáneo al hablar de La La Land, en la cual salta de inmediato la ausencia de personajes latinos, letreros en español o cualquier otra referencia a la mayoría hispana que vive en California, sobre todo en Los Ángeles. Ahora la campana vuelve a sonar con Dunkirk y a mi me empieza a parecer como eso, como una tendencia, como una peligrosa purga cultural.

Ahora, estas purgas han existido y existen en todas las sociedades. En las leyes del imperio azteca por ejemplo, uno de los castigos más crueles era aquel que se conocía como la muerte total. No sólo se ejecutaba al criminal, si no que se borraban todos sus registros de vida, sus bienes se incineraban y su familia era desterrada. Se le borraba de la historia para siempre. En Alemania hoy en día, paga con cárcel quien porte una esvástica o realice el saludo Nazi. Una forma tajante de eliminar un comportamiento inaceptable. En Rusia, en la década de 1930 se realizó lo que se conoció como la gran purga o el gran terror, campaña de represión política que eliminó por completo a quien Stalin consideraba que podrían convertirse en oposición. Aproximadamente 400 mil rusos, burgueses, campesinos y miembros del partido comunista murieron, fueron expulsados del país o terminaron sus días en los campos de concentración rusos. Volviendo a Tenochtitlán, el terrible proceso de conquista y vasallaje español arrancó de tajo identidad, lengua, nombres, religión, vida civil, vida espiritual, comercio y convirtió un imperio en un pueblo sumido en la ignorancia durante 300 años. Pueblo que cuando salió de ese proceso no llegó a ningún lugar mejor, pues al termino de la guerra de independencia logró desprenderse de la corona solo para comprarse un nuevo patrón, el español nacido en México.

Puede parecer exagerado comparar eventos como la gran purga en Rusia o la conquista de México con la decisión de un director de quitar o no a un determinado grupo o etnia, pero no lo es. La forma en la que contamos las historias importa y esos detalles (no mexicanos en Los Ángeles, no indios en Dunkirk) no pueden apreciarse únicamente como detalles estéticos de una pieza o como licencias poéticas de sus autores. Desde el lugar donde sabemos de cierto que el cine es memoria y es enseñanza y preservación de la memoria histórica de un pueblo, existe una obligación hacia nosotros mismos de estar alertas sobre las versiones de las historias que contamos y nos cuentan. No vaya a ser que un día las generaciones futuras acepten sin chistar que en México todos somos rubios y vivimos en la Condesa, que Pancho Villa es un personaje de Disney, que el Ché Guevara era un gran revolucionario, que Frida era mejor pintora que Diego o que AMLO sí es un rayito de esperanza.

Jesse James y la mitificación de la violencia


De principio a film

Por Rodrigo González

Una de las principales funciones o logros del cine (y de cualquier expresión artística, para el caso) es la de re-interpretar, renovar arquetipos y presentarlos a las nuevas generaciones con el fin de facilitar el encuentro con los conceptos del bien y mal, la justicia y la injusticia, el honor y la vileza. En estas dualidades universales, podemos identificarnos, reconocernos y reforzar nuestras propias convicciones que nos permiten ocupar de manera más determinante nuestro lugar dentro del grupo social al que pertenecemos. Las películas de súper héroes, por ejemplo, han tomado el lugar de la épica, la cual nos muestra estos mismos arquetipos acercándolos al rango de modernas deidades que sirven como ejemplificación de los valores más puros sobre los que se construye nuestro contrato social.

Sin embargo, desde que el mundo es mundo y la narrativa occidental fue monopolizada por don Aristóteles y su poética, siempre han existido personajes fuera de los moldes establecidos que actúan por su cuenta, buscando una justicia superior a la justicia humana, motivados por un conocimiento o deseo superior que sobrepasa el entendimiento de los comunes. Estos personajes generalmente aparecen en momentos en el que el contrato social está severamente dañado y necesita reconstruirse: Aquiles (durante la guerra de Troya), Robin Hood (medioevo Inglés), o para el caso que nos ocupa, Jesse James.

Jesse James, sin embargo, es una figura atípica, pues en él no existe realmente un deseo de justicia ulterior ni un motivo que rebase la convención social. Jesse James es el bandido sin resentimientos, con un enorme apego familiar (lugar donde encuentra su mayor motivación), con un código de honor tan complejo como retorcido y con un profundo odio hacia las instituciones. Buscado por la justicia, su cabeza fue tasada en 10 mil dólares. La recompensa terminó cobrándola Robert Ford, miembro de su banda, que lo mató de un tiro por la espalda, hecho que sirvió para que la figura de James alcanzara dimensiones de un falso heroísmo y lo colocara al lado de nombres como el de Robin Hood.

Jesse James, #HistoriasSinSpoilers

Lo que parece relevante de este contexto es que en la medida que el capitalismo se convierte en el sistema dominante, más y más ejemplos de figuras provenientes del espectro que la narrativa tradicional considera el bando de “los malos”, se posicionan como los nuevos héroes.

De manera cada vez más frecuente encontramos a estos antihéroes que encarnan el descontento generalizado y que terminan aunque sea brevemente, por ocupar un lugar privilegiado en la pirámide sociocultural, aunque su caída sea en la mayoría de los casos, estrepitosa y trágica. Carlito Brigante (Carlito´s Way), Tony Montana (Scarface), Frank Serpico (Serpico), Vito Corleone (The Godfather), Michael Corleone (The Godfather), Travis Bickle (Taxi Driver), Derek Vineyard (American History X) o el mismísimo Alex Delarge (A Clockwork Orange), son claros ejemplos del antihéroe que el cine se ha encargado de recetarnos ante la tremenda confusión imperante creada por un sistema que ha corrompido el concepto del bien común.

Obviamente, en nuestro país esa figura no podía ser ocupada por ningún otro que no fuera el narco. No conformes con la mitificación de la violencia como subproducto de la corrupción, hemos sido testigos del encumbramiento de la figura del narco-bandido como epítome de la justicia social. El narco bueno infalible, justo pero temerario, sanguinario pero solo con los enemigos y con el gobierno, que es humano porque llora y se enamora y se emborracha, pero alejado de cualquier sentimiento que ponga en peligro su “causa” al mostrar debilidad. Un mensaje por demás chueco y torpe que en pos del rating en las televisoras pareciera no tener fin.

Y ante este rebatiña por el lugar de honor del emblema aspiracional del mexicano, olvidamos que la figura del narco en la realidad compite por el primer lugar con la del político mexicano. Y esa es la razón por la cual la balanza de nuestra narrativa nacional carece de equilibrio, pues ambos espectros forman parte del mismo bando, y para el resto de nosotros, en esta nueva historia de héroes y antihéroes nacionales no hay, ahora sí, a quién irle.

Sin embargo, como bien lo mencionó Kurt Vonnegut en una de sus tesis sobre antropología social,  el buen drama solo existe cuando todas las partes tiene la razón. El problema es quizá que hemos olvidado ponernos a nosotros, a los ciudadanos comunes, a los de a pie, en el centro de la historia como los personajes principales, en historias donde podamos decir el asco y la rabia que sentimos y recuperar, aunque sea en la ficción, lo que nos han robado. Quizá si en las historias que nos contamos el resultado fuera diferente, metiéramos a la cárcel a los corruptos, a los narcos y a los políticos, algo podría colarse a la vida real. Por algo se empieza.

Ir al cine solo y que te coma el Alien


De principio a film

Por Rodrigo González

Cine solo

Me gusta ir solo al cine por una simple razón: el bote de palomitas es todo mío. Sólo mío. Por más que creo en el amoroso acto de compartir, soy muy feliz teniendo para mi la dotación completa, la fila completa o, cuando tengo suerte, la sala completa. No encuentro nada más placentero que entrar a una sala que no tiene gente y mi lugar está rodeado de hermosas butacas vacías y el sonido del aire acondicionado me da la bienvenida.

Fui a ver Alien Covenant en circunstancias similares. Entré con miedo no por Alien, si no por Ridley. Prometeus me había dejado entre el fastidio y el desencanto pero, qué se le va a hacer: es Alien, es Ridley Scott, es tarea.

La sala sola, y Alien bien. Tuvo la gracia de regresarme por momentos a aquella primera sensación de terror y de descubrimiento paulatino del miedo. Del miedo a no saber y cuando sabemos, ya no hay nada qué hacer porque todo está perdido.

Entonces cuando salgo de la sala pienso en los Aliens alrededor mío. Pienso que vivimos en un país que tiene monstruos acechándonos todo el tiempo, conviviendo con nosotros, siendo ellos por el puro gusto de ser los agentes de destrucción y de caos. Empiezo a encontrar similitudes en nuestra política y esas esporas que al respirarlas te convierten en la incubadora de un agente de maldad y de barbarie.

Pienso que estamos muy jodidos, que habría que quemar la nave para tener una débil esperanza de sobrevivir, y luego me doy cuenta que no hay esperanza porque quemar la nave significa no sobrevivir en absoluto. Pienso que entonces deberíamos armarnos de valor y armarnos con lo que tengamos a la mano, e ir a destruir Aliens en un acto de suprema justicia. Destruirles sus aviones privados y sus privilegios, sus fueros, sus dietas. Dar al traste con sus curules, sus palacios de gobiernos, sus choferes, sus cuentas en el extranjero. Quemar de una buena vez todos los cabildos y los institutos, partir a la mitad y sin clemencia todos los órganos descentralizados de gobierno. Lanzar al vacío absoluto y de paso al olvido más negro, toda nuestra historia y empezar de cero. Así, suspendidos en la gracia de ese lugar donde nadie puede escucharnos gritar, quizá podríamos escribirnos una historia distinta.

Alien

Pero la realidad es otra. De regreso del cine, caminando, tengo que mentarle la madre al conductor que no respeta el cruce peatonal, y ante un amague de pulcra violencia le digo, con golpes en el cofre, que un día su imbecilidad lo va a matar y que muchos más seremos muy felices por ello. Sigo caminando, aunque sólo para darme cuenta que el Alien ya está en nosotros.

El Alien somos todos y todos somos capaces de ser rapaces, implacables, corruptos y asesinos. Me doy un poco de vergüenza, es verdad, pero luego veo a la patrulla de la policía estatal pasarse el alto, al agente de tránsito aceptando un par de billetes del trailero que usó una avenida que no debía y así se evita la multa; recuerdo que me acaban de contar que se perdieron 2 millones de pesos de un fondo estatal dedicado a la cultura, que conozco quien vende medicinas en su casa que se roba de los hospitales del sector salud, que el gobierno compra software para espiar los teléfonos de cualquiera, que conozco a quien ha considerado seriamente falsificar una constancia de residencia para poder entrar a un concurso de guiones, y que conozco a quien lo ha hecho y ha ganado… y son tantos esos pequeños monstruos que aparecen cerca de mi, que me queda claro que todos, políticos o no, funcionarios o no, ya respiramos de esa espora, y en mayor o menor medida, ya nos comió el Alien.

Y pienso que si yo ya lo soy, por lo menos quiero decir la verdad al respecto. En una de esas y me alcanza, en mi ejercicio de autoconocimiento, para hacer un Alien meets LaLa Land y ya entrados en gastos cinematográficos, le damos un giro a la historia.

“Knight of Cups” y las preguntas sin respuesta


De principio a film

POR RODRIGO GONZÁLEZ

Las preguntas

La primer película que vi de Terrence Mallick en pantalla grande fue The Thin Red Line en 1999. La vi en un cine en Monterrey que ya no existe (Cinema Plaza Monterrey) que estaba en la esquina de Avenida Constitución y Venustiano Carranza. La sala estaba vacía excepto por mi y otro par de personas. Después de salir del cine esa noche, preferí caminar a mi casa porque en mi cabeza había nacido una tonelada de preguntas que nunca me había hecho. Aún hoy muchas de esas preguntas no han conseguido respuesta.

Con el tiempo, gracias a las películas de Mallick, este ejercicio se volvió una constante: bajar mentalmente el volumen de todo lo que hay alrededor y entonces permitir que preguntas nuevas o viejas ocupen el primer plano. ¿Qué caso tiene preguntar nada? ¿Quién en su sano juicio votaría por estas personas que aparecen en la boleta? ¿Cuánto ganará realmente el chico que le ayuda al de los tacos a servir los refrescos? ¿Hará ejercicio la persona que se robó mis tenis sacándolos del coche?

¿El chófer de este taxi se acordará de su primera novia? ¿La extrañará? ¿Por qué extrañamos? ¿Por qué nos es imposible vivir sin añorar lo que no tenemos, el lugar donde no estamos o a las personas que no están con nosotros? ¿Por qué cuando logramos lo que queríamos, estamos donde planeamos y lo compartimos con quien deseábamos hacerlo, inmediatamente ya queremos otras cosas? ¿Acaso es falso que el apocalipsis va a llegar y en lugar de eso, vivimos constantemente sumergidos en él?

A veces las preguntas suelen ser verdaderas estupideces, frases colgadas, provenientes de un acontecimiento absurdo que sirven sólo para prolongar un instante de ocio. Otras veces las preguntas van amarradas a cosas como el sonido de caballos galopando, que siempre he asociado con ciertas preguntas que tienen que ver exclusivamente con en el final de las cosas; no del mundo, ni de la humanidad, pero de las cosas, las cosas como yo las conozco, una especie de apocalipsis personal.

El cine cerró y durante muchos años estuvo abandonado. Junto al cine abandonado construyeron un hotel y desde ese hotel, en el año 2010, un grupo de sicarios pertrechados en la azotea y en algunas ventanas de los cuartos, emboscaron un convoy de militares. Yo iba justo detrás del convoy en un taxi, rumbo a una cita de trabajo, y sucedió exactamente lo mismo: desapareció por un momento el volumen de todo al rededor mío, y un montón de preguntas rebotaron en mi cabeza. ¿Qué se sentirá que te den un balazo? ¿Dolerá mucho morirte así? ¿Cuántos son 20 mil muertos? ¿De verdad es la muerte el final de todo? ¿Y si no hay nada después de la muerte, entonces qué carajos importa?

¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿En qué beneficia al mundo? ¿En qué beneficia a nadie escribir un cuento, hacer una película, un poema, tomar una foto, escribir una nota en el periódico, abrazar una causa, ser contador público, político, albañil? ¿De qué sirve? ¿Cómo se traga uno el horror de la violencia? ¿Cómo se supera y se aprende a vivir así, en medio del olor a muerte y a tragedia, si al final no sirve de nada?

El evento del hotel terminó para mi cuando un soldado me sacó de la parte de atrás del taxi y cubriéndome con su cuerpo me llevó hasta la esquina de Venustiano Carranza e Hidalgo y me gritó que corriera. Corrí tanto que llegué a Guadalajara.

¿Respuestas?

Hace unos días vi Knight of Cups, también de Mallick, y ahora fueron las respuestas, algunas puntuales, otras disfrazadas, las que llegaron a mi cabeza: hacemos lo que hacemos por que el mundo nunca va a ser perfecto y de serlo, lo que hacemos entonces no tendría sentido. Esa es la razón para hacerlo.

Y el sonido de los caballos galopando está siempre ahí porque yo soy el jinete en mi propio apocalipsis. Entonces ya no hay nada qué temer.