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Instantánea Express 09: ganador

Con la novedad de que por primera vez tenemos un empate, compartimos los textos ganadores de la edición 09 de #InstantáneaExpress.

Instantanea Express 09, #HistoriasSinSpoilers, #InstantáneaExpress

Lo que de veras me intriga es como un dispositivo tan sofisticado como el cerebro humano, capaz de erigir rascacielos y predecir el movimiento de los astros, de componer sinfonías, de cartografiar los genes, de crear inteligencia artificial y hasta de estudiarse y comprenderse puede, por otra parte, ser tan elemental, que viva toda su vida satisfecho con las incidencias del deporte y la farándula.

¡Tanto misterio, tanta complejidad, tantos millones de años de evolución para contentarse con un gol del “Chicharito”!

Manuel Fons | Gedankenexperiment

 

GANADOR: PATRICIA BAÑUELOS

Que la razón no entiende

La Razón del neocórtex juega la final por la copa de la “Supremacía Neurológica” en cascarita pambolera contra Los Primitivos del sistema límbico. Jugadores de ambas escuadras se alinean por color en cada barra del futbolito de madera estufada medidas reglamentarias.

Al silbatazo la bola corre vertiginosa, los defensores del arco neocórtex juegan de color rojo, acomodando pases cortos de múltiples conexiones. Los Primitivos casaca albiazul, se mueven a muñequeo veloz en tonos de  insolentes decibelios.  Marcador uno-cero favor del equipo de La Razón por un tiro de precisión matemática. Los ánimos se calientan en la banca celeste, regresan del descanso crecidos venciendo al arquero escarlata con un  cañonazo  de testosterona bajado con el pecho por  su capitán.

Límbicos mantienen la posesión del esférico. Neocórtex recupera el balón e intenta acomodar por la banda derecha. El cancerbero de la portería de Los Primitivos retiene la bola antes de que el equipo de La Razón pueda rematar con la cabeza. El saque de meta lo gana el jugador de jersey rojo  número diez. Intenta una jugada de pizarrón que choca en el travesaño. Recupera de nuevo y se descuelga inteligentemente hasta la portería contraria. Una chica en minifalda pasa junto a la banca de la defensa neocórtex, el delantero  carmesí en un arrebato de libido anota en su propio arco. Los Primitivos festejan el triunfo cual cavernícolas, asegurando que  aunque Pascal está en lo cierto, la causante del autogol ni estaba tan buena.

 

GANADOR: DANIEL HERNÁNDEZ

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora “es la epitome del deporte”, ora “una recreación sana para el espíritu”. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

Instantánea Express 09

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Gendankenexperiment, el nuevo libro de Manuel Fons, y otro de El hombre que amaba los hospitales del escritor ecuatoriano Augusto Rodríguez.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es editorialparaisoperdido@gmail.com y tienen hasta el próximo sábado 15 de julio jueves 20 de julio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 21 de julio.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress09. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.


Lo que de veras me intriga es como un dispositivo tan sofisticado como el cerebro humano, capaz de erigir rascacielos y predecir el movimiento de los astros, de componer sinfonías, de cartografiar los genes, de crear inteligencia artificial y hasta de estudiarse y comprenderse puede, por otra parte, ser tan elemental, que viva toda su vida satisfecho con las incidencias del deporte y la farándula.

¡Tanto misterio, tanta complejidad, tantos millones de años de evolución para contentarse con un gol del “Chicharito”!

Manuel Fons | Gedankenexperiment

Instantanea Express 09, #HistoriasSinSpoilers, #InstantáneaExpress

Fotografía: Pascal Swier / Unsplahs.com

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Manuel Fons? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

Instantánea Express 08

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Río entre las piedras y otro de La cruz de la bestia.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress08. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es editorialparaisoperdido@gmail.com y tienen hasta el próximo miércoles 21 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 23 de junio.


#amor #InstantáneaExpress #HistoriasSinSpoilers

Fotografía: Fabrizio Verrecchia

 

El amor no existe, pero engaña. El amor no existe, pero perturba. El amor no existe, pero mata. El amor es una bomba explosiva muy peligrosa.

Augusto Rodríguez | El hombre que amaba los hospitales

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Augusto Rodríguez? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

Lenguajes imaginarios


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Desconocemos el número actual de las lenguas humanas, serán tal vez —según la fuente que se consulte— unas seis o siete mil. Por si su caudal no fuera excesivo, a ellas debemos aunar las lenguas muertas, los dialectos angélicos que postula la Carta a los Corintios y los idiomas que han sido fruto de  la ficción literaria.

Cada obra de la literatura, singularmente las de fantasía y ciencia ficción, necesitan palabras nuevas con las cuales identificar entidades hasta entonces ignoradas. En el universo de J. K. Rowling no podríamos representar el juego preciso sin el vocablo quidditch (que por otro lado nos ahorra incontables definiciones cada que se menciona la lúdica actividad); análogo a este deporte es el hussade de Jack Vance, en la saga de Alastor, aún cuando este divertimento presenta connotaciones más tétricas.

No obstante, la creación de una colección de vocablos no es por sí la elaboración de un idioma, a lo sumo aspira a formar un léxico suplementario. Un idioma necesita además su gramática; y ese sería el caso del Pársel de Harry Potter. La peculiaridad de esta lengua es su carácter de hereditario, no se aprende, se nace sabiéndola. Es adicionalmente una lengua inter especies y permite la comunicación animal, como el anillo del rey Salomón.

En esta categoría de lenguas ficticias inter especies se encuentra el idioma de los simios que hablaba Tarzán. Rice Burroughs —su creador— tuvo a bien revelarnos los sufijos selváticos que emplea: mangani es mono, go-mangani es ser humano negro, tar-mangani es el humano blanco. De ahí comprobamos el racismo innato de los antropoides —o de Rice Burroughs—, en donde las personas de color se diferencian (aunque escasamente) de los micos y de los humanos blancos.

Debemos puntualizar que dependiendo de la amplitud y detalle de nuestra definición, los autores de ficción no crean verdaderos idiomas, pues estas elaboraciones no son completas; es decir, no bastan a las necesidades de comunicación de un grupo de hablantes.

A despecho de ello, por una suspensión de la duda asumimos su existencia. Ese pacto de fe que se realiza entre autor y lector se refuerza a veces por el rigor lógico del lenguaje inventado. En esta materia, el campeón de la lingüística imaginaria quizá sea John Ronald Tolkien, con su amplio inventario de lenguas élficas, incluida una historia evolutiva desde el idioma primordial, el Quendian primitivo, del que derivan con el tiempo el Telerin, el Sindarin, el Nandorin y otros lenguajes de la llamada Tierra Media.

La evolución del idioma y con éste la historia de las ideas ha sido tratada por  autores como Michel Foucault y Norberto Bobbio; en la literatura este enfoque es compartido por George Orwell, en 1984. En dicha novela, hace decir a Syme —uno de los redactores del diccionario de Neolengua— lo siguiente:

Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos.

 

¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significaos secundarios eliminados y olvidados para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño.

 

Lenguajes, #HistoriasSinSpoilers

 

Desde luego, existen otras lenguas sintéticas o artificiales, como la postulada por John Wilkins en el siglo XVII, pero dado que se trata de una erudita empresa filosófica y no intencionadamente ficcional, no formaría parte de esta digresión, a no ser porque Jorge Luis Borges le dedica un ensayo[1] donde nos refiere que Wilkins:

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

En la cita efectuada, el dominio de lo que llamamos real colinda con lo fantástico y el intento evidente del autor es transmitirnos esa sensación de maravilla al imaginar una absoluta clasificación del mundo, efecto similar al que nos propone con la Máquina de pensar de Raymundo Lulio, ensayo similar, fechado en 1937.

El propio Borges imagina lenguas conjeturales en Tlön, Uqbar, Orbius Tertius, con diferencias sustanciales entre los hemisferios austral y boreal de ese planeta. En ambos lados existe una dominante noción del idealismo, en ninguno se reconoce realidad a la materia. Bajo tal óptica todo sustantivo sería una injustificada especulación, de modo tal que el lenguaje se compone de verbos y de adjetivos. En el norte —por ejemplo— no hay una palabra que corresponda a “luna”, sino que se conjugaría el verbo “lunecer”; en el sur los adjetivos cumplen la función de los nombres, no se dice “salió la luna” sino “aéreo-claro sobre oscuro-redondo”.

La anterior parecería una gramática arbitraria, si no lo fueran todas las gramáticas. A manera de muestra, las lenguas Tseltal, Chol, Chontal y Lacandona, tienen numerales diversos si van a enumerar ríos o jícaras, si se trata de rollos o de seres animados, si se cuantifican cosas redondas o alargadas; no existe en las variantes mayas la abstracción del número, todo conteo es recuento de objetos específicos.

Hasta aquí las referencias. Como propuestas preliminares para el establecimiento de una lingüística de la fantasía se establecen: la investigación del mítico Babel donde surgieron los lenguajes ficticios y la decidida intervención del gobierno oculto del mundo para proteger de la extinción a los idiomas imaginarios.


[1] Me refiero, desde luego, a El idioma analítico de John Wilkins, publicado en Otras Inquisiciones, en 1952.

Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

De la “selfie” al autorretrato


Lente anónima

Por Mariana Mota

Hace tiempo acudí a un taller de fotografía. En la primera y única sesión a la que asistí, omitiré las razones por las que no regresé, el moderador nos platicó una estrategia de márquetin que me pareció interesante: hacer una sesión de fotos a quien estuviera interesado, sin fijar un precio. Seleccionar el que, a su juicio de experto, fuera el mejor retrato; compartirlo con el cliente, en baja resolución, para que este lo coloque como fotografía de perfil en Facebook. Después de dos días, a partir de la publicación, contar el número de likes  y pagar al fotógrafo veinte pesos por cada uno; hecho el depósito, enviar el resto del trabajo fotográfico al cliente. Me imagino que soltar dos, tres o cuatro mil pesos sería un acto de gusto —además de que sería buen precio—, al ver esos cien o doscientos likes debajo de un lindo retrato que nos represente. Aunque también habría los que ponen la economía por encima de la popularidad y estarían deseando no pasar de los cinco pulgares.

A cada grupo con el que comparto aula siempre les lanzo una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre un autorretrato y una selfie?, visto desde los dos ángulos que normalmente tratamos: el visual y el literario. Las respuestas que damos, me incluyo porque también intento buscarlas, suelen variar, pero oscilan en el espectro que va de la composición a la intención. Un retrato, sea capturado por uno mismo o por alguien más, debe ser honesto y mostrar al menos una de las distintas versiones que somos, sin maquillaje. Esa es una conclusión a la que llegamos; como esa otra que rechaza una imagen en la que hacemos todo lo posible por mostrar solo el mejor ángulo, bien acicalado; uno que nos guste mucho.

Envidiable labor es, entonces, la que realiza un retratista. El fotógrafo que representa productos, eventos, momentos, tiene una responsabilidad muy distinta a la de aquel que muestra un pedacito de la autenticidad de un individuo; ni más ni menos compleja, simplemente diferente porque somos las personas las que más solemos ocultarnos. Quién sabe de qué o por qué; como si el otro no tuviera imperfecciones, como si el que no soy yo viviera eternamente en una emotividad de selfie. El que fotografía retratos debe ser una especie de psicólogo, muy empático, que confeccione un ambiente en el que aquel que se verá vulnerado ante la cámara se sienta en plena confianza; estado que por lo general únicamente alcanzamos en la intimidad de la habitación propia.

Dice Henrry Carroll, y me encanta la manera en que lo expone, que los hay francotiradores, porque acechan a su presa desde lejos; agentes secretos que se acercan y establecen relación con el que se eternizará en la imagen; y asesinos que se acercan, disparan y huyen. No todo retrato nace, pues, bajo consentimiento de ambas partes, como sería el caso de una sesión preestablecida. Y todo retrato, dicen por ahí y yo coincido, debe hablar siempre de dos sujetos: el que está frente a la cámara y el que está detrás, pues el estado de ánimo, la percepción, la imaginación y la creatividad del retratista también se plasmará para la posteridad en esa imagen.

Quería aprovechar este espacio para hablar acerca de algunos retratistas: sus métodos, conclusiones, intenciones, resultados; pero se me fue el tiempo mascullando sobre el mero objeto —o sujeto— que es el retrato; tendré que dejar mi conversación grupal para otra ocasión. Me quedo con la idea de que todos deberíamos intentar un autorretrato, en algún punto de nuestra vida. Literario o visual, qué importa, pero fabricar un pedazo de honestidad que vaya más allá de la bonita selfie. O todos deberíamos componer un retrato de alguien más; sería una linda experiencia de comunicación e intercambio.

Instantánea Express 05

Bienvenido Mayo.

Para esta edición tenemos un ejemplar de nuestro #librodelmes El Rey de las bananas y otro de Los demonios de la sangre para el ganador del reto.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress05. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es hola@editorialparaisoperdido.com y tienen hasta el próximo miércoles 10 de mayo para participar. Los ganadores se darán a conocer en el blog en el transcurso del viernes 12 de mayo.


#InstantaneaExpress

Fotografía: Glen Carrie / #Unsplash

Me pasé media vida cazando fantasmas. Buscando las razones por las cuales seguían aquí entre nosotros. Los perseguí por todas partes. Acudí a cualquier lugar donde me aseguraran encontrarlos. Dormía de día, los acosaba de noche. Leí absolutamente todo sobre el tema. Daba conferencias, asesorías, incluso me uní a cruzadas alocadas para capturar alguno. Nada. No quería probar su existencia: existían.

Cecilia Eudave | Microcolapsos

¿Qué sucede en la imagen? ¿Aquí termina o inicia el relato? ¿Qué relación tiene con el párrafo compartido de Cecilia Eudave? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

J.G. Ballard, el hombre que soñaba películas


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Durante el tiempo que viví en un departamento de estudiante en la colonia Mixcoac de la CDMX, colgó en una de sus paredes un cartel que se perdió en alguna de las mudanzas posteriores. Era el póster promocional de Crash, la película que David Cronenberg filmó en 1996 basada en la novela de J. G. Ballard. Con una fortaleza tremenda, la película generó un debate intenso con respecto de las imágenes y las ideas que proyectaba. Un futuro distópico, no muy alejado del presente de producción de la cinta, en donde las relaciones sexuales se fundían con la afición por mirar y experimentar accidentes automovilísticos. Para Ballard, el automóvil constituía una forma material que evidenciaba la manera en cómo la tecnología se había inmiscuido incluso en las acciones que se suponían más íntimas.

En Milagros de vida (Mondadori, 2008), la autobiografía escrita por este autor, relata cómo se le ocurrió escribir esa historia a partir de uno de los happenings que organizó para una de las variadas galerías de arte contemporáneo que menudearon en Londres durante las décadas de los sesenta y setenta. Acudió a varios deshuesaderos de autos, eligió tres vehículos que habían sido protagonistas de sendos accidentes y los exhibió en una galería mientras registraba, a través de un circuito cerrado de televisión, las reacciones que despertaban entre los asistentes al montaje.

Crash es una historia de ciencia ficción. Pero no de la ciencia ficción que había prevalecido hasta los años sesenta y cuya producción era ubicada, a decir del propio autor, “al mismo lado de los cómics”. Es decir, literatura residual para el consumo de las grandes masas. Crash era la cristalización de la postura estética y ética que Ballard tenía con respecto de lo que debía ser la ciencia ficción.

Serán autores como él quienes comenzarían a configurar los nuevos derroteros de la ciencia ficción. A partir del visionado de películas, la lectura de los clásicos norteamericanos del siglo XX y la pulp fiction tan en boga durante la segunda posguerra, Ballard concibió la posibilidad de pensar la ciencia ficción más que una manera de entretenimiento como una poderosa herramienta de reflexión sobre el presente y sobre cómo la vida cotidiana se convertía en un elemento inspirador de historias que reflejaban la alienación en la cual el mundo había caído después de la Segunda Guerra Mundial. Es claro esto cuando afirma, por ejemplo:

Aquella literatura [la ciencia ficción de los cincuenta] reconocía la existencia de un mundo dominado por la publicidad de consumo, en el que el gobierno democrático se transformaba en relaciones públicas. Era el mundo de coches, oficinas, autopistas, líneas aéreas y supermercados en el que realmente vivíamos, pero que se hallaba ausente por completo en casi todas las obras de ficción seria. En una novela de Virginia Woolf nadie llenaba el depósito de gasolina de su coche. En una de Sartre o Thomas Mann nadie pagaba después de que le cortaran el pelo. En las novelas de Hemingway de la posguerra nadie se preocupaba por los efectos de la exposición prolongada a la amenaza de la guerra nuclear. La simple idea era absurda, tanto como lo es ahora. Los escritores de la llamada narrativa de ficción seria compartían un rasgo dominante: su narrativa trataba ante todo de ellos mismos. El yo se hallaba presente en el seno de la literatura moderna, pero ahora tenía un poderoso rival: el mundo cotidiano, que poseía el mismo componente psicológico y era igual de proclive a los impulsos misteriosos y a menudo psicopáticos. Aquel terreno siniestro, una sociedad consumista que podía desembocar en otro Auschwitz u otra Hiroshima.

Ese impulso consciente que Ballard hará en la ciencia ficción de lo que denominó “el espacio interior”, en oposición a los relatos tradicionales de conquista y exploración de “el espacio exterior”, derivará en una forma de concebir nuevas maneras de pensar el futuro. Ante la resistencia de los editores  por aceptar nuevos tratamientos de los temas en esta área, la imposibilidad de concebir una trama de este tipo “en el presente” o en un futuro casi inmediato, Ballard concebía que de persistir tal tendencia, la ciencia ficción se convertiría en un espacio de sobrevivencia del statu quo y lo viejo, algo por completo paradójico.

Esa insistencia en abrir nuevas formas de pensar el presente a través de la ciencia ficción haría posible que el tratamiento de la realidad pudiese concebir tramas como las que hoy disfrutamos en Black Mirror, Mr. Robot y tantas otras series que reflexionan más sobre lo que el presente de alienación capitalista plantea, más allá de la alegoría del imperio galáctico. Su compromiso por impulsar esta visión de lo que él concebía como el futuro de la literatura se hizo evidente en los años siguientes. Para Ballard, un seguidor fiel de las vanguardias y descendiente directo de los surrealistas según sus propias palabras, la ciencia ficción era “la auténtica literatura del siglo XX”.

Entonces pensaba, y lo sigo pensando, que en muchos aspectos la ciencia ficción era la auténtica literatura del siglo XX, con una enorme influencia en el cine, la televisión, la publicidad y el diseño de consumo. Actualmente la ciencia ficción es el único rincón en el que sobrevive el futuro, del mismo modo que los dramas de época televisivos son el único rincón en el que sobrevive el pasado.

Además de la exposición de sus argumentos para concebir de esa manera a la ciencia ficción, encontramos en Milagros de vida el relato de un hombre que nació en Oriente, en Shangai, y que vivió la Segunda Guerra como interno de uno de los campos de guerra que los japoneses instalaron en el continente desde los primeros años del conflicto. De la misma manera, el libro relata su relación con su primera esposa, la manera en cómo ésta muere y él tiene que hacerse cargo de la crianza de sus tres hijos. Aborda las idas y venidas de un hombre que tendrá su revelación vocacional después de pasar por las carreras de medicina e, incluso, por la formación militar. Lo vemos deambular por el Londres de los años sesenta en medio de una gran estimulación creativa, pero también de un descenso a los infiernos del alcohol y la promiscuidad.

Un hombre que escribió guiones para películas de serie B, que amaba el cine negro norteamericano, que sabía que un autor se debía a sus lectores pero que, al mismo tiempo, debía asumir el riesgo de confrontar a estos con sus propios demonios: “Me temo que ya no es posible provocar o indignar a los espectadores únicamente por medios estéticos, como hacían los impresionistas y los cubistas. Se requiere un desafío psicológico que amenace uno de nuestros falsos conceptos más queridos”

Veía en el auge consumista y la mass culture la nueva frontera de los problemas del ser humano

Estaba seguro de que los seres humanos tenían una gran imaginación mucho más oscura de lo que nos gusta creer. Estábamos regidos por la razón y el interés propio, pero sólo cuando nos interesaba ser racionales, mientras que la mayor parte del tiempo optábamos por entretenernos con películas, novelas y tiras cómicas que empleaban unos horribles niveles de crueldad y violencia.

Acudimos también, en el último capítulo, al anuncio que hace a sus lectores (en 2007) acerca del diagnóstico de cáncer que lo llevaría a la tumba en 2009.

Mientras mi mente retorna al póster que durante años colgó de una de las paredes de mi desordenado cuarto de la calle de Murillo, releo una frase que queda resonando en mi cabeza: “Puede que todavía se lean libros en grandes cantidades, pero las películas se sueñan”. Ballard fue un hombre de su tiempo que supo prever la manera en cómo muchos de los lectores nos acercaríamos a su obra a través de las adaptaciones de sus novelas al cine. Aunque, quizá, en alguna cosa se equivoca: también hay libros que se sueñan. Los suyos son de esos.

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