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Nos vemos el martes


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Nunca me han gustado las despedidas. Durante casi toda mi infancia viví una serie de mudanzas,  de una ciudad a otra y de regreso. Al partir parecía que era para siempre, y cuando volvía ya no era la misma niña, las que habían sido mis amigas tenían anécdotas y experiencias que yo no había compartido. Las escuchaba con atención, me imaginaba los detalles y luego participaba en las charlas, como si yo también hubiera estado ahí. A veces me la creían, a veces no, el caso es que tenía dos vidas: la que había tenido lejos y la de ficción.

Hace apenas una semana decidí despedirme de un grupo con el que compartí cuatro años como tallerista. Los motivos fueron laborales, igual que los de mi padre cada vez que empezábamos de nuevo. A diferencia de lo que me sucedía de niña, con este grupo de amigos compartí más ficciones que biografías: las experimentamos alrededor de una mesa en la sala de juntas de Artefacto, después en torno a una mesa de café que siempre contaba con, al menos, un plato de papas invitado por el que no trajera cuento.

Al terminar el taller criticábamos películas, nos reíamos, arreglábamos el mundo y debatíamos sobre machismo o feminismo (sin que ganara uno u otro). Escribimos cuentos de zombis en Navidad, relatos con fotografías de fenómenos, historias de humor negro inspiradas por la nota roja, villanos con un pedacito de corazón y protagonistas que eran solo algunas nuestras versiones posibles. La verdadera vida del taller era, precisamente, la de mentiras y esas mentiras nos convocaban alrededor de ese plato de papas, que a veces variábamos con salchichas.

Las mejores invenciones son esas que nos cuentan quiénes somos. Semana a semana, en cada historia que leímos estaba cada uno de los participantes del taller, más presente de lo que yo jamás estuve en esas historias ajenas en las que me incluía de niña. Quizá por eso el día de ayer se ha sentido como uno de esos adioses que cuestan trabajo, que aunque no sea definitivo (porque seguimos en contacto) abre un hueco al que hace mucho tiempo no me había asomado.

Soy mala para despedirme. Apenas dije unas palabras y salí a fumar un cigarro. Me había propuesto que fuera un noche de risas, como las de siempre, y lo logramos armando historias absurdas con un juego de dados, pero al final aventé mi choro y me fui sintiéndome muy rara.

Me encantaría ahora mismo inventarme una versión alternativa en la que nos vamos juntos a seguirla en otro lado, me pongo un poco peda y les digo lo mucho que voy a extrañarlos; resistiendo el frío de la madrugada nos acordamos de los chistes y los personajes con que nos disfrazamos, hablamos de los finales que nos gustan: los tristes, los sorpresivos, los abiertos, pero no terminamos por elegir uno.

Cuando llega la hora de irnos, nos damos un abrazo y decimos: “Nos vemos el martes”, aunque los pesimistas saben que es el último, y los optimistas suponen que ya habrá otro, no el que sigue, sino un martes lejano en el que volveremos a encontrarnos. Seremos otros, seguramente, pero como la vida que nos ha unido es la de ficción, el chiste será pretender que la que tuvimos lejos fue la de menos.

Gracias por todo y gracias de veras, Taller de los Martes… dejémoslo en final abierto: a ver  qué nos trae el año nuevo.


Fotografía: Karla Sosa

La universidad y la vida, según Vonnegut


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Uno de los escritores cuyo humor se puede ubicar dentro de lo más fino que la literatura ha creado a lo largo de la historia es, sin duda, Kurt Vonnegut. Despojado de la parafernalia que rodea a las celebridades literarias, en un tiempo donde este concepto era al mismo tiempo aspiración de los más jóvenes y realidad de los grandes vendedores de libros o de aquellos reconocidos por la academia, Vonnegut se dedicó a escribir en búsqueda de desnudar la manera en cómo el ser humano se había convertido en causante y ejecutor de sus propias desgracias.

De ahí que su humor no sea festivo o carnavalesco, sino amargo y respaldado por la ironía y el sarcasmo. Dice Dan Wakefield en la “Introducción” a Que levante mi mano quien crea en la telequinesis (y otros mandamientos para corromper a la juventud) que este autor, a pesar de obtener el reconocimiento en una época en donde ser hippie y adherirse a lo que se denominó de manera extensa “la contracultura” era algo común, conservó siempre una lucidez envidiable que le hacía posible expresar ideas en apariencia simples pero que hacían evidente la desnudez del rey y ponían en entredicho la aceptación ciega que el pensamiento políticamente correcto estaba construyendo en esos albores.

Cuando el presidente de la junta escolar en una población de Dakota del Norte prohibió la lectura de su novela Matadero cinco, además de haber ofrendado al fuego algunos ejemplares de la obra, Vonnegut le escribió:

Si se hubiese tomado la molestia de leer mis libros, como hacen las personas educadas, habría visto que no se centran en el sexo y que no defienden ningún tipo de salvajismo. Mis obras procuran que la gente sea más buena y responsable de lo que acostumbra a ser. No negaré que algunos personajes se expresan de forma grosera. Ello se debe a que la gente habla así en la vida real. Sobre todo los soldados y los que ejercen los trabajos más duros, cosa que saben hasta nuestros infantes más protegidos. Y también sabemos todos que esas palabras, en realidad, no hacen mucho daño a los niños. Lo que nos dañó fueron las maldades y las mentiras.

El título mencionado anteriormente es un compilado de discursos que Vonnegut dio ante egresados de universidades en sus ceremonias de graduación. Hay en ellos un lenguaje sencillo y sincero que evade la grandilocuencia o la costumbre de endilgar responsabilidades y expectativas en los hombros de los muchachos.

Sus consejos, contados muchas veces a través de parábolas, refieren de manera recurrente a los temas que le preocupan en términos personales y como artista: la necesidad de fortalecer la idea de comunidad como el centro que permite a las personas hacer y hacerse responsables de lo y de quienes les rodean; la destrucción del planeta por parte de la avaricia de la explotación; la corrupción y el desprecio que siente por los políticos que orillan a las sociedades a la guerra en defensa de sus propios intereses; y una especie de nostalgia que recurre a la memoria histórica de las sociedades antiguas y la manera en cómo sus ritos, usos y costumbres reforzaban la identidad y la solidaridad de las mismas.

Su pensamiento se podía resumir en una frase sencilla, pero llena de significado: “Yo sólo conozco una regla: tienes que ser bueno, ¡carajo!”. Con esa máxima como tesis, los discursos son un paseo por su visión del mundo, su biografía y la manera en cómo concebía la vida.

Guarda un respeto profundo por la educación y por los buenos maestros que sobreviven en las escuelas. De hecho, asume un poco la idea un tanto didáctica y de reminiscencias clásicas e ilustradas de pensar al escritor como un maestro: “un escritor es, primero y ante todo, un maestro”. De ahí que su respeto se reparta por igual entre la educación y la literatura comprendida como un arte.

De entrada, y a diferencia de nuestros oligarcas latinoamericanos, no establece diferencias con respecto de la posibilidad de obtener una buena educación en los sistemas públicos de enseñanza. Comenta el mismo Wakefield que Vonnegut recordaba con mucho cariño y respeto las lecciones que había recibido en la escuela pública de Indianápolis y en cómo eso no había modificado sus posibilidades de ser, ambos, escritores: “¿Sabes una cosa, Dan? Nosotros nunca tuvimos que abandonar el hogar para ser escritores, pues allí hay tanta gente tonta, lista, buena o mala como en cualquier otro rincón del mundo”.

#HistoriasSinSpoilers

Ese respeto por la docencia estará unido a la escritura y su necesidad para pensar el mundo. A los graduados de la generación 1978 del Freedonia College, en Nueva York, les dice:

Sé muy bien que ustedes, ¡oh graduados!, lo son en alguna especialidad, pero recuerden que han pasado la mayor parte de los últimos quince o dieciséis años aprendiendo a leer y escribir. Las personas que, como ustedes, saben hacer bien esas dos cosas son genuinos milagros y, en mi opinión, nos permiten sospechar que tal vez sean entes civilizados. Es tremendamente difícil aprender a leer y escribir. Puede ser la tarea de toda una vida. Cuando reprendemos a los maestros de escuela por el bajo nivel de lectura de nuestros estudiantes, actuamos como si enseñar a leer y escribir fuera el empeño más sencillo del mundo. Inténtelo alguna vez y comprobarán que es casi imposible.

Una de las frases que se repiten como mantra a lo largo de sus discursos es la que alguno de sus tíos le dijo para poner contraste entre los buenos momentos de la vida comparados con el resto del transitar de la misma: “No me digas que esto no es bonito, ¿eh?”. En el espíritu de esa frase, Vonnegut intenta que los jóvenes encuentren parte del sentido de la existencia: encontrar en las cosas en apariencia simple una revelación. Vuelve sobre la importancia de los docentes y la huella que dejan en el discurso que da a las graduandas del Agnes Scott College en Georgia:

¿Cuántos de ustedes han tenido un profesor, en cualquier fase de su educación, que los haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubieran creído posible? Levanten la mano, por favor. Ahora bájenla y díganle el nombre de ese maestro a otra persona y explíquenle lo que el maestro hizo por ustedes. ¿Ya está? Pues no me digan que esto no es bonito.

Esa recurrencia a los profesores y el papel que tienen en la formación escolar refiere a la propia vida y experiencia de Vonnegut, a la huella que algunos dejaron en él. Refiere, en el discurso dado a la clase del ’94 en la Syracuse University, el homenaje que hace a uno de sus maestros quien le reveló la tarea de los artistas: “El profesor cuyo nombre mencioné cuando todos recordábamos a los buenos maestros me preguntó en cierta ocasión “¿qué hacen los artistas?”, y yo farfullé alguna memez. “Hacen dos cosas —siguió él—. En primer lugar, reconocen que no pueden enderezar todo el universo. Y en segundo, escogen una pequeña parte de ese mundo y lo convierten en lo que debería ser. Con un montón de arcilla, un trozo de lienzo, una hoja de papel, lo que sea”.

Es innegable que Vonnegut siguió al pie de la letra la reflexión que su maestro le hizo. En las páginas de sus obras deambula esa posibilidad de pensar de mejor manera las acciones que hacen del hombre un ser despreciable y a valorar aquellos comportamientos que van en el sentido contrario. A pesar de no identificarse con la comunidad hippie (cuando visitó una comuna de este tipo y sus habitantes le dijeron que estaban aprendiendo a cultivar la tierra y a vivir cerca de la naturaleza porque pretendían ser los últimos seres sobre el planeta, les dijo “¿Pero eso no es una aspiración más bien deplorable?”), la idea del amor y de la humanidad en tanto comunidad de aprendizaje aparece en sus reflexiones: “Un objetivo de la vida humana, no importa quién la controle, es amar a cualquiera que esté cerca para ser amado”; y además: “Haz el amor siempre que puedas. Es bueno para ti”.

Que así sea.