Etiqueta: empatía

Mamá y yo y Maya Angelou


Por Nora de la Cruz

Tengo mala memoria, pero voy a recordar esto: era 17 de junio, yo había pasado un año fuera del DF —ya ni era DF— y cruzaba a prisa la Alameda. Iba a Bellas Artes a encontrarme con mi madre, a quien no había visto en poco más de tres años. Tenía la boca seca y no podía dejar de abrir y cerrar las manos mientras caminaba. Temía encontrarla, pero también temía no encontrarla. Hay momentos así.

En cuanto me acerqué a la entrada del palacio la reconocí. Miraba al frente, nerviosa. Llevaba un vestido blanco, y un saco beige; la falda tenía tanto vuelo que se habría abierto como una flor si hubiera habido viento. Mi mamá siempre parecerá una jovencita, pensé, por su silueta pequeña y femenina, por el fleco que cae suave sobre su frente, por sus ojos asustados. Cuando estuve junto a ella noté que era unos centímetros más pequeña que yo, incluso con sus taconcitos cortos y recatados. Ella volteó de pronto, sorprendida.

—No te reconocí.

—¿Por qué?

—No sé. Te ves adulta.

Los detalles de nuestro distanciamiento y los de esa tarde no vienen a cuento. Nadie los entendería, de cualquier modo, como no los entendemos ni siquiera mi madre y yo. Pero traigo esta historia a cuento porque, a pesar de que hubo muchas personas que me aconsejaron reencontrarme con ella, no hubo a nadie a quien supiera oír hasta que llegó a mis oídos la voz paciente y tibia de Maya Angelou.

Cada mes recibo la notificación del libro que se discutirá en el club de lectura feminista fundado por Emma Watson. Es una buena forma de obtener recomendaciones de libros accesibles orientados a reflexionar sobre el género. Aunque indudablemente sus elecciones están determinadas por los límites del idioma y el mercado —se leen, sobre todo, lo que podríamos considerar novedades— suelen proponer títulos interesantes. De Angelou había leído sólo algunos poemas y las primeras páginas de I know why the caged bird sings. Sabía muy poco sobre su historia: apenas lo que se puede inferir de las circunstancias en las que crece una niña pobre de raza negra que es criada por su abuela en el sur de los Estados Unidos en una época aún menos tolerante que la nuestra. Pero me detuve porque muy pronto en esa primera autobiografía se presenta un dato importante: a Maya Angelou la abandonó su madre, y aunque esto no se decía con amargura no quise ahondar en ello. No pude.

Sin embargo, Watson propuso leer Me and Mom and Me y yo lo encontré por casualidad en la biblioteca pública, en pasta blanda y en audiolibro. Me llevé los dos. Puse el primer disco en la computadora y abrí el libro para seguir las palabras de la autora. La presentación tenía algo de conmovedor: This is the audiobook of Me and Mom and Me, by Maya Angelou, and I am Maya Angelou. En ese I am había más convicción y potencia que en muchas de las cosas que he leído. Entonces entregué mi confianza plena y a cambio Maya me entregó un secreto que yo había olvidado. Sin entrar en detalles, la verdad era ésta: si somos mujeres, nuestras madres no son sólo nuestras madres, también son nuestras hermanas. De ellas recibimos la enseñanza más valiosa que podemos encontrar para cruzar un mundo fabricado ergonómicamente para los hombres: la sororidad. Porque Angelou no recordaba con amargura el abandono de su madre, lo que relata es, en realidad, su reencuentro, años más tarde, cuando ya es una adolescente y su madre, una mujer madura, no la joven que no estaba lista para criar a dos niños.

Las anécdotas son lo de menos, aunque todas ellas son poderosas y emotivas; lo más relevante en el libro es la capacidad de volver la mirada a la madre como mujer, pero sobre todo como aliada. Eso son todas las madres con sus hijas, consciente o inconscientemente, y mucho más allá de la abnegación: nuestras madres son las primeras cómplices que nos permiten avanzar un tramo más en el camino hacia las libertades que ellas y sus madres no tuvieron. Maya Angelou me contó su historia con su voz de árbol paciente y me devolvió un lazo que no se destruye nunca, el de un amor tan libre que no se llama a sí mismo sacrificio. Este libro me devolvió una verdad simple: mamá es mujer, y a esa alianza no hay forma de volverle la espalda, pero no por una obligación judeocristiana, sino por empatía básica. Porque mamá es mujer y, como mujer, ahora entiendo lo difícil que es eso.

El esquivo pez patria


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Decir que los lunes son terribles es caer en un cliché, pero lo son. El fin de semana nunca alcanza. La rutina suele ser la misma, me levanto a las seis treinta porque apagué la alarma de las seis quince, aún me quedo algunos minutos mirando hacia el techo, o viendo las notificaciones de mi teléfono, o pensando en cuando será el día que tenga energías para levantarme fresco y alegre. No, no creo que llegue eso último. Mientras mi esposa arregla a los niños, yo me visto, luego hacemos su desayuno y almuerzo. El primer día de la semana ellos están más renuentes y yo suelo estar ralentizado, moviéndome cómo a través de un líquido viscoso.

El camino a la escuela se complica aún más debido a que en lunes se pone un tianguis por la que es la ruta más directa. Durante algunas cuadras los carriles de un lado de la avenida deben volverse calle de doble sentido. Por supuesto la histeria está en todos los conductores, los claxonazos se dan a la primera provocación y no faltan quienes se meten a la brava o dan vuelta donde no está permitido. Llegar a la escuela no suele ser muy distinto, a pesar de haber un carril exclusivo para bajar niños, en el cual todos vamos haciendo cola con paciencia, no faltan los padres que se ponen en doble fila o tapan alguna cochera de un vecino con el pretexto de bajarse a acompañar a sus criaturas hasta la puerta tomados de la mano. Debo ser un padre terrible, yo desde pequeños les enseñe a que deben bajarse solos, a ponerse la mochila en la banqueta y cerrar la puerta del auto, todo lo más rápido posible. Solo me falta darles una patada para que se bajen, suelo pensar cuando veo a esos padres tan amorosos, que sin embargo en el nombre de esa atención no les importa perjudicar el orden o a alguien más.

Hace unas semanas, a inicios de septiembre, repetíamos esta rutina semanal y, mientras bajaba a mi hija, mi niño de cuatro años vio a uno de los autos estacionados en una cochera con un par de banderas tricolor sujetas al marco de la puerta. Me preguntó con su voz inocente que si podíamos comprar unas iguales para mi coche. Sonreí y respondí que ya veríamos, mi forma sutil de decirles que no a alguna petición.

Con el inicio de Septiembre suelen venir los repasos de temas cívicos, de historia, las tareas donde hay que hacer una maqueta o una bandera, incluso el mandarlos disfrazados a la escuela. Por estos días me surge una cuestión que tiene ya algunos años: ¿Cómo les inculco a mis hijos los valores “patrios” si yo mismo estoy desencantado de ese concepto?

El fin de semana del grito en las redes se encontraban dos posturas: mientras que unos señalaban que no había nada que celebrar, otros repetían las virtudes que tiene el país, la cultura, su gente. Yo no me expresé por ninguna. Si bien entiendo el valor que tenemos como sociedad, el sentido de pertenencia que inculca la cultura e historia común, tengo años, décadas, apático hacia esta necesidad de alegrarse por haber nacido en cualquier lado. A ese respecto creo me identifico con el poema “Alta Traición” de José Emilio Pacheco, para mí también el fulgor abstracto de la patria es inasible. Sin embargo, después del sismo del 19 de septiembre fui testigo, como muchísimos otros, de cómo la gente se unió, de cómo emergió lo mejor de las personas ante el desastre. Al igual que todos, me conmoví con las imágenes y me asombré ante la fuerza mostrada en la adversidad.

Es curioso, pero desde que recuerdo, mis padres siempre nos dijeron que ellos trabajaban para darnos lo que no tuvieron. Sin dejar de agradecerlo, y tal vez estando yo equivocado, mi esperanza ha sido más bien que logre educar a mis hijos para que sean mejores que yo. Hace unos años, en una junta, nos preguntaron a los padres que virtudes esperábamos inculcar a nuestros hijos. Mientras muchos hablaron de amor, civismo y agradecimiento, yo mencioné inteligencia, pasión y empatía. Ahora me explico, porque aquel día no tuve oportunidad: Más inteligentes, no en las notas sino en sus decisiones, que tengan pasión ante la vida, que sigan sus sueños y cada día tenga un sentido, y sobre todo más empáticos, que se pongan en la piel del otro y desde allí intenten entender el mundo. A ese respecto, procurare que durante los años que vengan vean las imágenes de estos días, que se conmuevan como yo y descubran esa otra “patria”, la que no es oficial, la que surgió espontánea. Me queda, nos queda, también enseñar con el ejemplo: serán meses para seguir ayudando.

En esta semana he visto a las personas manejar con más calma, a los padres ser más ordenados, abrazar con más cariño a sus hijos cuando los dejan en la escuela. Si bien este lunes fue igual el cansancio y la prisa, algo hay diferente. Espero no olvidemos pronto, espero yo no olvidar. Hoy volví a dejar que se bajaran solos, les repetí que los amo antes de que cerraran la puerta.