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De qué escribir cuando se lee sobre escribir


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

 ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?

Nadie puede negar que la existencia de Haruki Murakami constituye una cuestión que debe atenderse dentro del contexto literario de la actualidad. Desdeñado por muchos críticos, pero adorado por una legión numerosa de fanáticos, la obra de este autor japonés está destinada a conservarse durante algún tiempo en la memoria colectiva de quienes se dedican a la noble tarea de leer a sus contemporáneos.

Todavía es muy pronto para determinar cuál es el lugar que Murakami ocupará dentro del pantheon de las letras, aunque él está convencido de que su obra trascenderá lo inmediato y se ubicará en la posteridad y que las generaciones actuales de críticos, sobre todo de críticos, no están conscientes de lo que representa la propuesta que él presenta en cada una de sus novelas. A lo largo de De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) retorna de manera obsesiva a ese tópico: los críticos no me quieren. Cuestión que contrasta con la serie de valoraciones hiperbólicas que adornan las solapas del libro en cuestión: “Murakami merece el Nobel”, “Murakami es el mejor escritor vivo”, “Murakami es un genio”. Al menos en su edición en español incluye toda una solapa de alabanzas en ese sentido.

Murakami

Pero, ¿qué es el libro más allá de una oportunidad para quejarse de la manera en cómo la crítica lo ha vapuleado, sobre todo en Japón? Es un ensayo autobiográfico, a decir de él mismo, en las páginas finales del texto. En este material, Murakami intenta hacer una disección de aquellos elementos que configuran su escritura o, podríamos decir, la escritura en general. Tópicos como la iniciación literaria, el papel de la escuela, la construcción de personajes, la construcción de una disciplina relacionada con el acto de escribir, las traducciones de las obras, la entrega total al acto creativo, recorren las páginas de este libro que, a pesar de su lectura ágil (como la mayoría de los libros del japonés), se vuelve un tanto repetitivo en lo que respecta a diversos puntos.

Uno de los puntos tiene que ver con la genialidad. Para el autor de Tokio Blues esta cuestión no existe. Como buen refuerzo del arquetipo del carácter nipon, Murakami alude a la disciplina como uno de los elementos fundamentales del quehacer escritural. Retornando a los temas que ya había planteado en su entretenido, y en muchos sentidos más logrado como alegoría del acto de escribir, De qué hablo cuando hablo de correr, la obsesión con respecto de la disciplina física parece uno de los temas en los que funda la caracterización de su forma de crear. En la página 170 lanza una sentencia que ya ha sacado bastante ámpula: “Un escritor está acabado cuando engorda”. En cierto sentido, empareja el acto de crear con el de correr. Lo explica mejor en su otro libro y lo hace más como una alegoría de lo que un joven escritor debe hacer al desear convertirse en un autor de éxito: si quiere escribir, deberá escribir. Siempre, aunque no quiera. Es la misma técnica que utilizan aquellos que se dedican al atletismo de fondo: se corre diario, aunque no se tengan ganas de hacerlo. Así un escritor debe dedicar tiempo y esfuerzo a la escritura. Murakami asegura que todos los días escribe, sin que nadie ni nada se lo impida, un mínimo de diez páginas, de tal forma que a fin de mes tiene un texto de 300 que podrían convertirse en una novela. El paralelismo entre el acto de escribir y el de mantenerse en forma física es recurrente en su obra autobiográfica. Dice por un lado, refiriéndose al ejercicio físico:

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr, en concreto cuando escribía La caza del carnero salvaje. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o a nadar durante una hora casi a diario. Físicamente me encuentro en forma y durante esos treinta años nunca me he enfermado ni lesionado.

Y por otro, para hablar de su disciplina de escritura:

Si se trata de escribir novelas soy capaz de usar esa fuerza interior para obligarme a estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro (al menos en gran parte) en mi caso no es innata. La he adquirido con el tiempo y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Creo que cualquiera puede hacerlo si se esfuerza, por muy difícil que resulte en apariencia. Es una fuerza que no admite comparaciones como sucede con la fuerza física. Sólo sirve para mantenernos a nosotros mismos.  

Más allá de esa obsesión por desdeñar los premios y por insistir en la necesidad de que el ejercicio físico sea parte de la disciplina de un escritor (en ese sentido hay puntos de encuentro con Yukio Mishima, el escritor samurai que terminó suicidándose ritualmente en protesta por la pérdida de valores tradicionales del país y su sujeción al mundo occidental), Murakami desgrana muy interesantes conceptos con respecto de su particular forma de concebir el arte y la escritura. En el camino aborda escenas y periodos de su vida personal y familiar que resultan de interés para los que gustan de hurgar en la vida a ras de suelo de sus ídolos; Murakami no los decepciona: habla de la manera en cómo su esposa es una lectora tenaz e inclemente de todo lo que escribe, su primera crítica, correctora y editora; de cómo a pesar de ser hijo de profesores en un Japón que iniciaba su camino hacia la hipermodernización tecnológica nunca había sentido especial entusiasmo por la escuela, pero sí mucho por los libros; de cómo concebía la escritura en una primera instancia como un arte que podía ser concebido de manera paralela a la concepción del jazz, una de sus aficiones más caras; de la manera en que decidió renunciar a ser un dependiente y administrador de un centro nocturno para dedicarse a ser un escritor profesional; relata cómo sus dos primeras novelas fueron escritas a deshoras en la mesa de la cocina de una humilde vivienda. En fin. Hay vida y escritura en este libro que no será en particular memorable más que para los lectores fieles de la obra del autor. Dicho esto no con afán descalificador, sino porque el libro se encuentra entramado con la manera en cómo van apareciendo a lo largo de su vida las obras que sus seguidores le celebran de manera incondicional.

Murakami desvela una imagen que le surge al ver E. T. El extraterrestre, la película de Steven Spielberg. Le admira la manera en cómo el alienígena construye una radio para comunicarse hacia el espacio con materiales de uso común en una casa. Materiales de uso cotidiano que reunidos le daban forma a una maravilla tecnológica. El autor no duda en pensar que esa es una manera de concebir la escritura y las posibilidades que cada autor tiene para concebir una obra digna e imperecedera:

Cuando vi la escena sentado en la sala de cine, sentí una profunda admiración. En mi opinión, las grandes novelas están construidas en cierto sentido de esa manera. No es tan importante la calidad de los materiales en sí. Por encima de cualquier otra consideración, deben provocar una especie de magia. Si solo disponemos de materiales sencillos, cotidianos, de palabras no demasiado complicadas, pero todo ello encierra un halo mágico, podemos llegar a construir con nuestras propias manos máquinas complejas y sorprendentes.

En conclusión, De qué hablo cuando hablo de escribir no es un instructivo para escribir como Murakami, es más bien una forma de asomarse a algunos aspectos que le permiten a este autor contemporáneo construir la poética que le ha hecho un escritor de gran éxito. A pesar de la falta de reconocimiento que algunos le regatean. Y que él sufre como desprecios. Aunque diga, múltiples veces a lo largo del texto, que es algo que no le importa.

Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

La ficción de la memoria

 


Inspirado en hechos reales

POR ÉDGAR ADRIÁN MORA

Santa Teresa de Jesús afirmaba que la imaginación era la loca de la casa. En esa alegoría del cuerpo y de la vida se halla encerrada una de las ideas más inquietantes con respecto de lo humano: la imposibilidad de lo verdadero como elemento de la memoria. Y la cuestión es más evidente cuando de escritores se trata. No hay forma de pensar en cuestiones verdaderas o verificables al contar la propia vida.

La contemporaneidad nos arroja a la cara, literalmente, lo inútil de tal aspiración. En cada muro de Facebook o en cada tuit, asistimos a la construcción de una autobiografía narrada en tiempo real. Y en esa narración encontramos casi siempre sólo aquellos momentos que al narrador protagonista, el dueño de la cuenta, le importan exponer: sus éxitos, las cuestiones que le permiten reforzar su identidad mediática, lo que no cuestiona ni contradice la imagen que sobre él ha creado. Poco o nada de los fracasos, ausencia de los yerros, nulidad del lado oscuro.

La imaginación opera en muchos sentidos cuando de narrar la propia historia se trata. Un juego que pone en evidencia esto es el que realiza Rosa Montero en La loca de la casa (Alfaguara, 2003). En este híbrido, que es al mismo tiempo autobiografía y ensayo sobre la escritura, en alguna parte la autora narra un mismo hecho de su vida de tres maneras distintas. O, mejor dicho, al realizar un planteamiento narrativo (la ocasión en que la autora-narradora conoce a un famoso actor de cine de décadas pasadas), el desarrollo y el desenlace de tal episodio se modifican para convertirse en tres historias-anécdotas distintas.

El experimento es desconcertante en un inicio. Cuando el lector se topa con el mismo planteamiento, narrado con las mismas palabras, pareciera que éste ha encontrado una errata monumental en un libro que no debería incluirlas. Y, sin embargo, al avanzar en la lectura, se cae en cuenta que lo que en un momento era “esto ya lo había leído” se convierte en “esto es otra historia”. Así opera entonces el espíritu ensayístico de un libro que en primera instancia parece una autobiografía.

Y la duda se instala con respecto de los demás hechos narrados en el texto: ¿De verdad Rosa Montero tendrá esa hermana que se menciona en las primeras páginas? ¿Acaso el padre es tan conservador como se le pinta en alguna de las viñetas? ¿Qué tanto el desamor es parte de la construcción identitaria que la autora refleja en las páginas que conforman el relato? ¿Será cierto que su perro Bicho murió cuando se publicó el libro en el cual aparecía como personaje?


#Continuum #HistoriasSinSpoilers

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De esta manera, lo que comienza como un ensayo autobiográfico que aborda la relación entre la vida y la imaginación, se convierte repentina y venturosamente en un texto que aborda multitud de temas asociados con el trabajo creativo de la escritura: el amor, la locura, el proceso creativo de la novela, la contención y la falta de ésta a la hora de escribir.

En un aparente caos, que no lo es en tanto se organiza a partir de los capítulos que integran el texto, se va desarrollando lo que, si confiamos en las declaraciones de la autora, constituye una radiografía de su poética. Y muchas de las ideas que Montero expone podrían quizá resumirse en la siguiente idea:

“[…] el desorden psíquico más común entre los novelistas es la mitomanía. Algunos escritores no parecen tener del todo claras las diferencias existentes entre las mentiras de las novelas y las mentiras que ellos cuentan en su vida real. Estos autores adornan sus propias biografías con hechos portentosos, todos falsos, convirtiéndose a sí mismos en los más elaborados personajes salidos de su fantasía”.

Esa mitomanía, sin embargo, no se manifiesta de la misma forma. Mucho tiene que ver el tipo de escritor que se es a partir de la relación que se establece con la memoria. En determinado momento, los escritores quedan divididos por la autora en escritores memoriosos y amnésicos. Los define:

“Los primeros son aquellos que están haciendo un constante alarde de su memoria; probablemente son seres nostálgicos de su pasado, es decir, de su infancia, que es el pasado primordial y originario; sea como fuere, los memoriosos comparten un estilo literario más bien descriptivo, reminiscente, lleno de muebles, objetos y escenarios cargados de significado para el autor y dibujados hasta el más mínimo detalle.

[…] Los autores amnésicos, en cambio, no quieren o no pueden recordar; seguramente huyen de su propia infancia y su memoria es como una pizarra mal borrada, llena de chafarriones incomprensibles; en sus libros hay pocas descripciones detallistas y suelen tener un estilo más seco, más cortante. Se concentran más en la atmósfera, en las sensaciones, en la acción y la reacción, en lo metafórico y emblemático”.

A partir de esa división, podemos clasificar a los escritores que hemos leído en alguno de los dos rubros: Tolstoi, Dostoyevski, Dickens, Proust, Joyce, Fernando Vallejo, son memoriosos; Conrad, Kafka, Poe, Rulfo, amnésicos. Aunque quizá tal clasificación modifique los nombres que incluyen sus listas a partir de la percepción del lector y, también, de la capacidad camaleónica y de imaginación de los autores. El Melville de Bartleby, el escribiente puede ser amnésico, mientras que en Moby Dick es memorioso.

Una de las cosas que caben resaltar de este entretenido e inteligente ejercicio que hace Rosa Montero, es la cantidad tremenda de anécdotas de escritores que menciona en, prácticamente, cada uno de los capítulos. Nombres de clásicos, de románticos, de contemporáneos, aparecen en los párrafos para ejemplificar algún punto, olvidándose, en muchos casos, del argumento en favor de la historia. Quizá lo que le quedó al final a la autora sea, más que una autobiografía, una historia de su relación personal con la literatura, la imaginación y la escritura. Historia contaminada de estos elementos de maneras recíprocas y orgiásticas, lo que impide, en muchos puntos, verificar sus límites.

Es un texto en suma disfrutable y que nos pone a reflexionar, a quienes pretendemos ser aprendices de escribientes, acerca de los mecanismos que empujan y caracterizan nuestra propia relación con las letras. La sensación al terminar el libro podría resumirse en la frase que Silvia Molloy utiliza a razón de su estudio de los testimonios: “Cada ficción es, claro está, recuerdo”. Podemos, sin temor, invertir la ecuación y corroborar que funciona igual.

Escribir la vida, vivir la escritura


Inspirado en hechos reales

por Édgar Adrián Mora

Hay libros que, sin ser de los que se denominan “de autoayuda”, deberían pertenecer a una categoría que a mí se me ocurre nombrar como “libros inspiradores”. Es decir, libros que influyen lo suficiente en aquellos que los leen como para impulsarlos a hacer algo más allá de la simple lectura del texto.

Los hay de diversos tipos. Libros sobre política que modifican el comportamiento ciudadano de sus lectores. Libros sobre ecología que transforman a sus receptores en máquinas recicladoras de PET.

En mi caso, hay dos libros que me han dejado una huella suficiente como para tomar acción más allá de la lectura. Los dos son testimonios autobiográficos (o algo parecido) de escritores.

Uno es De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami. El escritor japonés vierte en esta especie de ensayo narrativo autobiográfico su experiencia como corredor de fondo. Y la expresión nunca ha sido mejor empleada. Murakami es un corredor de retos como ultramaratones de cien kilómetros o rutinas que consisten en correr durante 24 horas seguidas sin parar. Es un libro sobre su afición al jazz, al atletismo y, por supuesto, sobre la escritura creativa. Correr es para el autor la alegoría perfecta, en la realidad del asfalto y el sol, de los problemas que se enfrentan al escribir narrativa de largo aliento. En ese sentido, quizás 1Q84 sea la materialización de uno de los ultramaratones a los que hace referencia.

Leí el texto de Murakami en una etapa en donde Laura, mi doctora y compañera de vida, me había recomendado realizar actividades físicas como caminar, a fin de reducir los estragos que una lesión lumbar autoinflingida por años de sedentarismo causaba en mi cuerpo. Leí el libro de Murakami mientras avanzaba metros en un aparato que me permitía hacer ejercicio y leer al mismo tiempo. Cuando terminé el volumen, me sentía capaz de correr los mismos cien kilómetros a los que aludía el japonés, así como intentar que esa disciplina se transmitiera también a mis aspiraciones de escritor.

Leer mientras se hace ejercicio es una de las recomendaciones que Stephen King da en el otro libro que considero dentro de esa inaugurada categoría de “libros inspiradores”: Mientras escribo. Es una obra que trata sobre la autobiografía, igual que sobre el método de escritura que ejercita, así como hace reflexiones varias que abordan cómo la vida y sus distintos significados se reflejan de maneras múltiples y variadas en la obra creativa de los artistas.

Mientras escribo es para mí un testimonio entrañable que muestra a un escritor que es al mismo tiempo profundo y simpático, respetuoso y burlón. Que no se mortifica por las críticas y las opiniones que los demás (en específico, la academia) ha tenido sobre su trabajo; es una postura que no se funda en la soberbia, lo cual queda claro a quienes leen su obra y los contenidos mediáticos que genera su vida y trabajo. Que se sincera con respecto de su afición a los estimulantes y en cómo la fama y el dinero modificó su vida cotidiana. Que no tiene empacho en reconocer el amor incondicional que se profesan él y su esposa Tabitha. Pero que, al mismo tiempo, presenta ideas de gran utilidad para un escritor principiante (y para quienes no lo son tanto, cabe decir).

Su experiencia cercana a la muerte, en la cual reflexiona en la última parte del texto, desprende una sinceridad en donde se puede sospechar que lo dicho a lo largo del libro no es sino verdad. Lo que le importaba a King, después de que una camioneta lo hiciera volar y le machacara varios huesos y órganos, era el tiempo y la manera en cómo podría volver a escribir. La tarea creativa es, en su propio testimonio, lo que le permite vivir y darle sentido a esa vida. No se puede negar que esto es inspirador. Sobre todo si se aspira a generar, como él, una obra perdurable. Queden estas líneas de la parte final del libro como testimonio de adhesión a esa pulsión que representa el acto de escribir:

Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho, ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz. […] Escribir es mágico; es, en la misma medida que cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Con que bebe. Bebe y sacia tu sed.

La escritura es un diálogo que se propone sorprender al otro

11 preguntas para conocer a Édgar Adrián Mora
y una playlist

[Édgar Adrián Mora es autor, entre otros libros, de Continuum. Una novela sobre Héctor G. Oesterheld, publicada por Editorial Paraíso Perdido]

1. ¿Escribir es una profesión, un asunto de vida o muerte, o un hobby?
Con la única definición con la cual no estaría de acuerdo es con la última. No me imagino que alguien escriba para “pasar el tiempo”. Sí creo que sea una profesión en los términos básicos del término: profesar algo. La escritura, para mí, es algo que lleva una carga de mística en tanto se encarga de perpetuar eso a lo cual se alude capacidad creadora de mundos: la palabra. Esa palabra está dirigida a los otros. A diferencia de muchos no creo en la idea de escribir para uno mismo, creo que la escritura es un diálogo en donde se propone sorprender al otro a partir de la historia, del lenguaje utilizado o de las capacidades no sospechadas. No creo que sea una cuestión de vida o muerte, pero lo digo desde la enorme cantidad de posibilidades de escritura de la época en la cual me ha tocado vivir. La escritura y su posibilidad están ahí de manera inmanente: tenemos teléfonos, computadoras, tabletas, lápices, plumas, gises, crayolas; un mundo de herramientas cuyo acceso es en suma fácil. No sé si podríamos vivir sin escribir, me refiero a aquellos que profesamos tal manía, y, la verdad, no quiero averiguarlo.

2. ¿Para qué escribir?
Para recordar lo que podríamos ser. La escritura, sobre todo desde la ficción, plantea las posibilidades de lo que no pudo ser posible. Escribimos para dar la oportunidad de que lo improbable exista. Escribir es también una manera de enunciar de manera distinta el mundo en donde vivimos. Es practicar el oficio de encubrir lo que, cuando es evidente, no recibe la suficiente atención. Escribir es escuchar y hacerse escuchar. Es buscar la comunión con lo colectivo, la lectura, a partir de una acción que se realiza en solitario. Cuando se escribe se es uno; pero cuando lo escrito se lee, la magia multiplica los ojos, los sentidos, las emociones. Escribir tiene un efecto multiplicador. Es algo de un poder implícito por lo que contiene y no por la forma en como está contenida. Recordemos Farenheit 451. Escribir, en ese sentido, es también leer. A los otros, al mundo, a sí mismo con respecto de los otros. Siempre un diálogo.

3. ¿Cómo fue que decidiste ser escritor?
No estoy consciente de cómo lo decidí. No estoy seguro de si es algo que “se decida”. Al menos yo nunca hice un alto en mi vida y dije: “seré escritor”. Pienso que es más bien una consecuencia de lo que surge de manera natural. Uno escribe, es escritor por la pura acción. Uno lo publica y lo leen personas a quienes no se conocen personalmente, es un escritor para los demás. No es algo que se pueda fechar. No tiene que ver con una decisión consciente ni con la primera vez que aparece el nombre en letras de imprenta. Quizá sí tiene que ver con el reto que implica contar algo que se imaginó de tal manera que parezca interesante para los demás. En ese sentido, quizá la lógica que me anima es la misma que anima a los magos. Mostrar el truco final, la ilusión, procurando que no se note la manera en cómo esto es posible. Disfrutar la sorpresa, el anonadamiento, la sospecha del otro. Cabe siempre, sin embargo, la posibilidad de ser un pésimo mago. Cuestión que quizá se deba, con cierta razón, al hecho de no practicar lo suficiente.

4. Libros que te marcaron y por qué:
En mi casa no había libros. Los que llegaron fueron porque familiares generosos me los regalaron o porque hice el descubrimiento más fantástico que puede hacer un niño sediento de historias: la biblioteca pública. De ahí que los libros que reconozco como determinantes vitalmente sean tan dispares y, en cierta medida, alejados del canon “exquisito” de la Academia. Recuerdo, en primera instancia, El principito, que hoy se considera cursi; yo lo sigo leyendo al menos una vez cada año y me sigue sorprendiendo su capacidad para encerrar en tan pocas páginas tantas señales de nuestra naturaleza como humanidad, para mí es un libro tan importante como La Biblia. El estudio de esta última me introdujo, desde la visión protestante de parte de mi familia, a la posibilidad de encontrar interpretaciones múltiples en todos los textos; mis libros preferidos eran “El evangelio según San Juan” (sí, lo sé, el más maniqueo), por la fuerza que tiene el personaje central y el contenido ético de sus enseñanzas; y las “Revelaciones desde la isla de Patmos”, en donde el fin del mundo era tan atroz que en aquella infancia me generaron una sensación ambivalente: terror por lo que enunciaba pero, al mismo tiempo, un morbo por las escenas descritas. En mi biblioteca (a las bibliotecas públicas uno se las apropia, ¿no?) había una excelente selección de cómics que me iniciaron en el gusto por este medio, ahí leí a Astérix, el galo, Mafalda, Los Supermachos, Proteo fuerza 10 y varios más que me dieron tardes llenas de fantasía y humor. Recuerdo con mucho cariño las ediciones de Porrúa, la colección “Sepan cuántos”, en donde leí a escritores que hoy me siguen pareciendo portentosos: Emilio Salgari, Julio Verne, Víctor Hugo, Alejandro Dumas. De todas esas lecturas la que más me impactó fue Los tres mosqueteros, toda la serie, recuerdo que lloré sumamente conmovido cuando Dumas describe, en El vizconde de Bragelonne, la muerte de D’Artagnan. Me sentí un lector de folletines de finales del siglo XIX con la lectura de los casos de Sherlock Holmes, me indignó, como a los lectores de esa época, que Conan Doyle decidiera matar al detective. Más adelante descubrí a Gabriel García Márquez a través de sus libros más interesantes: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. El boom latinoamericano tuvo un impacto enorme en mí, porque me mostró que había formas distintas de contar las historias y que, incluso, la historia no tenía que ser lo más importante, sino la forma en cómo ésta era escrita. Pedro Páramo fue una lectura deslumbrante. Cortázar, Borges, Carpentier. Eso abrió la posibilidad de acceder a autores como Milan Kundera, Patricia Highsmith, Ray Bradbury, Charles Bukowski. Es decir, el boom permitió que me diera cuenta de que había literatura más allá de la aventura y el romanticismo decimonónico. De los contemporáneos leo con gusto a Don DeLillo, Bret Easton Ellis, Neil Gaiman, Alan Moore, Paul Auster, varios más.

5. ¿Qué escritor o escritores podrías mencionar como una invitación a leer?
Depende de la sensibilidad, la edad, el hábito lector. Trabajar con adolescentes me ha enseñado que no se puede generalizar con respecto de lo que puede o no gustar. La historia de vida de cada uno es, por ejemplo, algo determinante a la hora de aceptar un libro como parte del mundo de cada quien. Pero creo que hay textos de escritores como Stephen King, Neil Gaiman, Bernardo Fernández, Roal Dahl, Michael Ende, Etgar Keret, que animan a continuar con la lectura de más textos, no sólo de ellos, sino de otros. En especial quiero mencionar la obra de Jorge Ibargüengoitia, creo que es uno de los escritores mexicanos que más han hecho por la lectura en nuestro país. Su obra es un espejo magnífico en el cual nos vemos reflejados y que no pierde vigencia, a pesar de los años.

#Continuum #EditorialParaísoPerdido

6. ¿Alguna ceremonia o rutina para escribir?
Creo que ninguna en especial. Sí requiero saber que tengo un tiempo determinado para hacerlo y que nada va a interrumpir ese momento. Me cuesta trabajo concentrarme si lo hago mientras realizo otras tareas. Algo que sí es fundamental es tener un líquido a la mano. Si estoy en casa por lo general es una cerveza o algún alcohol, si el humor y la hora lo permiten. Si no es así, o es en algún otro lugar, siempre café. Quizá la rutina se componga de esos elementos: escribir, beber, obligarse a parar a orinar y repetir. A veces poner música. A veces sólo el silencio.

7. ¿Qué estás leyendo en estos días?
Soy un lector muy caótico. Leo (y releo) muchas cosas al mismo tiempo, lo que tiene sus ventajas y desventajas. Ahora mismo leo, salteados y a tiempos dispares, Diario de una resurrección de Luis Rosales, la reedición que Vértigo está haciendo de The Sandman de Neil Gaiman, los compilados de Preacher de Garth Ennis y Steve Dillon, Ernie Pike en prosa de Héctor Germán Oesterheld, ¿Olvida usted su equipaje? de Jorge Ibargüengoitia, Historias de madres, historias con madre. Crónicas del maternaje de varias autoras, Vuelta a la casa en 75 poemas de varios autores, Sobre la impura esencia de la crítica de Heriberto Yépez, King, el rey. Un universo de terror de Eduardo Guillot y los que se acumulen esta semana (que aparte estoy de vacaciones, lo que aumenta las posibilidades).

8. ¿Qué libro no pudiste terminar?
Uh, varios. Aunque acá habría que hacer algunas subcategorías. Por ejemplo, qué libros no terminaste en algún momento, pero después sí. Eso me pasó con Madame Bovary, por ejemplo, y con la primera vez que me acerqué a David Copperfield de Dickens, con Ricardo III de Shakespeare. Creo que se debe intentar otra vez con todos los libros en un momento distinto. Mejor pasemos a la siguiente pregunta…

9. ¿Personaje literario favorito?
Sherlock Holmes, por supuesto, ¿quién no quisiera tener sus habilidades? Athos, de Los tres mosqueteros. Hannibal Lecter, de la serie de Thomas Harris. Morfeo de The Sandman. Juan Salvo de El eternauta. Momo, de la novela del mismo nombre. Tomás de La insoportable levedad del ser. Odiseo de La odisea. Y, por supuesto, la encarnación perfecta de la venganza: Edmundo Dantés de El conde de Montecristo.

10. ¿Algún lugar o momento favorito para escribir?
En mi caso el momento favorito es cuando tengo tiempo de construir ese momento favorito. Pero, a últimas fechas, eso ocurre sobre todo por la mañana. A pesar de que mucho tiempo de mi vida fui un ser de costumbres nocturnas, hoy ya no se me da mucho. El lugar elegido sería mi pequeño estudio, con los libros de mi biblioteca a mano a fin de buscar alguna palabra y la manera ideal de expresarla.

11. ¿Mezcal, Whisky, Ron, Tequila…? ¿Algún otro?
¿De verdad hay que escoger? Soy más cervecero. De cervezas ligeras. Mezcal, sí. Whisky, por supuesto. Tequila, por tradición. Ron, si no queda de otra. Y vino, ¿qué haríamos sin el vino?

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