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Relato de un martes salvaje


Lente anónima

Por Mariana Mota

Estaba justo en el punto de intersección. Girar a la derecha significaría continuar con mi agenda: avanzar; doblar a la izquierda, en u,  era regresar al punto del que había salido. Retroceder. De haber estado tranquila, aquellos veinte segundos en que debía tomar la decisión me habrían punzado menos en el estómago, pero la furia invadía mi coche, así que los sufrí. Era mi sentido de la responsabilidad versus las poquitas ganas que tenía de volver al salón de clases. Una llamada quizás hubiera bastado, pero pocos días antes Telcel me había arrebatado, a la mala, mi saldo y no me di el tiempo para resolver ese problemón. Mi único medio de comunicación era el presencial.

¡Maldita sea! ¿Regresé o no a su lugar el kit del pizarrón interactivo? Así es esa poderosa mezcla de frustración, enojo y soberbia: me hace perder la memoria del ahora y hago las cosas de manera automática, sin la mínima conciencia. Son todas las telenovelas de televisa juntas; no se trata de nada, solo hay violencia y ya; maestra, no me está gustando nadita; son como capítulos de La Rosa de Guadalupe; me estoy durmiendo: en mi pensamiento solo había espacio para las frases que aquellas bestias pronunciaron minutos antes, no importaron mis esfuerzos por recordar si había puesto el kit en su sitio.

No iba a estar tranquila hasta asegurarme de que todo estuviera en su lugar, así que, después de ver la hora y asumir que perdería tiempo, giré a la izquierda. ¡Ojalá no me tope con ninguno!, pensé, con la bilis en la garganta y probablemente en la cara: qué peligroso es que las facciones no sepan disimular las emociones. Estaba segura de que mis esfuerzos por ocultar mi molestia y guardar la compostura habían sido en vano: probablemente todos se habían dado cuenta de mi estado cuando di por terminada la clase y les pedí que reflexionaran sobre j, k y l, a propósito de la película que acabábamos de ver. Me han dicho que mis ojos fulminan; así que a querer o no, debí reprobarlos con la mirada.

Volví a pasar la credencial por el lector y la pluma-guardia me dejó ingresar. El enojo continuaba, pero había ido de acribillarme con las frases de los chicos a hacerlo con preguntas sobre mis métodos: ¿no han funcionado en absoluto las últimas cinco semanas?, ¿tanto hablar de premisas, intenciones, psicología del personaje, no había despertado una mínima intención de análisis? Mientras caminaba rumbo al edificio me hice consciente, ahora sí, de mis pasos veloces. Esta juventud no tiene remedio, me dije mientras pensaba en Zutano o Mengana, y justamente la voz del primero me sacó de mis pensamientos. Me interceptó a medio camino para avisarme que había olvidado mi celular en el salón y que lo entregó al prefecto. Sorprendida por su gesto salvador, le di unas enormes gracias y aumenté la velocidad de mi paso mientras metí la mano al morral. Revolví todo, y cuando estuve en el marco de la puerta de aquella sala de maestros a la que originalmente me dirigía, corroboré que en efecto no lo traía.

Entré al salón, dirigí la mirada al estante de los kits y ahí estaba el mío, muy formadito en su lugar. Ya uno se siente perdido sin ellos, ¿verdad, maestra?, me dijo el prefecto mientras me entregaba el aparato. ¡Sí! De haberme percatado me habría sentido perdida todo el día, pensé. Agradecí y salí del salón. Mi paso ya era más calmo, pero la furia seguía en mí, esta vez me taladraba con una nueva pregunta, relacionada al origen de mi molestia: ¿que su gusto no coincidiera con el mío, que se precipitaran a una lectura que yo considero superficial, que sus comparativos hubieran sido pobres? Casi al llegar a mi coche me topé de nuevo con Zutano, que estaba contento de que yo hubiera recuperado mi celular.

Veinte minutos después yo estaba de nuevo en la intersección, esta vez con mi celular en el morral, con la certeza del kit en su lugar y con una premisa más clara sobre la película: el ser humano es una bestia salvaje que se despierta a la mínima y estúpida provocación. Todos. Algunos tratamos de domarla y a otros nos cuesta trabajo, pero ahí la llevamos dentro. También pensé en esa garrafal mentira de que la juventud de ahora no tiene remedio: ojalá a mis diecisiete años, o incluso ahora estuviera tan despierta como lo están estos chicos. El enojo tiene el poder de destruir, momentáneamente, lo que tanto trabajo ha costado construir. Esa maldita furia me seguía palpitando, pero ya tenía una apariencia distinta. Al día siguiente tuvimos una clase-conversación muy productiva y todos nos pusimos a escribir nuestro propio Relato Salvaje.


Fotografía: Morgan Basham / Unsplash

La universidad y la vida, según Vonnegut


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Uno de los escritores cuyo humor se puede ubicar dentro de lo más fino que la literatura ha creado a lo largo de la historia es, sin duda, Kurt Vonnegut. Despojado de la parafernalia que rodea a las celebridades literarias, en un tiempo donde este concepto era al mismo tiempo aspiración de los más jóvenes y realidad de los grandes vendedores de libros o de aquellos reconocidos por la academia, Vonnegut se dedicó a escribir en búsqueda de desnudar la manera en cómo el ser humano se había convertido en causante y ejecutor de sus propias desgracias.

De ahí que su humor no sea festivo o carnavalesco, sino amargo y respaldado por la ironía y el sarcasmo. Dice Dan Wakefield en la “Introducción” a Que levante mi mano quien crea en la telequinesis (y otros mandamientos para corromper a la juventud) que este autor, a pesar de obtener el reconocimiento en una época en donde ser hippie y adherirse a lo que se denominó de manera extensa “la contracultura” era algo común, conservó siempre una lucidez envidiable que le hacía posible expresar ideas en apariencia simples pero que hacían evidente la desnudez del rey y ponían en entredicho la aceptación ciega que el pensamiento políticamente correcto estaba construyendo en esos albores.

Cuando el presidente de la junta escolar en una población de Dakota del Norte prohibió la lectura de su novela Matadero cinco, además de haber ofrendado al fuego algunos ejemplares de la obra, Vonnegut le escribió:

Si se hubiese tomado la molestia de leer mis libros, como hacen las personas educadas, habría visto que no se centran en el sexo y que no defienden ningún tipo de salvajismo. Mis obras procuran que la gente sea más buena y responsable de lo que acostumbra a ser. No negaré que algunos personajes se expresan de forma grosera. Ello se debe a que la gente habla así en la vida real. Sobre todo los soldados y los que ejercen los trabajos más duros, cosa que saben hasta nuestros infantes más protegidos. Y también sabemos todos que esas palabras, en realidad, no hacen mucho daño a los niños. Lo que nos dañó fueron las maldades y las mentiras.

El título mencionado anteriormente es un compilado de discursos que Vonnegut dio ante egresados de universidades en sus ceremonias de graduación. Hay en ellos un lenguaje sencillo y sincero que evade la grandilocuencia o la costumbre de endilgar responsabilidades y expectativas en los hombros de los muchachos.

Sus consejos, contados muchas veces a través de parábolas, refieren de manera recurrente a los temas que le preocupan en términos personales y como artista: la necesidad de fortalecer la idea de comunidad como el centro que permite a las personas hacer y hacerse responsables de lo y de quienes les rodean; la destrucción del planeta por parte de la avaricia de la explotación; la corrupción y el desprecio que siente por los políticos que orillan a las sociedades a la guerra en defensa de sus propios intereses; y una especie de nostalgia que recurre a la memoria histórica de las sociedades antiguas y la manera en cómo sus ritos, usos y costumbres reforzaban la identidad y la solidaridad de las mismas.

Su pensamiento se podía resumir en una frase sencilla, pero llena de significado: “Yo sólo conozco una regla: tienes que ser bueno, ¡carajo!”. Con esa máxima como tesis, los discursos son un paseo por su visión del mundo, su biografía y la manera en cómo concebía la vida.

Guarda un respeto profundo por la educación y por los buenos maestros que sobreviven en las escuelas. De hecho, asume un poco la idea un tanto didáctica y de reminiscencias clásicas e ilustradas de pensar al escritor como un maestro: “un escritor es, primero y ante todo, un maestro”. De ahí que su respeto se reparta por igual entre la educación y la literatura comprendida como un arte.

De entrada, y a diferencia de nuestros oligarcas latinoamericanos, no establece diferencias con respecto de la posibilidad de obtener una buena educación en los sistemas públicos de enseñanza. Comenta el mismo Wakefield que Vonnegut recordaba con mucho cariño y respeto las lecciones que había recibido en la escuela pública de Indianápolis y en cómo eso no había modificado sus posibilidades de ser, ambos, escritores: “¿Sabes una cosa, Dan? Nosotros nunca tuvimos que abandonar el hogar para ser escritores, pues allí hay tanta gente tonta, lista, buena o mala como en cualquier otro rincón del mundo”.

#HistoriasSinSpoilers

Ese respeto por la docencia estará unido a la escritura y su necesidad para pensar el mundo. A los graduados de la generación 1978 del Freedonia College, en Nueva York, les dice:

Sé muy bien que ustedes, ¡oh graduados!, lo son en alguna especialidad, pero recuerden que han pasado la mayor parte de los últimos quince o dieciséis años aprendiendo a leer y escribir. Las personas que, como ustedes, saben hacer bien esas dos cosas son genuinos milagros y, en mi opinión, nos permiten sospechar que tal vez sean entes civilizados. Es tremendamente difícil aprender a leer y escribir. Puede ser la tarea de toda una vida. Cuando reprendemos a los maestros de escuela por el bajo nivel de lectura de nuestros estudiantes, actuamos como si enseñar a leer y escribir fuera el empeño más sencillo del mundo. Inténtelo alguna vez y comprobarán que es casi imposible.

Una de las frases que se repiten como mantra a lo largo de sus discursos es la que alguno de sus tíos le dijo para poner contraste entre los buenos momentos de la vida comparados con el resto del transitar de la misma: “No me digas que esto no es bonito, ¿eh?”. En el espíritu de esa frase, Vonnegut intenta que los jóvenes encuentren parte del sentido de la existencia: encontrar en las cosas en apariencia simple una revelación. Vuelve sobre la importancia de los docentes y la huella que dejan en el discurso que da a las graduandas del Agnes Scott College en Georgia:

¿Cuántos de ustedes han tenido un profesor, en cualquier fase de su educación, que los haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubieran creído posible? Levanten la mano, por favor. Ahora bájenla y díganle el nombre de ese maestro a otra persona y explíquenle lo que el maestro hizo por ustedes. ¿Ya está? Pues no me digan que esto no es bonito.

Esa recurrencia a los profesores y el papel que tienen en la formación escolar refiere a la propia vida y experiencia de Vonnegut, a la huella que algunos dejaron en él. Refiere, en el discurso dado a la clase del ’94 en la Syracuse University, el homenaje que hace a uno de sus maestros quien le reveló la tarea de los artistas: “El profesor cuyo nombre mencioné cuando todos recordábamos a los buenos maestros me preguntó en cierta ocasión “¿qué hacen los artistas?”, y yo farfullé alguna memez. “Hacen dos cosas —siguió él—. En primer lugar, reconocen que no pueden enderezar todo el universo. Y en segundo, escogen una pequeña parte de ese mundo y lo convierten en lo que debería ser. Con un montón de arcilla, un trozo de lienzo, una hoja de papel, lo que sea”.

Es innegable que Vonnegut siguió al pie de la letra la reflexión que su maestro le hizo. En las páginas de sus obras deambula esa posibilidad de pensar de mejor manera las acciones que hacen del hombre un ser despreciable y a valorar aquellos comportamientos que van en el sentido contrario. A pesar de no identificarse con la comunidad hippie (cuando visitó una comuna de este tipo y sus habitantes le dijeron que estaban aprendiendo a cultivar la tierra y a vivir cerca de la naturaleza porque pretendían ser los últimos seres sobre el planeta, les dijo “¿Pero eso no es una aspiración más bien deplorable?”), la idea del amor y de la humanidad en tanto comunidad de aprendizaje aparece en sus reflexiones: “Un objetivo de la vida humana, no importa quién la controle, es amar a cualquiera que esté cerca para ser amado”; y además: “Haz el amor siempre que puedas. Es bueno para ti”.

Que así sea.