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Fin de año: demasiadas razones para abrumarse


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Te sugerimos escuchar esta canción mientras lees el texto.


Llegó el fin de año, y como siempre, lo hizo con una velocidad terrible, dándonos demasiadas razones para abrumarnos. Estamos en plenas fiestas decembrinas, y aunque ya pasaron los días de multitudes intentando comprar desesperadas, de los estacionamientos atestados, del tráfico lento en horas pico, aún hay en la ciudad la inquietud por el final de año. En particular a mí estas festividades me estresan: en el trabajo los clientes enloquecen con los pedidos de última hora, este mes pesan los cambios fiscales que se tienen que implementar empezando el 2018, en casa tenemos que organizar tiempos para cuidar a los niños y conseguir los regalos, etcétera. Sin embargo, yo pertenezco a una familia que tiene por costumbre reunirnos tanto por el lado paterno, unos días antes de navidad, en la cual llegamos a ser casi un centenar de personas, como por el lado materno el día 24, donde tranquilamente pasamos los setenta asistentes, además del tradicional recalentado del 25. En estos encuentros hay un cariño tal que, por lo menos a mí, logran ayudarme a olvidar al neurótico que llevo dentro. O casi.

“¿Para cuándo el siguiente?”, era la pregunta que más me hicieron durante algunos años, cuando tuve a mi hija. Después del segundo dejaron de cuestionarme, mi cara descompuesta y vejez adelantada dejaron claro que allí acababan los hijos. Sin embargo, este año la pregunta se refería a los libros. Debo decir, que a pesar de la broma, de buscar una respuesta ingeniosa, de quejarme con algún comentario o tweet en las redes, esa pregunta secretamente me saca un ligero atisbo de orgullo. Varias veces en la última semana aproveché la pregunta para hablar de proyectos, mi labor en Editorial Paraíso Perdido, la novela en que estuve trabajando en el año, los cuentos que están terminando de conformar un nuevo libro, etcétera. Los rostros de tías, primos y parientes reflejaban al poco tiempo que lo difícil ahora era callarme. Más de alguno me felicitó por mi hobby. No les recrimino, aunque debo indicar que por esas mismas palabras he perdido más de una amistad, sé que es difícil, desde fuera, verlo de otra forma.

James Nuño publicó hace unos días un artículo sobre esta cosa extraña que es “ser escritor”. La parte que más me conmovió es donde asegura que, con todo, uno sigue llevando la carga de la vida diaria. Yo confieso que a mí, el título todavía me causa resquemor. Hace años, cuando iba a talleres y empezaba a adentrarme en el “mundillo literario tapatío”, si conocía a alguien que se presentaba como “escritor” de inmediato levantaba una sospecha: trataba de indagar si había publicado algún libro o qué argumentos tenía para llamarse a sí mismo con ese epíteto que para mí era tan lejano y virtuoso. ¿Es escritor aquel que vive de “escribir”? ¿Escribir qué? ¿El que tiene libros publicados? ¿Cuántos? ¿De qué tiraje? ¿Cuentan los autopublicados? ¿Cuenta publicar en periódicos, revistas o un blog? ¿Implica escribir todos los días con una disciplina férrea? ¿Y si solo le dedicas unas horas a la semana? Sobre todo, si no es una actividad que te de una remuneración… ¿es un hobby?

Escribir, para mí, es mucho más que entretenimiento. Después de todo, en mi entendido, un hobby suele brindar placer a quien lo practica y es compatible con los tiempos propios de la vida diaria. Conozco coleccionistas de autos de juguete, jugadores de ligas amateur de futbol, quienes arman y desarman motocicletas, quienes tienen una banda de rock de cochera. De alguna forma, todas estas actividades les causan placer, e incluso en algún momento pueden volverse redituables, pero antes que todo les implican invertir tiempo y dinero. ¿Cuál es la diferencia con “escribir”?

En mi opinión, ser escritor conlleva mucho más que presumirlo en tus redes sociales y tenerlo en tu semblanza; va más allá de una actividad a la que le dedicas tiempo. La mayoría de mis colegas ingenieros, cuando dejan su trabajo los fines de semana, se dedican por completo a sus hijos, a los proyectos en casa, a descansar. Yo, aunque esté con mis pequeños o arreglando algún desperfecto, ya sea manejando hacia a algún lugar al que vamos de visita o viendo una película, no dejo de estar pensando en que debo arrancarle tiempo al domingo para terminar un cuento, adelantar la novela, sacar mi columna del mes. Ser escritor es como seguir en la escuela de por vida, todo el tiempo tienes tarea: un texto que entregar o una lectura por terminar. Ser escritor implica, por increíble que parezca, estar escribiendo. No lo digo necesariamente en el aspecto de una disciplina diaria, que admiro profundamente a quienes logran tener una, sino que siempre tienes algo en que estar trabajando, un pendiente al que le sigue otro y después del cual siempre llega el siguiente. Ser escritor implica, si bien, ciertas aptitudes y habilidades, una terquedad que raya en lo obsesivo. Hace años alguien me dijo que el camino de la literatura no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. Estoy completamente de acuerdo, aunque implica también leer, y mucho, analizar lo que quieres de proyecto, investigar para documentar tus textos, reflexionar qué estás haciendo para mejorar, estar abierto a comentarios y críticas, y sobre todo, evaluar lo que haces. Lo terrible es que, como todo en el arte, la mejora es subjetiva. Tal vez por esto mismo cada mes quiero tirar la toalla, volverme un escritor retirado así como deje la ingeniería, volver a la simpleza de levantarme, llevar a los niños a la escuela, ir a trabajar y regresar a casa a leer solo por placer. Sin embargo, aquí sigo. Desconozco mis virtudes, pero puedo asegurar que la terquedad es el mayor de mis defectos.

No soy una persona optimista, el año próximo pinta mal y seguramente me seguirán escuchando quejarme de las obligaciones de ser padre, de la cantidad de chamba, de las deudas. Pero hay proyectos que cristalizan, personas a las que agradezco porque están allí: mi esposa, hijos, padres y hermanos, que si bien me mantienen en un estado de neurosis constante, son el motor que no me deja detenerme. También está allí la editorial, que se ha vuelto mi familia, que ya tenemos proyectos desbordando la bandeja de pendientes. Nos queda sonreír en la adversidad y seguir trabajando. Les deseo un 2018 lleno de proyectos, libros, viajes, abrazos y demasiadas razones para abrumarse.


Fotografía:  Karina Carvalho / Unsplash

Historias bien contadas

Por MARIANA MOTA

Espectáculo para avestruces
Imanol Caneyada

Imanol Caneyada crea una historia que, desde la primera página, resulta imposible soltar. Más allá de ser una portentosa novela negra llena de oscuridades humanas, construye una narrativa sorpresiva para el lector.

Un profesor de matemáticas habita en el bajo mundo de una ciudad protagonista que no tiene nombre; se acompaña de La Muñeca, un travesti de imponente poder sobre la comunidad, y Sofía, La Puta de ojos grises. RQ, el profesor que se deleita con las tetas grandes de sus alumnas, cuenta la primera parte de la historia a través de finas descripciones carentes de adjetivos, cualidad que el lector agradece, pues le regala a él el placer de colocarlos.

Una novela llena de juegos de tiempo, justificados cambios de voz narrativa, incómodas verdades humanas, poesía, elipsis, oraciones que resuelven omisiones previas. Con Espectáculo para avestruces, el lector trabaja la imaginación y su sentido natural de anticiparse a los hechos; especula, juzga, se identifica, se divierte.

“Me llega el aroma seco y desnutrido del jabón neutro con que mi hermana talla un cuerpo cincelado en esa memoria persistente. Esa que no renuncia, que no se doblega ante el tiempo, al contrario, se alimenta de él, glotona. La memoria de aquellos días sigilosos. Para mí no ha habido otros”.

Una historia de traiciones, muerte, poder, indiferencia, riesgos y, sobre todo, de amores  destructivos.

El último encuentro
Sándor Márai

Sándor Márai presenta un protagonista para el que la esperanza es el gran alimento en la etapa final de su vida.

El endurecido general Henrik, de más de setenta años, se entretuvo casi toda la mañana en la bodega de su viñedo. Uno de sus criados de pronto se le acerca para entregarle una carta y el general de inmediato reconoce la letra y a partir de ahí, aunque seguramente desde antes, todo su pensamiento se centra en lo mismo: el pasado y su amigo Kónrad, quien le ha enviado la carta.

“Una vez pasado el sentimiento de sorpresa, se sentía cansado. Uno se pasa toda la vida preparándose para algo. Primero se enfada. A continuación quiere venganza. Después espera. Él llevaba mucho tiempo esperando.”

La historia gira en torno a un sencillo pero definitorio encuentro que se dará entre dos hombres de la tercera edad que desde su infancia fueron los mejores amigos y que, para el momento del encuentro, tendrán 41 años sin haberse visto. El lector desconoce la calidad del encuentro, pues el autor dosifica con maestría su información y la va soltando poco a poco, logrando un efecto de tensión y expectativa, de modo que también el lector espera descubrir el misterio que encierra esa separación de tantos años y, sobre todo, el conflicto que puede haber entre ambos hombres, cuyo deseo final de sus vidas es encontrarse de nuevo. Una novela abundante en imágenes, nostalgia y humanidad.

24 horas en la vida de una mujer
Stefan Zweig

Stefan Zweig comienza esta novela con un gran engaño para el lector; pero éste, lejos de reprochárselo, queda satisfecho con el giro inesperado de la historia.

“En una modesta pensión de la Riviera, donde residía, diez años antes de la guerra, estalló en la mesa una violenta discusión, que, exacerbando de pronto los ánimos, estuvo a punto de degenerar en reyerta furiosa.”

El altercado es generado por la noticia de que madame Henriette, huésped del hotel contiguo a la pensión, decide abandonar a su esposo y a sus hijas para fugarse con un apuesto y elegante Adonis. Este acontecimiento funge como pretexto que dispara el desarrollo de la verdadera historia, protagonizada por una anciana.

Con un lenguaje elegante y ceremonioso, la anciana, que toma el papel de narrador en algún momento, habla acerca de la voluntad y la pasión femenina de cualquier época. Esta historia refleja la inutilidad del paso del tiempo cuando se trata de la moral, pues a través de dos historias similares, separadas por más de dos décadas, las mismas acciones siguen levantando los mismos juicios.

Visitas 2015

Por ROGELIO VEGA

  1. G. K. Chesterton es siempre un remanso. Su estilo, elegante y cuidadoso, dota a sus textos de un insospechado personaje: el narrador cobra atractiva fuerza y sus palabras, tan precisas y poéticas, dejan a la trama y misterio en un segundo plano. El poeta y los lunáticos me presentó a Gabriel Gale, artista y (faltaba más) detective también.

 

  1. Me gusta Liv Moore, la hermosa protagonista de iZombie. Me fascina la justa extensión de su pelo y el color indefinido de sus ojos preciosos (a veces claros, a veces rojos o negros). Sigo con entusiasmo y desmedido romanticismo sus aventuras, que son divertidas y complicadas a medias, y espero con ansias su hambre irrefrenable, sus gestos nuevos después de atacar a los muertos.

  1. De China Miéville envidió su imaginación y su falta de frenos. Kraken, una de sus novelas, es el perfecto ejemplo: alucinante, caótica y sorpresiva. Su Londres de pesadilla, amplia y aterradora, te envuelve de golpe; los personajes, de habilidades inverosímiles, te atrapan y la curiosidad (de repente tu peor enemiga) te acompaña hasta la última página.

  1. Busqué Monster, de Masayuki Kojima, por recomendación y me sorprendió su tono serio y sombrío. Los personajes, más allá del protagonista, son curiosos y atractivos: atrapados (casi sin saberlo) en la red desalmada y perversa de la posguerra. Además aparece en la historia un escritor y nos muestra de paso lo peligrosos que son los libros para niños.

  1. Disfruté infinidad las referencias y guiños en Ready player one de Ernest Cline; compuse una amplia lista y dejé, para el año que viene, muchas de sus recomendaciones. La novela es agradable y divertida (un vasto canto a nuestros gustos) pero hace preguntarme si su gran éxito, más que a su talento, no se finca solamente en la nostalgia.

  1. Orphan black, la serie canadiense de ciencia ficción, le debe absolutamente todo al talento de Tatiana Maslany. Hay en la trama varios clones y la actriz, su capacidad y registro, van mucho más allá del simple maquillaje o los inexistentes efectos especiales. La historia es excelente y espero unas merecidas vacaciones para atacar su tercera temporada.

  1. Grant Morrison nunca va a dejarte tranquilo: sus ideas incomodan, golpean y te hacen reflexionar. We3, el cómic que comparte con Frank Quitely, tiene ya bastantes años y apenas lo conozco; sus páginas anticipan monstruos (nosotros) y retratan a la perfección la dudosa, casi inexistente, calidad del ser humano.

  1. Sebastião Salgado es un gran fotógrafo y el documental La sal de la tierra va dejarlo muy en claro. La obra es un viaje familiar, una biografía, y al mismo tiempo un asombroso catálogo. Hay impresionantes planos y sus dos directores van a conducirte (amables, de la mano) a conocer y apreciar a este importante personaje.

  1. Tengo debilidad por estas historias, me enternecen y en igual medida me arrancan lágrimas y sonrisas. Héctor y el secreto de la felicidad no me defraudó; tiene en su reparto a Simon Pegg, a la bella Rosamund Pike, y queda en el alma la sensación, la alegría, de que el mundo ofrece muchas experiencias más.