El semestre pasado, para mostrar a mis alumnos la manera en la que las imágenes transmiten sentimientos intensos en un poema, llevé a clase un texto de Anne Sexton: “For my lover returning to his wife”. Debo decir que no fue el éxito que yo esperaba; mis alumnas, quince años menores que yo y ya casadas, pensaron que era un insulto, mientras que los varones creyeron reconocer a una mujer celosa que hablaba desde el despecho. Conversamos sobre las imágenes, pero no alcancé a decir que el poema es en realidad sobre la esposa, que sí, la emoción que se expresa es algo que llamaríamos celos, y que no se trata para nada del amante. Él, en este caso, es lo de menos.

Pienso en ese poema cada vez que ante mí aparece la fotografía sonriente de mis ex con sus esposas. En ellos miro el paso del tiempo y en ellas mi propio estatismo. Sus ojos siempre arden con la tibia llama del amor prudente, todo el mundo gira alrededor de ellas, sus hijos crecen en sus cuerpos y luego ellas los crían con suavidad y alegría. Veo sus cabelleras limpias y brillantes, sus muslos de agua y tierra, de diosas milenarias. Entiendo que los celos no siempre están hechos de lo que otro tiene, sino sobre todo de lo que otro es: semejante a un dios me parece… Semejantes a diosas me parecen las mujeres que muy pronto entendieron algo que yo no sé; las miro desde el umbral de ese misterio y me convenzo, como Anne Sexton, de mi fragilidad y mi extrañeza. A mis alumnas, jóvenes esposas, les pareció particularmente odioso que la voz poética se calificara como un lujo y comparara a la esposa con una olla de hierro forjado. No vieron, en cambio, que Sexton usa las imágenes de lo momentáneo y lo raro en primera persona y reserva para la esposa todo lo que significa fuerza, creación, vitalidad. Al final, ella es la inmensidad misma: “she’s all there”, dice Sexton al principio. Mis jóvenes alumnas no lo entienden, claro, pero yo sí, después de años observando al resto de las aves cruzar el cielo hacia la vida mientras yo me congelo en el invierno de mi aleteo torpe y solitario.


A mi amante, quien regresa a su esposa

 Allí está toda ella.
Cuidadosamente fundida para ti
y forjada de tu niñez,
forjada de tus cien antiguallas favoritas.Ha estado allí desde siempre, querido.
Es, además, exquisita.
Juego pirotécnico en las aburridas medianías de febrero
y tan real como una olla de fierro fundido.Enfrentémoslo, he sido momentánea.
Un lujo. Una lancha rojo encendido en la bahía.
Mi pelo elevándose como humo por la ventanilla del coche.
Almeja fuera de temporada.Ella es más que eso. Es tu tener que tener,
ha cultivado tu crecimiento práctico y tropical.
No es un experimento. Es toda armonía.
Cuida de los remos y de las horquillas de los remos del
bote,puso flores silvestres sobre la ventana, en el desayuno,
se sienta tras su rueda de alfarera a mediodía,
ha sacado adelante tres niños bajo la luna,
tres querubines pintados por Miguel Ángel,y lo ha hecho con las piernas bien abiertas
en los terribles meses en capilla.
Si volteas hacia arriba, allí reposan tus hijos
como delicados globos contra el techo.

También los ha cargado por el pasillo
tras la cena, la cabeza reclinada hacia ella,
dos piernas protestando —de persona a persona—
la cara sonrojada por la canción y su pequeño sueño.

Te regreso tu corazón.
Te doy permiso—

para el detonador dentro de ella, palpitando
furioso entre la mugre, para la perra que es
y el entierro de su herida
—para el entierro de su herida viva, roja, pequeña—

para la llama pálida que flamea bajo sus costillas,
para el marinero ebrio que aguarda en su pulso izquierdo,
para la rodilla de madre, las medias,
las ligas, para la llamada

—curiosa llamada
cuando horadas entre brazos y pechos
y desatas la cinta naranja de su pelo
y respondes a la llamada, curiosa llamada.

Es tan singular y tan desnuda.
Es la suma de ti y de tus sueños.
Súbela como a un monumento, paso a paso.
Es sólida.

Yo, en cambio, soy una acuarela.
Me deslavo.