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Coco o la fragilidad de la memoria


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Fundamentalmente fui a ver Coco por el perro. Es decir, por el personaje del perro Dante. Llámenlo nostalgia —porque sí extraño a Artemio— o simple curiosidad cinéfila, pero me pareció muy acertado que Pixar utilizara al xoloitzcuintle para abrirnos la puerta a su versión de una de las tradiciones mexicanas más arraigadas y menos entendidas de todas las que tenemos.

Vale la pena decir que el actual rito del día de muertos es resultado del sincretismo entre la celebración indígena de los muertos presidida por la diosa Mictecacíhuatl o dama de la muerte, la celebración católica traída por los españoles del día de los fieles difuntos y la celebración celta del Samhain o banquete de los muertos (que derivaría en América en el Halloween —All Hallow ́s Eve— y posteriormente en el Día de Todos los Santos). Quizá en algunos años agreguemos a este listado el tradicional desfile del día de muertos cortesía del agente 007.

Antropología aparte, creo que Pixar merece un aplauso por la meticulosidad y detalle con el que crearon esta historia. Tres años de investigación antropológica en sitio dieron la base para que todo lo que vemos en Coco lo sintamos profundamente familiar. A cambio de esto, las de cocodrilo en el cine, por supuesto.

Cuando una obra, ya sea una película, una novela, un cuadro, una fotografía nos confronta con nuestros pensamientos y emociones y nos obliga a buscar respuestas a aquello que desconocemos o no comprendemos del todo, es cuando el arte cumple con su objetivo.

Yo creo que el cine por ejemplo, cuando es buen cine, tiene la increíble capacidad de fijarse en nosotros como una memoria, como un recuerdo propio. La experiencia cinematográfica rebasa las líneas de la realidad y la circunstancia personal y se tatúa en nosotros como una vivencia propia, ofreciéndonos una gama nueva de emociones, de razonamientos, de conclusiones.

Este fue precisamente el caso de Coco. La virtuosidad con la que cada detalle es reconocible y se inserta y despierta como propio en nuestra psique colectiva: la vieja tv proyectando la película en blanco y negro, la guitarra de clavos y alambre, el altar con las fotos familiares contando una historia pero escondiendo otra, la chancla de la abuela como último método de amorosa disciplina, la comida, el tequila, el papel picado, los íconos mexicanos enmarcando la vida cotidiana, la versión del mictlán que empieza en las pirámides y superpone sobre ellas el México de ahora de vecindades y torres de departamentos y calles empedradas y plazas con kioskos y caos, la fiesta interminable, el trabajo en familia, los primos enfadosos y queridos, y por supuesto el perro ingobernable y profundamente arraigado como protector y como guía de la infancia.

Abre la puerta para que aún después de que la película termine, pasemos días rumiando en nuestro propio lugar acerca de nuestra memoria, de lo que será de nosotros cuando nos vayamos.

Si tu foto no está en el altar, no puedes regresar al mundo de los vivos a ver a tu familia. Si tu foto no está en el altar es porque no se habla de ti, porque tu legado fue pobre, porque te olvidaron, porque una generación de nietos y bisnietos te perdió la pista. Si tu foto no está en el altar, ya muerto mueres lentamente, hasta que nadie más habla de ti, hasta que mueres la muerte real, la del olvido. Si tu foto no está en el altar es porque la memoria es una cosa frágil, delicada como pétalo de cempasúchil.

Qué cabrona la vida que de algunos quisiéramos dejar de hablar para que ni muertos regresaran, y de otros, quisiéramos llenar todos los altares con sus fotos, su comida, sus recuerdos para que nunca dejaran de venir.

Yo pensé en mi abuela Irene, la que me enseñó a leer. Échenle la culpa a ella por estas palabras.

“Ocho mil” a la una…


Lente anónima

Por Mariana Mota

 

Para enfrentarme a otra de esas emociones que genera una primera vez, hace poco acudí a una subasta. Mi hermano, otro apasionado de la fotografía (y de las personas que encuentran el rumbo de su vida a muy temprana edad), nos comentó del evento. Desde mi casa pedimos un Uber y, aunque el destino quedaba allá en Zapopan, el golpe económico no sería tan fuerte dividido entre cuatro; todos lo agradecimos en silencio, pues cincuenta, cien, doscientos pesos nos salvan la vida últimamente. Algo me dice que no somos los únicos que atesoran cada Benito Juárez o Morelos que le llega al bolsillo.

Las treinta obras lucían profesionales en sus marcos y estaban listas para que el público las disfrutara, con vías de echarle el ojo a aquella por la que pujaría (ellos; nosotros seríamos meros espectadores). ¿Si no supieran que el autor tiene veinte años, lo adivinarían por las imágenes que toma? les pregunté. Dijeron que no. Todos señalamos nuestras favoritas: retratos de niños de la India, paisajes africanos, animales salvajes. Es difícil creer que con veinte años de edad se hayan hecho viajes semejantes; pero al ver la elegancia de la situación, me resultó comprensible. El dinero suele ser un factor que propicia el arte. Y al decir esto me arrepiento de inmediato: se puede hacer arte en el barrio más pobre de la ciudad; pero sí creo que el factor económico influye en la cultura, en la apreciación estética y en la difusión.

El joven artista, con copa en mano, disfrutaba su noche rodeado de familiares y amigos (entre los que figuraban políticos de la zona, abogados, publicistas, benefactores; eso lo supimos más adelante). Mi hermano y yo, al fin cortados con la misma tijera o hechos del mismo papel, lo observamos, tan resuelto a su corta edad, y sentimos nostalgia; una especie de curiosidad. Coincidimos en que a los veinte años nos era impensable ser fotógrafos que recorren el mundo para capturar belleza, pues nuestra urgencia era de un descubrimiento interior: primero me entiendo a mí y después al mundo; primero me quito las telarañas y luego hago figuras con los hilos. Quizás hasta ahora, a nuestros treinta y tantos, lo estamos intentando. Dicen que nunca es tarde.

Se llegó el tiempo de la subasta. Aunque tuvo un comienzo tímido, terminaron por irse todas las piezas en medio de un festivo y generoso alboroto. La fotografía que había llamado mi atención —porque más allá de mostrar la belleza natural de un lugar, contaba una historia— se la llevó una adolescente que no bajó la paleta del aire. No le importaba a cuánto ascendiera el precio: se iría a casa con aquel instante africano que su amigo capturó. Me pregunté cuánto habría querido o podido pujar yo, y definitivamente no superaba los cuatro mil quinientos pesos que ofreció ella. Me contesté que en realidad no me veía adquiriendo una obra de manera pública: prefiero el calor de la privacidad. El caso es que la chica ganó. A veces se pierde; muchas otras ni siquiera se participa. Recordé aquel grito que un hombre de la calle nos echó a mis amigos y a mí, mientras desayunábamos en un modesto restaurante: pinches ricos. Cuán versátil y viajera puede ser esa frase.

Salimos de ahí con muchos temas de conversación, y en casi todos figuraban las palabras dinero, clases sociales, arte, posibilidades. Blof. Resentimiento. Dijeron que se destinarían las ganancias a un albergue para niños: qué bonito. Luego supe que solo un porcentaje: igualmente lindo. Peculiar tema es el precio del arte: a veces lo fija el artista, a veces el público; y muchas pueden ser las razones para adquirirlo: aplauso a un amigo, apoyo a una causa, gozo por la obra, estatus ante un grupo. Cerramos los temas y volvimos a escarbar en nuestras bolsas; a cada uno nos correspondían veinticinco pesos esta vez.

 

Instantánea Express 07

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Microcolapsos y otro de Personas (in)deseables.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress07. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es hola@editorialparaisoperdido.com y tienen hasta el próximo miércoles 7 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 9 de junio.


Instantánea Express

Buscó la manera de cumplir con su trabajo sin tener que hablarme. Pude estar de nuevo junto a él solo hasta el festejo navideño, el último día de actividades en la Universidad. Después vinieron las vacaciones, pero no supe ya nada más de él, pidió su cambio a otro departamento. Tampoco supe si se separó o no. Qué estúpido. Él. Yo también.

Luis Martín Ulloa | Personas (in)deseables

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Luis Martín Ulloa? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

De la “selfie” al autorretrato


Lente anónima

Por Mariana Mota

Hace tiempo acudí a un taller de fotografía. En la primera y única sesión a la que asistí, omitiré las razones por las que no regresé, el moderador nos platicó una estrategia de márquetin que me pareció interesante: hacer una sesión de fotos a quien estuviera interesado, sin fijar un precio. Seleccionar el que, a su juicio de experto, fuera el mejor retrato; compartirlo con el cliente, en baja resolución, para que este lo coloque como fotografía de perfil en Facebook. Después de dos días, a partir de la publicación, contar el número de likes  y pagar al fotógrafo veinte pesos por cada uno; hecho el depósito, enviar el resto del trabajo fotográfico al cliente. Me imagino que soltar dos, tres o cuatro mil pesos sería un acto de gusto —además de que sería buen precio—, al ver esos cien o doscientos likes debajo de un lindo retrato que nos represente. Aunque también habría los que ponen la economía por encima de la popularidad y estarían deseando no pasar de los cinco pulgares.

A cada grupo con el que comparto aula siempre les lanzo una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre un autorretrato y una selfie?, visto desde los dos ángulos que normalmente tratamos: el visual y el literario. Las respuestas que damos, me incluyo porque también intento buscarlas, suelen variar, pero oscilan en el espectro que va de la composición a la intención. Un retrato, sea capturado por uno mismo o por alguien más, debe ser honesto y mostrar al menos una de las distintas versiones que somos, sin maquillaje. Esa es una conclusión a la que llegamos; como esa otra que rechaza una imagen en la que hacemos todo lo posible por mostrar solo el mejor ángulo, bien acicalado; uno que nos guste mucho.

Envidiable labor es, entonces, la que realiza un retratista. El fotógrafo que representa productos, eventos, momentos, tiene una responsabilidad muy distinta a la de aquel que muestra un pedacito de la autenticidad de un individuo; ni más ni menos compleja, simplemente diferente porque somos las personas las que más solemos ocultarnos. Quién sabe de qué o por qué; como si el otro no tuviera imperfecciones, como si el que no soy yo viviera eternamente en una emotividad de selfie. El que fotografía retratos debe ser una especie de psicólogo, muy empático, que confeccione un ambiente en el que aquel que se verá vulnerado ante la cámara se sienta en plena confianza; estado que por lo general únicamente alcanzamos en la intimidad de la habitación propia.

Dice Henrry Carroll, y me encanta la manera en que lo expone, que los hay francotiradores, porque acechan a su presa desde lejos; agentes secretos que se acercan y establecen relación con el que se eternizará en la imagen; y asesinos que se acercan, disparan y huyen. No todo retrato nace, pues, bajo consentimiento de ambas partes, como sería el caso de una sesión preestablecida. Y todo retrato, dicen por ahí y yo coincido, debe hablar siempre de dos sujetos: el que está frente a la cámara y el que está detrás, pues el estado de ánimo, la percepción, la imaginación y la creatividad del retratista también se plasmará para la posteridad en esa imagen.

Quería aprovechar este espacio para hablar acerca de algunos retratistas: sus métodos, conclusiones, intenciones, resultados; pero se me fue el tiempo mascullando sobre el mero objeto —o sujeto— que es el retrato; tendré que dejar mi conversación grupal para otra ocasión. Me quedo con la idea de que todos deberíamos intentar un autorretrato, en algún punto de nuestra vida. Literario o visual, qué importa, pero fabricar un pedazo de honestidad que vaya más allá de la bonita selfie. O todos deberíamos componer un retrato de alguien más; sería una linda experiencia de comunicación e intercambio.

Disparos a la memoria


La lente anónima

POR MARIANA MOTA

No compartas las imágenes. Estas palabras me llegaron por diferentes medios la semana pasada. Yo sabía de qué hablaban aquellos que lanzaron la invitación al huracán de las redes sociales, que a veces parecen más bien telarañas; pero tras la petición, casi súplica, de no alargar más la cadena de miedos globalizados que entran por los ojos, decidí no alborotar mis propios temores: no di play al video ni hurgué en las fotografías que probablemente tienen a muchos con un paquetazo de íes extra: inseguridad, inquietud, intranquilidad; con un desasosiego que no tenían antes de vulnerarse así frente a su Majestad Imágenes.

Si así me siento yo, que no sucumbí ante el morbo en esta ocasión, ¿cómo se sentirán otros? Hace poco, en una de las tantas veces en que me ha vencido la curiosidad o la ignorancia, reproduje un video que me tiene sufriendo al día de hoy; no lo describiré para no alargar la cadena, pero sin duda ahora que tengo esa imagen de dolor y sufrimiento animal en mente, mis lapsos de dolor y sufrimiento humanos son mayores. Me parece acertado el consejo de la abstinencia. Si las malas noticias llegarán de cualquier manera por la vía auditiva, mejor evitarlas por la visual.

Así de poderosas son las imágenes, disparos que sacuden a la memoria. Sin ese fragmento de tiempo que permanece impreso para siempre, los recuerdos se adormecerían y nos quedaría quizá un rumor de realidad. Al menos a mí me sucede aquello del olvido, y en consecuencia me volví amante y adicta al poder de las fotografías fijas y en movimiento: ver, buscar, disfrutar, tomar, editar. Y más infinitivos. Esos sencillos cuadros son copias, nunca completamente fieles, de escenas cargadas de emociones, y me imagino que para nuestra propia condición humana el milagro de ese espejo social y personal resulta irresistible.

Yo sí quiero compartir imágenes, pero no me interesan las que narran de manera desgarradora y morbosa una realidad tan punzante, tan cercana; esas que son un espejo nítido pero ensangrentado por el que no ha pasado encima el trapo de la simulación (qué belleza hay en los planos que se producen y reproducen cualquier tipo de realidad) o del tiempo (lo lejano también me impacta, pero de forma menos violenta). Supongo que la intención diferencia, en gran medida, al morbo del arte. Porque no se trata de cerrar los ojos ante el dolor: verlo a color y con aspecto claro ayuda a que uno salga de su burbuja egoísta, en donde las desgracias ajenas no conmueven porque no existen. Pero solamente en donde haya fotografías y videos con una intención favorable, muestren construcción o destrucción, es donde quiero gastarme los ojos para sentirme un poco más viva. O más muerta, si hace falta.

Fotografía de: Clem Onojeghuo

¡Éstas serán las nuevas Instantáneas!

Todo lo que bien inicia debe tener un gran final

La colección Instantánea nació con la premisa de dar a conocer el trabajo de los narradores activos en la ciudad de Guadalajara mediante cuadernillos breves y accesibles a cualquier bolsillo. Alcanzamos las 30 publicaciones y cruzamos en más de una ocasión los límites geográficos de la ciudad.

Las Instantáneas han llamado la atención de lectores y escritores de otras latitudes, es por eso que con la edición de estos seis volúmenes terminamos la primera época de este muestrario de narrativa, y anunciamos que a partir de junio comenzará la segunda época en la que mantendremos una premisa semejante, sólo que ahora la colección será un espacio en donde tengan cabida narradores de cualquier rincón del país cuya obra nos parezca relevante, propositiva o interesante de soltar al gran mar de las publicaciones.

Por todo su apoyo a lo largo de estos 3 años ¡Gracias! Los esperamos este próximo 28 de abril en la librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura para celebrarlo.

Conozcan las nuevas y finales Instantáneas

 

#AlejandraUlloa #SueñosyOlvidos #EditorialParaísoPerdido #LecturasExtremas #Instantánea

Sueños y olvidos

Alejandra Ulloa nos aproxima a ese lugar incierto en donde tienen lugar los sueños, nos remite a la paradoja de vivir: a lo irrevocable; al miedo, la soledad, el amor, la tristeza; a todas aquellas cosas que parecen cotidianas, quizá simples, y que por sí mismas se vuelven verdades insondables. Nos habla de la ausencia de paradigmas seguros en una sociedad que se acostumbra a la “plusvalía” del amor, a la violencia, al desamor y a esa sustancia turbia de la que se construyen los sueños. Lugares e historias donde el pasado es un ser que permanece y constituye lo que ha sido.

 

#FuegoNegro #JavierParedes #EditorialParaísoPerdido #LecturasExtremas #Instantánea

Fuego negro

Seis relatos que se mueven entre el cuento, el ensayo y la disertación histórica son los que componen este Fuego negro. En ellos, Javier Paredes, suscribiéndose a una tradición literaria en la que la historia se confunde con la ficción, nos refiere narraciones que van desde la mitología nórdica en donde convergen enanos, dragones e indígenas ciegos de piel blanquísima, hasta la judeocristiana, con sus demonios y mártires. Estas historias, tan lejanas en tiempo y espacio, nos acercan al corazón de lo humano, en donde la razón brega en aras de explicar lo inexplicable.

 

#TierraMojada #GabrielMartín #ReneValencia #EditorialParaísoPerdido #LecturasExtremas #Instantánea

Fotografía de portada: René Valencia

Tierra mojada

La ciudad de Guadalajara no es únicamente el telón de fondo para este par de historias, sino que se vuelve también partícipe de los hechos. Recorremos sus calles de la mano de los protagonistas, conocemos algunos de sus secretos y admiramos los detalles que la hacen ser única. Estas narraciones de Gabriel Martín retratan no sólo la forma de vida sino también el habla de los personajes. En el caso de Minerva se da una transformación que va más allá de lo terrenal. En el caso de Julián, protagonista del segundo relato, puede observarse la transformación para cambiar de barrio y de costumbres.

 

#LasOcasionesPerdidas #RodrigoGonzález #EditorialParaísoPerdido #LecturasExtremas #Instantánea

Las ocasiones perdidas

Se mueren las ocasiones cuando se mueren nuestros recuerdos en el otro, y se pierden cuando el otro se pierde de nosotros. A veces, las ocasiones —como las de esta Instantánea de Rodrigo González M.— nos aparecen en la puerta, basta un tuit o una foto de perfil para encontrarlas, una canción con el título preciso y el beat adecuado. A veces les tenemos que dar unfollow a las memorias amargas para permitirle un follow a un sueño de más de tres horas seguidas. Para que no se evaporen con facilidad hay que embriagarse con las ocasiones, vivirlas, describirlas y zamparse todos los verbos posibles; así, si se nos pierden, todavía tendremos algún rastro de ellas en las entrañas.

 

#Raíces #EnriqueUrbina #EditorialParaísoPerdido #LecturasExtremas #Instantánea

Raíces

La noche habla, los árboles son capaces de susurros. Tras el silencio de una niña, Julieta, se esconde una tragedia. Su madre lucha porque ambas sigan con su vida tras un secreto violento, pero la normalidad se les escapa. Enrique Urbina nos lleva, con un relato preciso y de ambientes opresivos, a las raíces del miedo que se alimentan de todo: suspiros que recorren vagabundos la calle, rostros invisibles que miran por las noches desde la ventana; al terror en lo cotidiano, a las palabras emitidas sin mover los labios y a los gruñidos que sólo escuchamos al soñar.

 

#PequeñosLujos #EdnaMontes #EditorialParaísoPerdido #LecturasExtremas #Instantánea

Pequeños lujos

Un mundo donde está prohibido soñar, el obstinado silencio de una niña, la nostalgia obsesiva por  una época pasada. Conocedora y lectora voraz, Edna Montes nos comparte cuentos de Ciencia Ficción, terror y fantasía. Sumergirse en sus palabras es un pequeño lujo, uno que nos lleva a encontrarnos con ojos enormes y negros, mirándonos curiosos: uno que nos invita a despertar en otro mundo; uno donde el miedo, la pasión y la libertad son posibles.