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Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

Permanencia voluntaria


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Antes de que existieran Cinemex y Cinépolis, ir al cine en México era una experiencia más visceral, más tosca y burda, más grosera, pues. Pero también era algo que implicaba un alto nivel de libertad y, en cierta medida, ofrecía un mayor nivel de diversión, desahogo y de catarsis plena. Hoy en día, para ver un estreno durante el fin de semana hay que comprar los boletos por internet con bastante antelación, pagar una membresía especial o recurrir a la preventa con el fin de asegurar un lugar.

Cuando yo era niño e iba al cine con mi familia, nada de esto era necesario. Por lo general siempre llegábamos tarde, mi papá nos decía a mi hermano y a mí que no nos preocupáramos, que nos podíamos quedar a la siguiente función para ver los veinte minutos perdidos. Al parecer, ni siquiera la secuencia temporal del cine nos preocupaba un carajo. La permanencia voluntaria implicaba poder echarte todas las funciones del día, de una misma película, pagando sólo un boleto. Además, las proyecciones eran corridas, una tras otra. Las salas se limpiaban hasta que cerraban, ello ocasionaba que los cines siempre fueran un asco. Sin embargo, eso era también parte de la experiencia: caminar por los pasillos y que los pies se te pegaran en el piso debido a las enormes manchas secas de bebidas, alimentos o hasta vómito.

Otro aspecto que se perdió con la aparición de las grandes cadenas tiene que ver justo con los alimentos en las salas. Antes, las tiendas de los cines, si es que tenían una, sólo vendían cinco o seis productos (copas de helado, gomitas, pasas con chocolate, refrescos y palomitas, no más). Lo maravilloso del asunto es que te permitían llevar tu propia comida, todo lo que quisieras. Era como un día de campo. Mi familia aprovechaba al máximo esta consigna. Por lo general, mi abuela llevaba en una bolsa todos los ingredientes y durante la función preparaba tortas. Las hacía con todo: frijoles, jamón, queso de puerco, mayonesa, jitomate, cebolla etc. Hasta les quitaba el migajón a los bolillos. Cada torta la preparaba en su butaca, allí sentadita cortaba el aguacate, untaba los aderezos e iba preguntando a cada uno cómo quería la suya. No había pudor ni límites en este sentido.

La sala entera olía a embutidos y frijoles charros o refritos y nadie se quejaba. Hasta les preguntábamos a los de junto si no querían un lonche. La lista de lo que llegamos a comer en el cine es realmente estrafalaria: huevos cocidos, hotcakes y wafles (fríos pero muy sabrosos) con mermelada y miel de maple, cueritos con sal y limón, esquites, frutilupis con leche, conchas y orejas, malvaviscos, mejillones, cocteles de camarón y pulpo, tacos de canasta y hasta fondue (también frío y en bolillo, pero fondue al fin y al cabo).

Afuera de los cines siempre había personas que vendían artículos piratas, hechos a mano, alusivos a las películas más populares. Cuando fui a ver Karate Kid me compraron una cinta para la cabeza igual a la de Daniel San. Dentro del cine se podía ver a decenas de niños dando karatazos y haciendo los ejercicios que el Señor Miyagi le ponía a su alumno. Un niño muy aventado incluso se subió a una butaca e hizo la gruya, por supuesto se cayó y se metió un buen madrazo. Para el estreno de una de las secuelas de Supermán me compraron una capa roja con el logo del héroe. Como mi tío siempre ha sido calvo, mi hermano y yo decíamos que era Lex Luthor y pasábamos, dizque volando, por las butacas detrás de él y le dábamos unos buenos zapes. Hacia el final de la película nos empezamos a aventar cuadritos de gelatina de limón porque decíamos que eran kriptonita.

Otras ventajas increíbles de ir al cine en aquella época eran la interactividad y la libertad de hacer ruido. Los niños les gritábamos a los personajes de la pantalla todo lo que se nos ocurría. Cuando vi Los Cazafantasmas, me la pasé diciéndole a los protagonistas que voltearan, que el fantasma estaba detrás de ellos, que se cuidaran, que no se dejaran de los méndigos espectros. Además, todos los escuincles hacíamos los ruidos de los rayos de protones cada vez que éstos aparecían, generando así un coro magnífico y multitudinario de efectos especiales. De hecho, recuerdo que mi familia era una de las más ruidosas: mi mamá se la pasaba llorando en cualquier cinta, mi abuela rezaba una letanía de plegarias, mi hermano y yo en el desmadre y mi papá roncaba durante toda la función.

Pero la mera verdad, por sobre todas las demás cosas, extraño la libertad de aplaudir, al final de la película, sin sentirme un naco o apenarme por el juicio de las personas alrededor. Y no es que ahora no lo haga (tampoco puedo traicionar de forma tan vil mis impulsos corrientes), pero antes, la sala entera impactaba sus palmas junto conmigo y aquel era el momento más épico de toda la experiencia.


Fotografía de Jake Hills / Unsplash.com

Mi Ilíada


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

La Ilíada de Homero me obsesiona. Es un libro que ha determinado enormemente lo que soy. Tengo la versión percudida de Porrúa, la de Austral, la chingona de Cátedra, la de la UNAM (traducida ni más ni menos que por Rubén Bonifaz Nuño), la horrible de Fontana, la irrelevante de Gandhi y hasta la de Alianza. Hace poco volvieron a vender la Biblioteca Clásica de Gredos en puestos de periódicos y yo aparté mi ejemplar de la Ilíada en dos locales cercanos y además la compré, por pura paranoia de perderla, en otro más que la tuvo a primera hora. Así que terminé con dos tomos sobrantes.

Muchas veces vuelvo a la Ilíada, soy como un anti-Odiseo que regresa y regresa, una y otra vez a la guerra de Troya. Este año, qué gran dicha, volví a los muros “impenetrables” de la ciudad, acompañado de la mera banda de los aqueos.

Una de las mejores partes de la Ilíada es su arranque. Para muchos, el inicio del libro representa los mejores versos de la poesía universal:

“La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,

maldita, que causó a los aqueos incontables dolores

y precipitó al Hades muchas valientes vidas”.

Al buen Aquiles se le llama Pelida porque es hijo de Peleo. Me encanta que, a partir de ese concepto, en México, los cultos carrilleros se llaman entre sí: Pelonidas, Chingadidas y hasta Putidas.

Uno de los pasajes de la obra de Homero que siempre me hace estremecer sucede en el Canto V, cuando el simple mortal Diomedes hiere a la elevada diosa Afrodita.

“Y cuando la alcanzó (a Afrodita), tras acosarla entre la densa multitud,

entonces el hijo del magnánimo Tideo (Diomedes) se estiró,

saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada.”

Un hombre haciendo sangrar a un Dios me parece una idea temeraria y sumamente estética. Siempre que leo el pasaje termino pensando de qué otras maneras podríamos los hombres afectar a los dioses. ¿Será posible hacer reír a una divinidad, o hacerla cambiar de opinión, o masturbarla, provocarle una jaqueca, hacerla llorar, jugar Turista Mundial con ella, traicionarla, estafarla por una fuerte suma de dinero, acosarla sin compasión en la pista de los carritos chocones, ir de compras con ella y preguntarle si nos vemos gordos o gordas con unos pantalones de mezclilla, ver una serie de Netflix sin ella y luego simular sorpresa cuando miremos los episodios a su lado, envenenarla poco a poco, sacarle la lengua, recetarle un ibuprofeno o un antiepiléptico, ganarle jugando a Las Traes, sugerirle con discreción que tiene un moco en la nariz, hacerle un amarre, acribillarla, sacarle los ojos, pedirle que corrija el estilo y la ortografía de nuestra nueva novela, o incluso secuestrarla, cortarle un dedo y pedir un rescate por ella? No lo sé.

Uno de los personajes del poema que más me fascina es Menelao, el cornudo por excelencia, el mítico hombre engañado. De hecho, la Guerra de Troya comienza por su culpa. Helena, la mujer más bella del universo y esposa de Menelao, es seducida y raptada por el pinche Paris, troyano galán y bastante mamón. Los griegos entran en guerra con los troyanos, ya que quieren recuperar a Helena. Siempre que Menelao aparece en el poema, yo pienso en aquella feísima canción, cuyo coro asegura: “Y que no me digan en la esquina: el Venao, el Venao”, sólo que en mi cabeza, la pienso de esta forma: “Y que no me digan en la esquina: Menelao, Menelao”.

Menelao es ninguneado constantemente en el libro:  por su hermano, Agamenón, por Paris, por los otros aqueos, por su esposa, por el mismo Homero. Todos lo menosprecian, a pesar de su magnífico desempeño en la guerra (se bate a duelo con Paris y casi se lo chinga; recupera el cuerpo de Patroclo, el chile de Aquiles; es el primer aqueo que tiene el valor para ofrecerse como voluntario en un duelo contra Héctor). Nunca he comprendido por qué lo menosprecian tanto. La palabra “Menelao” es tan insignificante que incluso, cuando yo escribí en la universidad un ensayo sobre este personaje, el corrector de Word sustituyó, sin avisarme, cincuenta y siete veces el término: “Menelao”, por el imperativo guapachoso: “Menéalo”. Pobre hombre, de verdad.

Otro momento que me pone la piel chinita sucede en el Canto XXI, cuando Aquiles lucha contra un río que tiene vida, conciencia y habilidad de combate.

“Y el río atacó a Aquiles, alzándose impetuoso y turbulento…

… Y la brillante ola del río, acrecido por las aguas del cielo

se elevaba enhiesta y estaba a punto de destrozar a Aquiles”.

Mientras leía estas líneas me hice unas preguntas que me parecieron muy bellas: cuando un río es herido, ¿sangra piedras?, ¿o sangra peces? En el caso del río de la Ilíada, quizá su sangre estaba conformada por los despojos de los muertos que fueron arrojados a sus aguas. Después seguí divagando sobre el tema y me imaginé a un río que, de pronto, cobra vida y se da el tiempo de reflexionar acerca de la existencia del universo, acerca de las aguas que conforman su cuerpo, y acerca de lo volubles, cambiantes e impredecibles que somos los hombres. Estuve seguro de que aquel flujo viviente terminaría por concluir lo que sigue: Un río no puede bañar dos veces, con sus aguas, a un mismo hombre.

En el Canto XIX, Janto, el caballo y amigo bronco de Aquiles, le advierte al héroe sobre su futura muerte en la guerra de Troya. El augurio es este:

“Tu destino será sucumbir por la fuerza ante un dios y ante un hombre”.

Yo pensé, después de leer la sentencia, que sería muy chingón que una diosa dotara de voz humana a mi perrita para que predijera mi futuro y me hiciera saber, por ejemplo, qué concursos literarios podría ganar y cuáles de plano, no. Y ya poniéndonos muy animistas, estaría increíble que mi PlayStation 4 me dijera qué juegos de video me van a gustar y cuáles no, para evitarme gastos innecesarios.

El final de la Ilíada siempre me ha parecido un tanto anticlimático, (spoiler alert) en los últimos versos del poema se narran simplemente los funerales de Héctor, el mejor combatiente troyano, quien muere a manos de Aquiles. Pero no sabemos más de la guerra ni de los otros personajes. No se hace referencia a la última batalla de Troya, ni se nos cuenta la muerte de Aquiles por una flecha clavada directamente en su infame tendón. Ni siquiera sale el Caballo de Troya. Así que siempre que lo leo me invento en la cabeza mi propio desenlace.

Esta vez no fue la excepción.

En mi mente todo acabó con una terrible batalla estilo King Kong vs. Godzilla, sólo que protagonizada por la terrible Escila y el bestial Caribdis. Uno atacaba con sus remolinos a su rival y la otra contraatacaba con sus aullidos supersónicos. Mientras los monstruos se daban de golpazos, los aqueos y los troyanos corrían despavoridos para no perecer aplastados. Debido a la fuerza de sus madrazos y de sus revolcones, las bestias terminaban por derrumbar los muros de la ciudad y por destrozar las naves griegas. A los combatientes de ambos bandos no les quedó otro remedio que trabajar juntos. Construyeron entonces el Caballo de Troya, pero ya no como un artífice engañoso, sino como un precario robot gigante, estilo Mazinger Z o los Power Rangers, que fue capaz de matar a los monstruos y hacer que la oscuridad cubriera sus ojos. Sonreí al pensar que ese sí hubiera sido un final épico e inesperado para el poema de Homero.

Reescrituras


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Yo fui alumno de la Escuela de Escritores SOGEM. Empecé el diplomado a los dieciocho años. Recuerdo de forma vívida una anécdota que determinó mi travesía literaria. Luego de estudiar, durante semanas, las características de un buen cuento: la autosuficiencia, la mesura, la contundencia, su naturaleza microcósmica, su imperiosa necesidad de tener y mantener un conflicto, su breve aliento, su talante escueto, etcétera; se nos asignó la tarea de escribir nuestra primera narración en forma. Frente a esta serie de características, al parecer inamovibles, terminé por sentirme aterrado. Me congelé.

Un día antes de la entrega, la desesperación era mi todo. Entonces recordé, y me lo confirmó mi madre, que cuando era niño, yo escribía cuentos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o un sello medio borroso que aseguraba (o condenaba): “Sí trabaja”, “Felicidades, eres un campeón”, “Sigue así”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar, en un certamen, una caja de Duvalines, de esas preciosas que incluían una serie de cucharitas aún pegadas entre sí. Revisé uno de mis cuadernos de español de la primaria y hallé uno de mis cuentos.

Era una narración escrita con una letra enorme, que trataba sobre un niño con alas, quien decía estar relleno de aserrín, se llamaba Miguel; y lo más importante: era regañado constantemente porque no podía hablar bien y repetía sin cesar las mismas palabras. Mi trabajo de infancia me estrujó el espíritu. Supe que había hallado la fuente para crear mi primer cuento “profesional”. Decidí reescribir mi obra.

Días después, la maestra Aline Petterson me pidió leer mi texto en voz alta y dijo que le había parecido conmovedor. Todavía estaba tan inseguro de mi trabajo literario que le pregunté, al final de la clase, si su calificativo de conmovedor significaba que le había gustado mi cuento. La respuesta fue tajante: “En literatura, a mí sólo me conmueve lo que me gusta”.

Hace poco debía entregar con urgencia un texto breve para una publicación electrónica. Escribir textos de pocas cuartillas me resulta enojoso y un día antes de la fecha límite aun no tenía nada digno. Recordé entonces que cuando era joven, yo escribía cuentos cortos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o una reacción que aseguraba (o condenaba): “Usted sí escribe”, “Siga así”, “Es conmovedor”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar un espacio en una antología de cuentistas jóvenes, una de esas ediciones horribles que aún traían las hojas pegadas entre sí. Revisé algunas de mis tareas de SOGEM y hallé uno de estos cuentos.

Era una narración que trataba sobre un niño con alas moradas y despellejadas, quien decía estar relleno de aserrín, que se llamaba Miguel, Miguelito, Miki, Maik; y lo más importante: que era regañado por su mamá, ya que repetía constantemente las mismas palabras, como si tuviera eco. Decidí reescribir mi obra.

Así que hoy quiero compartirles la segunda reescritura del cuento que ya dos veces me salvó de una entrega inminente:

 

Yo me llamo Miguel

Yo me llamo Miguel, Miguelito, Miki, Maik, Hijito, Mi Amor, Tesoro, Inútil, Tarado, Estúpido, Desobediente y Estorbo. Yo también tengo alas, como los ángeles, moradas, casi rojas, despellejadas, en la espalda. Los lunes tengo alas de pterodáctilo; los martes, de dragón; los miércoles, de F-15; los jueves, de diablo; los viernes y los sábados, me quedo dormido todo el día, y los domingos, de libélula. Pero yo no vuelo, porque no quiero y no sé y no me han enseñado y me da miedo.

A mí no me gusta llorar, pero sí lloro, y luego, cuando ya me vacío de agua, me río y grito y me sigo riendo y floto, y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo, y corro y tomo vuelo y floto tantito, y me sangran las orejas y la rodilla, y me duele la cabeza y veo manchas y las espanto, pero no se van, y mejor cierro los ojos. A veces abro los ojos bien fuerte, para atraparme yo solo con los párpados, para estar en un capullo, como los gusanos, y que ya no me duela la cabeza y que todo llueva y se moje, y que yo nazca y me moje y respire y respire.

A veces, pienso que mi mamá es una sierra eléctrica que me parte en dos o en tres o en cuatro, otras veces pienso que mi mamá es una máscara de luchador, pero uno rudo, que me aprieta la cabeza y me tapa las cicatrices del coco, pero casi siempre pienso que mi mamá es un cañón de artillería, como el del libro de la SEP, que me dispara y me acribilla, porque soy su enemigo, y a ella le dan una medalla por su valor en el combate, y a mí me entierran, junto a las trincheras, o junto a las letrinas de los soldados. De mi papá no me imagino nada porque no tengo, y nunca lo he visto, ni en una foto.

A mí no me gusta hablar porque no puedo, porque tengo eco, y repito y repito lo que digo y luego se me olvida lo que iba a decir y me enojo y tiemblo. A mí me gusta hablarme para adentro, porque así lo que digo se me queda y no se sale, y se me llena la cabeza de palabras y de groserías y de padres nuestros, y de trabalenguas y de adivinanzas y de quejidos, entonces me pesa mucho la cabeza y ya no siento y sonrío y me río.

Como todos los niños, yo estoy relleno de aserrín, y de canicas y de estrellas ninja y de gomitas con forma de culebras y de cometas sin nombre, y de bolas de cebo, podredumbre y veneno, pero diario me saco estas cosas por las orejas, y por eso estoy tan flaco, aunque luego me las vuelvo a meter por la boca y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo.

Yo ya me quiero morir, para que no me duela la cabeza y para no ver manchas y que no me sangren las narices y que mi mamá no me grite, ni me acribille. Yo me llamo Miguel, Horror, Miguelito, Tumor, Pelón, Quimoterapia, Mijito, Inútil, Castigo, Estúpido, Desobediente y Estorbo.

Tres sueños


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Una de las teorías más atrayentes de Sigmund Freud asegura que los sueños están construidos de tres elementos: el resto diurno (es decir, experiencias, recuerdos o estímulos recientes); las impresiones sensoriales que tenemos mientras dormimos (hambre, sed, ganas de orinar, calor, frío, etcétera); y un deseo implícito o explícito en la narrativa de las ensoñaciones. Los dos primeros elementos no son tan determinantes, pero el deseo constituye la médula del sueño. Para ilustrar su teoría, el médico usa un ejemplo muy claro. Alguna vez, Freud soñó que cabalgaba sobre una yegua blanca, a todo galope, por una pradera. El padre del psicoanálisis hace entonces una confesión estremecedora, nos dice que él tenía un furúnculo muy doloroso, del tamaño de una manzana, en los testículos. El deseo implícito de su sueño era poder cabalgar sin sentir dolor alguno. Su anhelo era simplemente no tener aquel objeto funesto entre las piernas. Yo soy un gran entusiasta de los escritos freudianos y, por tanto, llevo años anotando mis sueños para luego identificar los elementos que los gestaron. En esta entrega de mi columna quiero desglosar tres sueños que por alguna razón me han fascinado.

 

1.

Hace varios años soñé que había en mí una especie de maldición. Día a día, sin excepción, sin prorroga, sin indultos extraordinarios, a las once cincuenta de la noche, aparecían en mi cuerpo, al mismo tiempo, todos los dolores que había padecido en mi vida. Las dolencias físicas que me acongojaron desde el día de mi nacimiento volvían a mí, de manera simultánea. Los dolores de cabeza, que seguro eran cientos, tal vez miles, aparecían de súbito apilados unos sobre otros, y saturaban mi coronilla, mi cuello, mi frente y mi nuca. Volvían también los dolores de garganta que me ocasionaron decenas de resfríos, ello hacía que tragar saliva fuera un trayecto abrumador. Regresaba el suplicio de haberme dislocado la pierna y de haberme roto el brazo. Como se trató de la pierna derecha y del brazo izquierdo, aquellos dolores me atravesaban en una diagonal que partía en dos mi cuerpo. Regresaban los tormentos ocasionados por una piedra en el riñón que se formó por un consumo desmedido de sal. Las interminables punzadas en la espalda baja me hacían sudar frío. Volvía también el dolor en mis puños, las varias laceraciones que se acumulaban con base en la gran cantidad de objetos e individuos que había amedrentado a puñetazos. Las manos se me engarrotaban de dolor. Aparecía de nueva cuenta el dolor más terrible, el de haber sido acuchillado durante un asalto al que me resistí. Tras empujar al ladrón, intenté huir, sin embargo, él alcanzó a enterrar el cuchillo en mi carne, cerca del riñón. Entonces, el dolor de la piedra y el del apuñalamiento se unían para crear un monstruo hecho de congoja, una criatura que me roía la espalda con sus fieros colmillos. Por último, se manifestaban, a un mismo tiempo, aquellos dolores que no recordaba cómo habían sido provocados o que se habían producido durante el sueño. Desperté con el cuerpo engarrotado y la mente hecha pedazos. El resto diurno que provocó este sueño fue el haberme automedicado con un fuerte analgésico. La impresión sensorial que tuve mientras dormía fue justo un dolor agudo en la espalda. El deseo implícito era castigarme por haber lastimado a mi pareja de entonces.

 

2.

Hace algunas semanas soñé que una hechicera me transformaba en un naipe de baraja: el ocho de corazones. Mi cuerpo era delgado y ligero. Mis ocho corazones latían expuestos sobre mí. Yo pensaba que al ser parte de una misma figura, todos los corazones debían latir a un mismo ritmo. Sin embargo, estaba equivocado, cada uno iba a un compás distinto. Ello hacía incómoda mi existencia. Por segundos, dos, tres o hasta cuatro corazones seguían una misma métrica, mas luego de un instante volvían a distorsionarse. Debido al miedo que me provocaba el haber sido convertido en una carta, los ocho corazones estaban alterados. Era como estar encerrado en una prisión y escuchar un montón de relojes alrededor, sin poder saber cuál marcaba la hora de una región lejana, cuál indicaba el horario local, cuál sólo daba vueltas y vueltas sin sentido, y cuál era parte de una estrategia para enloquecer. Sobre la cama hallaba una nota que decía: “Este hechizo jamás puede ser roto”. Al leerla sentía una ira tan grande que desquiciaba a los ocho corazones. Mi delicado cuerpo se movía para todos lados debido a la fuerza de los latidos. Uno de los corazones iba tan deprisa que comenzaba a doblar una de mis puntas, a tal grado que se creaba una cuarteadura. Uno a uno mis corazones comenzaban a sufrir infartos, primero el del lado superior derecho, luego el de en medio. Con cada paro cardiaco mi vida se extinguía un poco. El dolor en mi brazo izquierdo era insoportable. No podía respirar, sentía como si otras cincuenta y cuatro cartas estuvieran amontonadas sobre mi pecho y me aplastaran sin remedio. De pronto, caía hacia atrás. Mi cuerpo era tan delgado que se precipitaba con lentitud, meciéndose de un lado para otro al tiempo que se desplomaba. Cuando uno solo de los corazones quedaba vivo, desperté. El resto diurno que originó el sueño fue haber visto la versión animada de Alicia en el país de las maravillas. La impresión sensorial que tuve mientras dormía fue una taquicardia provocada por la ansiedad. El deseo implícito era poder sentir de nuevo la emoción que me provocan las apuestas.

 

3.

Cuando era adolescente soñé que entraba a un templo de paredes blancas. En uno de los muros había cuadros que exhibían deidades humanas con rasgos animalescos: santos atigrados; mártires con cuernos de rinoceronte; manadas de ángeles que corrían en estampida sobre las nubes; un hombre grotesco que rezaba juntando sus enormes garras de oso; un apóstol muriente cuya piel se mimetizaba con el tono y la textura de la cruz donde había sido clavado. Todos los feligreses vestíamos trajes de tres piezas y llevábamos corbatas amarillas. Yo entraba al templo de último, me sentaba en la única silla vacía. Me sentía enfermo, tenía un malestar respiratorio que apenas me permitía hacer algún esfuerzo. Un viejo ataviado con un atuendo ceremonial salía de una puerta y se paraba frente a un altar. Nos poníamos todos de pie. Nos pasábamos las manos por la cara hasta tocar el pecho y cerrarlas en un puño. Aquel gesto representaba que nos arrancábamos el rostro y el corazón para ofrendarlos. Todos los allí presentes éramos desahuciados, de pronto lo comprendía. El clérigo explicaba el ritual de esa noche con palabras y términos simples. Afirmaba que aquella ceremonia serviría para curar cualquier afección. Nos aseguraba que no existía la posibilidad de que el rito fallara, los resultados iban a ser inmediatos y palpables. Al final comentaba que existía una premisa negativa, una condición adversa para que aquella sanación surtiera efecto: uno de los presentes albergaría en su cuerpo las enfermedades del resto. En cuanto terminara la ceremonia, aquel desafortunado lo sabría porque sentiría de golpe los síntomas de decenas de enfermedades, tras unos segundos, moriría. Su sacrificio era necesario para curar al resto. El riesgo de ser el afectado era el precio a pagar por participar en un rito tan efectivo. Nuestro sacerdote recitaba algunos versos en un idioma extraño que yo comprendía a la perfección, hablaban de justicia, de recuperación, de honor. Luego de una media hora, el rezo concluía. Muchos a mi alrededor reían, otros lloraban de gozo. Unos pocos se arrodillaban para agradecer en silencio. Yo comenzaba a sentirme muy enfermo. Desperté con ganas de volver el estómago. El resto diurno que provocó este sueño fue la lectura de San Juan de la Cruz. La impresión sensorial que tuve mientras dormía fue un constante ahogo debido a la acidez. El deseo implícito era poder sanar a mi madre enferma.

Estoy seguro de que mis análisis de estos sueños son completamente precisos.

Suicidio similar


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Uno de los elementos que ha determinado mi vida, desde pequeño, es la necesidad imperiosa de tomar pastillas y medicamentos cada doce horas; o cada seis horas; o después de cada alimento; o cada vez que me abruma la incertidumbre; o cuando las paredes cambian de color; o cuando escucho pasar un avión, un helicóptero, un planeta habitado por un niño, un batimóvil, un monociclo, una carroza fúnebre; o cuando esa voz que anuncia: «El teléfono que usted marcó está fuera del área de servicio» suena acongojada; o cuando me pongo a pelear con el cocodrilo de una playera pirata de Lacoste, y pierdo.

Para mí las palabras y los nombres propios más significativos van siempre acompañados de un número: 100, 400, 20, 2.5, .5, y terminan irremediablemente con unas cuantas letras: mg, ml, mcg. Mi lenguaje cotidiano está plagado de neologismos que no significan mucho para los otros: Trapax, Gapridol, Seroxat.

En algún punto, hace no muchos años, llegué a tomar hasta once pastillas al día.

Los antidepresivos me ayudaban a eliminar una tristeza tan grande que se parecía a la fiebre. Una tristeza que me hacía sentir desdichado en los momentos más inoportunos: viendo a los Polivoces (en especial a Mostachón y al Wash and Wear), cortándome las uñas (aún hoy, el ruido de un cortaúñas me causa cierta pesadumbre), revisando las respuestas invertidas en las páginas finales de un libro de ejercicios matemáticos e, incluso, mientras intentaba masturbarme viendo cómo Alfonso Zayas seducía a Maribel Guardia.

Los ansiolíticos controlaban el pánico provocado por la sensación de sentirme perseguido. Por momentos, estaba convencido de que me perseguía un ser mitológico mitad humano, mitad caleidoscopio; un ser que al caminar producía un ruido aterrador de objetos que se entrechocan; una criatura que al andar iba formando figuras hermosas e impredecibles con sus órganos internos. Otras veces me daba terror pensar que iba tras de mí una vasta legión de esos mecanismos que les permiten a las muñecas decir: «Mamá». A veces sentía que me perseguían figuras aterradoras y ridículas, como un muñeco de rosca de reyes de quince metros de altura que al caminar iba destruyendo los edificios de la Ciudad de México. O simplemente el relincho de un caballo sin ojos, sin crin, sin belfos y sin intestinos.

Los antiepilépticos me ayudaban a eliminar espasmos en mi cuerpo que podían durar días y días. Estos movimientos involuntarios e incansables se manifestaban, sobre todo, en los brazos, en la espalda, en los pies y, el más molesto, en los labios. Por otro lado, también mermaban los ataques de ausencias, que por un segundo o dos hacían que fuera imposible reconocer a mis padres, mi casa, mi propia cara, mi voz, conceptos como el placer, el odio, el hambre o la sed. En los peores momentos, la epilepsia me generaba también una sensación de tener el cerebro inflamado. O fomentaba la certeza obsesiva de que dentro de mi corazón había un muñeco playmobil sin pelo, cuyos bordes y durezas lastimaban las paredes internas de mi órgano con cada latido.

Los calmantes me permitían dormir un poco. En esa época, tenía de forma recurrente tres sueños que me parecían agoreros. El primero: me encontraba en un bosque y veía que de pronto, a todos los animales sin cornamenta les crecía una, y a los que ya la tenían, sus propios cuernos les sacaban los ojos, el corazón, las tripas. El segundo: estaba yo en una catedral y de pronto notaba que el patibulum derecho de todos los crucifijos se expandía unos centímetros a la derecha, inclinando, agrietando o haciendo caer a cada uno de ellos. El tercero: me hallaba en una hacienda y, de súbito, veía que todos los hombres y las mujeres, cerca de mí, al intentar hablar, rezar o emitir un alarido, sólo escupían cenizas y chapopote. Se convertían en monstruos inmundos que lo ensuciaban todo con sus palabrerías.

Muchas veces me harté de los medicamentos. Recuerdo con claridad un día que me puse a jugar a las muñecas rusas con mis cajas de medicinas. Dentro de la más grande, la de los antidepresivos (mi Remerón de 30 mg), coloqué la que evita las convulsiones (el Tegretol de 200 mg), dentro guardé la de los ansiolíticos (mi Altruline de 50 mg), después metí la de los comprimidos que me ayudaban a controlar los ataques de pánico (el Aropax de 20 mg); al final inserté la más pequeña, la del medicamento que tomaba para poder dormir algunas horas (el Rivotril de 2.5 mg).

El Rivotril fue la última medicina que se me había terminado un par de días antes.

Vi un rato las cajas, luego las arrojé a la basura.

Temblaba.

Mi corazón latía débilmente.

Yo no quería ser como los cientos de miles que se suicidan tomando de golpe un montón de pastillas. Yo quería destruir mi vida dejando de tomar las que tanto necesitaba.

Aguanté así nueve días.

Por fortuna, o quizás por desgracia, desistí de mi suicidio similar y volví a tomar con disciplina y apetencia mis medicamentos de siempre.