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Justicia literaria


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Susana, hija de Jilquías, es deseada por dos ancianos influyentes. Ella rechaza sus seniles pretensiones y ellos la amenazan con encausarla por adúltera, por haber yacido con un joven estando casada con Joaquín. La pena para tal delito es la muerte.

Los jueces cumplen su amenaza y Susana está pronta a ser condenada. Un justo varón impide el dictado de la sentencia, exigiendo que los viejos sean interrogados en forma separada. Los falsos testigos entran en contradicción; uno de ellos dice que la vió fornicando bajo una acacia, el otro manifiesta que la sorprendió bajo una encina. Descubierto el artificio, los perjuros son apedreados con gran regocijo del venerable Jilquías (feliz por la salvación de su hija, no por la muerte de los ancianos, se entiende).

Tal es la historia de la casta Susana, como nos la relata el libro de Daniel; muestra singular y antigua del tema judiciario en la literatura. El resto de la Escritura nos es pródiga en juicios y afirmaciones sobre la justicia. De tal manera nos presenta al sabio Salomón decidiendo la partición de un infante frente a una madre desecha, asistimos al inicuo juicio de Cristo y escuchamos el cántico: «El Señor ama la Justicia y el Derecho». Como es sabido, la Biblia culmina con el Juicio Universal.

También la literatura griega conlleva la idea del juicio. En la Ilíada, se presentan diversos litigios, uno de ellos el que da motivo a la obra: La cólera de Aquiles, al ser despojado de la deseable cautiva Briseida, por el —digamos abusivo Agamenón.

Michelle Foucalt, en su obra La Verdad y las Formas Jurídicas resalta el extraño concepto de justicia y de prueba que tenían los antiguos, cuando —en la propia Ilíada— Antíloco y Menelao disputan sobre quien ganó una carrera de carros. La verdad se prueba no por los testigos, sino por los juramentos ante Zeus. Luego quien jura más y mejor es quien tiene la razón y a quien se otorga la victoria.

La justicia y el derecho —a pesar de su devaluada imagen son conceptos tan íntimamente humanos que traspasan todos los géneros literarios. A manera de ejemplo, la comedia Las Ranas, de Aristófanes, alude en tono jocoso a la práctica judicial de la tortura de los esclavos como medio de prueba contra los amos; y es también en tono festivo que El Quijote hace referencia a los juicios de Sancho en la Ínsula de Barataria, juicios que son una clara parodia de la sabiduría de Salomón, que tiene el sentido común y el conocimiento popular del buen escudero.

En un sentido distinto, la justicia es tragedia en la Antígona de Sófocles, donde el mandato tiránico del rey de Tebas, Creonte, impide sepultar a Polínices. La violación de dicha ley es consumada por Antígona, quien rinde honores funerarios al cadáver y enfrenta a la muerte por su contravención. Antígona es una obra literaria notable, pero tiene valor jurídico propio, pues es un testimonio sobre la idea del derecho natural, el que es justo por sí mismo y por ende, superior a toda ley humana.

En un contexto de drama y como novela es imposible omitir la mención de Crimen y Castigo de Dostoievsky, donde existe una aparente reflexión psicológica sobre la transgresión a las normas que lleva a Raskolnikov hacia cierto tipo de redención. De alguna manera la ley ha quedado impresa en el cuerpo del transgresor, motivo que nos lleva a recordar En la Colonia Penitenciaria de Kafka, donde literalmente la ejecución de los condenados se realiza grabando en su piel el texto de las leyes violadas, tarea consumada por agujas de cristal que finamente van penetrando la espalda del reo.

El teatro otorga nutrida muestra de afanes justicieros, valga para el caso citar sólo dos autores castellanos y dos en lengua inglesa: Lope de Vega, con sus conocidos dramas municipales, Fuente ovejuna y El Mejor Alcalde, el Rey, ambas dirigidas a denunciar los abusos de la nobleza frente al pueblo; así como Calderón de la Barca, con El Alcalde de Zalamea, en la misma tónica de Lope, pero con una —muy mediterránea— referencia al honor. En lengua inglesa, infaltable Shakespeare con El Mercader de Venecia, pero también con Macbeth, interrogando los límites de la justicia y la legitimación del poder; y Arthur Miller con sus Brujas de Salem (The Crucible), velada denuncia del Macarthismo y su consecuente violación de las libertades civiles.

Dentro de esta esquemática referencia, el cuento latinoamericano con implicaciones directas en el tema de la justicia puede incluir a Diles que no me maten, de Juan Rulfo, que alude a la justificación de la prescripción dentro del derecho penal; y Emma Zunz, de Jorge Luis Borges, que propone la justicia como una elaborada venganza.

También relacionados con la legislación, esta vez laboral y de seguridad social, son los cuentos Huarapo, del jalisciense Francisco Rojas González y La Compuerta del chileno Baldomero Lillo.

Existe además una especie de subgénero, de tipo carcelario, donde la narrativa se conduce por calabozos y prisiones, en una especie de ejercicio masoquista en torno al derecho penal. Este género que llamaríamos menor, pero que ha merecido el nobel, incluye: Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn; Papillón, de Henri Charrière y la Isla de los Hombres Solos, de José León Sánchez.

Imposible sería en tan breve espacio agotar las innumerables referencias literarias al derecho; van las anteriores como una modesta invitación al tema.

Instantánea Express 09: ganador

Con la novedad de que por primera vez tenemos un empate, compartimos los textos ganadores de la edición 09 de #InstantáneaExpress.

Instantanea Express 09, #HistoriasSinSpoilers, #InstantáneaExpress

Lo que de veras me intriga es como un dispositivo tan sofisticado como el cerebro humano, capaz de erigir rascacielos y predecir el movimiento de los astros, de componer sinfonías, de cartografiar los genes, de crear inteligencia artificial y hasta de estudiarse y comprenderse puede, por otra parte, ser tan elemental, que viva toda su vida satisfecho con las incidencias del deporte y la farándula.

¡Tanto misterio, tanta complejidad, tantos millones de años de evolución para contentarse con un gol del “Chicharito”!

Manuel Fons | Gedankenexperiment

 

GANADOR: PATRICIA BAÑUELOS

Que la razón no entiende

La Razón del neocórtex juega la final por la copa de la “Supremacía Neurológica” en cascarita pambolera contra Los Primitivos del sistema límbico. Jugadores de ambas escuadras se alinean por color en cada barra del futbolito de madera estufada medidas reglamentarias.

Al silbatazo la bola corre vertiginosa, los defensores del arco neocórtex juegan de color rojo, acomodando pases cortos de múltiples conexiones. Los Primitivos casaca albiazul, se mueven a muñequeo veloz en tonos de  insolentes decibelios.  Marcador uno-cero favor del equipo de La Razón por un tiro de precisión matemática. Los ánimos se calientan en la banca celeste, regresan del descanso crecidos venciendo al arquero escarlata con un  cañonazo  de testosterona bajado con el pecho por  su capitán.

Límbicos mantienen la posesión del esférico. Neocórtex recupera el balón e intenta acomodar por la banda derecha. El cancerbero de la portería de Los Primitivos retiene la bola antes de que el equipo de La Razón pueda rematar con la cabeza. El saque de meta lo gana el jugador de jersey rojo  número diez. Intenta una jugada de pizarrón que choca en el travesaño. Recupera de nuevo y se descuelga inteligentemente hasta la portería contraria. Una chica en minifalda pasa junto a la banca de la defensa neocórtex, el delantero  carmesí en un arrebato de libido anota en su propio arco. Los Primitivos festejan el triunfo cual cavernícolas, asegurando que  aunque Pascal está en lo cierto, la causante del autogol ni estaba tan buena.

 

GANADOR: DANIEL HERNÁNDEZ

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora “es la epitome del deporte”, ora “una recreación sana para el espíritu”. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

De enigmas y logogrifos


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

No hay literatura sin enigma, incluso la lírica posee bellos misterios[1]. Parejos arcanos encierra el ensayo y algo no distinto sucede con la novela y con el cuento. Incluso la Sagrada Escritura nos ofrece ejemplares acertijos, las adivinanzas de Sansón no exentas de codicia, las oníricas adivinaciones del soñador José y la mano suspendida de Daniel que escribe las indescifrables palabras: Mene, Tekel, Parsin.

En mérito de la brevedad, no abordaremos los enigmas de los griegos, ni abundaremos sobre la alada Phix la virgen de afiladas uñas, no entraremos al conocimiento del cuadro de Polibio, ni de la clave de Julio César, que preservó para nosotros Suetonio. Bastará para el fin de este ensayo mencionar que la historia clásica también nos desafía con antiguas criptografías.

Es difícil aventurar la primera utilización de códigos y cifrados como tema o artificio en la literatura que se suele llamar de ficción, pero no por ello dejó de ser utilizada la criptografía durante el medioevo y la edad moderna, tanto en su aspecto marcial como en el diplomático. Todavía causa admiración la elaborada falsificación del manuscrito encriptado de alquimia identificado como “El Libro del Tesoro” y apócrifamente atribuido a Alfonso X, el sabio[2].

A despecho de la dificultad mencionada, Edgar Allan Poe es quizá el autor más mencionado cuando se trata de la relación entre criptografía y literatura, debido si duda a su cuento “El Escarabajo de Oro”, publicado en 1843. A título personal, conocí de dicha narración por los magníficos segmentos culturales de Maruxa Vilalta, en la televisión pública (canal 13). “El Libro de Hoy” era el título, el año tal vez 1982.

Como es sabido,“El Escarabajo de Oro” relata la búsqueda de un pirático tesoro cuyo hallazgo se logra al descifrar un mensaje en clave. Una clave que se reputa sencilla, por simple sustitución.

Mi segundo encuentro con la criptografía literaria fue a través de Julio Verne, con su novela La Jangada, publicada en 1881, en la cual la vida y libertad del protagonista Juan Dacosta dependen del contenido de un mensaje en clave numérica, que es largamente explicada al puro estilo de Verne por el juez Jarríquez:

— El documento no está basado sobre signos convencionales, sino sobre lo que se llama «una cifra» en criptografía, es decir, sobre un número.

—Pero… —dijo Manuel—, ¿no se afirma que es posible leer un documento de este género?

—En efecto —admitió Jarríquez. Cuando una letra está invariablemente representada por la misma letra. Entiéndame: quiero decir cuando una a, por ejemplo, es siempre una p; cuando una p es siempre una x… De lo contrario, no es posible.

—¿Y en este documento?

—En este documento el valor de la letra cambia, de acuerdo con la cifra, tomada arbitrariamente y que es lo que rige. Así, una b que haya sido representada por una k, más adelante lo será por una z; después por una m, o una n, o una i, o cualquier otra letra.

—¿Y en tal caso?

—En tal caso, o sea en este caso, tengo el sentimiento de deciros que el criptograma resulta absolutamente indescifrable.

Hasta aquí la transcripción (la explicación completa abarca seis páginas). En dicha novela, un caballeroso Verne tiene la cortesía de rendir homenaje a Edgar Allan Poe al exclamar por boca de su personaje: “¿Quién no ha leído El Escarabajo de Oro?”

Cabe añadir que Sir Arthur Conan Doyle también se ejercitó en esos juegos, que de alguna forma son inseparables del género policial y de espías. Su relato “Los Bailarines” o “Los Monigotes” es frecuentemente citado en el inventario de la criptografía recreativa.

En tiempos mucho más recientes, Isaac Asimov dedicó incontables por numerosos cuentos a las charadas y a las claves. En particular, en sus varias “Historias de los viudos negros”, pero incluso en cuentos poco conocidos como “Problem of Numbers”, renombrado posteriormente como “As Chemist to Chemist”.

Un ejemplo particular de lo que podríamos considerar mal uso de la criptografía como motivo literario lo encontramos en el “Código Da Vinci”, que contiene un criptex (bueno, quizá dos criptex) con un papiro y cuatro líneas enigmáticas. En la novela, Sophie Neveu  (criptógrafa parisina, que había cursado estudios en Inglaterra, en el Royal Holloway) necesita de cuatro páginas de acción —casi un capítulo— para percatarse de que el texto está invertido y se puede leer con un espejo; algo que resulta especialmente decepcionante como clave y nos recuerda a los perdidos años de la infancia.

No ampliaré las referencias. En tan breve espacio no podemos agotar los contactos de la criptografía con la literatura[3]. Sólo añadiré una nota final, en una publicación de Gómez Urgellés se alude a la criptografía con “cifra de cuaderno de uso único” —lo que sea que pretenda significar. La peculiaridad de un mensaje cifrado con esta clave es que si llega a ser analizado por ensayo y error, los resultados del análisis serán: a) Todos los mensajes posibles de igual longitud; b) El mensaje real que se envío; y c) Una breve refutación del mismo mensaje. Se le ha bautizado “el mensaje de Babel”, en honor a una conocida biblioteca y a un conocido escritor ciego.


[1] Baste recordar a Amado Nervo: «Tu cabellera es negra como el ala del misterio, tan negra como un lóbrego jamás, como un adiós, como un “quien sabe”...Tus ojos son dos magos pensativos, dos esfinges que duermen en la sombra, dos enigmas muy bellos…»

[2]«Lorenzo Ferrer se trasladó a la Corte, trayendo un Libro del Tesoro de su cosecha, en el que utilizó la caligrafía del tiempo de Alfonso X; debidamente envejecido, encuadernado con tablas y cerrado con tres candados, según convenía, se dio las trazas para que llegase al confesor del Rey» GALENDE DÍAZ. La Criptografía Medieval: el Libro del Tesoro. España-2003.

[3] Sería indispensable reseñar el Criptonomicón, de Neal Stephenson. Me lo impide mi esencial ignorancia sobre el libro, que de alguna forma —arteramente predestinada— deberé de leer algún día.

Reescrituras


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Yo fui alumno de la Escuela de Escritores SOGEM. Empecé el diplomado a los dieciocho años. Recuerdo de forma vívida una anécdota que determinó mi travesía literaria. Luego de estudiar, durante semanas, las características de un buen cuento: la autosuficiencia, la mesura, la contundencia, su naturaleza microcósmica, su imperiosa necesidad de tener y mantener un conflicto, su breve aliento, su talante escueto, etcétera; se nos asignó la tarea de escribir nuestra primera narración en forma. Frente a esta serie de características, al parecer inamovibles, terminé por sentirme aterrado. Me congelé.

Un día antes de la entrega, la desesperación era mi todo. Entonces recordé, y me lo confirmó mi madre, que cuando era niño, yo escribía cuentos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o un sello medio borroso que aseguraba (o condenaba): “Sí trabaja”, “Felicidades, eres un campeón”, “Sigue así”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar, en un certamen, una caja de Duvalines, de esas preciosas que incluían una serie de cucharitas aún pegadas entre sí. Revisé uno de mis cuadernos de español de la primaria y hallé uno de mis cuentos.

Era una narración escrita con una letra enorme, que trataba sobre un niño con alas, quien decía estar relleno de aserrín, se llamaba Miguel; y lo más importante: era regañado constantemente porque no podía hablar bien y repetía sin cesar las mismas palabras. Mi trabajo de infancia me estrujó el espíritu. Supe que había hallado la fuente para crear mi primer cuento “profesional”. Decidí reescribir mi obra.

Días después, la maestra Aline Petterson me pidió leer mi texto en voz alta y dijo que le había parecido conmovedor. Todavía estaba tan inseguro de mi trabajo literario que le pregunté, al final de la clase, si su calificativo de conmovedor significaba que le había gustado mi cuento. La respuesta fue tajante: “En literatura, a mí sólo me conmueve lo que me gusta”.

Hace poco debía entregar con urgencia un texto breve para una publicación electrónica. Escribir textos de pocas cuartillas me resulta enojoso y un día antes de la fecha límite aun no tenía nada digno. Recordé entonces que cuando era joven, yo escribía cuentos cortos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o una reacción que aseguraba (o condenaba): “Usted sí escribe”, “Siga así”, “Es conmovedor”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar un espacio en una antología de cuentistas jóvenes, una de esas ediciones horribles que aún traían las hojas pegadas entre sí. Revisé algunas de mis tareas de SOGEM y hallé uno de estos cuentos.

Era una narración que trataba sobre un niño con alas moradas y despellejadas, quien decía estar relleno de aserrín, que se llamaba Miguel, Miguelito, Miki, Maik; y lo más importante: que era regañado por su mamá, ya que repetía constantemente las mismas palabras, como si tuviera eco. Decidí reescribir mi obra.

Así que hoy quiero compartirles la segunda reescritura del cuento que ya dos veces me salvó de una entrega inminente:

 

Yo me llamo Miguel

Yo me llamo Miguel, Miguelito, Miki, Maik, Hijito, Mi Amor, Tesoro, Inútil, Tarado, Estúpido, Desobediente y Estorbo. Yo también tengo alas, como los ángeles, moradas, casi rojas, despellejadas, en la espalda. Los lunes tengo alas de pterodáctilo; los martes, de dragón; los miércoles, de F-15; los jueves, de diablo; los viernes y los sábados, me quedo dormido todo el día, y los domingos, de libélula. Pero yo no vuelo, porque no quiero y no sé y no me han enseñado y me da miedo.

A mí no me gusta llorar, pero sí lloro, y luego, cuando ya me vacío de agua, me río y grito y me sigo riendo y floto, y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo, y corro y tomo vuelo y floto tantito, y me sangran las orejas y la rodilla, y me duele la cabeza y veo manchas y las espanto, pero no se van, y mejor cierro los ojos. A veces abro los ojos bien fuerte, para atraparme yo solo con los párpados, para estar en un capullo, como los gusanos, y que ya no me duela la cabeza y que todo llueva y se moje, y que yo nazca y me moje y respire y respire.

A veces, pienso que mi mamá es una sierra eléctrica que me parte en dos o en tres o en cuatro, otras veces pienso que mi mamá es una máscara de luchador, pero uno rudo, que me aprieta la cabeza y me tapa las cicatrices del coco, pero casi siempre pienso que mi mamá es un cañón de artillería, como el del libro de la SEP, que me dispara y me acribilla, porque soy su enemigo, y a ella le dan una medalla por su valor en el combate, y a mí me entierran, junto a las trincheras, o junto a las letrinas de los soldados. De mi papá no me imagino nada porque no tengo, y nunca lo he visto, ni en una foto.

A mí no me gusta hablar porque no puedo, porque tengo eco, y repito y repito lo que digo y luego se me olvida lo que iba a decir y me enojo y tiemblo. A mí me gusta hablarme para adentro, porque así lo que digo se me queda y no se sale, y se me llena la cabeza de palabras y de groserías y de padres nuestros, y de trabalenguas y de adivinanzas y de quejidos, entonces me pesa mucho la cabeza y ya no siento y sonrío y me río.

Como todos los niños, yo estoy relleno de aserrín, y de canicas y de estrellas ninja y de gomitas con forma de culebras y de cometas sin nombre, y de bolas de cebo, podredumbre y veneno, pero diario me saco estas cosas por las orejas, y por eso estoy tan flaco, aunque luego me las vuelvo a meter por la boca y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo.

Yo ya me quiero morir, para que no me duela la cabeza y para no ver manchas y que no me sangren las narices y que mi mamá no me grite, ni me acribille. Yo me llamo Miguel, Horror, Miguelito, Tumor, Pelón, Quimoterapia, Mijito, Inútil, Castigo, Estúpido, Desobediente y Estorbo.

Instantánea Express 08

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Río entre las piedras y otro de La cruz de la bestia.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress08. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es editorialparaisoperdido@gmail.com y tienen hasta el próximo miércoles 21 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 23 de junio.


#amor #InstantáneaExpress #HistoriasSinSpoilers

Fotografía: Fabrizio Verrecchia

 

El amor no existe, pero engaña. El amor no existe, pero perturba. El amor no existe, pero mata. El amor es una bomba explosiva muy peligrosa.

Augusto Rodríguez | El hombre que amaba los hospitales

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Augusto Rodríguez? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

Quema de libros


Saca el diván

Por Edna Montes

La idea se te escapa. Estás ahí, escribiendo esa obra maestra distópica, histórica o ucrónica pero algo le falta. Se trata de la prueba perfecta de que ese régimen dictatorial, genocida, represor y violento es el Mal Encarnado. ¿Cómo mostrarlo en toda su atrocidad? De pronto, una benevolente musa susurra en tu oído. ¡Claro! ¿Por qué no se te había ocurrido antes? Lo peor en el mundo mundial:

¡Una quema de libros!

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Si uno considera que los escritores son… bueno, escritores, es más fácil perdonarles esa pequeña distorsión en sus prioridades. *Inserte pancarta con frases incendiarias del tipo “no puedes matar las ideas” aquí*. Además, en honor a la verdad, las dictaduras reales son muy afectas a este tipo de censura (a todas los tipos, de hecho).

El primer caso histórico registrado data del 2240 a.C. cuando el archivo del imperio de Ebla (parte de lo que actualmente es Siria, Líbano y Turquía) fue destruido por sus enemigos. Irónicamente, las tablillas de arcilla en el recinto se fortalecieron con el fuego. Es por eso que algunos ejemplares han sobrevivido lo suficiente para reposar en museos hoy en día. Probablemente las quemas de libros más populares son las realizadas por el régimen Nazi en la Segunda Guerra Mundial o las de la Inquisición (su segunda actividad favorita después de quemar personas), pero no son, ni por asomo las únicas. Si no me creen, pueden consultar esta ilustrativa lista.

Uno puede imaginarse lo que pasa por la cabeza del líder en turno: (Léase en tono maquiavélico) “¿Gente que piensa diferente? ¡No si quemo esto! Muajajajajaja.” Lanzan el ejemplar al fuego y ¡magia! la opinión de todos cambia al instante para alinearse con ellos. Final (in)feliz. NO. De hecho eso jamás ocurre, los disidentes siguen allí y no piensan rendirse. Un gobierno represivo es incapaz de matar ideas, por mucho que lo intente con todas sus fuerzas.

La persistencia de los pensamientos e ideales plasmados en una obra literaria es, quizás, una de las cosas que más enorgullecen a sus creadores. Esa resiliencia callada gracias a la cual hoy leemos al Marqués de Sade, George Orwell, Rubem Fonseca, DH Lawrence, Gustave Flaubert o Salman Rushdie, entre otros, con harto placer. Algún gobierno los prohibió y perdió la batalla.

En plena era de la cultura digital nos parece que las obras literarias se resguardan con mayor facilidad, se trata de una falsa seguridad. Pensemos en un terrible apagón, incluso en los temidos hackers y virus. Lo analógico tendría muchas ventajas ante esas eventualidades.

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Más allá de formatos y tecnologías, el libro es un símbolo. Se trata de la belleza, la posibilidad y el esfuerzo. De la magia que escondida entre portada y contraportada. Un artilugio noble que vuelve inmortales a las ideas que contiene, supongo que por ello para los autores es una de las mejores formas de representar la barbarie y la represión.

Perdónenos, somos raritos pero chidos. 😉

Canción:


Recapitulando:

Quema de libros

Fórmula:

Un régimen dictatorial y opresivo toma el control/ recurre a la quema de libros para reafirmar su autoridad/Los héroes se mantienen firmes en su oposición/Algunos de ellos incluso rescatan los libros de alguna manera.

Como lo viste en:

  • Library War (Anime, Fuji TV, 2008)
  • Full Metal Alchemist (Anime, Bones, 2004)
  • Indiana Jones y la última cruzada (Película, Steven Spielberg, 1989)
  • Footloose (Película, Herbert Ross, 1984)
  • Fahrenheit 451 (Libro, Ray Bradbury, 1953)
  • La ladrona de libros (Libro, Markus Zusak, 2005)
  • Dioses Menores (Libro, Terry Pratchett, 1992)
  • Assassin’s Creed (Video juego, Ubisoft, 2007)
  • Avatar: La leyenda de Aang (Caricatura, Nickelodeon, 2005-2008)

    Fotografía superior: Anastasia Zhenina

Neil Gaiman: De cómo prologar la propia vida


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Los escritores viven en casas que construyen otras personas.
Neil Gaiman

En fechas recientes me he dado a la tarea, no me pregunten por qué, de leer biografías y autobiografías. Me llaman más la atención las últimas. De hecho, la colaboración que entrego en este blog de Paraíso Perdido está dedicada siempre a las impresiones que me quedan después de leer alguno de estos testimonios en primera persona.

No me interesa, en este espacio al menos, alimentar la discusión con respecto de la reelaboración que desde la ficción se hace al contar la propia historia. Recordar es mentir un poco (o un mucho), siempre. Y de eso no escapa nadie. Ni siquiera los escritores que se pretenden más rigurosos con la documentación de su propia vida; ese rasgo, incluso, puede considerarse como parte de su poética y, en ese sentido, herramienta de ficción. Lo que me interesa es, previsiblemente, la historia que se cuenta (que acá, en adaptación de la connotación angloparlante, sería la Historia también; esa es otra reflexión que deberemos apuntar en los pendientes). Me atraen, por tanto, los hechos que ocurren en eso que llamamos “realidad”, vivencia tangible, espacio-tiempo documentado y cargado de evidencias.

En este sentido, la autobiografía no debería confundirse con lo que hoy, en esa manía por lo novedoso que la posmodernidad nos ha vendido, se llama autoficción. Uno pretende contar una versión de la verdad histórica. La otra abreva de fragmentos episódicos de la biografía para construir verosimilitud ficticia. Y he aquí otro tema pendiente. A pesar de venderse como algo en suma novedoso, la autoficción, como recurso literario tiene una larga historia.

Desde los ecos del narrador testigo utilizado por numerosos autores de relato policíaco y fantástico, hasta las fabulaciones contadas en primera persona por Jorge Luis Borges, por ejemplo, y que incluyen la participación de personajes que cruzan de la “realidad” hacia la ficción. Su amigo Bioy, por ejemplo.

Aunque, creo, el ejemplo de adelantado a la autoficción en nuestro idioma es, sin duda, Jorge Ibargüengoitia. No en sus novelas, sino en sus crónicas y artículos periodísticos. La naturaleza de tales relatos generó incluso la duda de sus compiladores post mortem que ubicaron narraciones como “Revolución en el jardín”, “Viaje por la América ignota” y “Los Caporetto ya no viven aquí” dentro de sus textos periodísticos. Ibargüengoitia merece, a la luz de esos textos, una entrada dedicada en exclusiva a su papel como Padre Precursor de la Patria Autoficticia (ante la susceptibilidad contemporánea me permito aclarar el sentido irónico y referencial de esta frase. No vaya a ser…).

Ibargüengoitia es el ejemplo de que no es necesario escribir autobiografías para relatar la propia vida. Que es decir, aquellas partes que los escritores quieren que se conozcan (es quizá en la autobiografía donde se ejerce la censura más feroz). No es necesario dedicar tiempo en el crepúsculo vital para recrear la memoria. A veces se puede hacer en otros espacios. El periodismo, como Ibargüengoitia; o las introducciones a los libros como lo hace Neil Gaiman.

Neil Gaiman

Casi todos los libros de Gaiman incluyen flashazos de la manera en cómo su vida se refleja en su obra. De qué estaba haciendo cuando escribió tal relato; quiénes fueron las personas que lo acompañaron, cómo se dio el proceso de convencimiento al agente literario o al editor para que determinada creación se publicara.

Sirve también, como oportunidad para mostrar autocrítica con respecto del propio trabajo. En el primer volumen de The Sandman, por ejemplo, anota en el “Epílogo”, después de relatar el proceso de escritura y conformación del equipo de ese primer arco narrativo (Preludios y nocturnos):

Releyendo estas historias, ahora debo confesar, que a muchas de ellas las encuentro torpes y desgarbadas, a pesar de que incluso las más vergonzosas de ellas poseen algo: una frase, tal vez, o una idea, o una imagen de la que aún sigo orgulloso. Pero en ellas es donde la historia comienza, y las semillas de mucho de lo que ha venido después —y mucho de lo que aún está por venir— fueron sembradas en este libro.

Esta posibilidad de hablar de la propia vida, que para Gaiman es mostrar el proceso de escritura (o relatarnos otro tipo de ficción), es un rasgo sobresaliente de su conjunto de relatos Material sensible (Salamandra, 2016), en donde declara incluso que el impulso por escribir una especie de nota contextual y explicativa de cada uno de los cuentos incluidos en el libro responde a su propia afición por leer este tipo de textos en otros autores.

Mis colecciones preferidas no sólo me ofrecían cuentos, también me explicaban cosas que desconocía sobre los relatos del libro y el arte de la escritura. Respetaba a los autores que no escribían introducciones, pero nunca me gustaban tanto como los que conseguían que me diera cuenta de que cada uno de los relatos de la antología estaba escrito, conformado palabra por palabra, por un ser humano que pensaba, respiraba, caminaba y, probablemente, incluso cantaba en la ducha, como yo.

“Nosotros, los escritores, que vivimos de la ficción, formamos parte de un continuo que incluye todo lo que hemos visto y oído y, más importante aún, todo lo que hemos leído”, escribe en otra parte de la introducción. De esta manera, Gaiman apunta algo que nos parece una perogrullada pero que, visto más de cerca, es necesario considerar de vez en cuando: la literatura proviene de la vida, incluso aquella que parecer querer negarla y que ambiciona reconstruirla por completo (complejo de Dios, trastorno narcisista; esto comprendido desde la ficción, no se entienda otra cosa).

Ese conjunto de introducciones, prólogos, epílogos, notas e, incluso, pláticas y conferencias, configuran el corpus para entender los mecanismos de escritura de uno de los autores más prolíficos e interesantes de nuestra época. Desnuda también algo que queda implícito en las declaraciones que realiza en esos pequeños textos: la autobiografía de un escritor interesa por lo que pueda decirnos con respecto de la escritura más que de su experiencia vital. Aunque las dos cosas vayan unidas de manera indisoluble. Y donde lectura es, también, parte de la escritura. Al menos para mí eso es claro. Concluyo con un ejemplo:

Construimos las historias en nuestra mente. Seleccionamos las palabras, les otorgamos poder y miramos a través de otros ojos, y de ese modo vemos y experimentamos lo que ven otras personas. Y yo me pregunto: ¿son los relatos de ficción lugares seguros? Y entonces dudo: ¿deberían serlo? Después de leer algunas de las historias que leí de niño desee no habérmelas encontrado nunca, porque no estaba preparado para asimilarlas y me perturbaron: historias que hablaban de desamparo, en las que aparecían personas a las que se ridiculizaba, o mutilaba, donde los adultos se sentían vulnerables y los padres no eran de ninguna ayuda. Me inquietaron y aparecieron en mis pesadillas y en mis ensoñaciones, me preocuparon y me perturbaron profundamente, pero también me enseñaron que, si iba a leer historias de ficción, a veces sólo me sería posible descubrir mi zona de confort saliendo de ella; y ahora, como adulto, no eliminaría la experiencia de haberlas leído aunque pudiera hacerlo.

Lenguajes imaginarios


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Desconocemos el número actual de las lenguas humanas, serán tal vez —según la fuente que se consulte— unas seis o siete mil. Por si su caudal no fuera excesivo, a ellas debemos aunar las lenguas muertas, los dialectos angélicos que postula la Carta a los Corintios y los idiomas que han sido fruto de  la ficción literaria.

Cada obra de la literatura, singularmente las de fantasía y ciencia ficción, necesitan palabras nuevas con las cuales identificar entidades hasta entonces ignoradas. En el universo de J. K. Rowling no podríamos representar el juego preciso sin el vocablo quidditch (que por otro lado nos ahorra incontables definiciones cada que se menciona la lúdica actividad); análogo a este deporte es el hussade de Jack Vance, en la saga de Alastor, aún cuando este divertimento presenta connotaciones más tétricas.

No obstante, la creación de una colección de vocablos no es por sí la elaboración de un idioma, a lo sumo aspira a formar un léxico suplementario. Un idioma necesita además su gramática; y ese sería el caso del Pársel de Harry Potter. La peculiaridad de esta lengua es su carácter de hereditario, no se aprende, se nace sabiéndola. Es adicionalmente una lengua inter especies y permite la comunicación animal, como el anillo del rey Salomón.

En esta categoría de lenguas ficticias inter especies se encuentra el idioma de los simios que hablaba Tarzán. Rice Burroughs —su creador— tuvo a bien revelarnos los sufijos selváticos que emplea: mangani es mono, go-mangani es ser humano negro, tar-mangani es el humano blanco. De ahí comprobamos el racismo innato de los antropoides —o de Rice Burroughs—, en donde las personas de color se diferencian (aunque escasamente) de los micos y de los humanos blancos.

Debemos puntualizar que dependiendo de la amplitud y detalle de nuestra definición, los autores de ficción no crean verdaderos idiomas, pues estas elaboraciones no son completas; es decir, no bastan a las necesidades de comunicación de un grupo de hablantes.

A despecho de ello, por una suspensión de la duda asumimos su existencia. Ese pacto de fe que se realiza entre autor y lector se refuerza a veces por el rigor lógico del lenguaje inventado. En esta materia, el campeón de la lingüística imaginaria quizá sea John Ronald Tolkien, con su amplio inventario de lenguas élficas, incluida una historia evolutiva desde el idioma primordial, el Quendian primitivo, del que derivan con el tiempo el Telerin, el Sindarin, el Nandorin y otros lenguajes de la llamada Tierra Media.

La evolución del idioma y con éste la historia de las ideas ha sido tratada por  autores como Michel Foucault y Norberto Bobbio; en la literatura este enfoque es compartido por George Orwell, en 1984. En dicha novela, hace decir a Syme —uno de los redactores del diccionario de Neolengua— lo siguiente:

Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos.

 

¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significaos secundarios eliminados y olvidados para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño.

 

Lenguajes, #HistoriasSinSpoilers

 

Desde luego, existen otras lenguas sintéticas o artificiales, como la postulada por John Wilkins en el siglo XVII, pero dado que se trata de una erudita empresa filosófica y no intencionadamente ficcional, no formaría parte de esta digresión, a no ser porque Jorge Luis Borges le dedica un ensayo[1] donde nos refiere que Wilkins:

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

En la cita efectuada, el dominio de lo que llamamos real colinda con lo fantástico y el intento evidente del autor es transmitirnos esa sensación de maravilla al imaginar una absoluta clasificación del mundo, efecto similar al que nos propone con la Máquina de pensar de Raymundo Lulio, ensayo similar, fechado en 1937.

El propio Borges imagina lenguas conjeturales en Tlön, Uqbar, Orbius Tertius, con diferencias sustanciales entre los hemisferios austral y boreal de ese planeta. En ambos lados existe una dominante noción del idealismo, en ninguno se reconoce realidad a la materia. Bajo tal óptica todo sustantivo sería una injustificada especulación, de modo tal que el lenguaje se compone de verbos y de adjetivos. En el norte —por ejemplo— no hay una palabra que corresponda a “luna”, sino que se conjugaría el verbo “lunecer”; en el sur los adjetivos cumplen la función de los nombres, no se dice “salió la luna” sino “aéreo-claro sobre oscuro-redondo”.

La anterior parecería una gramática arbitraria, si no lo fueran todas las gramáticas. A manera de muestra, las lenguas Tseltal, Chol, Chontal y Lacandona, tienen numerales diversos si van a enumerar ríos o jícaras, si se trata de rollos o de seres animados, si se cuantifican cosas redondas o alargadas; no existe en las variantes mayas la abstracción del número, todo conteo es recuento de objetos específicos.

Hasta aquí las referencias. Como propuestas preliminares para el establecimiento de una lingüística de la fantasía se establecen: la investigación del mítico Babel donde surgieron los lenguajes ficticios y la decidida intervención del gobierno oculto del mundo para proteger de la extinción a los idiomas imaginarios.


[1] Me refiero, desde luego, a El idioma analítico de John Wilkins, publicado en Otras Inquisiciones, en 1952.

Pornografía y gozo estético

 


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Me resulta fascinante cuando mis textos literarios surgen a partir de elementos insólitos o insospechados, como un ejemplar de los noventa de El Libro Vaquero, una receta médica de mi abuela, el instructivo del Monopolio, un cerdo atropellado en la carretera, o incluso, la pornografía. También es cierto que mucho ayuda mi paranoia, la imaginería desbordada, cierta desesperación constante y mi desorden obsesivo compulsivo. Pero el asunto es que gracias a la pornografía se me han ocurrido ideas que finalmente se convirtieron en cuentos o capítulos de una novela.

Recuerdo muy bien, por ejemplo, que una noche, mientras miraba en el monitor de la computadora a una mujer de cabello chino siendo penetrada por un hombre de rasgos hispanos, sentí mucha angustia. La muchacha del video tenía en la espalda un enorme tatuaje. Se trataba de un dragón. Sólo se podía ver la parte media de la bestia mítica. La cabeza y la cola seguro estaban al frente, tal vez en su abdomen, tal vez en su pubis. Entonces pensé que también era posible que el tatuaje representara algo tétrico o grotesco. A lo mejor se trataba en realidad de un dragón circular, un dragón cuyo cuerpo era una circunferencia cerrada, es decir, que no tenía cola ni cabeza.

Podía ser un monstruo circular que representara el infinito, o un ciclo de cultivo en alguna cultura milenaria, un dragón terrorífico que al verlo causaría repulsión. Una bestia que sufriría constantemente, ya que al intentar arrojar fuego, sólo conseguiría que las llamas dieran vueltas dentro de su cuerpo, quemándole los órganos internos, los cuales tras ser calcinados aparecerían de nuevo, intactos, en cuestión de segundos. Como si aquel quemarse y reponerse fuera un castigo, como si el dragón fuera un infierno orgánico, vivo, un averno con alma, que respiraba y que pudo hallar, con el tiempo, la forma de andar, de moverse, que incluso pudo aprender a asir las cosas, apretarlas hasta deshacerlas. Sin que nadie supiera que aquel triturar no era una agresión, sino un modo de comunicar su angustia, su desdicha. Preferí apagar la computadora. No quería ver de frente al ser horripilante.

En otra ocasión vi el video de un hombre manoseando bruscamente a una mujer que usaba medias de red. La mujer hacía unos ruidos exagerados y falsos de gozo. El tipo entonces rasgaba las medias con fuerza y penetraba a su compañera. Ella daba de gritos. Sus alaridos iban acompañados de gestos histriónicos. En medio del éxtasis, la mujer desgarraba del todo sus medias para arrancarlas después. Luego las lanzaba por el aire. Yo pensé que en ese instante la mujer se había convertido en un pescador fantástico y demencial, quien lanzaba pequeñas redes para atrapar sus propios gritos. Pensé que se trataba de un pescador de lo etéreo, cuya intención era sacar del aire a sus alaridos más grandes, a los más estrepitosos, los de mayor volumen, para así poder vanagloriarse del tamaño y la intensidad de sus presas, o tal vez para disecarlas, clavarlas en bases de madera y adornar las paredes de su casa.

Otro ejemplo de pornografía inspiradora, ocurrió mientras veía a un hombre sin mano recibiendo sexo oral de una pelirroja. La joven tenía los senos pequeños. Él tomaba la parte trasera de la cabeza de la mujer y la obligaba a tragar con furia su pene, una y otra vez. La muchacha hacía unos ruidos como de quien se ahoga sin remedio. Saliva, sudor y líquido seminal escurrieron en abundancia por su barbilla. Ella se ponía de pie súbitamente e iba a sentarse sobre el sofá. Abría sus piernas con desfachatez. El hombre entonces la penetraba usando su muñón, sin ninguna delicadeza. Su antebrazo entraba con furia a la vagina de su compañera. La mujer se retorcía de placer. Yo entonces pensé que la pelirroja se había convertido en la mano del hombre, se había transformado, por medio de un proceso místico, en la mano perdida del individuo. Me imaginé luego que si otro sujeto manco penetrara a otra joven pelirroja y éstas se abrazaran, sería como si los tipos se tomaran de las manos. Concluí que era probable, debido a la simbiosis, que cuando los dos hombres se pusieran nerviosos, las mujeres sudaran, como lo hacen las palmas de los inquietos o los sobresaltados. Hasta era probable que una pitonisa pudiera leer los pliegues en el cuerpo de ambas mujeres como si fueran las líneas de una mano, y augurara para ambos individuos un futuro de remordimientos, de empresas fallidas, de desengaños amorosos o infidelidades, de enfermedades dolorosísimas, de eventos funestos que al final se tornarían en aprendizajes.

El último caso fue simple, pero contundente. Mientras veía un video de pornografía amateur, el monitor de mi computadora se congeló. Un tono agudo se escuchaba a través de las bocinas. La pantalla se puso por entero azulada. Algunas palabras en inglés aparecieron de pronto. Golpeé varias teclas, oprimí los botones del ratón, pero el video que veía antes no se reanudaba. No me quedó otro remedio que masturbarme mirando aquellos textos sobre el fondo azul, no hubo otra solución más que provocarme placer escuchando el zumbido agudo que no tenía fin.

Es de verdad sorprendente que incluso en las actividades triviales u onanísticas, la literatura sabe abrirse camino.

Instantánea Express 06

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de “El triunfo de la memoria” y otro de “Lejanos guerreros”.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress06. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es hola@editorialparaisoperdido.com y tienen hasta el próximo miércoles 24 de mayo para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 26 de mayo.


InstantáneaExpress 06, #HistoriasSinSpoilers

Luego del amor, cuando la cama ha quedado totalmente revuelta hablan con complicidad: en tonos bajos, en murmullos apenas perceptibles, matices, abstracciones, símbolos…

Nadia Contreras | Solo sentir

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Nadia Contreras? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.
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