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La escritura es el medio en el que puedo crear


Conversación con Dolores Garnica,
autora de Un gris casi verde


 MIENTRAS LEES, ESCUCHA EL SOUNDTRACK DE  UN GRIS CASI VERDE

 


1.  ¿Para qué escribir?

Dice mi mamá que comencé a tartamudear a los tres años, y entonces ella me enseñó a leer y todo cobró sentido: es la lengua escrita el medio en el que he podido comunicarme con lo demás en absoluta libertad, sin miedo, vergüenza, trabas o límites. A este principio se agregan 41 años, durante los cuales he comprendido que además de la facultad de comunicación, la escritura es también el medio, para mí natural, en el que puedo crear. Después de aceptar estas dos razones mantengo una certeza vital: ya no tengo nada que perder.

2. ¿Cómo vives la escritura? ¿Te ha servido de algo?

Es la literatura la que vivo a diario. Resido en “el mal de Montano”: entre la ficción y la realidad (y cada vez más en la ficción), así que comprenderás que me ha servido, más que de mucho, de todo.

3. Un verde casi gris, ¿cómo nace la idea?

Hace varios años comencé a escribir sobre mí en mi departamento, y la escritura comenzó a extenderse a mi edificio, calle, camellón, manzana, colonia y ciudad, y entonces fue la “ciudad” el concepto que me interesó durante varios años. A estos escritos se unió una solicitud para una beca al PECDA en 2015 que planteé pensando que durante ese año y por razones personales viajaría acompañada a vivir a Belleville, París, durante algunas semanas, y que sería interesante repetir el ejercicio en ese departamento, edificio, calle, camellón, manzana…

4. ¿Qué ventajas encuentras en el ensayo que quizá no encontraste en la narrativa?

En realidad ninguna, eso es lo que diría en público, pero la respuesta varía si pienso solo en mis gustos: me gusta la narrativa cuya directriz es la historia y no su contexto; me aburre la narrativa que entierra una buena historia en explicaciones, meditaciones, datos, reflexiones, opiniones y filosofías (aunque también tengo excepciones), la que desvaría como si una historia no fuera suficiente; y como cuando era joven escribí dos cuentos de este tipo, aburridísimos, entendí que no sería una narradora digna (o como me gustaría serlo), y que el ensayo es el soporte en el que debo, por ahora, experimentar. Me gusta pensar en esta elección desde un principio todavía más básico: me maravilla el cómo los artistas visuales crean a partir de imágenes o cómo los artistas sonoros escuchan todo, así que supongo que yo “pienso” en forma de ensayo. Sé que he explicado mucho, pero debo agregar algo: la decisión por el ensayo resultó definitiva durante mi tiempo en el taller de Israel Carranza, de quien siempre seré una servil fanática…

5. ¿En verdad son tan parecidos los habitantes de París y Guadalajara?

No pensé en comparaciones cuando escribí los ensayos, creo que de hacerlo seguiría aún hoy debatiendo entre lo individual y colectivo, y en los problemas que atrae cualquier intento de generalización (mucho más si es a partir de divisiones políticas), pero resultó que hay algo en el libro que se lee de esta forma, asunto que me sorprende y por eso me agrada. Diría que vi a Guadalajara y a París como dos ciudades diferentes, pero que lo me interesaba no era eso sino la manera en que “habito”, en que “habitamos”, en las dos ciudades, así que la Dolores que vive en Guadalajara y la que vivió en París (con Lalo) sí resultan increíblemente parecidas, pero diferentes, pero iguales, pero distintas, pero…


Un gris casi verde, #HistoriasSinSpoilers

Para más info del libro, clic en la imagen.


6. ¿De qué lado prefieres estar, del creador escritor o del gestor cultural, y por qué?

El año pasado, cuando coordiné la Feria Municipal del Libro 49, la pasé bien, pero al final la sufrí terriblemente (ahora creo que más por mí que por influencia de otros), así que pensé en dejar para siempre la gestión y dedicarme a escribir y a trabajar en proyectos que me gustaran mucho, pero de otros, como Plataforma MURA en la del Fresno o Escultórica Monumental en Zapopan, donde mi papel se limitaba a apoyar las ideas de gestores que admiro, como Olga Gutiérrez o Humberto Baca, pero, resulta que desde hace diez días, soy coeditora de una revista y comienzo a creer que es en lo editorial donde puedo mezclar los dos lados, así que estoy redescubriendo, justo ahora a mis 41 años, otro lado que no conocía y que estoy disfrutando muchísimo.

7. También tienes experiencia en el periodismo; desde tu punto de vista, qué ha pasado con la prensa cultural, ¿existe?

Que los periódicos como los conocemos hasta ahora estén en extinción no significa que el periodismo también. El periodismo está por encima de cualquier soporte. Leo a maravillosos jóvenes periodistas en Facebook, Twitter, blogs, revistas digitales y en otros medios que ellos mismos crean y hacen funcionar mediante su talento, y secretamente les envidio mucho el tiempo en el que les tocó trabajar porque les significa más libertad, extensión, esfuerzo y creatividad que lo que me tocó a mí.

8. ¿Cómo ves el panorama literario en México?

Viví algunos años con alguien que pensaba constantemente en esto, que se fijaba en el protagonismo de muchos que saben de relaciones públicas y carecen de talento, frente a talentosos en las sombras, sufriendo porque no los elegían, no salían en las listas, no los invitaban o no ganaban… creyendo que había una “primera división”, haciendo amigos para salir en la foto, recorriendo medio país para hacerse conocer, presumir de conocer al hermano, cuñado o exnovia de…  Así que aprendí que ver “panoramas” termina por amargarte y he decidido ignorar mercados, programas de ferias e incluso a los escritores, y fijarme más en la gente que admiro y en los libros que leo y que me gustan.

9. Recomienda tres libros

Inauguré 2018 como mi “Año universal del ensayo”, así que van mis últimos favoritos: Ensayos impertinentes de Jean Franco, un fino recorrido por el feminismo en América Latina (que resultó para mí tan importante como La Era de la discrepancia, y es que me redescubrió una tradición latinoamericana del feminismo que no había visto). Crónicas y ensayos de Marius de Zayas, un hallazgo genial, me he divertido y he aprendido mucho sobre la tradición de la crónica nacional de principios del siglo XX. El juego del arte de Hugo Hiriart, sobre el cómo la erudición es también sencillez. George Steiner en The New Yorker para repasar a un gran maestro, y ahora lo leo muy despacito para que no se me termine. Había mucha neblina o humo o no sé qué de Cristina Rivera Garza, así se tendría que rendir tributo a nuestros escritores favoritos.

10. ¿Café o vino para acompañar la lectura?

Vino, chocolate amargo y un gato en el regazo.

11. ¿Cuál sería el soundtrack para Un verde casi gris?

Me resulta esencial escribir con música y, aunque casi nunca escucho atentamente, hay ocasiones en que algo me impacta, tanto por su ritmo que termina permeando el ritmo de mi escritura. He aquí algunos discos (que recuerdo) que dictaron el libro: SINO de Café Tacuva; Ensemble Works, Silvestre Revueltas, con una fenomenal curaduría y dirección de Roland Kluttig; As Time Goes By de Bryan Ferry; Le déserteur de Boris Vian; The Essential Collection, una lata con tres discos de Edith Piaf que me regaló Lalo y Gold de Georges Brassens, a quien no menciono pero está en todo el libro, igual que Cole Porter, ¡ay! cómo quisiera escribir como él.


Fotografía: Cuitláhuac Correa

Suelo escribir aceptando el caos como método


Conversación con Daniel Centenoautor de Puerta Cerrada


Mientras lees, escucha el soundtrack de  Puerta cerrada

 

1. ¿Cuánto tiempo llevas escribiendo?

Desde que aprendí a sujetar el lápiz, hago garabatos que intentan decir cosas. Antes de escribir, dibujaba. Todavía dibujo cuando siento que no sé cómo expresar algo con palabras.

Comencé a escribir historias en la adolescencia, primero como vagas reflexiones en torno a mis dolores juveniles y en la universidad como una saga fantástica que muy probablemente nunca verá a la luz. Escribía los capítulos por entregas, que una amiga leía con el entusiasmo de quien está ayudando a construir un mundo. Y eso hacíamos. Escribir no solo era crear un mundo, era hacerlo visible en sus ojos.

Formalmente —cuando al fin decidí entregarme a la escritura—, mis primeros cuentos son de finales de 2014, cuando retomé una amistad con una de mis mejores amigas, también escritora.

2. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Te ha servido de algo?

La escritura me impide olvidar. Es la forma más sincera que tengo de comunicar mis ideas en un contexto en el que uno siempre está expuesto a las miradas de desaprobación y los silencios incómodos. Hasta donde sé —uno nunca sabe del todo qué tanto es afectado por su propia escritura—, escribir me ha servido para acabar de encontrarle sentido a las ideas inconexas en mi mente y a esos sentimientos que solo al escribir puedo nombrar. Escribir es hablar conmigo mismo y también mi intento por entender a los otros. También, mi intento para darme a entender.

“Uno escribe lo que los otros no estarían dispuestos a escuchar de otro modo”. Cuando hablo, siento que hay un abismo insalvable entre el otro y yo. Cuando escribo, el abismo tiene sentido, existe por una razón; se hace visible en las palabras, la estructura, los personajes; es deber de mi escritura hablar de él, rodearlo hasta hacer visible su hondura, apagar la luz o encenderla cuando se vuelva necesario olvidar o recordar que está ahí. Escribir es intentar que los ojos de otro y los de uno armonicen.

3. ¿De dónde nace la idea de Puerta cerrada?

Puerta cerrada es una de tantas formas en que me hice la pregunta: ¿Es posible salvar el abismo que existe entre dos seres?

Poco antes de escribirla, murió el padre de una amiga a quien amo. La forma en que murió me hizo confrontarme con la idea de mi propia muerte, mi vida y con la idea del amor. Mi amiga lo amaba más de lo que nunca había visto amar a otra persona. El amor y la muerte van siempre juntos de la mano, pensé. El amor y el silencio. El amor y la ruptura. Cioran escribió: “Los únicos acontecimientos importantes de una vida son rupturas. Ellas son también lo último que se borra de nuestra memoria”.

Yo había perdido a personas queridas también ese año, lo cual vino a rematar el conjunto. Necesitaba escribir algo para replantearme el acto de perder a alguien. Necesitaba recordar cómo era darse cuenta de que no se está solo en el mundo cuando los ojos de los otros permanecen en la memoria, siempre expuesta al olvido.

¿Qué estamos dispuestos a hacer con tal de mantener vivo al otro que parece que ya no es más que un recuerdo?

4. ¿Cómo le vas dando forma a la obra? ¿Sueles ser metódico o escribes sobre la marcha?

Actualmente trabajo en un proyecto de cuentos con apoyo del FONCA. Es la primera vez que hago un proyecto de forma sistematizada —con calendario y todo—, orbitando conscientemente los mismos temas, intentando dar respuesta a una pregunta. Dice una amiga que no puede creer que esté haciendo al fin un proyecto, cuando yo suelo escribir aceptando el caos como método. Al final, resulta que ni siquiera ese proyecto se está salvando de mi forma habitual de trabajo: escribo por compulsión; cuando leo, cuando me surgen ideas, cuando ocurren acontecimientos importantes en mi vida o cuando siento que al fin me he dado —o estoy por darme— cuenta de algo. Puerta cerrada no fue la excepción.

Afortunadamente, soy uno de esos escritores que no paran de editar sus textos. Si al escribir se me escapó algo, la edición siempre me ha ayudado a regresarlo al camino.

Como diría una amiga: “Tú eres de los que creas ejércitos aunque no sepas qué hacer con ellos; si uno de tus soldados se queda atrás, vuelves y lo fortaleces”. Mi amiga me conoce muy bien.

5. ¿Hubo alguna obra artística que fuera influencia para crear la tuya?

“Una cosa más” es mi cuento favorito de Raymond Carver. La versión de “Principiantes”, es decir, la que no fue editada por Gordon Lish, termina con la cita que sirve de epígrafe a Puerta cerrada: “Sus ojos eran terribles y profundos, y él mantuvo todo el tiempo que le fue posible”. La idea de mirar al otro, incluso en el dolor, con tal de seguir mirando, de no dejar ir, de recordar, me hizo añicos como lector, y me hizo encontrarle sentido a lo que estaba por contar.

Puerta cerrada son esos ojos de los que hablaba Carver, esos que se niegan a dejar que el otro desaparezca.


Puerta Cerrada, #HistoriasSinSpoilers

Para más info del libro, clic en la imagen.


6. ¿Qué podrán encontrar los lectores en Puerta cerrada?

Una novela corta, introspectiva, con toques de humor, drama y, por sobre todo, el anhelo de vivir al margen de la muerte inminente y el olvido.

7. ¿Qué géneros literarios frecuentas? ¿Cuáles obras recomendarías?

Leo un poco de todo: fantástico, ciencia ficción, extraño, realismo sucio, realismo a secas, surrealismo; qué sé yo, de todo. Me la paso saltando de un cuento a otro, de un libro al que sigue; muchas veces terminándolos hasta mucho después o no terminándolos nunca. Tal es el caso, por ejemplo, de Dublineses, de Joyce, que he empezado y vuelto a empezar desde que tengo 11 años y a la fecha no logro terminarlo. Me gusta esa sensación de que aún tiene algo por decirme.

Más que géneros, frecuento autores. Les agarro el ritmo, a veces hasta logro entender lo que querían decir (o eso creo, claro, como uno cree entender a un amigo aunque cada cabeza sea un mundo). Raymond Carver, Alice Munro, Ray Bradbury, Truman Capote, Ken Liu, Katherine Mansfield, Inés Arredondo, Chéjov, Yukio Mishima, etcétera; acudo a ellos como se acude con un amigo.

Principiantes y Catedral de Raymond Carver, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, A sangre fría de Truman Capote y La señal de Inés Arredondo, son mis obras favoritas.

8. ¿Qué piensas sobre la literatura actual? ¿Hay algún (os) escritores contemporáneos que recomiendes?

Los últimos meses he leído ciencia ficción, así que podría recomendar a Ted Chiang y a Ken Liu. Los dos han hecho cuentos que me parecen excepcionales. Del primero, “La historia de tu vida” y “El infierno es la ausencia de Dios”; del segundo, “Los algoritmos del amor”, “El literomante”, “Cambio de estado” y “El zoo de papel”. Ambos escritores, me parece, logran el equilibrio casi perfecto entre contar una historia interesante, llenas de ideas y emoción que uno siente sincera y honesta desde las primeras líneas.

Enrique Serna (“La incondicional”), Eduardo Antonio Parra (“Cuerpo presente”) y Carlos Velázquez (“El alien agropecuario”) son los que se me vienen a la mente si pienso en escritores mexicanos que hoy en día siguen publicando y de quienes disfruto mucho su lectura.

9.-¿Algo que desees agregar sobre ti o tu obra?

Agradezco a todos los que han leído Puerta cerrada y también a los que la leerán.

Si Puerta cerrada tiene un propósito, espero que sea el iluminar el abismo, no ceder ante él. No le puedo pedir otra cosa. A nadie podría pedirle nada más.

Fin de año: demasiadas razones para abrumarse


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Te sugerimos escuchar esta canción mientras lees el texto.


Llegó el fin de año, y como siempre, lo hizo con una velocidad terrible, dándonos demasiadas razones para abrumarnos. Estamos en plenas fiestas decembrinas, y aunque ya pasaron los días de multitudes intentando comprar desesperadas, de los estacionamientos atestados, del tráfico lento en horas pico, aún hay en la ciudad la inquietud por el final de año. En particular a mí estas festividades me estresan: en el trabajo los clientes enloquecen con los pedidos de última hora, este mes pesan los cambios fiscales que se tienen que implementar empezando el 2018, en casa tenemos que organizar tiempos para cuidar a los niños y conseguir los regalos, etcétera. Sin embargo, yo pertenezco a una familia que tiene por costumbre reunirnos tanto por el lado paterno, unos días antes de navidad, en la cual llegamos a ser casi un centenar de personas, como por el lado materno el día 24, donde tranquilamente pasamos los setenta asistentes, además del tradicional recalentado del 25. En estos encuentros hay un cariño tal que, por lo menos a mí, logran ayudarme a olvidar al neurótico que llevo dentro. O casi.

“¿Para cuándo el siguiente?”, era la pregunta que más me hicieron durante algunos años, cuando tuve a mi hija. Después del segundo dejaron de cuestionarme, mi cara descompuesta y vejez adelantada dejaron claro que allí acababan los hijos. Sin embargo, este año la pregunta se refería a los libros. Debo decir, que a pesar de la broma, de buscar una respuesta ingeniosa, de quejarme con algún comentario o tweet en las redes, esa pregunta secretamente me saca un ligero atisbo de orgullo. Varias veces en la última semana aproveché la pregunta para hablar de proyectos, mi labor en Editorial Paraíso Perdido, la novela en que estuve trabajando en el año, los cuentos que están terminando de conformar un nuevo libro, etcétera. Los rostros de tías, primos y parientes reflejaban al poco tiempo que lo difícil ahora era callarme. Más de alguno me felicitó por mi hobby. No les recrimino, aunque debo indicar que por esas mismas palabras he perdido más de una amistad, sé que es difícil, desde fuera, verlo de otra forma.

James Nuño publicó hace unos días un artículo sobre esta cosa extraña que es “ser escritor”. La parte que más me conmovió es donde asegura que, con todo, uno sigue llevando la carga de la vida diaria. Yo confieso que a mí, el título todavía me causa resquemor. Hace años, cuando iba a talleres y empezaba a adentrarme en el “mundillo literario tapatío”, si conocía a alguien que se presentaba como “escritor” de inmediato levantaba una sospecha: trataba de indagar si había publicado algún libro o qué argumentos tenía para llamarse a sí mismo con ese epíteto que para mí era tan lejano y virtuoso. ¿Es escritor aquel que vive de “escribir”? ¿Escribir qué? ¿El que tiene libros publicados? ¿Cuántos? ¿De qué tiraje? ¿Cuentan los autopublicados? ¿Cuenta publicar en periódicos, revistas o un blog? ¿Implica escribir todos los días con una disciplina férrea? ¿Y si solo le dedicas unas horas a la semana? Sobre todo, si no es una actividad que te de una remuneración… ¿es un hobby?

Escribir, para mí, es mucho más que entretenimiento. Después de todo, en mi entendido, un hobby suele brindar placer a quien lo practica y es compatible con los tiempos propios de la vida diaria. Conozco coleccionistas de autos de juguete, jugadores de ligas amateur de futbol, quienes arman y desarman motocicletas, quienes tienen una banda de rock de cochera. De alguna forma, todas estas actividades les causan placer, e incluso en algún momento pueden volverse redituables, pero antes que todo les implican invertir tiempo y dinero. ¿Cuál es la diferencia con “escribir”?

En mi opinión, ser escritor conlleva mucho más que presumirlo en tus redes sociales y tenerlo en tu semblanza; va más allá de una actividad a la que le dedicas tiempo. La mayoría de mis colegas ingenieros, cuando dejan su trabajo los fines de semana, se dedican por completo a sus hijos, a los proyectos en casa, a descansar. Yo, aunque esté con mis pequeños o arreglando algún desperfecto, ya sea manejando hacia a algún lugar al que vamos de visita o viendo una película, no dejo de estar pensando en que debo arrancarle tiempo al domingo para terminar un cuento, adelantar la novela, sacar mi columna del mes. Ser escritor es como seguir en la escuela de por vida, todo el tiempo tienes tarea: un texto que entregar o una lectura por terminar. Ser escritor implica, por increíble que parezca, estar escribiendo. No lo digo necesariamente en el aspecto de una disciplina diaria, que admiro profundamente a quienes logran tener una, sino que siempre tienes algo en que estar trabajando, un pendiente al que le sigue otro y después del cual siempre llega el siguiente. Ser escritor implica, si bien, ciertas aptitudes y habilidades, una terquedad que raya en lo obsesivo. Hace años alguien me dijo que el camino de la literatura no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. Estoy completamente de acuerdo, aunque implica también leer, y mucho, analizar lo que quieres de proyecto, investigar para documentar tus textos, reflexionar qué estás haciendo para mejorar, estar abierto a comentarios y críticas, y sobre todo, evaluar lo que haces. Lo terrible es que, como todo en el arte, la mejora es subjetiva. Tal vez por esto mismo cada mes quiero tirar la toalla, volverme un escritor retirado así como deje la ingeniería, volver a la simpleza de levantarme, llevar a los niños a la escuela, ir a trabajar y regresar a casa a leer solo por placer. Sin embargo, aquí sigo. Desconozco mis virtudes, pero puedo asegurar que la terquedad es el mayor de mis defectos.

No soy una persona optimista, el año próximo pinta mal y seguramente me seguirán escuchando quejarme de las obligaciones de ser padre, de la cantidad de chamba, de las deudas. Pero hay proyectos que cristalizan, personas a las que agradezco porque están allí: mi esposa, hijos, padres y hermanos, que si bien me mantienen en un estado de neurosis constante, son el motor que no me deja detenerme. También está allí la editorial, que se ha vuelto mi familia, que ya tenemos proyectos desbordando la bandeja de pendientes. Nos queda sonreír en la adversidad y seguir trabajando. Les deseo un 2018 lleno de proyectos, libros, viajes, abrazos y demasiadas razones para abrumarse.


Fotografía:  Karina Carvalho / Unsplash

Narrativa visual: 10 series de 2017 que me comieron la cabeza


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

No me cabe duda que este 2017 la narrativa visual fue la que me comió la cabeza y me hizo pasar más horas frente al televisor que sumergida en libros. Así es, lo confieso: leí poco este año, y consumí series como enajenada. No creo que la novela haya muerto, en absoluto, ya ha sido masacrada antes y sigue ahí. Al menos eso es lo que me digo además de la clásica: “seguro aprenderé algún truco para crear personajes si tan solo sigo mirando”. Y quiero pensar que sí, carajo. Más me vale, porque tan solo con esta lista son más de 100 horas de mi vida invertidas en estas historias que me hicieron culpablemente feliz este año.

1. Las aventuras de Rick y Morty

Arranca con capítulos autoconclusivos y va tejiendo una trama larga que explota a partir del Capítulo 6 (Rick Potion #9). Puedes usar como excusa para verla que te sirve para pensar cómo una serie de cuentos arma poco a poco una novela o cómo darle sentido a todas esas referencias pop que siempre te han gustado, reinventándolas.

2. Mindhunter

El camino de Holden Ford hacia su propia oscuridad no solo cuenta con una estructura narrativa que combina, en paralelo, el desarrollo de una investigación con famosos asesinos seriales y cómo esta afecta la vida cotidiana de los detectives, sino la actividad de un asesino cuya identidad el espectador puede descubrir si también hace su tarea en internet, juega y suma las pistas. Cada episodio, cada entrevista, es una excelente clase de manejo de diálogo.

 3. Feud: Bette and Joan

Sobre la famosa riña entre Bette Davis y Joan Crawford durante la filmación de Whatever happened to Baby Jane?. Una reflexión sobre las manipulaciones detrás del chismerío en Hollywood, el lugar del talento y la belleza, sobre la vejez y la insatisfacción. Si sumas las múltiples versiones, el onirismo y la suposición como recursos para narrar que no hay una sola verdad, verás que vale la pena robarle algunos desarmadores para tu caja de herramientas.

4. American Crime Story: The people vs. OJ Simpson

Uno de sus grandes aciertos es no apuntar el dedo acusador, sino lograr que el espectador llegue a la conclusión que sus creadores desean. No mentirás si dices que la ves para aprender cómo crear buena ficción a partir de un caso real, sin caer en el panfleto.

5. The Punisher

Si bien tengo mis dudas sobre el episodio 13, se ha ganado su lugar en esta lista gracias a su manejo de la tensión. Las múltiples facetas del personaje de Frank Castle (que no solo la juega de tipo duro sino que logra despertar ternura y franco horror) se logran gracias a su contraste con los personajes secundarios. Su relación con Micro, en particular, es un ejemplo de cómo aprovechar un dúo para dar profundidad a ambos personajes y lograr que se transformen uno al otro de manera orgánica, natural.

6. Big Little Lies

La maternidad, los secretos de alcoba, el pasado y las dudas sobre la influencia de la genética y la crianza en el desarrollo infantil, son tan solo algunos de los temas que se entretejen en la resolución de un crimen cuya víctima es anónima hasta el último capítulo. Si lo que necesitas es ver nuevas formas de tramar un thriller con temas de actualidad esta es una serie que no te debes perder.

7. The Crown

Una buena narración histórica sirve, en realidad, para hablar de preocupaciones contemporáneas: la coronación de la reina Isabel II y su lucha interna por conciliar a la mujer y al símbolo son una excusa para hablar del empoderamiento femenino y cómo afecta a los hombres y mujeres que la rodean. ¿Quieres escribir una buena ficción histórica? Mira esta y toma nota.

8. Glow

Los griegos lo sabían y Shakespeare lo explotó: no hay buena comedia que guarde, en realidad, el revés trágico de los personajes. Si lo que necesitas es escribir una comedia con sentido, esta puede ser una excelente lección de cómo aprovechar el absurdo de la vida cotidiana para contar buenas historias y crear personajes entrañables.

9. Death note

Ya sé que no es novedad, pero apenas la vi. Evita la peli: esta serie es una demostración de que los aspectos culturales no solo dan contexto a la narración, sino que son su raíz y sustento. Si además te interesa crear tramas inspiradas en una constante lucha de argumentos o usar el ensayo para construir tensión dentro de tu novela, esta serie te dará herramientas para hacerlo.

10. The Young Pope

Lo que Breaking Bad logró transformando a un hombre sencillo en un megalómano, aquí se logra mostrando a un megalómano que esconde a un chico vulnerable en su interior. Para mí fue la mejor serie del año. Toca, valientemente, una multitud de temas oscuros relacionados con la Iglesia Católica pero no pierde de foco la humanidad de su protagonista. El tema de la fe, la vanidad y el poder, son apenas la mitad de lo que abarca. Llena de aciertos en su manejo del subtexto y la ironía (resultado de un inteligente soundtrack), tiene momentos que son verdaderas dosis de poesía, un recurso que toda buena novela debe contemplar.


Fotografía: Tim Mossholder / Unsplash

Paulina y yo


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Parte 1

Sí, a mucha gente le parece extraño que me guste Paulina. Que me guste de saberme sus canciones y cantarlas, de comprar sus discos y así. Aunque de hecho no siempre me gustó. Puedo evocar un par de momentos en que por una cosa o por otra la recuerdo, pero la verdad es que no me hacía mucha gracia. El más antiguo es cuando, supongo, andaba de gira por el país con todo su grupo de chiquillos y chiquillas promoviendo su primer disco. Aquí los presentaron en un tapanco que colocaron en la Plaza Guadalajara, de cara a la presidencia municipal. Era 1982 u 83, por lo tanto ella tendría 11 ó 12. No recuerdo bien si le pedí a alguien que me llevara o fui por mis propios medios, porque en esa época (hay  muy poca diferencia entre su edad y la mía) ya me permitían ir solo a muchos lugares. Sobresalía entre la bola de chiquillos sin duda: sus piernitas flacas y el pelo largo y ondulado, demasiado güero. Se lo han de pintar, sentenció una señora a mi lado, mientras acariciaba la cabellera negra de su hija.

El segundo momento en que anduve rondando su música fue mucho después, en el 2000, cuando ya había dejado el grupo, y era reconocida como solista. Es un recuerdo más frívolo, si cabe remarcar el “más”: la coreografía de una de sus canciones (de la cual una de sus líneas nunca dejó de parecerme eroticona, “y cuando me besas siento que disparas en medio de mi alma”), repetida con total fidelidad por todos los travestis de todos los bares de Guadalajara; y que también la hacíamos en el público, medio en broma medio en serio, entre el grupo de amigos que asistíamos puntualmente a uno de esos bares.

“El Botanero” se situaba en la esquina de Javier Mina y Basilio Badillo. Era famoso principalmente por dos motivos: porque fue el primer bar que comenzó a hacer tardeadas los domingos (de 6 a 10 pm), para todos los que no podían trasnochar y debían llegar temprano a casa; y porque era la antesala del “Mónicas”, el primero y durante mucho tiempo el mejor disco-bar gay de Guadalajara. Los más informados dicen que “El Botanero” mucho antes había sido un bar buga y que su atractivo era un trenecito eléctrico que circulaba alrededor de todo el lugar sobre un riel elevado, cerca del techo. Era de lo más cómodo, porque llegaba uno en el tren ligero, te bajabas en la estación de la ex Penal, caminabas dos cuadras y listo. Podías emborracharte muy tranquilo y ver el show, si te tocaba un lugar cerca de la pista porque el lugar se retacaba.

Luego, cuando arreglaron la azotea como terraza, podías subir si no te interesaba ver a Selena, Lupita Dalessio o Daniela Romo. Al terminar el desfile de artistas, podías bajar a echarte una bailada con tu pareja, o buscar con quién si ibas soltero. A las diez en punto se prendían todas las luces y ya todo iluminado se escuchaba la última canción, que por mucho tiempo fue una de banda, que repetía exasperadamente su título: “La bota, la bota, la boooota”. Pero el propietario de ambos lugares (El Botanero y el Mónicas), ideó una manera de que no se le escaparan los clientes que aún quedaban con ganas de rumba, y a la vez cuidaría que no caminaran de noche las calles que separaban un sitio de otro. Entonces puso a su disposición el celebérrimo Jotibús.


To be continued…

Justicia literaria


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Susana, hija de Jilquías, es deseada por dos ancianos influyentes. Ella rechaza sus seniles pretensiones y ellos la amenazan con encausarla por adúltera, por haber yacido con un joven estando casada con Joaquín. La pena para tal delito es la muerte.

Los jueces cumplen su amenaza y Susana está pronta a ser condenada. Un justo varón impide el dictado de la sentencia, exigiendo que los viejos sean interrogados en forma separada. Los falsos testigos entran en contradicción; uno de ellos dice que la vió fornicando bajo una acacia, el otro manifiesta que la sorprendió bajo una encina. Descubierto el artificio, los perjuros son apedreados con gran regocijo del venerable Jilquías (feliz por la salvación de su hija, no por la muerte de los ancianos, se entiende).

Tal es la historia de la casta Susana, como nos la relata el libro de Daniel; muestra singular y antigua del tema judiciario en la literatura. El resto de la Escritura nos es pródiga en juicios y afirmaciones sobre la justicia. De tal manera nos presenta al sabio Salomón decidiendo la partición de un infante frente a una madre desecha, asistimos al inicuo juicio de Cristo y escuchamos el cántico: «El Señor ama la Justicia y el Derecho». Como es sabido, la Biblia culmina con el Juicio Universal.

También la literatura griega conlleva la idea del juicio. En la Ilíada, se presentan diversos litigios, uno de ellos el que da motivo a la obra: La cólera de Aquiles, al ser despojado de la deseable cautiva Briseida, por el —digamos abusivo Agamenón.

Michelle Foucalt, en su obra La Verdad y las Formas Jurídicas resalta el extraño concepto de justicia y de prueba que tenían los antiguos, cuando —en la propia Ilíada— Antíloco y Menelao disputan sobre quien ganó una carrera de carros. La verdad se prueba no por los testigos, sino por los juramentos ante Zeus. Luego quien jura más y mejor es quien tiene la razón y a quien se otorga la victoria.

La justicia y el derecho —a pesar de su devaluada imagen son conceptos tan íntimamente humanos que traspasan todos los géneros literarios. A manera de ejemplo, la comedia Las Ranas, de Aristófanes, alude en tono jocoso a la práctica judicial de la tortura de los esclavos como medio de prueba contra los amos; y es también en tono festivo que El Quijote hace referencia a los juicios de Sancho en la Ínsula de Barataria, juicios que son una clara parodia de la sabiduría de Salomón, que tiene el sentido común y el conocimiento popular del buen escudero.

En un sentido distinto, la justicia es tragedia en la Antígona de Sófocles, donde el mandato tiránico del rey de Tebas, Creonte, impide sepultar a Polínices. La violación de dicha ley es consumada por Antígona, quien rinde honores funerarios al cadáver y enfrenta a la muerte por su contravención. Antígona es una obra literaria notable, pero tiene valor jurídico propio, pues es un testimonio sobre la idea del derecho natural, el que es justo por sí mismo y por ende, superior a toda ley humana.

En un contexto de drama y como novela es imposible omitir la mención de Crimen y Castigo de Dostoievsky, donde existe una aparente reflexión psicológica sobre la transgresión a las normas que lleva a Raskolnikov hacia cierto tipo de redención. De alguna manera la ley ha quedado impresa en el cuerpo del transgresor, motivo que nos lleva a recordar En la Colonia Penitenciaria de Kafka, donde literalmente la ejecución de los condenados se realiza grabando en su piel el texto de las leyes violadas, tarea consumada por agujas de cristal que finamente van penetrando la espalda del reo.

El teatro otorga nutrida muestra de afanes justicieros, valga para el caso citar sólo dos autores castellanos y dos en lengua inglesa: Lope de Vega, con sus conocidos dramas municipales, Fuente ovejuna y El Mejor Alcalde, el Rey, ambas dirigidas a denunciar los abusos de la nobleza frente al pueblo; así como Calderón de la Barca, con El Alcalde de Zalamea, en la misma tónica de Lope, pero con una —muy mediterránea— referencia al honor. En lengua inglesa, infaltable Shakespeare con El Mercader de Venecia, pero también con Macbeth, interrogando los límites de la justicia y la legitimación del poder; y Arthur Miller con sus Brujas de Salem (The Crucible), velada denuncia del Macarthismo y su consecuente violación de las libertades civiles.

Dentro de esta esquemática referencia, el cuento latinoamericano con implicaciones directas en el tema de la justicia puede incluir a Diles que no me maten, de Juan Rulfo, que alude a la justificación de la prescripción dentro del derecho penal; y Emma Zunz, de Jorge Luis Borges, que propone la justicia como una elaborada venganza.

También relacionados con la legislación, esta vez laboral y de seguridad social, son los cuentos Huarapo, del jalisciense Francisco Rojas González y La Compuerta del chileno Baldomero Lillo.

Existe además una especie de subgénero, de tipo carcelario, donde la narrativa se conduce por calabozos y prisiones, en una especie de ejercicio masoquista en torno al derecho penal. Este género que llamaríamos menor, pero que ha merecido el nobel, incluye: Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn; Papillón, de Henri Charrière y la Isla de los Hombres Solos, de José León Sánchez.

Imposible sería en tan breve espacio agotar las innumerables referencias literarias al derecho; van las anteriores como una modesta invitación al tema.

Instantánea Express 09: ganador

Con la novedad de que por primera vez tenemos un empate, compartimos los textos ganadores de la edición 09 de #InstantáneaExpress.

Instantanea Express 09, #HistoriasSinSpoilers, #InstantáneaExpress

Lo que de veras me intriga es como un dispositivo tan sofisticado como el cerebro humano, capaz de erigir rascacielos y predecir el movimiento de los astros, de componer sinfonías, de cartografiar los genes, de crear inteligencia artificial y hasta de estudiarse y comprenderse puede, por otra parte, ser tan elemental, que viva toda su vida satisfecho con las incidencias del deporte y la farándula.

¡Tanto misterio, tanta complejidad, tantos millones de años de evolución para contentarse con un gol del “Chicharito”!

Manuel Fons | Gedankenexperiment

 

GANADOR: PATRICIA BAÑUELOS

Que la razón no entiende

La Razón del neocórtex juega la final por la copa de la “Supremacía Neurológica” en cascarita pambolera contra Los Primitivos del sistema límbico. Jugadores de ambas escuadras se alinean por color en cada barra del futbolito de madera estufada medidas reglamentarias.

Al silbatazo la bola corre vertiginosa, los defensores del arco neocórtex juegan de color rojo, acomodando pases cortos de múltiples conexiones. Los Primitivos casaca albiazul, se mueven a muñequeo veloz en tonos de  insolentes decibelios.  Marcador uno-cero favor del equipo de La Razón por un tiro de precisión matemática. Los ánimos se calientan en la banca celeste, regresan del descanso crecidos venciendo al arquero escarlata con un  cañonazo  de testosterona bajado con el pecho por  su capitán.

Límbicos mantienen la posesión del esférico. Neocórtex recupera el balón e intenta acomodar por la banda derecha. El cancerbero de la portería de Los Primitivos retiene la bola antes de que el equipo de La Razón pueda rematar con la cabeza. El saque de meta lo gana el jugador de jersey rojo  número diez. Intenta una jugada de pizarrón que choca en el travesaño. Recupera de nuevo y se descuelga inteligentemente hasta la portería contraria. Una chica en minifalda pasa junto a la banca de la defensa neocórtex, el delantero  carmesí en un arrebato de libido anota en su propio arco. Los Primitivos festejan el triunfo cual cavernícolas, asegurando que  aunque Pascal está en lo cierto, la causante del autogol ni estaba tan buena.

 

GANADOR: DANIEL HERNÁNDEZ

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora “es la epitome del deporte”, ora “una recreación sana para el espíritu”. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

De enigmas y logogrifos


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

No hay literatura sin enigma, incluso la lírica posee bellos misterios[1]. Parejos arcanos encierra el ensayo y algo no distinto sucede con la novela y con el cuento. Incluso la Sagrada Escritura nos ofrece ejemplares acertijos, las adivinanzas de Sansón no exentas de codicia, las oníricas adivinaciones del soñador José y la mano suspendida de Daniel que escribe las indescifrables palabras: Mene, Tekel, Parsin.

En mérito de la brevedad, no abordaremos los enigmas de los griegos, ni abundaremos sobre la alada Phix la virgen de afiladas uñas, no entraremos al conocimiento del cuadro de Polibio, ni de la clave de Julio César, que preservó para nosotros Suetonio. Bastará para el fin de este ensayo mencionar que la historia clásica también nos desafía con antiguas criptografías.

Es difícil aventurar la primera utilización de códigos y cifrados como tema o artificio en la literatura que se suele llamar de ficción, pero no por ello dejó de ser utilizada la criptografía durante el medioevo y la edad moderna, tanto en su aspecto marcial como en el diplomático. Todavía causa admiración la elaborada falsificación del manuscrito encriptado de alquimia identificado como “El Libro del Tesoro” y apócrifamente atribuido a Alfonso X, el sabio[2].

A despecho de la dificultad mencionada, Edgar Allan Poe es quizá el autor más mencionado cuando se trata de la relación entre criptografía y literatura, debido si duda a su cuento “El Escarabajo de Oro”, publicado en 1843. A título personal, conocí de dicha narración por los magníficos segmentos culturales de Maruxa Vilalta, en la televisión pública (canal 13). “El Libro de Hoy” era el título, el año tal vez 1982.

Como es sabido,“El Escarabajo de Oro” relata la búsqueda de un pirático tesoro cuyo hallazgo se logra al descifrar un mensaje en clave. Una clave que se reputa sencilla, por simple sustitución.

Mi segundo encuentro con la criptografía literaria fue a través de Julio Verne, con su novela La Jangada, publicada en 1881, en la cual la vida y libertad del protagonista Juan Dacosta dependen del contenido de un mensaje en clave numérica, que es largamente explicada al puro estilo de Verne por el juez Jarríquez:

— El documento no está basado sobre signos convencionales, sino sobre lo que se llama «una cifra» en criptografía, es decir, sobre un número.

—Pero… —dijo Manuel—, ¿no se afirma que es posible leer un documento de este género?

—En efecto —admitió Jarríquez. Cuando una letra está invariablemente representada por la misma letra. Entiéndame: quiero decir cuando una a, por ejemplo, es siempre una p; cuando una p es siempre una x… De lo contrario, no es posible.

—¿Y en este documento?

—En este documento el valor de la letra cambia, de acuerdo con la cifra, tomada arbitrariamente y que es lo que rige. Así, una b que haya sido representada por una k, más adelante lo será por una z; después por una m, o una n, o una i, o cualquier otra letra.

—¿Y en tal caso?

—En tal caso, o sea en este caso, tengo el sentimiento de deciros que el criptograma resulta absolutamente indescifrable.

Hasta aquí la transcripción (la explicación completa abarca seis páginas). En dicha novela, un caballeroso Verne tiene la cortesía de rendir homenaje a Edgar Allan Poe al exclamar por boca de su personaje: “¿Quién no ha leído El Escarabajo de Oro?”

Cabe añadir que Sir Arthur Conan Doyle también se ejercitó en esos juegos, que de alguna forma son inseparables del género policial y de espías. Su relato “Los Bailarines” o “Los Monigotes” es frecuentemente citado en el inventario de la criptografía recreativa.

En tiempos mucho más recientes, Isaac Asimov dedicó incontables por numerosos cuentos a las charadas y a las claves. En particular, en sus varias “Historias de los viudos negros”, pero incluso en cuentos poco conocidos como “Problem of Numbers”, renombrado posteriormente como “As Chemist to Chemist”.

Un ejemplo particular de lo que podríamos considerar mal uso de la criptografía como motivo literario lo encontramos en el “Código Da Vinci”, que contiene un criptex (bueno, quizá dos criptex) con un papiro y cuatro líneas enigmáticas. En la novela, Sophie Neveu  (criptógrafa parisina, que había cursado estudios en Inglaterra, en el Royal Holloway) necesita de cuatro páginas de acción —casi un capítulo— para percatarse de que el texto está invertido y se puede leer con un espejo; algo que resulta especialmente decepcionante como clave y nos recuerda a los perdidos años de la infancia.

No ampliaré las referencias. En tan breve espacio no podemos agotar los contactos de la criptografía con la literatura[3]. Sólo añadiré una nota final, en una publicación de Gómez Urgellés se alude a la criptografía con “cifra de cuaderno de uso único” —lo que sea que pretenda significar. La peculiaridad de un mensaje cifrado con esta clave es que si llega a ser analizado por ensayo y error, los resultados del análisis serán: a) Todos los mensajes posibles de igual longitud; b) El mensaje real que se envío; y c) Una breve refutación del mismo mensaje. Se le ha bautizado “el mensaje de Babel”, en honor a una conocida biblioteca y a un conocido escritor ciego.


[1] Baste recordar a Amado Nervo: «Tu cabellera es negra como el ala del misterio, tan negra como un lóbrego jamás, como un adiós, como un “quien sabe”...Tus ojos son dos magos pensativos, dos esfinges que duermen en la sombra, dos enigmas muy bellos…»

[2]«Lorenzo Ferrer se trasladó a la Corte, trayendo un Libro del Tesoro de su cosecha, en el que utilizó la caligrafía del tiempo de Alfonso X; debidamente envejecido, encuadernado con tablas y cerrado con tres candados, según convenía, se dio las trazas para que llegase al confesor del Rey» GALENDE DÍAZ. La Criptografía Medieval: el Libro del Tesoro. España-2003.

[3] Sería indispensable reseñar el Criptonomicón, de Neal Stephenson. Me lo impide mi esencial ignorancia sobre el libro, que de alguna forma —arteramente predestinada— deberé de leer algún día.

Reescrituras


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Yo fui alumno de la Escuela de Escritores SOGEM. Empecé el diplomado a los dieciocho años. Recuerdo de forma vívida una anécdota que determinó mi travesía literaria. Luego de estudiar, durante semanas, las características de un buen cuento: la autosuficiencia, la mesura, la contundencia, su naturaleza microcósmica, su imperiosa necesidad de tener y mantener un conflicto, su breve aliento, su talante escueto, etcétera; se nos asignó la tarea de escribir nuestra primera narración en forma. Frente a esta serie de características, al parecer inamovibles, terminé por sentirme aterrado. Me congelé.

Un día antes de la entrega, la desesperación era mi todo. Entonces recordé, y me lo confirmó mi madre, que cuando era niño, yo escribía cuentos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o un sello medio borroso que aseguraba (o condenaba): “Sí trabaja”, “Felicidades, eres un campeón”, “Sigue así”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar, en un certamen, una caja de Duvalines, de esas preciosas que incluían una serie de cucharitas aún pegadas entre sí. Revisé uno de mis cuadernos de español de la primaria y hallé uno de mis cuentos.

Era una narración escrita con una letra enorme, que trataba sobre un niño con alas, quien decía estar relleno de aserrín, se llamaba Miguel; y lo más importante: era regañado constantemente porque no podía hablar bien y repetía sin cesar las mismas palabras. Mi trabajo de infancia me estrujó el espíritu. Supe que había hallado la fuente para crear mi primer cuento “profesional”. Decidí reescribir mi obra.

Días después, la maestra Aline Petterson me pidió leer mi texto en voz alta y dijo que le había parecido conmovedor. Todavía estaba tan inseguro de mi trabajo literario que le pregunté, al final de la clase, si su calificativo de conmovedor significaba que le había gustado mi cuento. La respuesta fue tajante: “En literatura, a mí sólo me conmueve lo que me gusta”.

Hace poco debía entregar con urgencia un texto breve para una publicación electrónica. Escribir textos de pocas cuartillas me resulta enojoso y un día antes de la fecha límite aun no tenía nada digno. Recordé entonces que cuando era joven, yo escribía cuentos cortos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o una reacción que aseguraba (o condenaba): “Usted sí escribe”, “Siga así”, “Es conmovedor”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar un espacio en una antología de cuentistas jóvenes, una de esas ediciones horribles que aún traían las hojas pegadas entre sí. Revisé algunas de mis tareas de SOGEM y hallé uno de estos cuentos.

Era una narración que trataba sobre un niño con alas moradas y despellejadas, quien decía estar relleno de aserrín, que se llamaba Miguel, Miguelito, Miki, Maik; y lo más importante: que era regañado por su mamá, ya que repetía constantemente las mismas palabras, como si tuviera eco. Decidí reescribir mi obra.

Así que hoy quiero compartirles la segunda reescritura del cuento que ya dos veces me salvó de una entrega inminente:

 

Yo me llamo Miguel

Yo me llamo Miguel, Miguelito, Miki, Maik, Hijito, Mi Amor, Tesoro, Inútil, Tarado, Estúpido, Desobediente y Estorbo. Yo también tengo alas, como los ángeles, moradas, casi rojas, despellejadas, en la espalda. Los lunes tengo alas de pterodáctilo; los martes, de dragón; los miércoles, de F-15; los jueves, de diablo; los viernes y los sábados, me quedo dormido todo el día, y los domingos, de libélula. Pero yo no vuelo, porque no quiero y no sé y no me han enseñado y me da miedo.

A mí no me gusta llorar, pero sí lloro, y luego, cuando ya me vacío de agua, me río y grito y me sigo riendo y floto, y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo, y corro y tomo vuelo y floto tantito, y me sangran las orejas y la rodilla, y me duele la cabeza y veo manchas y las espanto, pero no se van, y mejor cierro los ojos. A veces abro los ojos bien fuerte, para atraparme yo solo con los párpados, para estar en un capullo, como los gusanos, y que ya no me duela la cabeza y que todo llueva y se moje, y que yo nazca y me moje y respire y respire.

A veces, pienso que mi mamá es una sierra eléctrica que me parte en dos o en tres o en cuatro, otras veces pienso que mi mamá es una máscara de luchador, pero uno rudo, que me aprieta la cabeza y me tapa las cicatrices del coco, pero casi siempre pienso que mi mamá es un cañón de artillería, como el del libro de la SEP, que me dispara y me acribilla, porque soy su enemigo, y a ella le dan una medalla por su valor en el combate, y a mí me entierran, junto a las trincheras, o junto a las letrinas de los soldados. De mi papá no me imagino nada porque no tengo, y nunca lo he visto, ni en una foto.

A mí no me gusta hablar porque no puedo, porque tengo eco, y repito y repito lo que digo y luego se me olvida lo que iba a decir y me enojo y tiemblo. A mí me gusta hablarme para adentro, porque así lo que digo se me queda y no se sale, y se me llena la cabeza de palabras y de groserías y de padres nuestros, y de trabalenguas y de adivinanzas y de quejidos, entonces me pesa mucho la cabeza y ya no siento y sonrío y me río.

Como todos los niños, yo estoy relleno de aserrín, y de canicas y de estrellas ninja y de gomitas con forma de culebras y de cometas sin nombre, y de bolas de cebo, podredumbre y veneno, pero diario me saco estas cosas por las orejas, y por eso estoy tan flaco, aunque luego me las vuelvo a meter por la boca y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo.

Yo ya me quiero morir, para que no me duela la cabeza y para no ver manchas y que no me sangren las narices y que mi mamá no me grite, ni me acribille. Yo me llamo Miguel, Horror, Miguelito, Tumor, Pelón, Quimoterapia, Mijito, Inútil, Castigo, Estúpido, Desobediente y Estorbo.

Instantánea Express 08

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Río entre las piedras y otro de La cruz de la bestia.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress08. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es editorialparaisoperdido@gmail.com y tienen hasta el próximo miércoles 21 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 23 de junio.


#amor #InstantáneaExpress #HistoriasSinSpoilers

Fotografía: Fabrizio Verrecchia

 

El amor no existe, pero engaña. El amor no existe, pero perturba. El amor no existe, pero mata. El amor es una bomba explosiva muy peligrosa.

Augusto Rodríguez | El hombre que amaba los hospitales

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Augusto Rodríguez? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

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