Etiqueta: HistoriasSinSpoilers (página 1 de 9)

En viaje a través del tiempo y portales dimensionales Rodolfo JM nos cuenta en un minuto cómo pasó de escribir poemas a las historias que construye hoy en día. Y sí, también nos dice “por qué escribe”.

Agenda para los últimos días


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Tal vez para escribir hay que empezar por el principio
y el principio es cambiar nuestra actitud vital,
cambiarla totalmente,
ya lo sabes,
hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces.

Luis Rosales,
“Sobre el oficio de escribir”

 

Entre 1959 y 1992 hay más de tres décadas. Pero a ambos años les une algo que resultó transformador para quienes vieron sus vidas sacadas de la normalidad que habían construido hasta esos momentos. En 1959, Anthony Burgess es notificado de que padece un tumor cerebral y los médicos le presagian, con buena fortuna, solo un año de vida. Acosado por la inminencia de la muerte, el célebre autor de La naranja mecánica entra en una fiebre creadora impulsado por una idea altruista: legar a su esposa la suficiente cantidad de libros como para permitirle vivir de manera decorosa el resto de su vida con el producto de los derechos de autor. En Ya viviste lo tuyo (Grijalbo, 1993), su autobiografía iniciada precisamente en el año del anuncio fatal, relata su plan:

Seguí adelante con la tarea de convertirme en escritor profesional de corta duración. El término profesional no está aquí empleado para significar un alto nivel de dedicación y rendimiento: implicaba entonces —como ahora— el desempeño de un oficio o menester con el doble fin de pagar los alquileres del piso y de comprar alcohol. […] El ejercicio de una profesión supone disciplina, lo que en mi caso equivalía a la producción de cinco folios diarios pasados a limpio, incluyendo fines de semana. No tardé en descubrir que, empezando temprano, podía completar la cuota del día antes de que abrieran los pubs. O, si no, siempre había un alborozado periodo nocturno, tras la hora de cierre, para que los vecinos pudieran golpear las paredes en señal de protesta por el febril tecleo de la máquina. Cinco folios diarios arrojan un total de 2027, o, digamos, 2500 al año, apretando un poco la marcha, sin esforzarse demasiado. Lo cual nos da, si las matemáticas no engañan, diez novelas con un promedio de 250 páginas cada una.

De más está señalar que su meta de producción durante ese año febril no llegó a concretarse. En lugar de las diez novelas, alcanzó a escribir solo cinco “y media”, entre las que se encuentran El doctor está enfermo, La semilla anhelada y El derecho a una respuesta. La “media” novela de ese periodo se convertiría después en la obra que Stanley Kubrick recrearía en su magnífica adaptación al cine. A pesar de los presagios terribles, Burgess sobrevivió hasta 1993, año en que falleció a causa de un cáncer de pulmón. La esposa, a quien buscaba proteger de las penurias que su ausencia suponía podrían generarle, murió varios años antes que él.

En 1992, por su parte, Roberto Bolaño recibió la noticia de que padecía una enfermedad hepática que solo podría curarse a través de un trasplante de hígado. Durante once años cargó sobre sí el padecimiento del cual falleció sin que el ansiado donante del órgano hiciera su aparición. A decir de sus propias declaraciones, y a diferencia de Burgess, no tuvo una iluminación frenética que lo impulsara a crear obras destinadas a la manutención de su prole; aunque a la larga la explotación de los trabajos que él consideraba terminados y que entregó a la editorial Anagrama antes de su muerte, se haya mezclado con los beneficios de los manuscritos que los herederos siguen entregando para acrecentar el catálogo de sus obras. En una de las últimas entrevistas que dio para la revista Playboy expone su opinión con respecto de la muerte y de la inminencia de esta en su vida:

Playboy: ¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?

Bolaño: Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los treinta y ocho años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

Playboy: ¿Qué cosas desea hacer antes de morir?

Bolaño: Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

Lo que me interesa de esta contraposición no es discutir acerca de lo que para cada uno era importante en el momento cuando a ambos se les revela la inminencia de la muerte. Me interesa más una reflexión que debería interesar a aquellos que nos dedicamos (o pretendemos dedicarnos) al arte de la escritura y que quizá sea una pregunta que roza el lugar común (como aquella de los discos que uno se llevaría a una isla desierta o cosas similares): si tuviéramos certeza del momento de nuestra muerte, ¿seguiríamos escribiendo? ¿Cuáles serían las motivaciones para continuar haciéndolo?

En tiempos en donde se requiere un reconocimiento ya forjado y una posibilidad de producción similar a la de un, digamos, Stephen King, pensar en dedicar el tiempo que nos resta a escribir para dejar un legado económico parece más una idea romántica antes que una realidad palpable. Quien se dedique a llenar páginas mientras la “putilla del rubor helado” se acerca, refleja sin asomo de dudas algo que puede llamarse “vocación”, una pulsión que proviene de adentro de las personas y que encuentra en el arte la posibilidad de redimir el tiempo que se ha pasado sobre la Tierra. Pero, quizá me equivoque, el número de personas que dedicarían sus últimas horas a entrecerrar los ojos frente a la pantalla de la computadora no puede ser tan grande como nos gustaría imaginarnos.

De manera personal no tengo respuesta. Ante la desaparición inminente no tengo claro qué papel tendría mi escritura. No me alcanza para discernir la actitud que tomaría ni las acciones que llevaría a cabo. Quizá me alcanzaría la resignación y el abandono: pasar los últimos días postrado mirando películas y leyendo libros postergados a lo largo de la vida. O, como el protagonista de Leaving Las Vegas, tal vez buscaría la energía para impulsar una farra prolongada y mortal; morir como nunca he vivido, como un rockstar. Es probable, también, que en búsqueda de llegar a ese momento en paz (esa idea que nos construimos de la misma) intente reencontrarme con las personas a quienes considere importantes en mi vida y me despida de ellas con una cerveza, un café o una buena comida de por medio. Otra posibilidad es que decida que la discreción sea lo más adecuado y haga mutis de la manera más digna; adelantar el momento fatídico para no enfrentar las expectativas, esperanzas y deseos humanos al acercarse al último umbral.

Pero también cabe la opción de dedicar esos últimos alientos a escribir, a leer (no concibo una actividad sin la otra), a pasear con mi perrita, a besar a mi amada, a dejar que el vaho que se junta en el espejo después del baño desaparezca por sí solo, a escuchar con atención la música que me despertó sensaciones momentáneas y que la prisa no me permitió apreciar en su totalidad, a caminar por lugares en donde nunca lo he hecho.

Lo que al final resulta triste, para mí al menos, es pensar en hacer todas esas cosas solo cuando la Muerte aparece como algo inmediato. Lo que nos hace distintos de los demás seres vivos es la sapiencia de la muerte como algo inevitable; pero en la necedad de concebirnos como seres a semejanza de dioses pensamos que siempre está lejana o que, en soberbia mayúscula, nunca llegará. Solo cuando su sombra se proyecta en nuestra vida de manera nítida nos damos cuenta de lo genial que es, la mayor parte del tiempo, estar vivos. Eso nos permite, por ejemplo, escribir al respecto.

“The Shape of Water” o todos los monstruos, el monstruo.

Cuando empezó el mes de diciembre del año pasado yo apenas aterrizaba en Mérida con la firme idea de descansar por lo menos un mes, pasar tiempo con mi familia, cargar la pila, dejarme envolver por el terrible frío peninsular de 25 °C y esperar que el año arrancara con las chambas habituales. El destino quiso otra cosa y haciendo la historia larga corta, acepté viajar de nuevo a un par de proyectos fuera de la ciudad. Esa pequeña distracción me sacó de la posibilidad de ir al cine y me salvó, de cierta manera, de la ignominia de tener que procesar las fiestas decembrinas —y dejar asomarse la misantropía que me envuelve de verde y rojo en esas fechas—, pero a cambio, me puso en un estado frenético para asistir dos proyectos de campañas publicitarias que, ahora que lo veo con mayor claridad, hacen que siempre se me salga el monstruo.

El monstruo, pienso yo, no es bueno ni malo. Depende de la circunstancia. Sin embargo, es un monstruo. Tiene cara de perro enojado, pero mueve la cola. Grita en los momentos oportunos, pero cuenta chistes. Es impredecible, pero siempre saca la chamba. Un hijo de puta, pues. A mí no me cae mal, pero a lo largo de los años he encontrado que a mucha gente le incomoda muchísimo verme en ese estado. Prefieren el  más humano, más sonriente, más accesible.

Me doy cuenta también que este asunto de los monstruos internos es una generalidad: todos tenemos uno y más o menos con cierta frecuencia lo dejamos salir a pasear libremente aun sabiendo las consecuencias que implica. Yo respeto mucho esos momentos en las personas. La vida que vivimos, honestamente no da para menos.

Pero una vez terminado el arranque prematuro del 2018, regreso a casa y finalmente puedo ir al cine. Me toca ver The Shape of Water (Guillermo del Toro, 2017). Aquí, Signore del Toro nos regala una pieza acuática de una belleza perturbadora. Podría hablar ahora de todas las bondades estéticas, la perfección de la técnica, la meticulosidad jazzera del soundtrack, los homenajes escondidos, las referencias, pero como todo eso es subjetivo y responde a lo que cada uno considera bueno o acertado (ya hay hasta quien lo acusó de plagio, ¡ja!) me quedo con una sola cosa: el monstruo.

Y es que del Toro, con una mano con más de 25 años creándolos, perfeccionándolos y compartiéndolos, y un ojo que sabe verlos y contarlos, nos dice que está bien añorar, tener, querer ser, amar un monstruo. Nos dice cuán necesarios son para separarnos de la caótica marea de mierda de este mundo, nos cuenta de sus poderes de sanación, de la compasión de la que se alimentan, de la irreductible fuerza amorosa que motiva sus acciones. De alguna manera, nos enseña a amar a los monstruos ajenos, y con eso nos señala lo importante que es amar los propios, procurarlos, alimentarlos, escucharlos, aprender de ellos.

Miro en el calendario los meses por venir y siento un desconsuelo mayúsculo en los pantanos más profundos de mi alma. Mis oídos sangran con la canción del movimiento naranja. Los planteamientos de las sabandijas que van a gobernarnos a partir de diciembre cada día me parecen más descarados y ofensivos. Los que se hacen llamar independientes solo porque renunciaron a sus mafias cuando no les dieron lo que quería me parecen los peores de todos. Llamo a mi monstruo interior, lo convoco, le pido ayuda. Mi monstruo me dice que él se encarga, que todo va a estar bien. Que esa monstruosidad llamada política mexicana tiene sus días contados.

Con esa certeza, me dispongo a disfrutar de este invierno peninsular. Leo el periódico: al precandidato del PAN a la alcaldía de Mérida lo detienen en el retén por conducir en estado de ebriedad. Eso sí: los monstruos no deberían manejar. Punto.

Gisela y el lenguaje de los cumpleaños


Los lenguajes de Gisela

Por Jazz Noire

Enero es el mes del cumpleaños de Gisela, y más que navidad o año nuevo (menciones que se hacen por proximidad de fechas), es el día que suele esperar con más ansias. No porque haya una celebración especial o estrafalaria detrás de sus planes cada año, sino solo por el sentimiento único que le despierta; como si de pronto, en ese día, tuviera el derecho de ser visible ante el mundo, mismo que no se le permite en otras ocasiones. Para ella, hay algo mágico en la fecha, aunque para el resto del mundo sea otro día más para arrancar del calendario; horrible si cae en un lunes, más digerible si es en un fin de semana.

Desde siempre ha sido así, sentir que ese único día al año hay un imán encima suyo que atrae las miradas, las sonrisas, las felicitaciones de todos con quienes se cruza, como si todo el mundo, al verla, lo supiera. Por supuesto, más allá de hacer realidad la idea absurda de andar con un letrero de “Hoy es mi cumpleaños” por la calle, es imposible, pero la sensación de que es así prevalece, aun cuando siempre han existido los días malos y el cumpleaños no es uno que pueda escaparse de esas malas rachas, ni aunque el sentimiento catastrófico (y exagerado) aumente los detalles que en otros días serían insignificantes, detalles en ambos sentidos, buenos y malos: un cumpleaños en el que esperas la visita sorpresa de unos amigos (quien sabe por qué), pero nadie se aparece ante tu puerta y sientes que tu día te ha traicionado. Otro en el que nadie de tu familia te felicita por la mañana, pero que se ve mejorado en la escuela, cuando tus amigos te cantan “Feliz cumpleaños” en el receso con un Pingüino sobre el que hay un par de cerillos encendidos y se unen extraños de otros salones a la celebración. Uno más en el que por fin se cumple tu deseo de que alguien te prepare una fiesta sorpresa…

A veces Gisela se pregunta si ese sentimiento de querer ser el centro de atención en su cumpleaños (cuando no es parte de su naturaleza habitual) solo lo experimenta ella o es de esa clase de sentimientos tan humanos y comunes como la necesidad de respirar. Y es tan así, de creer esta fecha tan especial, que la idea de celebrar la ocasión en otro día, por más cercano que este sea, hace desaparecer la magia: no se siente igual, no es la misma emoción, no es la misma visibilidad e importancia ante el mundo. Ideas raras, sin duda, pero que se mantendrán y serán justamente el motor que le haga esperar a Gisela cada 18 de enero con entusiasmo y expectación, ya que, sin importar si el día finaliza con buenos o malos detalles, es solo una vez cada año.

 

Nos vemos el martes


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Nunca me han gustado las despedidas. Durante casi toda mi infancia viví una serie de mudanzas,  de una ciudad a otra y de regreso. Al partir parecía que era para siempre, y cuando volvía ya no era la misma niña, las que habían sido mis amigas tenían anécdotas y experiencias que yo no había compartido. Las escuchaba con atención, me imaginaba los detalles y luego participaba en las charlas, como si yo también hubiera estado ahí. A veces me la creían, a veces no, el caso es que tenía dos vidas: la que había tenido lejos y la de ficción.

Hace apenas una semana decidí despedirme de un grupo con el que compartí cuatro años como tallerista. Los motivos fueron laborales, igual que los de mi padre cada vez que empezábamos de nuevo. A diferencia de lo que me sucedía de niña, con este grupo de amigos compartí más ficciones que biografías: las experimentamos alrededor de una mesa en la sala de juntas de Artefacto, después en torno a una mesa de café que siempre contaba con, al menos, un plato de papas invitado por el que no trajera cuento.

Al terminar el taller criticábamos películas, nos reíamos, arreglábamos el mundo y debatíamos sobre machismo o feminismo (sin que ganara uno u otro). Escribimos cuentos de zombis en Navidad, relatos con fotografías de fenómenos, historias de humor negro inspiradas por la nota roja, villanos con un pedacito de corazón y protagonistas que eran solo algunas nuestras versiones posibles. La verdadera vida del taller era, precisamente, la de mentiras y esas mentiras nos convocaban alrededor de ese plato de papas, que a veces variábamos con salchichas.

Las mejores invenciones son esas que nos cuentan quiénes somos. Semana a semana, en cada historia que leímos estaba cada uno de los participantes del taller, más presente de lo que yo jamás estuve en esas historias ajenas en las que me incluía de niña. Quizá por eso el día de ayer se ha sentido como uno de esos adioses que cuestan trabajo, que aunque no sea definitivo (porque seguimos en contacto) abre un hueco al que hace mucho tiempo no me había asomado.

Soy mala para despedirme. Apenas dije unas palabras y salí a fumar un cigarro. Me había propuesto que fuera un noche de risas, como las de siempre, y lo logramos armando historias absurdas con un juego de dados, pero al final aventé mi choro y me fui sintiéndome muy rara.

Me encantaría ahora mismo inventarme una versión alternativa en la que nos vamos juntos a seguirla en otro lado, me pongo un poco peda y les digo lo mucho que voy a extrañarlos; resistiendo el frío de la madrugada nos acordamos de los chistes y los personajes con que nos disfrazamos, hablamos de los finales que nos gustan: los tristes, los sorpresivos, los abiertos, pero no terminamos por elegir uno.

Cuando llega la hora de irnos, nos damos un abrazo y decimos: “Nos vemos el martes”, aunque los pesimistas saben que es el último, y los optimistas suponen que ya habrá otro, no el que sigue, sino un martes lejano en el que volveremos a encontrarnos. Seremos otros, seguramente, pero como la vida que nos ha unido es la de ficción, el chiste será pretender que la que tuvimos lejos fue la de menos.

Gracias por todo y gracias de veras, Taller de los Martes… dejémoslo en final abierto: a ver  qué nos trae el año nuevo.


Fotografía: Karla Sosa

¿Tiene usted cinco minutos para hablar de cómics ?


Por Dán Lee

1. Cómics no son sinónimo de súper héroe.

2. Cómics no es sinónimo de Marvel o DC.

3. Cómics sí es sinónimo de historieta.

Una vez aclarados los puntos anteriores, puedo iniciar con este conteo de cinco historietas que fueron relevantes en este 2017. La selección es completamente arbitraria y se basa en mi gusto personal, forjado a lo largo de más de 30 años de leer historietas.

1. Providence

(Alan Moore y Jacen Burrows, Avatar Press 2015-2017)

cómics

Alan Moore retoma los mitos de H. P. Lovecraft, los amasa, retuerce y esculpe para generar algo nuevo y hermoso… La mención de semejantes nombres en la misma oración debería ser suficiente para agregar solo un punto final, pero habrá quien necesite más referencias. Veamos…

En el mes de marzo de 2017 se publicó el último número de esta serie de doce capítulos en la que Moore utiliza todos los clichés de la literatura lovecraftiana: el investigador solitario y erudito que por saber más sobre “lo oculto” se mete en un abismo del que solo saldrá loco, muerto, o las dos cosas; el libro que contiene conocimientos arcanos que desquiciará a quien lo lea; la convivencia de la “realidad” normal con otra, terrible, que se mantiene soterrada, en contacto cotidiano con nuestro mundo, y que al descubrirse podría generar el caos, la destrucción total. Seguimos a Robert Black, el aspirante a escritor que recorre la geografía que marcó la vida de H. P. Lovecraft y que plasmó en sus historias más reconocidas (de New York a Providence, pasando por Athol, Salem y Boston). En esos lugares el lector avezado en la obra de Lovecraft y sus discípulos reconocerá escenarios, personajes y centenas de referencias que aluden a los “mitos” y que hacen de cada página un festín de horror (si usted que lee esto no sabe lo que son los “mitos de H. P. Lovecraft” o los “mitos de Cthulhu”, hágase un favor: bote este artículo y vaya de inmediato a conseguir en su biblioteca favorita cualquier libro de H. P. Lovecraft, de preferencia traducido por Alianza o Valdemar, devórelo, pierda algo de cordura y regrese a continuar justo después del siguiente punto y aparte).

Alan Moore no se conformó con los mitos, también estudió aspectos históricos de los lugares en los que se mueve el personaje. Esta investigación, junto con el trabajo de Burrows, dibujante sobrio, nos llevan a contemplar los pueblos y ciudades norteamericanos que visita Robert Black con exactitud histórica.

Mencioné que Moore recurre a los clichés de las historias de Lovecraft, pero no que lo hizo para darle un giro osado y con él proponer una relectura. Para no arruinar las sorpresas, solo diré que de alguna forma explica de dónde extrajo H. P. Lovecraft las ideas de sus escritos posteriores a 1921 (aquellas clasificadas como “los mitos”), y que la hipótesis de Moore acerca del papel del inconsciente como origen del terror se despliega de forma clara, como en pocos libros de teoría de la creación artística he encontrado.

Un aspecto en contra: Providence es al mismo tiempo secuela y precuela de The Courtyard (Moore y Burrows, Avatar Press, 2003) y Neonomicon (Moore y Burrows, Avatar Press, 2010) por lo que es posible que el final quede un tanto oscuro para quienes no han leído dichas publicaciones previas.

(Nota sobre el título: la ciudad natal de H. P. Lovecraft, su amada Providence, es también un juego de palabras en que se invoca a la providencia, la que provee, en este caso ideas, ya lo descubrirá el lector que se anime a adentrase en Providence)

2. Patience

(Daniel Clowes, Fantagraphics, 2016)

cómics

Aunque este volumen fue editado el año pasado, no llegó sino unos meses más tarde a la biblioteca en la que surto mi despensa de cómics (sobre la cual puedes leer en este link http://www.comikaze.net/biblioteca-the-anglo/). Por ello, para la comunidad ñoña a la que pertenezco la fecha de lanzamiento fue enero de 2017.

Como todas las novelas gráficas de Clowes (cuya obra más famosa es la serie Ghost World, por si el dato es útil), Patience es difícil de describir sin meterse en líos y quedarse trabado a media frase… Decía que no es sencillo acercar al profano a ese encanto raro y sutil que emana de las páginas de esta historia. La historia va de los peligros de viajar en el tiempo cuando uno es básicamente un viudo perdedor con miedo crónico al compromiso y al fracaso, pero con ganas de cambiar el pasado para evitar perder a esa esposa que es el origen del miedo; estos riesgos de jugarle al crononauta incluyen equivocarse, llegar muchos años antes de haber conocido a dicha mujer, enterarse de episodios traumáticos del pasado de la fémina y desear modificarlos, ocultarse por años para no alterar las historias personales de los involucrados… y esto solo en la superficie, pues el verdadero viaje se descubre dentro de Jack, el personaje principal. Este hombre empieza como adulto joven, sacudido de terror al saber que será padre; a lo largo del periplo enfrentará desgracias y provocará otras tantas en sus viajes temporales, endureciéndose progresivamente hasta volverse un viejo cabrón capaz de todo por salvar a Patience, su mujer, y con ello darle una oportunidad de felicidad al Jack del presente (o pasado, qué más da).

Aunque el argumento me parece de autor grande, lo que eleva a Patience (y a la mayor parte de la obra de Clowes) son las escenas contenidas, con diálogos tensos, dramáticos sin melodrama; charlas humanas en las que se decidirá el curso de la vida, pero en las que se dice poco, lo indispensable, solo aquello que la historia y los personajes necesitan. Clowes trata al lector como un ente pensante; es por autores como él que esto último sucede cada vez con mayor frecuencia en la historieta moderna.

(Nota sobre el título: “Patience” es el nombre de la esposa del protagonista, y es también la virtud que debe desarrollar Jack, la paciencia, para lograr que sus planes avancen, y para sobrellevar esos lapsos de tiempo perdido en los que solo se tiene a sí mismo)

2. Kill or be killed

(Ed Brubaker y Sean Phillips, Image comics, 2016-actualidad)

cómics

En noviembre de 2017 esta serie alcanzó su tercer arco argumental al llegar al número 14. La premisa es: ¿Mataría usted para mantenerse con vida? Antes de responder, un poco de contexto.

Dylan es un estudiante de literatura, un poco nerd, un mucho solitario y con historial de depresión e inestabilidad. La noche en que Kira, la mujer que le gusta (que por cierto es pareja de su compañero de departamento), lo besa, Dylan termina de aceptar que con ella quiere todo y nada a medias, pero que nunca la tendrá para él. A causa de ese beso y de esa mujer (cuándo no), Dylan llega a la conclusión de que no vale la pena vivir más minutos en este infecto mundo. El muchacho intenta suicidarse sin éxito (¿se puede ser más loser que alguien que intentó suicidarse y falló?; o sea, ya demostraste que no sirves para nada en la vida, y ahora tampoco sirves para la muerte). A partir de ese momento, un demonio se le aparece (o no) a Dylan, le dice que gracias al ente cornudo es que el muchacho acomplejado sigue vivo y que para continuar respirando tendrá que ofrendarle una muerte por cada mes que quiera mantenerse con vida.

¿Valdrá la pena hacer eso para soportar este infecto mundo? (sí, me gusta la expresión y más en tiempos electorales). En caso de que decida obedecer, ¿a quién va a matar?, ¿quién merece morir?, ¿tendrá Dylan las agallas y la inteligencia para asesinar sin ser capturado?, ¿se volverá Dylan el Punisher milenial?.. ¿y si el chisme del demonio es falso y no es necesario ir por allí arrancando vidas? Estas preguntas y otras mejor redactadas encuentran respuesta en los retruécanos argumentales de Kill or be killed; en esta serie pareciera que Brubaker es incapaz de narrar una historia de forma lineal, lo cual se le agradece. Nos va a sumir de narices en el pasado siempre umbroso de los personajes, en una espiral de crimen y desordenes psicológicos. El escritor se las arregla para insertar triángulos amorosos, demonios de revista pulp, la mafia rusa y mucho disparos a quemarropa en una historia en la que el lector termina por no saber quién está peor en ese mundo infecto. El arte, a cargo de Phillips, encaja de manera perfecta en la ambientación realista y oscura que requiere un cómic que vive entre las sombras: la luz es poca, pero ilumina muy bien.

A Kill or be killed se le ha llamado el “Breaking bad” de la historieta, porque el protagonista se mete como sin querer a un mundo oculto al que aparentemente le agarra no solo el modo sino el gusto. La reflexión es qué tan lejos estamos nosotros de ese momento, de ese pretexto que nos lleve a resbalar, a romper los límites y desencadenar el infierno que llevamos dentro. ¿Ah, verdad?

Ahora que usted sabe de qué va, es momento de responder la pregunta que dejamos pendiente hace unos párrafos: ¿mataría usted para mantenerse con vida?

4. Black Hammer

(Jeff Lemire y Dean Ormston, Dark Horse Comics, 2016-actualidad)

cómics

Una serie regular (o sea que aparece cada mes en formato “grapa”) sobre un grupo de héroes con diferentes habilidades. Suena innovador, ¿verdad? Agreguemos que dichos personajes están atrapados en un pueblo estilo Norteamérica casi rural años cincuenta, del que no pueden alejarse, en el que tienen que mantener su identidad civil para no llamar la atención, y que llegaron a esta dimensión alterna como consecuencia de un enfrentamiento contra una amenaza cósmica global, al estilo de “Crisis en las tierras infinitas”. ¿Sigue sonando igual de cliché?

Jeff Lemire es un escritor que sabe sorprender y mostrar el lado tostado del panqueque cuando uno cree que ya lo vio todo esponjoso y terso. En Black Hammer licúa personajes inspirados en los clásicos de la época de oro (Captain Marvel, Martian man hunter, Black Cat, Madame Xanadu y Adam Strange, además de un robot femenino que no se parece nada a Robotina) con esencia de la Dimensión desconocida y crea la granja en la que estos exiliados tienen que convivir mientras buscan la manera de escapar de allí (no todos, al parecer uno de ellos ya le halló el agrado a la rutina del campo).

Hay un balance que se antoja perfecto entre la progresión de la historia y los vistazos al pasado de los personajes, en los que se nos revela que el alcoholismo de una, la homosexualidad de otro, y la aparente esquizofrenia de un tercero no son gratuitos, y que sientan las bases para que el lector entienda por qué las interacciones entre ellos se dan como si fueran pistoleros del Oeste instantes previos al duelo.

En el apartado gráfico, Ormston decidió dar al mundo de Black Hammer un estilo que podría definirse como Mignolesco, en el que por momentos da la impresión de que esta historia fuera parte del universo de Hellboy: el uso de las sombras sólidas y los ángulos duros al perfilar personajes, la perspectiva media en la que rara vez se recurre al close-up (si los nombres Mike Mignola y Hellboy no le dicen nada, no se preocupe, la ignorancia es uno de los pocos defectos que podemos sacudirnos a voluntad). Le viene muy bien ese aire a la ambientación enrarecida, uno quiere salir de allí, o al menos romper un poco la tensión que se respira alrededor de la improvisada familia súper heroica.

En noviembre de 2017 se publicó el número 14 de esta serie, con lo cual culminó el segundo arco dramático; el enigma de cómo llegaron al pueblo quieto y qué tienen que hacer para escapar sigue vivo y parece lejano a resolverse. Qué bueno.

5.The best we could do

(Thi Biu, Abrams Books, 2017)

cómics

Esta novela gráfica es la joya que descubrí en este año. El debut de Biu no pudo ser mejor; desde ya me atrevo a asegurar que rivaliza con obras histórico/biográficas como Maus de Art Spiegelman o Los surcos del azar de Paco Roca.

La historia se centra en la experiencia que la autora y sus padres vivieron al migrar hacia los Estados Unidos de Norteamérica durante la guerra de Vietnam. En la novela se alternan escenas del presente  y el pasado. En el presente la autora está embarazada de su primer hijo, narra las dificultades que tiene para relacionarse con un padre, un hombre duro como al parecer solo los asiáticos pueden serlo y a la vez lleno de una amargura que lejos está del zen oriental; en el pasado acudimos a la infancia del padre, los efectos de la guerra y el destierro en un pequeño alegre, en un joven enamorado, en un ser humano que cada vez que lograba adaptarse a un ambiente progresivamente más cruel, se veía obligado a dejar su vida atrás, a romperse la cara contra las circunstancias para sobrevivir y después para lograr que los suyos lo hicieran también.

El metal se moldea a golpes, y a veces el resultado no es halagüeño. En el caso del padre de Biu, esto es notable en el efecto de los eventos que tuvo que atravesar para que él y su familia subsistieran en Vietnam y lograran escapar hacia los Estados Unidos de Norteamérica, además del proceso de adaptación a esta cultura que no precisamente los recibió con los brazos abiertos. Sin embargo, The best we could do no es un juicio, sino una exploración en la que la autora descubre y comprende los cómos y los porqués de ese hombre a veces lejano, recio como el bambú, a quien ella llama padre. Las decisiones que él ha debido tomar, las mejores en su momento, y el temple para ejecutarlas, no podían pasar por el la piel de un mortal sin dejar cicatrices.

The best we could do se presenta en tonos sepia, un color adecuado para la nostalgia. Con trazo sencillo y seguro, Biu demuestra en sus viñetas una maestría para narrar que sorprende desde un inicio, pero que toma tintes de genialidad al saber que ella nunca antes había dibujado una historieta antes de esta obra.

Para el final de la novela, Biu misma ha dado luz a su hijo, con lo cual el círculo eterno da una vuelta más, la autora encuentra nuevos significados en la relación filial. Al llegar a la última viñeta, dan ganas de iniciar la lectura de nuevo. Eso no lo logra cualquiera.

BONUS: Invincible

(Robert Kirkman y Cori Walker/Ryan Ottley, Image comics, 2003-actualidad)

cómics

Se presume que esta serie terminará en el número 144 en enero de 2018. Con Kirkman nunca se sabe, pero si así es, aún hay tiempo para recetarse en estos días de villancicos la saga completa del mejor cómic de súper héroes de la actualidad (no lo digo yo, lo dice la portada de Invincible). Háganlo, no se arrepentirán. Hay robots malvados, súper genios, batallas en el aire y en el espacio, violencia gratuita, suplantación de personalidades, dinosaurios inteligentes, invasiones alienígenas, masacres (muchas), extraterrestres invencibles, clonación, dimensiones alternas, una niñita que se convierte en monstruo, triángulos amorosos, juniors con poderes, trolls gigantes, copulaciones con insectos de otros mundos, trajes alternos, y mucha acción. Si usted va a leer cómics de súper héroes, invierta su tiempo en este título. Verá lo que es bueno.


Fotografía principal Jon Tyson / Unsplash

El top 3 de textos (que me daba hueva leer en 2017)…


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

…pero que al final me fascinaron


El Palacio de los sueños de Ismail Kadaré

Top 3

En los sueños está contenido todo lo que somos y lo que no seremos nunca, ahí están nuestros vicios y nuestros recatos, la posibilidad y la imposibilidad, nuestros deseos de grandeza o de sometimiento, la figura desnuda de aquellos a quienes deseamos, todo aquello que deseamos que los demás no tengan, aunque lo merezcan; ahí habitan nuestro dios y nuestra nada, allí vive la verdad. En el Palacio de los sueños justamente se analizan y se interpretan los sueños de cada uno de los habitantes de la región.

El imperio que se retrata en la novela es un régimen totalitario tan paranoico e invasivo, que incluso le exige a su población confesar todo aquello que sueñan, con el fin de descubrir si en aquellos sinsentidos hay implícitas conspiraciones o rebeliones para derrocar al Sistema. La novela narra el trayecto de un hombre, Mark-Alem, dentro del Palacio de los sueños, nos cuenta su camino ascendente dentro de la burocracia de la irrealidad, de la ensoñación. Kadaré, el autor, despliega una escritura poderosa y rutilante. Después de todo, Kadaré fue un escritor perseguido, encarcelado, torturado y acusado de traición, pero que, pese a todo, nunca soltó la pluma.

Los restos del día de Kazuo Ishiguro

Top 3

Todos aquellos que desean entender grandes conceptos, como la venganza, la compasión, la desdicha o la devoción, están condenados a vivir prisioneros de sus especulaciones, de su afán obsesivo, de su mente que siempre cree estar a punto de llegar a una conclusión. El personaje de la novela, un mayordomo apellidado Stevens, quiere definir la dignidad, implícita en su trabajo, y en ello se le va el vigor. Stevens es también un hombre que antepone su trabajo a todo lo demás: a la vida, la enfermedad y la muerte de su padre; a la oportunidad de revelarle a su jefe que está a punto de ocasionar la debacle de Europa; y, sobre todo, a la posibilidad de encontrar al amor de su vida.

La pregunta que plantea el libro es muy clara: ¿vale la pena ver solamente hacia el frente, hacia un solo objetivo, como si lleváramos anteojeras; o lo mejor es asomarse al paisaje y descubrir qué hay para nosotros allá donde los caminos no son claros o de plano no existen? En este libro de Ishiguro no hay frases que no planteen preguntas, que no generen misericordia o ganas de salvar a los personajes. Se trata de alta, altísima literatura de principio a fin.

El mar de Jules Michelet

Top 3

Michelet fue un hombre que de joven solo tenía dos actividades predilectas: pasear por el cementerio y visitar el museo, era un muchacho quien descubrió que en aquellos objetos y personas muertas estaba la esencia de la disciplina más importante de la humanidad: la historia. Michelet tardó más de treinta años en escribir diecinueve hermosos tomos que narran la historia de Francia. El autor fue considerado por la Enciclopedia Británica como el mejor historiador del mundo, sí, pero también el menos confiable; ya que su escritura es totalmente poética, subjetiva, abstracta, literaria y personal (adjetivos que, según la ortodoxia, jamás deben aparecer en un libro de historia). El mar es un libro de madurez, uno de sus últimos trabajos ensayísticos que escribió a los sesenta y tres años.

Los ensayos que lo componen fueron creados con absoluta sabiduría y paz. Hablan del mar, pero hablan de nosotros, de Dios, de la vida, de la vehemencia humana. La imagen de una niña que quiere matar al mar a pedradas, o al menos lastimarlo, sirve para recordarnos que somos ridículamente falibles, vulnerables, que todo en la vida está diseñado para matarnos y que algo, sin duda, lo hará. La imagen de una familia de ballenas que deciden morir juntos encallando en la arena sirve para enseñarnos lo fundamental que es la familia, o la falta de ella. Yo solo he llorado una vez con un texto literario, y ese escrito está incluido en El Mar de Michelet. Un libro mayestático que merece reverencias después de cada punto final.

Tres versiones de Mazinger


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

A manera de inducción al tema

Imaginemos al erudito juez del siglo XII, barbado y reflexivo, debajo de un arco  árabe de herradura, mesándose la barba y murmurando quizá para sí mismo. Averroes tratando de explicar la inmortalidad del alma razona: si el alma es creada tiene un principio por lo tanto tendrá un fin, si el alma no es simple sino compuesta entonces puede conocer la corrupción. ¿Cuál es entonces la naturaleza del alma? La respuesta un tanto desbrozada de detalles —y por ende adulterada—, es que compartimos un solo entendimiento, que es nuestro, a ratos y por partes, y hay una sola alma universal y por ende, ningún pensamiento es propio y exclusivo.

De forma similar lo expresa Borges, en Tlön, Uqbar, Orbius  Tertius:

No existe el concepto de plagio, se ha establecido que todas las obras son obra de un mismo autor, que es intemporal y es anónimo.

Hay una idea aparentemente conexa en las historietas de Hatha Yoga de Editorial Novaro, en la década de los setentas; es el Gran Mudra, de la guionista Dora Gray, la sabiduría universal materializada en la unión mental de todos los grandes intelectuales.

Si todas nuestras ideas corresponden a una sola mente el plagio no existe; esa será una opinión minoritaria sin duda, por lo menos no apta como defensa ante la ley.

Sobre el tema del plagio en sus distintas variedades, existe una interesante monografía de Hélène Maurel-Indart, de 2011, publicada por el Fondo de Cultura Económica, en que se analizan todas sus variantes y sus similitudes con el pastiche, la parodia y el falso análisis, sumamente interesante que sobrepasa la extensión de estas palabras y que apunto de paso para quien quisiera profundizar en el tema.

Ahora sí, a lo que veníamos…

El plagio que sí nos ocupa es el de Mazinger Z, pues es ejemplificativo de la autoría colectiva.

En sus orígenes setenteros, este clásico robot del género Mecha fue un manga[1], que raudo se convirtió en animé el mismo año de su publicación, en 1972. A partir de ese momento, manga y animé tuvieron una vida simultánea aunque algo diversa, con diferencias en trama y rasgos de personajes, así como en la propia línea o dibujo[2].

 

En el mismo decenio, en Japón se realizó la serie de televisión del Super Robot Mach Baron, con notables similitudes con Mazinger; dicho serial sería copiado —suponemos que con nulo pago de derechos— por la película taiwanesa que se distribuyó bajo diversos títulos en Occidente; uno de ellos fue The Iron Man. Tenemos en este momento, dos generaciones de copias u “homenajes”, en el propio país nipón y luego en Taiwan. Vino entonces la tercera: la traducción de la película al tebeo español.

Así fui como conocí a Mazinger Z, a principios de los años ochenta, en su versión taiwanesa traducida al castellano, construido de Tanium Rojo y comandado por Tin-Yu. De forma tardía, hacia 1986, llegó la versión original —digamos canónica— por transmisión televisiva en canal 5.

Ahí no concluye la historia de plagios, los españoles no podían faltar en su afán de emulación y continuaron la trama taiwanesa, estableciendo una serie de historietas con vida propia y con ciertas modificaciones al personaje (entre otras, una extravagante capa verde para el robot).

Debo decir que para mí el verdadero Mazinger fue el primero que conocí, que el Jet Scrander no compite con un Nissan S30 volador y que el Doctor Hell del rojo Mazinger con su barba florida o su melena de llamas es mucho más divertido que el otro Doctor Hell, con su serena y canosa cabellera. Quizá lo único superior en el “original” sea Sayaka y ese sutil erotismo que desprende la serie japonesa.

Al final de cuentas, si una sola mente universal recrea el mundo, ¿Quién es el hombre para definir la originalidad de una obra?


[1] Del historietista Go Nagai.

[2] De esta historia existen numerosas variaciones digamos canónicas, entre otras: el Gran Mazinger y Mazinkaiser.

La esperanza es un vuelo oscuro y solitario


Por Nora de la Cruz

Todos podemos reconocer una obra maestra, y algunas de ellas serán determinantes en nuestra concepción del mundo y de la belleza. Pero si somos sinceros, los libros que podemos llamar favoritos, los cercanos a nuestro corazón, lo son por razones que van más allá de su calidad. Se trata de lo que nos dijeron de nosotros mismos en determinado momento de nuestras vidas.

Hace algunos años, mientras escribía una tesis, me sentía sumida en el desastre. Tenía varios empleos sin futuro, me daba miedo la ciudad con su violencia, ninguna oportunidad se avizoraba. Mi tutora es una autoridad en la materia, pero además una mujer increíblemente generosa que me recibía en su casa y luego de entregarme sus observaciones escuchaba mis preocupaciones y me aconsejaba. A sus años tenía toda la experiencia para ser crítica, pero en sus consejos siempre había lugar para la esperanza. Una tarde en la que yo me sentía particularmente pesimista, me habló de Vuelo nocturno. No existen milagros, me dijo, solo fuerzas que uno pone en marcha.

Caminé hacia la Gandhi, muy cerca de la casa de la profesora, y encontré la novela enseguida. Es muy breve y sencilla, se lee tan fácilmente como El Principito, la obra más célebre de Antoine de Saint-Exupéry, su autor. Cuenta la tensión que representaba, en los inicios los vuelos nocturnos comerciales, la ida y vuelta de los pilotos que se dirigían de Europa a América del Sur para entregar el correo. La experiencia de sobrevolar esos territorios, con lo imponente de la naturaleza y lo minúsculo de la vida humana puestos en su justa proporción, eran algo con lo que el novelista estaba familiarizado, al ser él mismo un piloto. Eso es evidente en sus descripciones, inteligentes y a la vez delicadas, que nos transmiten el sentido de aventura y la sensación de poder, pero también el asombro.

Los personajes centrales del relato, el aviador Fabien y su jefe Riviére, son héroes modernos; enfrentan el miedo y consiguen una proeza que, sin embargo, pasa casi inadvertida, tal vez porque la realizan a diario: cada noche son responsables de cruzar la oscuridad, entregar los correos y volver, Fabien desde el cielo, en un avión, y Riviére en tierra, en una sala de controles. Cuando algo falla son la misión y una vida lo que está en juego, por eso todos sus sentidos están involucrados en ello a tal grado que el resto de su existencia está en suspenso: no hay nada más importante que mirar el cielo. Los aviadores y los técnicos invierten todo su tiempo en la intranquilidad del vuelo y solo tienen un breve descanso cuando el correo es entregado y el piloto vuelve a Europa. Pero la paz dura poco: la noche siguiente saldrán otros vuelos porque, como Riviére sabe, no existe la llegada definitiva de todos los correos.

La tensión permanente de Fabien, que lucha contra el peligro, y de Riviére, que vigila protectoramente su viaje, con la impotencia de hacerlo desde una lejana orilla es, como El Principito, una alegoría de la vida. Para Antoine de Saint-Exupéry, se trata de una lucha incesante contra la adversidad, movida por el sentido del deber, y cuya recompensa es, justamente, su cumplimiento. El taciturno Riviére, después de cuarenta años de trabajo, se detiene por un momento a pensar que su vida ha sido eso, solo eso, pero no lo piensa con amargura, sino con la satisfacción de quien mira la obra que produjo con paciencia y oficio. Fabien, varado en la oscuridad en medio de la nada, con un avión descompuesto, solo y aparentemente perdido, teme, pero no sabe rendirse. Necesita encontrar la manera de poner en marcha el motor y para ello necesita salvarse del miedo.

La vida es también saber que no es posible quedarse mucho tiempo en ningún sitio del alma: ni en la alegría ni en el temor ni en la paz ni en la frustración. No existe la llegada definitiva de todos los correos, eso que llamamos la estabilidad no es más que un espejismo: no hay milagro. Pero hay un motor que vuelve a andar en medio de la noche en el desierto: es la vida que falla o triunfa, pero nunca se detiene.

La prisa del consumo cultural


Lente anónima

Por Mariana Mota

Metanfetamina, decisiones de vida, quebrantamiento de la ley, consecuencias. Los Pollos hermanos. Los últimos días esos temas han rondado mis pensamientos, y Hank, Walt, Jessie son personajes que ya se volvieron entrañables para mí. El problema es que, una vez más, llego tarde a la conversación. Así me lo dijeron recientemente sí, sí, Mariana, pero ya se habló de Breaking Bad hace mucho. Aunque las palabras iban en tono de broma, una verdad se asomaba.

Existe una presión latente en cuanto al consumo de entretenimiento y arte. ¿No has leído Cien años de soledad?; Maestra, ¿no conoce a Canserbero?; ¿Nunca has visto House of cards?; ¿No sabes quién ganó el premio Cervantes este año? El tono de esas preguntas parece más acusativo que interrogativo, como si todos tuviéramos la obligación de acercarnos a ese estupendo producto en el momento en que sale al mercado, cuando los “expertos” lo están degustando. Aunque también entiendo que es una manera de expresar sorpresa: ¡cómo puedes perderte esta maravilla que a mí tanto me gusta!

Una de las características que tiene el arte, creo, es la atemporalidad: un cuadro, una película, una novela, una canción va a generar revolución en la persona, sin importar el momento en el que llegue a ella. Y una de las ventajas de la ignorancia artística es que hay todavía más terreno por descubrir: toda esa música que no escuché en mi adolescencia, por obsesionarme con los pobres discos de Mercurio y Flavio César, siguen siendo novedad para mis oídos. Y aunque en un principio me apenaba no saber quién era Kurt Cobain o Jim Morrison, hoy me pasa lo contrario: me emociono cuando escucho nombres desconocidos porque imagino el terreno de posibilidades que aún me falta por explorar. Y toda esa obra de la que me perdí, si en verdad es artística, me va a significar algo similar a aquellos que tuvieron la suerte de acercarse al pastel recién salido del horno.

Hace poco también comprendí lo que podría ser la antítesis de lo que estoy diciendo: productos que deben ser vistos en el momento en que salen, pues fuera de contexto pierden sentido. Durante muchos años supe de una película que reunía a un gran atractivo visual de Hollywood y que, supuestamente, revolucionó por su temática, pero nunca la había visto. Hace una semana vi Entrevista con el vampiro y me pareció ridícula y pretenciosa, pero quizás en su momento no haya sido percibida así. ¿Los productos cambian con el paso del tiempo o uno es el que se transforma? Siempre ha existido esa interrogante y me atrevo a decir que es un poco de ambas.

Quizás el arte también sea una especie de moda: palabras que se cuelgan como collares modernos, opiniones que perfeccionan el rostro. Y si no el arte, al menos la opinión sobre él. Yo siempre me he asumido indiferente a la moda de la apariencia (anticuada, incluso), y ahora me doy cuenta que también de la cultura y del entretenimiento: me gusta utilizar los sentidos a mi propio ritmo. Sin presiones, sin obligaciones; no importa si el mundo ya habló de lo que yo apenas me aventuro a conocer. Aunque reconozco que llegar tarde me priva de ciertos placeres, como el de la conversación, pues cuando algo pasa de moda, ya no es atractivo en el discurso, pues hay nuevas cosas por las cuales discutir. Por cierto, todos tenían razón: Breaking Bad es hermosa literatura visual y finalmente entiendo las razones.

 

Antiguas entradas