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Power tropical o la vida del virus Paola


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Paola Andrea Gaviria Silguero es el nombre completo. Se lo pusieron su padre, sacerdote frustrado con complejo edípico, y su madre, adivina de futuros venturosos por necesidad. Esa Paola Andrea fue un caso médico raro. Su madre se había ligado las trompas para no tener más hijos cuando, un día, le comenzó a crecer la panza. Los médicos no sabían qué era. Vivían en Ecuador y los diagnósticos eran variados: embarazo psicológico, retención de líquidos, subida repentina de peso, castigo divino porque su madre se había casado con un sacerdote. Un diagnóstico coincidió en más de un médico: era una inflamación producto de un virus ecuatorial. Un virus tropical.

Así es precisamente como se llama el libro autobiográfico, Virus tropical (Madriguera, 2014), en donde ya no Paola Andrea, sino PowerPaola cuenta su historia. Hay en este libro una muestra de la posibilidad que la narratográfica ofrece para contar historias desde la primera persona. Esta posibilidad ya ha sido explorada en textos como Maus de Art Spiegelman, American Splendor de Harvey Pekar y algunos otros. Rafael Villegas dedica una buena parte de su investigación doctoral, La narrativa gráfica de la memoria, a este tipo de cómics (y cómix) en donde el yo autobiográfico se convierte en voz y trama de lo contado.

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Virus tropical, en ese sentido, está más cerca de lo propuesto por Marjane Satrapi en su maravillosa Persépolis. Hay varias cosas que hermanan la perspectiva de PowerPaola con la de la iraní: la descripción de la infancia y la adolescencia desde una mirada infantil que no pierde verosimilitud por serlo; la cuestión migratoria reflejada en el tránsito de Medio Oriente al Occidente europeo en un caso, y en el otro la migración que transcurre dentro de los países limítrofes de América Latina, Ecuador a Colombia; pero, sobre todo, lo que hay en ambas propuestas es una visión femenina de lo que implica vivir esas realidades siendo mujer.

En la autobiografía de PowerPaola, muchas veces queda clara esa perspectiva cultural que refleja mucho de lo que en América Latina persiste: la ilusión del padre quien espera que, después de haber engendrado dos niñas, la tercera sea un varón; la represión ejercida por los padres hacia las mujeres sólo por el hecho de serlo; la reclusión en colegios exclusivos de niñas; la visión religiosa que se impone sobre toda posibilidad de equidad; el orgullo de las familias colombianas por tener un sacerdote en la familia; y la oposición casi automática al hecho de que las mujeres ejerzan su libertad de las maneras en cómo la cotidianidad lo impone: laboral, profesional, sexualmente.

Hay también una mirada a las familias de clase media alta que de repente son degradadas por las malas jugadas del sistema y el mercado; la forma en cómo se deben mantener las apariencias para no perder la dignidad que se asume como parte de la jerarquía; la facilidad que se tiene para encontrar formas de ocupación si el tono de piel tiende hacia el blanco (las dos hermanas de Paola consiguen trabajar un tiempo como modelos). En términos de contexto social y refiriéndose sobre todo a Colombia, hay un reflejo de lo que esta sociedad era durante los años noventa: la criminalidad extendida y normalizada en todos los niveles socioeconómicos, la violencia como una forma de ser y estar en el mundo, el consumo de drogas como una forma de identidad no sólo generacional sino incluso nacional, la existencia de exiliados extranjeros por la violencia desatada por las dictaduras en sus países de origen.

Más allá de ese collage de referencias sociales, resalta la sensibilidad de PowerPaola para contar su historia: su crecimiento en una familia disfuncional, sus primeros miedos, los iniciales escarceos eróticos, la relación con sus padres, la complicidad con su segunda hermana, las primeras (terribles) experiencias amorosas y sexuales, la pugna constante con una madre exótica y en neurosis continua, la ausencia práctica de un padre despreocupado e irresponsable, la mala leche de una abuela rencorosa por haber perdido la potestad sobre el hijo consentido, el dolor que implica crecer en un contexto donde todos parecen ignorarte.

Virus tropical es un buen producto que abona a la comprensión de lo que somos los latinoamericanos a partir de la historia de una de sus habitantes. PowerPaola ha emigrado a lugares distintos después de las experiencias retratadas en esta novela gráfica. De hecho, su pseudónimo/nombre artístico proviene de la incomprensión: un negro francés le preguntó en el metro, después de que ella abandonara una fiesta en donde tuvo una experiencia romántica terrible, cuál era su nombre: ella dijo “Paola”, él preguntó “¿Power?”, ella intentó corregirlo varias veces, pero después se dio cuenta de que había encontrado algo más: el nombre tras del cual se dedicaría a intentar contar su historia. O la historia de alguien que es como a ella le hubiera gustado ser: poderosa, fuerte, tremenda. En lo que corresponde a la calidad de su propuesta, cumple con esas.

Yo, poeta, me confieso…


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora 

Pero muchos no pueden tolerar que un poeta haya alcanzado, como fruto de su obra publicada en todas partes, el decoro material que merecen todos los escritores, todos los músicos, todos los pintores. Los anacrónicos escribientes reaccionarios, que piden a cada instante honores para Goethe, le niegan a los poetas el derecho a la vida. El hecho de que yo tenga un automóvil los saca particularmente de quicio. Según ellos, el automóvil debe ser exclusividad de los comerciantes, de los gerentes de prostíbulos, de los usureros y de los tramposos.

Pablo Neruda, Confieso que he vivido

Existe en mi educación sentimental, esa construcción arbitraria de experiencias vitales que rigen nuestro comportamiento, una serie de autores que me deslumbraron en mis años de preparatoria y universidad. Lo que leía, y que sigo leyendo aunque la distancia crítica sea más metiche actualmente, me revelaba el mundo como una verdad cuya evidencia no se quería asumir. Hablo de autores como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Rodolfo Walsh, Milan Kundera, Jaime Sabines, entre otros.

Para mí resulta doloroso, y perdón por el uso del adjetivo, pero creo que esa es la palabra que describe el sobresalto cardíaco que experimento, ver cómo tales nombres se han convertido, para un conjunto de lectores, en motivo de burla debido al supuesto anacronismo de su obra. A la mayoría se le acusa de cursis, de malos poetas o narradores, de manipuladores de la Historia, de simuladores. La sensación de oprobio se me pasa cuando confirmo que tales opiniones, generalmente alimentadas por el veneno y el esnobismo que caracteriza a nuestra vertiginosa época, no borran ni un ápice de las marcas y la memoria que la lectura de los textos de estos artistas dejaron en mí.

Algo similar se ha intentado con uno de los escritores que también forman parte de esa constelación de referencias que inicia como idealismo irreflexivo en la adolescencia pero que evoluciona en admiración crítica de lo que consiguieron al construir arte: Pablo Neruda. Si bien el reconocimiento popular al trabajo del poeta refiere a uno de los libros más leídos del mundo, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el conjunto de su obra refleja la versión lírica de un hombre que fue, según la concepción de Ortega y Gasset, producto, reflejo y voz de su circunstancia. Es imposible no reconocer el tremendo trabajo que implicó escribir algo como Canto general, esa épica de la historia latinoamericana que, a manera de la obra homérica para el contexto helénico, intenta ubicar los orígenes de eso que fuimos y en lo que nos convertimos conforme los años transitaron por lo que Martí denominó Nuestra América.

Asomarse a Confieso que he vivido, la autobiografía del Premio Nobel chileno, es acudir a un lugar privilegiado en la historia del siglo XX. Y a una historia que generalmente es desplazada por la reconstrucción del discurso de eso que falazmente se llama Historia Universal. Su autobiografía es una historia interesantísima, engrosada por la vocación lírica de la que es imposible pedirle que se desate. La poesía salpica la descripción de sus andanzas aquí y allá. Utiliza puntuación para aludir e invocar el ritmo de la lírica. Por ejemplo:

…Han pasado unos cuantos años desde que ingresé al partido… Estoy contento… Los comunistas hacen una buena familia… Tienen el pellejo curtido y el corazón templado… Por todas partes reciben palos… Palos exclusivos para ellos… Vivan los espiritistas, los monarquistas, los aberrantes, los criminales de varios grados… Viva la filosofía con humo pero sin esqueletos… Viva el perro que ladra y que muerde, vivan los astrólogos libidinosos, viva la pornografía, viva el cinismo, viva el camarón, viva todo el mundo, menos los comunistas… Vivan los cinturones de castidad, vivan los conservadores que no se lavan los pies ideológicamente desde hace quinientos años… Vivan los piojos de las poblaciones miserables, viva la fosa común gratuita, viva el anarcocapitalismo, viva Rilke, viva André Gide con su corydoncito, viva cualquier misticismo… Todo está bien… Todos son heroicos… Todos los periódicos deben salir… Todos pueden publicarse… Menos los comunistas…

Por las páginas de este testimonio desfilan nombres que sólo se han visto impresos en libros considerados parte de la historia de la literatura y el arte: Federico García Lorca, Rafael Alberti, David Alfaro Siqueiros, Vicente Huidobro, César Vallejo, Louis Aragon, Gabriela Mistral, el bromista Julian Huxley (hermano de Aldous), Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz; una nómina que crece conforme Neruda acumula años y kilómetros en su haber.

Peregrino del mundo, acudimos a sus experiencias en lugares tan improbables como Ceilán, Hong Kong, Tailandia en sus primeros años como representante diplomático del gobierno reformista de Pedro Aguirre Cerda y a otros que se ponen en el mapa del mundo a partir del combate y victoria a medias en contra del fascismo: España, Francia, Turquía, China, Japón, la URSS, Corea. Aunque muchas de sus páginas más claras, más transparentes tienen que ver con América Latina: sus paseos en México con un momentáneamente liberado David Alfaro Siqueiros, el paso por las cordilleras para escapar de la persecución del gobierno militar de su país, la relación tirante con Argentina, el recital en Nueva York, su visita casi clandestina a Guatemala, su negativa de pisar la Venezuela del tirano Vicente Gómez.

Aparece ahí la Historia, esa serie de héroes y circunstancias que parecen ubicarse aparte del desarrollo del arte pero que no es sino otra de sus facetas de creación: aparece Fidel Castro, Salvador Allende, Stalin (de quien se deslindaría a medias: La íntima tragedia para nosotros los comunistas fue darnos cuenta de que, en diversos aspectos del problema Stalin, el enemigo tenía razón), Eduardo Frei, Pandit Jawāharlāl Nehru, el dictador Ubico, Ernesto Guevara. Como si fuera una especie de Midnight in Paris (Woody Allen, 2011), el lector mira (lee) pasar a una serie de personajes que sólo existían como referencia de los denominados “grandes hechos históricos”.

Pero más allá de esos deslumbrantes flashes, se encuentran las anécdotas simples que Neruda, con talento de narrador nato, va contando de manera intermitente y bien distribuida. Gente del pueblo, cómplices de borracheras, compañeros de desgracias. Existe en esos pequeños relatos una dosis de intento de comprensión del mundo que desentona con el cinismo, la corrección política y la velocidad de nuestro tiempo.

Sobreviven conceptos y valores que hoy se ubican en la bodega de desuso y que rara vez son convertidos en trending topic por las redes sociales, actuales hogueras de las vanidades: la ternura, la solidaridad, la empatía y, llanamente, el amor. Hoy todo eso se resume en palabras como cursilería. Para el lector contemporáneo promedio, acostumbrado a reír por microsegundos ante las ocurrencias de los tuitstars, esto carecería de importancia:

De tantos encuentros entre mi poesía y la policía, de todos estos episodios y de otros que no contaré por repetidos, y de otros que a mí no me pasaron, sino a muchos que ya no podrán contarlo, me queda sin embargo una fe absoluta en el destino humano, una convicción cada vez más consciente de que nos acercamos a una gran ternura. Escribo conociendo que sobre nuestras cabezas, sobre todas las cabezas, existe el peligro de la bomba, de la catástrofe nuclear que no dejaría nadie ni nada sobre la tierra. Pues bien, esto no altera mi esperanza. En este minuto crítico, en este parpadeo de agonía, sabemos que entraría la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Y esta esperanza es irrevocable.

Quizá esa sensación de vivir al borde del exterminio es lo que nos ha vuelto tan cínicos, tan faltos de compromiso, tan volátiles. No hemos vivido la guerra como una sensación cercana. A pesar de que las violencias contemporáneas están demostrando ser más mortíferas. Para Neruda lo que sobrevive al final es la poesía. Y la poesía debe encontrar el equilibrio, como la narrativa, como todas las artes. Un equilibrio que no es fácil de vislumbrar o alcanzar.

El poeta que no sea realista va muerto. Pero el poeta que sea sólo realista va muerto también. El poeta que sea sólo irracional será entendido sólo por su persona y por su amada, y esto es bastante triste. El poeta que sea sólo un racionalista, será entendido hasta por los asnos, y esto es también sumamente triste. Para tales ecuaciones no hay cifras en el tablero, no hay ingredientes decretados por Dios ni por el Diablo, sino que estos dos personajes importantísimos mantienen una lucha dentro de la poesía, y en esta batalla vence uno y vence otro, pero la poesía no puede quedar derrotada.

La autobiografía de Neruda concluye con el testimonio que deja, dolorosamente, sobre el golpe de Estado que ha depuesto al presidente Salvador Allende por quien el Neruda candidato presidencial ha declinado. Se ciernen las sombras del militarismo sobre la patria del poeta más famoso de América Latina y, aún en esa cama de enfermo terminal (tenía un avanzado cáncer de próstata), la aventura y las conspiraciones lo continúan persiguiendo: algunas versiones contemporáneas afirman que el poeta fue envenenado con una bacteria modificada genéticamente e inoculada por un doctor inexistente en los registros que sería, según algunos, un famoso agente de la CIA. Otros afirman que murió apenas unos días después del golpe por el dolor de ver caer lo que él consideraba la esperanza de una nueva oportunidad para su patria. Al parecer no hay consenso sobre la causa de su muerte. Pero sí lo hay sobre la grandeza de su vida y de su obra. Sobre su confesión de culpabilidad de haber sido un hombre digno de su circunstancia. Sobre su profundo credo.

Vamos, poema de amor, levántate de entre los vidrios rotos, que ha llegado la hora de cantar.

Ayúdame, poema de amor, a restablecer la integridad, a cantar sobre el dolor.

Es verdad que el mundo no se limpia de guerra, no se lava de sangre, no se corrige del odio. Es verdad.

Pero es igualmente verdad que nos acercamos a una evidencia: los violentos se reflejan en el espejo del mundo y su rostro no es hermoso ni para ellos mismos.

Y sigo creyendo en la posibilidad del amor. Tengo la certidumbre del entendimiento entre los seres humanos, logrado sobre los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados.

J.G. Ballard, el hombre que soñaba películas


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Durante el tiempo que viví en un departamento de estudiante en la colonia Mixcoac de la CDMX, colgó en una de sus paredes un cartel que se perdió en alguna de las mudanzas posteriores. Era el póster promocional de Crash, la película que David Cronenberg filmó en 1996 basada en la novela de J. G. Ballard. Con una fortaleza tremenda, la película generó un debate intenso con respecto de las imágenes y las ideas que proyectaba. Un futuro distópico, no muy alejado del presente de producción de la cinta, en donde las relaciones sexuales se fundían con la afición por mirar y experimentar accidentes automovilísticos. Para Ballard, el automóvil constituía una forma material que evidenciaba la manera en cómo la tecnología se había inmiscuido incluso en las acciones que se suponían más íntimas.

En Milagros de vida (Mondadori, 2008), la autobiografía escrita por este autor, relata cómo se le ocurrió escribir esa historia a partir de uno de los happenings que organizó para una de las variadas galerías de arte contemporáneo que menudearon en Londres durante las décadas de los sesenta y setenta. Acudió a varios deshuesaderos de autos, eligió tres vehículos que habían sido protagonistas de sendos accidentes y los exhibió en una galería mientras registraba, a través de un circuito cerrado de televisión, las reacciones que despertaban entre los asistentes al montaje.

Crash es una historia de ciencia ficción. Pero no de la ciencia ficción que había prevalecido hasta los años sesenta y cuya producción era ubicada, a decir del propio autor, “al mismo lado de los cómics”. Es decir, literatura residual para el consumo de las grandes masas. Crash era la cristalización de la postura estética y ética que Ballard tenía con respecto de lo que debía ser la ciencia ficción.

Serán autores como él quienes comenzarían a configurar los nuevos derroteros de la ciencia ficción. A partir del visionado de películas, la lectura de los clásicos norteamericanos del siglo XX y la pulp fiction tan en boga durante la segunda posguerra, Ballard concibió la posibilidad de pensar la ciencia ficción más que una manera de entretenimiento como una poderosa herramienta de reflexión sobre el presente y sobre cómo la vida cotidiana se convertía en un elemento inspirador de historias que reflejaban la alienación en la cual el mundo había caído después de la Segunda Guerra Mundial. Es claro esto cuando afirma, por ejemplo:

Aquella literatura [la ciencia ficción de los cincuenta] reconocía la existencia de un mundo dominado por la publicidad de consumo, en el que el gobierno democrático se transformaba en relaciones públicas. Era el mundo de coches, oficinas, autopistas, líneas aéreas y supermercados en el que realmente vivíamos, pero que se hallaba ausente por completo en casi todas las obras de ficción seria. En una novela de Virginia Woolf nadie llenaba el depósito de gasolina de su coche. En una de Sartre o Thomas Mann nadie pagaba después de que le cortaran el pelo. En las novelas de Hemingway de la posguerra nadie se preocupaba por los efectos de la exposición prolongada a la amenaza de la guerra nuclear. La simple idea era absurda, tanto como lo es ahora. Los escritores de la llamada narrativa de ficción seria compartían un rasgo dominante: su narrativa trataba ante todo de ellos mismos. El yo se hallaba presente en el seno de la literatura moderna, pero ahora tenía un poderoso rival: el mundo cotidiano, que poseía el mismo componente psicológico y era igual de proclive a los impulsos misteriosos y a menudo psicopáticos. Aquel terreno siniestro, una sociedad consumista que podía desembocar en otro Auschwitz u otra Hiroshima.

Ese impulso consciente que Ballard hará en la ciencia ficción de lo que denominó “el espacio interior”, en oposición a los relatos tradicionales de conquista y exploración de “el espacio exterior”, derivará en una forma de concebir nuevas maneras de pensar el futuro. Ante la resistencia de los editores  por aceptar nuevos tratamientos de los temas en esta área, la imposibilidad de concebir una trama de este tipo “en el presente” o en un futuro casi inmediato, Ballard concebía que de persistir tal tendencia, la ciencia ficción se convertiría en un espacio de sobrevivencia del statu quo y lo viejo, algo por completo paradójico.

Esa insistencia en abrir nuevas formas de pensar el presente a través de la ciencia ficción haría posible que el tratamiento de la realidad pudiese concebir tramas como las que hoy disfrutamos en Black Mirror, Mr. Robot y tantas otras series que reflexionan más sobre lo que el presente de alienación capitalista plantea, más allá de la alegoría del imperio galáctico. Su compromiso por impulsar esta visión de lo que él concebía como el futuro de la literatura se hizo evidente en los años siguientes. Para Ballard, un seguidor fiel de las vanguardias y descendiente directo de los surrealistas según sus propias palabras, la ciencia ficción era “la auténtica literatura del siglo XX”.

Entonces pensaba, y lo sigo pensando, que en muchos aspectos la ciencia ficción era la auténtica literatura del siglo XX, con una enorme influencia en el cine, la televisión, la publicidad y el diseño de consumo. Actualmente la ciencia ficción es el único rincón en el que sobrevive el futuro, del mismo modo que los dramas de época televisivos son el único rincón en el que sobrevive el pasado.

Además de la exposición de sus argumentos para concebir de esa manera a la ciencia ficción, encontramos en Milagros de vida el relato de un hombre que nació en Oriente, en Shangai, y que vivió la Segunda Guerra como interno de uno de los campos de guerra que los japoneses instalaron en el continente desde los primeros años del conflicto. De la misma manera, el libro relata su relación con su primera esposa, la manera en cómo ésta muere y él tiene que hacerse cargo de la crianza de sus tres hijos. Aborda las idas y venidas de un hombre que tendrá su revelación vocacional después de pasar por las carreras de medicina e, incluso, por la formación militar. Lo vemos deambular por el Londres de los años sesenta en medio de una gran estimulación creativa, pero también de un descenso a los infiernos del alcohol y la promiscuidad.

Un hombre que escribió guiones para películas de serie B, que amaba el cine negro norteamericano, que sabía que un autor se debía a sus lectores pero que, al mismo tiempo, debía asumir el riesgo de confrontar a estos con sus propios demonios: “Me temo que ya no es posible provocar o indignar a los espectadores únicamente por medios estéticos, como hacían los impresionistas y los cubistas. Se requiere un desafío psicológico que amenace uno de nuestros falsos conceptos más queridos”

Veía en el auge consumista y la mass culture la nueva frontera de los problemas del ser humano

Estaba seguro de que los seres humanos tenían una gran imaginación mucho más oscura de lo que nos gusta creer. Estábamos regidos por la razón y el interés propio, pero sólo cuando nos interesaba ser racionales, mientras que la mayor parte del tiempo optábamos por entretenernos con películas, novelas y tiras cómicas que empleaban unos horribles niveles de crueldad y violencia.

Acudimos también, en el último capítulo, al anuncio que hace a sus lectores (en 2007) acerca del diagnóstico de cáncer que lo llevaría a la tumba en 2009.

Mientras mi mente retorna al póster que durante años colgó de una de las paredes de mi desordenado cuarto de la calle de Murillo, releo una frase que queda resonando en mi cabeza: “Puede que todavía se lean libros en grandes cantidades, pero las películas se sueñan”. Ballard fue un hombre de su tiempo que supo prever la manera en cómo muchos de los lectores nos acercaríamos a su obra a través de las adaptaciones de sus novelas al cine. Aunque, quizá, en alguna cosa se equivoca: también hay libros que se sueñan. Los suyos son de esos.

Escribir la vida, vivir la escritura


Inspirado en hechos reales

por Édgar Adrián Mora

Hay libros que, sin ser de los que se denominan “de autoayuda”, deberían pertenecer a una categoría que a mí se me ocurre nombrar como “libros inspiradores”. Es decir, libros que influyen lo suficiente en aquellos que los leen como para impulsarlos a hacer algo más allá de la simple lectura del texto.

Los hay de diversos tipos. Libros sobre política que modifican el comportamiento ciudadano de sus lectores. Libros sobre ecología que transforman a sus receptores en máquinas recicladoras de PET.

En mi caso, hay dos libros que me han dejado una huella suficiente como para tomar acción más allá de la lectura. Los dos son testimonios autobiográficos (o algo parecido) de escritores.

Uno es De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami. El escritor japonés vierte en esta especie de ensayo narrativo autobiográfico su experiencia como corredor de fondo. Y la expresión nunca ha sido mejor empleada. Murakami es un corredor de retos como ultramaratones de cien kilómetros o rutinas que consisten en correr durante 24 horas seguidas sin parar. Es un libro sobre su afición al jazz, al atletismo y, por supuesto, sobre la escritura creativa. Correr es para el autor la alegoría perfecta, en la realidad del asfalto y el sol, de los problemas que se enfrentan al escribir narrativa de largo aliento. En ese sentido, quizás 1Q84 sea la materialización de uno de los ultramaratones a los que hace referencia.

Leí el texto de Murakami en una etapa en donde Laura, mi doctora y compañera de vida, me había recomendado realizar actividades físicas como caminar, a fin de reducir los estragos que una lesión lumbar autoinflingida por años de sedentarismo causaba en mi cuerpo. Leí el libro de Murakami mientras avanzaba metros en un aparato que me permitía hacer ejercicio y leer al mismo tiempo. Cuando terminé el volumen, me sentía capaz de correr los mismos cien kilómetros a los que aludía el japonés, así como intentar que esa disciplina se transmitiera también a mis aspiraciones de escritor.

Leer mientras se hace ejercicio es una de las recomendaciones que Stephen King da en el otro libro que considero dentro de esa inaugurada categoría de “libros inspiradores”: Mientras escribo. Es una obra que trata sobre la autobiografía, igual que sobre el método de escritura que ejercita, así como hace reflexiones varias que abordan cómo la vida y sus distintos significados se reflejan de maneras múltiples y variadas en la obra creativa de los artistas.

Mientras escribo es para mí un testimonio entrañable que muestra a un escritor que es al mismo tiempo profundo y simpático, respetuoso y burlón. Que no se mortifica por las críticas y las opiniones que los demás (en específico, la academia) ha tenido sobre su trabajo; es una postura que no se funda en la soberbia, lo cual queda claro a quienes leen su obra y los contenidos mediáticos que genera su vida y trabajo. Que se sincera con respecto de su afición a los estimulantes y en cómo la fama y el dinero modificó su vida cotidiana. Que no tiene empacho en reconocer el amor incondicional que se profesan él y su esposa Tabitha. Pero que, al mismo tiempo, presenta ideas de gran utilidad para un escritor principiante (y para quienes no lo son tanto, cabe decir).

Su experiencia cercana a la muerte, en la cual reflexiona en la última parte del texto, desprende una sinceridad en donde se puede sospechar que lo dicho a lo largo del libro no es sino verdad. Lo que le importaba a King, después de que una camioneta lo hiciera volar y le machacara varios huesos y órganos, era el tiempo y la manera en cómo podría volver a escribir. La tarea creativa es, en su propio testimonio, lo que le permite vivir y darle sentido a esa vida. No se puede negar que esto es inspirador. Sobre todo si se aspira a generar, como él, una obra perdurable. Queden estas líneas de la parte final del libro como testimonio de adhesión a esa pulsión que representa el acto de escribir:

Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho, ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz. […] Escribir es mágico; es, en la misma medida que cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Con que bebe. Bebe y sacia tu sed.