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Justicia literaria


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Susana, hija de Jilquías, es deseada por dos ancianos influyentes. Ella rechaza sus seniles pretensiones y ellos la amenazan con encausarla por adúltera, por haber yacido con un joven estando casada con Joaquín. La pena para tal delito es la muerte.

Los jueces cumplen su amenaza y Susana está pronta a ser condenada. Un justo varón impide el dictado de la sentencia, exigiendo que los viejos sean interrogados en forma separada. Los falsos testigos entran en contradicción; uno de ellos dice que la vió fornicando bajo una acacia, el otro manifiesta que la sorprendió bajo una encina. Descubierto el artificio, los perjuros son apedreados con gran regocijo del venerable Jilquías (feliz por la salvación de su hija, no por la muerte de los ancianos, se entiende).

Tal es la historia de la casta Susana, como nos la relata el libro de Daniel; muestra singular y antigua del tema judiciario en la literatura. El resto de la Escritura nos es pródiga en juicios y afirmaciones sobre la justicia. De tal manera nos presenta al sabio Salomón decidiendo la partición de un infante frente a una madre desecha, asistimos al inicuo juicio de Cristo y escuchamos el cántico: «El Señor ama la Justicia y el Derecho». Como es sabido, la Biblia culmina con el Juicio Universal.

También la literatura griega conlleva la idea del juicio. En la Ilíada, se presentan diversos litigios, uno de ellos el que da motivo a la obra: La cólera de Aquiles, al ser despojado de la deseable cautiva Briseida, por el —digamos abusivo Agamenón.

Michelle Foucalt, en su obra La Verdad y las Formas Jurídicas resalta el extraño concepto de justicia y de prueba que tenían los antiguos, cuando —en la propia Ilíada— Antíloco y Menelao disputan sobre quien ganó una carrera de carros. La verdad se prueba no por los testigos, sino por los juramentos ante Zeus. Luego quien jura más y mejor es quien tiene la razón y a quien se otorga la victoria.

La justicia y el derecho —a pesar de su devaluada imagen son conceptos tan íntimamente humanos que traspasan todos los géneros literarios. A manera de ejemplo, la comedia Las Ranas, de Aristófanes, alude en tono jocoso a la práctica judicial de la tortura de los esclavos como medio de prueba contra los amos; y es también en tono festivo que El Quijote hace referencia a los juicios de Sancho en la Ínsula de Barataria, juicios que son una clara parodia de la sabiduría de Salomón, que tiene el sentido común y el conocimiento popular del buen escudero.

En un sentido distinto, la justicia es tragedia en la Antígona de Sófocles, donde el mandato tiránico del rey de Tebas, Creonte, impide sepultar a Polínices. La violación de dicha ley es consumada por Antígona, quien rinde honores funerarios al cadáver y enfrenta a la muerte por su contravención. Antígona es una obra literaria notable, pero tiene valor jurídico propio, pues es un testimonio sobre la idea del derecho natural, el que es justo por sí mismo y por ende, superior a toda ley humana.

En un contexto de drama y como novela es imposible omitir la mención de Crimen y Castigo de Dostoievsky, donde existe una aparente reflexión psicológica sobre la transgresión a las normas que lleva a Raskolnikov hacia cierto tipo de redención. De alguna manera la ley ha quedado impresa en el cuerpo del transgresor, motivo que nos lleva a recordar En la Colonia Penitenciaria de Kafka, donde literalmente la ejecución de los condenados se realiza grabando en su piel el texto de las leyes violadas, tarea consumada por agujas de cristal que finamente van penetrando la espalda del reo.

El teatro otorga nutrida muestra de afanes justicieros, valga para el caso citar sólo dos autores castellanos y dos en lengua inglesa: Lope de Vega, con sus conocidos dramas municipales, Fuente ovejuna y El Mejor Alcalde, el Rey, ambas dirigidas a denunciar los abusos de la nobleza frente al pueblo; así como Calderón de la Barca, con El Alcalde de Zalamea, en la misma tónica de Lope, pero con una —muy mediterránea— referencia al honor. En lengua inglesa, infaltable Shakespeare con El Mercader de Venecia, pero también con Macbeth, interrogando los límites de la justicia y la legitimación del poder; y Arthur Miller con sus Brujas de Salem (The Crucible), velada denuncia del Macarthismo y su consecuente violación de las libertades civiles.

Dentro de esta esquemática referencia, el cuento latinoamericano con implicaciones directas en el tema de la justicia puede incluir a Diles que no me maten, de Juan Rulfo, que alude a la justificación de la prescripción dentro del derecho penal; y Emma Zunz, de Jorge Luis Borges, que propone la justicia como una elaborada venganza.

También relacionados con la legislación, esta vez laboral y de seguridad social, son los cuentos Huarapo, del jalisciense Francisco Rojas González y La Compuerta del chileno Baldomero Lillo.

Existe además una especie de subgénero, de tipo carcelario, donde la narrativa se conduce por calabozos y prisiones, en una especie de ejercicio masoquista en torno al derecho penal. Este género que llamaríamos menor, pero que ha merecido el nobel, incluye: Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn; Papillón, de Henri Charrière y la Isla de los Hombres Solos, de José León Sánchez.

Imposible sería en tan breve espacio agotar las innumerables referencias literarias al derecho; van las anteriores como una modesta invitación al tema.

Mi Ilíada


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

La Ilíada de Homero me obsesiona. Es un libro que ha determinado enormemente lo que soy. Tengo la versión percudida de Porrúa, la de Austral, la chingona de Cátedra, la de la UNAM (traducida ni más ni menos que por Rubén Bonifaz Nuño), la horrible de Fontana, la irrelevante de Gandhi y hasta la de Alianza. Hace poco volvieron a vender la Biblioteca Clásica de Gredos en puestos de periódicos y yo aparté mi ejemplar de la Ilíada en dos locales cercanos y además la compré, por pura paranoia de perderla, en otro más que la tuvo a primera hora. Así que terminé con dos tomos sobrantes.

Muchas veces vuelvo a la Ilíada, soy como un anti-Odiseo que regresa y regresa, una y otra vez a la guerra de Troya. Este año, qué gran dicha, volví a los muros “impenetrables” de la ciudad, acompañado de la mera banda de los aqueos.

Una de las mejores partes de la Ilíada es su arranque. Para muchos, el inicio del libro representa los mejores versos de la poesía universal:

“La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,

maldita, que causó a los aqueos incontables dolores

y precipitó al Hades muchas valientes vidas”.

Al buen Aquiles se le llama Pelida porque es hijo de Peleo. Me encanta que, a partir de ese concepto, en México, los cultos carrilleros se llaman entre sí: Pelonidas, Chingadidas y hasta Putidas.

Uno de los pasajes de la obra de Homero que siempre me hace estremecer sucede en el Canto V, cuando el simple mortal Diomedes hiere a la elevada diosa Afrodita.

“Y cuando la alcanzó (a Afrodita), tras acosarla entre la densa multitud,

entonces el hijo del magnánimo Tideo (Diomedes) se estiró,

saltó con la aguda lanza y la hirió en el extremo de la mano delicada.”

Un hombre haciendo sangrar a un Dios me parece una idea temeraria y sumamente estética. Siempre que leo el pasaje termino pensando de qué otras maneras podríamos los hombres afectar a los dioses. ¿Será posible hacer reír a una divinidad, o hacerla cambiar de opinión, o masturbarla, provocarle una jaqueca, hacerla llorar, jugar Turista Mundial con ella, traicionarla, estafarla por una fuerte suma de dinero, acosarla sin compasión en la pista de los carritos chocones, ir de compras con ella y preguntarle si nos vemos gordos o gordas con unos pantalones de mezclilla, ver una serie de Netflix sin ella y luego simular sorpresa cuando miremos los episodios a su lado, envenenarla poco a poco, sacarle la lengua, recetarle un ibuprofeno o un antiepiléptico, ganarle jugando a Las Traes, sugerirle con discreción que tiene un moco en la nariz, hacerle un amarre, acribillarla, sacarle los ojos, pedirle que corrija el estilo y la ortografía de nuestra nueva novela, o incluso secuestrarla, cortarle un dedo y pedir un rescate por ella? No lo sé.

Uno de los personajes del poema que más me fascina es Menelao, el cornudo por excelencia, el mítico hombre engañado. De hecho, la Guerra de Troya comienza por su culpa. Helena, la mujer más bella del universo y esposa de Menelao, es seducida y raptada por el pinche Paris, troyano galán y bastante mamón. Los griegos entran en guerra con los troyanos, ya que quieren recuperar a Helena. Siempre que Menelao aparece en el poema, yo pienso en aquella feísima canción, cuyo coro asegura: “Y que no me digan en la esquina: el Venao, el Venao”, sólo que en mi cabeza, la pienso de esta forma: “Y que no me digan en la esquina: Menelao, Menelao”.

Menelao es ninguneado constantemente en el libro:  por su hermano, Agamenón, por Paris, por los otros aqueos, por su esposa, por el mismo Homero. Todos lo menosprecian, a pesar de su magnífico desempeño en la guerra (se bate a duelo con Paris y casi se lo chinga; recupera el cuerpo de Patroclo, el chile de Aquiles; es el primer aqueo que tiene el valor para ofrecerse como voluntario en un duelo contra Héctor). Nunca he comprendido por qué lo menosprecian tanto. La palabra “Menelao” es tan insignificante que incluso, cuando yo escribí en la universidad un ensayo sobre este personaje, el corrector de Word sustituyó, sin avisarme, cincuenta y siete veces el término: “Menelao”, por el imperativo guapachoso: “Menéalo”. Pobre hombre, de verdad.

Otro momento que me pone la piel chinita sucede en el Canto XXI, cuando Aquiles lucha contra un río que tiene vida, conciencia y habilidad de combate.

“Y el río atacó a Aquiles, alzándose impetuoso y turbulento…

… Y la brillante ola del río, acrecido por las aguas del cielo

se elevaba enhiesta y estaba a punto de destrozar a Aquiles”.

Mientras leía estas líneas me hice unas preguntas que me parecieron muy bellas: cuando un río es herido, ¿sangra piedras?, ¿o sangra peces? En el caso del río de la Ilíada, quizá su sangre estaba conformada por los despojos de los muertos que fueron arrojados a sus aguas. Después seguí divagando sobre el tema y me imaginé a un río que, de pronto, cobra vida y se da el tiempo de reflexionar acerca de la existencia del universo, acerca de las aguas que conforman su cuerpo, y acerca de lo volubles, cambiantes e impredecibles que somos los hombres. Estuve seguro de que aquel flujo viviente terminaría por concluir lo que sigue: Un río no puede bañar dos veces, con sus aguas, a un mismo hombre.

En el Canto XIX, Janto, el caballo y amigo bronco de Aquiles, le advierte al héroe sobre su futura muerte en la guerra de Troya. El augurio es este:

“Tu destino será sucumbir por la fuerza ante un dios y ante un hombre”.

Yo pensé, después de leer la sentencia, que sería muy chingón que una diosa dotara de voz humana a mi perrita para que predijera mi futuro y me hiciera saber, por ejemplo, qué concursos literarios podría ganar y cuáles de plano, no. Y ya poniéndonos muy animistas, estaría increíble que mi PlayStation 4 me dijera qué juegos de video me van a gustar y cuáles no, para evitarme gastos innecesarios.

El final de la Ilíada siempre me ha parecido un tanto anticlimático, (spoiler alert) en los últimos versos del poema se narran simplemente los funerales de Héctor, el mejor combatiente troyano, quien muere a manos de Aquiles. Pero no sabemos más de la guerra ni de los otros personajes. No se hace referencia a la última batalla de Troya, ni se nos cuenta la muerte de Aquiles por una flecha clavada directamente en su infame tendón. Ni siquiera sale el Caballo de Troya. Así que siempre que lo leo me invento en la cabeza mi propio desenlace.

Esta vez no fue la excepción.

En mi mente todo acabó con una terrible batalla estilo King Kong vs. Godzilla, sólo que protagonizada por la terrible Escila y el bestial Caribdis. Uno atacaba con sus remolinos a su rival y la otra contraatacaba con sus aullidos supersónicos. Mientras los monstruos se daban de golpazos, los aqueos y los troyanos corrían despavoridos para no perecer aplastados. Debido a la fuerza de sus madrazos y de sus revolcones, las bestias terminaban por derrumbar los muros de la ciudad y por destrozar las naves griegas. A los combatientes de ambos bandos no les quedó otro remedio que trabajar juntos. Construyeron entonces el Caballo de Troya, pero ya no como un artífice engañoso, sino como un precario robot gigante, estilo Mazinger Z o los Power Rangers, que fue capaz de matar a los monstruos y hacer que la oscuridad cubriera sus ojos. Sonreí al pensar que ese sí hubiera sido un final épico e inesperado para el poema de Homero.