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Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

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Quema de libros


Saca el diván

Por Edna Montes

La idea se te escapa. Estás ahí, escribiendo esa obra maestra distópica, histórica o ucrónica pero algo le falta. Se trata de la prueba perfecta de que ese régimen dictatorial, genocida, represor y violento es el Mal Encarnado. ¿Cómo mostrarlo en toda su atrocidad? De pronto, una benevolente musa susurra en tu oído. ¡Claro! ¿Por qué no se te había ocurrido antes? Lo peor en el mundo mundial:

¡Una quema de libros!

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Si uno considera que los escritores son… bueno, escritores, es más fácil perdonarles esa pequeña distorsión en sus prioridades. *Inserte pancarta con frases incendiarias del tipo “no puedes matar las ideas” aquí*. Además, en honor a la verdad, las dictaduras reales son muy afectas a este tipo de censura (a todas los tipos, de hecho).

El primer caso histórico registrado data del 2240 a.C. cuando el archivo del imperio de Ebla (parte de lo que actualmente es Siria, Líbano y Turquía) fue destruido por sus enemigos. Irónicamente, las tablillas de arcilla en el recinto se fortalecieron con el fuego. Es por eso que algunos ejemplares han sobrevivido lo suficiente para reposar en museos hoy en día. Probablemente las quemas de libros más populares son las realizadas por el régimen Nazi en la Segunda Guerra Mundial o las de la Inquisición (su segunda actividad favorita después de quemar personas), pero no son, ni por asomo las únicas. Si no me creen, pueden consultar esta ilustrativa lista.

Uno puede imaginarse lo que pasa por la cabeza del líder en turno: (Léase en tono maquiavélico) “¿Gente que piensa diferente? ¡No si quemo esto! Muajajajajaja.” Lanzan el ejemplar al fuego y ¡magia! la opinión de todos cambia al instante para alinearse con ellos. Final (in)feliz. NO. De hecho eso jamás ocurre, los disidentes siguen allí y no piensan rendirse. Un gobierno represivo es incapaz de matar ideas, por mucho que lo intente con todas sus fuerzas.

La persistencia de los pensamientos e ideales plasmados en una obra literaria es, quizás, una de las cosas que más enorgullecen a sus creadores. Esa resiliencia callada gracias a la cual hoy leemos al Marqués de Sade, George Orwell, Rubem Fonseca, DH Lawrence, Gustave Flaubert o Salman Rushdie, entre otros, con harto placer. Algún gobierno los prohibió y perdió la batalla.

En plena era de la cultura digital nos parece que las obras literarias se resguardan con mayor facilidad, se trata de una falsa seguridad. Pensemos en un terrible apagón, incluso en los temidos hackers y virus. Lo analógico tendría muchas ventajas ante esas eventualidades.

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Más allá de formatos y tecnologías, el libro es un símbolo. Se trata de la belleza, la posibilidad y el esfuerzo. De la magia que escondida entre portada y contraportada. Un artilugio noble que vuelve inmortales a las ideas que contiene, supongo que por ello para los autores es una de las mejores formas de representar la barbarie y la represión.

Perdónenos, somos raritos pero chidos. 😉

Canción:


Recapitulando:

Quema de libros

Fórmula:

Un régimen dictatorial y opresivo toma el control/ recurre a la quema de libros para reafirmar su autoridad/Los héroes se mantienen firmes en su oposición/Algunos de ellos incluso rescatan los libros de alguna manera.

Como lo viste en:

  • Library War (Anime, Fuji TV, 2008)
  • Full Metal Alchemist (Anime, Bones, 2004)
  • Indiana Jones y la última cruzada (Película, Steven Spielberg, 1989)
  • Footloose (Película, Herbert Ross, 1984)
  • Fahrenheit 451 (Libro, Ray Bradbury, 1953)
  • La ladrona de libros (Libro, Markus Zusak, 2005)
  • Dioses Menores (Libro, Terry Pratchett, 1992)
  • Assassin’s Creed (Video juego, Ubisoft, 2007)
  • Avatar: La leyenda de Aang (Caricatura, Nickelodeon, 2005-2008)

    Fotografía superior: Anastasia Zhenina

La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

Fin de semana con aroma a vacaciones

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Hoy fuimos al Instituto de Ciencias para hablar con 900 muchachos de prepa sobre «Los no muertos» y por qué escribir. Estuvo chingón. 😬 #HistoriasSinSpoilers #EditorialParaísoPerdido #twitter

Rainbow Rowell. Ilusionarse, un poco…


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Puedo afirmar, sin avergonzarme, que encuentro en Rainbow Rowell a una narradora capaz de atrapar al lector. Su eficacia no radica en el recurso de una historia sorprendente, misterios inescrutables o un lenguaje cargado de poesía en cada línea; más bien, la novelista nacida en Omaha, está consciente que un relato poderoso se edifica gracias a la fuerza de los personajes.

Lincoln y Beth son los protagonistas en Attachments. La novela nos conduce a la visión de un par de adultos acercándose a los treinta años y muy lejos de resolver las incógnitas planteadas por la vida. Él un experto en sistemas y ella una crítica cinematográfica; dos seres que comparten espacio en el mismo periódico pero a la distancia, sin haberse visto ni una sola vez.

Me es fácil la identificación con Lincoln. Es alguien a quien le han roto el corazón. Un tipo tímido, escondido tras su computadora, con dificultad para quebrantar sus temores y que aún vive junto a su madre. Por otro lado, en Beth se traza a una mujer independiente, pero también cargada de un pesado costal de sarcasmo. A pesar de estar envuelta en una relación con un chico ideal, en ella se refleja el desencanto y se nos muestra cómo el tiempo suele devorar la magia de los primeros días.

Considero que la belleza del texto de Rowell está en creer que es posible enamorarse de una persona sin ni siquiera conocerla, alejado de cualquier imagen que nuble el juicio. Aquí nadie cae rendido ante unos ojos turquesa, jugosos labios carmín o curvas similares a las de Scarlett Johansson. El romance entre Lincoln y Beth es casi inexistente, silencioso, sólo una fantasía del hombre, quien va conociendo a la mujer a través de conversaciones que ella sostiene con una amiga. Lincoln, encargado de que los empleados del periódico no utilicen el correo interno para asuntos personales, decide no reportar a Beth, deja pasar sus faltas y así se va apoderando de sus secretos; la vuelve suya mientras se ríe tras cada comentario punzante.

El texto se arma entre los capítulos dedicados a las charlas de Beth y aquellos propios de Lincoln. En estos últimos accedemos a los pensamientos y al pasado de un estático que va dejándose atravesar por la monotonía; fluyendo como muchos de nosotros, resignados y sin recursos emocionales para apostar por un sueño.

El libro de Rowell podría considerarse ingenuo. Por supuesto habrá quien lo catalogue de improbable, extemporáneo y me juzgue de cursi por recomendar su lectura, en vez de aprovechar este espacio para presumir que soy un asiduo de Kadaré. Sin embargo, prefiero optar por la honestidad. Rowell logra conmoverme porque quizá aún sea dueño de un corazón semejante al de un adolescente, un hombre que, al igual que Lincoln, le cuesta crecer y asumir su edad; alguien que todavía se pregunta si es posible una relación con hambre de eternidad, o lo único que nos resta es disfrutar los instantes y olvidarnos del futuro cuando aterrizamos en una nueva boca.

Leer a Rowell me resulta gratificante, dulce como una golosina con alto nivel calórico pero que vale la pena disfrutar sin culpa. Recorrer sus letras es contemplar un poco de esperanza tras cruzar la amargura. Sus páginas se transforman en espejos nítidos. Al final de cuentas, la verdadera derrota amorosa no está en el adiós definitivo, sino que tras la mala experiencia, la otra persona modifique nuestra visión y endurezca la capacidad de sentir. Los corazones nunca deberían ser como las piedras. Tal vez, ilusionarse, aunque sea un poco, es lo que siempre necesitamos.

Buscando a Wakefield


Buscando a Wakefield

por Cecilia Magaña

Hay un hombre que camina por la calle donde vivo. Es un hombre de barba canosa y pelo largo, lleva un zapato distinto en cada pie y siempre va con mucha prisa. Wakefield, le llamamos alguna vez Javier y yo, pensando en el personaje de Hawthorne. El amigo, le hemos dicho en otras ocasiones, cuando se enoja y grita algo, o cuando lo descubrimos bebiendo de un refresco abandonado. Aunque Wakefield me gusta más. Me hace pensar que hay alguien que lo espera en algún lugar, quizás desde hace veinte años. O alguien que de vez en cuando se lo encuentra y le procura ropa nueva, dos pares de zapatos; porque en esto el amigo Wakefield es irreductible: no puede usar el mismo tipo de zapato en cada pie. Lo imagino ceñudo, tomándose su tiempo al decidir qué par le gusta más para desechar; el izquierdo primero, el derecho después.

Hawthorne narra, como parte de su cuento, que leyó “en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre ―llamémoslo Wakefield―que abandonó a su mujer durante un largo tiempo…”. Y hoy miro las noticias, miro los periódicos de los que alguna vez yo también recorté noticias curiosas, impresiones agridulces de la nota roja pero no encuentro nada que me despierte una historia. Es más, no quiero mirar. Prefiero ver por la ventana y buscar al amigo, a nuestro Wakefield, caminando rápidamente a ningún lado. Como todos nosotros, parecen decir los tuits, los posts de Facebook de tantos amigos, los whatsapps preguntando si ya nos enteramos de los muertos, de la toma de posesión de Trump, del muchacho que le disparó a todos. Y yo quisiera decir que no. Que no sé nada. Que me he ido y no volveré por veinte años. Que cuando pase todo entraré por la puerta como si acabara de irme apenas, aunque habré pasado todo ese tiempo en una casa cercana, mirando el mundo que conozco desde otro lado. Igualito que Wakefield. Pero me descubro como siempre, sin quedarme en un solo lugar, corriendo para ganar más dinero, para pagar las deudas, para ver si de una vez me animo a contratar ese seguro de gastos médicos.

Hace apenas unos días me lastimé la rodilla. Fue cerca de la ventana. La luz de mediodía entraba a través del cristal y yo me agaché a recoger algo. Eso fue todo: no fue un gran accidente, una caída terrible, algo digno de hacer levantar la vista a Wakefield desde allá abajo. Esperé un par de días con el dolor, como si no pasara nada. Subiendo y bajando de camiones. Hasta que fui al doctor y me recetó estarme quieta. O al menos más quieta que de costumbre por dos semanas, si no quería que me operaran. Así que he obedecido y aquí estoy, mirando al amigo que de vez en cuando se sienta bajo un árbol y canta. O mira las hojas y se queda dormido, cosa rara. Descansamos los dos.

He escrito algo, pero nada de ficción. ¿A dónde se me fueron las historias? Melville le escribió alguna vez a Hawthorne que tenía una excelente anécdota para él: una contraparte de Wakefield. Así como tanta gente que conozco me ha dicho en más de una ocasión: conozco una historia que te va a gustar, es casi un cuento, ya verás. Hawthorne nunca la escribió. Y yo sigo preguntándome, ¿a dónde se me fue la ficción? ¿Cuál es la calle donde se encuentra ahora esa casa en la que pensaba esconderme por al menos veinte años? Quizá es la misma que Wakefield se ha cansado de buscar.

Lo imagino aún tumbado bajo el árbol. Estiro la pierna, que según yo va mejor, y se me ocurre que tal vez es eso lo que nos hacía falta. Un ratito de ocio, de quietud después de tanto tiempo de vagabundear y de angustiarnos. Volver a nosotros y asomar la cara al hogar que hemos dejado por tanto tiempo abandonado. A ver qué se nos ocurre. A ver qué pasa.

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