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Elogio a las malas palabras


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

El encanto de una putiza

Recuerdo la primera vez que solté una retahíla de maldiciones contra un niño que había estado molestando a mi primo Joaquín. Yo debía tener unos siete años y, por alguna razón, me tomé my en serio eso de hacerla de paladín de la justicia: le dije hasta de lo que se iba a morir e incluí palabras que no había escuchado de boca de mi madre (que siempre ha preferido groserías menores, como “pinche” ó “pendejo”, cuando alguien se le cerraba en el tráfico) o de mi padre (de cuya boca no escuché nada arriba de “imbécil”). Supongo que todo lo que le solté lo había aprendido en la televisión o en las películas, porque fue mucho y muy subido de tono, tanto que el pobre no supo qué contestar y las palabras bastaron para mandarlo a su casa, con cara de asustado.

Había descubierto el poder de las malas palabras y experimentado, en retrospectiva, mucha vergüenza: temía que alguien fuera a decirle a mis papás. El evento me marcó tanto, que aún recuerdo la expresión del niño, el barco de cemento pintado de amarillo donde se dio el encontronazo, y la sensación caliente en las mejillas.

Regresaron para quedarse

La memoria es una cosa extraña y moldeable, como la plastilina, y hoy en día no sé si aquel niño dejó de molestar a mi primo por todo lo que salió de mi boca, o si coincidió con una de las muchas mudanzas de mi infancia, dejándolo atrás. Lo que sí recuerdo es que además de la culpa, un temor se instaló dentro de mi cuando volví a usar ese lenguaje contra otro chico, en segundo de primaria: el temor a que otros niños no me consideraran una “chica normal”. Recuerdo al niño: nos perseguía con el tubo con el que removían la basura que algún adulto irresponsable (de esos que en los años ochentas no se preocupaban tanto) quemaba en el mismo patio durante el horario escolar. Recuerdo que el niño se llamaba Héctor y me gustaba. Sin embargo, por hacerme la valiente, usé mis palabras y todo se acabó. No estoy segura si lo expulsaron de la escuela (después de todo, nos perseguía con un tubo), o simplemente lo cambiaron (porque la mayoría del salón éramos niñas y el pobre era terriblemente acosado, al punto de tener que armarse, precisamente, con un tubo); lo cierto es que a partir de entonces procuré cuidarme de ser grosera. Al menos hasta que en la adolescencia entré a clases de actuación y las malas palabras volvieron.

Sin embargo, todo se quedaba en el escenario, en los personajes. En mi vida normal yo tenía un lenguaje irreprochable. Hasta que la escritura se convirtió en otro espacio en el que las groserías volvieron a tener lugar. No fue el arte lo que regresó el lenguaje soez a mi vida cotidiana, sino otra vez, un varón. Había entrado al ITESO a estudiar Psicología después de abandonar la UAG, y me encontré a un chavo que había visto de lejos en la prepa y siempre me había gustado. Yo llevaba el cabello corto y él me confundió con una chica que en la preparatoria llevaba el cabello así y era particularmente malhablada. Para no sacarlo de su error, dejé que mi lenguaje se relajara, interpretando primero al personaje y luego dejándome seducir, una vez más, por las malas palabras. “¿Qué pedo con esas fórmulas, Margarita?”, le preguntaba confianzuda a la maestra de Estadística, “¿a quién chingados le importa el puto perro de Pavlov?”, soltaba entre cigarro y cigarro en los jardines itesianos, por primera vez libre después de haber estado en pura escuela represiva.

Las malas palabras me pusieron bajo el reflector, esta vez iluminándome de manera apropiada para conquistar el corazón del chavo, quien después se retorcería de vergüenza cuando me solté como hilo de media frente a sus papás. Trabajar como maestra me enseñó a frenar el torrente de nuevo, y eventualmente, a soltarlo sólo después de ciertas pruebas: como cuando metes el dedo del pie para comprobar la temperatura del agua, antes de sumergirte por completo. Suelo ser muy propia y soltar de pronto una que otra grosería delante de las personas, para dejarme ir si me siento en confianza, porque sí: me gustan las malas palabras. Me encantan. Para mí, han sido armas, pero también rompehielos, han sido el origen de muchas carcajadas y han cumplido también la función de código para conectar con otros que también las aman.

Creo en su poder, como supongo que muchos creen en el Expecto Patronum y aunque a veces todavía siento el calor de la vergüenza en las mejillas o percibo la reprobación de quienes consideran que no solo son vulgares, sino reduccionistas, les aseguro que seguiré usándolas. Después de todo, hay cosas peores que decir una que otra chingadera.

Lenguajes imaginarios


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Desconocemos el número actual de las lenguas humanas, serán tal vez —según la fuente que se consulte— unas seis o siete mil. Por si su caudal no fuera excesivo, a ellas debemos aunar las lenguas muertas, los dialectos angélicos que postula la Carta a los Corintios y los idiomas que han sido fruto de  la ficción literaria.

Cada obra de la literatura, singularmente las de fantasía y ciencia ficción, necesitan palabras nuevas con las cuales identificar entidades hasta entonces ignoradas. En el universo de J. K. Rowling no podríamos representar el juego preciso sin el vocablo quidditch (que por otro lado nos ahorra incontables definiciones cada que se menciona la lúdica actividad); análogo a este deporte es el hussade de Jack Vance, en la saga de Alastor, aún cuando este divertimento presenta connotaciones más tétricas.

No obstante, la creación de una colección de vocablos no es por sí la elaboración de un idioma, a lo sumo aspira a formar un léxico suplementario. Un idioma necesita además su gramática; y ese sería el caso del Pársel de Harry Potter. La peculiaridad de esta lengua es su carácter de hereditario, no se aprende, se nace sabiéndola. Es adicionalmente una lengua inter especies y permite la comunicación animal, como el anillo del rey Salomón.

En esta categoría de lenguas ficticias inter especies se encuentra el idioma de los simios que hablaba Tarzán. Rice Burroughs —su creador— tuvo a bien revelarnos los sufijos selváticos que emplea: mangani es mono, go-mangani es ser humano negro, tar-mangani es el humano blanco. De ahí comprobamos el racismo innato de los antropoides —o de Rice Burroughs—, en donde las personas de color se diferencian (aunque escasamente) de los micos y de los humanos blancos.

Debemos puntualizar que dependiendo de la amplitud y detalle de nuestra definición, los autores de ficción no crean verdaderos idiomas, pues estas elaboraciones no son completas; es decir, no bastan a las necesidades de comunicación de un grupo de hablantes.

A despecho de ello, por una suspensión de la duda asumimos su existencia. Ese pacto de fe que se realiza entre autor y lector se refuerza a veces por el rigor lógico del lenguaje inventado. En esta materia, el campeón de la lingüística imaginaria quizá sea John Ronald Tolkien, con su amplio inventario de lenguas élficas, incluida una historia evolutiva desde el idioma primordial, el Quendian primitivo, del que derivan con el tiempo el Telerin, el Sindarin, el Nandorin y otros lenguajes de la llamada Tierra Media.

La evolución del idioma y con éste la historia de las ideas ha sido tratada por  autores como Michel Foucault y Norberto Bobbio; en la literatura este enfoque es compartido por George Orwell, en 1984. En dicha novela, hace decir a Syme —uno de los redactores del diccionario de Neolengua— lo siguiente:

Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Estamos podando el idioma para dejarlo en los huesos.

 

¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabamos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significaos secundarios eliminados y olvidados para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño.

 

Lenguajes, #HistoriasSinSpoilers

 

Desde luego, existen otras lenguas sintéticas o artificiales, como la postulada por John Wilkins en el siglo XVII, pero dado que se trata de una erudita empresa filosófica y no intencionadamente ficcional, no formaría parte de esta digresión, a no ser porque Jorge Luis Borges le dedica un ensayo[1] donde nos refiere que Wilkins:

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

En la cita efectuada, el dominio de lo que llamamos real colinda con lo fantástico y el intento evidente del autor es transmitirnos esa sensación de maravilla al imaginar una absoluta clasificación del mundo, efecto similar al que nos propone con la Máquina de pensar de Raymundo Lulio, ensayo similar, fechado en 1937.

El propio Borges imagina lenguas conjeturales en Tlön, Uqbar, Orbius Tertius, con diferencias sustanciales entre los hemisferios austral y boreal de ese planeta. En ambos lados existe una dominante noción del idealismo, en ninguno se reconoce realidad a la materia. Bajo tal óptica todo sustantivo sería una injustificada especulación, de modo tal que el lenguaje se compone de verbos y de adjetivos. En el norte —por ejemplo— no hay una palabra que corresponda a “luna”, sino que se conjugaría el verbo “lunecer”; en el sur los adjetivos cumplen la función de los nombres, no se dice “salió la luna” sino “aéreo-claro sobre oscuro-redondo”.

La anterior parecería una gramática arbitraria, si no lo fueran todas las gramáticas. A manera de muestra, las lenguas Tseltal, Chol, Chontal y Lacandona, tienen numerales diversos si van a enumerar ríos o jícaras, si se trata de rollos o de seres animados, si se cuantifican cosas redondas o alargadas; no existe en las variantes mayas la abstracción del número, todo conteo es recuento de objetos específicos.

Hasta aquí las referencias. Como propuestas preliminares para el establecimiento de una lingüística de la fantasía se establecen: la investigación del mítico Babel donde surgieron los lenguajes ficticios y la decidida intervención del gobierno oculto del mundo para proteger de la extinción a los idiomas imaginarios.


[1] Me refiero, desde luego, a El idioma analítico de John Wilkins, publicado en Otras Inquisiciones, en 1952.