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Por favor, no las fabriquen


Lente anónima

Por Mariana Mota

Toda mi vida adulta le he huido al trabajo: horarios estrictos, responsabilidades grupales, juntas interminables e innecesarias, fiestas en donde Cuco, el de compras, se besa con Susana, la de finanzas; gente. Códigos de vestimenta. Conversaciones obligadas. Chistes que no me causan risa. Como son situaciones que no me llaman la atención a mí, señorita anti social del mes de junio, pensaría que al resto tampoco (y señorita ego); pero resulta que muchas personas, y yo las admiro, en verdad disfrutan el trabajo. Mejor dicho el trabajo de oficina, porque después de una buena crisis de identidad profesional entendí que sí me gusta trabajar, pero no en un ambiente colectivo.

Tuve suerte, pues probé las bilis (y algunos almíbares, reconozco) de la rutina corporativa en un par de ocasiones, y por ello garantizo que el sabor que más disfruto es el de producir en casa. No me desviaré hablando de lo complicado que me resultó asumirme freelance  y vivir de esta manera, más bien quiero acercarme un poco a lo que me significa esa libertad. El tiempo lo distribuyo y lo priorizo yo, la moda es decisión mía, la productividad ocurre si me enfoco y me decido. En cuestión de minutos mis ojos pasan de un libro al piano; mi cuerpo, del sillón a la bicicleta fija; mi pantalla, del Premiere al Word; mi ánimo, de la depresión a la euforia. Estas delicias las disfruto todos los días, pero confieso que también las sufro.

Trabajar en casa me obliga a tener distractores externos, fuerza de voluntad para no quedarme dos horitas más en cama, confianza en mis proyectos, un sobrecito que diga ahorro del diez porciento de mis ingresos para regalarme un bono navideño: esfuerzos, como a todos. Y, por otro lado, es tanta la comodidad que rodea mi ambiente laboral que el mundo exterior no me atrae mucho (sobre todo porque igualmente me entero de Cuco, de Susana y de los malos chistes en mi universo virtual); pero si quisiera ser una completa ermitaña, la docencia no me funcionaría: son esas breves y esporádicas dosis de convivencia las que me han salvado de esta locura de hablar con mi perro (exclusivamente).

Por eso cuando vi el video que compartió CLTRA  CLCTVA (¡qué buen logo! Siempre pienso en el sitio como Cultura Colectiva, con todas las letras) me dio miedo. Si llegaran a fabricar la Mesa para trabajar acostado —y sobre todo a popularizarla como un mejor camino en este viaje profesional—, no tendría más remedio que, a la larga, utilizarla y caer en el temido y repudiado sedentarismo extremo; en esa tremenda seducción de la tecnología y del mundo simplificado que me disgusta, pero al que me he hecho adicta. Ojalá que nunca salgan al mercado y pueda yo seguir disfrutando de esta postura semi-erguida, en la que aún muevo varias partes de mi cuerpo. Y si ocurriera el universo Wall-e, y el invento ese resultara, como muchos, un gran brote de ingenio y de beneficios, espero aumentar mi fuerza de voluntad y encontrar razones para salir del edificio. Aunque quizás todo tenga que ver con una personalidad solitaria y no con el trabajo en casa.

 

Netflix: de la palabra amor y sus derivados


Lente anónima

Por Mariana Mota

Acuñar el término amante exclusivamente a las personas quizás sea un poco reduccionista. Y, por otro lado, dicen que el excesivo uso de la palabra cae en la exageración y el absurdo: el amor es privilegio para personas, o seres vivos; no para objetos. Uno no ama los frijoles, la montaña o los vestidos; pero sí al papá o a la esposa. Y ya no digamos cuando saltamos de una expresión simplona como amo Netflix a una enfermiza como Netflix es mi amante. Yo soy otra de esas tantas enfermas que así lo dirían.

Algunos incluso se apropian de la carga activa de la relación al decir soy amante de los tacos, como si fueran ellos, los individuos, quienes brindan el placer al alimento; a mí me parece que funciona al revés: hacerla mi amante significa que es ella, la plataforma digital en este caso, quien me satisface a mí, mientras que yo pasivamente me dedico a recibir. Evito hacer planes en el exterior, me desvelo, disminuyo mi tiempo de productividad; todo porque sé que algo en ella me va a erizar la piel, o me va a acelerar el pulso, o al menos me va a entretener: efectos que provoca un amante en su amado.

Y como cualquier relación basada en el placer, existen ciertas rutinas sagradas que funcionan distintamente para cada tipología: solteros (que son completamente libres en la elección de su programación y que quizás pasen un tiempo excesivo en la plataforma), casados/arrejuntados (que, aunque puedan seguir programas de manera individual en sus tiempos libres, generalmente se aplastan en la cama o en el sillón juntos, van comentando lo que observan y hacen pausas para los besitos y caricias), roomies (que gozan de la individualidad sin remordimiento y la mezclan con la compañía ocasional o frecuente y recomendaciones del otro). Y como buen amante, también provoca remordimientos: cuando la elección fue azarosa y terrible, o cuando se invierte más tiempo buscando que viendo.

Además de ese ritual sagrado que se genera en el espacio donde reposa la televisión o la computadora, hay relaciones muy íntimas con la pantalla de cada aparato: el universo de posibilidades es tan vasto que, aunque en seis días me puedo echar una temporada completa de una serie que acaban de subir, un par de días después suben trece capítulos más de aquella otra que me eché hace seis meses y cuya historia ya no tenía tan fresca.

Una y otra van desfilando las temporadas (y películas y documentales, por supuesto). Ahorita, por ejemplo, me divierte la quinta temporada de Orange is the new black, y me fascina la primera de Mr. Selfridge (que ya tiene cuatro temporadas pero que apenas descubrí.¡Largo camino por recorrer!). Y mi espíritu ansioso espera la tercera de How to get away with murder, la cuarta de Bates Motel, la segunda de Jessica Jones, la tercera de The affaire, la séptima de The walking dead. Y prefiero dejarme sorprender cuando encienda la televisión y vea las palabras mágicas: nuevos episodios; contrario a muchos que investigan y saben si esas temporadas tan esperadas llegarán, o si el rating no dio para eso. El factor sorpresa aumenta la satisfacción.

El festival de Cannes podrá iniciar guerra contra Netflix, y tendrá sus razones válidas, pero de que es un mejor amante el formato digital, inmediato, multi-sala e igualmente internacional, lo es. Para mí sí, y creo que para otros tantos millones de personas también. Y ya le estoy echando el ojo a HBO: ¡las posibilidades se multiplican y un tiempo valioso escurre en mi sillón!

La venus de Willendorf


Lente anónima

Por Mariana Mota

Teníamos pocas semanas de conocernos, pero todo indicaba que la relación había comenzado con el pie derecho, como dice el lugar común. Me descubrí más apasionada que en mucho tiempo; a ellos, en un principio, los percibí inquietos y distraídos, hasta aquel martes en que una imagen les movió su tapete, y al mío lo hizo la reflexión que se desprendió de ello.

El muchachito que ya había llamado mi atención por su irreverencia y rebeldía volvió a hacerse notar después de mis interrogantes: ¿Qué es el arte? ¿Qué es un artista? Pregunté sin yo tener una respuesta única o irreductible, lo bonito de estas asignaturas es que en cada grupo surgen nuevas conclusiones; o nociones, mejor dicho. Yo soy un artista, tengo cuatro mil seguidores en Instagram, dijo hinchado de orgullo. ¡Ándale! Un artista con cuatro mil seguidores, repetí en voz alta.

El comentario me causó gracia y admiración a la vez: la primera porque, si bien me es imposible asegurar quién puede o debe colocarse esa enorme etiqueta, estoy segura de que la popularidad en redes sociales es una variable que permanece fuera de la ecuación; la segunda porque sigo sin entender el fenómeno de la efímera fama virtual, pero reconozco que no debe de ser fácil lograr que tantas personas te sigan, seas un genio, un entusiasta o solo la sombra de un ego desesperado por pulgares levantados. Sus compañeros entonaron una risa de complicidad que probablemente daba fe a sus palabras, y después nos olvidamos del tema.

Saqué mi celular y por primera vez entré en la aplicación cuyo funcionamiento me había explicado el técnico días antes. ¡Cuánta tecnología, para mi rudimentario y arcaico ser! En pocos segundos el cañón instalado en el techo proyectaba las imágenes de mi moribundo IPhone. La primera en aparecer frente a la pantalla blanca era la robusta Venus de Willendorf. No les expliqué nada y solo les pedí que la observaran detenidamente y después, en sus cuadernos, la describieran, interpretaran e incluso nombraran. Pasaron varios minutos antes de que el silencio nos coronara; por supuesto que primero hubo otro concierto de risas y murmullos. Mujer gorda, Cabeza rara, Mujer con toalla en la cabeza. El nombre con el que la bautizó el artista de los miles de seguidores fue el que más me impactó: Cerda. Algunos otros, mayormente mujeres, no hablaron de las curvas de aquella figura de manera despectiva y más bien acertaron en decir que aquello era una manifestación de la maternidad.

El tiempo se nos pasó veloz mientras debatíamos acerca de las características de la imagen; noté en sus ojos un brillo nuevo que decidí interpretar como interés por la historia. Uno de ellos estaba impresionado: es como platicar con personas de otros tiempos. Con alguien del 2015, dijo el artista, convencido de que aquella escultura no podía ser de este año, pero sí de hace un par.

Después de un rato de discusión, tomé el celular e hice aparecer otra imagen, del mismo periodo, aunque un tanto distinta. Ellos continuaban con su tarea de interpretación y yo seguía clavada en el artista del aula. ¿De dónde viene esa necesidad humana, tan natural, de ser reconocidos? Nos es menester ineludible ser vistos por el otro; sí, pero lo que más me causa interés en este juego de identidades es el camino de dos sentidos: también hay un deseo de reconocer al otro, una necesidad de saber quién está detrás de aquellas obras que tanto impacto nos han generado. Esta curiosidad de conocer a quien sí logra expresar con elocuencia el universo enmarañado de su mente, se sacia cuando conocemos su nombre, cuando con gusto le colocamos esa enorme etiqueta de artista. El peligro, y mucho se ha hablado de esto, es cuando el nombre se vuelve más importante que la obra.

Volví a dirigirme a ellos para escuchar sus opiniones y quedé fascinada al notar que todos tenían algo que decir, que no estaban siendo víctimas de su gran deidad Whatsapp. Bueno, pero ya dinos quién la hizo, dijo la chica de enfrente. ¡No lo sé!, ¡No lo sabemos! Grité emocionada, y quizás eso sea aún más bello. No nos importa quién esté detrás, nos interesa el mensaje o sensación que logremos extraer de su obra. Los miles de años que han pasado desde su creación y el impacto en la humanidad que generó esta estatuilla de apenas diez centímetros, probablemente conviertan al autor en un artista (quizás no, ¿quién lo determina?), no los miles de seguidores que pueda tener (sí, lo dije; fui una canalla), pero al menos a mí ahora no me interesa su nombre. El arte siempre debe ser superior al artista, concluimos esa mañana, aunque nunca muera el deseo de ser reconocidos y de reconocer.