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Instagram, el wiki libro de imágenes


Lente anónima

Por Mariana Mota

Sin importar las películas, libros o historias que consuma, no puedo imaginar con detalle las obsesiones que tuvieron mis antepasados en su día a día: al despertarse, a la hora de la comida, mientras se encerraban en el baño, durante una conversación, minutos antes de dormir. Quizás, como también ocurre ahora, pensaban en la trascendencia o felicidad. Quizás en el miedo, la envidia, la calma, el anhelo. Pero mi duda no va hacia lo abstracto de esas palabrotas, sino a algo más concreto: ¿habrá existido en tiempos antiguos un objeto que reuniera todas esas emociones, y que fomentara en el hombre la obsesión de enfrentarse a ellas constantemente, cada cinco minutos? Hoy, me queda claro, ese objeto es el celular. Y si delimito un poco más diría que las redes sociales.

Posiblemente todos tenemos una que nos vuelve más débiles, y en mi caso es Instagram: el gran Olimpo visual. En esa aplicación encuentro la utopía de la belleza constante y permanente. Gracias a la tecnología y a la inmediatez, todos somos aspirantes a fotógrafos y videógrafos, pero no se trata, en mi caso, de seguir a cualquiera que componga imágenes más o menos lindas: se trata de estilos de vida, aspiraciones, inspiraciones, posibilidades. Instagram es otra gran ficción de la que somos meros espectadores que se van involucrando con las historias que consumen. Cada cuenta es un universo de cuentos que nos contamos unos a otros sin necesidad de utilizar palabras.

Hace poco mi roomie, que solía decirme que paso mucho tiempo en la aplicación, llegó muy contenta a confirmarme que Instagram era una maravilla, pues en su clase de cocina le sugirieron algunas cuentas de chefs de todo el mundo. Hasta entonces, creo, entendió mi relación con ese infinito aparador visual.

¡Claro! Para mí no se trata de abrir una cuenta, seguir a los amigos e intercambiar cada momento del día (para eso está Whatsapp o Facebook; y como me acaba de decir un amigo, cada vez se pone más aburrida); tampoco se trata de seguir a artistas famosos que, al igual que algunos de nuestros contactos, utilizan la herramienta a manera de egoteca para mostrar si están en el gimnasio, en el restaurante de moda o en la fiesta (lo hice: un día por morbo busqué a esas estrellitas de televisa que fueron mis ídolos en la pubertad, y concluí que a las estrellas es mejor verlas de lejos para que no pierdan su brillo).

Se trata de buscar fotógrafos, videógrafos, tatuadores, pintores, decoradores, viajeros, poetas, arquitectos, chefs, alfareros, carpinteros, diseñadores; o incluso sí, un amigo cercano, que con sus apasionantes ficciones diarias fomenten nuestras obsesivas aspiraciones.

Ahora que termino de escribir esto, se me ocurre una evidente respuesta a esa pregunta con la que inicié: ¡un libro! Creo que la ficción —las historias en general— es lo que desde siempre nos ha alimentado la adicción de querer estar aquí y allá; de meternos en la vida de los otros, de vernos reflejados en espejos que no nos gustan, de aspirar a lo que no tenemos. Solo que nosotros, con las redes sociales, tenemos algo de lo que ellos carecían: la posibilidad de ser parte de esas historias y de que los demás se reflejen en las nuestras. Es como si entre todos estuviéramos leyendo, y al mismo tiempo escribiendo, la enorme historia de un mismo libro de manera visual.

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La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

Murakami. El atentado en las agendas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Relacionistas públicos, gente del mundo de la moda y el cine, trabajadores de la industria automotriz, contables, abogados, artistas, ejecutivos, militares, incluso un jockey irlandés. Casi todas los oficios y profesiones confluyen en el sistema de transporte subterráneo de Tokio. Allí, los vagones no sólo desplazan cuerpos apiñados; dentro de cada anatomía hay millones de ilusiones.

Me gusta planear. Adoro hacerlo. Tal vez se relacione con la idea de dominar el tiempo, diseccionarlo y acomodar las actividades en horas con forma de cajón. Me resulta complejo el aventurarme a los días sin la agenda bajo el brazo. Supongo que comparto este sentimiento con otras personas, en especial aquellas demasiado ocupadas; esas para las que cada minuto es importante y no les da igual si un tren pasa a las 08:15 u 08:17.

Pero si algo nos deja en claro Underground, de Haruki Murakami, es que cualquier idea de lo que es nuestra vida se desvanece en segundos. Por más organizados que seamos, nunca incluiremos en nuestra lista de pendientes escapar de un atentado. Nadie se va a dormir pensando que al otro día estará junto a una bolsa que contiene gas sarín. Con la cabeza sobre la almohada,  la mayoría se preocupa por las juntas con el jefe, los fracasos amorosos, el trabajo acumulado, los hijos, y aquellos sueños dejados atrás en pos de la prosperidad. Pocos imaginan los colores de la bomba, a los dementes, a quienes dibujan perfectos esquemas para aniquilar.

Underground

Esta obra se encarga de recopilar testimonios del ataque ocurrido en el Subterráneo de Tokio en 1995. Doce personas murieron al estar expuesta al gas sarín, además, miles resultaron heridas y con graves consecuencias. La secta Aum fue la responsable.

El texto es entrañable porque Murakami no se acerca a los afectados sólo para conocer un punto de vista, los vuelve personajes, la nostálgica pluma del japonés crea un marco para aproximarnos a quienes padecieron el atentado. Al autor le preocupa adentrarse a sus vidas. Cada testimonio abre con un perfil de la víctima, trazos de su ayer y así los aleja de las frías estadísticas y las imágenes repetidas en los medios de comunicación. También hacia la parte final del texto, hay espacio para la voz del fanatismo, los culpables tratan de justificar el porqué de sus actos y la locura asoma en un intento por esbozar sentidos.

Insoportables dolores de cabeza, pérdida de la memoria, complicaciones en la vista, un cansancio eterno y semanas o meses para recuperar el ritmo laboral son las principales secuelas tras el atentado. Sin embargo, en los relatos palpita el miedo enraizado, la imposibilidad de retornar a la vida previa a la tragedia, como si el veinte de marzo de 1995 los hubiera arrojado hacia una dimensión sin respuestas. También en sus palabras hay necesidad de justicia, venganza, llevar hasta la muerte a los responsables o someterlos a los efectos del gas. Se refleja así, como un acto de este tipo provoca el nacimiento de nuestro peor yo.

Hay quienes perdieron seres queridos, algunos cambiaron de empleo y otros se divorciaron, como si el atentado fuera el pretexto ideal para rearmar sus vidas. Pero uno de los relatos más conmovedores es el de los hermanos Akashi. Tatsuo, un hombre de treinta y siete años, vio cómo su vida se modificó por completo cuando su hermana menor padeció los efectos del gas. Shizuko, de treinta y uno, cayó en coma y al principio sus posibilidades de sobrevivir eran escasas. Tras despertar, ella era un ser distinto. Parecía que el pasado había sido desterrado de su mente, además de las grandes dificultades para mover su cuerpo y articular palabras. Lo bello de la historia, es cómo Murakami expone la dedicación de Tatsuo. Su plena confianza en la rehabilitación de su hermana, la devoción para traerla de regreso a esa época previa al sarín. Además, el autor pidió entrevistarse con Shizuko y logró percibir a la chica de antes,  intuyó esa necesidad de volver y superar la frontera de sus músculos.

De su encuentro con la mujer, Murakami rescata una reflexión sobre sus propias capacidades “¿Qué significa estar vivo? Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría su misma fuerza de voluntad, esa fuerza imprescindible para seguir vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez?, ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé, sinceramente no estoy seguro”.

Es tiempo de finalizar. En una hora cenaré. Luego un poco de televisión. Restará leer y los minutos del calculado insomnio. Mañana, despertar a las ocho, desayuno y revisar los guiones de mis alumnos. Hasta las cuatro de la tarde hay actividades establecidas, sería genial si pudiera llenar la tarde de una vez. Pero momento, qué tal si hay un incendio, o alguna extraña secta decide volar una avenida en mil pedazos. Qué tal si al caminar por Chapultepec, un fanático desvía su camión y aplasta a todos los peatones. Dos décadas después del atentado de Tokio, la posibilidad de una tragedia sigue presente, de hecho cada vez más. Tal vez, Guadalajara, tan ciudad y tan pueblo, aún está distante del terrorismo cosmopolita. Pero por lo pronto, pondré en mi agenda, en cada hora, un espacio para el posible atentado, lo tendré presente. Debo hacerlo. Así, al momento de aspirar el gas, trataré de recordar los mejores instantes de esta vida, pensaré en la familia, en lo que se va, en los besos ausentes, en la idea de aferrarme a este lado de la realidad. Me aterra la idea de que la Muerte me tome por sorpresa, así, sin la delicadeza de confirmar la cita.

 

Woody Allen. El amor es la respuesta.


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Te entiendo, Elliot. No porque en alguna ocasión haya sido infiel, en verdad nunca lo he considerado y  me costaría formar parte de un juego en donde se traiciona la confianza de otro en pos del placer. Pero es comprensible que al ver a Lee (la hermana de tu esposa), se encienda tu pasión, disfrutes de esa mujer llena de vida y joven. Es un deseo que se va tornando perfecto. Lo distante posee esa cualidad.

Lo sé, amas a Hannah, sin duda es la mujer de tu vida. No te será sencillo dejarla atrás. Te preguntas cómo escapar del desgaste de la convivencia. A tu lado habita una mujer exitosa, apasionada, pero te resulta difícil seguirle el paso. Tú eres más propenso a fallar y enamorarte de Lee, es el más bello de los errores que estás por cometer.

Son tus pensamientos los que escuchamos al iniciar esta historia. En la primera página sabemos de tu fascinación por Lee, pero también que no eres el protagonista. El título nos ha dicho que este es un relato de tres hermanas actrices que buscan un lugar en esta vida, brindarle un poco de orden al caos de sus días y hallar la felicidad si es que existe la posibilidad de alcanzarla.

Elliot, estás ahí para hacernos descubrir las diferencias entre la triunfadora Hannah y una Lee estancada en un matrimonio con un hombre mayor. Tu idea de vivir una aventura, no es más que un pretexto para adentrarnos en esta familia que traslada el melodrama a sus vidas. Allí, donde también está Holly, esa tercera hermana que se parece a un remolino adicto a la cocaína, una mujer sin rumbo y alejada de la suerte.

Sí, Elliot, es una tortura la situación en la que te ha colocado Woody Allen. Un gran dilema, una encrucijada en donde parece nunca lo tendrás todo.

Al menos, a lo largo de este guión, no sufrirás como Mickey, el antiguo esposo de Hannah. Un hipocondriaco al extremo y quien cree que un tumor crece en su cerebro. Alguien que al sentirse tan cerca de la muerte empezará a cuestionarse el sentido de cada acción, el porqué de esta vida, la creencia en los dioses. Un ateo que buscará en las religiones una forma de sujetarse a la realidad.

 

Woody Allen

Cualquier día la muerte puede golpearnos, distanciarnos de los seres queridos, borrar nuestros planes. Más allá de que logremos salvarnos del diagnóstico desalentador, el contacto con los médicos nos conduce a darnos cuenta que en algún punto sólo nos restará el consuelo de permanecer en la memoria de alguien más.

En esta historia conoceremos a tres mujeres distintas. Allen nos conduce al complejo universo femenino, sin embargo tampoco intenta desentrañarlo en su totalidad. Hannah y sus hermanas, la historia en la que estás Elliot, no es oscura como esos guiones de Allen que se asemejaban a las películas de Bergman. Aquí hay espacio para la comedia, para sonrisas y eso demuestra la capacidad de su autor. Allen, un filósofo del cine, es consciente de la necesidad de la comedia. Reír no es opcional.

Leer Hannah y sus hermanas, permite descubrir en el guión detalles como el manejo de la cámara, la construcción del plano desde el momento de la escritura, el recurso de introducirse a los pensamientos y un gran número de escenas en donde los personajes que hablan no aparecen a cuadro, porque al autor le importa más centrarse en la reacción de quien escucha. Atravesar este guión, permite confirmar la maestría de Allen, su inteligencia para crear personajes con más de una dimensión y que lo colocan como uno de los mejores directores y escritores en la historia del cine.

Entonces, Elliot, no nos serás ajeno, conoceremos lo que hay en ti. Estaremos esperando tu romance prohibido, cómo se complica la trama con tus decisiones y las bromas que el destino prepara para esta familia, para cada uno de nosotros. ¿Permanecerás con Hannah? ¿Tu fantasía con Lee se podrá materializar? ¿Holly tiene permitido el triunfo? Y Mickey, arrastrado por sus dudas, aún con recuerdos de Hannah, con la muerte mordiéndole los hombros, ¿podrá encontrar respuestas en las religiones? ¿Se dará cuenta que un sentimiento verdadero nos permite avanzar, mantenernos firmes? Tal vez, después de todo, el amor sea la única respuesta y el arma más poderosa para luchar contra las hambrientas bestias del absurdo.

Recuerdos de juventud y rock and roll

#LecturasExtremas #Editorial #ParaísoPerdido

 

Este viernes 4 de noviembre de 2016, a las 20:30 horas, en Impronta, presentamos el segundo título de la colección Logófago de nuestro sello editorial: Recuerdos de juventud y rock and roll de Alva Lai Shin Castellón.

En palabras de la doctora Patricia Torres San Martín, “Mediante los testimonios de […] mujeres tapatías se reactivan situaciones y subjetividades de la vida pasada y presente, pero también de la vida social y cultural de la Guadalajara de los años sesenta, y queda expuesta la manera en que el relato cinematográfico se fusiona con los recuerdos y la memoria”.

“La autora elabora una visión multidisciplinaria para analizar el proceso de recepción empírica del cine mexicano de los años sesenta y las identidades juveniles de Guadalajara, con un grupo de mujeres tapatías que consumieron estos filmes y sus imágenes recurrentes: jóvenes con chamarra de cuero y en motocicleta, jovencitas con un look de adultas y en minifaldas, amores inocentes, juventud reventada que se divertía al máximo comiendo un helado o asaltando las cafeterías”.

“Los lectores […] encontrarán una veta más para pensar el cine como una experiencia que siempre involucra una película, una personalidad, una situación social y un tiempo y estado de ánimo específico”.

Nos acompañarán para comentar el libro Patricia Torres San Martín y el maestro José David Calderón. ¡Los esperamos!

¿Quien es Alva Lai Shin?

Si desean conocer un poco más de la trayectoria de Alva, pueden seguir este link.

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