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La última tarde. (In memoriam, Carlos Bustos)


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

He decidido escribir esto en segunda persona, como si fuera un mail que abrirías en una de esas mañanas en las que descargabas películas antes de escribir.

Te soy sincero, me cuesta empezar. Creer que en verdad leerás esto. No sé cuál es el inicio correcto. Tal vez, debería aferrarme al orden cronológico y hablar de cómo te conocí a la distancia, cuando desde lejos, ya era perceptible tu enorme generosidad.

Sé que no hay tiempo para desarrollar cada anécdota. Detallar los viajes, los foros compartidos y las  noches sabatinas en donde no necesitábamos más que nuestras risas para que las horas nos resultaran breves.

Ahora, más que nunca, me doy cuenta que además de ser mi maestro, eras una brújula, un pegamento mágico con el poder de mantener unido a los distintos. Prefiero, entonces, encaminar estas palabras hacia el agradecimiento, porque no recuerdo cuántas veces te dije gracias cuando poseías un oído, un físico de oso grizzli al cual abrazar.

Gracias por confiar en mí, por invitarme a un mundo desconocido, por descifrarme y ver en un chico tímido al hombre que desea devorar la vida, ávido de aventuras que siempre le fueron ajenas. Gracias por creer en el valor de mis letras, cuando siempre me han parecido flojas; las de un principiante. Gracias por cada consejo, no sólo a la hora de estructurar historias. En los años más recientes, nuestras charlas se centraban en mujeres, el sentido de escribir y en productos de belleza para mantenernos hermosos como vampiros pertenecientes a una agencia de modelos.

Gracias por las risas cómplices, por esos chistes que sólo nosotros entendíamos y avergonzaban a unos cuantos, gracias por mandar al carajo el pudor y despertar mi lado más endemoniado. Gracias, sobre todo, por ser un padre, también estuviste en los momentos complejos y supiste cuidarme como si fuera tu responsabilidad.


Debería hablar de tu obra, recomendarla. Describir la melancolía y el erotismo de Final de sirenas,  la fauna de horrores que habita en Fantásmica, o la inteligencia de la Espina del mal, pero los que escuchan o leerán esto, tal vez ya saben que eras un buscador, un defensor de la belleza, y un amante del terror como metáfora para comprender el sufrimiento. Sólo la eternidad te hubiera permitido satisfacer tu espíritu curioso.

Guardaré para nosotros gran parte de lo que vivimos, no lo expondré en este foro y tampoco me encargaré de escribirlo más adelante. Pero ahora, permíteme compartir nuestra última tarde juntos. Aquella en la que estabas acostado en la habitación de un hospital, era un lunes y al día siguiente irías al quirófano para despedirte de tu estómago a cambio de un futuro.

Ingresé al cuarto y estabas solo, leyendo un libro de Conolly. Permanecimos en silencio, como si no nos importara quebrarlo para estar cómodos. Tras un rato, abandonaste la lectura y me viste de una forma distinta; nunca había notado en ti esos ojos. Eran más profundos, como si estuvieran vestidos con saco y corbata, despojados de su cotidiana travesura.

Pediste me acercara a la cama y me tomaste de la mano. Antes de que pudiera bromear, dejaste escapar una frase para mi historia, una que nunca voy a olvidar: “Algunas puertas hay que cruzarlas solo”, sentenciaste, y luego una ligera sonrisa se asomó en tu rostro. Me di cuenta, que aún en tu dolor, en la debilidad, tratabas de darme fuerza, de hacerme ver que no necesitaba acompañantes para afrontar esa otra muerte que vendría más tarde. No hice más que enmudecer, impactado ante el momento, hasta que alguien abrió la puerta y nos arrancó de la solemnidad.

Esa noche, en tu habitación, ensuciamos con desfachatez la pulcritud del hospital y supimos olvidarnos de la enfermedad, de la muerte a la que no le permitimos ser parte de la velada. Cuando fue tiempo de la despedida, para cada quien tenías algunas palabras, algún consejo o encargo por si el quirófano te jugaba alguna mala pasada. A mí no me pediste nada, más bien les solicitase a los demás que se ocuparan de mí, que celebraran mi cumpleaños. Quizá para ti, siempre he sido un niño que necesita cuidados.

De camino a casa, conduciendo, me atreví a pensar en la posibilidad de que aquella había sido nuestra última charla. Soy un fatalista. Por suerte, sobreviviste al quirófano, pero ya no pude volver a verte, cuando el viernes siguiente, tras tu recuperación, quise visitarte, un dolor más agudo provocó que te acomodaran en un sueño del cual no despertarías.


A un año, he sido despojado de dos padres y me corresponde crecer a golpes, sin guías, sin maestros con respuestas. Hoy el viento de noviembre trae consigo los aromas de invierno; perfumes similares a los de ese miércoles nueve de noviembre, cuando la noticia de tu partida era tan dolorosa como confusa.

Sé que no quisieras más lágrimas, que nos regañarías, siempre has preferido las carcajadas. Dirías que no desperdicie páginas en ti, te escucho aconsejándome: “péguele como los grandes”, “triunfe”. Sin embargo, en estas fechas tu ausencia es más notoria y déjanos, aunque te moleste, volver a ti.

Tomaré esa obra tuya titulada El libro que resucitaba a los muertos. Ahí en donde reflejas tu amor a la literatura, a tus autores favoritos y esa fascinación por los días finales. He pensado en leerla otra vez, no sólo para disfrutar de tu compromiso estético, las metáforas o esas comparaciones que esquivan con elegancia los lugares comunes. Voy a leerlo con una intención firme, por primera vez me permitiré creer, buscaré entre sus líneas una señal, la frase justa, el secreto. ¿Habrá allí algún conjuro, una fórmula encriptada? ¿Será el verdadero libro para regresar de la muerte? Para tenerte aquí.

Por ahora, en lo que descifro el enigma, me resta quedarme con nuestros recuerdos de los días dibujados por tu imaginación y esa capacidad de entregarte a quien decidías apoyar.

Te habré citado más de cincuenta veces en este año, la frase “Como decía Carlos”, se desliza constantemente en mis labios. Habré copiado tu ritmo, tu música al hablar, robado tus bromas, contado mal las aventuras que en ti se hubieran escuchado más divertidas. No hay una intención perversa en ello, sé que lo sabes; es absurdo apropiarse de ti, creerme especial, sólo deseo mantenerte aquí un rato más, sentirte parte de una manada que amenaza con extinguirse sin un líder.

Viene aquí el agradecimiento final, por ser mi amigo, abrirme las puertas de tu casa, del mundo literario, confiar en mis palabras y, sobre todo, por quererme como a un hijo. En estos días, he podido constatar el amor de tu madre y el de tu hermano. Ambos te necesitan como nunca y aún desean verte pasear cerca de la casa, ansían el saludo en las mañanas, tu compañía, la tranquilidad para resolver cualquier problema, y, también, esas falsas discusiones que en el fondo esconden un amor que no se atreve a manifestarse de forma directa.

Me ha hecho falta tu locura en este año, acompañarte a comprar adornos  para Halloween, contarte mis novelas siempre inconclusas, mis relaciones fallidas, escucharte cansado pero al mismo tiempo con el ánimo de escribir esa obra que al fin te represente por completo. Nos hicieron falta más viajes, visitas a barberías y a ese table dance al que acudiríamos sólo con el fin de que nos trataran como verdaderos dandis. Te extraño y supongo nunca dejaré de hacerlo. Tal vez el correr de los días me permita transformar el dolor en una dulce añoranza, esa que se permite ocultar los finales siempre trágicos. Por ahora, te cuento que aún tengo miedo, mucho, como el de los niños cuando la luz se apaga. Aún me cuesta cruzar algunas puertas solo, en especial aquellas que son la entrada hacia un camino sombrío. Por eso, déjame tomarte de la mano y acudir a tu recuerdo cuando el terror me paralice, cuando no tenga ni idea de qué se trata todo esto a lo que llamamos vivir.

Separados al nacer


Saca el diván

Por Edna Montes


La vida es dura, eso es cierto. El verdadero problema es cómo explicarle a la gente que siempre has sentido que algo te falta. Hay un vacío que no puedes explicar que te deja como… ¿una papa sin catsup? Bueno, es complicado.

Vas triste por ahí, nada nuevo, hasta que un día… te topas con esa persona. Entras en pánico. El parecido es increíble, es tu doble exacto (o todo aquello que serías si fueras del otro sexo). ¡Malditas drogas!, son idénticos. Esto no puede ser una coincidencia. Las explicaciones acuden a tu mente a la velocidad de la luz ¿Se trata de un experimento genético?, ¿conspiración Illuminati?, ¿una broma de mal gusto? Desde luego que no pueden ser gemelos separados al nacer ¡eso es un cliché!

El shock va pasando cuando descubres que no ser tan único como creías no es una cosa mala. Es bueno tener alguien tan torpe y obsesionado con la combinación menta-chocolate como tú.  Además, es como volver a casa. De pronto, aquél vacío existencial desaparece y te ves obligado a admitir que los milagros pasan. En la ficción, al menos. Antes cargabas el peso del mundo en tus hombros, pero ahora que lo repartes todo es más llevadero. Es hora de pedirle a papá y/o mamá algunas explicaciones. ¡Menos mal que no son mellizos cariñosos! (Sí, los estoy viendo Cersei y Jaime; también a ustedes, Luke y Leia)

Este recurso narrativo tiene muchas posibilidades: gemelos del mismo sexo, mellizos, amigos inseparables o enemigos incansables. Fiel a su dualidad, da las mismas oportunidades a la comedia que al drama. Incluso al siempre adorado gemelo maligno. La imaginación es el límite.

Más allá de las oportunidades cómicas y dramáticas de la trama, los hermanos separados al nacer no pierden vigencia porque nos recuerdan que todos añoramos esa parte bella y luminosa que nos muestre lo mejor de nosotros mismos. Quizá también que lo peor no es tan malo como nosotros lo vemos desde el punto de vista de nuestro juez interno. Al final, saber que pertenecemos a un lugar, con todas nuestras peculiaridades y rarezas, es algo que alimenta el alma. Una historia digna de ser contada.


Canción:

Thompson Twins- Hold me now


Recapitulando:

Separados al nacer

Fórmula:

Los protagonistas son hermanos (a menudo gemelos o mellizos)/Alguna situación propicia que sean separados justo después de nacer/ Condiciones azarosas los reúnen/ Pasan una crisis de adaptación o conflicto/ Descubren su verdadera condición de hermanos/ Viven aventuras juntos o se enfrentan como enemigos.

Como lo viste en:

Bibliografía erótica


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes


La mención del infierno suele traer aparejada la visión de la eternidad y el desconsuelo, del fuego y el olvido. Menos frecuentemente, el infierno nos sugiere un lugar enclaustrado dentro de una biblioteca,  donde se resguardan libros cuya lectura se ha considerado peligrosa[1].

Existen muy diversas razones por las que un libro habría de estimarse como riesgoso para su poseedor o lector; hay libros que se dicen encadenados y que presos de sus hierros se sacuden, como poseídos, en los sótanos de carcomidas bibliotecas. Uno de los más connotados libros malditos es el de Toth, otro el Necronomicon, no importa que ambas obras pudieran ser ficticias. Otras veces, el peligro para los bibliófilos ha sido menos sobrenatural y se ha reducido al potencial —cálido— encuentro con las llamas del inquisidor (en caso de descubrirse la propiedad de tal o cual volumen).

De manera más corriente, la “peligrosidad” de esos libros viene de su carácter “obsceno”, por tal motivo, los infiernos de las bibliotecas son el albergue final, el asilo de libros marginados que a pesar de su indecencia —de forma improbable y prodigiosa— escaparon a la hoguera. Sobre estos libros nos dice Pisanus Fraxi, en su Index Librorum Prohibitorum (1877):

«Para el bibliómano, el verdadero amante de los libros por sí mismos, estos volúmenes desconocidos y marginados, estos parias de la literatura, son infinitamente más interesantes que sus mejor conocidos y más apreciados compañeros; y adquieren un valor para él, en proporción a la persecución que han sufrido, su escasez y la dificultad que se experimenta en adquirirlos.»

Como es sabido, Pisanus Fraxi es el alter ego de Henry Spencer Ashbee, el barbado y victoriano coleccionista de erótica más importante que se cree haya existido; negociante de aceites esenciales que nos legó, en tres vólumenes, su personal bibliografía sobre la materia. Los títulos de tal obra son: Index Librorum Prohibitorum (1877), Centuria Librorum Absconditorum (1879) y Catena Librorum Tacendorum (1885).

La propia colección de Ashbee fue donada a un infierno que no lleva el nombre de tal[2], la Caja Privada del Museo Británico, de donde fue transferida a la Biblioteca Británica. La leyenda relata que el acervo de Pisanus fue destruido en parte y se ignora su cabal contenido, debido a que su catalogación fue tardía. Más aún, se afirma que el Museo rehusaba aceptar el legado y si lo aceptó de manera reticente fue por la condición de adquirir otros textos, de Cervantes, de carácter menos censurable.

En adición a la de inglesa de Ashbee, destacan otras bibliografías memorables, la más conocida tal vez es la francesa, denominada Infierno de la Biblioteca Nacional (1919), de Guillaume Apollinaire, que lo mismo reseña obras célebres (como La Nueva Justine del Marqués de Sade, ornada con un frontispicio y cien cuidadosos grabados, editada en Holanda, en 1797) que colecciones anónimas de cuentos y epigramas, con misteriosas anotaciones a lapiz.

En lengua alemana, el referente es Paul Englisch, con su Historia de la Literatura Erótica (1927) y el intitulado Laberinto del Erotismo (1931).

En el ámbito de la investigación bibliográfica en idioma español —o castellano según se quiera— es digna de mención la Bibliotheca erotica sive apparatus ad catalogum librorum eroticorum (1993), de José Antonio Cerezo. El comentador de esta biblioteca, Daniel Eisenberg, nos indica:

«Sobresale en esta bibliografía la amplitud de miras. No se excluye nada, desde el sadismo a la película pornográfica. El que quiera encontrar una historia del desnudo, una introducción al arte erótico japonés, chino o hindú, una defensa de la pedofilia, una historia de la censura o un estudio de la pornografía inglesa del siglo diecinueve, aquí los hallará.»

Desconozco la existencia de una extensa y erudita obra de bibliografía erótica mexicana, quizá se encuentre todavía en el conjunto de las infinitas posibilidades del libro, tal vez se esté escribiendo o ya ha nacido quien la habrá de escribir o duerme en el polvo, junto a la Biblioteca de Mariano Beristain y la Bibliografía Mexicana de Joaquín García de Icazbalceta.


[1] El infierno por antonomasia es el del la Biblioteca Nacional de París; infiernos más bien -debe de decirse- pues actualmente son dos: uno dedicado a los libros impresos; el otro, a las estampas.

[2] Otros “infiernos” de erótica renombrados incluyen: la Colección Delta de la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos, la Colección Phi de la Biblioteca Bodleiana de Oxford y la denominada Colección Secreta de la Biblioteca Estatal de Rusia. Aunque algunos infiernos son más insípidos, tal es el caso de la Universitat de Valencia, donde está confinado Don Carlos Marx.

De qué escribir cuando se lee sobre escribir


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

 ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?

Nadie puede negar que la existencia de Haruki Murakami constituye una cuestión que debe atenderse dentro del contexto literario de la actualidad. Desdeñado por muchos críticos, pero adorado por una legión numerosa de fanáticos, la obra de este autor japonés está destinada a conservarse durante algún tiempo en la memoria colectiva de quienes se dedican a la noble tarea de leer a sus contemporáneos.

Todavía es muy pronto para determinar cuál es el lugar que Murakami ocupará dentro del pantheon de las letras, aunque él está convencido de que su obra trascenderá lo inmediato y se ubicará en la posteridad y que las generaciones actuales de críticos, sobre todo de críticos, no están conscientes de lo que representa la propuesta que él presenta en cada una de sus novelas. A lo largo de De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) retorna de manera obsesiva a ese tópico: los críticos no me quieren. Cuestión que contrasta con la serie de valoraciones hiperbólicas que adornan las solapas del libro en cuestión: “Murakami merece el Nobel”, “Murakami es el mejor escritor vivo”, “Murakami es un genio”. Al menos en su edición en español incluye toda una solapa de alabanzas en ese sentido.

Murakami

Pero, ¿qué es el libro más allá de una oportunidad para quejarse de la manera en cómo la crítica lo ha vapuleado, sobre todo en Japón? Es un ensayo autobiográfico, a decir de él mismo, en las páginas finales del texto. En este material, Murakami intenta hacer una disección de aquellos elementos que configuran su escritura o, podríamos decir, la escritura en general. Tópicos como la iniciación literaria, el papel de la escuela, la construcción de personajes, la construcción de una disciplina relacionada con el acto de escribir, las traducciones de las obras, la entrega total al acto creativo, recorren las páginas de este libro que, a pesar de su lectura ágil (como la mayoría de los libros del japonés), se vuelve un tanto repetitivo en lo que respecta a diversos puntos.

Uno de los puntos tiene que ver con la genialidad. Para el autor de Tokio Blues esta cuestión no existe. Como buen refuerzo del arquetipo del carácter nipon, Murakami alude a la disciplina como uno de los elementos fundamentales del quehacer escritural. Retornando a los temas que ya había planteado en su entretenido, y en muchos sentidos más logrado como alegoría del acto de escribir, De qué hablo cuando hablo de correr, la obsesión con respecto de la disciplina física parece uno de los temas en los que funda la caracterización de su forma de crear. En la página 170 lanza una sentencia que ya ha sacado bastante ámpula: “Un escritor está acabado cuando engorda”. En cierto sentido, empareja el acto de crear con el de correr. Lo explica mejor en su otro libro y lo hace más como una alegoría de lo que un joven escritor debe hacer al desear convertirse en un autor de éxito: si quiere escribir, deberá escribir. Siempre, aunque no quiera. Es la misma técnica que utilizan aquellos que se dedican al atletismo de fondo: se corre diario, aunque no se tengan ganas de hacerlo. Así un escritor debe dedicar tiempo y esfuerzo a la escritura. Murakami asegura que todos los días escribe, sin que nadie ni nada se lo impida, un mínimo de diez páginas, de tal forma que a fin de mes tiene un texto de 300 que podrían convertirse en una novela. El paralelismo entre el acto de escribir y el de mantenerse en forma física es recurrente en su obra autobiográfica. Dice por un lado, refiriéndose al ejercicio físico:

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr, en concreto cuando escribía La caza del carnero salvaje. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o a nadar durante una hora casi a diario. Físicamente me encuentro en forma y durante esos treinta años nunca me he enfermado ni lesionado.

Y por otro, para hablar de su disciplina de escritura:

Si se trata de escribir novelas soy capaz de usar esa fuerza interior para obligarme a estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro (al menos en gran parte) en mi caso no es innata. La he adquirido con el tiempo y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Creo que cualquiera puede hacerlo si se esfuerza, por muy difícil que resulte en apariencia. Es una fuerza que no admite comparaciones como sucede con la fuerza física. Sólo sirve para mantenernos a nosotros mismos.  

Más allá de esa obsesión por desdeñar los premios y por insistir en la necesidad de que el ejercicio físico sea parte de la disciplina de un escritor (en ese sentido hay puntos de encuentro con Yukio Mishima, el escritor samurai que terminó suicidándose ritualmente en protesta por la pérdida de valores tradicionales del país y su sujeción al mundo occidental), Murakami desgrana muy interesantes conceptos con respecto de su particular forma de concebir el arte y la escritura. En el camino aborda escenas y periodos de su vida personal y familiar que resultan de interés para los que gustan de hurgar en la vida a ras de suelo de sus ídolos; Murakami no los decepciona: habla de la manera en cómo su esposa es una lectora tenaz e inclemente de todo lo que escribe, su primera crítica, correctora y editora; de cómo a pesar de ser hijo de profesores en un Japón que iniciaba su camino hacia la hipermodernización tecnológica nunca había sentido especial entusiasmo por la escuela, pero sí mucho por los libros; de cómo concebía la escritura en una primera instancia como un arte que podía ser concebido de manera paralela a la concepción del jazz, una de sus aficiones más caras; de la manera en que decidió renunciar a ser un dependiente y administrador de un centro nocturno para dedicarse a ser un escritor profesional; relata cómo sus dos primeras novelas fueron escritas a deshoras en la mesa de la cocina de una humilde vivienda. En fin. Hay vida y escritura en este libro que no será en particular memorable más que para los lectores fieles de la obra del autor. Dicho esto no con afán descalificador, sino porque el libro se encuentra entramado con la manera en cómo van apareciendo a lo largo de su vida las obras que sus seguidores le celebran de manera incondicional.

Murakami desvela una imagen que le surge al ver E. T. El extraterrestre, la película de Steven Spielberg. Le admira la manera en cómo el alienígena construye una radio para comunicarse hacia el espacio con materiales de uso común en una casa. Materiales de uso cotidiano que reunidos le daban forma a una maravilla tecnológica. El autor no duda en pensar que esa es una manera de concebir la escritura y las posibilidades que cada autor tiene para concebir una obra digna e imperecedera:

Cuando vi la escena sentado en la sala de cine, sentí una profunda admiración. En mi opinión, las grandes novelas están construidas en cierto sentido de esa manera. No es tan importante la calidad de los materiales en sí. Por encima de cualquier otra consideración, deben provocar una especie de magia. Si solo disponemos de materiales sencillos, cotidianos, de palabras no demasiado complicadas, pero todo ello encierra un halo mágico, podemos llegar a construir con nuestras propias manos máquinas complejas y sorprendentes.

En conclusión, De qué hablo cuando hablo de escribir no es un instructivo para escribir como Murakami, es más bien una forma de asomarse a algunos aspectos que le permiten a este autor contemporáneo construir la poética que le ha hecho un escritor de gran éxito. A pesar de la falta de reconocimiento que algunos le regatean. Y que él sufre como desprecios. Aunque diga, múltiples veces a lo largo del texto, que es algo que no le importa.

Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash

Los autómatas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Con precisos dedos sepultó la semilla y la cubrió con un lienzo terroso. La multitud se estrechó en torno al mago, que levantó el paño con cautela. Habían pasado unos segundos solamente, pero del suelo asomaba un brote verde. El espectáculo continuó, a intervalos de cubrir y descubrir, la planta creció y dio sus frutos —dorados mangos— que fueron consumidos por un público maravillado y goloso. Ocurrió en Benares, a mediados del siglo pasado y nos lo relata John A. Keel. La explicación del acto es de una simplicidad que decepciona, algo tienen que ver en éste los amplios ropajes del ejecutante y la oquedad de la semilla que se utiliza para el efecto.

La maravilla de la India tiene su paralelo en el parisino establecimiento de Robert Houdin, donde se mostraba bajo el nombre de L’oranger fantastique; un cítrico que en su propio tiempo —tiempo del sueño, tiempo maravilloso— crecía, florecía y daba fruto. La diferencia no era sólo de especies, sino de técnica. El naranjo era un autómata[1].

Houdin, mecánico acreditado, realizó otros autómatas de singular éxito, los más reconocidos son el Ruiseñor y el Escritor-Dibujante. Es posible que el cuento de Hans Christian Andersen, el Ruiseñor, deba su parte al ingenio mecánico del francés.

Los autómatas han sido un elemento antiguo en la literatura, es conocido que están ya presentes en la Ilíada, en su canto XVIII, que relata como Hefesto tenía a su servicio “veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa[2].”

La misma antigüedad clásica nos ha traído el testimonio de los escritos de Herón de Alejandría y la realidad tangible del mecanismo de Antikythera, la primera computadora analógica de que se tenga conocimiento.

La historia del autómata nos lleva a través de —por lo menos— dos senderos diversos; el de la relojería de su mecanismo y el de la imitación de los vivientes. No exploraremos —por ahora— la crónica de los engranajes, los piñones y los escapes, no se hablará por tanto de los logros de Arquitas de Tarento, del kurdo Al-Jazarí o de la Enumeración de las Extrañas Máquinas (Chhi Chhi Mu Lüeh) de Tai Jung, tampoco Leonardo ocupará nuestras indagaciones.

El juego de emulación de lo animado por lo inanimado emparenta al autómata con el Pigmalion de Ovidio, el Golem hebreo y el Frankenstein de Shelley, incluso con el Homúnculo de Paracelso, los omnipresentes zombies o —si se quiere ser menos tétrico— con el Pinocchio de Carlo Colodi; pero dada su carencia de partes móviles, engranajes y muelles, estos personajes no pueden incluirse con propiedad como autómatas de la literatura.

En tales restringidos términos, debe mencionarse como autómata relevante en la historia literaria a la Olimpia de Hoffmann, imaginada en 1817, en El Hombre de Arena, cuya belleza, encorsetada y rígida, cautivó al enamorado Nataniel, tanto como sus ojos fijos, su bailar acompasado y su perfecta interpretación al piano. Mecánico amor que llevaría a la perdición de Nataniel por obra del malvado Coppelius. “Ojos, ojos, ojos de niño, bellos ojos” serán uno de los motivos principales de este cuento tantas veces reseñado.

Otro autómata —que no por real deja de tener un interés literario— es el Jugador de Ajedrez del Barón Von Kempelen, que da título al ensayo de Edgar Allan Poe, obra de 1836, donde intenta explicar el funcionamiento del autómata ajedrecista de Maelzel. Sobre dicho ingenio nos narra El Mosaico Mexicano o Colección de Amenidades Curiosas e Instructivas:

“Revestido el autómata de un rico traje oriental, se hallaba sentado delante de un bufete [una mesilla] que se arrastraba por medio de cuatro rueditas y en su interior estaba encerrada la máquina, y el cilindro que se decía servir para darle movimiento. El Barón comenzaba por montar con grande aparato su autómata, se oían crujir los resortes y resonar como los de una péndula, y entonces se alzaba lentamente el brazo del autómata, avanzaba hasta la pieza que debía tomar, la alzaba y la colocaba sobre la casilla en que debía quedar colocada”.

Allan Poe es más práctico, no sólo describe el autómata, lo ilustra:

“El grabado de esta página da una ligera idea de lo que los ciudadanos de Richmond han podido ver hace unas pocas semanas…A la hora designada para la exhibición se corre la cortina, o se abre una puerta de dos hojas y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquella se tiende una cuerda”.

Luego de una prolija descripción del aparato —y del aparato protocolario que lo rodeaba— Poe analiza el caso, con la misma lógica impecable del detective Auguste Dupin y concluye no solamente que el ingenio es movido por una persona, sino cómo y dónde se oculta y quién es esa persona, que él identifica como un tal Schlumberger, miembro del séquito de Maelzel[1]. El análisis de Poe es de una precisión admirable, considerando los tiempos de respuesta, las probabilidades de triunfo y la conducta gestual del autómata, entre otros factores. Su lectura no tiene desperdicio e ilustra el alcance de la lógica aún desprovista de cualquier comprobación experimental.

No quisiera cerrar esta breve relación de autómatas en obras de ficción, sin mencionar, así sea de paso, a La Casa de Vapor, de Julio Verne, del año 1880, novela de aventuras que tiene como gadget detonante de la trama la existencia de un artilugio, a medio camino entre una casa rodante y un elefante mecánico.

De manera adicional, existe un libro reciente, que debe recomendarse, la Teoría e Historia del Hombre Artificial, de Alonso Burgos, publicado por la económica Editorial Akal en 2017. Su lectura —más allá de los ciborgs y los super humanos— nos pone ante la cuestión de si, en el fondo, sólo somos autómatas que saben rezar y cómo alguna vez dijo Borges, tan limitados que ignoramos cuál será el rostro con el que Dios nos mira.


[1] Vale precisar un poco el término, el autómata –en la segunda acepción de la Academia– es una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado. Concedamos con Aristóteles que las plantas tienen un ánima vegetal y admitiremos en esta definición a los naranjos mecánicos (con perdón de Anthony Burguess). También es conveniente señalar que autómata y robot no son términos intercambiables, diríamos ahora que el autómata tendería a ser analógico, mientras que el robot es más propiamente digital.

[2] A estos trípodes habría que agregar dos doncellas de oro “que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses”.

[3] El jugador de ajedrez, originariamente de Von Kempelen fue transferido a Maelzel —en cuyo poder lo conoció Allan Poe—. En fecha posterior, el ingenio fue vendido a John Mitchely, quien lo donó a un museo en Filadelfia, lugar donde a la postre fue consumido por un incendio.

Sólo quiero ser normal


Saca el diván

Por Edna Montes

¿Quién les dijo que me escogieran a mí? Poderes extraordinarios, habilidades más allá de tus sueños, la capacidad de salvar al mundo… ¡patrañas! Lo importante es el aburrido trabajo de oficina durante ocho horas cada día, no tener que preocuparte por cuál de tus seres queridos será la próxima víctima de estos “dones”. Es que llega al punto en que uno no puede ni lavarse los dientes a gusto.

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Porque, claro, si tu vida se vuelve fantástica lo que tenías en mente era pegarle al premio mayor de la lotería o mínimo volverte influencer y ganarte la vida a base de selfies. Nada de ir salvando niños indefensos en zona de guerra o detener la invasión alienígena en turno. La lista de calamidades posibles continúa en aumento a cada minuto, al menos cuando eres normal sabes donde están los límites. Entiendes lo que se espera de ti, o mejor aún: que ya nadie espera nada de ti.

¿Necesitan que salve el mundo? ¡Pues no! Que se rasque con sus uñas.

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Este mecanismo narrativo es común en la Fantasía y la Ciencia Ficción, se trata de un punto decisivo en el que nuestro protagonista debe aceptar el cambio inevitable en su vida. Los nuevos poderes o misiones van tan ligados a su ser que le es imposible deslindarse de ellos. Por ende, todo aquello que conoce debe modificarse también. El nivel varía desde la sencilla comprensión de que la cotidianidad como la concibe ya no existe hasta la muerte de un ser amado. Creo que ese nivel de shock haría desertar a cualquiera.

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Luego de fracasar miserablemente en fingir normalidad, (seamos sinceros, ya no hay marcha atrás) viene la epifanía: no todo gira a tu alrededor. Es terrible que sufras, pero tanto los héroes como los elegidos puede aprender una gran lección de madurez de la gente “ordinaria”. Sin importar tu azote, es hora de crecer, dejar de lado tus problemas y hacer una diferencia.

Esta fórmula ya es un cliché, no obstante, nos encanta. Quizá porque nos recuerda que ninguna vida es “normal” ni ordinaria, todos podemos ser los protagonistas de nuestra propia historia y volverla épica. Todo es cosa de imaginar más y mejor.

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Canción:


Recapitulando:

Sólo quiero ser normal
Fórmula:

El protagonista recibe poderes o una responsabilidad extraordinaria/Ese don destruye los elementos cotidianos de su vida/ Tiene una crisis en la que desea volver a ser “normal”/ Renuncia temporalmente a sus nuevas responsabilidades/ Descubre la importancia de sus poderes/ Los acepta e incorpora a su vida/ Salva el día.

Como lo viste en:
  • Bleach (Anime, Studio Pierrot, 2004-2012)
  • Neon Genesis Evangelion (Anime, Gainax, 1995-1996)
  • Basilik (Anime, Gonzo, 2005)
  • Casi todos los comics de superheroes
  • The Dresden Files (Libros, Jim Butcher, 2000 a la fecha)
  • El Señor de los Anillos (Libro, JRR Tolkien, 1955)
  • Practical Magic (Película, Griffin Dunne, 1998)

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De enigmas y logogrifos


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

No hay literatura sin enigma, incluso la lírica posee bellos misterios[1]. Parejos arcanos encierra el ensayo y algo no distinto sucede con la novela y con el cuento. Incluso la Sagrada Escritura nos ofrece ejemplares acertijos, las adivinanzas de Sansón no exentas de codicia, las oníricas adivinaciones del soñador José y la mano suspendida de Daniel que escribe las indescifrables palabras: Mene, Tekel, Parsin.

En mérito de la brevedad, no abordaremos los enigmas de los griegos, ni abundaremos sobre la alada Phix la virgen de afiladas uñas, no entraremos al conocimiento del cuadro de Polibio, ni de la clave de Julio César, que preservó para nosotros Suetonio. Bastará para el fin de este ensayo mencionar que la historia clásica también nos desafía con antiguas criptografías.

Es difícil aventurar la primera utilización de códigos y cifrados como tema o artificio en la literatura que se suele llamar de ficción, pero no por ello dejó de ser utilizada la criptografía durante el medioevo y la edad moderna, tanto en su aspecto marcial como en el diplomático. Todavía causa admiración la elaborada falsificación del manuscrito encriptado de alquimia identificado como “El Libro del Tesoro” y apócrifamente atribuido a Alfonso X, el sabio[2].

A despecho de la dificultad mencionada, Edgar Allan Poe es quizá el autor más mencionado cuando se trata de la relación entre criptografía y literatura, debido si duda a su cuento “El Escarabajo de Oro”, publicado en 1843. A título personal, conocí de dicha narración por los magníficos segmentos culturales de Maruxa Vilalta, en la televisión pública (canal 13). “El Libro de Hoy” era el título, el año tal vez 1982.

Como es sabido,“El Escarabajo de Oro” relata la búsqueda de un pirático tesoro cuyo hallazgo se logra al descifrar un mensaje en clave. Una clave que se reputa sencilla, por simple sustitución.

Mi segundo encuentro con la criptografía literaria fue a través de Julio Verne, con su novela La Jangada, publicada en 1881, en la cual la vida y libertad del protagonista Juan Dacosta dependen del contenido de un mensaje en clave numérica, que es largamente explicada al puro estilo de Verne por el juez Jarríquez:

— El documento no está basado sobre signos convencionales, sino sobre lo que se llama «una cifra» en criptografía, es decir, sobre un número.

—Pero… —dijo Manuel—, ¿no se afirma que es posible leer un documento de este género?

—En efecto —admitió Jarríquez. Cuando una letra está invariablemente representada por la misma letra. Entiéndame: quiero decir cuando una a, por ejemplo, es siempre una p; cuando una p es siempre una x… De lo contrario, no es posible.

—¿Y en este documento?

—En este documento el valor de la letra cambia, de acuerdo con la cifra, tomada arbitrariamente y que es lo que rige. Así, una b que haya sido representada por una k, más adelante lo será por una z; después por una m, o una n, o una i, o cualquier otra letra.

—¿Y en tal caso?

—En tal caso, o sea en este caso, tengo el sentimiento de deciros que el criptograma resulta absolutamente indescifrable.

Hasta aquí la transcripción (la explicación completa abarca seis páginas). En dicha novela, un caballeroso Verne tiene la cortesía de rendir homenaje a Edgar Allan Poe al exclamar por boca de su personaje: “¿Quién no ha leído El Escarabajo de Oro?”

Cabe añadir que Sir Arthur Conan Doyle también se ejercitó en esos juegos, que de alguna forma son inseparables del género policial y de espías. Su relato “Los Bailarines” o “Los Monigotes” es frecuentemente citado en el inventario de la criptografía recreativa.

En tiempos mucho más recientes, Isaac Asimov dedicó incontables por numerosos cuentos a las charadas y a las claves. En particular, en sus varias “Historias de los viudos negros”, pero incluso en cuentos poco conocidos como “Problem of Numbers”, renombrado posteriormente como “As Chemist to Chemist”.

Un ejemplo particular de lo que podríamos considerar mal uso de la criptografía como motivo literario lo encontramos en el “Código Da Vinci”, que contiene un criptex (bueno, quizá dos criptex) con un papiro y cuatro líneas enigmáticas. En la novela, Sophie Neveu  (criptógrafa parisina, que había cursado estudios en Inglaterra, en el Royal Holloway) necesita de cuatro páginas de acción —casi un capítulo— para percatarse de que el texto está invertido y se puede leer con un espejo; algo que resulta especialmente decepcionante como clave y nos recuerda a los perdidos años de la infancia.

No ampliaré las referencias. En tan breve espacio no podemos agotar los contactos de la criptografía con la literatura[3]. Sólo añadiré una nota final, en una publicación de Gómez Urgellés se alude a la criptografía con “cifra de cuaderno de uso único” —lo que sea que pretenda significar. La peculiaridad de un mensaje cifrado con esta clave es que si llega a ser analizado por ensayo y error, los resultados del análisis serán: a) Todos los mensajes posibles de igual longitud; b) El mensaje real que se envío; y c) Una breve refutación del mismo mensaje. Se le ha bautizado “el mensaje de Babel”, en honor a una conocida biblioteca y a un conocido escritor ciego.


[1] Baste recordar a Amado Nervo: «Tu cabellera es negra como el ala del misterio, tan negra como un lóbrego jamás, como un adiós, como un “quien sabe”...Tus ojos son dos magos pensativos, dos esfinges que duermen en la sombra, dos enigmas muy bellos…»

[2]«Lorenzo Ferrer se trasladó a la Corte, trayendo un Libro del Tesoro de su cosecha, en el que utilizó la caligrafía del tiempo de Alfonso X; debidamente envejecido, encuadernado con tablas y cerrado con tres candados, según convenía, se dio las trazas para que llegase al confesor del Rey» GALENDE DÍAZ. La Criptografía Medieval: el Libro del Tesoro. España-2003.

[3] Sería indispensable reseñar el Criptonomicón, de Neal Stephenson. Me lo impide mi esencial ignorancia sobre el libro, que de alguna forma —arteramente predestinada— deberé de leer algún día.

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