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Escribir para librarse de parásitos


Conversación con Dán Lee,
autor de Deus ex machina



1. ¿Qué es para ti la literatura? ¿Para qué escribes?

La literatura es una ciudad inmensa en la que se puede jugar, trabajar, aprender, perder el tiempo, aburrirse también. La función más importante de esta metrópoli es la de acercar mentes, establecer diálogos que de otra forma serían imposibles. Para quienes transitamos sus calles, no hay distancias ni barreras temporales; como lectores y creadores, podemos rozar nuestros inconscientes. También es la posibilidad de crear algo donde no había nada… es magia, pues.

Escribo para librarme de parásitos. Hay ideas, historias, fijaciones, que me invaden como coágulos o virus. No me dejan estar en paz, sino hasta que salen en forma de ficción, con esqueleto de línea y músculo de párrafo. Así dejan de cosquillear por un rato; a veces un punto final las aniquila para siempre, otras veces mutan y atacan de nuevo… Sin duda es terapéutico, me ayuda a lidiar con mis neurosis.

También, como no, escribo para marcar mi paso en el mundo. Algún día me iré al vacío universal, pero espero que mi obra trascienda un poco más; quiero hacer magia, como dije antes, comunicarme con los habitantes del futuro.

2. ¿Cómo te enfrentas a una página en blanco?

La mayoría de las veces voy a la empresa con entusiasmo, en la búsqueda del siempre esquivo punto final, que en ocasiones está a una noche de distancia y en otras de plano lo he perdido de vista.

Una página en blanco es una oportunidad de demostrarme que puedo mejorar mi trabajo, pulir, ejercitar el músculo. Igual que con el ejercicio, a veces da pereza arrancar, pero una vez que las endorfinas corren, el cuerpo se deja llevar hasta donde dé esa sesión (el dolor viene después).

3. ¿Cómo te consideras como escritor? ¿Bohemio, arriesgado, metódico…?

Soy un escritor oportunista, con esto quiero decir que escribo cuando tengo oportunidad. Mi rutina de trabajo y familia no me deja espacio como para apartar un horario y escribir con la disciplina que yo quisiera. En vacaciones trato de cubrir cierto itinerario creativo, pero son pocos los días al año en que esto es posible. Eso sí, cuando estoy enfrascado en una obra en la que sé hacia dónde voy, escribo en cada minuto disponible; por ejemplo: si alcanzo un asiento en el transporte, me verán escribiendo en mi libreta. Pertenecer a talleres y participar en concursos me ayuda en la persecución de las estructuras correctas y me fustiga en la persecución de un punto final satisfactorio.

4. ¿Qué obras son influencia o inspiración para ti a la hora de escribir?

La obra de H. P. Lovecraft, la contundencia de sus ideas racionalistas expresadas por medio de la ficción especulativa y el efecto que logra ha sido inspiración en una gran parte de mi obra que está inédita. Sé que me gustaría escribir con la forma de narrar e hilvanar historias de Irvine Welsh, las estructuras y lenguaje de Juan Rulfo y Eduardo Antonio Parra… La verdad es que en el instante de enfrentar un nuevo cuento no pienso en eso, aunque sin duda las lecciones aprendidas y mis particulares filias modelan los textos.

Uno siempre quiere quedar bien con sus ídolos y sus maestros. En Deus ex machina encuentro las ganas de agradarle a Lovecraft con la creación de atmósferas; el intento de hacer una prosa sencilla pero no simplona, que diga más de lo que se lee, como la de Josefina Vicens; los conceptos “mágicos” de Alan Moore; inclusive los tips de un par de maestros de narrativa se cuelan tal cual fueron expresados en su momento. El inconsciente es impredecible, pero no indomable.

5. ¿Qué puedes decir sobre Deus ex machina?

La verdad es que no me gusta hablar de mi obra más que lo indispensable. Lo que sí me gusta es que tenga lectores y que a los lectores les genere un efecto, una impresión duradera; que no salgan del texto sin una sacudida, una arcada, al menos un suspiro. Los cuentos de Deus ex machina son muy distintos entre sí. Lo único que tienen en común es que puse en ellos lo mejor de mis herramientas narrativas con las que contaba al momento de escribirlos, corregirlos y editarlos.

Algo que me gustó al momento de armar la colección, y le doy crédito a Antonio Marts, fue que seleccionamos textos que de alguna forma tienen que ver con la chamba del escritor: un reportero de lucha libre, una voz narrativa en conflicto, un guionista de historieta, un novelista frustrado. Se muestra un panorama corto pero representativo de diferentes facetas del oficio de las letras.


Deus ex machina, #HistoriasSinSpoilers

Para más info del libro, clic en la imagen.


6. Los personajes, ¿se crean o los creas?

Soy cuentista. Por lo general los personajes llegan con su currículum listo para ponerse a trabajar de inmediato. Siempre hay que cincelarlos para darles volumen, pero no me detengo a pensar en su creación; quiero verlos actuar y que hagan lo posible para resolver sus conflictos. Con los personajes de cuento dejo que salgan del inconsciente, y solo hasta que he terminado el relato los redondeo y pulo. No dan tanta lata.

Cuando he intentado textos de mayor aliento sí he tenido que trabajar más en la creación formal de personajes, utilizando plantillas y otras herramientas creativas.

7. ¿Hay algo en los personajes que hable de ti?

Todos los personajes hablan de mí. Algunos bien, otros mal. Con esto no quiero decir que entienda por completo lo que dicen o que acepte sin trabas lo que el lector pueda deducir. Quien me conozca, encontrará en Deus ex machina mis deseos y temores jugando a las escondidillas entre las líneas.

8. Además de cuentos, ¿has escrito algún otro tipo de literatura?

Cuando estudié en SOGEM escribí de todo, aunque de ello lo más rescatable son algunas reseñas y guiones. Lo que me apasiona es la narrativa y hacia allá van mis esfuerzos serios. He escrito una noveleta que está en revisión editorial; otra más la llevo por la mitad según mis cálculos. También espero ver publicado este mismo año un volumen de minificciones.

9. ¿Hay algo, aparte de escribir, que te apasione?

Leer, por supuesto (narrativa y narrativa gráfica, además de teoría de la creación). Cuidar a mis hijos (bueno, jugar con ellos; lo de la disciplina y la responsabilidad no se me da con mucha pasión, pero el juego sí). A pesar de que tuve que dejarlas por una lesión, me siguen apasionando las artes marciales; es algo que deseo retomar en un corto plazo. Aunque no juego con frecuencia, cuando lo hago lo vivo con intensidad, me gusta convivir así; antes jugaba soccer, juegos de cartas coleccionables, juegos de mesa, juegos de rol, videojuegos.

10. ¿Algún acompañamiento musical para la lectura de Deus ex machina?

Sugerencias cuento por cuento:

—”Pregúntale al mar”: el sonido de la playa de fondo, pescado frito, una Yoli bien fría.

—”Deus ex machina”: Lust for life, canción de Iggy Pop.

—”El secreto de la magia”: sugiero leer previamente algunos episodios de la saga de Swamp thing de Moore y Bisette para entonarse con la atmósfera; luego ir a degustar el cuento en un bar concurrido, de preferencia en el área de fumar.

—”Sin argumento ni truculencias”: leerlo de madrugada en la un sillón individual; si es posible, en un ambiente urbano donde pasen autos esporádicamente, con una cobija a la espalda y una taza de café de aroma fuerte.

 

En viaje a través del tiempo y portales dimensionales Rodolfo JM nos cuenta en un minuto cómo pasó de escribir poemas a las historias que construye hoy en día. Y sí, también nos dice “por qué escribe”.

Viajes alucinatorios


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Aquí te presento, cortés lector, con el registro de un período notable de mi vida… estas confesiones preeliminares o una narración introductoria de las aventuras juveniles  que sentaron las bases del hábito de este escritor de comer opio en su vida posterior…

De tal manera es como Thomas De Quincey inicia sus Confesiones de un inglés comedor de opio (1821). Si no el primero[1], sí uno de los más conocidos libros, en la cultura occidental, sobre la literatura de adicciones.

Del otro lado del Canal de la Mancha, unos treinta y tantos años más tarde (en 1858), Charles Baudelaire nos ofrece Los paraísos artificiales, obra con la que continúa y un tanto se apropia las Confesiones de De Quincey. Se pudiera decir que Baudelaire plagia a De Quincey, pero los Paraísos de Baudelaire no solo transcriben las sensaciones de De Quincey en relación al opio, sino que nos presentan al hachís y su embriaguez:

Mientras dure la embriaguez no será más que un inmenso sueño, merced a la intensidad de sus colores y a la rapidez de las concepciones.

Un sueño, una embriaguez, que Baudelaire equipara a un espectáculo fantástico: el teatro de Seraphin.

Otro autor clásico del género es Aldous Huxley con Las puertas de la percepción (1954), cuyo título se inspira en la poesía de William Blake[2]. Este libro, obra no muy amplia pero sí bastante desigual, se complementa con Cielo e infierno (1956) y sus ocho apéndices, que consideran aspectos tales como el color de los sueños (erróneamente le atribuye el blanco y negro señalando motivos psicoanalíticos) y los efectos del peyote, incluso los de la flagelación y el ayuno como fuente de visiones y su conexión con el hecho místico. Sobre esta condición nos instruye:

Cerca ya del fin de su vida, Aquino experimentó la contemplación infusa. Después de esto, se negó a trabajar de nuevo en su libro no terminado. Comparado con esto, cuanto había leído, discutido y escrito…no era más que broza o paja.

Así como Baudelaire es deudor de De Quincey, Timothy Leary dedica su Experiencia Psicodélica (1964) a Aldous Huxley. En una introducción algo ampulosa nos confía:

Una experiencia psicodélica es un viaje hacia nuevos reinos de la conciencia, el enfoque y alcance de la experiencia es sin límites, pero su característica singular es la trascendencia de los conceptos verbales, del espacio tiempo y sus dimensiones; y del ego y la identidad.

Notable heredero de esta tradición en lengua inglesa lo es también Oliver Sacks con su conocida Alucinaciones (2012), trabajo de investigación en el que, continuando con el carácter autobiográfico, describe sus propias vivencias con distintos tipos de alucinaciones, simples y complejas, derivadas algunas de la exposición a las drogas. Es destacable la sufrida con Artane, en la que pudo convivir con Kathy y Jim, dos desconocidos que llamaron a su puerta y con quienes entabló animada charla. Ninguno de ellos existió, pero él los registró como una ilusión coherente, indistinguible de la realidad, al estilo del diablillo de Descartes.

En otro plano, menos literario sin duda, son interesantes las descripciones narradas en la Enciclopedia de las Aberraciones (1959), publicada por Edward Podolsky, de la Universidad Estatal de Nueva York, bajo la voz Cocainomanía:

Caso 1… Cuando, luego de ingerir cocaína salía a la calle, tenía la sensación de que los transeúntes se encontraban muy lejos de él mismo, que todo era agradablemente irreal. Las expresiones faciales se le antojaban mucho más definidas…experimentaba alucinaciones visuales; veía muchos gatos que se movían sobre la alfombra, transformándose más adelante en ruedas aladas…

No quisiera concluir esta reseña de la literatura del viaje sin incluir dos obras recientes, una de consulta y la otra de divulgación: la primera es Plantas de los Dioses, editada en 2000 por el Fondo de Cultura Económica, la cual constituye un ameno prontuario de la botánica alucinógena escrito por Evans Shcultes y Hoffmann; la segunda es La Conexión Divina del doctor Francisco J. Rubia, editado por Crítica en 2009, que explora la cercana relación entre neurociencia y éxtasis.

Y nunca podemos olvidar a Borges. Entre el éxtasis y la alucinación, o el éxtasis de la alucinación, la Escritura de Dios nos relata la misma pérdida de identidad que sufrió —gozó— Santo Tomás:

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.”    


[1] El propio De Quincey señala como antecedente al Ensayo sobre los efectos del opio, de Awsiter en 1793.

[2] “If the doors of perception were cleansed every thing would appear to man as it is, Infinite”


Fotografía: Osman Rana / Unsplash

Agenda para los últimos días


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Tal vez para escribir hay que empezar por el principio
y el principio es cambiar nuestra actitud vital,
cambiarla totalmente,
ya lo sabes,
hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces.

Luis Rosales,
“Sobre el oficio de escribir”

 

Entre 1959 y 1992 hay más de tres décadas. Pero a ambos años les une algo que resultó transformador para quienes vieron sus vidas sacadas de la normalidad que habían construido hasta esos momentos. En 1959, Anthony Burgess es notificado de que padece un tumor cerebral y los médicos le presagian, con buena fortuna, solo un año de vida. Acosado por la inminencia de la muerte, el célebre autor de La naranja mecánica entra en una fiebre creadora impulsado por una idea altruista: legar a su esposa la suficiente cantidad de libros como para permitirle vivir de manera decorosa el resto de su vida con el producto de los derechos de autor. En Ya viviste lo tuyo (Grijalbo, 1993), su autobiografía iniciada precisamente en el año del anuncio fatal, relata su plan:

Seguí adelante con la tarea de convertirme en escritor profesional de corta duración. El término profesional no está aquí empleado para significar un alto nivel de dedicación y rendimiento: implicaba entonces —como ahora— el desempeño de un oficio o menester con el doble fin de pagar los alquileres del piso y de comprar alcohol. […] El ejercicio de una profesión supone disciplina, lo que en mi caso equivalía a la producción de cinco folios diarios pasados a limpio, incluyendo fines de semana. No tardé en descubrir que, empezando temprano, podía completar la cuota del día antes de que abrieran los pubs. O, si no, siempre había un alborozado periodo nocturno, tras la hora de cierre, para que los vecinos pudieran golpear las paredes en señal de protesta por el febril tecleo de la máquina. Cinco folios diarios arrojan un total de 2027, o, digamos, 2500 al año, apretando un poco la marcha, sin esforzarse demasiado. Lo cual nos da, si las matemáticas no engañan, diez novelas con un promedio de 250 páginas cada una.

De más está señalar que su meta de producción durante ese año febril no llegó a concretarse. En lugar de las diez novelas, alcanzó a escribir solo cinco “y media”, entre las que se encuentran El doctor está enfermo, La semilla anhelada y El derecho a una respuesta. La “media” novela de ese periodo se convertiría después en la obra que Stanley Kubrick recrearía en su magnífica adaptación al cine. A pesar de los presagios terribles, Burgess sobrevivió hasta 1993, año en que falleció a causa de un cáncer de pulmón. La esposa, a quien buscaba proteger de las penurias que su ausencia suponía podrían generarle, murió varios años antes que él.

En 1992, por su parte, Roberto Bolaño recibió la noticia de que padecía una enfermedad hepática que solo podría curarse a través de un trasplante de hígado. Durante once años cargó sobre sí el padecimiento del cual falleció sin que el ansiado donante del órgano hiciera su aparición. A decir de sus propias declaraciones, y a diferencia de Burgess, no tuvo una iluminación frenética que lo impulsara a crear obras destinadas a la manutención de su prole; aunque a la larga la explotación de los trabajos que él consideraba terminados y que entregó a la editorial Anagrama antes de su muerte, se haya mezclado con los beneficios de los manuscritos que los herederos siguen entregando para acrecentar el catálogo de sus obras. En una de las últimas entrevistas que dio para la revista Playboy expone su opinión con respecto de la muerte y de la inminencia de esta en su vida:

Playboy: ¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?

Bolaño: Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los treinta y ocho años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

Playboy: ¿Qué cosas desea hacer antes de morir?

Bolaño: Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

Lo que me interesa de esta contraposición no es discutir acerca de lo que para cada uno era importante en el momento cuando a ambos se les revela la inminencia de la muerte. Me interesa más una reflexión que debería interesar a aquellos que nos dedicamos (o pretendemos dedicarnos) al arte de la escritura y que quizá sea una pregunta que roza el lugar común (como aquella de los discos que uno se llevaría a una isla desierta o cosas similares): si tuviéramos certeza del momento de nuestra muerte, ¿seguiríamos escribiendo? ¿Cuáles serían las motivaciones para continuar haciéndolo?

En tiempos en donde se requiere un reconocimiento ya forjado y una posibilidad de producción similar a la de un, digamos, Stephen King, pensar en dedicar el tiempo que nos resta a escribir para dejar un legado económico parece más una idea romántica antes que una realidad palpable. Quien se dedique a llenar páginas mientras la “putilla del rubor helado” se acerca, refleja sin asomo de dudas algo que puede llamarse “vocación”, una pulsión que proviene de adentro de las personas y que encuentra en el arte la posibilidad de redimir el tiempo que se ha pasado sobre la Tierra. Pero, quizá me equivoque, el número de personas que dedicarían sus últimas horas a entrecerrar los ojos frente a la pantalla de la computadora no puede ser tan grande como nos gustaría imaginarnos.

De manera personal no tengo respuesta. Ante la desaparición inminente no tengo claro qué papel tendría mi escritura. No me alcanza para discernir la actitud que tomaría ni las acciones que llevaría a cabo. Quizá me alcanzaría la resignación y el abandono: pasar los últimos días postrado mirando películas y leyendo libros postergados a lo largo de la vida. O, como el protagonista de Leaving Las Vegas, tal vez buscaría la energía para impulsar una farra prolongada y mortal; morir como nunca he vivido, como un rockstar. Es probable, también, que en búsqueda de llegar a ese momento en paz (esa idea que nos construimos de la misma) intente reencontrarme con las personas a quienes considere importantes en mi vida y me despida de ellas con una cerveza, un café o una buena comida de por medio. Otra posibilidad es que decida que la discreción sea lo más adecuado y haga mutis de la manera más digna; adelantar el momento fatídico para no enfrentar las expectativas, esperanzas y deseos humanos al acercarse al último umbral.

Pero también cabe la opción de dedicar esos últimos alientos a escribir, a leer (no concibo una actividad sin la otra), a pasear con mi perrita, a besar a mi amada, a dejar que el vaho que se junta en el espejo después del baño desaparezca por sí solo, a escuchar con atención la música que me despertó sensaciones momentáneas y que la prisa no me permitió apreciar en su totalidad, a caminar por lugares en donde nunca lo he hecho.

Lo que al final resulta triste, para mí al menos, es pensar en hacer todas esas cosas solo cuando la Muerte aparece como algo inmediato. Lo que nos hace distintos de los demás seres vivos es la sapiencia de la muerte como algo inevitable; pero en la necedad de concebirnos como seres a semejanza de dioses pensamos que siempre está lejana o que, en soberbia mayúscula, nunca llegará. Solo cuando su sombra se proyecta en nuestra vida de manera nítida nos damos cuenta de lo genial que es, la mayor parte del tiempo, estar vivos. Eso nos permite, por ejemplo, escribir al respecto.

La última tarde. (In memoriam, Carlos Bustos)


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

He decidido escribir esto en segunda persona, como si fuera un mail que abrirías en una de esas mañanas en las que descargabas películas antes de escribir.

Te soy sincero, me cuesta empezar. Creer que en verdad leerás esto. No sé cuál es el inicio correcto. Tal vez, debería aferrarme al orden cronológico y hablar de cómo te conocí a la distancia, cuando desde lejos, ya era perceptible tu enorme generosidad.

Sé que no hay tiempo para desarrollar cada anécdota. Detallar los viajes, los foros compartidos y las  noches sabatinas en donde no necesitábamos más que nuestras risas para que las horas nos resultaran breves.

Ahora, más que nunca, me doy cuenta que además de ser mi maestro, eras una brújula, un pegamento mágico con el poder de mantener unido a los distintos. Prefiero, entonces, encaminar estas palabras hacia el agradecimiento, porque no recuerdo cuántas veces te dije gracias cuando poseías un oído, un físico de oso grizzli al cual abrazar.

Gracias por confiar en mí, por invitarme a un mundo desconocido, por descifrarme y ver en un chico tímido al hombre que desea devorar la vida, ávido de aventuras que siempre le fueron ajenas. Gracias por creer en el valor de mis letras, cuando siempre me han parecido flojas; las de un principiante. Gracias por cada consejo, no sólo a la hora de estructurar historias. En los años más recientes, nuestras charlas se centraban en mujeres, el sentido de escribir y en productos de belleza para mantenernos hermosos como vampiros pertenecientes a una agencia de modelos.

Gracias por las risas cómplices, por esos chistes que sólo nosotros entendíamos y avergonzaban a unos cuantos, gracias por mandar al carajo el pudor y despertar mi lado más endemoniado. Gracias, sobre todo, por ser un padre, también estuviste en los momentos complejos y supiste cuidarme como si fuera tu responsabilidad.


Debería hablar de tu obra, recomendarla. Describir la melancolía y el erotismo de Final de sirenas,  la fauna de horrores que habita en Fantásmica, o la inteligencia de la Espina del mal, pero los que escuchan o leerán esto, tal vez ya saben que eras un buscador, un defensor de la belleza, y un amante del terror como metáfora para comprender el sufrimiento. Sólo la eternidad te hubiera permitido satisfacer tu espíritu curioso.

Guardaré para nosotros gran parte de lo que vivimos, no lo expondré en este foro y tampoco me encargaré de escribirlo más adelante. Pero ahora, permíteme compartir nuestra última tarde juntos. Aquella en la que estabas acostado en la habitación de un hospital, era un lunes y al día siguiente irías al quirófano para despedirte de tu estómago a cambio de un futuro.

Ingresé al cuarto y estabas solo, leyendo un libro de Conolly. Permanecimos en silencio, como si no nos importara quebrarlo para estar cómodos. Tras un rato, abandonaste la lectura y me viste de una forma distinta; nunca había notado en ti esos ojos. Eran más profundos, como si estuvieran vestidos con saco y corbata, despojados de su cotidiana travesura.

Pediste me acercara a la cama y me tomaste de la mano. Antes de que pudiera bromear, dejaste escapar una frase para mi historia, una que nunca voy a olvidar: “Algunas puertas hay que cruzarlas solo”, sentenciaste, y luego una ligera sonrisa se asomó en tu rostro. Me di cuenta, que aún en tu dolor, en la debilidad, tratabas de darme fuerza, de hacerme ver que no necesitaba acompañantes para afrontar esa otra muerte que vendría más tarde. No hice más que enmudecer, impactado ante el momento, hasta que alguien abrió la puerta y nos arrancó de la solemnidad.

Esa noche, en tu habitación, ensuciamos con desfachatez la pulcritud del hospital y supimos olvidarnos de la enfermedad, de la muerte a la que no le permitimos ser parte de la velada. Cuando fue tiempo de la despedida, para cada quien tenías algunas palabras, algún consejo o encargo por si el quirófano te jugaba alguna mala pasada. A mí no me pediste nada, más bien les solicitase a los demás que se ocuparan de mí, que celebraran mi cumpleaños. Quizá para ti, siempre he sido un niño que necesita cuidados.

De camino a casa, conduciendo, me atreví a pensar en la posibilidad de que aquella había sido nuestra última charla. Soy un fatalista. Por suerte, sobreviviste al quirófano, pero ya no pude volver a verte, cuando el viernes siguiente, tras tu recuperación, quise visitarte, un dolor más agudo provocó que te acomodaran en un sueño del cual no despertarías.


A un año, he sido despojado de dos padres y me corresponde crecer a golpes, sin guías, sin maestros con respuestas. Hoy el viento de noviembre trae consigo los aromas de invierno; perfumes similares a los de ese miércoles nueve de noviembre, cuando la noticia de tu partida era tan dolorosa como confusa.

Sé que no quisieras más lágrimas, que nos regañarías, siempre has preferido las carcajadas. Dirías que no desperdicie páginas en ti, te escucho aconsejándome: “péguele como los grandes”, “triunfe”. Sin embargo, en estas fechas tu ausencia es más notoria y déjanos, aunque te moleste, volver a ti.

Tomaré esa obra tuya titulada El libro que resucitaba a los muertos. Ahí en donde reflejas tu amor a la literatura, a tus autores favoritos y esa fascinación por los días finales. He pensado en leerla otra vez, no sólo para disfrutar de tu compromiso estético, las metáforas o esas comparaciones que esquivan con elegancia los lugares comunes. Voy a leerlo con una intención firme, por primera vez me permitiré creer, buscaré entre sus líneas una señal, la frase justa, el secreto. ¿Habrá allí algún conjuro, una fórmula encriptada? ¿Será el verdadero libro para regresar de la muerte? Para tenerte aquí.

Por ahora, en lo que descifro el enigma, me resta quedarme con nuestros recuerdos de los días dibujados por tu imaginación y esa capacidad de entregarte a quien decidías apoyar.

Te habré citado más de cincuenta veces en este año, la frase “Como decía Carlos”, se desliza constantemente en mis labios. Habré copiado tu ritmo, tu música al hablar, robado tus bromas, contado mal las aventuras que en ti se hubieran escuchado más divertidas. No hay una intención perversa en ello, sé que lo sabes; es absurdo apropiarse de ti, creerme especial, sólo deseo mantenerte aquí un rato más, sentirte parte de una manada que amenaza con extinguirse sin un líder.

Viene aquí el agradecimiento final, por ser mi amigo, abrirme las puertas de tu casa, del mundo literario, confiar en mis palabras y, sobre todo, por quererme como a un hijo. En estos días, he podido constatar el amor de tu madre y el de tu hermano. Ambos te necesitan como nunca y aún desean verte pasear cerca de la casa, ansían el saludo en las mañanas, tu compañía, la tranquilidad para resolver cualquier problema, y, también, esas falsas discusiones que en el fondo esconden un amor que no se atreve a manifestarse de forma directa.

Me ha hecho falta tu locura en este año, acompañarte a comprar adornos  para Halloween, contarte mis novelas siempre inconclusas, mis relaciones fallidas, escucharte cansado pero al mismo tiempo con el ánimo de escribir esa obra que al fin te represente por completo. Nos hicieron falta más viajes, visitas a barberías y a ese table dance al que acudiríamos sólo con el fin de que nos trataran como verdaderos dandis. Te extraño y supongo nunca dejaré de hacerlo. Tal vez el correr de los días me permita transformar el dolor en una dulce añoranza, esa que se permite ocultar los finales siempre trágicos. Por ahora, te cuento que aún tengo miedo, mucho, como el de los niños cuando la luz se apaga. Aún me cuesta cruzar algunas puertas solo, en especial aquellas que son la entrada hacia un camino sombrío. Por eso, déjame tomarte de la mano y acudir a tu recuerdo cuando el terror me paralice, cuando no tenga ni idea de qué se trata todo esto a lo que llamamos vivir.

Separados al nacer


Saca el diván

Por Edna Montes


La vida es dura, eso es cierto. El verdadero problema es cómo explicarle a la gente que siempre has sentido que algo te falta. Hay un vacío que no puedes explicar que te deja como… ¿una papa sin catsup? Bueno, es complicado.

Vas triste por ahí, nada nuevo, hasta que un día… te topas con esa persona. Entras en pánico. El parecido es increíble, es tu doble exacto (o todo aquello que serías si fueras del otro sexo). ¡Malditas drogas!, son idénticos. Esto no puede ser una coincidencia. Las explicaciones acuden a tu mente a la velocidad de la luz ¿Se trata de un experimento genético?, ¿conspiración Illuminati?, ¿una broma de mal gusto? Desde luego que no pueden ser gemelos separados al nacer ¡eso es un cliché!

El shock va pasando cuando descubres que no ser tan único como creías no es una cosa mala. Es bueno tener alguien tan torpe y obsesionado con la combinación menta-chocolate como tú.  Además, es como volver a casa. De pronto, aquél vacío existencial desaparece y te ves obligado a admitir que los milagros pasan. En la ficción, al menos. Antes cargabas el peso del mundo en tus hombros, pero ahora que lo repartes todo es más llevadero. Es hora de pedirle a papá y/o mamá algunas explicaciones. ¡Menos mal que no son mellizos cariñosos! (Sí, los estoy viendo Cersei y Jaime; también a ustedes, Luke y Leia)

Este recurso narrativo tiene muchas posibilidades: gemelos del mismo sexo, mellizos, amigos inseparables o enemigos incansables. Fiel a su dualidad, da las mismas oportunidades a la comedia que al drama. Incluso al siempre adorado gemelo maligno. La imaginación es el límite.

Más allá de las oportunidades cómicas y dramáticas de la trama, los hermanos separados al nacer no pierden vigencia porque nos recuerdan que todos añoramos esa parte bella y luminosa que nos muestre lo mejor de nosotros mismos. Quizá también que lo peor no es tan malo como nosotros lo vemos desde el punto de vista de nuestro juez interno. Al final, saber que pertenecemos a un lugar, con todas nuestras peculiaridades y rarezas, es algo que alimenta el alma. Una historia digna de ser contada.


Canción:

Thompson Twins- Hold me now


Recapitulando:

Separados al nacer

Fórmula:

Los protagonistas son hermanos (a menudo gemelos o mellizos)/Alguna situación propicia que sean separados justo después de nacer/ Condiciones azarosas los reúnen/ Pasan una crisis de adaptación o conflicto/ Descubren su verdadera condición de hermanos/ Viven aventuras juntos o se enfrentan como enemigos.

Como lo viste en:

Bibliografía erótica


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes


La mención del infierno suele traer aparejada la visión de la eternidad y el desconsuelo, del fuego y el olvido. Menos frecuentemente, el infierno nos sugiere un lugar enclaustrado dentro de una biblioteca,  donde se resguardan libros cuya lectura se ha considerado peligrosa[1].

Existen muy diversas razones por las que un libro habría de estimarse como riesgoso para su poseedor o lector; hay libros que se dicen encadenados y que presos de sus hierros se sacuden, como poseídos, en los sótanos de carcomidas bibliotecas. Uno de los más connotados libros malditos es el de Toth, otro el Necronomicon, no importa que ambas obras pudieran ser ficticias. Otras veces, el peligro para los bibliófilos ha sido menos sobrenatural y se ha reducido al potencial —cálido— encuentro con las llamas del inquisidor (en caso de descubrirse la propiedad de tal o cual volumen).

De manera más corriente, la “peligrosidad” de esos libros viene de su carácter “obsceno”, por tal motivo, los infiernos de las bibliotecas son el albergue final, el asilo de libros marginados que a pesar de su indecencia —de forma improbable y prodigiosa— escaparon a la hoguera. Sobre estos libros nos dice Pisanus Fraxi, en su Index Librorum Prohibitorum (1877):

«Para el bibliómano, el verdadero amante de los libros por sí mismos, estos volúmenes desconocidos y marginados, estos parias de la literatura, son infinitamente más interesantes que sus mejor conocidos y más apreciados compañeros; y adquieren un valor para él, en proporción a la persecución que han sufrido, su escasez y la dificultad que se experimenta en adquirirlos.»

Como es sabido, Pisanus Fraxi es el alter ego de Henry Spencer Ashbee, el barbado y victoriano coleccionista de erótica más importante que se cree haya existido; negociante de aceites esenciales que nos legó, en tres vólumenes, su personal bibliografía sobre la materia. Los títulos de tal obra son: Index Librorum Prohibitorum (1877), Centuria Librorum Absconditorum (1879) y Catena Librorum Tacendorum (1885).

La propia colección de Ashbee fue donada a un infierno que no lleva el nombre de tal[2], la Caja Privada del Museo Británico, de donde fue transferida a la Biblioteca Británica. La leyenda relata que el acervo de Pisanus fue destruido en parte y se ignora su cabal contenido, debido a que su catalogación fue tardía. Más aún, se afirma que el Museo rehusaba aceptar el legado y si lo aceptó de manera reticente fue por la condición de adquirir otros textos, de Cervantes, de carácter menos censurable.

En adición a la de inglesa de Ashbee, destacan otras bibliografías memorables, la más conocida tal vez es la francesa, denominada Infierno de la Biblioteca Nacional (1919), de Guillaume Apollinaire, que lo mismo reseña obras célebres (como La Nueva Justine del Marqués de Sade, ornada con un frontispicio y cien cuidadosos grabados, editada en Holanda, en 1797) que colecciones anónimas de cuentos y epigramas, con misteriosas anotaciones a lapiz.

En lengua alemana, el referente es Paul Englisch, con su Historia de la Literatura Erótica (1927) y el intitulado Laberinto del Erotismo (1931).

En el ámbito de la investigación bibliográfica en idioma español —o castellano según se quiera— es digna de mención la Bibliotheca erotica sive apparatus ad catalogum librorum eroticorum (1993), de José Antonio Cerezo. El comentador de esta biblioteca, Daniel Eisenberg, nos indica:

«Sobresale en esta bibliografía la amplitud de miras. No se excluye nada, desde el sadismo a la película pornográfica. El que quiera encontrar una historia del desnudo, una introducción al arte erótico japonés, chino o hindú, una defensa de la pedofilia, una historia de la censura o un estudio de la pornografía inglesa del siglo diecinueve, aquí los hallará.»

Desconozco la existencia de una extensa y erudita obra de bibliografía erótica mexicana, quizá se encuentre todavía en el conjunto de las infinitas posibilidades del libro, tal vez se esté escribiendo o ya ha nacido quien la habrá de escribir o duerme en el polvo, junto a la Biblioteca de Mariano Beristain y la Bibliografía Mexicana de Joaquín García de Icazbalceta.


[1] El infierno por antonomasia es el del la Biblioteca Nacional de París; infiernos más bien -debe de decirse- pues actualmente son dos: uno dedicado a los libros impresos; el otro, a las estampas.

[2] Otros “infiernos” de erótica renombrados incluyen: la Colección Delta de la Biblioteca del Congreso en Estados Unidos, la Colección Phi de la Biblioteca Bodleiana de Oxford y la denominada Colección Secreta de la Biblioteca Estatal de Rusia. Aunque algunos infiernos son más insípidos, tal es el caso de la Universitat de Valencia, donde está confinado Don Carlos Marx.

De qué escribir cuando se lee sobre escribir


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

 ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?

Nadie puede negar que la existencia de Haruki Murakami constituye una cuestión que debe atenderse dentro del contexto literario de la actualidad. Desdeñado por muchos críticos, pero adorado por una legión numerosa de fanáticos, la obra de este autor japonés está destinada a conservarse durante algún tiempo en la memoria colectiva de quienes se dedican a la noble tarea de leer a sus contemporáneos.

Todavía es muy pronto para determinar cuál es el lugar que Murakami ocupará dentro del pantheon de las letras, aunque él está convencido de que su obra trascenderá lo inmediato y se ubicará en la posteridad y que las generaciones actuales de críticos, sobre todo de críticos, no están conscientes de lo que representa la propuesta que él presenta en cada una de sus novelas. A lo largo de De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) retorna de manera obsesiva a ese tópico: los críticos no me quieren. Cuestión que contrasta con la serie de valoraciones hiperbólicas que adornan las solapas del libro en cuestión: “Murakami merece el Nobel”, “Murakami es el mejor escritor vivo”, “Murakami es un genio”. Al menos en su edición en español incluye toda una solapa de alabanzas en ese sentido.

Murakami

Pero, ¿qué es el libro más allá de una oportunidad para quejarse de la manera en cómo la crítica lo ha vapuleado, sobre todo en Japón? Es un ensayo autobiográfico, a decir de él mismo, en las páginas finales del texto. En este material, Murakami intenta hacer una disección de aquellos elementos que configuran su escritura o, podríamos decir, la escritura en general. Tópicos como la iniciación literaria, el papel de la escuela, la construcción de personajes, la construcción de una disciplina relacionada con el acto de escribir, las traducciones de las obras, la entrega total al acto creativo, recorren las páginas de este libro que, a pesar de su lectura ágil (como la mayoría de los libros del japonés), se vuelve un tanto repetitivo en lo que respecta a diversos puntos.

Uno de los puntos tiene que ver con la genialidad. Para el autor de Tokio Blues esta cuestión no existe. Como buen refuerzo del arquetipo del carácter nipon, Murakami alude a la disciplina como uno de los elementos fundamentales del quehacer escritural. Retornando a los temas que ya había planteado en su entretenido, y en muchos sentidos más logrado como alegoría del acto de escribir, De qué hablo cuando hablo de correr, la obsesión con respecto de la disciplina física parece uno de los temas en los que funda la caracterización de su forma de crear. En la página 170 lanza una sentencia que ya ha sacado bastante ámpula: “Un escritor está acabado cuando engorda”. En cierto sentido, empareja el acto de crear con el de correr. Lo explica mejor en su otro libro y lo hace más como una alegoría de lo que un joven escritor debe hacer al desear convertirse en un autor de éxito: si quiere escribir, deberá escribir. Siempre, aunque no quiera. Es la misma técnica que utilizan aquellos que se dedican al atletismo de fondo: se corre diario, aunque no se tengan ganas de hacerlo. Así un escritor debe dedicar tiempo y esfuerzo a la escritura. Murakami asegura que todos los días escribe, sin que nadie ni nada se lo impida, un mínimo de diez páginas, de tal forma que a fin de mes tiene un texto de 300 que podrían convertirse en una novela. El paralelismo entre el acto de escribir y el de mantenerse en forma física es recurrente en su obra autobiográfica. Dice por un lado, refiriéndose al ejercicio físico:

Cuando me convertí en escritor profesional empecé a correr, en concreto cuando escribía La caza del carnero salvaje. Desde entonces, y durante más de tres décadas, tengo por costumbre salir a correr o a nadar durante una hora casi a diario. Físicamente me encuentro en forma y durante esos treinta años nunca me he enfermado ni lesionado.

Y por otro, para hablar de su disciplina de escritura:

Si se trata de escribir novelas soy capaz de usar esa fuerza interior para obligarme a estar sentado a la mesa durante cinco horas al día. Esa fuerza que emana de dentro (al menos en gran parte) en mi caso no es innata. La he adquirido con el tiempo y lo he hecho gracias a un entrenamiento plenamente consciente. Creo que cualquiera puede hacerlo si se esfuerza, por muy difícil que resulte en apariencia. Es una fuerza que no admite comparaciones como sucede con la fuerza física. Sólo sirve para mantenernos a nosotros mismos.  

Más allá de esa obsesión por desdeñar los premios y por insistir en la necesidad de que el ejercicio físico sea parte de la disciplina de un escritor (en ese sentido hay puntos de encuentro con Yukio Mishima, el escritor samurai que terminó suicidándose ritualmente en protesta por la pérdida de valores tradicionales del país y su sujeción al mundo occidental), Murakami desgrana muy interesantes conceptos con respecto de su particular forma de concebir el arte y la escritura. En el camino aborda escenas y periodos de su vida personal y familiar que resultan de interés para los que gustan de hurgar en la vida a ras de suelo de sus ídolos; Murakami no los decepciona: habla de la manera en cómo su esposa es una lectora tenaz e inclemente de todo lo que escribe, su primera crítica, correctora y editora; de cómo a pesar de ser hijo de profesores en un Japón que iniciaba su camino hacia la hipermodernización tecnológica nunca había sentido especial entusiasmo por la escuela, pero sí mucho por los libros; de cómo concebía la escritura en una primera instancia como un arte que podía ser concebido de manera paralela a la concepción del jazz, una de sus aficiones más caras; de la manera en que decidió renunciar a ser un dependiente y administrador de un centro nocturno para dedicarse a ser un escritor profesional; relata cómo sus dos primeras novelas fueron escritas a deshoras en la mesa de la cocina de una humilde vivienda. En fin. Hay vida y escritura en este libro que no será en particular memorable más que para los lectores fieles de la obra del autor. Dicho esto no con afán descalificador, sino porque el libro se encuentra entramado con la manera en cómo van apareciendo a lo largo de su vida las obras que sus seguidores le celebran de manera incondicional.

Murakami desvela una imagen que le surge al ver E. T. El extraterrestre, la película de Steven Spielberg. Le admira la manera en cómo el alienígena construye una radio para comunicarse hacia el espacio con materiales de uso común en una casa. Materiales de uso cotidiano que reunidos le daban forma a una maravilla tecnológica. El autor no duda en pensar que esa es una manera de concebir la escritura y las posibilidades que cada autor tiene para concebir una obra digna e imperecedera:

Cuando vi la escena sentado en la sala de cine, sentí una profunda admiración. En mi opinión, las grandes novelas están construidas en cierto sentido de esa manera. No es tan importante la calidad de los materiales en sí. Por encima de cualquier otra consideración, deben provocar una especie de magia. Si solo disponemos de materiales sencillos, cotidianos, de palabras no demasiado complicadas, pero todo ello encierra un halo mágico, podemos llegar a construir con nuestras propias manos máquinas complejas y sorprendentes.

En conclusión, De qué hablo cuando hablo de escribir no es un instructivo para escribir como Murakami, es más bien una forma de asomarse a algunos aspectos que le permiten a este autor contemporáneo construir la poética que le ha hecho un escritor de gran éxito. A pesar de la falta de reconocimiento que algunos le regatean. Y que él sufre como desprecios. Aunque diga, múltiples veces a lo largo del texto, que es algo que no le importa.

Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash
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