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Hamlet en la vida real


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua


El corazón delator

A veces las obras literarias que nos gustan se nos vienen encima y se manifiestan, de maneras diversas, en la vida real. Así es la escritura, insólita e invasiva. Esto me ha sucedido al menos tres veces con una de mis obras favoritas: Hamlet de William Shakespeare.

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba entonces obsesionado con un video VHS en el que había grabado videoclips del soundtrack de los “Cazafantasmas” (esos personajes, quienes seguramente al enfrentarse con el fantasma de su padre, no tendrían otro remedio que dispararle con el rayo de protones y capturarlo) y de “Volver al futuro” (cuyos protagonistas al enfrentar una tragedia como la de Hamlet, simplemente viajarían al pasado para evitar que el veneno cayera en la oreja del rey). Disfrutaba tanto las canciones y las imágenes grabadas en el VHS que yo no quería ver ni escuchar otra cosa. El problema era que mi familia insistía en ver películas de vaqueros, cintas de Shaolins, episodios de Cosmos, capítulos salteados de telenovelas y hasta el video de mi primera comunión.

Me resultaba detestable su deseo de variedad. Con el fin de hacer mi voluntad, se me ocurrió una idea, no brillante pero sí desmesurada: llenar de pegamento mi VHS y meterlo a la videocasetera. Así no habría más remedio que mirar los videoclips una y otra vez, hasta que todos muriéramos trágicamente. Reflexioné un instante mi decisión, mas no sirvió de nada. Después de todo, ¿quién habría de detenerme? Nadie en el mundo, sino mi voluntad.

Ejecuté el proyecto.

Una noche, mi padre notó que la cinta se había atascado en la videocasetera, concluyó que era una falla mecánica. Al intentar sacar el plástico lo rompió. Ello imposibilitó las tareas de rescate y también hizo imposible que yo mirara de nuevo mi colección. Mis padres me preguntaron si yo había usado de manera incorrecta el aparato. Les afirmé, con desfachatez, que no. Se los juré por Dios, por mi ángel de la guarda, por el video de mi primera comunión.

La culpa me fue haciendo jirones el alma.

Un mes después de mi injuria electrónica, me levantaron temprano para ir al teatro. La obra que veríamos se llamaba: “Proyecciones”. La trama era simple, pero crucial: un niño descomponía el proyector de cintas casero y no admitía su falta. Al final, su conciencia, encarnada en un payaso vagabundo, lo convencía de confesar sus malas acciones. Me quedé helado al ver mi propio crimen representado en el escenario, muy cerca del proscenio.

Ahora que rememoro el hecho, puedo imaginar con nitidez al director de la obra dando indicaciones a sus actores: “Reciten sus diálogos con soltura y naturalidad, no lo hagan a voz en grito, no castiguen demasiado al aire con sus manos, usen delicadamente los gestos. Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción. Tenga cuidado el que hace de payaso, no le añada nada a lo que está escrito en su papel; porque algunos cómicos empiezan a dar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles”.

Yo, sin duda, era uno de esos espectadores imbéciles, que no sabía lo que le esperaba. El sudor y la congoja me anegaron sentado en mi butaca. Ahora soy capaz de imaginar, también con precisión, al Hamlet metafísico que me puso aquella trampa para hacerme confesar mi transgresión, puedo visualizar perfectamente a ese Hamlet del destino preparando una obra con el fin de avergonzarme, de acorralarme, de arrebatarme la victoria. Durante la función, mis padres me miraban de reojo, se dieron cuenta de que había algo podrido en mi estado de ánimo. Antes del tercer acto les confirmé sus sospechas, lloré mientras revelaba la verdad. Me castigaron dos meses sin video juegos, oh, trampa cruel.

Alguna vez en L. A.

Otra de las veces cuando Hamlet se hizo presente en mi vida, yo estaba en Los Ángeles, California. Tenía 21 años. Salí de un hotel a mediodía, me había dolido la cabeza durante horas. En la banqueta de enfrente vi a un hombre, con problemas neurológicos, que pedía dinero a los transeúntes. Aseguraba que requería el dinero para realizarse una intervención quirúrgica. Con el fin de incitar lástima o compasión, mostraba sin pudor una placa de rayos X. Con claridad se podía ver una esquirla alojada cerca del cerebro. El tipo explicaba a gritos que el trozo de metal se movía despacio y un día iba a terminar por causarle un daño cerebral agudo: ceguera permanente, atrofia motriz, convulsiones y epilepsia. Exaltaba su miedo a la enfermedad y a la muerte y exponía su tragedia por medio de un monólogo inacabable, disparatado.

Este hombre, que gritaba condenas mientras sostenía la placa de su cráneo, era como un Hamlet venido a menos. Un Hamlet que, en vez de observar el cráneo de Yorik, miraba sus propios huesos traslúcidos y bidimensionales. Concluí que era un Hamlet a quien su padre vivo, en un estado tan frágil que lo hacía parecer un fantasma, le había pedido vengar el hecho de que aún siguiera vivo, de que conservara su existencia a pesar del infortunio que lo envolvía.

Resultaba triste que en este montaje callejero, el príncipe y el bufón fueran la misma persona. Aquel Hamlet desquiciante se había convertido en un payaso debido al avance de sus trastornos cerebrales. Pero el pordiosero era también su reino devastado, un reino en el que todo se había echado a perder.

Le entregué todos los billetes y monedas que llevaba encima y le deseé mucha suerte. Me respondió con un soplido, contundente igual que un monólogo shakespeariano.

To be or not to be

La última ocasión en que Hamlet se manifestó en mi realidad fue hace diez años, en la Ciudad de México. Entré a un estacionamiento para buscar a una persona. Mientras caminaba entre los autos, llamaron mi atención tres taxis que estaban estacionados uno junto al otro. Mis ojos se dirigieron de inmediato a las placas. Los números para mí no significaron nada, pero las letras, las benditas letras (que además formaban palabras, palabras, palabras) me hicieron estremecer. Aquella triada de símbolos era algo así: 882-SER, 629-ONO, 523-ZER. De inmediato mi mente armó el rompecabezas formado por las letras mayúsculas: SER ONO ZER, SER O NO SER, ¿SER O NO SER?

Y así, de forma simple, aquellas placas se convirtieron en una de las conjunciones de objetos más hermosa y sorprendente que he mirado. No pude sino emocionarme, trastocarme. Y de inmediato reflexioné: ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión.

¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Acelerar hasta alcanzar las ochenta millas por hora y viajar en el tiempo, o colocar una manguera que deje entrar al auto el monóxido de carbono directamente del escape y respirar las toxinas para viajar, sin regreso, en el espacio, hasta terminar convertido en un fantasma imposible de cazar? Morir, huir, nomás.

Hoy sigo esperando la próxima invasión Hamletiana a mi existencia. Me vuelvo loco de imaginar cómo será.


Fotografía: Thomas Roberts / Unsplash

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash

Los autómatas


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Con precisos dedos sepultó la semilla y la cubrió con un lienzo terroso. La multitud se estrechó en torno al mago, que levantó el paño con cautela. Habían pasado unos segundos solamente, pero del suelo asomaba un brote verde. El espectáculo continuó, a intervalos de cubrir y descubrir, la planta creció y dio sus frutos —dorados mangos— que fueron consumidos por un público maravillado y goloso. Ocurrió en Benares, a mediados del siglo pasado y nos lo relata John A. Keel. La explicación del acto es de una simplicidad que decepciona, algo tienen que ver en éste los amplios ropajes del ejecutante y la oquedad de la semilla que se utiliza para el efecto.

La maravilla de la India tiene su paralelo en el parisino establecimiento de Robert Houdin, donde se mostraba bajo el nombre de L’oranger fantastique; un cítrico que en su propio tiempo —tiempo del sueño, tiempo maravilloso— crecía, florecía y daba fruto. La diferencia no era sólo de especies, sino de técnica. El naranjo era un autómata[1].

Houdin, mecánico acreditado, realizó otros autómatas de singular éxito, los más reconocidos son el Ruiseñor y el Escritor-Dibujante. Es posible que el cuento de Hans Christian Andersen, el Ruiseñor, deba su parte al ingenio mecánico del francés.

Los autómatas han sido un elemento antiguo en la literatura, es conocido que están ya presentes en la Ilíada, en su canto XVIII, que relata como Hefesto tenía a su servicio “veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa[2].”

La misma antigüedad clásica nos ha traído el testimonio de los escritos de Herón de Alejandría y la realidad tangible del mecanismo de Antikythera, la primera computadora analógica de que se tenga conocimiento.

La historia del autómata nos lleva a través de —por lo menos— dos senderos diversos; el de la relojería de su mecanismo y el de la imitación de los vivientes. No exploraremos —por ahora— la crónica de los engranajes, los piñones y los escapes, no se hablará por tanto de los logros de Arquitas de Tarento, del kurdo Al-Jazarí o de la Enumeración de las Extrañas Máquinas (Chhi Chhi Mu Lüeh) de Tai Jung, tampoco Leonardo ocupará nuestras indagaciones.

El juego de emulación de lo animado por lo inanimado emparenta al autómata con el Pigmalion de Ovidio, el Golem hebreo y el Frankenstein de Shelley, incluso con el Homúnculo de Paracelso, los omnipresentes zombies o —si se quiere ser menos tétrico— con el Pinocchio de Carlo Colodi; pero dada su carencia de partes móviles, engranajes y muelles, estos personajes no pueden incluirse con propiedad como autómatas de la literatura.

En tales restringidos términos, debe mencionarse como autómata relevante en la historia literaria a la Olimpia de Hoffmann, imaginada en 1817, en El Hombre de Arena, cuya belleza, encorsetada y rígida, cautivó al enamorado Nataniel, tanto como sus ojos fijos, su bailar acompasado y su perfecta interpretación al piano. Mecánico amor que llevaría a la perdición de Nataniel por obra del malvado Coppelius. “Ojos, ojos, ojos de niño, bellos ojos” serán uno de los motivos principales de este cuento tantas veces reseñado.

Otro autómata —que no por real deja de tener un interés literario— es el Jugador de Ajedrez del Barón Von Kempelen, que da título al ensayo de Edgar Allan Poe, obra de 1836, donde intenta explicar el funcionamiento del autómata ajedrecista de Maelzel. Sobre dicho ingenio nos narra El Mosaico Mexicano o Colección de Amenidades Curiosas e Instructivas:

“Revestido el autómata de un rico traje oriental, se hallaba sentado delante de un bufete [una mesilla] que se arrastraba por medio de cuatro rueditas y en su interior estaba encerrada la máquina, y el cilindro que se decía servir para darle movimiento. El Barón comenzaba por montar con grande aparato su autómata, se oían crujir los resortes y resonar como los de una péndula, y entonces se alzaba lentamente el brazo del autómata, avanzaba hasta la pieza que debía tomar, la alzaba y la colocaba sobre la casilla en que debía quedar colocada”.

Allan Poe es más práctico, no sólo describe el autómata, lo ilustra:

“El grabado de esta página da una ligera idea de lo que los ciudadanos de Richmond han podido ver hace unas pocas semanas…A la hora designada para la exhibición se corre la cortina, o se abre una puerta de dos hojas y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y aquella se tiende una cuerda”.

Luego de una prolija descripción del aparato —y del aparato protocolario que lo rodeaba— Poe analiza el caso, con la misma lógica impecable del detective Auguste Dupin y concluye no solamente que el ingenio es movido por una persona, sino cómo y dónde se oculta y quién es esa persona, que él identifica como un tal Schlumberger, miembro del séquito de Maelzel[1]. El análisis de Poe es de una precisión admirable, considerando los tiempos de respuesta, las probabilidades de triunfo y la conducta gestual del autómata, entre otros factores. Su lectura no tiene desperdicio e ilustra el alcance de la lógica aún desprovista de cualquier comprobación experimental.

No quisiera cerrar esta breve relación de autómatas en obras de ficción, sin mencionar, así sea de paso, a La Casa de Vapor, de Julio Verne, del año 1880, novela de aventuras que tiene como gadget detonante de la trama la existencia de un artilugio, a medio camino entre una casa rodante y un elefante mecánico.

De manera adicional, existe un libro reciente, que debe recomendarse, la Teoría e Historia del Hombre Artificial, de Alonso Burgos, publicado por la económica Editorial Akal en 2017. Su lectura —más allá de los ciborgs y los super humanos— nos pone ante la cuestión de si, en el fondo, sólo somos autómatas que saben rezar y cómo alguna vez dijo Borges, tan limitados que ignoramos cuál será el rostro con el que Dios nos mira.


[1] Vale precisar un poco el término, el autómata –en la segunda acepción de la Academia– es una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado. Concedamos con Aristóteles que las plantas tienen un ánima vegetal y admitiremos en esta definición a los naranjos mecánicos (con perdón de Anthony Burguess). También es conveniente señalar que autómata y robot no son términos intercambiables, diríamos ahora que el autómata tendería a ser analógico, mientras que el robot es más propiamente digital.

[2] A estos trípodes habría que agregar dos doncellas de oro “que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses”.

[3] El jugador de ajedrez, originariamente de Von Kempelen fue transferido a Maelzel —en cuyo poder lo conoció Allan Poe—. En fecha posterior, el ingenio fue vendido a John Mitchely, quien lo donó a un museo en Filadelfia, lugar donde a la postre fue consumido por un incendio.

Sólo quiero ser normal


Saca el diván

Por Edna Montes

¿Quién les dijo que me escogieran a mí? Poderes extraordinarios, habilidades más allá de tus sueños, la capacidad de salvar al mundo… ¡patrañas! Lo importante es el aburrido trabajo de oficina durante ocho horas cada día, no tener que preocuparte por cuál de tus seres queridos será la próxima víctima de estos “dones”. Es que llega al punto en que uno no puede ni lavarse los dientes a gusto.

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Porque, claro, si tu vida se vuelve fantástica lo que tenías en mente era pegarle al premio mayor de la lotería o mínimo volverte influencer y ganarte la vida a base de selfies. Nada de ir salvando niños indefensos en zona de guerra o detener la invasión alienígena en turno. La lista de calamidades posibles continúa en aumento a cada minuto, al menos cuando eres normal sabes donde están los límites. Entiendes lo que se espera de ti, o mejor aún: que ya nadie espera nada de ti.

¿Necesitan que salve el mundo? ¡Pues no! Que se rasque con sus uñas.

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Este mecanismo narrativo es común en la Fantasía y la Ciencia Ficción, se trata de un punto decisivo en el que nuestro protagonista debe aceptar el cambio inevitable en su vida. Los nuevos poderes o misiones van tan ligados a su ser que le es imposible deslindarse de ellos. Por ende, todo aquello que conoce debe modificarse también. El nivel varía desde la sencilla comprensión de que la cotidianidad como la concibe ya no existe hasta la muerte de un ser amado. Creo que ese nivel de shock haría desertar a cualquiera.

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Luego de fracasar miserablemente en fingir normalidad, (seamos sinceros, ya no hay marcha atrás) viene la epifanía: no todo gira a tu alrededor. Es terrible que sufras, pero tanto los héroes como los elegidos puede aprender una gran lección de madurez de la gente “ordinaria”. Sin importar tu azote, es hora de crecer, dejar de lado tus problemas y hacer una diferencia.

Esta fórmula ya es un cliché, no obstante, nos encanta. Quizá porque nos recuerda que ninguna vida es “normal” ni ordinaria, todos podemos ser los protagonistas de nuestra propia historia y volverla épica. Todo es cosa de imaginar más y mejor.

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Canción:


Recapitulando:

Sólo quiero ser normal
Fórmula:

El protagonista recibe poderes o una responsabilidad extraordinaria/Ese don destruye los elementos cotidianos de su vida/ Tiene una crisis en la que desea volver a ser “normal”/ Renuncia temporalmente a sus nuevas responsabilidades/ Descubre la importancia de sus poderes/ Los acepta e incorpora a su vida/ Salva el día.

Como lo viste en:
  • Bleach (Anime, Studio Pierrot, 2004-2012)
  • Neon Genesis Evangelion (Anime, Gainax, 1995-1996)
  • Basilik (Anime, Gonzo, 2005)
  • Casi todos los comics de superheroes
  • The Dresden Files (Libros, Jim Butcher, 2000 a la fecha)
  • El Señor de los Anillos (Libro, JRR Tolkien, 1955)
  • Practical Magic (Película, Griffin Dunne, 1998)

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De enigmas y logogrifos


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

No hay literatura sin enigma, incluso la lírica posee bellos misterios[1]. Parejos arcanos encierra el ensayo y algo no distinto sucede con la novela y con el cuento. Incluso la Sagrada Escritura nos ofrece ejemplares acertijos, las adivinanzas de Sansón no exentas de codicia, las oníricas adivinaciones del soñador José y la mano suspendida de Daniel que escribe las indescifrables palabras: Mene, Tekel, Parsin.

En mérito de la brevedad, no abordaremos los enigmas de los griegos, ni abundaremos sobre la alada Phix la virgen de afiladas uñas, no entraremos al conocimiento del cuadro de Polibio, ni de la clave de Julio César, que preservó para nosotros Suetonio. Bastará para el fin de este ensayo mencionar que la historia clásica también nos desafía con antiguas criptografías.

Es difícil aventurar la primera utilización de códigos y cifrados como tema o artificio en la literatura que se suele llamar de ficción, pero no por ello dejó de ser utilizada la criptografía durante el medioevo y la edad moderna, tanto en su aspecto marcial como en el diplomático. Todavía causa admiración la elaborada falsificación del manuscrito encriptado de alquimia identificado como “El Libro del Tesoro” y apócrifamente atribuido a Alfonso X, el sabio[2].

A despecho de la dificultad mencionada, Edgar Allan Poe es quizá el autor más mencionado cuando se trata de la relación entre criptografía y literatura, debido si duda a su cuento “El Escarabajo de Oro”, publicado en 1843. A título personal, conocí de dicha narración por los magníficos segmentos culturales de Maruxa Vilalta, en la televisión pública (canal 13). “El Libro de Hoy” era el título, el año tal vez 1982.

Como es sabido,“El Escarabajo de Oro” relata la búsqueda de un pirático tesoro cuyo hallazgo se logra al descifrar un mensaje en clave. Una clave que se reputa sencilla, por simple sustitución.

Mi segundo encuentro con la criptografía literaria fue a través de Julio Verne, con su novela La Jangada, publicada en 1881, en la cual la vida y libertad del protagonista Juan Dacosta dependen del contenido de un mensaje en clave numérica, que es largamente explicada al puro estilo de Verne por el juez Jarríquez:

— El documento no está basado sobre signos convencionales, sino sobre lo que se llama «una cifra» en criptografía, es decir, sobre un número.

—Pero… —dijo Manuel—, ¿no se afirma que es posible leer un documento de este género?

—En efecto —admitió Jarríquez. Cuando una letra está invariablemente representada por la misma letra. Entiéndame: quiero decir cuando una a, por ejemplo, es siempre una p; cuando una p es siempre una x… De lo contrario, no es posible.

—¿Y en este documento?

—En este documento el valor de la letra cambia, de acuerdo con la cifra, tomada arbitrariamente y que es lo que rige. Así, una b que haya sido representada por una k, más adelante lo será por una z; después por una m, o una n, o una i, o cualquier otra letra.

—¿Y en tal caso?

—En tal caso, o sea en este caso, tengo el sentimiento de deciros que el criptograma resulta absolutamente indescifrable.

Hasta aquí la transcripción (la explicación completa abarca seis páginas). En dicha novela, un caballeroso Verne tiene la cortesía de rendir homenaje a Edgar Allan Poe al exclamar por boca de su personaje: “¿Quién no ha leído El Escarabajo de Oro?”

Cabe añadir que Sir Arthur Conan Doyle también se ejercitó en esos juegos, que de alguna forma son inseparables del género policial y de espías. Su relato “Los Bailarines” o “Los Monigotes” es frecuentemente citado en el inventario de la criptografía recreativa.

En tiempos mucho más recientes, Isaac Asimov dedicó incontables por numerosos cuentos a las charadas y a las claves. En particular, en sus varias “Historias de los viudos negros”, pero incluso en cuentos poco conocidos como “Problem of Numbers”, renombrado posteriormente como “As Chemist to Chemist”.

Un ejemplo particular de lo que podríamos considerar mal uso de la criptografía como motivo literario lo encontramos en el “Código Da Vinci”, que contiene un criptex (bueno, quizá dos criptex) con un papiro y cuatro líneas enigmáticas. En la novela, Sophie Neveu  (criptógrafa parisina, que había cursado estudios en Inglaterra, en el Royal Holloway) necesita de cuatro páginas de acción —casi un capítulo— para percatarse de que el texto está invertido y se puede leer con un espejo; algo que resulta especialmente decepcionante como clave y nos recuerda a los perdidos años de la infancia.

No ampliaré las referencias. En tan breve espacio no podemos agotar los contactos de la criptografía con la literatura[3]. Sólo añadiré una nota final, en una publicación de Gómez Urgellés se alude a la criptografía con “cifra de cuaderno de uso único” —lo que sea que pretenda significar. La peculiaridad de un mensaje cifrado con esta clave es que si llega a ser analizado por ensayo y error, los resultados del análisis serán: a) Todos los mensajes posibles de igual longitud; b) El mensaje real que se envío; y c) Una breve refutación del mismo mensaje. Se le ha bautizado “el mensaje de Babel”, en honor a una conocida biblioteca y a un conocido escritor ciego.


[1] Baste recordar a Amado Nervo: «Tu cabellera es negra como el ala del misterio, tan negra como un lóbrego jamás, como un adiós, como un “quien sabe”...Tus ojos son dos magos pensativos, dos esfinges que duermen en la sombra, dos enigmas muy bellos…»

[2]«Lorenzo Ferrer se trasladó a la Corte, trayendo un Libro del Tesoro de su cosecha, en el que utilizó la caligrafía del tiempo de Alfonso X; debidamente envejecido, encuadernado con tablas y cerrado con tres candados, según convenía, se dio las trazas para que llegase al confesor del Rey» GALENDE DÍAZ. La Criptografía Medieval: el Libro del Tesoro. España-2003.

[3] Sería indispensable reseñar el Criptonomicón, de Neal Stephenson. Me lo impide mi esencial ignorancia sobre el libro, que de alguna forma —arteramente predestinada— deberé de leer algún día.

Reescrituras


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Yo fui alumno de la Escuela de Escritores SOGEM. Empecé el diplomado a los dieciocho años. Recuerdo de forma vívida una anécdota que determinó mi travesía literaria. Luego de estudiar, durante semanas, las características de un buen cuento: la autosuficiencia, la mesura, la contundencia, su naturaleza microcósmica, su imperiosa necesidad de tener y mantener un conflicto, su breve aliento, su talante escueto, etcétera; se nos asignó la tarea de escribir nuestra primera narración en forma. Frente a esta serie de características, al parecer inamovibles, terminé por sentirme aterrado. Me congelé.

Un día antes de la entrega, la desesperación era mi todo. Entonces recordé, y me lo confirmó mi madre, que cuando era niño, yo escribía cuentos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o un sello medio borroso que aseguraba (o condenaba): “Sí trabaja”, “Felicidades, eres un campeón”, “Sigue así”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar, en un certamen, una caja de Duvalines, de esas preciosas que incluían una serie de cucharitas aún pegadas entre sí. Revisé uno de mis cuadernos de español de la primaria y hallé uno de mis cuentos.

Era una narración escrita con una letra enorme, que trataba sobre un niño con alas, quien decía estar relleno de aserrín, se llamaba Miguel; y lo más importante: era regañado constantemente porque no podía hablar bien y repetía sin cesar las mismas palabras. Mi trabajo de infancia me estrujó el espíritu. Supe que había hallado la fuente para crear mi primer cuento “profesional”. Decidí reescribir mi obra.

Días después, la maestra Aline Petterson me pidió leer mi texto en voz alta y dijo que le había parecido conmovedor. Todavía estaba tan inseguro de mi trabajo literario que le pregunté, al final de la clase, si su calificativo de conmovedor significaba que le había gustado mi cuento. La respuesta fue tajante: “En literatura, a mí sólo me conmueve lo que me gusta”.

Hace poco debía entregar con urgencia un texto breve para una publicación electrónica. Escribir textos de pocas cuartillas me resulta enojoso y un día antes de la fecha límite aun no tenía nada digno. Recordé entonces que cuando era joven, yo escribía cuentos cortos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o una reacción que aseguraba (o condenaba): “Usted sí escribe”, “Siga así”, “Es conmovedor”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar un espacio en una antología de cuentistas jóvenes, una de esas ediciones horribles que aún traían las hojas pegadas entre sí. Revisé algunas de mis tareas de SOGEM y hallé uno de estos cuentos.

Era una narración que trataba sobre un niño con alas moradas y despellejadas, quien decía estar relleno de aserrín, que se llamaba Miguel, Miguelito, Miki, Maik; y lo más importante: que era regañado por su mamá, ya que repetía constantemente las mismas palabras, como si tuviera eco. Decidí reescribir mi obra.

Así que hoy quiero compartirles la segunda reescritura del cuento que ya dos veces me salvó de una entrega inminente:

 

Yo me llamo Miguel

Yo me llamo Miguel, Miguelito, Miki, Maik, Hijito, Mi Amor, Tesoro, Inútil, Tarado, Estúpido, Desobediente y Estorbo. Yo también tengo alas, como los ángeles, moradas, casi rojas, despellejadas, en la espalda. Los lunes tengo alas de pterodáctilo; los martes, de dragón; los miércoles, de F-15; los jueves, de diablo; los viernes y los sábados, me quedo dormido todo el día, y los domingos, de libélula. Pero yo no vuelo, porque no quiero y no sé y no me han enseñado y me da miedo.

A mí no me gusta llorar, pero sí lloro, y luego, cuando ya me vacío de agua, me río y grito y me sigo riendo y floto, y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo, y corro y tomo vuelo y floto tantito, y me sangran las orejas y la rodilla, y me duele la cabeza y veo manchas y las espanto, pero no se van, y mejor cierro los ojos. A veces abro los ojos bien fuerte, para atraparme yo solo con los párpados, para estar en un capullo, como los gusanos, y que ya no me duela la cabeza y que todo llueva y se moje, y que yo nazca y me moje y respire y respire.

A veces, pienso que mi mamá es una sierra eléctrica que me parte en dos o en tres o en cuatro, otras veces pienso que mi mamá es una máscara de luchador, pero uno rudo, que me aprieta la cabeza y me tapa las cicatrices del coco, pero casi siempre pienso que mi mamá es un cañón de artillería, como el del libro de la SEP, que me dispara y me acribilla, porque soy su enemigo, y a ella le dan una medalla por su valor en el combate, y a mí me entierran, junto a las trincheras, o junto a las letrinas de los soldados. De mi papá no me imagino nada porque no tengo, y nunca lo he visto, ni en una foto.

A mí no me gusta hablar porque no puedo, porque tengo eco, y repito y repito lo que digo y luego se me olvida lo que iba a decir y me enojo y tiemblo. A mí me gusta hablarme para adentro, porque así lo que digo se me queda y no se sale, y se me llena la cabeza de palabras y de groserías y de padres nuestros, y de trabalenguas y de adivinanzas y de quejidos, entonces me pesa mucho la cabeza y ya no siento y sonrío y me río.

Como todos los niños, yo estoy relleno de aserrín, y de canicas y de estrellas ninja y de gomitas con forma de culebras y de cometas sin nombre, y de bolas de cebo, podredumbre y veneno, pero diario me saco estas cosas por las orejas, y por eso estoy tan flaco, aunque luego me las vuelvo a meter por la boca y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo.

Yo ya me quiero morir, para que no me duela la cabeza y para no ver manchas y que no me sangren las narices y que mi mamá no me grite, ni me acribille. Yo me llamo Miguel, Horror, Miguelito, Tumor, Pelón, Quimoterapia, Mijito, Inútil, Castigo, Estúpido, Desobediente y Estorbo.

La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

Pornografía y gozo estético

 


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Me resulta fascinante cuando mis textos literarios surgen a partir de elementos insólitos o insospechados, como un ejemplar de los noventa de El Libro Vaquero, una receta médica de mi abuela, el instructivo del Monopolio, un cerdo atropellado en la carretera, o incluso, la pornografía. También es cierto que mucho ayuda mi paranoia, la imaginería desbordada, cierta desesperación constante y mi desorden obsesivo compulsivo. Pero el asunto es que gracias a la pornografía se me han ocurrido ideas que finalmente se convirtieron en cuentos o capítulos de una novela.

Recuerdo muy bien, por ejemplo, que una noche, mientras miraba en el monitor de la computadora a una mujer de cabello chino siendo penetrada por un hombre de rasgos hispanos, sentí mucha angustia. La muchacha del video tenía en la espalda un enorme tatuaje. Se trataba de un dragón. Sólo se podía ver la parte media de la bestia mítica. La cabeza y la cola seguro estaban al frente, tal vez en su abdomen, tal vez en su pubis. Entonces pensé que también era posible que el tatuaje representara algo tétrico o grotesco. A lo mejor se trataba en realidad de un dragón circular, un dragón cuyo cuerpo era una circunferencia cerrada, es decir, que no tenía cola ni cabeza.

Podía ser un monstruo circular que representara el infinito, o un ciclo de cultivo en alguna cultura milenaria, un dragón terrorífico que al verlo causaría repulsión. Una bestia que sufriría constantemente, ya que al intentar arrojar fuego, sólo conseguiría que las llamas dieran vueltas dentro de su cuerpo, quemándole los órganos internos, los cuales tras ser calcinados aparecerían de nuevo, intactos, en cuestión de segundos. Como si aquel quemarse y reponerse fuera un castigo, como si el dragón fuera un infierno orgánico, vivo, un averno con alma, que respiraba y que pudo hallar, con el tiempo, la forma de andar, de moverse, que incluso pudo aprender a asir las cosas, apretarlas hasta deshacerlas. Sin que nadie supiera que aquel triturar no era una agresión, sino un modo de comunicar su angustia, su desdicha. Preferí apagar la computadora. No quería ver de frente al ser horripilante.

En otra ocasión vi el video de un hombre manoseando bruscamente a una mujer que usaba medias de red. La mujer hacía unos ruidos exagerados y falsos de gozo. El tipo entonces rasgaba las medias con fuerza y penetraba a su compañera. Ella daba de gritos. Sus alaridos iban acompañados de gestos histriónicos. En medio del éxtasis, la mujer desgarraba del todo sus medias para arrancarlas después. Luego las lanzaba por el aire. Yo pensé que en ese instante la mujer se había convertido en un pescador fantástico y demencial, quien lanzaba pequeñas redes para atrapar sus propios gritos. Pensé que se trataba de un pescador de lo etéreo, cuya intención era sacar del aire a sus alaridos más grandes, a los más estrepitosos, los de mayor volumen, para así poder vanagloriarse del tamaño y la intensidad de sus presas, o tal vez para disecarlas, clavarlas en bases de madera y adornar las paredes de su casa.

Otro ejemplo de pornografía inspiradora, ocurrió mientras veía a un hombre sin mano recibiendo sexo oral de una pelirroja. La joven tenía los senos pequeños. Él tomaba la parte trasera de la cabeza de la mujer y la obligaba a tragar con furia su pene, una y otra vez. La muchacha hacía unos ruidos como de quien se ahoga sin remedio. Saliva, sudor y líquido seminal escurrieron en abundancia por su barbilla. Ella se ponía de pie súbitamente e iba a sentarse sobre el sofá. Abría sus piernas con desfachatez. El hombre entonces la penetraba usando su muñón, sin ninguna delicadeza. Su antebrazo entraba con furia a la vagina de su compañera. La mujer se retorcía de placer. Yo entonces pensé que la pelirroja se había convertido en la mano del hombre, se había transformado, por medio de un proceso místico, en la mano perdida del individuo. Me imaginé luego que si otro sujeto manco penetrara a otra joven pelirroja y éstas se abrazaran, sería como si los tipos se tomaran de las manos. Concluí que era probable, debido a la simbiosis, que cuando los dos hombres se pusieran nerviosos, las mujeres sudaran, como lo hacen las palmas de los inquietos o los sobresaltados. Hasta era probable que una pitonisa pudiera leer los pliegues en el cuerpo de ambas mujeres como si fueran las líneas de una mano, y augurara para ambos individuos un futuro de remordimientos, de empresas fallidas, de desengaños amorosos o infidelidades, de enfermedades dolorosísimas, de eventos funestos que al final se tornarían en aprendizajes.

El último caso fue simple, pero contundente. Mientras veía un video de pornografía amateur, el monitor de mi computadora se congeló. Un tono agudo se escuchaba a través de las bocinas. La pantalla se puso por entero azulada. Algunas palabras en inglés aparecieron de pronto. Golpeé varias teclas, oprimí los botones del ratón, pero el video que veía antes no se reanudaba. No me quedó otro remedio que masturbarme mirando aquellos textos sobre el fondo azul, no hubo otra solución más que provocarme placer escuchando el zumbido agudo que no tenía fin.

Es de verdad sorprendente que incluso en las actividades triviales u onanísticas, la literatura sabe abrirse camino.

Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

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