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Oesterheld: la vida en guion


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora 

Uno de los abordajes que la narratográfica ha hecho con respecto de las historias que cuenta tiene que ver, sin duda alguna, con la cuestión de la autobiografía. Esa posibilidad de contar cosas desde el yo y la manera en cómo éste se refleja en el mundo ha dado una gran cantidad de viñetas. Es imposible no pensar, al abordar este tópico, en Maus, la obra cumbre de Art Spiegelman que se constituye, a la vez que voz de la biografía de su padre, exploración de sus propias manías y construcción de su personalidad. En derivas parecidas se inscribe el trabajo de Joe Sacco y, en Latinoamérica, de Power Paola y su Virus tropical.

 Todos los autores mencionados son artistas completos. Es decir, guionan sus historias y las escriben. Algo que se hizo muy popular sobre todo a raíz de la explosión de los comix contraculturales en la década de los sesenta en los Estados Unidos. American Splendor y los comix de Robert Crumb son una muestra esperpéntica, pero revolucionaria, de cómo el medio se adaptaba a la realidad que lo circundaba, incluso careciendo de una técnica refinada en lo que se refería al arte del dibujo.

Sin embargo, para un guionista de historietas la problemática es distinta. Acá, en caso de lanzarse a la aventura de guionar la propia vida, se corre el riesgo de que el resultado final no sea aquel que el autor imaginó en un primer instante. Por estas razones me pareció interesante el descubrimiento de una serie de documentos que funcionan como una voz autobiográfica para el caso de uno de mis héroes y obsesiones personales: Héctor Germán Oesterheld. Para quien haya llegado acá por azares del azar, le informo que mi novela Continuum trata sobre la vida de este autor.

Pues bien, que entre las páginas de Oesterheld en primera persona (Buenos Aires, La bañandera del cómic, 2005), encontramos una serie de entrevistas y artículos que el guionista escribió en primera persona mientras pudo hacerlo, que es decir, antes de que la dictadura militar lo desapareciera en el año 1977. Lo que más me llama la atención de ese conjunto de documentos tiene que ver con un guion que Oesterheld escribe como si fuera su autobiografía. Narra en primera persona y describe qué es lo que llevarían las viñetas de esa historia de su vida que cuenta en 41 cuadros. Hace uso, además, de un sentido del humor que se filtra a su trabajo historietístico pero que aquí es la intención de los textos. Hacer reír y reírse de sí mismo. Narra, por ejemplo, sus primeras aventuras como autor.

[…] 7. MPP del héroe, tapado por un compañero, escribiendo un diario medio escondido debajo del banco. Expresión arrebatada, exaltada, de tremenda energía.

         RECORDATORIA INFERIOR: En el quinto año del Nacional hace sus primeras armas en el periodismo: dirige, escribe y distribuye un diario de nombre irreproducible, copia única, circulación gratuita.

  1. Medio primer plano del héroe, con facineroso, pegándole, siendo mordido, recibe golpe bajo, aplica tremendo impacto al mentón, sangra de la nariz, el otro tiene el ojo en compota. Dar sensación de violencia. Evitando, desde luego, los detalles truculentos, caen pelos, gotas de sangre, dientes. Algún trozo de oreja.

         RECORDATORIA INFERIOR: El diario encuentra la oposición de un diario rival: la lucha es violenta, cruel, aunque el héroe nunca pierde la altura en sus escritos (“¡Las ideas no se matan, bruto!”, “¡Más burro serás vos!”, “¡Animal!”). […]

Y así sigue por 40 viñetas. Relata lo que ha sido su devenir hasta ese año ’58 en que su vida estaba llena de optimismo. Había decidido dejar un trabajo como geólogo de pruebas para un banco e integrarse de lleno al trabajo creativo de la industria del cómic de la Argentina de aquellos años. Es por eso que la descripción de las viñetas 40 y 41 resultan agridulces. El lector avezado en la biografía de Oesterheld sabe que ese optimismo confiado del autor mudará, en el futuro en incertidumbre, crisis y tragedia. Dice en 1958, cuando la editorial Frontera está en auge y los hermanos Oesterheld sueñan con construir una gran empresa:

         […] 40. Cuadro compuesto como si fuera un montaje: O. [Oesterheld] cambiando tiros con Randall y Leonero; O. hablando con Ernie Pike en tienda de campaña; O. regalándole tractor a Joe Zonda; O. en traje aislante junto a El eternauta; O. en la luna con Rolo; O. fumando una pipa con Sherlock Time; … O. escribiendo este guión para Enrique Lipszyc.

         RECORDATORIA INFERIOR: El héroe está trabajando cada vez más… ¿Qué le deparará…

  1. Vertical:

…el futuro? ¿Qué trampas le tenderá la mala suerte? ¿Qué sonrisas, qué caídas de ojos le hará la Fortuna? Si quiere saberlo, amigo lector, ¡no se pierda el próximo episodio!

El amigo lector, al leerlo a la distancia de los años y de la muerte, sabe lo que deparó la Fortuna para él y la mayor parte de los suyos. Cautiverio, tortura física y psicológica, desaparición, ignominia, muerte. Sin embargo, fue siempre un hombre de principios. Un hombre ético que escribía, ha dicho de él Juan Sasturáin. En la entrevista hecha por Carlos Trillo y Guillermo Saccomano en 1975, esto es, en las vísperas del golpe militar y todo lo que trajo posteriormente consigo, Oesterheld habla sobre el ejercicio de la escritura y lo que representa no ser un autor de literatura, lo que otros llamarían, un “autor serio”.

La tentación y el hambre de prestigio los tenemos todos. Cuando pienso en mi familia que me insiste para que haga “la novela”… Da más estatus, completamente diferente. Para mi mujer o mis hijas es distinto decir soy la mujer o la hija de Borges o Sábato y no la mujer o la hija de un argumentista de historietas. Personalmente me siento más satisfecho escribiendo para una masa de lectores de historietas y no escribiendo novelas para una selecta minoría. Hay un libro que escribiría. Mis ganas son terminar la historia de La guerra de los Antartes, como dudo que alguna vez se pueda publicar o dibujar todas esas páginas… Escribiría entonces una novela, para redondear toda esa idea.

Y más adelante, desarrolla sobre las dificultades de dedicarse a la escritura:

Pongamos un poco los pies en la Tierra. Casi ninguno de los grandes escritores, escribió en las condiciones ideales. Creo que el libro viene cuando tiene que venir. Si uno no lo ha escrito es porque la condición de uno no estaba para eso. Si ahora nos da el cuero a los tres, los tres nos dedicamos cada uno a su obra, sacaríamos tiempo de cualquier parte. Estoy convencido de que un José Hernández cuando hizo el Martín Fierro, no tenía toda la guita del mundo, ni estaba feliz en su circunstancia. Al contrario, ustedes saben cómo lo hizo… Ahora voy a decir algo que no lo podrán poner en el reportaje. Si me hubieran preguntado cuál es el mejor escritor argentino… Para mí es el Che. Es uno de los intelectuales que más defiendo. El tipo más leído en Argentina y el autor más tradicional. El más comentado y el más estudiado. Claro, algunos podrán objetarme que lo que él escribió no era ficción. Sin embargo, Churchill recibió el Premio Nobel de Literatura por la Historia de la Segunda Guerra Mundial. Con ese mismo criterio, el Che merece en la Argentina todos los premios habidos y por haber. El Diario del Che en Bolivia es una pieza única. Todavía estamos reeditándola. ¿Por qué será? Porque tiene ese valor a nota periodística y también a cosa vivida. Y otro de nuestros grandes autores es Rodolfo Walsh. Un autor de gran éxito popular. Con obras publicadas en diarios y semanarios políticos. Con Walsh estamos hablando de otro de nuestros grandes. Cuando se habla del boom, de nuestro boom, y se habla de Cortázar y de Sábato… Para mí Walsh está muy por encima de los otros…

Esa misma fe que pone en la literatura que tiene una deriva política, la pondrá en el futuro de los cómics. Para Oesterheld no hay disyuntiva; no hay que elegir entre literatura seria y literatura dibujada. Ambos tienen el mismo valor, pero se encontraban (¿se encuentran?) en momentos distintos de su evolución. El futuro de los cómics, decía HGO en 1965, consistía en convertirse en manifestación importante, quizá dominante, de la cultura popular. Hoy estaría orgulloso de haber lanzado presagios como este hace más de medio siglo:

La historieta se ha quedado frenada, autolimitada, resignada a ser un género para chicos, para adolescentes, para adultos que no abandonaron del todo la adolescencia. Esta situación está cambiando. La historieta, por el empuje de algunos creadores que no se conforman con lo antiguo, que quieren lograr algo más, está poniéndose de nuevo en marcha, está avanzando, reanuda la evolución que tarde o temprano, hará de ella un género tan maduro como el cine o el teatro.

 Más de uno, al escucharme, se estará preguntando: ¿por qué la historieta debe evolucionar?, ¿qué necesidad hay de ella? ¿A qué responde la inquietud de esos creadores que he mencionado, que justificación tiene tratar de darle trascendencia a un género que hasta ahora no ha tenido prácticamente ninguna?

La respuesta es simple: la historieta debe reanudar su evolución porque potencialmente representa un medio fabuloso de difusión cultural; porque debidamente desarrollada, puede enriquecer la vida espiritual de muchos seres prácticamente ciegos hasta ahora a todo lo que sea cultura. Y más aún; cuando se sepa aprovechar todas sus potencialidades, la historieta puede llegar a ser un elemento importante aún en la vida espiritual del más culto de los individuos.

Palabra de profeta. Yo soy la confirmación de muchos de sus augurios.

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

Instantánea Express 07: ganador

Compartimos el texto ganador de la edición 07 de #InstantáneaExpress.


Instantánea Express, #HistoriasSinSpoilers

Fotografía de Dawid Zawila

Buscó la manera de cumplir con su trabajo sin tener que hablarme. Pude estar de nuevo junto a él solo hasta el festejo navideño, el último día de actividades en la Universidad. Después vinieron las vacaciones, pero no supe ya nada más de él, pidió su cambio a otro departamento. Tampoco supe si se separó o no. Qué estúpido. Él. Yo también.

Luis Martín Ulloa | Personas (in)deseables

GANADOR: DANIEL CENTENO

Los secretos en la memoria

Luis lo llevó la última noche. Lo presentó como su hermano. Increíble. Me dijo una vez: “Hay una ventaja en los parecidos físicos”, refiriéndose a nosotros. No sé cómo pudo causarme gracia entonces. Sólo nos parecíamos al fingir.

Saludaban a Luis en la fiesta y lo dejaban atrás como si solo hiciera falta otro día para volverlo a ver. No se despedían porque nadie –excepto yo- sabía que era su última noche en el campus. Era nuestro secreto. El fin.

Hablando de finales, hay algo enfermo en jurar Hasta luego cuando se mira con un Adiós escondido bajo los párpados. Hay que ser mentiroso o falto de dignidad. Sin embargo, hay algo menos digno en no despedirse de quien estuvo a nada de arrancar la superficie por amor. Yo fui ese alguien. Quien arañó la verdad. Luis, en cambio, simulaba que nada pasó -como si con ello volviera invisible nuestra memoria para el resto de quienes estaban en la fiesta; como si con ello evitara la sospecha de que alguna vez estuvimos tan cerca que fuimos una sola sombra.

Sin cruzar palabra, esperé paciente. Luis estaba junto al otro. Esperé al amor, aunque no fuera mío. Quería verlo besar, por última vez, a quien fuera. Si lo hacían ellos dos —Luis y cualquier hombre— podría haberlo hecho yo también. Haber gritado Te amo sin acabar de arrancarle el secreto del cuerpo. Jamás podría traicionar nuestro secreto. Esperé que hiciera cualquier cosa, algo de verdad. Pero no lo hizo. Siguió simulando.

Instantánea Express 07

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Microcolapsos y otro de Personas (in)deseables.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress07. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es hola@editorialparaisoperdido.com y tienen hasta el próximo miércoles 7 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 9 de junio.


Instantánea Express

Buscó la manera de cumplir con su trabajo sin tener que hablarme. Pude estar de nuevo junto a él solo hasta el festejo navideño, el último día de actividades en la Universidad. Después vinieron las vacaciones, pero no supe ya nada más de él, pidió su cambio a otro departamento. Tampoco supe si se separó o no. Qué estúpido. Él. Yo también.

Luis Martín Ulloa | Personas (in)deseables

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Luis Martín Ulloa? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

Canción de amor 2


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

#HistoriasSinSpoilers

Escuché el susurro en mi oreja: ¿te gustaría chuparme los pies?

Subí por las escaleras eléctricas hacia los cines, y a él fue lo primero que vi: echado plácidamente en una banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás permaneciendo. Nadie más se atrevía a sentarse allí. Tal vez les parecía impúdica la manera en que ostentaba sus pies. Calzaba unas sandalias de piel de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran enormes. Preciosos y delgados.

Me quedé cerca, revisando las carteleras y horarios antes de atreverme a mirar. Entre una y otra sinopsis echaba una ojeada rápida, cuidando que él no se diera cuenta. Pero tal vez me demoré algunos segundos porque al  levantar la mirada lo encontré viéndome directamente. Me turbé, no supe qué hacer, hasta topé con algunas personas en mi huida. Caminé apresurado volteando para confirmar que el muchacho no venía detrás. De repente me sentí estúpido y paré.

Entré a la tienda de discos. Me entretuve viendo algunos escaparates. Frente a uno de ropa se me erizó la piel: muy cerca de mí se colocó una silueta que evité mirar incluso a través del reflejo en el vidrio. Me quedé rígido. Revisé las prendas con minuciosidad. Hasta que la silueta se acercó aún más, como mirando algo del escaparate también. Entonces me lo preguntó.

Por fin volteé a verlo. No agregó nada más, solo encontré en su rostro una sonrisa de complicidad, que de cualquier manera no me tranquilizó. Hizo un leve movimiento con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como hipnotizado hacia la salida. Veía acercarse el resplandor del sol afuera, restallando en las puertas. Antes de salir lo tomé de un brazo. Traigo carro, dije. Me dirigió un gesto de extrañeza y, todavía callado, se devolvió en dirección a las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haber dicho eso. Se adelantó un poco, pero se detuvo a esperar que lo alcanzara.

No dijimos nada más, él solamente daba las indicaciones para llegar a donde nos dirigíamos. En aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el breve recorrido me pregunté mil veces qué dirían si alguien de mi casa me viera llevando a alguien más grande que yo, desconocido para ellos. Y para mí.

Deja poner algo de música, dijo apenas llegamos, y comenzó una canción que conocía muy bien porque le gustaba a mi papá: you got this strange efect on me/ and I like it sonaba en las bocinas. Enseguida vuelvo, agregó, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor. Era una casa similar a la mía: comedor, sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. Cuadros, figuritas. Dentro el aire estaba más fresco que en la calle. Regresó y me entregó un objeto muy pequeño en forma de esfera navideña. Lo miré extrañado. Es un chicle, me informó. No supe qué debía hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó divertido ante mi duda, mastícalo un poco y lo tiras. Lo eché en mi boca. Era de sabor menta, muy fuerte, sentí un tufo helado irrumpir en mi garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se deshizo de las sandalias y subió los pies a la mesita de centro. Un exquisito aroma a sudor y cuero llegó a mi nariz. Y me arrodillé.

Tania interpreta el bolero


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

La escena se puede reconstruir con una anécdota y personajes a grandes trazos. Porque sí, es una historia de amor, de iniciación, de infidelidad si gustan. Pero lo importante no serán los hechos, sino la música que los envolvió. Que los vistió, que marcó al protagonista. Éste ha aceptado ir a una fiesta. Lo invitó un amigo algunos años mayor, del cual quizá sería un poco exagerado decir que está enamorado, pero sí que goza decididamente de su compañía. La casa donde se realiza la fiesta está lejísimos, en una colonia a las afueras de la ciudad, que el protagonista (a quien llamaremos, digamos, Ele) no conocía.

Es el “aniversario” de unos amigos de su amigo. Al principio no había entendido muy bien aniversario de qué, y la verdad es que tardó un poco en darse cuenta. Ele mira con atención a los hombres que componen la pareja: son mayores (aunque claro, a sus dieciséis años cualquiera que pase de los veinte es “mayor”), guapos, parece que están bien acomodados porque usan ropa cara y perfumes deliciosos que dejan una estela sólida a su paso. Desea algún día ser como ellos, tener una casa, un buen empleo, un carro como el que está afuera. Una pareja.

Ele no conoce allí a nadie más que a su amigo, quien a veces va a conversar y saludar a otros. Tal vez por eso se esfuerza en poner atención a la música en los momentos que lo deja solo. Así, presencia cuando uno de los anfitriones saca un disco de acetato de su funda, lo pone en el estéreo y comienza a bailar abrazado a su pareja. Tal vez puede ser consecuencia de las bebidas (aunque había aceptado al llegar un tequila con escuer, la verdad es que antes de eso el único alcohol que había ingerido en toda su vida era el de dos o tres cervezas), pero la música le llama la atención en verdad, se oye nueva aunque la canción en sí parece vieja. Elegante, sofisticada. Toma la funda. Al ver a la mujer en la portada le vienen a la mente algunas palabras: canto nuevo, Cuba. No, Cuba no, pero sí otro país latinoamericano. Tania Libertad. Boleros.

El amigo vuelve y le pide que bailen también. Ele acepta su mano y al compás del alcohol y de esa voz, se abandona a sus brazos. Decide que no va a reprimirse más, que ya no le importa que el amigo se dé cuenta que le gusta (too late darling, le diría alguien con ánimos de perrear). Sólo hay un pequeño detalle: Ele conoció meses atrás a otro amigo que también le gusta. Mucho mayor que el que lo dirige ahora en el baile. La voz. Los boleros. Un amigo. El otro amigo. El tequila con escuer.

Por fortuna el destino se encarga de ahorrarle cualquier sentimiento de culpa. Cuando ya ha avanzado la madrugada, su amigo (el que lo llevó a la fiesta) ha bebido muchos tequilas. Y cerveza, y después el líquido de cualquier botella que se encontró. Es notorio que la pareja anfitriona lo estima: cuando se vomita estruendosamente en la sala no se molestan y en cambio lo toman de la frente para que no se embarre de la regurgitación. Lo llevan a un cuarto de la casa a que se recueste y cuando vuelven, al ver a Ele sentado en un sillón, parecen recordar que iba acompañado. Ya puedes irte a dormir tú también si quieres, dicen. Ele supone que lo están invitando a ocupar la misma cama que el amigo y se encamina hacia allá.

En la fiesta quedan pocos invitados. Desde el cuarto, acostado sin quitarse más que los zapatos y a un lado del amigo que ronca sin reparos, Ele sigue escuchando la música, ahora a un volumen más bajo. Aunque de todas maneras, en su cerebro siguen sonando esas notas que, siente, han sido una revelación. Las palabras que cantaba la voz: sabrá Dios si tú me quieres o me engañas, como no adivino seguiré pensando…

De la música… | Los telebrejos II


De la música y sus asuntos

Por LUIS MARTÍN ULLOA

Y sí, la música se puede disfrutar de diferentes maneras. En un concierto, por ejemplo, en algún teatro con excelente acústica, o al aire libre. En una fiesta, donde se puede bailar o hasta cantar en coro. Para mí, se goza mucho más cuando se convierte en un acto íntimo. Y para esto, los gadgets han colaborado muchísimo, por supuesto. Recuerdo que antes de adquirir alguno, me daba mucha envidia ver a mis compañeros de viaje (en autobús o avión), que se colocaban muy orondos los audífonos para enfrascarse en un mundo, en un espacio donde sólo estaban ellos. Nada les hacía que el periplo por delante se extendiera por dos o siete horas. El aburrimiento estaba cancelado si podías acompañarte de tus cantantes y canciones.

La verdad fue que, aún con toda esa envidia, pude acceder al excelso mundo de los que podían oír música en cualquier lado ya un poco tarde. El primero que pude comprar fue, claro, un walkman (aún me da penita cuando recreo una imagen: yo, yendo a todas partes con el armastrote —aquellos primeros modelos no eran precisamente ligeros— sujetado en el cinturón por el clip que tenía en la parte trasera). Y de todos los aparatejos que aún conservo, éste es quizás el que más evocaciones entrañables me trae.

Por ejemplo, aquel viaje en carretera de CDMX a Acapulco. Estaba en un “receso”, en un “lapso de tiempo para pensar” de una relación más o menos tormentosa, así que me proveí de una bolsa repleta de casetes con las canciones más sentidas, para sufrir a gusto en el trayecto. Apenas salió el autobús de la Central coloqué el primero, que contenía las primeras canciones de Alejandro Fernández. El recuerdo es prístino: la canción “Intenta vivir sin mí” fue casi una declaración de principios entonces. Así que me dispuse incluso hasta a soltar una lagrimita así muy discreta, porque tampoco era el caso que todos los pasajeros se enteraran de las penas que me acongojaban. Ni siquiera me importó un niño que viajaba al lado mío (cuyos padres iban en los asientos al otro lado), que me miró horrible todo el tiempo, seguramente porque él quería ir en el lugar de la ventanilla. Pero ni modo, ése era el mío, y además la autoconmiseración funciona mejor viendo el paisaje que volteando hacia el pasillo.

Aaah, pero el destino es bien traicionero, y mi sufrimiento se vería interrumpido de golpe a causa de un error imperdonable: olvidé llevar suficientes baterías, para cambiarlas si se agotaban. Así que ni siquiera habíamos recorrido la mitad del camino, cuando debí suspender recuerdos, lágrimas, música, y me dormí.

Los telebrejos I


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Podría vivir perfectamente sin televisión, pero sin algún aparato que toque o transmita música, no. Esta frase la habré dicho muchas veces a gente cercana. Es casi la verdad (porque, puntualizando: podría vivir sin sintonizar ningún canal abierto o privado, pero no ver películas o series con un reproductor de dvds… eso ya es otra cuestión). Esta melomanía comenzó a gestarse en la temprana adolescencia. Tendrá qué ver con el espíritu romántico de esa etapa, supongo: las primeras ilusiones, el primer enamoramiento, la primera… muchas primicias. Y claro, escuchar música tiene qué ver con los aparatos donde se escucha. Hace días me di cuenta que bien podría hacer una pequeña exhibición de los que he usado (y aún conservo, algunos).

Cuando entré a trabajar como auxiliar de investigación en la Universidad de Guadalajara, siendo aún estudiante, lo primero que anhelaba comprar y compré, fue un estéreo con cd (en 1991, aunque no lo crean, no eran tan comunes). Pero como ése quedó en la sala, necesitaba algo para el cuarto: una grabadora de casettes, después una de cds. Aaah, pero también había que comprar los que uno podía llevar a todas partes. Así, cuando salía de viaje en autobús, podía olvidar los calcetines, pero una bolsa llena de casettes y mi Walkman jamás. Con los nuevos formatos, llegaron los nuevos aparatos. El celebérrimo mp3 trajo la grabadora que podía tocar discos con cien canciones, y el Discman. Podía viajar hasta el entonces Distrito Federal con sólo unos cuantos discos y no repetir ninguna canción. Pero el gusto no duró mucho, pues apareció el nuevo objeto del deseo: ¡el deslumbrante Ipod! Me regalaron el de primera generación, de dos gigas, que gocé muchísimo hasta que me lo robaron. Después, con los puntos de una tarjeta de crédito, conseguí uno ya de versión Touch y de más capacidad. El Iphone nunca me ha convencido, que sea el mismo aparato con el que hable y traiga mi música no me parece algo conveniente. Y ahora con el streaming, creo, se ha detenido un poco el furor por los nuevos armatostes para desviarlo hacia los programas y plataformas, que bien puede uno usarlos desde el mismo teléfono celular.

[Continuará…]