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La prisa del consumo cultural


Lente anónima

Por Mariana Mota

Metanfetamina, decisiones de vida, quebrantamiento de la ley, consecuencias. Los Pollos hermanos. Los últimos días esos temas han rondado mis pensamientos, y Hank, Walt, Jessie son personajes que ya se volvieron entrañables para mí. El problema es que, una vez más, llego tarde a la conversación. Así me lo dijeron recientemente sí, sí, Mariana, pero ya se habló de Breaking Bad hace mucho. Aunque las palabras iban en tono de broma, una verdad se asomaba.

Existe una presión latente en cuanto al consumo de entretenimiento y arte. ¿No has leído Cien años de soledad?; Maestra, ¿no conoce a Canserbero?; ¿Nunca has visto House of cards?; ¿No sabes quién ganó el premio Cervantes este año? El tono de esas preguntas parece más acusativo que interrogativo, como si todos tuviéramos la obligación de acercarnos a ese estupendo producto en el momento en que sale al mercado, cuando los “expertos” lo están degustando. Aunque también entiendo que es una manera de expresar sorpresa: ¡cómo puedes perderte esta maravilla que a mí tanto me gusta!

Una de las características que tiene el arte, creo, es la atemporalidad: un cuadro, una película, una novela, una canción va a generar revolución en la persona, sin importar el momento en el que llegue a ella. Y una de las ventajas de la ignorancia artística es que hay todavía más terreno por descubrir: toda esa música que no escuché en mi adolescencia, por obsesionarme con los pobres discos de Mercurio y Flavio César, siguen siendo novedad para mis oídos. Y aunque en un principio me apenaba no saber quién era Kurt Cobain o Jim Morrison, hoy me pasa lo contrario: me emociono cuando escucho nombres desconocidos porque imagino el terreno de posibilidades que aún me falta por explorar. Y toda esa obra de la que me perdí, si en verdad es artística, me va a significar algo similar a aquellos que tuvieron la suerte de acercarse al pastel recién salido del horno.

Hace poco también comprendí lo que podría ser la antítesis de lo que estoy diciendo: productos que deben ser vistos en el momento en que salen, pues fuera de contexto pierden sentido. Durante muchos años supe de una película que reunía a un gran atractivo visual de Hollywood y que, supuestamente, revolucionó por su temática, pero nunca la había visto. Hace una semana vi Entrevista con el vampiro y me pareció ridícula y pretenciosa, pero quizás en su momento no haya sido percibida así. ¿Los productos cambian con el paso del tiempo o uno es el que se transforma? Siempre ha existido esa interrogante y me atrevo a decir que es un poco de ambas.

Quizás el arte también sea una especie de moda: palabras que se cuelgan como collares modernos, opiniones que perfeccionan el rostro. Y si no el arte, al menos la opinión sobre él. Yo siempre me he asumido indiferente a la moda de la apariencia (anticuada, incluso), y ahora me doy cuenta que también de la cultura y del entretenimiento: me gusta utilizar los sentidos a mi propio ritmo. Sin presiones, sin obligaciones; no importa si el mundo ya habló de lo que yo apenas me aventuro a conocer. Aunque reconozco que llegar tarde me priva de ciertos placeres, como el de la conversación, pues cuando algo pasa de moda, ya no es atractivo en el discurso, pues hay nuevas cosas por las cuales discutir. Por cierto, todos tenían razón: Breaking Bad es hermosa literatura visual y finalmente entiendo las razones.

 

Instagram, el wiki libro de imágenes


Lente anónima

Por Mariana Mota

Sin importar las películas, libros o historias que consuma, no puedo imaginar con detalle las obsesiones que tuvieron mis antepasados en su día a día: al despertarse, a la hora de la comida, mientras se encerraban en el baño, durante una conversación, minutos antes de dormir. Quizás, como también ocurre ahora, pensaban en la trascendencia o felicidad. Quizás en el miedo, la envidia, la calma, el anhelo. Pero mi duda no va hacia lo abstracto de esas palabrotas, sino a algo más concreto: ¿habrá existido en tiempos antiguos un objeto que reuniera todas esas emociones, y que fomentara en el hombre la obsesión de enfrentarse a ellas constantemente, cada cinco minutos? Hoy, me queda claro, ese objeto es el celular. Y si delimito un poco más diría que las redes sociales.

Posiblemente todos tenemos una que nos vuelve más débiles, y en mi caso es Instagram: el gran Olimpo visual. En esa aplicación encuentro la utopía de la belleza constante y permanente. Gracias a la tecnología y a la inmediatez, todos somos aspirantes a fotógrafos y videógrafos, pero no se trata, en mi caso, de seguir a cualquiera que componga imágenes más o menos lindas: se trata de estilos de vida, aspiraciones, inspiraciones, posibilidades. Instagram es otra gran ficción de la que somos meros espectadores que se van involucrando con las historias que consumen. Cada cuenta es un universo de cuentos que nos contamos unos a otros sin necesidad de utilizar palabras.

Hace poco mi roomie, que solía decirme que paso mucho tiempo en la aplicación, llegó muy contenta a confirmarme que Instagram era una maravilla, pues en su clase de cocina le sugirieron algunas cuentas de chefs de todo el mundo. Hasta entonces, creo, entendió mi relación con ese infinito aparador visual.

¡Claro! Para mí no se trata de abrir una cuenta, seguir a los amigos e intercambiar cada momento del día (para eso está Whatsapp o Facebook; y como me acaba de decir un amigo, cada vez se pone más aburrida); tampoco se trata de seguir a artistas famosos que, al igual que algunos de nuestros contactos, utilizan la herramienta a manera de egoteca para mostrar si están en el gimnasio, en el restaurante de moda o en la fiesta (lo hice: un día por morbo busqué a esas estrellitas de televisa que fueron mis ídolos en la pubertad, y concluí que a las estrellas es mejor verlas de lejos para que no pierdan su brillo).

Se trata de buscar fotógrafos, videógrafos, tatuadores, pintores, decoradores, viajeros, poetas, arquitectos, chefs, alfareros, carpinteros, diseñadores; o incluso sí, un amigo cercano, que con sus apasionantes ficciones diarias fomenten nuestras obsesivas aspiraciones.

Ahora que termino de escribir esto, se me ocurre una evidente respuesta a esa pregunta con la que inicié: ¡un libro! Creo que la ficción —las historias en general— es lo que desde siempre nos ha alimentado la adicción de querer estar aquí y allá; de meternos en la vida de los otros, de vernos reflejados en espejos que no nos gustan, de aspirar a lo que no tenemos. Solo que nosotros, con las redes sociales, tenemos algo de lo que ellos carecían: la posibilidad de ser parte de esas historias y de que los demás se reflejen en las nuestras. Es como si entre todos estuviéramos leyendo, y al mismo tiempo escribiendo, la enorme historia de un mismo libro de manera visual.

Relato de un martes salvaje


Lente anónima

Por Mariana Mota

Estaba justo en el punto de intersección. Girar a la derecha significaría continuar con mi agenda: avanzar; doblar a la izquierda, en u,  era regresar al punto del que había salido. Retroceder. De haber estado tranquila, aquellos veinte segundos en que debía tomar la decisión me habrían punzado menos en el estómago, pero la furia invadía mi coche, así que los sufrí. Era mi sentido de la responsabilidad versus las poquitas ganas que tenía de volver al salón de clases. Una llamada quizás hubiera bastado, pero pocos días antes Telcel me había arrebatado, a la mala, mi saldo y no me di el tiempo para resolver ese problemón. Mi único medio de comunicación era el presencial.

¡Maldita sea! ¿Regresé o no a su lugar el kit del pizarrón interactivo? Así es esa poderosa mezcla de frustración, enojo y soberbia: me hace perder la memoria del ahora y hago las cosas de manera automática, sin la mínima conciencia. Son todas las telenovelas de televisa juntas; no se trata de nada, solo hay violencia y ya; maestra, no me está gustando nadita; son como capítulos de La Rosa de Guadalupe; me estoy durmiendo: en mi pensamiento solo había espacio para las frases que aquellas bestias pronunciaron minutos antes, no importaron mis esfuerzos por recordar si había puesto el kit en su sitio.

No iba a estar tranquila hasta asegurarme de que todo estuviera en su lugar, así que, después de ver la hora y asumir que perdería tiempo, giré a la izquierda. ¡Ojalá no me tope con ninguno!, pensé, con la bilis en la garganta y probablemente en la cara: qué peligroso es que las facciones no sepan disimular las emociones. Estaba segura de que mis esfuerzos por ocultar mi molestia y guardar la compostura habían sido en vano: probablemente todos se habían dado cuenta de mi estado cuando di por terminada la clase y les pedí que reflexionaran sobre j, k y l, a propósito de la película que acabábamos de ver. Me han dicho que mis ojos fulminan; así que a querer o no, debí reprobarlos con la mirada.

Volví a pasar la credencial por el lector y la pluma-guardia me dejó ingresar. El enojo continuaba, pero había ido de acribillarme con las frases de los chicos a hacerlo con preguntas sobre mis métodos: ¿no han funcionado en absoluto las últimas cinco semanas?, ¿tanto hablar de premisas, intenciones, psicología del personaje, no había despertado una mínima intención de análisis? Mientras caminaba rumbo al edificio me hice consciente, ahora sí, de mis pasos veloces. Esta juventud no tiene remedio, me dije mientras pensaba en Zutano o Mengana, y justamente la voz del primero me sacó de mis pensamientos. Me interceptó a medio camino para avisarme que había olvidado mi celular en el salón y que lo entregó al prefecto. Sorprendida por su gesto salvador, le di unas enormes gracias y aumenté la velocidad de mi paso mientras metí la mano al morral. Revolví todo, y cuando estuve en el marco de la puerta de aquella sala de maestros a la que originalmente me dirigía, corroboré que en efecto no lo traía.

Entré al salón, dirigí la mirada al estante de los kits y ahí estaba el mío, muy formadito en su lugar. Ya uno se siente perdido sin ellos, ¿verdad, maestra?, me dijo el prefecto mientras me entregaba el aparato. ¡Sí! De haberme percatado me habría sentido perdida todo el día, pensé. Agradecí y salí del salón. Mi paso ya era más calmo, pero la furia seguía en mí, esta vez me taladraba con una nueva pregunta, relacionada al origen de mi molestia: ¿que su gusto no coincidiera con el mío, que se precipitaran a una lectura que yo considero superficial, que sus comparativos hubieran sido pobres? Casi al llegar a mi coche me topé de nuevo con Zutano, que estaba contento de que yo hubiera recuperado mi celular.

Veinte minutos después yo estaba de nuevo en la intersección, esta vez con mi celular en el morral, con la certeza del kit en su lugar y con una premisa más clara sobre la película: el ser humano es una bestia salvaje que se despierta a la mínima y estúpida provocación. Todos. Algunos tratamos de domarla y a otros nos cuesta trabajo, pero ahí la llevamos dentro. También pensé en esa garrafal mentira de que la juventud de ahora no tiene remedio: ojalá a mis diecisiete años, o incluso ahora estuviera tan despierta como lo están estos chicos. El enojo tiene el poder de destruir, momentáneamente, lo que tanto trabajo ha costado construir. Esa maldita furia me seguía palpitando, pero ya tenía una apariencia distinta. Al día siguiente tuvimos una clase-conversación muy productiva y todos nos pusimos a escribir nuestro propio Relato Salvaje.


Fotografía: Morgan Basham / Unsplash

Por favor, no las fabriquen


Lente anónima

Por Mariana Mota

Toda mi vida adulta le he huido al trabajo: horarios estrictos, responsabilidades grupales, juntas interminables e innecesarias, fiestas en donde Cuco, el de compras, se besa con Susana, la de finanzas; gente. Códigos de vestimenta. Conversaciones obligadas. Chistes que no me causan risa. Como son situaciones que no me llaman la atención a mí, señorita anti social del mes de junio, pensaría que al resto tampoco (y señorita ego); pero resulta que muchas personas, y yo las admiro, en verdad disfrutan el trabajo. Mejor dicho el trabajo de oficina, porque después de una buena crisis de identidad profesional entendí que sí me gusta trabajar, pero no en un ambiente colectivo.

Tuve suerte, pues probé las bilis (y algunos almíbares, reconozco) de la rutina corporativa en un par de ocasiones, y por ello garantizo que el sabor que más disfruto es el de producir en casa. No me desviaré hablando de lo complicado que me resultó asumirme freelance  y vivir de esta manera, más bien quiero acercarme un poco a lo que me significa esa libertad. El tiempo lo distribuyo y lo priorizo yo, la moda es decisión mía, la productividad ocurre si me enfoco y me decido. En cuestión de minutos mis ojos pasan de un libro al piano; mi cuerpo, del sillón a la bicicleta fija; mi pantalla, del Premiere al Word; mi ánimo, de la depresión a la euforia. Estas delicias las disfruto todos los días, pero confieso que también las sufro.

Trabajar en casa me obliga a tener distractores externos, fuerza de voluntad para no quedarme dos horitas más en cama, confianza en mis proyectos, un sobrecito que diga ahorro del diez porciento de mis ingresos para regalarme un bono navideño: esfuerzos, como a todos. Y, por otro lado, es tanta la comodidad que rodea mi ambiente laboral que el mundo exterior no me atrae mucho (sobre todo porque igualmente me entero de Cuco, de Susana y de los malos chistes en mi universo virtual); pero si quisiera ser una completa ermitaña, la docencia no me funcionaría: son esas breves y esporádicas dosis de convivencia las que me han salvado de esta locura de hablar con mi perro (exclusivamente).

Por eso cuando vi el video que compartió CLTRA  CLCTVA (¡qué buen logo! Siempre pienso en el sitio como Cultura Colectiva, con todas las letras) me dio miedo. Si llegaran a fabricar la Mesa para trabajar acostado —y sobre todo a popularizarla como un mejor camino en este viaje profesional—, no tendría más remedio que, a la larga, utilizarla y caer en el temido y repudiado sedentarismo extremo; en esa tremenda seducción de la tecnología y del mundo simplificado que me disgusta, pero al que me he hecho adicta. Ojalá que nunca salgan al mercado y pueda yo seguir disfrutando de esta postura semi-erguida, en la que aún muevo varias partes de mi cuerpo. Y si ocurriera el universo Wall-e, y el invento ese resultara, como muchos, un gran brote de ingenio y de beneficios, espero aumentar mi fuerza de voluntad y encontrar razones para salir del edificio. Aunque quizás todo tenga que ver con una personalidad solitaria y no con el trabajo en casa.

 

Netflix: de la palabra amor y sus derivados


Lente anónima

Por Mariana Mota

Acuñar el término amante exclusivamente a las personas quizás sea un poco reduccionista. Y, por otro lado, dicen que el excesivo uso de la palabra cae en la exageración y el absurdo: el amor es privilegio para personas, o seres vivos; no para objetos. Uno no ama los frijoles, la montaña o los vestidos; pero sí al papá o a la esposa. Y ya no digamos cuando saltamos de una expresión simplona como amo Netflix a una enfermiza como Netflix es mi amante. Yo soy otra de esas tantas enfermas que así lo dirían.

Algunos incluso se apropian de la carga activa de la relación al decir soy amante de los tacos, como si fueran ellos, los individuos, quienes brindan el placer al alimento; a mí me parece que funciona al revés: hacerla mi amante significa que es ella, la plataforma digital en este caso, quien me satisface a mí, mientras que yo pasivamente me dedico a recibir. Evito hacer planes en el exterior, me desvelo, disminuyo mi tiempo de productividad; todo porque sé que algo en ella me va a erizar la piel, o me va a acelerar el pulso, o al menos me va a entretener: efectos que provoca un amante en su amado.

Y como cualquier relación basada en el placer, existen ciertas rutinas sagradas que funcionan distintamente para cada tipología: solteros (que son completamente libres en la elección de su programación y que quizás pasen un tiempo excesivo en la plataforma), casados/arrejuntados (que, aunque puedan seguir programas de manera individual en sus tiempos libres, generalmente se aplastan en la cama o en el sillón juntos, van comentando lo que observan y hacen pausas para los besitos y caricias), roomies (que gozan de la individualidad sin remordimiento y la mezclan con la compañía ocasional o frecuente y recomendaciones del otro). Y como buen amante, también provoca remordimientos: cuando la elección fue azarosa y terrible, o cuando se invierte más tiempo buscando que viendo.

Además de ese ritual sagrado que se genera en el espacio donde reposa la televisión o la computadora, hay relaciones muy íntimas con la pantalla de cada aparato: el universo de posibilidades es tan vasto que, aunque en seis días me puedo echar una temporada completa de una serie que acaban de subir, un par de días después suben trece capítulos más de aquella otra que me eché hace seis meses y cuya historia ya no tenía tan fresca.

Una y otra van desfilando las temporadas (y películas y documentales, por supuesto). Ahorita, por ejemplo, me divierte la quinta temporada de Orange is the new black, y me fascina la primera de Mr. Selfridge (que ya tiene cuatro temporadas pero que apenas descubrí.¡Largo camino por recorrer!). Y mi espíritu ansioso espera la tercera de How to get away with murder, la cuarta de Bates Motel, la segunda de Jessica Jones, la tercera de The affaire, la séptima de The walking dead. Y prefiero dejarme sorprender cuando encienda la televisión y vea las palabras mágicas: nuevos episodios; contrario a muchos que investigan y saben si esas temporadas tan esperadas llegarán, o si el rating no dio para eso. El factor sorpresa aumenta la satisfacción.

El festival de Cannes podrá iniciar guerra contra Netflix, y tendrá sus razones válidas, pero de que es un mejor amante el formato digital, inmediato, multi-sala e igualmente internacional, lo es. Para mí sí, y creo que para otros tantos millones de personas también. Y ya le estoy echando el ojo a HBO: ¡las posibilidades se multiplican y un tiempo valioso escurre en mi sillón!

“Ocho mil” a la una…


Lente anónima

Por Mariana Mota

 

Para enfrentarme a otra de esas emociones que genera una primera vez, hace poco acudí a una subasta. Mi hermano, otro apasionado de la fotografía (y de las personas que encuentran el rumbo de su vida a muy temprana edad), nos comentó del evento. Desde mi casa pedimos un Uber y, aunque el destino quedaba allá en Zapopan, el golpe económico no sería tan fuerte dividido entre cuatro; todos lo agradecimos en silencio, pues cincuenta, cien, doscientos pesos nos salvan la vida últimamente. Algo me dice que no somos los únicos que atesoran cada Benito Juárez o Morelos que le llega al bolsillo.

Las treinta obras lucían profesionales en sus marcos y estaban listas para que el público las disfrutara, con vías de echarle el ojo a aquella por la que pujaría (ellos; nosotros seríamos meros espectadores). ¿Si no supieran que el autor tiene veinte años, lo adivinarían por las imágenes que toma? les pregunté. Dijeron que no. Todos señalamos nuestras favoritas: retratos de niños de la India, paisajes africanos, animales salvajes. Es difícil creer que con veinte años de edad se hayan hecho viajes semejantes; pero al ver la elegancia de la situación, me resultó comprensible. El dinero suele ser un factor que propicia el arte. Y al decir esto me arrepiento de inmediato: se puede hacer arte en el barrio más pobre de la ciudad; pero sí creo que el factor económico influye en la cultura, en la apreciación estética y en la difusión.

El joven artista, con copa en mano, disfrutaba su noche rodeado de familiares y amigos (entre los que figuraban políticos de la zona, abogados, publicistas, benefactores; eso lo supimos más adelante). Mi hermano y yo, al fin cortados con la misma tijera o hechos del mismo papel, lo observamos, tan resuelto a su corta edad, y sentimos nostalgia; una especie de curiosidad. Coincidimos en que a los veinte años nos era impensable ser fotógrafos que recorren el mundo para capturar belleza, pues nuestra urgencia era de un descubrimiento interior: primero me entiendo a mí y después al mundo; primero me quito las telarañas y luego hago figuras con los hilos. Quizás hasta ahora, a nuestros treinta y tantos, lo estamos intentando. Dicen que nunca es tarde.

Se llegó el tiempo de la subasta. Aunque tuvo un comienzo tímido, terminaron por irse todas las piezas en medio de un festivo y generoso alboroto. La fotografía que había llamado mi atención —porque más allá de mostrar la belleza natural de un lugar, contaba una historia— se la llevó una adolescente que no bajó la paleta del aire. No le importaba a cuánto ascendiera el precio: se iría a casa con aquel instante africano que su amigo capturó. Me pregunté cuánto habría querido o podido pujar yo, y definitivamente no superaba los cuatro mil quinientos pesos que ofreció ella. Me contesté que en realidad no me veía adquiriendo una obra de manera pública: prefiero el calor de la privacidad. El caso es que la chica ganó. A veces se pierde; muchas otras ni siquiera se participa. Recordé aquel grito que un hombre de la calle nos echó a mis amigos y a mí, mientras desayunábamos en un modesto restaurante: pinches ricos. Cuán versátil y viajera puede ser esa frase.

Salimos de ahí con muchos temas de conversación, y en casi todos figuraban las palabras dinero, clases sociales, arte, posibilidades. Blof. Resentimiento. Dijeron que se destinarían las ganancias a un albergue para niños: qué bonito. Luego supe que solo un porcentaje: igualmente lindo. Peculiar tema es el precio del arte: a veces lo fija el artista, a veces el público; y muchas pueden ser las razones para adquirirlo: aplauso a un amigo, apoyo a una causa, gozo por la obra, estatus ante un grupo. Cerramos los temas y volvimos a escarbar en nuestras bolsas; a cada uno nos correspondían veinticinco pesos esta vez.

 

De la “selfie” al autorretrato


Lente anónima

Por Mariana Mota

Hace tiempo acudí a un taller de fotografía. En la primera y única sesión a la que asistí, omitiré las razones por las que no regresé, el moderador nos platicó una estrategia de márquetin que me pareció interesante: hacer una sesión de fotos a quien estuviera interesado, sin fijar un precio. Seleccionar el que, a su juicio de experto, fuera el mejor retrato; compartirlo con el cliente, en baja resolución, para que este lo coloque como fotografía de perfil en Facebook. Después de dos días, a partir de la publicación, contar el número de likes  y pagar al fotógrafo veinte pesos por cada uno; hecho el depósito, enviar el resto del trabajo fotográfico al cliente. Me imagino que soltar dos, tres o cuatro mil pesos sería un acto de gusto —además de que sería buen precio—, al ver esos cien o doscientos likes debajo de un lindo retrato que nos represente. Aunque también habría los que ponen la economía por encima de la popularidad y estarían deseando no pasar de los cinco pulgares.

A cada grupo con el que comparto aula siempre les lanzo una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre un autorretrato y una selfie?, visto desde los dos ángulos que normalmente tratamos: el visual y el literario. Las respuestas que damos, me incluyo porque también intento buscarlas, suelen variar, pero oscilan en el espectro que va de la composición a la intención. Un retrato, sea capturado por uno mismo o por alguien más, debe ser honesto y mostrar al menos una de las distintas versiones que somos, sin maquillaje. Esa es una conclusión a la que llegamos; como esa otra que rechaza una imagen en la que hacemos todo lo posible por mostrar solo el mejor ángulo, bien acicalado; uno que nos guste mucho.

Envidiable labor es, entonces, la que realiza un retratista. El fotógrafo que representa productos, eventos, momentos, tiene una responsabilidad muy distinta a la de aquel que muestra un pedacito de la autenticidad de un individuo; ni más ni menos compleja, simplemente diferente porque somos las personas las que más solemos ocultarnos. Quién sabe de qué o por qué; como si el otro no tuviera imperfecciones, como si el que no soy yo viviera eternamente en una emotividad de selfie. El que fotografía retratos debe ser una especie de psicólogo, muy empático, que confeccione un ambiente en el que aquel que se verá vulnerado ante la cámara se sienta en plena confianza; estado que por lo general únicamente alcanzamos en la intimidad de la habitación propia.

Dice Henrry Carroll, y me encanta la manera en que lo expone, que los hay francotiradores, porque acechan a su presa desde lejos; agentes secretos que se acercan y establecen relación con el que se eternizará en la imagen; y asesinos que se acercan, disparan y huyen. No todo retrato nace, pues, bajo consentimiento de ambas partes, como sería el caso de una sesión preestablecida. Y todo retrato, dicen por ahí y yo coincido, debe hablar siempre de dos sujetos: el que está frente a la cámara y el que está detrás, pues el estado de ánimo, la percepción, la imaginación y la creatividad del retratista también se plasmará para la posteridad en esa imagen.

Quería aprovechar este espacio para hablar acerca de algunos retratistas: sus métodos, conclusiones, intenciones, resultados; pero se me fue el tiempo mascullando sobre el mero objeto —o sujeto— que es el retrato; tendré que dejar mi conversación grupal para otra ocasión. Me quedo con la idea de que todos deberíamos intentar un autorretrato, en algún punto de nuestra vida. Literario o visual, qué importa, pero fabricar un pedazo de honestidad que vaya más allá de la bonita selfie. O todos deberíamos componer un retrato de alguien más; sería una linda experiencia de comunicación e intercambio.

Bellas de cabaret


Lente anónima

Por Mariana Mota

A manera de intro

Crecí en un hogar católico bastante convencional: misa los domingos, oración al despertarme y antes de dormir, ama a tu prójimo, mejor víctima que victimario. Sábados con Pedro Infante en la televisión estaban más que permitidos; llegué a aprenderme los diálogos de Escuela de vagabundos mucho mejor que los de cualquier película de Disney. Siempre en domingo: adelante. Sábado gigante: no, pero porque nunca me gustó Don Francisco. Pandora. Gente con chispa. Una que otra telenovela; en realidad las vi casi todas.

Menciono mi origen religioso porque asumo que los permisos y la cultura visual que nos aprueban consumir están infinitamente ligados a eso. Éramos católicos deadeveras, llenos de todos los tabús que aquello implicaba, como por ejemplo: Olga Breeskin no es un espectáculo apto, no es una mujer decente. Cuidado con que aquella encueratriz apareciera en televisión: ¡a cambiar de canal! A omitir su nombre, eufemismo de la vulgaridad.

El cabaret, las vedettes y la sensualidad femenina no fueron parte de mi cultura, quiero decir que no desarrollé un gusto estético ni un interés conceptual por ese universo, tan representativo de México. Con el paso del tiempo mi religiosidad se vio debilitada, al igual que mi gusto por las telenovelas, y mi interés por el mundo del cabaret y por esas mujeres de la vida galante despertó. Creo que fue la literatura quien me quitó la venda moral de los ojos: dos de mis cuentos mexicanos favoritos hablan precisamente de ese cuadro tan atractivo en el que las mujeres como Olga y como muchas otras se humanizan: son sensibles, vulnerables, vanidosas, deseosas de encontrar el amor, inseguras; y envejecen. También ellas envejecen, como algún día haré yo, que ya empiezo a sentir temor por el tema.

En Nadie los vio salir, de Eduardo Antonio Parra, y en El alimento del artista, de Enrique Serna, la estructura narrativa y el tipo de lenguaje son tan atractivos como la idea de sí mismas que tienen esas mujeres que cuentan las historias. Ambos autores pintan bellos cuadros con palabras; pocas veces había leído textos tan visuales que casi me convencen de estar ahí, en escenarios que me eran tan desconocidos y por lo mismo fascinantes.


#Instantánea #HistoriasSinSpoilers

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Cabaret

Hace unos días le sumé otra historia a mi pequeñísima colección de imágenes de cabaret: Bellas de noche, documental que sigue la vida de cinco reconocidas vedettes. Me gustó la idea de ver, finalmente y sin culpa alguna, a Olga Breeskin y entender la figura que le tuvieron que fabricar a aquella violinista para que fuera un producto vendible. Eso habla de una época: probablemente hoy con ser músico talentoso hubiera bastado. El documental, al igual que los cuentos, está lleno de fotografías muy poderosas en donde el estereotipo de la bailarina de noche se cumple: drogas, sexo,  rock and roll. Lo que más disfruté del trabajo cinematográfico es la evolución dramática: un inicio lleno de risas, aplausos, fama; un final tapizado en lágrimas, dolor, fracaso.

Me rompió la paz una escena donde Wanda Seux, en la actualidad, vive en condiciones deplorables rodeada de más de diez perros. Una Princesa Yamal  que en medio del llanto narra su episodio de nota roja del pasado. Una Lyn May que presume de tener sexo tres veces al día, como si la sensualidad aún rigiera su vida; cuando en realidad la mueve el amor por su viejito, que apenas puede caminar.

La constante en todas las historias de estas mujeres es ese deseo de aferrarse al pasado, como si allá en los años mozos, donde sus cuerpos eran tersos, hubiera estado escondida la verdadera vida. Son estrellas, o se sienten como tales, que no asumen el paso del tiempo y esa cualidad es, quizás, lo que me parece atractivo del tema: el tabú no está en el cuerpo desnudo o en el amor de alquiler, sino en la felicidad de oropel  que muchas terminan por aceptar como un error.

Me sigue pareciendo una realidad fascinante pero al mismo tiempo, tras bambalinas del cabaret, hay una compilación de imágenes dolorosas que incluso algunas de esas bellas de noche rechazan. Como Olga, que hoy en día haría muy feliz a mi papá si supiera que dedica su talento musical a cantarle al mismísimo Dios. La vida da unos giros inesperados. A fin de cuentas me gusta todo lo que es verdadero, aquello en donde las emociones vienen desde lo más profundo. Es un hecho que en esos espacios nocturnos lo que abunda es la pasión, y ahí quiero estar como espectadora.

La venus de Willendorf


Lente anónima

Por Mariana Mota

Teníamos pocas semanas de conocernos, pero todo indicaba que la relación había comenzado con el pie derecho, como dice el lugar común. Me descubrí más apasionada que en mucho tiempo; a ellos, en un principio, los percibí inquietos y distraídos, hasta aquel martes en que una imagen les movió su tapete, y al mío lo hizo la reflexión que se desprendió de ello.

El muchachito que ya había llamado mi atención por su irreverencia y rebeldía volvió a hacerse notar después de mis interrogantes: ¿Qué es el arte? ¿Qué es un artista? Pregunté sin yo tener una respuesta única o irreductible, lo bonito de estas asignaturas es que en cada grupo surgen nuevas conclusiones; o nociones, mejor dicho. Yo soy un artista, tengo cuatro mil seguidores en Instagram, dijo hinchado de orgullo. ¡Ándale! Un artista con cuatro mil seguidores, repetí en voz alta.

El comentario me causó gracia y admiración a la vez: la primera porque, si bien me es imposible asegurar quién puede o debe colocarse esa enorme etiqueta, estoy segura de que la popularidad en redes sociales es una variable que permanece fuera de la ecuación; la segunda porque sigo sin entender el fenómeno de la efímera fama virtual, pero reconozco que no debe de ser fácil lograr que tantas personas te sigan, seas un genio, un entusiasta o solo la sombra de un ego desesperado por pulgares levantados. Sus compañeros entonaron una risa de complicidad que probablemente daba fe a sus palabras, y después nos olvidamos del tema.

Saqué mi celular y por primera vez entré en la aplicación cuyo funcionamiento me había explicado el técnico días antes. ¡Cuánta tecnología, para mi rudimentario y arcaico ser! En pocos segundos el cañón instalado en el techo proyectaba las imágenes de mi moribundo IPhone. La primera en aparecer frente a la pantalla blanca era la robusta Venus de Willendorf. No les expliqué nada y solo les pedí que la observaran detenidamente y después, en sus cuadernos, la describieran, interpretaran e incluso nombraran. Pasaron varios minutos antes de que el silencio nos coronara; por supuesto que primero hubo otro concierto de risas y murmullos. Mujer gorda, Cabeza rara, Mujer con toalla en la cabeza. El nombre con el que la bautizó el artista de los miles de seguidores fue el que más me impactó: Cerda. Algunos otros, mayormente mujeres, no hablaron de las curvas de aquella figura de manera despectiva y más bien acertaron en decir que aquello era una manifestación de la maternidad.

El tiempo se nos pasó veloz mientras debatíamos acerca de las características de la imagen; noté en sus ojos un brillo nuevo que decidí interpretar como interés por la historia. Uno de ellos estaba impresionado: es como platicar con personas de otros tiempos. Con alguien del 2015, dijo el artista, convencido de que aquella escultura no podía ser de este año, pero sí de hace un par.

Después de un rato de discusión, tomé el celular e hice aparecer otra imagen, del mismo periodo, aunque un tanto distinta. Ellos continuaban con su tarea de interpretación y yo seguía clavada en el artista del aula. ¿De dónde viene esa necesidad humana, tan natural, de ser reconocidos? Nos es menester ineludible ser vistos por el otro; sí, pero lo que más me causa interés en este juego de identidades es el camino de dos sentidos: también hay un deseo de reconocer al otro, una necesidad de saber quién está detrás de aquellas obras que tanto impacto nos han generado. Esta curiosidad de conocer a quien sí logra expresar con elocuencia el universo enmarañado de su mente, se sacia cuando conocemos su nombre, cuando con gusto le colocamos esa enorme etiqueta de artista. El peligro, y mucho se ha hablado de esto, es cuando el nombre se vuelve más importante que la obra.

Volví a dirigirme a ellos para escuchar sus opiniones y quedé fascinada al notar que todos tenían algo que decir, que no estaban siendo víctimas de su gran deidad Whatsapp. Bueno, pero ya dinos quién la hizo, dijo la chica de enfrente. ¡No lo sé!, ¡No lo sabemos! Grité emocionada, y quizás eso sea aún más bello. No nos importa quién esté detrás, nos interesa el mensaje o sensación que logremos extraer de su obra. Los miles de años que han pasado desde su creación y el impacto en la humanidad que generó esta estatuilla de apenas diez centímetros, probablemente conviertan al autor en un artista (quizás no, ¿quién lo determina?), no los miles de seguidores que pueda tener (sí, lo dije; fui una canalla), pero al menos a mí ahora no me interesa su nombre. El arte siempre debe ser superior al artista, concluimos esa mañana, aunque nunca muera el deseo de ser reconocidos y de reconocer.

Disparos a la memoria


La lente anónima

POR MARIANA MOTA

No compartas las imágenes. Estas palabras me llegaron por diferentes medios la semana pasada. Yo sabía de qué hablaban aquellos que lanzaron la invitación al huracán de las redes sociales, que a veces parecen más bien telarañas; pero tras la petición, casi súplica, de no alargar más la cadena de miedos globalizados que entran por los ojos, decidí no alborotar mis propios temores: no di play al video ni hurgué en las fotografías que probablemente tienen a muchos con un paquetazo de íes extra: inseguridad, inquietud, intranquilidad; con un desasosiego que no tenían antes de vulnerarse así frente a su Majestad Imágenes.

Si así me siento yo, que no sucumbí ante el morbo en esta ocasión, ¿cómo se sentirán otros? Hace poco, en una de las tantas veces en que me ha vencido la curiosidad o la ignorancia, reproduje un video que me tiene sufriendo al día de hoy; no lo describiré para no alargar la cadena, pero sin duda ahora que tengo esa imagen de dolor y sufrimiento animal en mente, mis lapsos de dolor y sufrimiento humanos son mayores. Me parece acertado el consejo de la abstinencia. Si las malas noticias llegarán de cualquier manera por la vía auditiva, mejor evitarlas por la visual.

Así de poderosas son las imágenes, disparos que sacuden a la memoria. Sin ese fragmento de tiempo que permanece impreso para siempre, los recuerdos se adormecerían y nos quedaría quizá un rumor de realidad. Al menos a mí me sucede aquello del olvido, y en consecuencia me volví amante y adicta al poder de las fotografías fijas y en movimiento: ver, buscar, disfrutar, tomar, editar. Y más infinitivos. Esos sencillos cuadros son copias, nunca completamente fieles, de escenas cargadas de emociones, y me imagino que para nuestra propia condición humana el milagro de ese espejo social y personal resulta irresistible.

Yo sí quiero compartir imágenes, pero no me interesan las que narran de manera desgarradora y morbosa una realidad tan punzante, tan cercana; esas que son un espejo nítido pero ensangrentado por el que no ha pasado encima el trapo de la simulación (qué belleza hay en los planos que se producen y reproducen cualquier tipo de realidad) o del tiempo (lo lejano también me impacta, pero de forma menos violenta). Supongo que la intención diferencia, en gran medida, al morbo del arte. Porque no se trata de cerrar los ojos ante el dolor: verlo a color y con aspecto claro ayuda a que uno salga de su burbuja egoísta, en donde las desgracias ajenas no conmueven porque no existen. Pero solamente en donde haya fotografías y videos con una intención favorable, muestren construcción o destrucción, es donde quiero gastarme los ojos para sentirme un poco más viva. O más muerta, si hace falta.

Fotografía de: Clem Onojeghuo

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