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Coco o la fragilidad de la memoria


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Fundamentalmente fui a ver Coco por el perro. Es decir, por el personaje del perro Dante. Llámenlo nostalgia —porque sí extraño a Artemio— o simple curiosidad cinéfila, pero me pareció muy acertado que Pixar utilizara al xoloitzcuintle para abrirnos la puerta a su versión de una de las tradiciones mexicanas más arraigadas y menos entendidas de todas las que tenemos.

Vale la pena decir que el actual rito del día de muertos es resultado del sincretismo entre la celebración indígena de los muertos presidida por la diosa Mictecacíhuatl o dama de la muerte, la celebración católica traída por los españoles del día de los fieles difuntos y la celebración celta del Samhain o banquete de los muertos (que derivaría en América en el Halloween —All Hallow ́s Eve— y posteriormente en el Día de Todos los Santos). Quizá en algunos años agreguemos a este listado el tradicional desfile del día de muertos cortesía del agente 007.

Antropología aparte, creo que Pixar merece un aplauso por la meticulosidad y detalle con el que crearon esta historia. Tres años de investigación antropológica en sitio dieron la base para que todo lo que vemos en Coco lo sintamos profundamente familiar. A cambio de esto, las de cocodrilo en el cine, por supuesto.

Cuando una obra, ya sea una película, una novela, un cuadro, una fotografía nos confronta con nuestros pensamientos y emociones y nos obliga a buscar respuestas a aquello que desconocemos o no comprendemos del todo, es cuando el arte cumple con su objetivo.

Yo creo que el cine por ejemplo, cuando es buen cine, tiene la increíble capacidad de fijarse en nosotros como una memoria, como un recuerdo propio. La experiencia cinematográfica rebasa las líneas de la realidad y la circunstancia personal y se tatúa en nosotros como una vivencia propia, ofreciéndonos una gama nueva de emociones, de razonamientos, de conclusiones.

Este fue precisamente el caso de Coco. La virtuosidad con la que cada detalle es reconocible y se inserta y despierta como propio en nuestra psique colectiva: la vieja tv proyectando la película en blanco y negro, la guitarra de clavos y alambre, el altar con las fotos familiares contando una historia pero escondiendo otra, la chancla de la abuela como último método de amorosa disciplina, la comida, el tequila, el papel picado, los íconos mexicanos enmarcando la vida cotidiana, la versión del mictlán que empieza en las pirámides y superpone sobre ellas el México de ahora de vecindades y torres de departamentos y calles empedradas y plazas con kioskos y caos, la fiesta interminable, el trabajo en familia, los primos enfadosos y queridos, y por supuesto el perro ingobernable y profundamente arraigado como protector y como guía de la infancia.

Abre la puerta para que aún después de que la película termine, pasemos días rumiando en nuestro propio lugar acerca de nuestra memoria, de lo que será de nosotros cuando nos vayamos.

Si tu foto no está en el altar, no puedes regresar al mundo de los vivos a ver a tu familia. Si tu foto no está en el altar es porque no se habla de ti, porque tu legado fue pobre, porque te olvidaron, porque una generación de nietos y bisnietos te perdió la pista. Si tu foto no está en el altar, ya muerto mueres lentamente, hasta que nadie más habla de ti, hasta que mueres la muerte real, la del olvido. Si tu foto no está en el altar es porque la memoria es una cosa frágil, delicada como pétalo de cempasúchil.

Qué cabrona la vida que de algunos quisiéramos dejar de hablar para que ni muertos regresaran, y de otros, quisiéramos llenar todos los altares con sus fotos, su comida, sus recuerdos para que nunca dejaran de venir.

Yo pensé en mi abuela Irene, la que me enseñó a leer. Échenle la culpa a ella por estas palabras.

Kazuo Ishiguro: Los peligros de la memoria


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe


La palabra novela no es suficiente para englobar lo que es El gigante enterrado. Cuando nos adentramos a sus páginas, adquirimos los poderes del mismo Merlín y más que leer fluímos hacia el ayer. En esta obra, Ishiguro nos conduce a la Edad Media, a un territorio habitado por británicos y sajones pero también por ogros, dragones, caballeros y leyendas que avivan el imaginario de un texto donde se expone la maestría del autor.

Nuestros héroes son ancianos. Aventureros presos en un cuerpo desgastado. Axl y Beatrice viven en una aldea en donde se les desdeña por su edad. Allí una extraña niebla se desliza provocando la perdida de la memoria. Su peso va pisoteando los recuerdos y las mentes se aferran a las pocas certezas para construir una identidad. Así, esta pareja que se profesa un amor indestructible, sólido como las murallas de un castillo, decide emprender un viaje en busca de ese hijo que partió hace tiempo. Sin embargo ninguno de los dos recuerda hacia qué lugar en particular, sólo tienen pistas, ideas vagas, y esperan que el avanzar hacia él les permita encontrar respuestas.

El autor japonés sustenta en la trama los recursos narrativos. Por momentos los capítulos se componen de recuerdos dentro de recuerdos. De esta forma, el viaje de los personajes en busca del objetivo no sólo depende de recortar la distancia sino de reconstruir las ruinas de la mente. Beatrice demuestra el pánico de quien olvida. ¿Cómo se puede comprobar el amor que sentimos por alguien cuando no somos capaces de recordar lo compartido?

Pero el libro también rescata las ventajas de olvidar. Britanos y sajones, constantemente enfrentados, viven una época de paz, una calma que tal vez se mantiene porque la niebla no sólo arrasa con los días gloriosos sino también con el rencor, con los resentimientos y esos odios encarnados que impiden a los pueblos empezar desde cero. Wistan, guerrero sajón y uno de los personajes fundamentales del texto, ejemplifica cómo a veces es imposible perdonar:

Fueron britanos bajo el mando de Arturo los que masacraron a nuestro pueblo. Fueron britanos los que raptaron a tu madre y a la mía. Nuestro deber es odiar a cada hombre, mujer y niño que lleve su sangre. De modo que prométeme esto. Si muero en combate antes de transmitirte mis conocimientos, prométeme que darás cabida a este odio en tu corazón. Y si alguna vez flaquea o amenaza con desaparecer, protégelo cuidadosamente hasta que la llama reviva. ¿Me prometes que lo harás joven Edwin?

Memoria vs. Olvido, esa es la gran batalla a la que acudimos. Necesitamos de los recuerdos para sonreír, para abrazar a quienes se han vuelto aire, para reafirmar que coincidimos en sentimientos, para creer que el mundo no es una ilusión, para retornar a la espuma de un mar. Pero como humanos también nos es preciso olvidar, aprender a borrar las heridas y esas discusiones que golpean el corazón; requerimos deshacer miedos, el dolor del rechazo, la imagen de un padre al borde de la muerte.

Tal vez Wistan tenga razón y debemos reconocer a quienes nos han dañado, pero al mismo tiempo, eso mismo es lo que mantiene el odio en lugares como Medio Oriente; quizá sea necesario un poco de olvido, un dragón que nos embruje, una niebla que regale paz. Por otro lado, ¿Axl y Beatrice se amarían tanto si recordaran las pequeñas traiciones? ¿Su perfecto amor es una mentira tejida con retazos de vapor?  Voltear hacia atrás siempre es peligroso; sin embargo, dejarlo ir todo también es renunciar a nuestra esencia, tornarnos fantasmas sin raíces. Sería maravilloso sólo recordar lo bello. Pero si algo sabemos es que nada es gratis y recurrir a la memoria también es despertar a los más horribles gigantes

Rosa Montero: Entre la belleza y la oscuridad


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Sólo instantes. Recordamos poco. La memoria es exigente y caprichosa. De mi infancia guardo imágenes sueltas. Cuando observo hacia atrás siempre aparecen los mismos dibujos. Ahí está ese yo que juega con sus figuras de acción, el pobre de amigos, el que mira desde una azotea cómo el sol tortura al pavimento. Están los brazos de papá llevándome al estadio, la voz de mi madre enseñándome a leer y la mano de mi hermano que le impidió a un hambriento remolino arrastrarme hacia Oz.

La infancia debería ser ficción. Añorarla como un cuento favorito, con el seguro final feliz. Años de historias perfectas y mentiras creadas por expertos escritores. Rosa Montero podría estar a cargo de esta labor, con su pluma sería capaz, sino de ocultar, sí de alumbrar los tramos más sombríos del camino de cada niño.

Lo hizo con Baba en Bella y oscura. Una historia que envuelve con calidez desde sus primeras líneas. Nos topamos con una pequeña arrojada al vacío de una ciudad desconocida. Allí donde la espera una tía de carácter débil, un tío egoísta, una abuela con porte, un primo triste y una enana colmada de sabiduría; con el poder de regalar la imaginación necesaria para decorar ese barrio marginal.

Esta no es una historia de viaje. Montero, con su riqueza de lenguaje, maestría narrativa y una hermosa capacidad de reflexión, nos hace vivir dentro del Barrio. Junto a Baba descubrimos a los personajes que lo habitan, a la maldad, a las historias de la enana, a Segundo (ese tío al que hay que tenerle miedo). La relación que la pequeña establece con su abuela es enternecedora. Doña Bárbara una mujer fría y reservada, pero que a través de hablarle al aire reparte consejos y le abre su corazón a esa nieta que parece una isla a la deriva. Baba ansía, como nada en este mundo, la llegada de un padre que ha prometido el regreso.

Es una historia de crecimiento; perder la ingenuidad para sobrevivir en un sitio olvidado. Un Barrio donde los padres entierran vivos a sus bebés y algunos niños mueren por la adicción a las drogas. También hay espacio para una calle violeta, de luces neón, un río de sudor en el que las mujeres se exhiben en vitrinas, abren sus piernas y ofrecen un túnel de placer que alimenta el deseo de los hombres. Baba aprende los secretos del entorno para hacerse fuerte, pero en medio de esas tinieblas, deberá mantener la esperanza de un futuro mejor, creer que su padre llegará, que Segundo abandonará la familia. Arelai, la enana, se encarga de alimentar esta fe. Para ella, existe una estrella que cumplirá nuestros deseos y entonces a la realidad no le restará más que mutar.

Dentro de la elegancia del texto, en los relatos de Arelai, en sus enseñanzas, o fábulas sobre gigantes y enanos, Montero coloca en la voz del personaje un contundente discurso el cual considero importante rescatar:

“El amor no es sino la acuciante necesidad de sentirse con otro, de pensarse con otro, de dejar de padecer la insoportable soledad del que se sabe vivo y condenado. Y así, buscamos en el otro no quien el otro es, sino una simple excusa para imaginar que hemos encontrado un alma gemela, un corazón capaz de palpitar en el silencio enloquecedor que media entre los latidos del nuestro, mientras corremos por la vida o la vida corre por nosotros hasta acabarnos”.

Quizá, con estas palabras, la autora nos permite entender un concepto tan confuso e incomprendido. Estamos solos, tremendamente abandonados y buscar otros labios no es más que silenciar con besos una terrible verdad.

Montero invita a soñar más allá del desencanto, de la presencia de la muerte y del sufrimiento floreciendo en cada esquina. No recuerdo si en algún pasaje de mi infancia apareció esa estrella única, como dije, el pasado cada vez me es más borroso, como si mi mente intentara recordarme que es necesario respirar sólo en el presente. Entonces, si esta vida aún no es la que la deseamos, no nos resta más que construir el día con esfuerzos. Es preciso recorrer las corruptas ciudades cargados de ilusiones por más empolvadas que estén y, como Baba, aguardar el arribo de un amanecer destellante; allí donde la belleza devorará el corazón de esta oscuridad que nos pesa tanto.

La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

Mudar fantasmas


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Mudarse es una lata. Las cajas, el polvo, la limpieza a profundidad de ese lugar que hay que conquistar como todo nuevo territorio. El lento reconocimiento de sus ruidos, de sus silencios, las pequeñas complicaciones: la llave del agua que descubrimos que no funciona; el calentador que no sabemos cómo prender, la chapa de la entrada que tiene maña y se resiste a revelárnosla. Por otro lado, las cajas donde hemos guardado con descuido nuestras cosas, parecen pozos sin fondo: lo que hay que acomodar en las repisas, guardar en los armarios, esconder bajo la cama, se multiplica por generación espontánea.

Somos Crusoe y las cajas, el mar sin fin. La marea trae consigo objetos queridos, momentos que creíamos olvidados, pedazos de nuestra identidad que nos acompañan para hablar en esos primeros días y luego volver al silencio en algún rincón, hasta que llegue el próximo cambio.

De niña viví al menos diez mudanzas, siempre acompañadas de una cierta sensación de pérdida, porque también hay cosas que se dejan irremediablemente atrás. No todo mundo se muda como Lupita D’Alessio con la intención de “hacer limpieza al armario, borrar rencores de antaño” (aunque también he tenido una de esas). Sin embargo, la mudanza que más me ha impactado no ha sido directamente mía y su recuerdo vuelve siempre, guardado entre las cajas, con el álbum de fotografías al que mi abuelo materno le dedicó años.


Fantasmas, #HistoriasSinSpoilers


Las fotos de mis tías, de la casa vieja donde creció mi abuela y donde mi madre juró que había sentido a un fantasma sentarse justo a su lado. “El invitado de piedra”, le llamaba la tía Meche, la menor de todas, la que nunca se casó porque sus amores siempre fueron con uno que ya estaba casado. La otra tía, la mayor, de nombre Renée, tampoco se casó porque “era demasiado exigente con los hombres”, aunque yo siempre he pensado que quizás hubiera sido menos quisquillosa con las mujeres.

El techo estaba lleno de gatos, y las paredes del patio con jaulas de pájaros. Los primeros de Meche, los segundos de Renée. Meche se quedó joven para siempre, porque murió a los cuarenta y se convirtió en un fantasma más, todavía hermosa y de risa fácil, fumando en la banca que miraba a la fuente. “Lo sigue esperando a él”, decía la tía Renée, que tantas veces la habría visto desde la ventana, aguardando por el hombre casado que, también para siempre, siguió con su mujer.

Yo conocí a Renée ya vieja y sólo visité su casa de día. Nunca pude escuchar que a media noche alguien tiraba la vajilla completa al suelo, para descubrir en la mañana la vitrina intacta. Tampoco pude sentir cómo se sacudía la vieja escalera de caracol que daba a la azotea, con pasos y pasos de gente que parecía subir a una fiesta. Mucho menos me tocó que apagaran la radio, como acostumbraban hacer los fantasmas de la casa, cuando mi abuela era niña y escuchaban los programas de orquestas a la hora de la comida. “Le daban la vuelta al botón, así nomás, y entonces todos nos quedábamos callados, mirándonos.”

La mudanza de la tía Renée no fue a una casa nueva, sino a un asilo de ancianos, donde terminó sus días entre otro tipo de fantasmas. La mayoría de los muebles se vendieron, las vajillas se repartieron, y a mí, de entre todas las maravillas de ese pequeño museo familiar (que había sido vendido para demolerse y usar el terreno en la construcción de una torre de departamentos) me tocó tan solo un espejo. Antes de salir de ahí por última vez, lo tomé en mis brazos y me paseé, reflejando en él los azulejos del piso, el foco pelón del baño, la madera oscura de los armarios. Mientras retrataba la casa en el espejo los fui llamando en silencio, “vénganse conmigo, yo los cuidaré”, caminando frente a las jaulas vacías,  subiendo la escalera de metal, “vengan que yo los guardo, yo los cuido bien.” Deteniéndome en la fuente, para entonces cubierta de hiedra, tratando de oler el humo del cigarro recién prendido por Meche: “anda, ven.”

Quisiera poder decir que entre las cajas de esta mudanza, la que acabamos de sobrevivir hace poco más de una semana y aún nos tiene como náufragos sin internet, venía el espejo en el que salvé a los fantasmas de mis tías, de la vieja casa de la que hoy solo quedan fotos. Lo cierto es que cuando pretendía traérmelos conmigo tenía apenas dieciséis años y no tenía mucha idea de lo que significaba. Bastó que una sola vez sintiera su peso al lado de la cama, y escuchara una voz de mujer diciéndome: “estoy aquí”, para al día siguiente abandonar el espejo en la basura, a escondidas de mi madre, porque ¿cómo iba a explicarle? Había sido una locura eso de mudar a los fantasmas de casa, incluso de ciudad, pensar que podía hacerme cargo de ellos. Tampoco podía contarle, porque me moría de vergüenza, que los había traicionado a todos dejándolos en la calle, como si fueran un objeto más.

No he vuelto a escucharlos y espero que me hayan perdonado. Cada mudanza los recuerdo, escribo cuentos sobre ellos con la idea de bajarle a la culpa e imaginarme que los estoy rescatando dentro de otro espejo. Y paso mal las primeras noches, despertándome para reconocer los ruidos del nuevo departamento, comprobando aliviada que no, no han vuelto.

Imaginación y memoria


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes

Borges y Macedonio Fernández

La memoria puede jugarnos malas pasadas. Por eso mueren algunos viejos: de nostalgia, abrumados por remembranzas y evocaciones, aturdidos por el eco de tantas reminiscencias.

Personalmente, la memoria me agobia, suelo habitar la mayor parte del tiempo en el recuerdo, en la recreación de los pasados reales y posibles, me cuesta trabajo mirar delante del parabrisas, manejo —eso sí— atento al retrovisor.

Tengo para mí que somos memoriosos porque —en más de un sentido— nuestro ser y vida son el pasado. Quizá por esa razón el recuerdo es el tema recurrente del oficio literario, el narrador es un recordador, la narrativa es memoria, como lo son el sueño y la visión. Recordar e imaginar son mecanismos emparentados.

Algunos dicen que tenemos los recuerdos contados, como ordenados libros en un anaquel cuyo espacio es limitado y menguante. Así lo entiende Sherlock Holmes en el Estudio en escarlata. Para otros, los recuerdos son minuciosos en grado tal que emulan al infinito. Ese fue el caso de Irineo Funes, aquel compadrito de Fray Bentos, muerto de congestión pulmonar en 1899, el cual podía recordar la forma exacta de las nubes del amanecer de cada día, cada matiz de cada arrebol de cada nube, incluso las veces que visitó ese recuerdo preciso  (es decir, el número de ocasiones que rememoró cada memoria y la cifra de momentos que recordó haber recordado que recordaba).

Pero la memoria eidética y lúcida es una contradicción en nuestro mundo. Irineo Funes, ficcionado por Borges, tiene su equivalente —llamémoslo real— en Solomón Sheresevski. Este savant era capaz de recordarlo todo, pero inhábil por completo para relacionar las ideas. Sus amplias incapacidades fueron exploradas en los años veinte del pasado siglo por el conocido médico ruso Alexander Luria.

Desconocemos aún la causalidad de esta memoria excesiva, se ha llegado a especular sobre presuntos defectos del desarrollo embrionario o un daño cerebral posterior al alumbramiento. Si creyéramos, como Averroes, que hay una sola mente universal, los savants acaparan una porción mayor a la que  corresponde —en justicia— al común de los mortales.

Hay otro aspecto. Analizando el tema con acuciosidad podemos comprobar que la obsesión del pasado tiene su necesario complemento en el olvido del futuro. Imaginemos entonces la historia de un hombre condenado a muerte —pongamos que un herrero— que no sufre la angustiosa espera de la ejecución porque sencillamente no puede figurársela. Esa es la situación que nos plantea Macedonio Fernández en Cirugía psíquica de la extirpación:

El futuro no vive, no existe para Cósimo Schimtz, el herrero, no le da alegría ni temor. El pasado, ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero que intenso, total, eterno el presente, no distraído en visiones ni imágenes de lo que ha de venir, ni en el pensamiento de que en seguida todo habrá pasado.

Cósimo Schimtz tiene su equivalente clínico en la historia de la neurología. Se trata de  Phineas Gage, antiguo capataz de construcción avecindado en Nueva Inglaterra. En los años cuarenta del siglo XIX un barreno fatídico traspasó su lóbulo frontal causándole un curioso extravío; no perdió ni el habla, ni la sensibilidad, ni el movimiento, pero se tornó caprichoso y vacilante, impotente para proponerse metas, inconsecuente y sin evidencia de preocupación por su futuro, ni síntoma de previsión[1].

Casos clínicos y personajes literarios coinciden, recordar en exceso es casi congelar el presente, lo mismo que no prever el futuro; son estados análogos para la literatura fantástica y para la neurociencia (que es uno de sus géneros menores).

Cósimo o Irineo, son estados de la mente que pueden sernos ideales y envidiables: una especie de nirvana donde reposar los sentidos y ampliar las percepciones (sin Cannabis de por medio), un instante de paz en la vorágine de nuestra modernidad líquida, liberados por fin del vértigo y del tedio.


[1] Damasio. El error de Descartes. México. 2015.

Disparos a la memoria


La lente anónima

POR MARIANA MOTA

No compartas las imágenes. Estas palabras me llegaron por diferentes medios la semana pasada. Yo sabía de qué hablaban aquellos que lanzaron la invitación al huracán de las redes sociales, que a veces parecen más bien telarañas; pero tras la petición, casi súplica, de no alargar más la cadena de miedos globalizados que entran por los ojos, decidí no alborotar mis propios temores: no di play al video ni hurgué en las fotografías que probablemente tienen a muchos con un paquetazo de íes extra: inseguridad, inquietud, intranquilidad; con un desasosiego que no tenían antes de vulnerarse así frente a su Majestad Imágenes.

Si así me siento yo, que no sucumbí ante el morbo en esta ocasión, ¿cómo se sentirán otros? Hace poco, en una de las tantas veces en que me ha vencido la curiosidad o la ignorancia, reproduje un video que me tiene sufriendo al día de hoy; no lo describiré para no alargar la cadena, pero sin duda ahora que tengo esa imagen de dolor y sufrimiento animal en mente, mis lapsos de dolor y sufrimiento humanos son mayores. Me parece acertado el consejo de la abstinencia. Si las malas noticias llegarán de cualquier manera por la vía auditiva, mejor evitarlas por la visual.

Así de poderosas son las imágenes, disparos que sacuden a la memoria. Sin ese fragmento de tiempo que permanece impreso para siempre, los recuerdos se adormecerían y nos quedaría quizá un rumor de realidad. Al menos a mí me sucede aquello del olvido, y en consecuencia me volví amante y adicta al poder de las fotografías fijas y en movimiento: ver, buscar, disfrutar, tomar, editar. Y más infinitivos. Esos sencillos cuadros son copias, nunca completamente fieles, de escenas cargadas de emociones, y me imagino que para nuestra propia condición humana el milagro de ese espejo social y personal resulta irresistible.

Yo sí quiero compartir imágenes, pero no me interesan las que narran de manera desgarradora y morbosa una realidad tan punzante, tan cercana; esas que son un espejo nítido pero ensangrentado por el que no ha pasado encima el trapo de la simulación (qué belleza hay en los planos que se producen y reproducen cualquier tipo de realidad) o del tiempo (lo lejano también me impacta, pero de forma menos violenta). Supongo que la intención diferencia, en gran medida, al morbo del arte. Porque no se trata de cerrar los ojos ante el dolor: verlo a color y con aspecto claro ayuda a que uno salga de su burbuja egoísta, en donde las desgracias ajenas no conmueven porque no existen. Pero solamente en donde haya fotografías y videos con una intención favorable, muestren construcción o destrucción, es donde quiero gastarme los ojos para sentirme un poco más viva. O más muerta, si hace falta.

Fotografía de: Clem Onojeghuo

Recuerdos de juventud y rock and roll

#LecturasExtremas #Editorial #ParaísoPerdido

 

Este viernes 4 de noviembre de 2016, a las 20:30 horas, en Impronta, presentamos el segundo título de la colección Logófago de nuestro sello editorial: Recuerdos de juventud y rock and roll de Alva Lai Shin Castellón.

En palabras de la doctora Patricia Torres San Martín, “Mediante los testimonios de […] mujeres tapatías se reactivan situaciones y subjetividades de la vida pasada y presente, pero también de la vida social y cultural de la Guadalajara de los años sesenta, y queda expuesta la manera en que el relato cinematográfico se fusiona con los recuerdos y la memoria”.

“La autora elabora una visión multidisciplinaria para analizar el proceso de recepción empírica del cine mexicano de los años sesenta y las identidades juveniles de Guadalajara, con un grupo de mujeres tapatías que consumieron estos filmes y sus imágenes recurrentes: jóvenes con chamarra de cuero y en motocicleta, jovencitas con un look de adultas y en minifaldas, amores inocentes, juventud reventada que se divertía al máximo comiendo un helado o asaltando las cafeterías”.

“Los lectores […] encontrarán una veta más para pensar el cine como una experiencia que siempre involucra una película, una personalidad, una situación social y un tiempo y estado de ánimo específico”.

Nos acompañarán para comentar el libro Patricia Torres San Martín y el maestro José David Calderón. ¡Los esperamos!

¿Quien es Alva Lai Shin?

Si desean conocer un poco más de la trayectoria de Alva, pueden seguir este link.

“Recuerdos de juventud”. Conservar la memoria social.


Conversación con Alva Lai Shin autora de Recuerdos de juventud y rock and roll. Rescate y difusión de la memoria fílmica femenina en Guadalajara durante la década de los sesenta.


1. Cuéntanos de tu libro. ¿Cómo nació la idea de escribirlo? ¿Qué encontrará el lector “Recuerdos…”? ¿Qué te dejó a ti?

Recuerdos de juventud y rock and roll tiene su origen en un trabajo de investigación académica que inicié mientras estudiaba Historia, en la Universidad de Guadalajara; sin embargo, para explicar la idea de escribirlo tendría que remontarme a mi infancia y al gusto compartido con mi mamá por las idas al cine, las películas, las actrices y actores.

Descubrí que cuando ella y otras tías recordaban pasajes de su juventud, irremediablemente hablaban de la ciudad, el barrio y sus cines. En particular, del cine mexicano de la década de los sesenta, aquél protagonizado por Enrique Guzmán, César Costa, Angélica María, Julissa, entre otros. Esa memoria femenina representa el eje de este libro, construyendo una imagen en contraste de la juventud fílmica y la juventud de carne y hueso de aquellos años.

El lector encontrará la representación mexicana en pantalla —y en los recuerdos de mujeres que fueron asiduas a este cine—, de los rebeldes sin causa, los chicos de cafetería, así como los roles y posibilidades de las jóvenes en estas narraciones fílmicas.

2. ¿Qué otras temáticas te atraen?
Sigo interesada en la historia del cine y las representaciones audiovisuales, en general; aunque actualmente me encuentro enfocada en el manejo y gestión de patrimonio documental y cultural.  Mis temas de interés están bastante entrelazados con la idea del rescate de memoria social.

3. ¿Desde tu punto de vista en un país como el nuestro, este tipo de proyectos qué función tienen?
La función es rescatar, conservar y difundir la memoria; es decir, la producción cultural que ha logrado llegar a nuestros días y sus múltiples reconstrucciones y significaciones en el tiempo.

4. ¿Cómo es trabajar con acervos?
Trabajar con un acervo documental significa tener contacto directo con un pasado remoto o reciente que, si no se topa con una guerra, una plaga de polillas, una lenta digitalización o un político avaricioso, seguramente nos trascenderá. Estoy segura de que todos los bibliotecarios, archivistas, libreros y coleccionistas tenemos un pensamiento romántico similar al entrar a una casa repleta de libros, abrir un cajón lleno de fotos o descubrir en un bazar una primera edición.

No podemos tener ni conservar todo, pero podemos contribuir con el rescate, permanencia y accesibilidad de lo que ha logrado llegar hasta aquí.

5.- ¿En qué proyectos estás involucrada actualmente?
Actualmente trabajo en un servicio de consultoría documental para bibliotecas y archivos públicos y privados, inserto en los proyectos de Industrias Creativas, de la Secretaría de Cultura de Jalisco.

6. ¿Se lee poco en México?
Definitivamente.

7.- ¿Qué libros te dejaron huella? ¿A quiénes consideras tus autores cómplices?
Mi autora más entrañable es Clarice Lispector. Como huella, creo que Bartleby, el escribiente de Herman Melville