Etiqueta: Muerte

La jungla y sus sueños


Sueños lúcidos

Por Javier Paredes 

La jungla es negra, poblada de sombras de hojas acuchilladas y reptantes figuras retorcidas, que son raíces o serpientes, quizá lianas; es húmeda, lluviosa. En la selva siempre es de noche[1] —o parece serlo— pues los rayos de sol no atraviesan jamás la espesura.

La floresta semeja un cielo oscuro y constelado donde los ojos de las fieras titilan con fosforescente brillo. En su profundidad, existen ríos negros, como la Estigia, que pululan de cocodrilos y pirañas, sierpes de agua e hipopótamos de largos colmillos, que flotan o se sumergen, difuminándose entre el torrencial fluir del agua y el tam-tam de los tambores lejanos.

La selva es como el sueño, como la muerte, a veces como la locura y a pesar de ello —o tal vez por ello— reviste la belleza de una acogedora guarida. La jungla es la más venturosa de las fugas.

jungla

La literatura no podía ser menos y está infestada de selvas, de Horacio Quiroga a Rudyard Kipling, pasando por Henry Rider Haggard y Edgar Rice Burroughs, sin olvidar —desde luego— a Emilio Salgari ni a Joseph Conrad.

No importa si eres Tarzán o Mowgli, o quizá Allan Quatermain o Umslopogaas, incluso si fueres un personaje con una presumible e histórica existencia como John Hunter o el ambivalente Kurtz de El Corazón de las Tinieblas. En cualquiera de los casos, sentirás la llamada de lo salvaje. Si eres hombre, tus instintos de cazador harán bullir la sangre (Desmond Morris y Jack London lo dicen y son entendedores).

La fuga será total. En la selva de las novelas clásicas no existen obsesivos horarios laborales, ni cuidados familiares a que atender, ni tráfico, ni polución (el calentamiento global aún no se inventa en los tiempos coloniales de su Majestad británica y el Rey Leopoldo de Bélgica), ni impuestos, ni terrorismo, ni guerra nuclear, ni inflación, ni campañas políticas, ni sospechoso y sincrético arte urbano, ni tráfico de influencias, ni propaganda religiosa a domicilio (salvo algunos buenos misioneros que suelen complementar la cena de los nativos).

Las ventajas de la selva son inmensurables y largas de enumerar. En mérito de la brevedad selecciono algunos —representativos— ejemplos:

Las muertes.- En muchos sentidos es más piadosa la muerte cuando perros salvajes te despedazan vivo (en escasos minutos) a esperar que una venal autoridad de gobierno te despelleje por años y destripe sádicamente tu patrimonio, tu honra o tu familia.

Si llegaras a la vejez, siempre será más misericordiosa la muerte entre las fauces de Numa o Simba (su leonado pariente) que el torturante cangrejo Cáncer, aferrado a la intimidad de tus vísceras, devorándolas en viva putrefacción.

El diario sustento.- Además, en la jungla los héroes no padecen hambre, siempre tienen a mano un jugoso ciervo o la joroba de un oso o de un búfalo, ya sea que le hayan dado compasivo fin con cuchillo, por el arco o con arma de fuego. Si eres Sandokan lo acompañarás con arrak y si no, con fresca agua del venero.

Eso que llaman amor.- El amor tampoco ofrece problema en las junglas. No necesitas procurar el cariño de mujeres ni soportar sus desplantes; siempre existen damiselas en apuros —como Jane— o reinas vírgenes de escasa vestimenta, que habitan ciudades perdidas y están desesperadas por emparejarse con el explorador o el genuino hombre selvático. La, de Opar era una de ellas, sólo habrás de guardarte de las mujeres fatales como Ella-Ayesha.

Viñeta de “Tarzán”

Soñar la selva no es díficil, existen no sólo magníficos libros, sino inspiradoras imágenes, en King Kong (1933), Tarzán y su compañera (1934), Superman, Tambores en la Selva (1943), Las Minas del Rey Salomón (1950), Jumanji, la película (1995) y Jumanji, la serie animada (1996); sin dejar de mencionar los clásicos comics de Burne Hogarth y el video de Toto, Africa (1982).

Así que, no lo dudes. ¡Arriésgate con la literatura de la selva! Adéntrate a explorarla y serás llamado como Sompseu:

Báyete, Baba N’kosi ya Makosi

¡Ngonyama! ¡Indhlovu ai pendulwa!

Oh, padre, rey de reyes

¡León! ¡Elefante invencible!


[1] Es la unánime noche de Las Ruinas Circulares, de Borges, con todo y su fango sagrado.


Fotografía: Iqx Azmi / Unsplash

Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

Andrés Neuman: certezas y dudas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Neuman, #HistoriasSinSpoilers

No sé por qué intento respirar tu rastro cuando la lluvia perfuma el polvo, ansioso de encadenarte a mis pulmones. No sé por qué convoco al pasado, si estoy seguro que es un inválido sin ruedas. No sé por qué acaricio a los gatos como si buscara un secreto medieval en sus ronroneos. No sé por qué desconfío de los dioses, necio a darme cuenta que son tan necesarios como las caricias de un mentiroso amante. No sé por qué insisto en escribir, edificar párrafos endebles sin inquilinos.

En su poemario, No sé por qué, Andrés Neuman ejecuta un juego reflexivo y se aventura a cazar respuestas. No sé por qué venero la pornografía, es el verso inaugural del texto. Aquí el autor, descubre la fascinación por el salvajismo, la seguridad que brinda la distancia y el placer tan cómodo encontrado en la soledad.

En otro poema, afirma que las urnas funerarias son grandes ceniceros. Neuman se reclama su pasión por el cigarrillo a pesar de ver a su madre morir de cáncer, me desprecio cada día por no salvarla en mí. Así, la obra regala grandes sentencias y en ellas se revela un escritor que apenas a sus cuarenta años posee la experiencia de un mago de blancas barbas. Los poemas son un partido de tenis en donde el saque presenta la interrogante y la solución será ese punto ganador al que le aplaudimos con la boca abierta.

Para Andrés, hacer el amor no es broma, aunque se pregunta por qué reímos al entregarnos al otro, ¿será por las posturas carentes de elegancia?; pero al mismo tiempo, sabe que en el acto rozamos con la punta del pie un paraíso.

Neuman también indaga sobre la insistencia de las lagartijas, el desequilibrio de los cuadros, la utilidad de las comas, el tiempo perdido en internet y los besos enjaulados en la humedad de los labios. También se sorprende al darse cuenta que lloramos mejor con las películas/que con el argumento de la vida propia. Sin duda, es más fácil ser espectador que personaje; cuando las lágrimas son nuestras, resultan sobreactuadas o demasiado contenidas, sin la práctica de los grandes histriones.

Pero así como se cuestiona el llanto, hay un poema impactante, tal vez uno de los mejores de la obra. No sé por qué me río si me consta la muerte. Ante esto plantea tres hipótesis: reírse es un método exorcista, la risa es un buen truco/para que el cadáver desaparezca del escenario y reírse/es agradecimiento/celebración de los ausentes/que alguna vez también se divertían. Esta última, me resulta la más gratificante, con nuestras bromas los fallecidos cobran vida, recordamos su esencia, la mirada encendida al ser parte de una carcajada galopante. La risa como escudo indestructible, como música que acompaña a todas las vidas desde el inicio de los tiempos.

Para el ocaso de la obra, aparece un cuervo que persigue al autor y él tampoco sabe el porqué. Es el mismo, nos cuenta, que oscureció el verano de Van Gogh, ese de Poe graznando nunca más nunca más. Al ave, Neuman le pide durar un poco más un poco más un poco. Aunque sin especificar el para qué de la demanda, al final del libro nos es bastante clara la misión del autor: mientras esté con nosotros, nos compartirá verdades vestidas de dudas; el argentino es un explorador y bucea para resolver misterios.

No sé por qué, Andrés, encuentro en tu poesía tantas certezas, motivación, el goce de encerrarme en un libro y no salir de ahí. No sé por qué, Andrés, aún creo en el amor, en el mundo mejor que soñaron nuestros padres, en la alegría, en festejar cumpleaños y abrazar a los seres que nos reparan el corazón; no sé por qué aún espero los besos que anhelan eternidad como si desconociera la fugacidad de la belleza. No sé por qué, Andrés, a pesar de tantos golpes, aún no me enfermo de cinismo; será que la sonrisa me es útil para espantar a la gramática torturadora, al cansancio, a esas mujeres que, como diría Girondo, no saben volar; pero en especial, la mueca me sirve para engañar a los cuervos, aquellos que cuentan nuestras horas.

 

Lupe Vélez: la fastuosa muerte


Sueños Lúcidos

Por Javier Paredes

Un pensamiento ocioso que eventualmente me acecha es considerar mi muerte como un hecho ya determinado, con todos sus detalles. Brotan entonces las preguntas previsibles: ¿estará ahora circulando el autobús que me encontrará en la esquina rutinaria? ¿alcanzaré a vislumbrarlo? ¿la emoción postrera será de angustia o de liberación?

Y surgen también los múltiples escenarios: ¿se habrá armado hoy la pistola que me podrá apuntar en un futuro lejano? ¿o quizá ya se esté cocinando el platillo que será ocasión de la fatal asfixia?

Esta estéril fabulación desde luego no me es particular (como es probable que nada lo sea entre nosotros) por el contrario, me precedieron egregios imaginantes.

El ficticio historiador Lampridio relata —no sin reticencia— el vaticinio de la muerte del emperador Heliogábalo, profetizada por paganos sacerdotes de Siria. Así lo refiere la Historia Augusta:

«Por ello, había preparado cuerdas trenzadas con hilo de seda y de púrpura oscura y escarlata para hacer con ellas un lazo… espadas de oro para suicidarse… [y] también veneno en piedras preciosas, jacintos y esmeraldas…Y había hecho levantar una torre muy alta con tablados incrustados en oro y pedrería, para precipitarse desde ella, porque decía que su muerte debía ser valiosa y como una especie de lujo, hasta el punto que no se pudiera decir que nadie había muerto como él».

Es quizá sentencioso decir que el emperador fue asesinado en unas letrinas y que su cuerpo, al no encontrar cabida en las cloacas, fue arrojado al Tíber.

La preocupación por una muerte distinguida fue compartida, a su tiempo, por Henri I de Haití, el poco verosímil soberano de tal Isla. Su reinado impopular se extendió por casi una década, de la que no se puede presumir algún logro. No obstante ello —o tal vez gracias a ello— el monarca consiguió los propósitos de Heliogábalo al suicidarse con una bala de oro[1].

Si —según reza el Quoelet— todo es vanidad de vanidades; la muerte glamorosa es acaso la última y la máxima de las banalidades, mas no por ello la menos añorada.

Incluso en una época más reciente (en 1944 si deseamos ser precisos) la Mexican spitfire; Lupe Vélez, es descrita buscando esa intrascendente forma de trascendencia, preparándose una “buena muerte”[2].

La leyenda negra de esta actriz, como se conoce en la cultura popular, es narrada en un cómic algo truculento que se suele atribuir a Jim Osborne. El título: Hollywood Tragedy, the Suicide of Lupe Velez, historia gráfica publicada en Snatch Sampler, en 1977[3].

Debe decirse —para aquellos a quienes su juventud requiere tales aclaraciones— que Lupe fue una acreditada artista del cine mudo y del parlante,  que es una de las escasas ejecutantes mexicanas con estrella en el paseo de la fama, que fue amante de Gary Cooper y la indócil esposa de Johnny Weissmüller, (el campeón olímpico de natación que se fingía Tarzán en las películas del género, pero también fuera de ellas).

Dejando de lado los datos curriculares de la suicida, el comic underground de Lupe Velez nos narra los imaginarios preparativos de su muerte: el banquete de platillos mexicanos, su desnudez entre lúbrica y ritual, el carmesí maquillaje de sus pezones y su pubis rasurado en forma de corazón, los ramilletes de flores desbordando su lecho, las veladoras de la mansión y su final anticlimático.

Según la difundida leyenda, Lupe Vélez no murió en el escenario que montó tan prolija como inútilmente, sino ahogada, en su vómito o en el inodoro, o quizá ambas cosas a la vez[4].

La historia no tiene moraleja, sólo nos habla de la naturaleza del mundo, aterrador y confuso, impredecible y fugaz.


[1] No omito mencionar que algunos —cicateros— atribuyen el oro a la exageración y proponen una bala de plata, con todas sus lupinas implicaciones.

[2] Es singular en su coincidencia la preocupación del creyente y del impío por ese tránsito final, unos buscarán aderezar el alma; los otros, el cuerpo y sus circunstancias.

[3] Una versión aparentemente completa del comic es visible en: http://phantomspitter.blogspot.mx/2009/03/four-comic-stories-by-jim-osborne.html

[4]La evidencia es discordante, testimonios aluden a su lecho, las pruebas técnicas (fotografías) apuntan a que murió en el piso sobre un almohadón, la imaginación popular y la literatura de kiosko imaginan la sordidez de un excusado.

Un destino peor que la muerte

Saca el diván

POR EDNA MONTES

“Cuando termine contigo, me suplicarás que te mate”, dice el villano. Por favor, inserte aquí su imagen mental del mismo. No escatime en clichés: gatos, parches en los ojos, miembros metálicos y cicatrices varias son bienvenidas. Si su imaginación es capaz de lograr una voz en particular, malévola y una risa maníaca que ponga la piel de gallina, dele rienda suelta.

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Mi abuela dice que lo peor que puede pasar es que te maten, pero ella creció viendo mucha menos televisión que yo. Seamos sinceros, sí existen cosas mucho más intimidantes. ¿Qué me dice de la romántica idea de poner a su némesis en el potro? Es tan sencillo como atarlo bien de piernas y brazos para luego girar la manivela muy l-e-n-t-o hasta que sus articulaciones se disloquen o, ¿por qué no?, hasta desmembrarlo.

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Si los ejercicios de fuerza no son lo suyo, puede contratar unos compinches malvados que lo empareden, quemen vivo o casi lo ahoguen una y otra vez. Se rumora que este último método es tan popular que muchas agencias de inteligencia todavía lo aplican. Claro está que las pelis violentas nos hacen creer muchas cosas descabelladas. Lo que no es una broma es que todas esas torturas son reales y se han aplicado innumerables ocasiones a lo largo de la historia.

El destino peor que la muerte, al igual que la crueldad humana, no es algo novedoso. Una de sus primeras aplicaciones data de la mitología clásica: el temerario Prometeo roba el fuego de los dioses para dárselo a los humanos. Seguramente se preguntó: “¿Qué es lo peor que puede pasar?” y concluyó ingenuamente que perder la vida. CRASO ERROR. Zeus, el capo de capos del Olimpo, decidió encadenarlo a la cima de un monte. Allí, cada mañana, un águila llegaría a devorarle las entrañas. Prometeo era inmortal, así que se regeneraría durante la noche y el amanecer lo sorprendería un conjunto nuevo y apetitoso de órganos internos para alimentar a su nueva amiguita por los siglos de los siglos (hasta que llegó Hércules, pero esa es otra historia).

Estos relatos sádicos no siempre implican un villano terrible. A menudo empiezan como avisos precautorios que el héroe ignora en pos de la aventura. “Un destino peor que la muerte le espera a quien ose buscar… (imagine un arma en extremo cool, un poder mágico alucinante, un libro forrado de piel humana con sabiduría prohibida o un intento de llegar al otro lado de la ciudad en hora pico)”. Aquellos protagonistas lovecraftianos que perdieron su cordura en el intento son una personificación ideal de estos casos.

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¿Por qué nos sigue fascinando la crueldad? Quizás es la Sombra de la que Jung hablaba. Esa parte inferior de nuestra personalidad que deseamos negar. Nos sabemos capaces de atrocidades, por eso preferimos proyectarlas en el malo malísimo de nuestra ficción consentida. No obstante, también significa que las personas somos capaces de empatizar con el héroe entregado a una causa justa sin escatimar en riesgo. Todos somos James Bond mientras escapa de la maquinaria mortífera de su rival en turno. También la Chihiro de Miyazaki que nunca se resignó a perder su nombre y sus recuerdos. Los mecanismos narrativos están hechos para retratar lo más hermoso y lo más atroz de la naturaleza humana. Nos recuerdan que, como dijo Dumbledore, son nuestras acciones las que demuestran quiénes somos en verdad.

We’re only human  ¯\_(ツ)_/¯

Recapitulando:

Un destino peor que la muerte.

Fórmulas:

1.- El villano sorprende al héroe a punto de echar a perder su plan malvado/lo captura/lo amenaza con algo peor que matarlo/ aplica el castigo prometido/ el héroe logra escapar justo a tiempo/ el héroe (¿cómo no?) salva el día.

2.- Se le advierte al protagonista que si algo en su misión sale mal, lo espera un destino peor que la muerte/ el protagonista ignora la advertencia y se lanza a su tarea/ algo sale mal/ el protagonista o uno de sus allegados recibe el destino peor que la muerte/ final triste pero esperanzador.

Como lo viste en:
Angel Beats! (Anime, Aniplex, 2010)
The Sandman (Comic, Vertigo, 1989-1993)
Harry Potter (Novelas, JK Rowling, 1997-2015)
El origen (Película, Christopher Nolan, 2010)
Firefly (Serie, Fox, 2002)