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Todos los sonidos


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter: @mambosatan

En esta mi primera colaboración para este blog, inauguro esta columna bautizada con el nombre de probablemente el primer sintetizador hecho en México: Omnifón, que se podría traducir como “todos los sonidos”. Este artefacto fue inventado en los años sesenta por el ingeniero Raúl Pavón, antecediendo al famoso sintetizador Moog. El nombre de Omnifón y su implicación de “todos los sonidos” sirve de pretexto para que en esta columna se hable de música y las muchas aristas que tiene en nuestra vida. No se trata solo de rock, ya que se pretende abordar otros ritmos, cercanos o alejados, de esa música. En esta ocasión me permito escribir sobre los sellos discográficos.

Generalmente cuando se habla de sellos discográficos en la mayoría de sitios Web o revistas especializadas se contemplan los sellos “legendarios” que han sido semillero de bandas pop o jazz, a saber: 4AD, Chess, Motown, Rough Trade, WARP y otros tan sobados y repetidos en diferentes publicaciones ya sea online o físicas. Siempre se dejan atrás otros géneros porque no encajan dentro del perfil “moderno” de la mayoría de las publicaciones que tienen que ver con la música y, si acaso, mencionan Blue Note por el Jazz y la Deutsche Grammophon como ejemplo de música clásica; pero como este asunto se trata precisamente de música, les pondré algunos sellos que considero interesantes o “curiosos” por la historia detrás de ellos y lo que editaron, siendo posibles santos griales para coleccionistas de cosas raras o melómanos puros.


Choson Raekodoen

omnifon, #HistoriasSinSpoilers

Comenzaré con la Compañía Fonográfica de Corea del Norte, o Choson Raekodoen su nombre en coreano. Aunque me hubiese gustado mas que se llamara “Compañía del Pueblo Trabajador de Corea del Norte” o algo así que tanto les gusta a los regímenes comunistas.

Entre lo poco que he podido investigar acerca del origen de la empresa, dado el carácter cerrado del llamado “País ermitaño”, solo he podido encontrar que posiblemente se fundó en los años 1950s, probablemente después de la Guerra de Corea (1950-1953). Esta difunta empresa probablemente sirvió como vehículo de propaganda política del país asiático a través de canciones tradicionales del folclor coreano y de loas a los dictadores en turno (básicamente solo fueron para el Gran Líder, y el Amado Líder, o sea al fundador de la República Democrática de Corea y su hijo, respectivamente).

Esta idea me parece nada desdeñable dada la inclusión de los títulos de las canciones traducidos al inglés, el idioma del odiado enemigo del pueblo, con lo que fundamento mi hipótesis de que eran más que nada un arma de propaganda, ya que nos vamos a encontrar con encantadores títulos como: “Buenos días al amado líder”, “Las mujeres soldados difunden la semilla de la felicidad”, “Deseándole al líder que tenga buena salud”, y otras linduras por el mismo estilo, además de incluir las ediciones especiales para los festivales de los estudiantes y de la juventud internacional con números musicales tan llegadores, los cuales cito a continuación: “Pyongyang les da la bienvenida”, “El futuro será de los jóvenes y de los estudiantes”. Atención, el conseguir estos discos es más una labor de coleccionistas enfermos que otra cosa, pues el tenerlos sirven más como anécdota que de disfrute auditivo, porque difícilmente creo que alguien goce de los varios volúmenes de la banda del ejercito popular Norcoreano, con joyas encantadoras tales como la “Canción del General Kim Il Sung”, “La canción del General Kim Jong Il” (para que no se quejen de que no existe igualdad), la “Canción del querido camarada Kim Kong Il”.

Entre el cambio de tecnologías y el abandono paulatino del vinil dejando paso al Disco Compacto, sumando las locuras de los amados líderes de la dinastía Kim y su maravillosa idea de probar armas atómicas, lograron que el mundo prestara oídos no a sus canciones pero sí a la amenaza de una guerra nuclear y consiguiendo que fueran bloqueados comercialmente, y con la crisis económica y la hambruna provocada por el bloqueo comercial al gobierno de norcoreano se hizo evidente que mantener una disquera con música que pocos estén dispuestos a comprar no era viable comercialmente y desapareció en los años noventa como manufacturera de vinil y se transformo en fabricante de CDs, ahí es donde dejaron de interesarme. Aunque con el nuevo auge del disco en vinil, no creo descabellado mandar a maquilar vinilos a Pyongyang, si es que sus maquinas aún existen.

Jugoton

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Es 1947, tan solo dos años después de liberar Yugoslavia de la bota nazi, es fundada la que se convertiría en la empresa fonográfica mas grande de la extinta Federación Socialista. Podríamos pensar que por tratarse de un sello derivado de un régimen rojo lo más factible es que fuera otro caso de vehículo de propaganda política, igual que en el caso anterior con Norcorea. Pero Yugoslavia se desmarcó en 1948 de las políticas de Moscú y fue uno de los principales impulsores del llamado movimiento de países no alineados, por lo que gozó de cierta independencia y libertad dentro de sus fronteras. Precisamente por romper con la Unión Soviética en tiempo de la guerra fría es que esta disquera puede resultar interesante a los lectores por dos cosas:

Primero, al no tener acceso al financiamiento soviético se vio obligada a buscar otros mercados, lo que abrió la posibilidad de hacer negocios con el llamado “mundo libre” y el virus del rock que se gestó en EU en los años de la posguerra, junto con otros ritmos “decadentes” pudo entrar a las ondas hertzianas del país balcánico.

Comencemos con el acceso al rock, ese engendro de mal que infectaba a la juventud del mundo y los hacia bailar como posesos. Ni los mas férreos guardianes de la moral pudieron evitar su propagación hacia las fronteras donde el proletariado era el rey, y a finales de los años setenta y principios de los ochenta la juventud yugoslava también bailaba con los compilados de post-punk y new wave que Jugoton editaba, tales como Paket aranžman (Paquete tour) y Artistička radna akcija (Trabajo de Acción Artístico), que mostraban una selección de bandas nacionales que tenían un potencial comercial entre los jóvenes. El primero es considerado el segundo mejor disco de rock de Yugoslavia, además de convertirse en un clásico instantáneo, y aún es influencia para las bandas que han surgido después de la desintegración del país balcánico. La idea era tener bandas de jóvenes en sus veintes, representativas de la escena punk y new wave del país, entre las que sobresale Električni Orgazam, agrupación que hasta la fecha sigue en activo. El segundo disco es una joya a buscar entre los coleccionistas de discos en el mundo.

 

Otro de las grupos musicales que Jugoton editó y vale la pena mencionar fue Bijelo Dugme (botón blanco), posiblemente el conjunto más famoso en Yugoslavia y que además fue la banda donde Goran Bregovic comenzó sus andanzas en el mundo de la música. Aunque inicialmente fueron una banda más de hard rock, lentamente fueron virando hacia las raíces balcánicas ,lo que impactaría sobre todo en la música de Bregovic.

 

La segunda característica curiosa del sello fue que, al no tener el apoyo propagandístico de Stalin, Tito y sus seguidores tuvieron que buscar otra fuente de propaganda para su revolución social, y qué mejor que la Revolución Mexicana, generadora de infinidad de canciones y de películas que reflejaban esa lucha de pueblo sufrido levantándose hacia el burgués opresor.

Un ejemplo palpable fue la edición del llamado Yu-Mex, una serie de discos de cantantes locales que interpretaban canciones mexicanas de la revolución, gracias al impacto del cine mexicano de la época de oro que les llegó al corazón. Un poco de información acerca de esta serie de discos, que no fue única de Jugoton, ya que muchas otras discográficas yugoslavas se dedicaron a sacar discos de canciones mexicanas, puede ser vista en la pagina http://www.mihamazzini.com/ovitki/default.html que menciona algo de la música mexicana que se escuchó en los años cincuenta en esa parte de Europa Oriental. La aceptación de la música mexicana en Yugoslavia o los estados que nacieron a la posterior desaparición del país no debe resultar extraña, ya que si han escuchado a Goran Bregovic podrán notar que son músicas muy afines.

Con la desaparición de Yugoslavia se vino el ocaso de la disquera que terminó convertida en Croatia Records, y de alguna manera ha continuado editando música rock y algo de Turbo, ese engendro de electrónica, balkan beat y onda grupera: lo juro, ya que tuve la ¿suerte? de ir en un taxi por las calles de Belgrado cuyo conductor tenia su USB llena de Turbo cuando de repente apareció “Su Majestad Mi banda El Mexicano” con su Baile de Caballito mezclado a la perfección con los ritmosfrenéticos del Balkan Beat.

Falcon Records

Falcon records, #HistoriasSinSpoilers

Ya que estamos mencionando la música mexicana y su influencia en otra música no podemos dejar de lado a una leyenda en cuanto a música norteña se refiere, y más cuando se trata del legendario sello texano (Tejano and proud! como dice la raza que vive cruzando el Río Bravo) Falcon Records, fundada en 1948 en McAllen por Don Arnaldo Ramírez (Mr. Falcon). Se trata uno de los dos sellos más influyentes en cuanto a música norteña se refiere, junto con Ideal Records.

Los grupos que grabaron y fueron editados por el sello incluyen tanto mexicanos como texanos, con leyendas mexicanas como Los Alegres de Terán, Carlos y José y el gran Luis Pérez Meza, cuya música y ritmos norteños hacen que imagináramos el norte de México como si de una película del Piporro se tratara. De allende la frontera se editaron discos de verdaderas diosas musicales, como la verdadera reina del Tex Mex: Lydia Mendoza, mejor conocida como La Alondra de la frontera, cantante texana que puso en alto la música mexicana y que logró ser inmortalizada en una estampilla postal de EU, además de serle otorgada la medalla de las artes por el congreso yanqui. Otra reina que tuvo su música en este sello fue Doña Chelo Silva, la reina del arrabal, que empequeñece a Paquita la del Barrio con su música y actitud. Básicamente estamos hablando de un sello de verdadera sangre azul con tantas reinas en su catálogo.

 

Falcon también impulsa de cierta manera la naciente escena chicana, ya que de los años  sesenta y setenta graba a uno de los grupos pioneros de Texas, con un nombre de campeonato: Tortilla Factory, que por desgracia hoy en día están olvidados.

Si uno busca entre los discos editados por este peculiar sello se encontrará sorpresas como Los Chapala Beach Boys, que además de composiciones propias también tocaban covers de los Beatles. La cosecha de rock no se quedo solo ahí, ya que editaron algunos sencillos de los Teen Tops para el mercado estadounidense.

La evolución de la música norteña es bien documentada en la ediciones del virtuoso  del acordeón, el muy añorado Steve Jordan, alias “El Parche”, que incursionó en otros terrenos no tan ajenos a la polka como lo fue el rock. Una de sus actuaciones puede verse en la película que dirigió David Byrne —sí, el cantante de Talking Heads— en True Stories, donde comparte el escenario con Tito Larriva, pionero del punk en EU y mexicano inquieto que ha forjado nombre en el país vecino y su escena independiente.

No puede faltar la nota de leyenda en este sello, ya que así como Factory Records firmó a todas las bandas importantes de Manchester menos a The Smiths, el caso se repite con Falcon Records, a cuyo roster le hicieron falta Mingo Saldívar y el legendario Flaco Jiménez para de esa manera tener a los tres texanos que cambiaron la forma de tocar el acordeón.


Podcast y transmisión en vivo

Algunas canciones del genero chicano pueden ser escuchadas en el podcast del programa Omnifón:

https://www.mixcloud.com/profesor…/omnifon-12-de-junio-2017/

Cada lunes por www.psiconauta.net estaré programando de las 22:00 a las 00:00 horas diferentes géneros musicales que puedes acompañar con la lectura de esta columna.

Facebook: Omnifon

 

 

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

Canción de amor 2


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

#HistoriasSinSpoilers

Escuché el susurro en mi oreja: ¿te gustaría chuparme los pies?

Subí por las escaleras eléctricas hacia los cines, y a él fue lo primero que vi: echado plácidamente en una banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás permaneciendo. Nadie más se atrevía a sentarse allí. Tal vez les parecía impúdica la manera en que ostentaba sus pies. Calzaba unas sandalias de piel de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran enormes. Preciosos y delgados.

Me quedé cerca, revisando las carteleras y horarios antes de atreverme a mirar. Entre una y otra sinopsis echaba una ojeada rápida, cuidando que él no se diera cuenta. Pero tal vez me demoré algunos segundos porque al  levantar la mirada lo encontré viéndome directamente. Me turbé, no supe qué hacer, hasta topé con algunas personas en mi huida. Caminé apresurado volteando para confirmar que el muchacho no venía detrás. De repente me sentí estúpido y paré.

Entré a la tienda de discos. Me entretuve viendo algunos escaparates. Frente a uno de ropa se me erizó la piel: muy cerca de mí se colocó una silueta que evité mirar incluso a través del reflejo en el vidrio. Me quedé rígido. Revisé las prendas con minuciosidad. Hasta que la silueta se acercó aún más, como mirando algo del escaparate también. Entonces me lo preguntó.

Por fin volteé a verlo. No agregó nada más, solo encontré en su rostro una sonrisa de complicidad, que de cualquier manera no me tranquilizó. Hizo un leve movimiento con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como hipnotizado hacia la salida. Veía acercarse el resplandor del sol afuera, restallando en las puertas. Antes de salir lo tomé de un brazo. Traigo carro, dije. Me dirigió un gesto de extrañeza y, todavía callado, se devolvió en dirección a las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haber dicho eso. Se adelantó un poco, pero se detuvo a esperar que lo alcanzara.

No dijimos nada más, él solamente daba las indicaciones para llegar a donde nos dirigíamos. En aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el breve recorrido me pregunté mil veces qué dirían si alguien de mi casa me viera llevando a alguien más grande que yo, desconocido para ellos. Y para mí.

Deja poner algo de música, dijo apenas llegamos, y comenzó una canción que conocía muy bien porque le gustaba a mi papá: you got this strange efect on me/ and I like it sonaba en las bocinas. Enseguida vuelvo, agregó, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor. Era una casa similar a la mía: comedor, sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. Cuadros, figuritas. Dentro el aire estaba más fresco que en la calle. Regresó y me entregó un objeto muy pequeño en forma de esfera navideña. Lo miré extrañado. Es un chicle, me informó. No supe qué debía hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó divertido ante mi duda, mastícalo un poco y lo tiras. Lo eché en mi boca. Era de sabor menta, muy fuerte, sentí un tufo helado irrumpir en mi garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se deshizo de las sandalias y subió los pies a la mesita de centro. Un exquisito aroma a sudor y cuero llegó a mi nariz. Y me arrodillé.

Tania interpreta el bolero


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

La escena se puede reconstruir con una anécdota y personajes a grandes trazos. Porque sí, es una historia de amor, de iniciación, de infidelidad si gustan. Pero lo importante no serán los hechos, sino la música que los envolvió. Que los vistió, que marcó al protagonista. Éste ha aceptado ir a una fiesta. Lo invitó un amigo algunos años mayor, del cual quizá sería un poco exagerado decir que está enamorado, pero sí que goza decididamente de su compañía. La casa donde se realiza la fiesta está lejísimos, en una colonia a las afueras de la ciudad, que el protagonista (a quien llamaremos, digamos, Ele) no conocía.

Es el “aniversario” de unos amigos de su amigo. Al principio no había entendido muy bien aniversario de qué, y la verdad es que tardó un poco en darse cuenta. Ele mira con atención a los hombres que componen la pareja: son mayores (aunque claro, a sus dieciséis años cualquiera que pase de los veinte es “mayor”), guapos, parece que están bien acomodados porque usan ropa cara y perfumes deliciosos que dejan una estela sólida a su paso. Desea algún día ser como ellos, tener una casa, un buen empleo, un carro como el que está afuera. Una pareja.

Ele no conoce allí a nadie más que a su amigo, quien a veces va a conversar y saludar a otros. Tal vez por eso se esfuerza en poner atención a la música en los momentos que lo deja solo. Así, presencia cuando uno de los anfitriones saca un disco de acetato de su funda, lo pone en el estéreo y comienza a bailar abrazado a su pareja. Tal vez puede ser consecuencia de las bebidas (aunque había aceptado al llegar un tequila con escuer, la verdad es que antes de eso el único alcohol que había ingerido en toda su vida era el de dos o tres cervezas), pero la música le llama la atención en verdad, se oye nueva aunque la canción en sí parece vieja. Elegante, sofisticada. Toma la funda. Al ver a la mujer en la portada le vienen a la mente algunas palabras: canto nuevo, Cuba. No, Cuba no, pero sí otro país latinoamericano. Tania Libertad. Boleros.

El amigo vuelve y le pide que bailen también. Ele acepta su mano y al compás del alcohol y de esa voz, se abandona a sus brazos. Decide que no va a reprimirse más, que ya no le importa que el amigo se dé cuenta que le gusta (too late darling, le diría alguien con ánimos de perrear). Sólo hay un pequeño detalle: Ele conoció meses atrás a otro amigo que también le gusta. Mucho mayor que el que lo dirige ahora en el baile. La voz. Los boleros. Un amigo. El otro amigo. El tequila con escuer.

Por fortuna el destino se encarga de ahorrarle cualquier sentimiento de culpa. Cuando ya ha avanzado la madrugada, su amigo (el que lo llevó a la fiesta) ha bebido muchos tequilas. Y cerveza, y después el líquido de cualquier botella que se encontró. Es notorio que la pareja anfitriona lo estima: cuando se vomita estruendosamente en la sala no se molestan y en cambio lo toman de la frente para que no se embarre de la regurgitación. Lo llevan a un cuarto de la casa a que se recueste y cuando vuelven, al ver a Ele sentado en un sillón, parecen recordar que iba acompañado. Ya puedes irte a dormir tú también si quieres, dicen. Ele supone que lo están invitando a ocupar la misma cama que el amigo y se encamina hacia allá.

En la fiesta quedan pocos invitados. Desde el cuarto, acostado sin quitarse más que los zapatos y a un lado del amigo que ronca sin reparos, Ele sigue escuchando la música, ahora a un volumen más bajo. Aunque de todas maneras, en su cerebro siguen sonando esas notas que, siente, han sido una revelación. Las palabras que cantaba la voz: sabrá Dios si tú me quieres o me engañas, como no adivino seguiré pensando…

De la música… | Los telebrejos II


De la música y sus asuntos

Por LUIS MARTÍN ULLOA

Y sí, la música se puede disfrutar de diferentes maneras. En un concierto, por ejemplo, en algún teatro con excelente acústica, o al aire libre. En una fiesta, donde se puede bailar o hasta cantar en coro. Para mí, se goza mucho más cuando se convierte en un acto íntimo. Y para esto, los gadgets han colaborado muchísimo, por supuesto. Recuerdo que antes de adquirir alguno, me daba mucha envidia ver a mis compañeros de viaje (en autobús o avión), que se colocaban muy orondos los audífonos para enfrascarse en un mundo, en un espacio donde sólo estaban ellos. Nada les hacía que el periplo por delante se extendiera por dos o siete horas. El aburrimiento estaba cancelado si podías acompañarte de tus cantantes y canciones.

La verdad fue que, aún con toda esa envidia, pude acceder al excelso mundo de los que podían oír música en cualquier lado ya un poco tarde. El primero que pude comprar fue, claro, un walkman (aún me da penita cuando recreo una imagen: yo, yendo a todas partes con el armastrote —aquellos primeros modelos no eran precisamente ligeros— sujetado en el cinturón por el clip que tenía en la parte trasera). Y de todos los aparatejos que aún conservo, éste es quizás el que más evocaciones entrañables me trae.

Por ejemplo, aquel viaje en carretera de CDMX a Acapulco. Estaba en un “receso”, en un “lapso de tiempo para pensar” de una relación más o menos tormentosa, así que me proveí de una bolsa repleta de casetes con las canciones más sentidas, para sufrir a gusto en el trayecto. Apenas salió el autobús de la Central coloqué el primero, que contenía las primeras canciones de Alejandro Fernández. El recuerdo es prístino: la canción “Intenta vivir sin mí” fue casi una declaración de principios entonces. Así que me dispuse incluso hasta a soltar una lagrimita así muy discreta, porque tampoco era el caso que todos los pasajeros se enteraran de las penas que me acongojaban. Ni siquiera me importó un niño que viajaba al lado mío (cuyos padres iban en los asientos al otro lado), que me miró horrible todo el tiempo, seguramente porque él quería ir en el lugar de la ventanilla. Pero ni modo, ése era el mío, y además la autoconmiseración funciona mejor viendo el paisaje que volteando hacia el pasillo.

Aaah, pero el destino es bien traicionero, y mi sufrimiento se vería interrumpido de golpe a causa de un error imperdonable: olvidé llevar suficientes baterías, para cambiarlas si se agotaban. Así que ni siquiera habíamos recorrido la mitad del camino, cuando debí suspender recuerdos, lágrimas, música, y me dormí.

Los telebrejos I


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Podría vivir perfectamente sin televisión, pero sin algún aparato que toque o transmita música, no. Esta frase la habré dicho muchas veces a gente cercana. Es casi la verdad (porque, puntualizando: podría vivir sin sintonizar ningún canal abierto o privado, pero no ver películas o series con un reproductor de dvds… eso ya es otra cuestión). Esta melomanía comenzó a gestarse en la temprana adolescencia. Tendrá qué ver con el espíritu romántico de esa etapa, supongo: las primeras ilusiones, el primer enamoramiento, la primera… muchas primicias. Y claro, escuchar música tiene qué ver con los aparatos donde se escucha. Hace días me di cuenta que bien podría hacer una pequeña exhibición de los que he usado (y aún conservo, algunos).

Cuando entré a trabajar como auxiliar de investigación en la Universidad de Guadalajara, siendo aún estudiante, lo primero que anhelaba comprar y compré, fue un estéreo con cd (en 1991, aunque no lo crean, no eran tan comunes). Pero como ése quedó en la sala, necesitaba algo para el cuarto: una grabadora de casettes, después una de cds. Aaah, pero también había que comprar los que uno podía llevar a todas partes. Así, cuando salía de viaje en autobús, podía olvidar los calcetines, pero una bolsa llena de casettes y mi Walkman jamás. Con los nuevos formatos, llegaron los nuevos aparatos. El celebérrimo mp3 trajo la grabadora que podía tocar discos con cien canciones, y el Discman. Podía viajar hasta el entonces Distrito Federal con sólo unos cuantos discos y no repetir ninguna canción. Pero el gusto no duró mucho, pues apareció el nuevo objeto del deseo: ¡el deslumbrante Ipod! Me regalaron el de primera generación, de dos gigas, que gocé muchísimo hasta que me lo robaron. Después, con los puntos de una tarjeta de crédito, conseguí uno ya de versión Touch y de más capacidad. El Iphone nunca me ha convencido, que sea el mismo aparato con el que hable y traiga mi música no me parece algo conveniente. Y ahora con el streaming, creo, se ha detenido un poco el furor por los nuevos armatostes para desviarlo hacia los programas y plataformas, que bien puede uno usarlos desde el mismo teléfono celular.

[Continuará…]

“Recuerdos de juventud”. Conservar la memoria social.


Conversación con Alva Lai Shin autora de Recuerdos de juventud y rock and roll. Rescate y difusión de la memoria fílmica femenina en Guadalajara durante la década de los sesenta.


1. Cuéntanos de tu libro. ¿Cómo nació la idea de escribirlo? ¿Qué encontrará el lector “Recuerdos…”? ¿Qué te dejó a ti?

Recuerdos de juventud y rock and roll tiene su origen en un trabajo de investigación académica que inicié mientras estudiaba Historia, en la Universidad de Guadalajara; sin embargo, para explicar la idea de escribirlo tendría que remontarme a mi infancia y al gusto compartido con mi mamá por las idas al cine, las películas, las actrices y actores.

Descubrí que cuando ella y otras tías recordaban pasajes de su juventud, irremediablemente hablaban de la ciudad, el barrio y sus cines. En particular, del cine mexicano de la década de los sesenta, aquél protagonizado por Enrique Guzmán, César Costa, Angélica María, Julissa, entre otros. Esa memoria femenina representa el eje de este libro, construyendo una imagen en contraste de la juventud fílmica y la juventud de carne y hueso de aquellos años.

El lector encontrará la representación mexicana en pantalla —y en los recuerdos de mujeres que fueron asiduas a este cine—, de los rebeldes sin causa, los chicos de cafetería, así como los roles y posibilidades de las jóvenes en estas narraciones fílmicas.

2. ¿Qué otras temáticas te atraen?
Sigo interesada en la historia del cine y las representaciones audiovisuales, en general; aunque actualmente me encuentro enfocada en el manejo y gestión de patrimonio documental y cultural.  Mis temas de interés están bastante entrelazados con la idea del rescate de memoria social.

3. ¿Desde tu punto de vista en un país como el nuestro, este tipo de proyectos qué función tienen?
La función es rescatar, conservar y difundir la memoria; es decir, la producción cultural que ha logrado llegar a nuestros días y sus múltiples reconstrucciones y significaciones en el tiempo.

4. ¿Cómo es trabajar con acervos?
Trabajar con un acervo documental significa tener contacto directo con un pasado remoto o reciente que, si no se topa con una guerra, una plaga de polillas, una lenta digitalización o un político avaricioso, seguramente nos trascenderá. Estoy segura de que todos los bibliotecarios, archivistas, libreros y coleccionistas tenemos un pensamiento romántico similar al entrar a una casa repleta de libros, abrir un cajón lleno de fotos o descubrir en un bazar una primera edición.

No podemos tener ni conservar todo, pero podemos contribuir con el rescate, permanencia y accesibilidad de lo que ha logrado llegar hasta aquí.

5.- ¿En qué proyectos estás involucrada actualmente?
Actualmente trabajo en un servicio de consultoría documental para bibliotecas y archivos públicos y privados, inserto en los proyectos de Industrias Creativas, de la Secretaría de Cultura de Jalisco.

6. ¿Se lee poco en México?
Definitivamente.

7.- ¿Qué libros te dejaron huella? ¿A quiénes consideras tus autores cómplices?
Mi autora más entrañable es Clarice Lispector. Como huella, creo que Bartleby, el escribiente de Herman Melville

 

La escritura es un diálogo que se propone sorprender al otro

11 preguntas para conocer a Édgar Adrián Mora
y una playlist

[Édgar Adrián Mora es autor, entre otros libros, de Continuum. Una novela sobre Héctor G. Oesterheld, publicada por Editorial Paraíso Perdido]

1. ¿Escribir es una profesión, un asunto de vida o muerte, o un hobby?
Con la única definición con la cual no estaría de acuerdo es con la última. No me imagino que alguien escriba para “pasar el tiempo”. Sí creo que sea una profesión en los términos básicos del término: profesar algo. La escritura, para mí, es algo que lleva una carga de mística en tanto se encarga de perpetuar eso a lo cual se alude capacidad creadora de mundos: la palabra. Esa palabra está dirigida a los otros. A diferencia de muchos no creo en la idea de escribir para uno mismo, creo que la escritura es un diálogo en donde se propone sorprender al otro a partir de la historia, del lenguaje utilizado o de las capacidades no sospechadas. No creo que sea una cuestión de vida o muerte, pero lo digo desde la enorme cantidad de posibilidades de escritura de la época en la cual me ha tocado vivir. La escritura y su posibilidad están ahí de manera inmanente: tenemos teléfonos, computadoras, tabletas, lápices, plumas, gises, crayolas; un mundo de herramientas cuyo acceso es en suma fácil. No sé si podríamos vivir sin escribir, me refiero a aquellos que profesamos tal manía, y, la verdad, no quiero averiguarlo.

2. ¿Para qué escribir?
Para recordar lo que podríamos ser. La escritura, sobre todo desde la ficción, plantea las posibilidades de lo que no pudo ser posible. Escribimos para dar la oportunidad de que lo improbable exista. Escribir es también una manera de enunciar de manera distinta el mundo en donde vivimos. Es practicar el oficio de encubrir lo que, cuando es evidente, no recibe la suficiente atención. Escribir es escuchar y hacerse escuchar. Es buscar la comunión con lo colectivo, la lectura, a partir de una acción que se realiza en solitario. Cuando se escribe se es uno; pero cuando lo escrito se lee, la magia multiplica los ojos, los sentidos, las emociones. Escribir tiene un efecto multiplicador. Es algo de un poder implícito por lo que contiene y no por la forma en como está contenida. Recordemos Farenheit 451. Escribir, en ese sentido, es también leer. A los otros, al mundo, a sí mismo con respecto de los otros. Siempre un diálogo.

3. ¿Cómo fue que decidiste ser escritor?
No estoy consciente de cómo lo decidí. No estoy seguro de si es algo que “se decida”. Al menos yo nunca hice un alto en mi vida y dije: “seré escritor”. Pienso que es más bien una consecuencia de lo que surge de manera natural. Uno escribe, es escritor por la pura acción. Uno lo publica y lo leen personas a quienes no se conocen personalmente, es un escritor para los demás. No es algo que se pueda fechar. No tiene que ver con una decisión consciente ni con la primera vez que aparece el nombre en letras de imprenta. Quizá sí tiene que ver con el reto que implica contar algo que se imaginó de tal manera que parezca interesante para los demás. En ese sentido, quizá la lógica que me anima es la misma que anima a los magos. Mostrar el truco final, la ilusión, procurando que no se note la manera en cómo esto es posible. Disfrutar la sorpresa, el anonadamiento, la sospecha del otro. Cabe siempre, sin embargo, la posibilidad de ser un pésimo mago. Cuestión que quizá se deba, con cierta razón, al hecho de no practicar lo suficiente.

4. Libros que te marcaron y por qué:
En mi casa no había libros. Los que llegaron fueron porque familiares generosos me los regalaron o porque hice el descubrimiento más fantástico que puede hacer un niño sediento de historias: la biblioteca pública. De ahí que los libros que reconozco como determinantes vitalmente sean tan dispares y, en cierta medida, alejados del canon “exquisito” de la Academia. Recuerdo, en primera instancia, El principito, que hoy se considera cursi; yo lo sigo leyendo al menos una vez cada año y me sigue sorprendiendo su capacidad para encerrar en tan pocas páginas tantas señales de nuestra naturaleza como humanidad, para mí es un libro tan importante como La Biblia. El estudio de esta última me introdujo, desde la visión protestante de parte de mi familia, a la posibilidad de encontrar interpretaciones múltiples en todos los textos; mis libros preferidos eran “El evangelio según San Juan” (sí, lo sé, el más maniqueo), por la fuerza que tiene el personaje central y el contenido ético de sus enseñanzas; y las “Revelaciones desde la isla de Patmos”, en donde el fin del mundo era tan atroz que en aquella infancia me generaron una sensación ambivalente: terror por lo que enunciaba pero, al mismo tiempo, un morbo por las escenas descritas. En mi biblioteca (a las bibliotecas públicas uno se las apropia, ¿no?) había una excelente selección de cómics que me iniciaron en el gusto por este medio, ahí leí a Astérix, el galo, Mafalda, Los Supermachos, Proteo fuerza 10 y varios más que me dieron tardes llenas de fantasía y humor. Recuerdo con mucho cariño las ediciones de Porrúa, la colección “Sepan cuántos”, en donde leí a escritores que hoy me siguen pareciendo portentosos: Emilio Salgari, Julio Verne, Víctor Hugo, Alejandro Dumas. De todas esas lecturas la que más me impactó fue Los tres mosqueteros, toda la serie, recuerdo que lloré sumamente conmovido cuando Dumas describe, en El vizconde de Bragelonne, la muerte de D’Artagnan. Me sentí un lector de folletines de finales del siglo XIX con la lectura de los casos de Sherlock Holmes, me indignó, como a los lectores de esa época, que Conan Doyle decidiera matar al detective. Más adelante descubrí a Gabriel García Márquez a través de sus libros más interesantes: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. El boom latinoamericano tuvo un impacto enorme en mí, porque me mostró que había formas distintas de contar las historias y que, incluso, la historia no tenía que ser lo más importante, sino la forma en cómo ésta era escrita. Pedro Páramo fue una lectura deslumbrante. Cortázar, Borges, Carpentier. Eso abrió la posibilidad de acceder a autores como Milan Kundera, Patricia Highsmith, Ray Bradbury, Charles Bukowski. Es decir, el boom permitió que me diera cuenta de que había literatura más allá de la aventura y el romanticismo decimonónico. De los contemporáneos leo con gusto a Don DeLillo, Bret Easton Ellis, Neil Gaiman, Alan Moore, Paul Auster, varios más.

5. ¿Qué escritor o escritores podrías mencionar como una invitación a leer?
Depende de la sensibilidad, la edad, el hábito lector. Trabajar con adolescentes me ha enseñado que no se puede generalizar con respecto de lo que puede o no gustar. La historia de vida de cada uno es, por ejemplo, algo determinante a la hora de aceptar un libro como parte del mundo de cada quien. Pero creo que hay textos de escritores como Stephen King, Neil Gaiman, Bernardo Fernández, Roal Dahl, Michael Ende, Etgar Keret, que animan a continuar con la lectura de más textos, no sólo de ellos, sino de otros. En especial quiero mencionar la obra de Jorge Ibargüengoitia, creo que es uno de los escritores mexicanos que más han hecho por la lectura en nuestro país. Su obra es un espejo magnífico en el cual nos vemos reflejados y que no pierde vigencia, a pesar de los años.

#Continuum #EditorialParaísoPerdido

6. ¿Alguna ceremonia o rutina para escribir?
Creo que ninguna en especial. Sí requiero saber que tengo un tiempo determinado para hacerlo y que nada va a interrumpir ese momento. Me cuesta trabajo concentrarme si lo hago mientras realizo otras tareas. Algo que sí es fundamental es tener un líquido a la mano. Si estoy en casa por lo general es una cerveza o algún alcohol, si el humor y la hora lo permiten. Si no es así, o es en algún otro lugar, siempre café. Quizá la rutina se componga de esos elementos: escribir, beber, obligarse a parar a orinar y repetir. A veces poner música. A veces sólo el silencio.

7. ¿Qué estás leyendo en estos días?
Soy un lector muy caótico. Leo (y releo) muchas cosas al mismo tiempo, lo que tiene sus ventajas y desventajas. Ahora mismo leo, salteados y a tiempos dispares, Diario de una resurrección de Luis Rosales, la reedición que Vértigo está haciendo de The Sandman de Neil Gaiman, los compilados de Preacher de Garth Ennis y Steve Dillon, Ernie Pike en prosa de Héctor Germán Oesterheld, ¿Olvida usted su equipaje? de Jorge Ibargüengoitia, Historias de madres, historias con madre. Crónicas del maternaje de varias autoras, Vuelta a la casa en 75 poemas de varios autores, Sobre la impura esencia de la crítica de Heriberto Yépez, King, el rey. Un universo de terror de Eduardo Guillot y los que se acumulen esta semana (que aparte estoy de vacaciones, lo que aumenta las posibilidades).

8. ¿Qué libro no pudiste terminar?
Uh, varios. Aunque acá habría que hacer algunas subcategorías. Por ejemplo, qué libros no terminaste en algún momento, pero después sí. Eso me pasó con Madame Bovary, por ejemplo, y con la primera vez que me acerqué a David Copperfield de Dickens, con Ricardo III de Shakespeare. Creo que se debe intentar otra vez con todos los libros en un momento distinto. Mejor pasemos a la siguiente pregunta…

9. ¿Personaje literario favorito?
Sherlock Holmes, por supuesto, ¿quién no quisiera tener sus habilidades? Athos, de Los tres mosqueteros. Hannibal Lecter, de la serie de Thomas Harris. Morfeo de The Sandman. Juan Salvo de El eternauta. Momo, de la novela del mismo nombre. Tomás de La insoportable levedad del ser. Odiseo de La odisea. Y, por supuesto, la encarnación perfecta de la venganza: Edmundo Dantés de El conde de Montecristo.

10. ¿Algún lugar o momento favorito para escribir?
En mi caso el momento favorito es cuando tengo tiempo de construir ese momento favorito. Pero, a últimas fechas, eso ocurre sobre todo por la mañana. A pesar de que mucho tiempo de mi vida fui un ser de costumbres nocturnas, hoy ya no se me da mucho. El lugar elegido sería mi pequeño estudio, con los libros de mi biblioteca a mano a fin de buscar alguna palabra y la manera ideal de expresarla.

11. ¿Mezcal, Whisky, Ron, Tequila…? ¿Algún otro?
¿De verdad hay que escoger? Soy más cervecero. De cervezas ligeras. Mezcal, sí. Whisky, por supuesto. Tequila, por tradición. Ron, si no queda de otra. Y vino, ¿qué haríamos sin el vino?

La playlist

Soundtrack para escuchar “Las ocasiones perdidas” de Rodrigo González M.

Lista negra

por CÁSTULO ACEVES

El cono de luz cae sobre el sujeto amarrado a una silla, el interrogatorio aún no termina. Dos hombres rondan la zona iluminada, ambos barbados, intentado obtener la información. ¡Nombres, necesitamos nombres! Dice el más joven de ambos. Se acerca, tira un puñetazo al estomago, un golpe de revés al rostro. Un líquido oscuro vuela emergiendo de la boca. Está bien, dice el interrogado mientras hace gárgaras de sangre, les daré la información.

Una confesión, suelta exhausto el sujeto. Confiesa entonces, dice el mayor de los interrogadores, cuya barba entrecana empieza a parecer un código de barras. Confieso que no había leído a Rafael Bernal. ¿Confiesas? Respondió el joven tomándolo del cuello. Si, resopla el interrogado, quienquiera escribir género negro debe, por lo menos, haberlo leído. Si es posible, recitarlo.

Leí El Complot Mongol, una novela que no solo es considerada la primera novela negra en México, sino una piedra fundacional. El detective Filiberto García es un hombre rudo, matón a sueldo, ya en el ocaso de su vida. Se ve arrojado a un caso que implica un conflicto de intereses entre Estados Unidos y Rusia en plena guerra fría. Es una historia vertiginosa que se resuelve con inteligencia, humor y acción. Es capaz de reflejarnos, a manera de caricatura, una sociedad corrupta gobernada por políticos sin escrúpulos. ¿Entonces? Preguntan los barbados. Nada, concluye el hombre amarrado a la silla, es pura ficción.

También leí El Hombre Ilustrado. ¿Por qué lo hiciste? Porque leer a Ray Bradbury siempre es un placer. ¡No creo que sólo por eso! Interpela el joven barbado haciendo un amague de golpe. Porque quería escribir un cuento, y en ella aparece una mujer cuyos tatuajes son premoniciones del futuro. Supuse que si iba a tocar ese tema, necesitaba leer el libro. Es un libro de cuentos integrados bajo una premisa, que un primer personaje conoce a un hombre completamente tatuado, cada imagen tiene vida propia y relata una historia. Los interrogadores lo observan en silencio, él sabe que debe continuar. No hay forma de equivocarse con un libro de Bradbury, pero me parecieron memorables varios cuentos: “La lluvia”, sobre una expedición en un mundo donde nunca deja de llover; “Los desterrados”, donde Poe, Bierce, Blackwood, Dickens, y muchos otros escritores conviven en Marte; “Calidoscopio”, sobre un astronauta perdido en el espacio, cayendo hacia la tierra; y “El cohete”, un conmovedor cuento sobre lo que es capaz de hacer un padre por mantener la ilusión y alegría de sus hijos.

No necesitan golpearlo de nuevo. Los Evangelios de la Rabia, del escritor Rafael Medina. Es un libro de cuentos cuyo tema central es la religión, o más bien, sobre sus símbolos. Un hombre que revive su crucifixión con cada alto en una esquina de la ciudad, un niño en cuyas rabietas invoca plagas terribles, una niña que esconde sus estigmas, una mujer acosada por una virgen que la quiere de mensajera, etcétera. Todos desbordan humor negro, escritos con un estilo fugaz, preciso y delirante. Los interrogadores barbados sonríen complacidos.

¿Pero es que no viste nada? Arremete de nuevo uno de los interrogadores, ¡habla!  El hombre en la silla levanta el rostro, ya cansado: Gotham.

 

¿Las precuelas de Batman? No son precuelas, corrige el interrogado, solo es una serie de detectives con personajes sacados del universo del hombre murciélago. Es cierto, es divertido ver a la que pudiera ser la versión infantil de Gatúbela, Hiedra Venenosa o Bruce. Pero más allá de estos guiños, los crímenes están bien llevados, los diálogos son inteligentes y la forma en que esta armada la historia es interesante.

¿Qué más? Insiste el barbado joven. Daredevil es imprescindible.

Queda poco por decir de esta magnífica serie: sus personajes profundos, su forma de relatar dinámica, su gran fotografía, sus escenas de pelea memorables. En fin, suspira el interrogado, es el mejor ejemplo de cómo debe hacerse un programa o película de superhéroes. Después de ella, lo que viene tiene la vara muy alta.

¿Puedo hablar de música? Pregunta el interrogado. Los barbados se miran entre ellos. Si mencionas un disco o autor de trova no amanecerás vivo. “Solo Noir”, de la Francia Jazzline Orchestra, un grupo con poco más de una década de creación, que tocan desde jazz suave a música lounge.


En este álbum todas las piezas están inspiradas en las películas de detectives del siglo pasado. Son perfectas para acompañar la lectura, para escribir una noche, para ir tras una mujer acusada de un delito, para buscar venganza en un sórdido bar lleno de matones, para encontrar al culpable del último crimen de la última ciudad del mundo. Uno de los hombres lo abofetea. El sujeto agradece: Me deje llevar.

Aun falta algo, le dice uno de los barbados, algo que no nos has querido decir. ¿La nueva temporada de True Detective?

Contesta, sin pensarlo mucho, el sujeto amarrado. De inmediato empieza a recibir todo tipo de golpes. ¡Esperen! No estoy diciendo que la recomiendo, aclara en medio de quejidos. Sé que muchos la odiaron, que después de la historia entre policiaca y de horror de la primera temporada esperaban otra cosa. Yo también me sentí así al inicio, pero es interesante. Es otro tipo de historia negra: policías caídos en el vacío existencial, mafiosos duros pero carismáticos, un misterio que se rebela poco a poco, la violencia inclemente en una ciudad gobernada por criminales. Solo hay perdonar el final, esos últimos minutos, o pretender que no existieron, que fueron un mal sueño. El mismo Nic Pizzolato habla sobre el final de la primera temporada en una entrevista, menciona el arco de aprendizaje de vida de los personajes, él cree en los finales optimistas.  ¿En cuál libro? ¡Dinos nombres! True Detective, antología de lecturas no obligatorias.

¿Lo leíste? No, responde el interrogado, lo estoy leyendo apenas, por eso no lo había mencionado. Esta muy interesante, habla sobre la influencia en el programa de varios autores, incluyendo un texto de cada uno. Menciona a Bierce, Lovecraft y Chambers como bases para la parte del horror. En lo filosófico mencina a Nietzsche y Schopenhauer. Por lo policiaco incluye a Hammet, Ligotti, Barron y Bolaño. ¿Roberto Bolaño? Insiste el mayor de los barbados. Así es, contesta el sujeto amarrado a la silla, sabiendo que ese último nombre es el explica porque compró el libro.

Con eso será suficiente, dice uno de los interrogadores al tiempo que ambos se ponen de pie. ¿Y piensan dejarme así? Claro que no, dice uno de ellos. Justo antes de salir presiona el apagador. Tenemos que ahorrar luz, alcanza a escuchar el sujeto amarrado en una silla antes de que se cierre la puerta.

Nota: Este relato es ficción. Cualquier parecido con una persona, escritor o editor real es meramente coincidencia. Ningún tapatío fue lastimado en la elaboración de este texto.

 

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