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Paulina y yo


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Parte 1

Sí, a mucha gente le parece extraño que me guste Paulina. Que me guste de saberme sus canciones y cantarlas, de comprar sus discos y así. Aunque de hecho no siempre me gustó. Puedo evocar un par de momentos en que por una cosa o por otra la recuerdo, pero la verdad es que no me hacía mucha gracia. El más antiguo es cuando, supongo, andaba de gira por el país con todo su grupo de chiquillos y chiquillas promoviendo su primer disco. Aquí los presentaron en un tapanco que colocaron en la Plaza Guadalajara, de cara a la presidencia municipal. Era 1982 u 83, por lo tanto ella tendría 11 ó 12. No recuerdo bien si le pedí a alguien que me llevara o fui por mis propios medios, porque en esa época (hay  muy poca diferencia entre su edad y la mía) ya me permitían ir solo a muchos lugares. Sobresalía entre la bola de chiquillos sin duda: sus piernitas flacas y el pelo largo y ondulado, demasiado güero. Se lo han de pintar, sentenció una señora a mi lado, mientras acariciaba la cabellera negra de su hija.

El segundo momento en que anduve rondando su música fue mucho después, en el 2000, cuando ya había dejado el grupo, y era reconocida como solista. Es un recuerdo más frívolo, si cabe remarcar el “más”: la coreografía de una de sus canciones (de la cual una de sus líneas nunca dejó de parecerme eroticona, “y cuando me besas siento que disparas en medio de mi alma”), repetida con total fidelidad por todos los travestis de todos los bares de Guadalajara; y que también la hacíamos en el público, medio en broma medio en serio, entre el grupo de amigos que asistíamos puntualmente a uno de esos bares.

“El Botanero” se situaba en la esquina de Javier Mina y Basilio Badillo. Era famoso principalmente por dos motivos: porque fue el primer bar que comenzó a hacer tardeadas los domingos (de 6 a 10 pm), para todos los que no podían trasnochar y debían llegar temprano a casa; y porque era la antesala del “Mónicas”, el primero y durante mucho tiempo el mejor disco-bar gay de Guadalajara. Los más informados dicen que “El Botanero” mucho antes había sido un bar buga y que su atractivo era un trenecito eléctrico que circulaba alrededor de todo el lugar sobre un riel elevado, cerca del techo. Era de lo más cómodo, porque llegaba uno en el tren ligero, te bajabas en la estación de la ex Penal, caminabas dos cuadras y listo. Podías emborracharte muy tranquilo y ver el show, si te tocaba un lugar cerca de la pista porque el lugar se retacaba.

Luego, cuando arreglaron la azotea como terraza, podías subir si no te interesaba ver a Selena, Lupita Dalessio o Daniela Romo. Al terminar el desfile de artistas, podías bajar a echarte una bailada con tu pareja, o buscar con quién si ibas soltero. A las diez en punto se prendían todas las luces y ya todo iluminado se escuchaba la última canción, que por mucho tiempo fue una de banda, que repetía exasperadamente su título: “La bota, la bota, la boooota”. Pero el propietario de ambos lugares (El Botanero y el Mónicas), ideó una manera de que no se le escaparan los clientes que aún quedaban con ganas de rumba, y a la vez cuidaría que no caminaran de noche las calles que separaban un sitio de otro. Entonces puso a su disposición el celebérrimo Jotibús.


To be continued…

Del bajo o porque las moscas zumban en FA


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter: @mambosatan

De la tradición

Pueden decirme anticuado, nostálgico o simplemente un romántico ridículo, pero a pesar de que cada día se leen menos periódicos en papel he de confesar que aún disfruto el olor de la tinta sobre el papel al leer las noticias impresas. Mi sección favorita son las tiras cómicas. Mi día comienza al leer las aventuras y desventuras de esos personajes salidos de otros épocas. Mutt y Jeff, conocidos aquí como Benitín y Eneas, tienen apareciendo desde 1907 (bueno, primero fue Mutt, o Eneas, y luego Jeff o Benitín). A veces comienzo con las “divertidas” en las que incluyo a Popeye, Lorenzo y Pepita (Blondie su nombre original, y de donde surgió el nombre de la banda new wave homónima), Periquita y Archie. Otras veces las primeras que leo son las “serias”, donde Mandrake el Mago, El Fantasma, o El Hombre Araña nos dejan “picados” por saber que sucederá en su próxima aventura.

Lo que invariablemente dejo al final es el pequeño recuadro que pertenece a la sección de Ripley, esa de “Aunque Usted no lo crea..”. Fue precisamente ahí que hace unos días me enteré que las moscas al volar suenan en la nota Fa (o F en el sistema gringo)[1]. La noticia me pareció curiosa y compartí ese dato en mis redes sociales, agregando la frase “Las moscas son bajistas ”. Inmediatamente un amigo me dejo el comentario “con razón nadie quiere a los bajistas¨. Yo, que soy un bajista frustrado, no pude mas que sonreír amargamente y solo pensar que es un estigma que debemos soportar hasta el final de nuestros días, en espera de tiempos mejores para el gremio.

La tradición dice que los bajistas somos guitarristas fracasados; que el bajo por tener solo cuatro cuerdas es mas fácil y se opta por tocar ese instrumento y no la guitarra. A mi favor tengo que mi instrumento favorito es el bajo, fue el primero que agarré para tocar, nunca la guitarra. Si uno busca en Internet encontrará infinidad de memes haciendo mofa de los bajistas, concluyendo que nadie les extrañará si llegan a faltar en algún grupo musical. No hay nada mas falso que eso, estudios científicos han demostrado que los bajistas son (¿somos?) el elemento mas importante de una banda. La Universidad McMaster, de Canadá demuestra que las frecuencias bajas, las cuales son detectadas de manera mas fácil por los escuchas y detectaban cuando esos tonos no estaban. El bajista, además de ser parte de la sección rítmica, también debe estar acorde con la armonía musical de la banda. Si no me creen pueden checar el articulo de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU[2].

Un poco de historia

El bajo no siempre formó parte de los combos de música pop, pero como se ve, los sonidos graves son esenciales en la música, incluso en la música electrónica, por lo que siempre se buscó una forma de tener esos tonos bajos. Kraftwerk sustituía las líneas de bajeo con un sintetizador, de la misma forma que Depeche Mode usaba al inicio de su carrera un Moog Podigy exclusivamente como bajo. Otros pioneros como Cabaret Voltaire, en sus primeros años hacían una gran combinación de cajas de ritmos, guitarra junto a la voz y bajo de Stephen Mallinder, para finalmente dejarle todo el papel de los tonos graves a un sintetizador.

Antes del bajo eléctrico estuvo el Contrabajo, un enorme armatoste de madera, tan enorme que incluso su ejecutante podía montarlo como si fuera un caballo. Chequen este video de los primeros años del rock and roll donde Al Rex, de Bill Halley & His Comets cabalga su contrabajo:

o a Lee Rocker de los Stray Cats

El escritor Patrick Süskind, famoso por su novela El Perfume, tiene un monologo titulado “El Contrabajo”, donde su personaje va contando de manera agridulce las desventuras de su condición de contrabajista de una orquesta sinfónica. Explica por que es importante el bajo cuando expone que a pesar de que los tonos graves parecen no percibirse cuando se tocan en una obra, ya que aparentemente sobresalen los agudos, si uno se aleja es cuando la magia sucede: los agudos se pierden y lo que mejor se escucha son los graves. Recuerden el momento de llegar a un concierto que ya inició y como efectivamente el sonido del bajo es el que mas se nota.

El personaje de Süskind habla también de lo difícil que es viajar con el contrabajo en un taxi, o en el avión, siempre molestando a los pasajeros en el metro. Me viene la anécdota que escuche en el programa de Ronnie Wood, guitarrista de los Rolling Stones, donde Paul McCartney, bajista de ya saben quien, hablaba acerca de sus influencias, dándole importancia a Bill Black, contrabajista de Elvis. Cuando Elvis y su banda comenzaban a tener éxito viajaban por EU en esos enorme autos de los años cincuenta, donde el contrabajo siempre iba amarrado en el techo del auto. Tiempo después Bill Black fue de los primeros contrabajistas en cambiar su instrumento por el recientemente creado bajo eléctrico, en su caso un Fender Precision bass, mejor conocido como P-Bass. Fue precisamente este el primer bajo eléctrico de la historia. Inventado gracias a la necesidad de que esos sonidos graves pudieran escucharse, ya que la guitarra y la batería los nulificaban y se tenía que usar un instrumento algo grande como el contrabajo. Por cierto Paul tiene el contrabajo de Bill Black, y cuenta que nunca lo ha podido tocar bien. Sobre el icónico bajo eléctrico en forma de violín de Macca, es un Hofner alemán y a pesar de la idea que se tiene de ser barato, es un instrumento muy bien hecho.

De casos a casos

Casi todos comenzamos a tocar un instrumento al llegar a la adolescencia, muchas veces con la idea de tener una banda. La mayoría quieren ser cantantes o guitarristas. Es común que por cuestiones prácticas los ensayos se hagan en la casa del baterista, por lo difícil que es armar y desarmar la batería y moverla, además de la vocación masoquista de los padres para soportar tremendos tamborazos (¿quien en su sano juicio compra una batería para el chamaco?). Pocos son los que optan por ser bajistas. Por otro lado, ejemplos de guitarristas convertidos en bajistas existen varios, incluyendo al mismísimo McCartney, porque cuando Stutcliffe decide dedicarse a la pintura y abandonar la posición de bajista en la primera alineación de The Beatles, Sir Paul, mas a fuerza que por gusto, paso a ocupar la vacante.

Muchos bajistas, curiosamente, han sido ejecutantes de instrumentos de aliento, como en el caso de John Entwistle, de The Who. Inicialmente comenzó tocando la trompeta, como no se escuchaba en sus primeras bandas optó por intentar con la guitarra pero sus dedos eran tan largos que terminó cambiando al bajo y reinventó su sonido dentro del rock.

Un músico que comenzó como flautista fue Mick Karn, el peculiar bajista de Japan, que solía aparecer con las cejas completamente rasuradas y los ojos llenos de sombras. Parecía un Nosferatu post punk, además de ser rara avis por tocar un bajo fretless (sin trastes), Karn usaba mucho la melodía en sus líneas de bajo, incluso ocupando con su instrumento la voz principal en las canciones de Japan. Lo más admirable es que él mismo se enseñó a tocar el bajo, lo que da esperanza de tocar decentemente a muchos autodidactas. En una entrevista decía que a veces dejaba de tocar hasta por seis meses, y al preguntarle si eso no provocaba que sus habilidades disminuyeran, respondió que sí, pero que le gustaba tener esa sensación de tocar el bajo como si fuera la primera vez. Aquí hay una muestra de su maestría.

David J es otro bajista que hace uso de un fretless, a pesar de que posiblemente muchos no lo consideren un gran bajista, su sonido es elegante y sobrio. Su bajo Fender precision suena potente pero sin quitarle preponderancia a la guitarra tanto en Bauhaus como posteriormente en Love & Rockets. Fue gracias a él que me interese en ese instrumento y no en la guitarra como la mayor parte de los adolescentes del mundo. David J es enigmático: siempre de traje y con lentes de sol, leí recientemente que tiene mas de 35 años con el mismo estilo de corte de cabello. Por mi parte yo siempre seré un gordo con el cabello desaliñado. Sobre su equipo, prefiere las cuerdas de su bajo de entorchado liso, lo que le da un sonido mas brillante. Ya desde Love and Rockets David J ha estado tocando con un bajo fretless, o sin trastes, lo que hace su sonido sea más cercano a los antiguos contrabajos, o tololoches como les decimos en México. Tuve la gran suerte de encontrarme a Mr. J en la desaparecida tienda de discos “Tower Records” de la Ciudad de México, lo único que pude decir fue “hi”, me quedé sin palabras. No había aún teléfonos celulares y no todo mundo traía una cámara por si se cruzaba algún “famoso” y atestiguar su encuentro. Iba acompañado de su hermano, Kevin Haskins, baterista en ambas agrupaciones, y los dos me respondieron muy amables el saludo.

Cosas de hermanos

Las bandas que cuentan con hermanos a veces se enfrentan a dilemas cuando los dos son guitarristas. Colin Greenwood de Radiohead pertenece a esa categoría. Su hermano menor Johnny Greenwood, es el guitarrista y a falta de bajista no le quedó de otra a Colin que ser el bajista. Eso hace que sus líneas de bajo tengan mucha melodía. Últimamente la banda esta más enfocada al atasque sonoro, y ahí sus líneas sobresalen fácilmente.

En Café Tacvba sucedió lo mismo, Kike Rangel, que en un principio era guitarrista, terminó como bajista ya que su hermano Joselo sabía tocar la guitarra y además había fundado la banda junto a Rubén Albarrán. En ambos casos la ecuación es simple: sobraba un guitarrista, faltaba un bajista. Cosas de hermanos supongo.

Self made bajistas

Casi todos los bajistas menores de 60 años iniciaron sus aventuras musicales con el punk. Este genero logró lo que muchos profesores no pueden hacer: que los jóvenes se interesen y estudien algo. Sin importar sus nulos conocimientos musicales, el punk invitaba a tocar. A pesar de que siempre habrá algún Sid Vicious, más famoso por subir al escenario y cortarse el pecho, que por sus líneas de bajo, el deseo de imitación generó bajistas como Steve Severin de Siouxie and The Banshees, Simon Gallup de The Cure, y sobre todo Jah Wobble, fundador junto con Johnny Lydon (conocido como Rotten en los Sex Pistols) de Public Image Ltd. Wobble, 100% autodidacta, consiguió que su gusto por los ritmos de Jamaica, en especial el sonido del Dub, se fusionara al Post-Punk influyendo a infinidad de bandas.

Los músicos también comen y pagan renta

Los músicos de sesión son héroes anónimos presentes en muchos discos y canciones que disfrutamos. Incluso bandas que “carecen” de bajistas, como The Doors, donde el bajo lo “llevaba” el teclado de Manzarek, han tenido que recurrir a ellos, al menos en los discos. En sus grabaciones contaron con una serie de músicos de sesión tales como Jerry Scheff, Lonnie Mack, y Douglass Lubahn.

Podemos incluir en esas listas a Sabo Romo, que además de con Caifanes ha sido bajista en casi 200 discos, grabando cosas que él mismo no quiere decir ya que estrictamente lo hizo por dinero.  Abraham Laboriel es otro mexicano afamado como bajista de sesión, sus bajeos están en mas de 4000 discos. Los músicos también tienen que comer y pagar renta.

Mención aparte es el caso de la mítica Carol Kaye, nacida en 1935 y que a la fecha sigue tocando y dando clases de música. Carol es una multi-instrumentista que ha sido músico de sesión, incluso formó parte del Wrecking Crew, una imponente banda conformada por músicos de sesión que han participado en discos de diversos cantantes. Kaye calcula que ha sido bajista en alrededor de 10,000 álbumes. Uno de sus bajeos mas reconocibles y que al momento de leerlo lo vas a tararear es el tema de Misión Imposible.

Las mujeres y el bajo

Es muy frecuente asociar la figura de bajista a mujeres, y ejemplos tenemos muchos, desde la guapísima Suzy Quatro, que en los años setenta estaba presente en infinidad de posters de adolescentes, pasando por Tina Waymouth de The Talking Heads hasta llegar a dos Kims, Kim Deal de The Pixies y posiblemente la Km más conocida: Kim Gordon de los extintos Sonic Youth. El hecho de ver al bajo como un instrumento que muchas mujeres escogen tal vez explique las bromas que se les hacen a los bajistas respecto a que no consiguen chicas pero sí ligar chicos, o estar más solos que nadie.

Los sonidos graves son entonces la medula espinal de una canción, su presencia es indispensable en todo tipo de música. Uno no puede imaginar una boda sin los ritmos machacones de la cumbia haciendo a todos bailar. Sin ese elemento es como comer un taco sin salsa picante: No tiene sabor, o peor aún, como sexo sin orgasmo. Nadie quiere a las moscas, pero sin ellas el mundo sería un horrible paisaje lleno de cadáveres. Igual que una canción sin el bajo, así que ahora ¿quién se ríe de quien?


[1] Las notas para el bajo se leen en clave de Fa en el pentagrama, donde la nota de Fa esta en la cuarta línea del pentagrama. Otros instrumentos graves como el contrabajo, el violonchelo, la tuba, y las partes graves de un piano, por citar ejemplos)

[2] http://www.pnas.org/content/111/28/10383


Fotografía de portada Kari Shea / Unsplash

Todos los sonidos


Omnifón

Por Profesor Roque
Twitter: @mambosatan

En esta mi primera colaboración para este blog, inauguro esta columna bautizada con el nombre de probablemente el primer sintetizador hecho en México: Omnifón, que se podría traducir como “todos los sonidos”. Este artefacto fue inventado en los años sesenta por el ingeniero Raúl Pavón, antecediendo al famoso sintetizador Moog. El nombre de Omnifón y su implicación de “todos los sonidos” sirve de pretexto para que en esta columna se hable de música y las muchas aristas que tiene en nuestra vida. No se trata solo de rock, ya que se pretende abordar otros ritmos, cercanos o alejados, de esa música. En esta ocasión me permito escribir sobre los sellos discográficos.

Generalmente cuando se habla de sellos discográficos en la mayoría de sitios Web o revistas especializadas se contemplan los sellos “legendarios” que han sido semillero de bandas pop o jazz, a saber: 4AD, Chess, Motown, Rough Trade, WARP y otros tan sobados y repetidos en diferentes publicaciones ya sea online o físicas. Siempre se dejan atrás otros géneros porque no encajan dentro del perfil “moderno” de la mayoría de las publicaciones que tienen que ver con la música y, si acaso, mencionan Blue Note por el Jazz y la Deutsche Grammophon como ejemplo de música clásica; pero como este asunto se trata precisamente de música, les pondré algunos sellos que considero interesantes o “curiosos” por la historia detrás de ellos y lo que editaron, siendo posibles santos griales para coleccionistas de cosas raras o melómanos puros.


Choson Raekodoen

omnifon, #HistoriasSinSpoilers

Comenzaré con la Compañía Fonográfica de Corea del Norte, o Choson Raekodoen su nombre en coreano. Aunque me hubiese gustado mas que se llamara “Compañía del Pueblo Trabajador de Corea del Norte” o algo así que tanto les gusta a los regímenes comunistas.

Entre lo poco que he podido investigar acerca del origen de la empresa, dado el carácter cerrado del llamado “País ermitaño”, solo he podido encontrar que posiblemente se fundó en los años 1950s, probablemente después de la Guerra de Corea (1950-1953). Esta difunta empresa probablemente sirvió como vehículo de propaganda política del país asiático a través de canciones tradicionales del folclor coreano y de loas a los dictadores en turno (básicamente solo fueron para el Gran Líder, y el Amado Líder, o sea al fundador de la República Democrática de Corea y su hijo, respectivamente).

Esta idea me parece nada desdeñable dada la inclusión de los títulos de las canciones traducidos al inglés, el idioma del odiado enemigo del pueblo, con lo que fundamento mi hipótesis de que eran más que nada un arma de propaganda, ya que nos vamos a encontrar con encantadores títulos como: “Buenos días al amado líder”, “Las mujeres soldados difunden la semilla de la felicidad”, “Deseándole al líder que tenga buena salud”, y otras linduras por el mismo estilo, además de incluir las ediciones especiales para los festivales de los estudiantes y de la juventud internacional con números musicales tan llegadores, los cuales cito a continuación: “Pyongyang les da la bienvenida”, “El futuro será de los jóvenes y de los estudiantes”. Atención, el conseguir estos discos es más una labor de coleccionistas enfermos que otra cosa, pues el tenerlos sirven más como anécdota que de disfrute auditivo, porque difícilmente creo que alguien goce de los varios volúmenes de la banda del ejercito popular Norcoreano, con joyas encantadoras tales como la “Canción del General Kim Il Sung”, “La canción del General Kim Jong Il” (para que no se quejen de que no existe igualdad), la “Canción del querido camarada Kim Kong Il”.

Entre el cambio de tecnologías y el abandono paulatino del vinil dejando paso al Disco Compacto, sumando las locuras de los amados líderes de la dinastía Kim y su maravillosa idea de probar armas atómicas, lograron que el mundo prestara oídos no a sus canciones pero sí a la amenaza de una guerra nuclear y consiguiendo que fueran bloqueados comercialmente, y con la crisis económica y la hambruna provocada por el bloqueo comercial al gobierno de norcoreano se hizo evidente que mantener una disquera con música que pocos estén dispuestos a comprar no era viable comercialmente y desapareció en los años noventa como manufacturera de vinil y se transformo en fabricante de CDs, ahí es donde dejaron de interesarme. Aunque con el nuevo auge del disco en vinil, no creo descabellado mandar a maquilar vinilos a Pyongyang, si es que sus maquinas aún existen.

Jugoton

jugoton, omnifón, #HistoriasSinSpoilers

Es 1947, tan solo dos años después de liberar Yugoslavia de la bota nazi, es fundada la que se convertiría en la empresa fonográfica mas grande de la extinta Federación Socialista. Podríamos pensar que por tratarse de un sello derivado de un régimen rojo lo más factible es que fuera otro caso de vehículo de propaganda política, igual que en el caso anterior con Norcorea. Pero Yugoslavia se desmarcó en 1948 de las políticas de Moscú y fue uno de los principales impulsores del llamado movimiento de países no alineados, por lo que gozó de cierta independencia y libertad dentro de sus fronteras. Precisamente por romper con la Unión Soviética en tiempo de la guerra fría es que esta disquera puede resultar interesante a los lectores por dos cosas:

Primero, al no tener acceso al financiamiento soviético se vio obligada a buscar otros mercados, lo que abrió la posibilidad de hacer negocios con el llamado “mundo libre” y el virus del rock que se gestó en EU en los años de la posguerra, junto con otros ritmos “decadentes” pudo entrar a las ondas hertzianas del país balcánico.

Comencemos con el acceso al rock, ese engendro de mal que infectaba a la juventud del mundo y los hacia bailar como posesos. Ni los mas férreos guardianes de la moral pudieron evitar su propagación hacia las fronteras donde el proletariado era el rey, y a finales de los años setenta y principios de los ochenta la juventud yugoslava también bailaba con los compilados de post-punk y new wave que Jugoton editaba, tales como Paket aranžman (Paquete tour) y Artistička radna akcija (Trabajo de Acción Artístico), que mostraban una selección de bandas nacionales que tenían un potencial comercial entre los jóvenes. El primero es considerado el segundo mejor disco de rock de Yugoslavia, además de convertirse en un clásico instantáneo, y aún es influencia para las bandas que han surgido después de la desintegración del país balcánico. La idea era tener bandas de jóvenes en sus veintes, representativas de la escena punk y new wave del país, entre las que sobresale Električni Orgazam, agrupación que hasta la fecha sigue en activo. El segundo disco es una joya a buscar entre los coleccionistas de discos en el mundo.

 

Otro de las grupos musicales que Jugoton editó y vale la pena mencionar fue Bijelo Dugme (botón blanco), posiblemente el conjunto más famoso en Yugoslavia y que además fue la banda donde Goran Bregovic comenzó sus andanzas en el mundo de la música. Aunque inicialmente fueron una banda más de hard rock, lentamente fueron virando hacia las raíces balcánicas ,lo que impactaría sobre todo en la música de Bregovic.

 

La segunda característica curiosa del sello fue que, al no tener el apoyo propagandístico de Stalin, Tito y sus seguidores tuvieron que buscar otra fuente de propaganda para su revolución social, y qué mejor que la Revolución Mexicana, generadora de infinidad de canciones y de películas que reflejaban esa lucha de pueblo sufrido levantándose hacia el burgués opresor.

Un ejemplo palpable fue la edición del llamado Yu-Mex, una serie de discos de cantantes locales que interpretaban canciones mexicanas de la revolución, gracias al impacto del cine mexicano de la época de oro que les llegó al corazón. Un poco de información acerca de esta serie de discos, que no fue única de Jugoton, ya que muchas otras discográficas yugoslavas se dedicaron a sacar discos de canciones mexicanas, puede ser vista en la pagina http://www.mihamazzini.com/ovitki/default.html que menciona algo de la música mexicana que se escuchó en los años cincuenta en esa parte de Europa Oriental. La aceptación de la música mexicana en Yugoslavia o los estados que nacieron a la posterior desaparición del país no debe resultar extraña, ya que si han escuchado a Goran Bregovic podrán notar que son músicas muy afines.

Con la desaparición de Yugoslavia se vino el ocaso de la disquera que terminó convertida en Croatia Records, y de alguna manera ha continuado editando música rock y algo de Turbo, ese engendro de electrónica, balkan beat y onda grupera: lo juro, ya que tuve la ¿suerte? de ir en un taxi por las calles de Belgrado cuyo conductor tenia su USB llena de Turbo cuando de repente apareció “Su Majestad Mi banda El Mexicano” con su Baile de Caballito mezclado a la perfección con los ritmosfrenéticos del Balkan Beat.

Falcon Records

Falcon records, #HistoriasSinSpoilers

Ya que estamos mencionando la música mexicana y su influencia en otra música no podemos dejar de lado a una leyenda en cuanto a música norteña se refiere, y más cuando se trata del legendario sello texano (Tejano and proud! como dice la raza que vive cruzando el Río Bravo) Falcon Records, fundada en 1948 en McAllen por Don Arnaldo Ramírez (Mr. Falcon). Se trata uno de los dos sellos más influyentes en cuanto a música norteña se refiere, junto con Ideal Records.

Los grupos que grabaron y fueron editados por el sello incluyen tanto mexicanos como texanos, con leyendas mexicanas como Los Alegres de Terán, Carlos y José y el gran Luis Pérez Meza, cuya música y ritmos norteños hacen que imagináramos el norte de México como si de una película del Piporro se tratara. De allende la frontera se editaron discos de verdaderas diosas musicales, como la verdadera reina del Tex Mex: Lydia Mendoza, mejor conocida como La Alondra de la frontera, cantante texana que puso en alto la música mexicana y que logró ser inmortalizada en una estampilla postal de EU, además de serle otorgada la medalla de las artes por el congreso yanqui. Otra reina que tuvo su música en este sello fue Doña Chelo Silva, la reina del arrabal, que empequeñece a Paquita la del Barrio con su música y actitud. Básicamente estamos hablando de un sello de verdadera sangre azul con tantas reinas en su catálogo.

 

Falcon también impulsa de cierta manera la naciente escena chicana, ya que de los años  sesenta y setenta graba a uno de los grupos pioneros de Texas, con un nombre de campeonato: Tortilla Factory, que por desgracia hoy en día están olvidados.

Si uno busca entre los discos editados por este peculiar sello se encontrará sorpresas como Los Chapala Beach Boys, que además de composiciones propias también tocaban covers de los Beatles. La cosecha de rock no se quedo solo ahí, ya que editaron algunos sencillos de los Teen Tops para el mercado estadounidense.

La evolución de la música norteña es bien documentada en la ediciones del virtuoso  del acordeón, el muy añorado Steve Jordan, alias “El Parche”, que incursionó en otros terrenos no tan ajenos a la polka como lo fue el rock. Una de sus actuaciones puede verse en la película que dirigió David Byrne —sí, el cantante de Talking Heads— en True Stories, donde comparte el escenario con Tito Larriva, pionero del punk en EU y mexicano inquieto que ha forjado nombre en el país vecino y su escena independiente.

No puede faltar la nota de leyenda en este sello, ya que así como Factory Records firmó a todas las bandas importantes de Manchester menos a The Smiths, el caso se repite con Falcon Records, a cuyo roster le hicieron falta Mingo Saldívar y el legendario Flaco Jiménez para de esa manera tener a los tres texanos que cambiaron la forma de tocar el acordeón.


Podcast y transmisión en vivo

Algunas canciones del genero chicano pueden ser escuchadas en el podcast del programa Omnifón:

https://www.mixcloud.com/profesor…/omnifon-12-de-junio-2017/

Cada lunes por www.psiconauta.net estaré programando de las 22:00 a las 00:00 horas diferentes géneros musicales que puedes acompañar con la lectura de esta columna.

Facebook: Omnifon

 

 

Tres momentos de oscuridad


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

1. Hace unos días, junio 2017

Estoy leyendo acostado en mi cama, la noche nublada me ha hecho sacar por fin el cobertor. También traigo puestos los audífonos oyendo una lista del Spotify, porque quería dormir pronto y la música me arrulla. Y además porque el libro no amerita tanta atención. Ya es tarde, siento que estoy a punto de cabecear, pero el ruido repentino de la lluvia me despabila. Empieza suave, con un preámbulo de relativa calma, pero va subiendo poco a poco de intensidad hasta ser una tormenta, con el viento cimbrando la puerta de mi balcón. Apenas estoy diciendo “ojalá no se vaya la…”, cuando tras un estruendo en la calle, se apaga el foco y me quedo en completa oscuridad, en suspenso, con el libro en las manos. El instante coincide con el fin de una canción y los breves segundos antes iniciar otra. Y enseguida se escucha la voz grave, profunda, de Antony (hoy Anohni) cantando Hope there’s someone who’ll take care of me, when I die, will I go. Me da un escalofrío, aunque esté bien abrigado.

 

2. Algún día de abril de 2003

Entro al Museo Tamayo, pocos minutos antes de que cierren. Está la exposición de Douglas Gordon. Paso rápido (pero no tanto) por las salas, para alcanzar a ver todo antes de que me saquen. Avanzo por una y otra, y no me encuentro a nadie. Creo que soy el único visitante en ese momento. De pronto en una vuelta, hay un salón cuya entrada está cubierta por una cortina oscura. Me asomo y enseguida se prende una luz: una flecha me indica avanzar hasta el fondo el salón donde está pegada a la pared una hoja que es, supongo, la ficha de la pieza que estará en algún rincón por allí. Pero no hay nada. Empiezo a leer el párrafo, que se llama precisamente “30 seconds text”. Explica que un doctor en 1905 hizo un experimento donde trató de hablar con las cabezas de algunos hombres que habían muerto en la guillotina. Después de varios intentos, concluyó que después de separar la cabeza del cuerpo, ésta podía abrir de nuevo los ojos y mirarlo efectivamente por un lapso de 25 a 30 segundos. Justo cuando leo que ése es el lapso en que espera el artista sea leído el texto presente, se apaga la luz en el salón. Busco a tientas, con los brazos extendidos hacia adelante, la salida. Siento que se me erizan los vellos de los brazos.

 

3. Algún día de agosto de 1994

Como nadie de su familia quiso acompañarlo, yo voy con un amigo a la exhumación de su padre. Hay un problema, una confusión de cuerpos o fechas, o con la propiedad del terreno donde está, y es indispensable desenterrar el ataúd. Llegamos a la oficina del panteón, donde ya están listos los dos trabajadores que se encargarán de la tarea. Nos preguntan repetidamente si nomás vamos nosotros. Por fin llegamos a la fosa, que ya tiene toda la tierra retirada y sólo se ven las lozas. Pero ellos realizan su labor en varias etapas, no sé si realmente por las razones que arguyen (“no es bueno que salgan así de repente todos los humores”) o porque no quieren fatigarse. Desde el momento en que empiezan a retirar las lozas, el corazón se me acelera. La verdad es que no sé si pueda soportar el proceso completo. Pero sí, en parte por solidaridad con mi amigo y en parte, claro, por el morbo tremendo que me da presenciarlo todo. Aguanto cuando sacan el ataúd y lo colocan así sobre el pasto, en la superficie. “Ahorita volvemos”. Nosotros nos quedamos en completo silencio, sin poder apartar la vista de la caja metálica oxidada, descarapelada. Aguanto cuando regresan los panteoneros y por fin lo abren. No nos quitan la vista de encima, “no, pues la gente no aguanta todo esto, hasta se desmayan”, nos dicen admirados. Aguanto cuando vemos el cráneo descubierto, desnudo, totalmente negro, como si fuera de carbón o de obsidiana. Cuando seguimos la línea del cuerpo y descubrimos que parece que se va blanqueando, que en algunas partes de lo que eran las piernas aún hay pedazos de algo adherido a la tela húmeda. Cuando (el culmen de la osadía) deben comprobar que esté allí el aparato que sustituyó en vida su rodilla. Pero cuando retiran la tela empapada y dejan al aire los restos, llega una ráfaga que arranca y esparce un olor que no puedo describir (aún ahora). Y entonces sí me retiro algunos metros.

Canción de amor 2


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

#HistoriasSinSpoilers

Escuché el susurro en mi oreja: ¿te gustaría chuparme los pies?

Subí por las escaleras eléctricas hacia los cines, y a él fue lo primero que vi: echado plácidamente en una banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás permaneciendo. Nadie más se atrevía a sentarse allí. Tal vez les parecía impúdica la manera en que ostentaba sus pies. Calzaba unas sandalias de piel de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran enormes. Preciosos y delgados.

Me quedé cerca, revisando las carteleras y horarios antes de atreverme a mirar. Entre una y otra sinopsis echaba una ojeada rápida, cuidando que él no se diera cuenta. Pero tal vez me demoré algunos segundos porque al  levantar la mirada lo encontré viéndome directamente. Me turbé, no supe qué hacer, hasta topé con algunas personas en mi huida. Caminé apresurado volteando para confirmar que el muchacho no venía detrás. De repente me sentí estúpido y paré.

Entré a la tienda de discos. Me entretuve viendo algunos escaparates. Frente a uno de ropa se me erizó la piel: muy cerca de mí se colocó una silueta que evité mirar incluso a través del reflejo en el vidrio. Me quedé rígido. Revisé las prendas con minuciosidad. Hasta que la silueta se acercó aún más, como mirando algo del escaparate también. Entonces me lo preguntó.

Por fin volteé a verlo. No agregó nada más, solo encontré en su rostro una sonrisa de complicidad, que de cualquier manera no me tranquilizó. Hizo un leve movimiento con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como hipnotizado hacia la salida. Veía acercarse el resplandor del sol afuera, restallando en las puertas. Antes de salir lo tomé de un brazo. Traigo carro, dije. Me dirigió un gesto de extrañeza y, todavía callado, se devolvió en dirección a las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haber dicho eso. Se adelantó un poco, pero se detuvo a esperar que lo alcanzara.

No dijimos nada más, él solamente daba las indicaciones para llegar a donde nos dirigíamos. En aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el breve recorrido me pregunté mil veces qué dirían si alguien de mi casa me viera llevando a alguien más grande que yo, desconocido para ellos. Y para mí.

Deja poner algo de música, dijo apenas llegamos, y comenzó una canción que conocía muy bien porque le gustaba a mi papá: you got this strange efect on me/ and I like it sonaba en las bocinas. Enseguida vuelvo, agregó, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor. Era una casa similar a la mía: comedor, sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. Cuadros, figuritas. Dentro el aire estaba más fresco que en la calle. Regresó y me entregó un objeto muy pequeño en forma de esfera navideña. Lo miré extrañado. Es un chicle, me informó. No supe qué debía hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó divertido ante mi duda, mastícalo un poco y lo tiras. Lo eché en mi boca. Era de sabor menta, muy fuerte, sentí un tufo helado irrumpir en mi garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se deshizo de las sandalias y subió los pies a la mesita de centro. Un exquisito aroma a sudor y cuero llegó a mi nariz. Y me arrodillé.

Tania interpreta el bolero


DE LA MÚSICA Y SUS ASUNTOS

Por LUIS MARTÍN ULLOA

La escena se puede reconstruir con una anécdota y personajes a grandes trazos. Porque sí, es una historia de amor, de iniciación, de infidelidad si gustan. Pero lo importante no serán los hechos, sino la música que los envolvió. Que los vistió, que marcó al protagonista. Éste ha aceptado ir a una fiesta. Lo invitó un amigo algunos años mayor, del cual quizá sería un poco exagerado decir que está enamorado, pero sí que goza decididamente de su compañía. La casa donde se realiza la fiesta está lejísimos, en una colonia a las afueras de la ciudad, que el protagonista (a quien llamaremos, digamos, Ele) no conocía.

Es el “aniversario” de unos amigos de su amigo. Al principio no había entendido muy bien aniversario de qué, y la verdad es que tardó un poco en darse cuenta. Ele mira con atención a los hombres que componen la pareja: son mayores (aunque claro, a sus dieciséis años cualquiera que pase de los veinte es “mayor”), guapos, parece que están bien acomodados porque usan ropa cara y perfumes deliciosos que dejan una estela sólida a su paso. Desea algún día ser como ellos, tener una casa, un buen empleo, un carro como el que está afuera. Una pareja.

Ele no conoce allí a nadie más que a su amigo, quien a veces va a conversar y saludar a otros. Tal vez por eso se esfuerza en poner atención a la música en los momentos que lo deja solo. Así, presencia cuando uno de los anfitriones saca un disco de acetato de su funda, lo pone en el estéreo y comienza a bailar abrazado a su pareja. Tal vez puede ser consecuencia de las bebidas (aunque había aceptado al llegar un tequila con escuer, la verdad es que antes de eso el único alcohol que había ingerido en toda su vida era el de dos o tres cervezas), pero la música le llama la atención en verdad, se oye nueva aunque la canción en sí parece vieja. Elegante, sofisticada. Toma la funda. Al ver a la mujer en la portada le vienen a la mente algunas palabras: canto nuevo, Cuba. No, Cuba no, pero sí otro país latinoamericano. Tania Libertad. Boleros.

El amigo vuelve y le pide que bailen también. Ele acepta su mano y al compás del alcohol y de esa voz, se abandona a sus brazos. Decide que no va a reprimirse más, que ya no le importa que el amigo se dé cuenta que le gusta (too late darling, le diría alguien con ánimos de perrear). Sólo hay un pequeño detalle: Ele conoció meses atrás a otro amigo que también le gusta. Mucho mayor que el que lo dirige ahora en el baile. La voz. Los boleros. Un amigo. El otro amigo. El tequila con escuer.

Por fortuna el destino se encarga de ahorrarle cualquier sentimiento de culpa. Cuando ya ha avanzado la madrugada, su amigo (el que lo llevó a la fiesta) ha bebido muchos tequilas. Y cerveza, y después el líquido de cualquier botella que se encontró. Es notorio que la pareja anfitriona lo estima: cuando se vomita estruendosamente en la sala no se molestan y en cambio lo toman de la frente para que no se embarre de la regurgitación. Lo llevan a un cuarto de la casa a que se recueste y cuando vuelven, al ver a Ele sentado en un sillón, parecen recordar que iba acompañado. Ya puedes irte a dormir tú también si quieres, dicen. Ele supone que lo están invitando a ocupar la misma cama que el amigo y se encamina hacia allá.

En la fiesta quedan pocos invitados. Desde el cuarto, acostado sin quitarse más que los zapatos y a un lado del amigo que ronca sin reparos, Ele sigue escuchando la música, ahora a un volumen más bajo. Aunque de todas maneras, en su cerebro siguen sonando esas notas que, siente, han sido una revelación. Las palabras que cantaba la voz: sabrá Dios si tú me quieres o me engañas, como no adivino seguiré pensando…

De la música… | Los telebrejos II


De la música y sus asuntos

Por LUIS MARTÍN ULLOA

Y sí, la música se puede disfrutar de diferentes maneras. En un concierto, por ejemplo, en algún teatro con excelente acústica, o al aire libre. En una fiesta, donde se puede bailar o hasta cantar en coro. Para mí, se goza mucho más cuando se convierte en un acto íntimo. Y para esto, los gadgets han colaborado muchísimo, por supuesto. Recuerdo que antes de adquirir alguno, me daba mucha envidia ver a mis compañeros de viaje (en autobús o avión), que se colocaban muy orondos los audífonos para enfrascarse en un mundo, en un espacio donde sólo estaban ellos. Nada les hacía que el periplo por delante se extendiera por dos o siete horas. El aburrimiento estaba cancelado si podías acompañarte de tus cantantes y canciones.

La verdad fue que, aún con toda esa envidia, pude acceder al excelso mundo de los que podían oír música en cualquier lado ya un poco tarde. El primero que pude comprar fue, claro, un walkman (aún me da penita cuando recreo una imagen: yo, yendo a todas partes con el armastrote —aquellos primeros modelos no eran precisamente ligeros— sujetado en el cinturón por el clip que tenía en la parte trasera). Y de todos los aparatejos que aún conservo, éste es quizás el que más evocaciones entrañables me trae.

Por ejemplo, aquel viaje en carretera de CDMX a Acapulco. Estaba en un “receso”, en un “lapso de tiempo para pensar” de una relación más o menos tormentosa, así que me proveí de una bolsa repleta de casetes con las canciones más sentidas, para sufrir a gusto en el trayecto. Apenas salió el autobús de la Central coloqué el primero, que contenía las primeras canciones de Alejandro Fernández. El recuerdo es prístino: la canción “Intenta vivir sin mí” fue casi una declaración de principios entonces. Así que me dispuse incluso hasta a soltar una lagrimita así muy discreta, porque tampoco era el caso que todos los pasajeros se enteraran de las penas que me acongojaban. Ni siquiera me importó un niño que viajaba al lado mío (cuyos padres iban en los asientos al otro lado), que me miró horrible todo el tiempo, seguramente porque él quería ir en el lugar de la ventanilla. Pero ni modo, ése era el mío, y además la autoconmiseración funciona mejor viendo el paisaje que volteando hacia el pasillo.

Aaah, pero el destino es bien traicionero, y mi sufrimiento se vería interrumpido de golpe a causa de un error imperdonable: olvidé llevar suficientes baterías, para cambiarlas si se agotaban. Así que ni siquiera habíamos recorrido la mitad del camino, cuando debí suspender recuerdos, lágrimas, música, y me dormí.

Los telebrejos I


De la música y sus asuntos

Por Luis Martín Ulloa

Podría vivir perfectamente sin televisión, pero sin algún aparato que toque o transmita música, no. Esta frase la habré dicho muchas veces a gente cercana. Es casi la verdad (porque, puntualizando: podría vivir sin sintonizar ningún canal abierto o privado, pero no ver películas o series con un reproductor de dvds… eso ya es otra cuestión). Esta melomanía comenzó a gestarse en la temprana adolescencia. Tendrá qué ver con el espíritu romántico de esa etapa, supongo: las primeras ilusiones, el primer enamoramiento, la primera… muchas primicias. Y claro, escuchar música tiene qué ver con los aparatos donde se escucha. Hace días me di cuenta que bien podría hacer una pequeña exhibición de los que he usado (y aún conservo, algunos).

Cuando entré a trabajar como auxiliar de investigación en la Universidad de Guadalajara, siendo aún estudiante, lo primero que anhelaba comprar y compré, fue un estéreo con cd (en 1991, aunque no lo crean, no eran tan comunes). Pero como ése quedó en la sala, necesitaba algo para el cuarto: una grabadora de casettes, después una de cds. Aaah, pero también había que comprar los que uno podía llevar a todas partes. Así, cuando salía de viaje en autobús, podía olvidar los calcetines, pero una bolsa llena de casettes y mi Walkman jamás. Con los nuevos formatos, llegaron los nuevos aparatos. El celebérrimo mp3 trajo la grabadora que podía tocar discos con cien canciones, y el Discman. Podía viajar hasta el entonces Distrito Federal con sólo unos cuantos discos y no repetir ninguna canción. Pero el gusto no duró mucho, pues apareció el nuevo objeto del deseo: ¡el deslumbrante Ipod! Me regalaron el de primera generación, de dos gigas, que gocé muchísimo hasta que me lo robaron. Después, con los puntos de una tarjeta de crédito, conseguí uno ya de versión Touch y de más capacidad. El Iphone nunca me ha convencido, que sea el mismo aparato con el que hable y traiga mi música no me parece algo conveniente. Y ahora con el streaming, creo, se ha detenido un poco el furor por los nuevos armatostes para desviarlo hacia los programas y plataformas, que bien puede uno usarlos desde el mismo teléfono celular.

[Continuará…]

“Recuerdos de juventud”. Conservar la memoria social.


Conversación con Alva Lai Shin autora de Recuerdos de juventud y rock and roll. Rescate y difusión de la memoria fílmica femenina en Guadalajara durante la década de los sesenta.


1. Cuéntanos de tu libro. ¿Cómo nació la idea de escribirlo? ¿Qué encontrará el lector “Recuerdos…”? ¿Qué te dejó a ti?

Recuerdos de juventud y rock and roll tiene su origen en un trabajo de investigación académica que inicié mientras estudiaba Historia, en la Universidad de Guadalajara; sin embargo, para explicar la idea de escribirlo tendría que remontarme a mi infancia y al gusto compartido con mi mamá por las idas al cine, las películas, las actrices y actores.

Descubrí que cuando ella y otras tías recordaban pasajes de su juventud, irremediablemente hablaban de la ciudad, el barrio y sus cines. En particular, del cine mexicano de la década de los sesenta, aquél protagonizado por Enrique Guzmán, César Costa, Angélica María, Julissa, entre otros. Esa memoria femenina representa el eje de este libro, construyendo una imagen en contraste de la juventud fílmica y la juventud de carne y hueso de aquellos años.

El lector encontrará la representación mexicana en pantalla —y en los recuerdos de mujeres que fueron asiduas a este cine—, de los rebeldes sin causa, los chicos de cafetería, así como los roles y posibilidades de las jóvenes en estas narraciones fílmicas.

2. ¿Qué otras temáticas te atraen?
Sigo interesada en la historia del cine y las representaciones audiovisuales, en general; aunque actualmente me encuentro enfocada en el manejo y gestión de patrimonio documental y cultural.  Mis temas de interés están bastante entrelazados con la idea del rescate de memoria social.

3. ¿Desde tu punto de vista en un país como el nuestro, este tipo de proyectos qué función tienen?
La función es rescatar, conservar y difundir la memoria; es decir, la producción cultural que ha logrado llegar a nuestros días y sus múltiples reconstrucciones y significaciones en el tiempo.

4. ¿Cómo es trabajar con acervos?
Trabajar con un acervo documental significa tener contacto directo con un pasado remoto o reciente que, si no se topa con una guerra, una plaga de polillas, una lenta digitalización o un político avaricioso, seguramente nos trascenderá. Estoy segura de que todos los bibliotecarios, archivistas, libreros y coleccionistas tenemos un pensamiento romántico similar al entrar a una casa repleta de libros, abrir un cajón lleno de fotos o descubrir en un bazar una primera edición.

No podemos tener ni conservar todo, pero podemos contribuir con el rescate, permanencia y accesibilidad de lo que ha logrado llegar hasta aquí.

5.- ¿En qué proyectos estás involucrada actualmente?
Actualmente trabajo en un servicio de consultoría documental para bibliotecas y archivos públicos y privados, inserto en los proyectos de Industrias Creativas, de la Secretaría de Cultura de Jalisco.

6. ¿Se lee poco en México?
Definitivamente.

7.- ¿Qué libros te dejaron huella? ¿A quiénes consideras tus autores cómplices?
Mi autora más entrañable es Clarice Lispector. Como huella, creo que Bartleby, el escribiente de Herman Melville

 

La escritura es un diálogo que se propone sorprender al otro

11 preguntas para conocer a Édgar Adrián Mora
y una playlist

[Édgar Adrián Mora es autor, entre otros libros, de Continuum. Una novela sobre Héctor G. Oesterheld, publicada por Editorial Paraíso Perdido]

1. ¿Escribir es una profesión, un asunto de vida o muerte, o un hobby?
Con la única definición con la cual no estaría de acuerdo es con la última. No me imagino que alguien escriba para “pasar el tiempo”. Sí creo que sea una profesión en los términos básicos del término: profesar algo. La escritura, para mí, es algo que lleva una carga de mística en tanto se encarga de perpetuar eso a lo cual se alude capacidad creadora de mundos: la palabra. Esa palabra está dirigida a los otros. A diferencia de muchos no creo en la idea de escribir para uno mismo, creo que la escritura es un diálogo en donde se propone sorprender al otro a partir de la historia, del lenguaje utilizado o de las capacidades no sospechadas. No creo que sea una cuestión de vida o muerte, pero lo digo desde la enorme cantidad de posibilidades de escritura de la época en la cual me ha tocado vivir. La escritura y su posibilidad están ahí de manera inmanente: tenemos teléfonos, computadoras, tabletas, lápices, plumas, gises, crayolas; un mundo de herramientas cuyo acceso es en suma fácil. No sé si podríamos vivir sin escribir, me refiero a aquellos que profesamos tal manía, y, la verdad, no quiero averiguarlo.

2. ¿Para qué escribir?
Para recordar lo que podríamos ser. La escritura, sobre todo desde la ficción, plantea las posibilidades de lo que no pudo ser posible. Escribimos para dar la oportunidad de que lo improbable exista. Escribir es también una manera de enunciar de manera distinta el mundo en donde vivimos. Es practicar el oficio de encubrir lo que, cuando es evidente, no recibe la suficiente atención. Escribir es escuchar y hacerse escuchar. Es buscar la comunión con lo colectivo, la lectura, a partir de una acción que se realiza en solitario. Cuando se escribe se es uno; pero cuando lo escrito se lee, la magia multiplica los ojos, los sentidos, las emociones. Escribir tiene un efecto multiplicador. Es algo de un poder implícito por lo que contiene y no por la forma en como está contenida. Recordemos Farenheit 451. Escribir, en ese sentido, es también leer. A los otros, al mundo, a sí mismo con respecto de los otros. Siempre un diálogo.

3. ¿Cómo fue que decidiste ser escritor?
No estoy consciente de cómo lo decidí. No estoy seguro de si es algo que “se decida”. Al menos yo nunca hice un alto en mi vida y dije: “seré escritor”. Pienso que es más bien una consecuencia de lo que surge de manera natural. Uno escribe, es escritor por la pura acción. Uno lo publica y lo leen personas a quienes no se conocen personalmente, es un escritor para los demás. No es algo que se pueda fechar. No tiene que ver con una decisión consciente ni con la primera vez que aparece el nombre en letras de imprenta. Quizá sí tiene que ver con el reto que implica contar algo que se imaginó de tal manera que parezca interesante para los demás. En ese sentido, quizá la lógica que me anima es la misma que anima a los magos. Mostrar el truco final, la ilusión, procurando que no se note la manera en cómo esto es posible. Disfrutar la sorpresa, el anonadamiento, la sospecha del otro. Cabe siempre, sin embargo, la posibilidad de ser un pésimo mago. Cuestión que quizá se deba, con cierta razón, al hecho de no practicar lo suficiente.

4. Libros que te marcaron y por qué:
En mi casa no había libros. Los que llegaron fueron porque familiares generosos me los regalaron o porque hice el descubrimiento más fantástico que puede hacer un niño sediento de historias: la biblioteca pública. De ahí que los libros que reconozco como determinantes vitalmente sean tan dispares y, en cierta medida, alejados del canon “exquisito” de la Academia. Recuerdo, en primera instancia, El principito, que hoy se considera cursi; yo lo sigo leyendo al menos una vez cada año y me sigue sorprendiendo su capacidad para encerrar en tan pocas páginas tantas señales de nuestra naturaleza como humanidad, para mí es un libro tan importante como La Biblia. El estudio de esta última me introdujo, desde la visión protestante de parte de mi familia, a la posibilidad de encontrar interpretaciones múltiples en todos los textos; mis libros preferidos eran “El evangelio según San Juan” (sí, lo sé, el más maniqueo), por la fuerza que tiene el personaje central y el contenido ético de sus enseñanzas; y las “Revelaciones desde la isla de Patmos”, en donde el fin del mundo era tan atroz que en aquella infancia me generaron una sensación ambivalente: terror por lo que enunciaba pero, al mismo tiempo, un morbo por las escenas descritas. En mi biblioteca (a las bibliotecas públicas uno se las apropia, ¿no?) había una excelente selección de cómics que me iniciaron en el gusto por este medio, ahí leí a Astérix, el galo, Mafalda, Los Supermachos, Proteo fuerza 10 y varios más que me dieron tardes llenas de fantasía y humor. Recuerdo con mucho cariño las ediciones de Porrúa, la colección “Sepan cuántos”, en donde leí a escritores que hoy me siguen pareciendo portentosos: Emilio Salgari, Julio Verne, Víctor Hugo, Alejandro Dumas. De todas esas lecturas la que más me impactó fue Los tres mosqueteros, toda la serie, recuerdo que lloré sumamente conmovido cuando Dumas describe, en El vizconde de Bragelonne, la muerte de D’Artagnan. Me sentí un lector de folletines de finales del siglo XIX con la lectura de los casos de Sherlock Holmes, me indignó, como a los lectores de esa época, que Conan Doyle decidiera matar al detective. Más adelante descubrí a Gabriel García Márquez a través de sus libros más interesantes: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. El boom latinoamericano tuvo un impacto enorme en mí, porque me mostró que había formas distintas de contar las historias y que, incluso, la historia no tenía que ser lo más importante, sino la forma en cómo ésta era escrita. Pedro Páramo fue una lectura deslumbrante. Cortázar, Borges, Carpentier. Eso abrió la posibilidad de acceder a autores como Milan Kundera, Patricia Highsmith, Ray Bradbury, Charles Bukowski. Es decir, el boom permitió que me diera cuenta de que había literatura más allá de la aventura y el romanticismo decimonónico. De los contemporáneos leo con gusto a Don DeLillo, Bret Easton Ellis, Neil Gaiman, Alan Moore, Paul Auster, varios más.

5. ¿Qué escritor o escritores podrías mencionar como una invitación a leer?
Depende de la sensibilidad, la edad, el hábito lector. Trabajar con adolescentes me ha enseñado que no se puede generalizar con respecto de lo que puede o no gustar. La historia de vida de cada uno es, por ejemplo, algo determinante a la hora de aceptar un libro como parte del mundo de cada quien. Pero creo que hay textos de escritores como Stephen King, Neil Gaiman, Bernardo Fernández, Roal Dahl, Michael Ende, Etgar Keret, que animan a continuar con la lectura de más textos, no sólo de ellos, sino de otros. En especial quiero mencionar la obra de Jorge Ibargüengoitia, creo que es uno de los escritores mexicanos que más han hecho por la lectura en nuestro país. Su obra es un espejo magnífico en el cual nos vemos reflejados y que no pierde vigencia, a pesar de los años.

#Continuum #EditorialParaísoPerdido

6. ¿Alguna ceremonia o rutina para escribir?
Creo que ninguna en especial. Sí requiero saber que tengo un tiempo determinado para hacerlo y que nada va a interrumpir ese momento. Me cuesta trabajo concentrarme si lo hago mientras realizo otras tareas. Algo que sí es fundamental es tener un líquido a la mano. Si estoy en casa por lo general es una cerveza o algún alcohol, si el humor y la hora lo permiten. Si no es así, o es en algún otro lugar, siempre café. Quizá la rutina se componga de esos elementos: escribir, beber, obligarse a parar a orinar y repetir. A veces poner música. A veces sólo el silencio.

7. ¿Qué estás leyendo en estos días?
Soy un lector muy caótico. Leo (y releo) muchas cosas al mismo tiempo, lo que tiene sus ventajas y desventajas. Ahora mismo leo, salteados y a tiempos dispares, Diario de una resurrección de Luis Rosales, la reedición que Vértigo está haciendo de The Sandman de Neil Gaiman, los compilados de Preacher de Garth Ennis y Steve Dillon, Ernie Pike en prosa de Héctor Germán Oesterheld, ¿Olvida usted su equipaje? de Jorge Ibargüengoitia, Historias de madres, historias con madre. Crónicas del maternaje de varias autoras, Vuelta a la casa en 75 poemas de varios autores, Sobre la impura esencia de la crítica de Heriberto Yépez, King, el rey. Un universo de terror de Eduardo Guillot y los que se acumulen esta semana (que aparte estoy de vacaciones, lo que aumenta las posibilidades).

8. ¿Qué libro no pudiste terminar?
Uh, varios. Aunque acá habría que hacer algunas subcategorías. Por ejemplo, qué libros no terminaste en algún momento, pero después sí. Eso me pasó con Madame Bovary, por ejemplo, y con la primera vez que me acerqué a David Copperfield de Dickens, con Ricardo III de Shakespeare. Creo que se debe intentar otra vez con todos los libros en un momento distinto. Mejor pasemos a la siguiente pregunta…

9. ¿Personaje literario favorito?
Sherlock Holmes, por supuesto, ¿quién no quisiera tener sus habilidades? Athos, de Los tres mosqueteros. Hannibal Lecter, de la serie de Thomas Harris. Morfeo de The Sandman. Juan Salvo de El eternauta. Momo, de la novela del mismo nombre. Tomás de La insoportable levedad del ser. Odiseo de La odisea. Y, por supuesto, la encarnación perfecta de la venganza: Edmundo Dantés de El conde de Montecristo.

10. ¿Algún lugar o momento favorito para escribir?
En mi caso el momento favorito es cuando tengo tiempo de construir ese momento favorito. Pero, a últimas fechas, eso ocurre sobre todo por la mañana. A pesar de que mucho tiempo de mi vida fui un ser de costumbres nocturnas, hoy ya no se me da mucho. El lugar elegido sería mi pequeño estudio, con los libros de mi biblioteca a mano a fin de buscar alguna palabra y la manera ideal de expresarla.

11. ¿Mezcal, Whisky, Ron, Tequila…? ¿Algún otro?
¿De verdad hay que escoger? Soy más cervecero. De cervezas ligeras. Mezcal, sí. Whisky, por supuesto. Tequila, por tradición. Ron, si no queda de otra. Y vino, ¿qué haríamos sin el vino?

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