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Ende: Escuchar y el tiempo perdido


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Todos hemos vivido esta situación: nos encontramos en una charla, quien está frente a nosotros puede ser un amigo o la persona que deseamos con locura, pero por algún motivo nos damos cuenta que el otro sólo nos observa con la mirada extraviada y a la espera de que nos callemos. Quien está ahí no escucha, sólo deja pasar de largo las palabras para exponer su discurso cuando sea el turno de hablar. Entonces, con el deseo de venganza brotando de cada poro, ansiosos por lastimar, le pagaremos con la misma moneda.

La principal característica de Momo es su capacidad de escuchar. Michael Ende crea a una niña especial, ajena a la fuerza del tiempo y con el don de cambiar el estado de ánimo de aquellos que le cuentan sus historias. Quien conversa con ella, pronto descubre respuestas, basta que la niña dedique horas a sus amigos. Momo carece de extensos diálogos y al inicio del relato parece más una vagabunda sin preocupaciones; tampoco es notorio el deseo de emprender una aventura inolvidable. Su comportamiento es el de un anciano a quienes los relojes han dejado de importarle. Momo se dedica a escuchar, sin prisas.

La mayoría somos dueños de agendas, diseñamos recordatorios, notas y pactamos citas a ridículos horarios como 9:15 o 10:45. Apretamos los segundos, colocamos nuestra extensa lista de actividades en horas-cajas de cartón, las cuales terminarán por desbordarse. ¿Por qué el apuro? Tal vez sea la búsqueda de los sueños, alcanzar el objetivo trazado; esa zanahoria para engañarnos y darle sentido al absurdo.

La casa perfecta, el matrimonio, ser un profesional exitoso, sobresalir, la alegría de los hijos o incluso convertirse en escritor profesional, son las aspiraciones a las que regalamos nuestras horas. Trabajamos para sobrevivir, acumular dinero, ahorramos tiempo en lo considerado innecesario, porque siempre está esa labor prioritaria que alimenta el objetivo que algún día nos otorgará la felicidad.

Los villanos de esta deliciosa fábula de Ende son los hombres grises. Extraños seres, quienes tratan de convencer a los seres humanos de ahorrar tiempo. Los persuaden con estadísticas, argumentos sobre cómo lo están desperdiciando en tareas superfluas y la forma conveniente de guardar cada instante en una especie de banco. El autor propone una clara reflexión sobre el papel de las instituciones financieras que intentan enseñarnos cómo malgastamos el dinero; por lo tanto, debemos depositarlo en sus arcas, firmar el pacto de los plazos fijos y anhelar los intereses que emplearemos en pagar quimioterapias o largas estadías en hospitales privados; justo cuando sea demasiado tarde para disfrutar de la fortuna.

Los hombres grises engañan porque es la única forma en la que pueden existir, sin horas propias, se alimentan del trabajo de los demás; mientras tanto,  los humanos van dándose cuenta, en una carrera sin frenos, que la preocupación por el ahorro los conduce a ocuparse de forma desmedida.

Nos aterra la idea de una vida tirada al basurero, nos aferramos a la productividad como una idea de permanencia, la posibilidad de trascender, colgarse en los recuerdos de las generaciones venideras. ¿Acaso el arte no esconde cierta arrogancia y pavor al olvido?

Momo, ante el descarado hurto de los hombres grises, deberá alzarse como heroína y recuperar el tiempo de los humanos. Inmune ante las charadas de estos seres deslucidos, le corresponde actuar, entender que llevamos el tiempo en nuestros corazones, que se nos ha destinado un reloj con cierto número de latidos  y por eso es necesario que cada quien sea dueño de su propio reloj de arena, sin que nadie más lo administre.

¿Qué es entonces desperdiciar el tiempo? ¿Enumerar estrellas en noches despejadas? ¿Emborracharse porque sí? ¿Fornicar como leones? ¿Tomar un café sin junta de negocios de por medio? ¿Masturbarse tres veces al día? ¿Entregarse al ocio? ¿Dejar en pausa las metas? ¿Teclear esta columna como si mis dedos fueran caracoles de un jardín abandonado?

Por lo menos una tarde escuchemos realmente al otro. Vayamos a cualquier sitio, sentémonos cara a cara y aprendamos a callarnos, sellemos los labios y abramos de par en par los oídos. Desconfiemos del valor de nuestra palabra, declaremos clausurado el festival del ego, prohibamos los circos del lucimiento personal, quememos minuteros, hagamos trizas los cronómetros y, como Momo, permitamos que nuestros consejos se comuniquen en el mejor de los silencios, ese al que le importa un carajo el girar del mundo.


Fotografía Curtis MacNewton / Unsplash

Instantánea Express 10: ganador

Compartimos el texto ganador de la edición 10 de  #InstantáneaExpress


Fotografía de Cody Davis / Unsplash

Hay quien afirma que la juventud es un filtro, un proceso darwiniano al que solo sobreviven los más fuertes, aquellos que han demostrado su capacidad para convertirse en hombres. Yo prefiero pensar que a todos nos toca pasar una temporada en el infierno, y que todos somos vulnerables al abismo.

Rodolfo JM | Versos de una hora

GANADOR: GABRIEL BENITEZ

Antifiltro

La experiencia ha demostrado que el tiempo es el veneno más poderoso. Así que la infancia, la adolescencia, la adultez no son fases de vida, sino niveles de intoxicación más elevados. Nuestro cuerpo tiende a crecer para asimilar más de ese veneno y contenerlo, pero es inútil: el tiempo es infinito y la carne tiene un límite.

Alguien afirmó en algún lugar que la juventud era solo un filtro al que solo sobreviven los más fuertes, los que acabarán convertidos en hombres. Creo que quien lo dijo no ha visto las oficinas llenas de sobrevivientes grises cuya vida solo languidece mientras comen más y más tiempo. Esos no son hombres, sino muñecos atrapados en lo que erróneamente llaman vida, que no es otra cosa que una matrushka mortal: su país, su ciudad, su edificio de oficinas, su piso, su cubículo, su silla con la computadora. Y un reloj que, como araña, va dando vueltas por las 12 horas de su carátula, tejiendo la red donde todos caerán como moscas.

El reloj y la araña son una misma cosa. No hay sobrevivencia del más apto en esta telaraña que llaman vida.

Pero no será así para mí.

Mira mi traje: Está herméticamente sellado. Nada entra y nada sale de él. Es mi antifiltro. Yo no me volveré joven, ni adulto, ni viejo, porque dentro de él, no existe el tiempo. Adentro, muy adentro, solo estoy yo. ¿Entiendes, doc?

 

Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

Close up, “quiero ver los pelos…”


Lente anónima

Por Mariana Mota

El close up

¿Con qué tipo de planos cinematográficos bailan más nuestras emociones: los generales o los close up? Suelo lanzar esta pregunta en clase y casi siempre responden que con los close up. Yo pienso lo mismo: el gesto del personaje revela su frustración, su gozo, su pánico; las facciones son el escáner de la profundidad del ser. Sin embargo —y evidentemente— una historia necesita todo tipo de encuadres para que el espectador entienda el contexto, la relación entre personajes y los conflictos. Iba a decir que sería imposible contar una historia utilizando exclusivamente planos que son en exceso cerrados, pero en una de esas ya se hizo, o en una de éstas es un reto interesante y posible.

Mariana Mota, close up

Esta premisa de que una historia es más llegadora cuando se trabaja en los detalles la puedo encontrar también en la narrativa: un cuento me sacude más cuando el escritor me muestra un acercamiento a las manías cotidianas de su protagonista; por eso me cuesta hacer click con historias narradas desde lejos, esas que evitan mostrar las cicatrices, las arrugas o los pelos. Me imagino que algo similar sucederá en todas las áreas, relativas o no al arte. Los detalles, pues, son la huella digital que puede diferenciar relatos de trama o tema similar. Y aunque hermoso, estoy segura de que apreciar o fabricar un detalle requiere mayor grado de observación que hacerlo con las generalidades. ¡Mala noticia para los que somos despistados! La buena es que durante los últimos días he comprobado que esa cualidad de observador se puede practicar y fortalecer.

La constancia

En varias ocasiones me he topado con iniciativas que promueven la constancia, el compromiso y la creatividad por medio de proyectos ininterrumpidos, con duración de algún tiempo determinado. Nunca hice caso, pues carezco de esas cualidades que menciono, pero hace poco más de un mes decidí entrarle a un reto llamado #100días. ¡Cien días! El número me parecía agobiante, pero estaba deseosa de comprometerme con algo, pues también me gusta el placer y cumplir ciertos objetivos me lo genera. La única indicación era hacer público el proyecto, pues dicen que con más ojos encima solemos afianzar los compromisos. Muy cierto.

Tuve varias ideas, pero me decidí por una que me había hecho cosquillitas anteriormente: buscar historias en las minucias. Me propuse compartir por cien días ininterrumpidos una fotografía tomada con mi lente macro de 60mm, que tiene la característica de permitir un acercamiento a los objetos, sin que el foco se pierda. Aunque la actividad me motivaba, presentía que en algún punto las ideas simplemente no llegarían; pero me ha sorprendido el instinto de supervivencia que se esconde incluso en este tipo de nimiedades. Las posibilidades se multiplican si estamos dispuestos a agudizar la mirada.

Mariana Mota, Close up

Con tal de cumplir con el reto diario, he tenido que buscar debajo de la cama, en el refrigerador, en el marco de la ventana, en la mesa de noche, en los cajones, en el baño. Luego corroboré mi teoría de la huella digital, pues las fotografías hablan de mi estilo de vida casero; habrá quienes tendrían como resultado imágenes de calle, de naturaleza, de gente. Lejos de sentir la presión que me generaba la idea de comprometerme con esto, he descubierto el enorme placer de re-observar los objetos que me rodean y que muchas veces habían pasado desapercibidos ante mis ojos rutinarios. Los resultados han sido muy variables: algunas fotografías han satisfecho mi apetito visual, otras me parecen intentos desesperados por no dejar pasar un día del reto, unas más me parecen poco atractivas, pero buenas ideas en potencia. Al final creo que el ejercicio no está enfocado en los resultados, sino en el proceso; y resulta que éste lo he gozado mucho. Detalles: hay una telaraña de posibilidades en ellos; y sobre todo un divertido juego en practicar la observación para detectarlos.

Kazuo Ishiguro: Los peligros de la memoria


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe


La palabra novela no es suficiente para englobar lo que es El gigante enterrado. Cuando nos adentramos a sus páginas, adquirimos los poderes del mismo Merlín y más que leer fluímos hacia el ayer. En esta obra, Ishiguro nos conduce a la Edad Media, a un territorio habitado por británicos y sajones pero también por ogros, dragones, caballeros y leyendas que avivan el imaginario de un texto donde se expone la maestría del autor.

Nuestros héroes son ancianos. Aventureros presos en un cuerpo desgastado. Axl y Beatrice viven en una aldea en donde se les desdeña por su edad. Allí una extraña niebla se desliza provocando la perdida de la memoria. Su peso va pisoteando los recuerdos y las mentes se aferran a las pocas certezas para construir una identidad. Así, esta pareja que se profesa un amor indestructible, sólido como las murallas de un castillo, decide emprender un viaje en busca de ese hijo que partió hace tiempo. Sin embargo ninguno de los dos recuerda hacia qué lugar en particular, sólo tienen pistas, ideas vagas, y esperan que el avanzar hacia él les permita encontrar respuestas.

El autor japonés sustenta en la trama los recursos narrativos. Por momentos los capítulos se componen de recuerdos dentro de recuerdos. De esta forma, el viaje de los personajes en busca del objetivo no sólo depende de recortar la distancia sino de reconstruir las ruinas de la mente. Beatrice demuestra el pánico de quien olvida. ¿Cómo se puede comprobar el amor que sentimos por alguien cuando no somos capaces de recordar lo compartido?

Pero el libro también rescata las ventajas de olvidar. Britanos y sajones, constantemente enfrentados, viven una época de paz, una calma que tal vez se mantiene porque la niebla no sólo arrasa con los días gloriosos sino también con el rencor, con los resentimientos y esos odios encarnados que impiden a los pueblos empezar desde cero. Wistan, guerrero sajón y uno de los personajes fundamentales del texto, ejemplifica cómo a veces es imposible perdonar:

Fueron britanos bajo el mando de Arturo los que masacraron a nuestro pueblo. Fueron britanos los que raptaron a tu madre y a la mía. Nuestro deber es odiar a cada hombre, mujer y niño que lleve su sangre. De modo que prométeme esto. Si muero en combate antes de transmitirte mis conocimientos, prométeme que darás cabida a este odio en tu corazón. Y si alguna vez flaquea o amenaza con desaparecer, protégelo cuidadosamente hasta que la llama reviva. ¿Me prometes que lo harás joven Edwin?

Memoria vs. Olvido, esa es la gran batalla a la que acudimos. Necesitamos de los recuerdos para sonreír, para abrazar a quienes se han vuelto aire, para reafirmar que coincidimos en sentimientos, para creer que el mundo no es una ilusión, para retornar a la espuma de un mar. Pero como humanos también nos es preciso olvidar, aprender a borrar las heridas y esas discusiones que golpean el corazón; requerimos deshacer miedos, el dolor del rechazo, la imagen de un padre al borde de la muerte.

Tal vez Wistan tenga razón y debemos reconocer a quienes nos han dañado, pero al mismo tiempo, eso mismo es lo que mantiene el odio en lugares como Medio Oriente; quizá sea necesario un poco de olvido, un dragón que nos embruje, una niebla que regale paz. Por otro lado, ¿Axl y Beatrice se amarían tanto si recordaran las pequeñas traiciones? ¿Su perfecto amor es una mentira tejida con retazos de vapor?  Voltear hacia atrás siempre es peligroso; sin embargo, dejarlo ir todo también es renunciar a nuestra esencia, tornarnos fantasmas sin raíces. Sería maravilloso sólo recordar lo bello. Pero si algo sabemos es que nada es gratis y recurrir a la memoria también es despertar a los más horribles gigantes

Instantánea Express 09: ganador

Con la novedad de que por primera vez tenemos un empate, compartimos los textos ganadores de la edición 09 de #InstantáneaExpress.

Instantanea Express 09, #HistoriasSinSpoilers, #InstantáneaExpress

Lo que de veras me intriga es como un dispositivo tan sofisticado como el cerebro humano, capaz de erigir rascacielos y predecir el movimiento de los astros, de componer sinfonías, de cartografiar los genes, de crear inteligencia artificial y hasta de estudiarse y comprenderse puede, por otra parte, ser tan elemental, que viva toda su vida satisfecho con las incidencias del deporte y la farándula.

¡Tanto misterio, tanta complejidad, tantos millones de años de evolución para contentarse con un gol del “Chicharito”!

Manuel Fons | Gedankenexperiment

 

GANADOR: PATRICIA BAÑUELOS

Que la razón no entiende

La Razón del neocórtex juega la final por la copa de la “Supremacía Neurológica” en cascarita pambolera contra Los Primitivos del sistema límbico. Jugadores de ambas escuadras se alinean por color en cada barra del futbolito de madera estufada medidas reglamentarias.

Al silbatazo la bola corre vertiginosa, los defensores del arco neocórtex juegan de color rojo, acomodando pases cortos de múltiples conexiones. Los Primitivos casaca albiazul, se mueven a muñequeo veloz en tonos de  insolentes decibelios.  Marcador uno-cero favor del equipo de La Razón por un tiro de precisión matemática. Los ánimos se calientan en la banca celeste, regresan del descanso crecidos venciendo al arquero escarlata con un  cañonazo  de testosterona bajado con el pecho por  su capitán.

Límbicos mantienen la posesión del esférico. Neocórtex recupera el balón e intenta acomodar por la banda derecha. El cancerbero de la portería de Los Primitivos retiene la bola antes de que el equipo de La Razón pueda rematar con la cabeza. El saque de meta lo gana el jugador de jersey rojo  número diez. Intenta una jugada de pizarrón que choca en el travesaño. Recupera de nuevo y se descuelga inteligentemente hasta la portería contraria. Una chica en minifalda pasa junto a la banca de la defensa neocórtex, el delantero  carmesí en un arrebato de libido anota en su propio arco. Los Primitivos festejan el triunfo cual cavernícolas, asegurando que  aunque Pascal está en lo cierto, la causante del autogol ni estaba tan buena.

 

GANADOR: DANIEL HERNÁNDEZ

El balón no está hecho para detenerse en la red

Cada sábado volvíamos al fin del mundo. Tenían salchichas, cerveza, y futbolitos. Íbamos por las primeras dos cosas y de paso seguíamos jugando.

Nunca usamos más de seis monedas para determinar cuál de los dos era mejor. El resultado emergía como un grito por ahí del cuarto partido. El quinto ya era ejecutor. El sexto, un mito.

Mientras jugábamos, a veces a él se le ocurría entablar argumentos en favor del fútbol. Ora “es la epitome del deporte”, ora “una recreación sana para el espíritu”. Mucho verbo para algo en lo que rara vez se necesita una sola palabra. Yo pateo, tú pateas. Verbo mudo sin predicado.

Lo confronté alguna vez, en un momento de duda, preguntándole si había considerado la posibilidad de que los dos habíamos perdido la cabeza por culpa del juego. Él pensaba que yo hablaba del futbolito, pero yo hablaba del fútbol verdadero. Aunque incluso el fútbol real se siente como rodeado por redes de mentiras.

Lo cierto es que mientras jugábamos al fútbol los sábados, imaginaba que el cansancio me rodeaba a mí también, como una red enorme. La red de todo cuanto lograron quienes han vivido desde hace siglos en la tierra. Toda su sabiduría, lo que han descubierto del mundo, enredado frente a mí. Rebotaba y volvía de esa red, alejándome, como si fuese un balón que es regresado al campo de juego por otros noventa minutos extendidos hasta ser una vida.

La red debía llevarme a algún sitio, pero jamás la seguí.

Reescrituras


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Yo fui alumno de la Escuela de Escritores SOGEM. Empecé el diplomado a los dieciocho años. Recuerdo de forma vívida una anécdota que determinó mi travesía literaria. Luego de estudiar, durante semanas, las características de un buen cuento: la autosuficiencia, la mesura, la contundencia, su naturaleza microcósmica, su imperiosa necesidad de tener y mantener un conflicto, su breve aliento, su talante escueto, etcétera; se nos asignó la tarea de escribir nuestra primera narración en forma. Frente a esta serie de características, al parecer inamovibles, terminé por sentirme aterrado. Me congelé.

Un día antes de la entrega, la desesperación era mi todo. Entonces recordé, y me lo confirmó mi madre, que cuando era niño, yo escribía cuentos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o un sello medio borroso que aseguraba (o condenaba): “Sí trabaja”, “Felicidades, eres un campeón”, “Sigue así”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar, en un certamen, una caja de Duvalines, de esas preciosas que incluían una serie de cucharitas aún pegadas entre sí. Revisé uno de mis cuadernos de español de la primaria y hallé uno de mis cuentos.

Era una narración escrita con una letra enorme, que trataba sobre un niño con alas, quien decía estar relleno de aserrín, se llamaba Miguel; y lo más importante: era regañado constantemente porque no podía hablar bien y repetía sin cesar las mismas palabras. Mi trabajo de infancia me estrujó el espíritu. Supe que había hallado la fuente para crear mi primer cuento “profesional”. Decidí reescribir mi obra.

Días después, la maestra Aline Petterson me pidió leer mi texto en voz alta y dijo que le había parecido conmovedor. Todavía estaba tan inseguro de mi trabajo literario que le pregunté, al final de la clase, si su calificativo de conmovedor significaba que le había gustado mi cuento. La respuesta fue tajante: “En literatura, a mí sólo me conmueve lo que me gusta”.

Hace poco debía entregar con urgencia un texto breve para una publicación electrónica. Escribir textos de pocas cuartillas me resulta enojoso y un día antes de la fecha límite aun no tenía nada digno. Recordé entonces que cuando era joven, yo escribía cuentos cortos. Rememoré que más de uno había merecido un diez, o una reacción que aseguraba (o condenaba): “Usted sí escribe”, “Siga así”, “Es conmovedor”; y que incluso uno de aquellos cuentos una vez me hizo ganar un espacio en una antología de cuentistas jóvenes, una de esas ediciones horribles que aún traían las hojas pegadas entre sí. Revisé algunas de mis tareas de SOGEM y hallé uno de estos cuentos.

Era una narración que trataba sobre un niño con alas moradas y despellejadas, quien decía estar relleno de aserrín, que se llamaba Miguel, Miguelito, Miki, Maik; y lo más importante: que era regañado por su mamá, ya que repetía constantemente las mismas palabras, como si tuviera eco. Decidí reescribir mi obra.

Así que hoy quiero compartirles la segunda reescritura del cuento que ya dos veces me salvó de una entrega inminente:

 

Yo me llamo Miguel

Yo me llamo Miguel, Miguelito, Miki, Maik, Hijito, Mi Amor, Tesoro, Inútil, Tarado, Estúpido, Desobediente y Estorbo. Yo también tengo alas, como los ángeles, moradas, casi rojas, despellejadas, en la espalda. Los lunes tengo alas de pterodáctilo; los martes, de dragón; los miércoles, de F-15; los jueves, de diablo; los viernes y los sábados, me quedo dormido todo el día, y los domingos, de libélula. Pero yo no vuelo, porque no quiero y no sé y no me han enseñado y me da miedo.

A mí no me gusta llorar, pero sí lloro, y luego, cuando ya me vacío de agua, me río y grito y me sigo riendo y floto, y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo, y corro y tomo vuelo y floto tantito, y me sangran las orejas y la rodilla, y me duele la cabeza y veo manchas y las espanto, pero no se van, y mejor cierro los ojos. A veces abro los ojos bien fuerte, para atraparme yo solo con los párpados, para estar en un capullo, como los gusanos, y que ya no me duela la cabeza y que todo llueva y se moje, y que yo nazca y me moje y respire y respire.

A veces, pienso que mi mamá es una sierra eléctrica que me parte en dos o en tres o en cuatro, otras veces pienso que mi mamá es una máscara de luchador, pero uno rudo, que me aprieta la cabeza y me tapa las cicatrices del coco, pero casi siempre pienso que mi mamá es un cañón de artillería, como el del libro de la SEP, que me dispara y me acribilla, porque soy su enemigo, y a ella le dan una medalla por su valor en el combate, y a mí me entierran, junto a las trincheras, o junto a las letrinas de los soldados. De mi papá no me imagino nada porque no tengo, y nunca lo he visto, ni en una foto.

A mí no me gusta hablar porque no puedo, porque tengo eco, y repito y repito lo que digo y luego se me olvida lo que iba a decir y me enojo y tiemblo. A mí me gusta hablarme para adentro, porque así lo que digo se me queda y no se sale, y se me llena la cabeza de palabras y de groserías y de padres nuestros, y de trabalenguas y de adivinanzas y de quejidos, entonces me pesa mucho la cabeza y ya no siento y sonrío y me río.

Como todos los niños, yo estoy relleno de aserrín, y de canicas y de estrellas ninja y de gomitas con forma de culebras y de cometas sin nombre, y de bolas de cebo, podredumbre y veneno, pero diario me saco estas cosas por las orejas, y por eso estoy tan flaco, aunque luego me las vuelvo a meter por la boca y mi mamá me regaña y mi papá no porque no tengo.

Yo ya me quiero morir, para que no me duela la cabeza y para no ver manchas y que no me sangren las narices y que mi mamá no me grite, ni me acribille. Yo me llamo Miguel, Horror, Miguelito, Tumor, Pelón, Quimoterapia, Mijito, Inútil, Castigo, Estúpido, Desobediente y Estorbo.

Instantánea Express 08

Para esta edición de #InstantáneaExpress tendremos como premio un ejemplar de Río entre las piedras y otro de La cruz de la bestia.

Si aún no conocen la mecánica para participar, es sencilla: buscamos historias que no pasen de 250 palabras inspiradas en la imagen y la cita que encontrarán a continuación. Favor de enviar sus textos vía correo electrónico indicando en el asunto #InstantáneaExpress08. Su historia debe tener un título y la cantidad de palabras empleadas.

El correo al cuál tienen que enviar sus textos es editorialparaisoperdido@gmail.com y tienen hasta el próximo miércoles 21 de junio para participar. El ganador se dará a conocer en el blog en el transcurso del viernes 23 de junio.


#amor #InstantáneaExpress #HistoriasSinSpoilers

Fotografía: Fabrizio Verrecchia

 

El amor no existe, pero engaña. El amor no existe, pero perturba. El amor no existe, pero mata. El amor es una bomba explosiva muy peligrosa.

Augusto Rodríguez | El hombre que amaba los hospitales

¿Qué sucede en la imagen? ¿Qué relación tiene con el texto de Augusto Rodríguez? ¿Sucede antes o después? Cuéntenlo en 250 palabras o menos.


Al participar en #InstantáneaExpress y enviar su texto por correo, aceptan sin condiciones que en caso de que su texto sea el ganador se pueda usar y reproducir en el blog y redes sociales de Editorial Paraíso Perdido y en alguna publicación, virtual o impresa, de la misma editorial. Todos los participantes recibirán un código con el que obtendrán 10% de descuento en los libros de nuestra tienda en línea. Al final del año se publicará un anuario con los ganadores y se elegirá la historia favorita, es decir al campeón de campeones de nuestro certamen.

Rosa Montero: Entre la belleza y la oscuridad


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Sólo instantes. Recordamos poco. La memoria es exigente y caprichosa. De mi infancia guardo imágenes sueltas. Cuando observo hacia atrás siempre aparecen los mismos dibujos. Ahí está ese yo que juega con sus figuras de acción, el pobre de amigos, el que mira desde una azotea cómo el sol tortura al pavimento. Están los brazos de papá llevándome al estadio, la voz de mi madre enseñándome a leer y la mano de mi hermano que le impidió a un hambriento remolino arrastrarme hacia Oz.

La infancia debería ser ficción. Añorarla como un cuento favorito, con el seguro final feliz. Años de historias perfectas y mentiras creadas por expertos escritores. Rosa Montero podría estar a cargo de esta labor, con su pluma sería capaz, sino de ocultar, sí de alumbrar los tramos más sombríos del camino de cada niño.

Lo hizo con Baba en Bella y oscura. Una historia que envuelve con calidez desde sus primeras líneas. Nos topamos con una pequeña arrojada al vacío de una ciudad desconocida. Allí donde la espera una tía de carácter débil, un tío egoísta, una abuela con porte, un primo triste y una enana colmada de sabiduría; con el poder de regalar la imaginación necesaria para decorar ese barrio marginal.

Esta no es una historia de viaje. Montero, con su riqueza de lenguaje, maestría narrativa y una hermosa capacidad de reflexión, nos hace vivir dentro del Barrio. Junto a Baba descubrimos a los personajes que lo habitan, a la maldad, a las historias de la enana, a Segundo (ese tío al que hay que tenerle miedo). La relación que la pequeña establece con su abuela es enternecedora. Doña Bárbara una mujer fría y reservada, pero que a través de hablarle al aire reparte consejos y le abre su corazón a esa nieta que parece una isla a la deriva. Baba ansía, como nada en este mundo, la llegada de un padre que ha prometido el regreso.

Es una historia de crecimiento; perder la ingenuidad para sobrevivir en un sitio olvidado. Un Barrio donde los padres entierran vivos a sus bebés y algunos niños mueren por la adicción a las drogas. También hay espacio para una calle violeta, de luces neón, un río de sudor en el que las mujeres se exhiben en vitrinas, abren sus piernas y ofrecen un túnel de placer que alimenta el deseo de los hombres. Baba aprende los secretos del entorno para hacerse fuerte, pero en medio de esas tinieblas, deberá mantener la esperanza de un futuro mejor, creer que su padre llegará, que Segundo abandonará la familia. Arelai, la enana, se encarga de alimentar esta fe. Para ella, existe una estrella que cumplirá nuestros deseos y entonces a la realidad no le restará más que mutar.

Dentro de la elegancia del texto, en los relatos de Arelai, en sus enseñanzas, o fábulas sobre gigantes y enanos, Montero coloca en la voz del personaje un contundente discurso el cual considero importante rescatar:

“El amor no es sino la acuciante necesidad de sentirse con otro, de pensarse con otro, de dejar de padecer la insoportable soledad del que se sabe vivo y condenado. Y así, buscamos en el otro no quien el otro es, sino una simple excusa para imaginar que hemos encontrado un alma gemela, un corazón capaz de palpitar en el silencio enloquecedor que media entre los latidos del nuestro, mientras corremos por la vida o la vida corre por nosotros hasta acabarnos”.

Quizá, con estas palabras, la autora nos permite entender un concepto tan confuso e incomprendido. Estamos solos, tremendamente abandonados y buscar otros labios no es más que silenciar con besos una terrible verdad.

Montero invita a soñar más allá del desencanto, de la presencia de la muerte y del sufrimiento floreciendo en cada esquina. No recuerdo si en algún pasaje de mi infancia apareció esa estrella única, como dije, el pasado cada vez me es más borroso, como si mi mente intentara recordarme que es necesario respirar sólo en el presente. Entonces, si esta vida aún no es la que la deseamos, no nos resta más que construir el día con esfuerzos. Es preciso recorrer las corruptas ciudades cargados de ilusiones por más empolvadas que estén y, como Baba, aguardar el arribo de un amanecer destellante; allí donde la belleza devorará el corazón de esta oscuridad que nos pesa tanto.

La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

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