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Suelo escribir aceptando el caos como método


Conversación con Daniel Centenoautor de Puerta Cerrada


Mientras lees, escucha el soundtrack de  Puerta cerrada

 

1. ¿Cuánto tiempo llevas escribiendo?

Desde que aprendí a sujetar el lápiz, hago garabatos que intentan decir cosas. Antes de escribir, dibujaba. Todavía dibujo cuando siento que no sé cómo expresar algo con palabras.

Comencé a escribir historias en la adolescencia, primero como vagas reflexiones en torno a mis dolores juveniles y en la universidad como una saga fantástica que muy probablemente nunca verá a la luz. Escribía los capítulos por entregas, que una amiga leía con el entusiasmo de quien está ayudando a construir un mundo. Y eso hacíamos. Escribir no solo era crear un mundo, era hacerlo visible en sus ojos.

Formalmente —cuando al fin decidí entregarme a la escritura—, mis primeros cuentos son de finales de 2014, cuando retomé una amistad con una de mis mejores amigas, también escritora.

2. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Te ha servido de algo?

La escritura me impide olvidar. Es la forma más sincera que tengo de comunicar mis ideas en un contexto en el que uno siempre está expuesto a las miradas de desaprobación y los silencios incómodos. Hasta donde sé —uno nunca sabe del todo qué tanto es afectado por su propia escritura—, escribir me ha servido para acabar de encontrarle sentido a las ideas inconexas en mi mente y a esos sentimientos que solo al escribir puedo nombrar. Escribir es hablar conmigo mismo y también mi intento por entender a los otros. También, mi intento para darme a entender.

“Uno escribe lo que los otros no estarían dispuestos a escuchar de otro modo”. Cuando hablo, siento que hay un abismo insalvable entre el otro y yo. Cuando escribo, el abismo tiene sentido, existe por una razón; se hace visible en las palabras, la estructura, los personajes; es deber de mi escritura hablar de él, rodearlo hasta hacer visible su hondura, apagar la luz o encenderla cuando se vuelva necesario olvidar o recordar que está ahí. Escribir es intentar que los ojos de otro y los de uno armonicen.

3. ¿De dónde nace la idea de Puerta cerrada?

Puerta cerrada es una de tantas formas en que me hice la pregunta: ¿Es posible salvar el abismo que existe entre dos seres?

Poco antes de escribirla, murió el padre de una amiga a quien amo. La forma en que murió me hizo confrontarme con la idea de mi propia muerte, mi vida y con la idea del amor. Mi amiga lo amaba más de lo que nunca había visto amar a otra persona. El amor y la muerte van siempre juntos de la mano, pensé. El amor y el silencio. El amor y la ruptura. Cioran escribió: “Los únicos acontecimientos importantes de una vida son rupturas. Ellas son también lo último que se borra de nuestra memoria”.

Yo había perdido a personas queridas también ese año, lo cual vino a rematar el conjunto. Necesitaba escribir algo para replantearme el acto de perder a alguien. Necesitaba recordar cómo era darse cuenta de que no se está solo en el mundo cuando los ojos de los otros permanecen en la memoria, siempre expuesta al olvido.

¿Qué estamos dispuestos a hacer con tal de mantener vivo al otro que parece que ya no es más que un recuerdo?

4. ¿Cómo le vas dando forma a la obra? ¿Sueles ser metódico o escribes sobre la marcha?

Actualmente trabajo en un proyecto de cuentos con apoyo del FONCA. Es la primera vez que hago un proyecto de forma sistematizada —con calendario y todo—, orbitando conscientemente los mismos temas, intentando dar respuesta a una pregunta. Dice una amiga que no puede creer que esté haciendo al fin un proyecto, cuando yo suelo escribir aceptando el caos como método. Al final, resulta que ni siquiera ese proyecto se está salvando de mi forma habitual de trabajo: escribo por compulsión; cuando leo, cuando me surgen ideas, cuando ocurren acontecimientos importantes en mi vida o cuando siento que al fin me he dado —o estoy por darme— cuenta de algo. Puerta cerrada no fue la excepción.

Afortunadamente, soy uno de esos escritores que no paran de editar sus textos. Si al escribir se me escapó algo, la edición siempre me ha ayudado a regresarlo al camino.

Como diría una amiga: “Tú eres de los que creas ejércitos aunque no sepas qué hacer con ellos; si uno de tus soldados se queda atrás, vuelves y lo fortaleces”. Mi amiga me conoce muy bien.

5. ¿Hubo alguna obra artística que fuera influencia para crear la tuya?

“Una cosa más” es mi cuento favorito de Raymond Carver. La versión de “Principiantes”, es decir, la que no fue editada por Gordon Lish, termina con la cita que sirve de epígrafe a Puerta cerrada: “Sus ojos eran terribles y profundos, y él mantuvo todo el tiempo que le fue posible”. La idea de mirar al otro, incluso en el dolor, con tal de seguir mirando, de no dejar ir, de recordar, me hizo añicos como lector, y me hizo encontrarle sentido a lo que estaba por contar.

Puerta cerrada son esos ojos de los que hablaba Carver, esos que se niegan a dejar que el otro desaparezca.


Puerta Cerrada, #HistoriasSinSpoilers

Para más info del libro, clic en la imagen.


6. ¿Qué podrán encontrar los lectores en Puerta cerrada?

Una novela corta, introspectiva, con toques de humor, drama y, por sobre todo, el anhelo de vivir al margen de la muerte inminente y el olvido.

7. ¿Qué géneros literarios frecuentas? ¿Cuáles obras recomendarías?

Leo un poco de todo: fantástico, ciencia ficción, extraño, realismo sucio, realismo a secas, surrealismo; qué sé yo, de todo. Me la paso saltando de un cuento a otro, de un libro al que sigue; muchas veces terminándolos hasta mucho después o no terminándolos nunca. Tal es el caso, por ejemplo, de Dublineses, de Joyce, que he empezado y vuelto a empezar desde que tengo 11 años y a la fecha no logro terminarlo. Me gusta esa sensación de que aún tiene algo por decirme.

Más que géneros, frecuento autores. Les agarro el ritmo, a veces hasta logro entender lo que querían decir (o eso creo, claro, como uno cree entender a un amigo aunque cada cabeza sea un mundo). Raymond Carver, Alice Munro, Ray Bradbury, Truman Capote, Ken Liu, Katherine Mansfield, Inés Arredondo, Chéjov, Yukio Mishima, etcétera; acudo a ellos como se acude con un amigo.

Principiantes y Catedral de Raymond Carver, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, A sangre fría de Truman Capote y La señal de Inés Arredondo, son mis obras favoritas.

8. ¿Qué piensas sobre la literatura actual? ¿Hay algún (os) escritores contemporáneos que recomiendes?

Los últimos meses he leído ciencia ficción, así que podría recomendar a Ted Chiang y a Ken Liu. Los dos han hecho cuentos que me parecen excepcionales. Del primero, “La historia de tu vida” y “El infierno es la ausencia de Dios”; del segundo, “Los algoritmos del amor”, “El literomante”, “Cambio de estado” y “El zoo de papel”. Ambos escritores, me parece, logran el equilibrio casi perfecto entre contar una historia interesante, llenas de ideas y emoción que uno siente sincera y honesta desde las primeras líneas.

Enrique Serna (“La incondicional”), Eduardo Antonio Parra (“Cuerpo presente”) y Carlos Velázquez (“El alien agropecuario”) son los que se me vienen a la mente si pienso en escritores mexicanos que hoy en día siguen publicando y de quienes disfruto mucho su lectura.

9.-¿Algo que desees agregar sobre ti o tu obra?

Agradezco a todos los que han leído Puerta cerrada y también a los que la leerán.

Si Puerta cerrada tiene un propósito, espero que sea el iluminar el abismo, no ceder ante él. No le puedo pedir otra cosa. A nadie podría pedirle nada más.

Lo que no queda dicho, a veces dice mucho más


Conversación con Luis G. Abbadieautor de El último relato de Ambrose Bierce


1. ¿Desde hace cuánto escribes?

Hice mis primeros intentos a los 14, 16 años, y acabé por agarrarle gusto. Ya pasando los 20 me decidí a buscar algún taller literario sin mucho éxito; por fortuna me invitaron al que Flaviano Castañeda Valencia organizaba en el edificio de la Universidad de Guadalajara, el único donde nadie imponía o prejuzgaba los intereses de lectura y escritura de género (y donde no era anatema leer a autores anglosajones); allí nos encontramos como en casa muchos que no nos ajustábamos a los estándares que en esos días parecía que eran de rigor para entrar al mundillo literario.

2. ¿Cómo o para qué te ha servido escribir?

No creo que nadie piense que sea útil escribir, aunque sí tiene resultados y consecuencias. La satisfacción que produce dejar salir lo que concebimos no cambia el hecho de que cualquier escritor, lo admita o no, sería probablemente más feliz libre de la compulsión creativa; pero lo mismo podríamos decir de cualquier impulso humano. Es parte de uno, y no es cuestión de si existe, sino de qué hacer con él. Hacia dentro, escribir es un medio para definir, comprender, esclarecer; algunos piensan en voz alta, yo a veces lo hago escribiendo. Pero las ideas no llegan más allá, son vacuas, si no se ponen en práctica.

La escritura está muy subestimada, y eso es un vicio de nuestra cultura. Por un par de siglos (no es digresión, es contexto) se ha impuesto el materialismo; entre los místicos, el énfasis desesperado en el mentalismo como una ley hermética universal: esa necesidad de mantener las riendas intelectuales sobre emociones e instintos y creer que tenemos el control. El modelo ancestral del mundo nos plantea en cambio que el corazón es la balanza que filtra la razón y el instinto, templados por las emociones; esto no es poner las riendas, sino izar velas y navegar el torrente. En la escritura creativa, eso es lo que se puede hacer; y ese torrente puede remover las cosas, aun sin tener mucho alcance aparente, lo que escribimos puede tener efecto palpable sobre el mundo que nos rodea de maneras que la sobrevalorada razón no concibe ni cree posible. Si hay utilidad, está allí.

3. ¿Novela o cuento?

Lo que resulte, en cada caso, si bien me encuentro más cómodo con la novela. A veces, al leer, siento que algún cuento es un mundo en sí mismo, que los personajes y su entorno nacieron para esa historia y nada más. Para mí, el mejor cuento es el que me convence de que sus personajes viven, de que es un atisbo de una realidad, no de una escenografía; que me da la sensación de que hay más cosas ocurriendo fuera de escena, que cuando llegamos al cuento, ya había cosas sucediendo, y los sucesos proseguirán una vez concluida la narración. No estoy hablando de un “universo de saga” ni nada semejante, ya que tales mundos prefabricados suelen resultar todavía más falsos (pocas cosas prometen una lectura vacua mejor que un libro que inicia con un mapa); no quiero explorar un “mundo detallado”, quiero leer, o escribir, una historia sólida, que sin importar que sea cotidiana y urbana, o bien situada en un mundo remoto, se sienta real. Por ello, la novela me satisface más; y en los cuentos, hago uso frecuente de referencias internas entre las historias.

4. ¿Pero es El último relato de Ambrose Bierce una novela o una serie de cuentos?

Hay quien piensa que es lo primero; a mí me parece que son más bien cuentos que son a la vez partes de una historia más grande. Hay en los Apéndices algunos textos que no son cuentos, que no acaban de tomar forma; sin embargo, son integrales para el libro. Ese carácter integral de las secciones dispares puede ser lo que ha llevado a algunos a llamarla una novela. ¿Importa? Creo que lo que cuenta es la historia, no definirla ni catalogarla.

4. ¿Cómo nace la idea de El último relato de Ambrose Bierce?

No hay respuesta sencilla, pues el libro nació como un plaquette que contenía solo dos textos, y luego creció.

Las obras del propio Bierce reflejan su interés en las desapariciones misteriosas, en la entonces incipiente parapsicología, en el humor trágico que se manifiesta en los momentos más inesperados. Se ha escrito mucho sobre los últimos días de Ambrose Bierce, pero se suele ignorar lo obvio: el paralelismo entre los temas presentes en su obra y las circunstancias en que desapareció en el norte de México en 1913-1914. Su propia obra –incluso su ficción– prefigura su destino, y su pluma nos sugiere qué fue de él, aun cuando el momento final permanece, como él mismo lo habría querido dejar, en la oscuridad.

Si la obra de Bierce parece haber absorbido su vida misma, lo mismo ha ocurrido con El último relato de Ambrose Bierce. Carlos Bustos quiso incluirlo entre los títulos iniciales de Ediciones del Plenilunio, y cuando —en una reseña de la segunda edición por Plenilunio— un periodista me acusó en las páginas de El Informador de ser un mal traductor, dicho artículo puso a algunos lectores en la pista de esa segunda edición agotada de antemano que jamás llegó a estar en librerías. Allí nació el resto del libro, esa historia que creció en torno al plaquette original.

5. ¿Qué encontrará el lector en esta obra?

Primero que nada, ese manuscrito póstumo que narra, quizá, lo que pudo motivar a Ambrose Bierce a venir a México a su edad avanzada y lo que pudo ser de él en sus últimos días.

También, el vuelo de extrañas aves blancas en el Panteón de Belén, los sueños y visiones de una joven que es atraída una y otra vez por lo que el viejo cementerio alberga, las circunstancias en torno a una segunda edición de un plaquette de Plenilunio que nunca se distribuyó. Una vieja leyenda narrada por un árabe loco acerca de una ciudad de mil columnas, una obra de teatro del decadentismo francés que inspira obsesión y locura, las danzas del pueblo pálido bajo estrellas negras, son elementos que se entrelazan con estos sucesos.

#HistoriasSinSpoilers, El último relato de Ambrose Bierce

 

6. ¿Cuál es tu proceso para crear un mundo en el que interactúan la realidad y la ficción?

Soy asiduo del juego interreferencial de los Mitos de Cthulhu, que centenares de autores han puesto en práctica desde que este “juego” comenzó con Lovecraft, Howard, Smith y otros autores de la Weird Tales: el uso de referencias a las obras de otros autores, pasados y presentes, que han contribuido a ese escenario común de los Mitos. Esto no es un “universo compartido” con elementos y continuidad establecidos; hay infinidad de versiones e interpretaciones distintas, elementos reales y ficticios que se entrelazan. En una mitología artificial y unificada, creada como escenario común, la continuidad y congruencia serían esenciales, como por ejemplo en los universos de los cómics, o bien de las sagas de novelas. No se trata de eso.

Es la mención pasajera de tal o cual suceso, personaje o lugar lo que crea la impresión de que los diversos cuentos escritos por distintos autores comparten un trasfondo, una realidad en común. Esto dista mucho de ser una apropiación, es más un guiño de reconocimiento; cuando un editor reprochó a un autor haber “copiado” nombres y conceptos de Lovecraft, el propio Lovecraft le escribió indignado, en defensa de este joven autor. Esto es a veces complicado de explicar a quienes no han leído obras del género.

Otro aspecto derivado de Lovecraft es el uso de seudobiblia; esta palabra acuñada por L. Sprague de Camp se refiere a libros inexistentes o inencontrables, jamás escritos, desaparecidos, incunables, o falsamente atribuidos (este recurso, que muchos llaman “borgesiano”, este lo aprendió de Lovecraft).

La vida misma ofrece numerosas oportunidades; todo el tiempo ocurren cosas que complementan las ficciones a la perfección, las historias se construyen fácilmente en torno a ciertos sucesos, y en ocasiones parece que nos limitamos a examinar las posibilidades, a completar las piezas faltantes de un rompecabezas. La desaparición de Ambrose Bierce; la ocasión, en 1995, en que las ventanas del mausoleo central del Panteón de Belén amanecieron rotas y los viejos perros guardianes fueron reemplazados; las circunstancias que rodearon a la segunda edición de los primeros títulos de Plenilunio; estas y otras cosas son los cimientos de este libro.

Cuando lo escribí, quizá intuía pero estaba muy lejos de conocer o comprender lo que Grant Morrison llama un hipersigil; algo que ahora es parte de cada una de mis historias. En estos momentos, busco borrar los límites concretos entre las distintas cosas que escribo: ficción, ensayo, investigación, espiritualidad. También, en consecuencia, entre la escritura y la vida; aunque encuentro que todos estos límites nunca fueron tan claros como suponía.

7. El sueño es un tema importante en la obra, ¿has tenido alguno que se haya vuelto realidad o confundido con esta?

Mi primera visita al Panteón de Belén fue en un sueño, y al visitarlo encontré fácilmente el sitio donde mi sueño —aterrador por cierto— se había desarrollado. Por cierto Valerie Loveman estaba presente en él. En otros sueños he visto el lago de Hali, el Fantasma de la Verdad… y en uno de esos, de los más aterradores, había un tren elevado que en ese entonces (hace más de una década) resultaba algo ajeno a cualquier cosa en mi experiencia inmediata, ese que ahora mismo se construye no era siquiera un proyecto. Sueños y escritura fluyen juntos.

8. Sin quitarle el misterio a la obra, ¿hay alguna otra que te haya influido o inspirado a creerla crearla?

¿“Inspirado a creerla” o a “crearla”? Esa errata, si lo es, resulta oportuna en este caso, supongo.

“El pueblo blanco” de Arthur Machen (a veces traducido como “La gente blanca”) sin duda, así como la novela Ceremonias macabras, de T. E. D. Klein, a su vez inspirada por el cuento de Machen. “El Signo Amarillo”, de Robert W. Chambers. Almas visionarias, de Emiliano González, donde este especula acerca de la identidad de Elizabeth Siddal como la anónima protagonista de “El pueblo blanco”, y su antología El libro de lo insólito, donde traza ese alucinante hilo conductor entre “El pueblo blanco”, El Rey de Amarillo, y las fantasías de Lewis Carroll. La poesía de Enrique González Martínez, que en ocasiones explora esos mismos mundos. Astartea, de Marcel Schwob, que abreva del mismo lago que los cuentos de Chambers. Y por supuesto, las obras de Ambrose Bierce, “Un habitante de Carcosa”, “Haïta el pastor”, “Desapariciones misteriosas”. Añadiría quizá “Ambrose”, de John Tynes.

9. ¿Qué cosas nuevas se podrán encontrar en esta edición?

Los escasos lectores de la primera edición de Plenilunio tienen mucho qué encontrar: El primer texto, “El último relato de Ambrose Bierce”, se encuentra mucho más completo, extenso y detallado. La segunda parte del libro, “El grito de la máscara”, prosigue donde “La sombra blanca” terminó, hablando de lo que ocurrió después con Valerie Loveman y los sucesos que causarían muchos rumores en el Panteón de Belén. Además hay una serie de textos, extractos y notas que señalan los vínculos entre personajes y obras aparentemente dispares: Arthur Machen, Elizabeth Siddal, Robert W. Chambers, Enrique González Martínez, Abdul Alhazred, Gabriel Benítez. Bierce.

Por otra parte, es la primera vez desde que el libro portaba el sello de Plenilunio que en él se reproduce una versión del Signo Amarillo. Lo que solo algunos lectores sabrán interpretar.

10. ¿Algo que te gustaría comentar respecto a tu obra?

Algunas personas me han preguntado acerca de Valerie Loveman. De ella he hablado en otros escritos, y como he dicho en otra parte, su ausencia inexplicada desde 1999 será tema de un futuro libro, sin embargo, faltan todavía un viaje y bastante documentación para ello. De El último relato de Ambrose Bierce, confieso que en él, los seguidores de la mitología de Lovecraft reconocerán elementos de la herejía derlethiana; recordaré al respecto que nada es lo que parece, y esas palabras de la propia Valerie: “todo debe ser parte de lo mismo, algo tan grande que no vemos la conexión”.

Como sucede en la vida, así lo planteo en mis libros: que cada quien valore los hechos, mis narradores no son omniscientes y portan sus propias preconcepciones. Lo que no queda dicho, a veces dice mucho más.


Fotografía del autor: Jorge Alberto Mariscal

Agenda para los últimos días


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Tal vez para escribir hay que empezar por el principio
y el principio es cambiar nuestra actitud vital,
cambiarla totalmente,
ya lo sabes,
hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces.

Luis Rosales,
“Sobre el oficio de escribir”

 

Entre 1959 y 1992 hay más de tres décadas. Pero a ambos años les une algo que resultó transformador para quienes vieron sus vidas sacadas de la normalidad que habían construido hasta esos momentos. En 1959, Anthony Burgess es notificado de que padece un tumor cerebral y los médicos le presagian, con buena fortuna, solo un año de vida. Acosado por la inminencia de la muerte, el célebre autor de La naranja mecánica entra en una fiebre creadora impulsado por una idea altruista: legar a su esposa la suficiente cantidad de libros como para permitirle vivir de manera decorosa el resto de su vida con el producto de los derechos de autor. En Ya viviste lo tuyo (Grijalbo, 1993), su autobiografía iniciada precisamente en el año del anuncio fatal, relata su plan:

Seguí adelante con la tarea de convertirme en escritor profesional de corta duración. El término profesional no está aquí empleado para significar un alto nivel de dedicación y rendimiento: implicaba entonces —como ahora— el desempeño de un oficio o menester con el doble fin de pagar los alquileres del piso y de comprar alcohol. […] El ejercicio de una profesión supone disciplina, lo que en mi caso equivalía a la producción de cinco folios diarios pasados a limpio, incluyendo fines de semana. No tardé en descubrir que, empezando temprano, podía completar la cuota del día antes de que abrieran los pubs. O, si no, siempre había un alborozado periodo nocturno, tras la hora de cierre, para que los vecinos pudieran golpear las paredes en señal de protesta por el febril tecleo de la máquina. Cinco folios diarios arrojan un total de 2027, o, digamos, 2500 al año, apretando un poco la marcha, sin esforzarse demasiado. Lo cual nos da, si las matemáticas no engañan, diez novelas con un promedio de 250 páginas cada una.

De más está señalar que su meta de producción durante ese año febril no llegó a concretarse. En lugar de las diez novelas, alcanzó a escribir solo cinco “y media”, entre las que se encuentran El doctor está enfermo, La semilla anhelada y El derecho a una respuesta. La “media” novela de ese periodo se convertiría después en la obra que Stanley Kubrick recrearía en su magnífica adaptación al cine. A pesar de los presagios terribles, Burgess sobrevivió hasta 1993, año en que falleció a causa de un cáncer de pulmón. La esposa, a quien buscaba proteger de las penurias que su ausencia suponía podrían generarle, murió varios años antes que él.

En 1992, por su parte, Roberto Bolaño recibió la noticia de que padecía una enfermedad hepática que solo podría curarse a través de un trasplante de hígado. Durante once años cargó sobre sí el padecimiento del cual falleció sin que el ansiado donante del órgano hiciera su aparición. A decir de sus propias declaraciones, y a diferencia de Burgess, no tuvo una iluminación frenética que lo impulsara a crear obras destinadas a la manutención de su prole; aunque a la larga la explotación de los trabajos que él consideraba terminados y que entregó a la editorial Anagrama antes de su muerte, se haya mezclado con los beneficios de los manuscritos que los herederos siguen entregando para acrecentar el catálogo de sus obras. En una de las últimas entrevistas que dio para la revista Playboy expone su opinión con respecto de la muerte y de la inminencia de esta en su vida:

Playboy: ¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?

Bolaño: Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los treinta y ocho años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

Playboy: ¿Qué cosas desea hacer antes de morir?

Bolaño: Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

Lo que me interesa de esta contraposición no es discutir acerca de lo que para cada uno era importante en el momento cuando a ambos se les revela la inminencia de la muerte. Me interesa más una reflexión que debería interesar a aquellos que nos dedicamos (o pretendemos dedicarnos) al arte de la escritura y que quizá sea una pregunta que roza el lugar común (como aquella de los discos que uno se llevaría a una isla desierta o cosas similares): si tuviéramos certeza del momento de nuestra muerte, ¿seguiríamos escribiendo? ¿Cuáles serían las motivaciones para continuar haciéndolo?

En tiempos en donde se requiere un reconocimiento ya forjado y una posibilidad de producción similar a la de un, digamos, Stephen King, pensar en dedicar el tiempo que nos resta a escribir para dejar un legado económico parece más una idea romántica antes que una realidad palpable. Quien se dedique a llenar páginas mientras la “putilla del rubor helado” se acerca, refleja sin asomo de dudas algo que puede llamarse “vocación”, una pulsión que proviene de adentro de las personas y que encuentra en el arte la posibilidad de redimir el tiempo que se ha pasado sobre la Tierra. Pero, quizá me equivoque, el número de personas que dedicarían sus últimas horas a entrecerrar los ojos frente a la pantalla de la computadora no puede ser tan grande como nos gustaría imaginarnos.

De manera personal no tengo respuesta. Ante la desaparición inminente no tengo claro qué papel tendría mi escritura. No me alcanza para discernir la actitud que tomaría ni las acciones que llevaría a cabo. Quizá me alcanzaría la resignación y el abandono: pasar los últimos días postrado mirando películas y leyendo libros postergados a lo largo de la vida. O, como el protagonista de Leaving Las Vegas, tal vez buscaría la energía para impulsar una farra prolongada y mortal; morir como nunca he vivido, como un rockstar. Es probable, también, que en búsqueda de llegar a ese momento en paz (esa idea que nos construimos de la misma) intente reencontrarme con las personas a quienes considere importantes en mi vida y me despida de ellas con una cerveza, un café o una buena comida de por medio. Otra posibilidad es que decida que la discreción sea lo más adecuado y haga mutis de la manera más digna; adelantar el momento fatídico para no enfrentar las expectativas, esperanzas y deseos humanos al acercarse al último umbral.

Pero también cabe la opción de dedicar esos últimos alientos a escribir, a leer (no concibo una actividad sin la otra), a pasear con mi perrita, a besar a mi amada, a dejar que el vaho que se junta en el espejo después del baño desaparezca por sí solo, a escuchar con atención la música que me despertó sensaciones momentáneas y que la prisa no me permitió apreciar en su totalidad, a caminar por lugares en donde nunca lo he hecho.

Lo que al final resulta triste, para mí al menos, es pensar en hacer todas esas cosas solo cuando la Muerte aparece como algo inmediato. Lo que nos hace distintos de los demás seres vivos es la sapiencia de la muerte como algo inevitable; pero en la necedad de concebirnos como seres a semejanza de dioses pensamos que siempre está lejana o que, en soberbia mayúscula, nunca llegará. Solo cuando su sombra se proyecta en nuestra vida de manera nítida nos damos cuenta de lo genial que es, la mayor parte del tiempo, estar vivos. Eso nos permite, por ejemplo, escribir al respecto.

Ende: Escuchar y el tiempo perdido


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Todos hemos vivido esta situación: nos encontramos en una charla, quien está frente a nosotros puede ser un amigo o la persona que deseamos con locura, pero por algún motivo nos damos cuenta que el otro sólo nos observa con la mirada extraviada y a la espera de que nos callemos. Quien está ahí no escucha, sólo deja pasar de largo las palabras para exponer su discurso cuando sea el turno de hablar. Entonces, con el deseo de venganza brotando de cada poro, ansiosos por lastimar, le pagaremos con la misma moneda.

La principal característica de Momo es su capacidad de escuchar. Michael Ende crea a una niña especial, ajena a la fuerza del tiempo y con el don de cambiar el estado de ánimo de aquellos que le cuentan sus historias. Quien conversa con ella, pronto descubre respuestas, basta que la niña dedique horas a sus amigos. Momo carece de extensos diálogos y al inicio del relato parece más una vagabunda sin preocupaciones; tampoco es notorio el deseo de emprender una aventura inolvidable. Su comportamiento es el de un anciano a quienes los relojes han dejado de importarle. Momo se dedica a escuchar, sin prisas.

La mayoría somos dueños de agendas, diseñamos recordatorios, notas y pactamos citas a ridículos horarios como 9:15 o 10:45. Apretamos los segundos, colocamos nuestra extensa lista de actividades en horas-cajas de cartón, las cuales terminarán por desbordarse. ¿Por qué el apuro? Tal vez sea la búsqueda de los sueños, alcanzar el objetivo trazado; esa zanahoria para engañarnos y darle sentido al absurdo.

La casa perfecta, el matrimonio, ser un profesional exitoso, sobresalir, la alegría de los hijos o incluso convertirse en escritor profesional, son las aspiraciones a las que regalamos nuestras horas. Trabajamos para sobrevivir, acumular dinero, ahorramos tiempo en lo considerado innecesario, porque siempre está esa labor prioritaria que alimenta el objetivo que algún día nos otorgará la felicidad.

Los villanos de esta deliciosa fábula de Ende son los hombres grises. Extraños seres, quienes tratan de convencer a los seres humanos de ahorrar tiempo. Los persuaden con estadísticas, argumentos sobre cómo lo están desperdiciando en tareas superfluas y la forma conveniente de guardar cada instante en una especie de banco. El autor propone una clara reflexión sobre el papel de las instituciones financieras que intentan enseñarnos cómo malgastamos el dinero; por lo tanto, debemos depositarlo en sus arcas, firmar el pacto de los plazos fijos y anhelar los intereses que emplearemos en pagar quimioterapias o largas estadías en hospitales privados; justo cuando sea demasiado tarde para disfrutar de la fortuna.

Los hombres grises engañan porque es la única forma en la que pueden existir, sin horas propias, se alimentan del trabajo de los demás; mientras tanto,  los humanos van dándose cuenta, en una carrera sin frenos, que la preocupación por el ahorro los conduce a ocuparse de forma desmedida.

Nos aterra la idea de una vida tirada al basurero, nos aferramos a la productividad como una idea de permanencia, la posibilidad de trascender, colgarse en los recuerdos de las generaciones venideras. ¿Acaso el arte no esconde cierta arrogancia y pavor al olvido?

Momo, ante el descarado hurto de los hombres grises, deberá alzarse como heroína y recuperar el tiempo de los humanos. Inmune ante las charadas de estos seres deslucidos, le corresponde actuar, entender que llevamos el tiempo en nuestros corazones, que se nos ha destinado un reloj con cierto número de latidos  y por eso es necesario que cada quien sea dueño de su propio reloj de arena, sin que nadie más lo administre.

¿Qué es entonces desperdiciar el tiempo? ¿Enumerar estrellas en noches despejadas? ¿Emborracharse porque sí? ¿Fornicar como leones? ¿Tomar un café sin junta de negocios de por medio? ¿Masturbarse tres veces al día? ¿Entregarse al ocio? ¿Dejar en pausa las metas? ¿Teclear esta columna como si mis dedos fueran caracoles de un jardín abandonado?

Por lo menos una tarde escuchemos realmente al otro. Vayamos a cualquier sitio, sentémonos cara a cara y aprendamos a callarnos, sellemos los labios y abramos de par en par los oídos. Desconfiemos del valor de nuestra palabra, declaremos clausurado el festival del ego, prohibamos los circos del lucimiento personal, quememos minuteros, hagamos trizas los cronómetros y, como Momo, permitamos que nuestros consejos se comuniquen en el mejor de los silencios, ese al que le importa un carajo el girar del mundo.


Fotografía Curtis MacNewton / Unsplash

Mi relación con la locura

Conversación con Alejandro Paniagua, autor de Los demonios de la sangre.


1. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
La escritura para mí es siempre el instante previo a la iluminación o al ensombrecimiento. La escritura me transfigura y me vuelve inmundo. Es una bendición que me maldice bellamente.

Yo escribo para contener los impulsos violentos, para distraerme de algunos síntomas de la enfermedad, para apaciguar a las bestias, a los esperpentos y a los chamucos de mi cabeza, de mis manos, de mis tanates, de mi ánima. Escribo para no descarapelarme los nudillos, para obligarme a estar en calma, para mantener un alto nivel de misticismo y de demencia, para atenuar la obsesión, la compulsión. Parece contrastante, pero escribo porque me hace muy feliz.

Cuando era niño, una maestra me preguntó por qué me la pasaba escribiendo sobre el pupitre todo el día. Le di la respuesta más sincera que he dado al respecto: Maestra, escribo para dejar de temblar.

2. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Mi método infalible para no dejar de escribir nunca es simple: si no se me ocurre nada, escribo lo que soñé, un recuerdo real de mi vida, algún suceso que me haya hecho emputar o carcajearme, algo que me haya hecho estremecer o llenarme de ternura; escribo lo que me da miedo, lo que me provoca una erección. Escribo las reglas del turista, lo que se siente que una mujer a la que amas te la mame, a qué saben los hombros de mi mujer, o sus pecas, o sus sobacos. Escribo lo que sea, incluso cuál sería mi apodo si yo fuera el jefe de jefes de un cartel de drogas.

Como soy budista, la meditación también me ayuda a desbloquearme.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, de Los demonios de la sangre?
Cuando era niño y comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de mi epilepsia, de mis padecimientos neurológicos y de mi depresión clínica (ataques de ausencias, desesperación, sensaciones exasperantes en las manos y en la cara, desolación, pesadumbre), mis padres me llevaron con muchos médicos. Un psiquiatra, quien era una supuesta eminencia, nos dijo que yo tenía tendencias psicóticas, que un día mi enfermedad terminaría por desplegarse con todo esplendor, que un día me volvería loco, pues. Yo crecí pensando que estaba condenado, sin remedio, a convertirme en un demente. Resultó que el diagnóstico era una negligencia, yo sólo padecía diversos tipos de epilepsia en diversas zonas del cerebro. Los demonios de la sangre habla, sin miramientos, de mi relación con la locura, de mi terror a perder la razón. No quiero entrar en detalles, pero casi todo lo que aparece en el libro tiene un equivalente en la realidad. Y ello es a la vez terrible y fascinante.

4. ¿Es diferente escribir que tener una “carrera literaria”?
Si tienes suerte, todo lo que escribas aportará algo a tu carrera literaria: te hará ganar concursos, te lo publicarán en revistas o en libros, etc. Si no, simplemente escribirás y ya, sin que necesariamente la creación te permita avanzar en un sendero profesional o se dé a conocer en medios. La realidad, sin duda, es que basta con escribir. Con eso uno tiene suficiente.

5. ¿Ayudan los premios?, ¿las becas?
Ayudan un chingo. Te permiten dejar de trabajar un rato y dedicarte sólo a escribir. No sólo dan prestigio y reconocimiento, sobre todo, ayudan a crear seguridad, a no dudar tanto del propio trabajo literario. El problema es cuando uno se obsesiona con ganar certámenes y becas. Entre mi primer concurso ganado y el segundo, pasaron muchos años. Yo me atribulé como un demente durante la espera, se me fue descarapelando el alma en ese proceso. El secreto es no obsesionarse con ganar, y aprender a ser derrotado. Pero acá entre nos, yo adoro los premios literarios.


El soundtrack de Los demonios de la sangre

#HistoriasSinSpoilers

 


 6. ¿Novela o cuento?
Las dos, sin ninguna duda. Pero la mera verdad, yo siempre digo que voy a renunciar al cuento, pero a los dos o tres días se me ocurre uno y me pongo a escribir a regañadientes. El cuento y yo tenemos una relación enfermiza, codependiente, destructiva, de chingadazos y ofensas; sin embargo, resulta también muy gozosa. La novela, por otro lado, es el amor de mi vida.

7. En un país como el nuestro, ¿qué tan relevante es el papel del escritor?
No es relevante, pero ayuda a mentarle la madre de forma bella, de forma excepcional al sistema. Nuestro oficio es ofender al sistema político mexicano mediante alegorías, hipérboles, cultismos, prosopopeyas, hipérbatos y sinécdoques.

8. ¿Qué te emociona más, escribir o impartir talleres?
Prefiero pinche mil veces escribir, pero dar talleres me encanta. Últimamente he dado varios talleres para niños. En una de las sesiones, les pedí a mis alumnos que escribieran un cuento sobre su futuro, uno que narrará a qué se iban a dedicar, si estarían casados, divorciados o solteros, si tendrían hijos, mascotas; si se convertirían en millonarios o no. Me emocionó que la mayoría se veían a sí mismos como escritores, incluso hubo unos que, además de ser bomberos, veterinarios, Batmans, guerreros ninjas, hadas, presidentes de la República o videojugadores profesionales, también escribían por las noches. Me sentí orgulloso de motivarlos a escribir de manera constante

9. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
Ricardo III, La Tempestad, El Rey Lear, Sueño de una noche de verano, El Mercader de Venecia, La Iliada, La Odisea, El Paraíso Perdido, Poeta en Nueva York, Una soledad demasiado ruidosa, Autobiografía de un yogui, Pedro Páramo, Las Cosmicómicas, Baile con serpientes, Aullido, Cuatro Reinas, Océano Mar, El Puente de San Luis Rey, El lugar sin límites, La interpretación de los sueños, Diario de un enfermo de nervios, las obras completas de Charles Simic, Salón de belleza, Lascas, Muerte sin fin, Primero sueño, Piedra de sol, Nocturnos, Espantapájaros, Las flores del mal, Muerte en la rúa Augusta y Los pinches demonios de la sangre.
Mis autores cómplices son dos nomás: Homero y Shakespeare.

10. ¿Qué más, además de la escritura?
Sólo hay una cosa que me fascina tanto como la escritura: las personas (mi esposa, mi familia, mis amigos, mis alumnos, mis maestros budistas y literarios, los taxistas que siempre terminan contándome su vida, los extraordinarios tipos con quienes disfruto de los videojuegos, incluso, en menor medida, mis enemigos).

11. Un consejo o anécdota con lo que quisieras cerrar esta serie de preguntas.
Vale la pena quebrantar un tanto tu moral, tu fe, tus pánicos, tus mojigaterías, tu placer sexual, tu relación de pareja, tu sanidad, tu bienestar físico y espiritual, y tu tranquilidad por escribir un buen libro.

“Lejanos guerreros”, primeras páginas

Compartimos las primeras página de Lejanos guerreros la novela más reciente de Héctor Palacios.  Sólo el inicio porque #HistoriasSinSpoilers

Cástulo Aceves: Lista negra 2016

Dentro de una pecera, el rostro de un sujeto lucha por no aspirar el agua. La cortina de burbujas se pasea por su rostro al tiempo que sus ojos se abren demasiado, incapaces de enfocar a las carpas que se alejan a las esquinas intentando escapar inútilmente. El interrogador, un hombre de barba entrecana, saca su rostro del agua de un tirón. El sujeto no sabe el tiempo que ha pasado desde que iba caminando por la calle, rumbo a una farmacia de una cadena tapatía, cuando se le cerró un auto. Pensó que no volvería a verlos, pero allí estaban los dos interrogadores barbados esperándole. Sube, le dijo el más joven, de barba oscura y completamente pelón, apuntándole con un arma. Que rápido se pasó el año, fue lo único que atinó a decir antes de que le cubrieran la cabeza y le dieran un par de cachazos.

Ya conoces la rutina, le dice el interrogador, empieza a hablar. ¡Animal! Grita el sujeto antes de una nueva inmersión. Al volver a sacar su rostro, agrega: No, espere. Quise decir: “El miedo a los animales”, de Enrique Serna. Una novela policiaca llena de humor negro, que deja muy mal parado tanto al mundo policiaco como al cultural. A pesar de haber sido escrita hace veinte años, sigue tan vigente que uno es capaz de casi reconocer a los escritores en quienes basa sus personajes. Es tan divertida e inteligente, que no solo me pareció un gran libro, sino que probablemente se convertirá en uno de cabecera para un proyecto que tengo entre manos. ¡Confiesa entonces! Le grita el interrogador antes de volver a sumergirlo en el agua.

Después de escupir una carpa koi, el sujeto sigue dando nombres y obras, esperando así lo dejen ir. Esta “El niño 44” de Tom Rob Smith. Una novela que trata de un agente de inteligencia en la Unión Soviética, que presionado por los líderes para encontrar enemigos del estado, topa con el dilema moral de acusar a un inocente. A partir de allí todo se va volviendo en su contra, hasta que da con un asesino serial y se propone como misión personal detenerlo, a pesar de haber perdido rango, casa y credibilidad. Es una novela interesante, que atrapa al lector, a pesar de su tamaño y aparente lentitud al inició, la trama se acelera hasta llevarnos a un final insospechado.

¡Espere! Grita el sujeto ante el empujón del interrogador para volverlo a sumergir. También está “Las Fauces del Abismo” de Ignacio Padilla. Un libro de cuentos que funciona como bestiario fantástico. Por ejemplo están las “kaní”, una especie de tortuga que habita las cloacas de Murano y cuya concha tiene el secreto para los espejos y vidrios más cristalinos del mundo. O la influencia de los simios en la historia del arte. O de arañas capaces de inyectar los recuerdos de una persona en otra, hacerte olvidar o recordar demasiado. Pero también cuentos que nos llevan a sitios enigmáticos. Un libro interesante y divertido, escrito con imaginación y mostrando su maestría en  recursos narrativos.

Sigue hablando, le indican después de unos minutos de silencio. Puedo hablar de lo que vi. Por ejemplo “Luther”. Trata de un detective obsesivo, que a pesar de que su vida se desmorona no deja de cumplir con su deber:  resolver el caso. Un programa inteligente, de apenas dieciséis capítulos entre cuatro temporadas, que es un gran referente en cuanto a historias policiacas actuales.

También esta “Black Mirror”, una serie que recuerda a “La dimensión desconocida”, donde cada programa es una historia diferente, lo que la acerca más a un libro de cuentos que a una novela. Esta serie es de ciencia ficción inmediata, tratando temas como redes sociales, viralización de contenidos, almacenamiento de recuerdos, manipulación mediática e inteligencia artificial. No había visto ninguna temporada, pero debido a que son apenas trece capítulos entre tres temporadas se es capaz de verla en poco tiempo. Si bien su humor y contenido pueden no atraer a todos, es una de las propuestas más profundas y perturbadoras que he visto.

No olvido a “Westworld”, una serie de ciencia ficción en la cual vemos un “parque de diversiones” ambientado en el viejo oeste, que es habitado por robots, que llegan a demostrar más humanidad que los visitantes. ¿No había una película llamada así? Pregunta uno de los interrogadores. Si, de los ochentas, y en ella también se basa un capítulo de Los Simpsons, donde los animatrónicos de una isla enloquecen. La serie me pareció muy entretenida, estéticamente bella, con un buen ritmo y casi imprescindible en la lista de programas por ver.

Hablando de escritores esta la serie “The Affair”, que nos cuenta del romance de un escritor con una mujer que conoce en Montauk, ciudad turística a donde él viaja con su familia en verano. Contada en dos hilos narrativos, con versiones y puntos de vista a veces confrontados y cambiados en detalles, nos permite saber de una historia dramática, vertiginosa y angustiante. Pero además de la relación sentimental, la serie nos aproxima a la resolución de un crimen, que es el motor que nos mueve por cada capítulo manteniendo el interés. Solo vi la primer temporada, pero espero ansioso la segunda.

Otra serie de escritores que me impacto fue la última temporada de “Californication“. Esta serie sigue la vida del novelista Hank Moody poco tiempo después de que se mudó a California debido a que hicieron una película basada en su primer novela. Su vida en Los Ángeles cae en una espiral de auto destrucción, que siembre está al borde del abismo, pero se mantiene a flote gracias a su concepto de la vida, el  cariño a su hija y, a pesar de rompimientos, infidelidades y accidentes, el amor a la que él considera su alma gemela. La serie, que empezó en el 2007, me acompaño en mis primeros años de matrimonio, pero me quede en la sexta temporada. No solo es tremendamente divertida, sino que está llena de guiños a novelas, canciones de rock y situaciones que reconocerán quienes se han propuesto la idílica misión de “Escribir”. Hace unas cuantas semanas me di cuenta que estaba en Netflix y debo confesar que la séptima temporada me conmovió al final, cuando él finalmente… ¡#HistoriasSinSpoilers!, le gritan los interrogadores al tiempo que vuelven a sumergir su rostro en la pecera.

Has hablado mucho, pero queremos nombres cercanos. , dice tosiendo el sujeto, les daré nombres. Esta el libro Afecciones desordenadas de la cachanilla Nylsa Martínez. Un libro de cuentos de género negro. Los dos primeros nos hablan de los jóvenes en la ciudad de Mexicalli, en historias donde vemos como su vida cotidiana se ve invadida por la violencia del narcotráfico. Con el cuento “Hojas de taquigrafía verdes” nos encontramos con una detective poco convencional, que se da a la tarea de investigar la misteriosa muerte del dueño de un bolerama. Sigue con la historia de una arqueóloga con miedo a las alturas que está a punto de un gran descubrimiento. Termina con la historia de un crimen que es secreto familiar.  Con cuentos amenos, interesantes y bien escritos, la autora nos lleva, inmersos en su lenguaje muy particular de frontera, a ese punto que es Mexicalli. Pero no habría que hablar solo de este libro, sino decir que es parte de una colección llamada “En la mira”, de Editorial Artificios, que se dio a la tarea de publicar libros de género negro. Algunos de los autores son Omar Delgado, Iván Farias, Daniel Salinas Basave, José Manuel Di Bella, José Salvador Ruiz, José Juan Aboytia y Gabriel Trujillo Muñoz. Los recomiendo todos.

Muy bien, dice con sorna uno de los interrogadores, pero queremos saber de tus secuaces. Después de que sumergen el rostro del sujeto varias veces en la pecera, indica que empezará a hablar. Puedo hablar del libro “¡Canta, herida!” de Gabriel Rodríguez Liceaga, un bello libro de cuentos con el que ganó el concurso Agustín Yañez en el 2015, en el cual explora distintos lugares, formas de hablar y de entender el mundo de la ciudad de México. “Las conspiraciones fallidas” de Eric Uribares, libro de cuentos con el que ganó el premio Sonora en el 2015, que con humor negrísimo e hilarante nos habla de conspiraciones, revolucionarios postmodernos, guerrillas urbanas y traficantes. Con eso tenemos para encerrarte por décadas, dice uno de los interrogadores, asociación delictuosa con tremendo sujeto. Mañana mismo lo agarramos, dice el barbado más joven. Si lo encuentran, dice el sujeto interrogado, nadie sabe si está en Ciudad de México o Tlaquepaque. También “Todos las ruidos del mundo” de Cecilia Magaña, con cuentos que exploran el sonido en la vida cotidiana, que navegan en los detalles y nos llevan a la profundidad de sus personajes. O la novela “Lejanos Guerreros”, de Héctor Palacios, que nos habla de un samurái llegado a la Nueva España, la cual sobresale por su temática y ritmo trepidante, su capacidad para hacernos imaginar una historia que nos será cercana. También la novela “Los demonios de la sangre”, de Alejandro Paniagua, historia sobrecogedora de una familia cuyo negocio familiar, un rastro, parece permear con su aroma a sangre y muerte a todos los miembros. Novela profunda, escrita con estilo descarnado y que nos lleva al abismo que es alma de cada personaje. Incluso esta “Los no muertos“, novela moderna y divertida que habla sobre las crisis de edad y la vida rutinaria, contraponiéndola a una peligrosa plaga que se extiende por el país, de la cual solo se tienen rumores urbanos. Esta última escrita por James Nuño… No bien pronuncia el apellido, el interrogador de barba oscura y pelón le sumerge la cabeza en el agua. ¡Ya! ¿No? Ya me mareaste con tanto nombre.

Ahora el problema es callarlo, comenta uno de los interrogadores a su compañero. El sujeto sigue hablando de libros, instantáneas, cuentos, encuentros, películas y series. Deciden dejarlo allí amarrado, mareando a las carpas que nadan vertiginosas dentro de su pecera. Ya volverán a buscarlo en un año.


* Nota: Este relato es ficción. Cualquier parecido con una persona, escritor o editor real es meramente coincidencia. Ningún tapatío o pez carpa koi fue lastimado en la elaboración de este texto.

 

“Los no muertos”, ¿una más de zombis?

Conversación con James Nuño autor de Los no muertos.


1. Cuéntanos de Los no muertos, ¿de dónde nace la idea de escribirlo? ¿Qué le dejará al lector? ¿Qué representó para ti?
La idea surgió desde dos frentes. Vino tras la paranoia nacional causada por la influenza H1N1. Aquello parecía el inicio de una película de terror: la gente tenía miedo a salir, a ir al trabajo, hasta de saludarse de mano. Por otra parte, precisamente, estuvo la influencia del cine de terror, particularmente del subgénero zombi. Este monstruo ha generado en mí una inquietud muy particular debido a la amplia gama de interpretaciones que puede tener: desde la masa enajenada hasta la turba anónima que se levanta contra el sistema.

A partir de esto, pensé que sería interesante abordar la idea de la histeria colectiva en una ciudad como ésta, en un país como el nuestro, y la figura del zombi me pareció ideal por absurda y cercana a la vez. Así que busqué insertar en una situación extrema a algunos personajes que de tan ridículos nos resultaran harto familiares: un oficinista, un periodista izquierdoso, una artista mediocre y una microempresaria narcisista. Creo que, después de casi seis años de haber comenzado el proyecto, tras múltiples lecturas, recortes y reescrituras, el lector de esta novela podrá encontrar una suerte de espejo distorsionado que le hará preguntarse hacía dónde ha dirigido su vida durante los últimos años e, incluso, si ha sido consciente de ello.

2. ¿Es tu novela una novela más de zombis?
No. Precisamente, el planteamiento inicial fue trazar una historia en la que destacaran los personajes y las implicaciones de una pandemia de este tipo, a diferencia de lo que sucede en las series, películas y libros de zombis que basan su éxito, casi de manera exclusiva, en el efectismo de las vísceras, los desmembramientos y las persecuciones caóticas. Es decir, quería hacer un comentario a través de este género, como lo hicieran en su momento Romero o Brooks, y no sólo contar una historia de terror llena de lugares comunes.

En esta historia, los zombis son lo menos aterrador; los no muertos, este concepto que navega en la indefinición de la vida y la muerte, son estos personajes que pasan la vida sin vivirla, pensando en qué sería si todo fuera diferente, pero cuando finalmente lo es, lo primero que hacen es tratar de escapar de su vacío existencial. Aquí no hay héroes. Nadie intenta rescatar a la humanidad, ni siquiera a sus seres cercanos. Este atado de imbéciles, inútiles y narcisistas, se la pasa huyendo de sus responsabilidades, de sí mismos, y no es hasta que la pandemia llega que comienzan a reaccionar… aunque sea para volver a huir.

3. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
Hay muchas formas de hacer literatura, de aproximarse a ella. Para mí, escribir consiste en un acto de síntesis, interpretación y resignificación de la realidad. Es una suerte de reducción de las esencias, como se hace en los perfumes o en los extractos para los cocteles clásicos: hay que filtrar las realidades, exteriores e interiores, y luego mezclarlas en dosis justas para dar una nueva perspectiva, un nuevo sentido.

 4. ¿Cuáles son los temas de los que te atrae escribir?
Hemingway decía que uno no puede escribir sobre lo que le es ajeno. En mi caso, escribo sobre realidades cercanas a mí aunque, sin quererlo, sin proponérmelo, existe por lo regular un elemento fantástico bastante sutil que trastoca la realidad de los personajes. Digo que “sin quererlo”, puesto que intento hacer relatos lo más realistas posible. Pero creo que nuestra realidad se ha vuelto tan increíble —no en la mejor de las acepciones—, tan absurda, que es imposible pensar en que hay algo sospechosamente fantástico detrás de ella. Me ha tocado vivir en tiempos de incertidumbre, donde las supuestas seguridades de nuestros padres se han ido desmoronando y el futuro parece muy lejano pero no por eso menos amenazante. Creo que si hay un tema recurrente en mis textos es ése: la incertidumbre y lo absurdo de nuestra realidad.

5. ¿Qué tipo de autor te consideras?
Creo que soy un autor precavido, quizá demasiado. Dudo mucho de la veracidad de mis palabras. Cuando tengo una idea, la rumio durante días, a veces meses, antes de comenzar el proceso de escritura, que dura otros días o meses (o años, como es el caso de Los no muertos). Luego, cuando el escrito se publica, reniego porque siempre encuentro errores o, más que errores, aspectos mejorables. No obstante, he aprendido a ser paciente, a no compararme con mis colegas y sus muy envidiables plumas y carreras en ascenso. Me refiero a que me he resignado a escribir lo que haya de ser escrito, a decir lo que haya de ser dicho.

6. ¿Sientes que formas parte de alguna generación? ¿Es importante?
La mía es una generación sándwich. No somos ni los bohemios ni los diplomáticos que fueron nuestros predecesores, pero tampoco los veinteañeros que publican en sus blogs desde los 12 y que ahora su fama de escritores los precede aun sin un libro publicado. Sin embargo, me doy cuenta de que después de varios esfuerzos aislados, ahora comienza a haber ciertos vínculos entre los escritores jóvenes de los 80, con una camaradería que antes no había. Creo que ese vínculo, esa fuerza, es necesaria para consolidar un estado cultural y literario perdido desde hace muchos años.

 


El soundtrack de Los no muertos


7. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
El primer libro “serio” que leí en mi adolescencia, fue Pedro Páramo; no creo haberlo comprendido cabalmente en aquel entonces, pero causó una gran impresión en mí. Luego, en la facultad, leí a Cortázar y a Borges y quedé maravillado ante las posibilidades tan diversas de la literatura. Después me topé a los americanos, particularmente a Hemingway y a Carver. Creo que es a raíz de ellos que tengo una idea un poco más clara de qué es la literatura y qué se puede hacer con ella. Después han ido y venido otros autores asombrosos, como Ellis o Houellebecq. Es lo maravilloso de esto: uno nunca deja de tener hallazgos.

8. ¿A qué autores vivos recomendarías seguir la pista?
Me parece que hay que estar al pendiente de autores jóvenes que de manera más o menos reciente se han ido construyendo una carrera y que seguro en unos años serán un referente obligado. Por mencionar sólo algunos están Gabriel Rodríguez Liceaga, Eric Uribares, Alejandro Badillo, Daniel Espartaco, Abril Posas, Manuel Fons, Aniela Rodríguez, Érika Zepeda… La lista sigue y, con suerte, se irá engrosando en los próximos años.

9. ¿Qué estás leyendo actualmente?
Tengo una pila de libros pendientes desde hace un par de meses y que se acrecentó después de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Me interesa leer a mis contemporáneos. Justo ahora termino La fila india de Antonio Ortuño (un pendiente que traía desde hacía meses) y ya estoy comenzando a sentir la ansiedad de no saber con qué continuar: si con La cena de Herman Koch, los cuentos de Carson McCullers o alguno de los últimos premios Tierra Adentro… En su momento (en un par de horas) lo decidiré. O no.

10. ¿La lectura está sobre valorada?
La lectura está malinterpretada. Desde pequeños nos han dicho que hay que leer para ser más cultos, que tenemos que tomar los libros para aprender. Alguien dijo —no sé si fue Bachelard, Barthes o algún compañero de cantina— que un texto es todo aquello que permite una lectura. Todos los días recibimos mensajes que decodificamos. Todos los días leemos. La diferencia es que en un libro no hay ruido que entorpezca la comunicación; ese ruido está en nuestras cabezas. Las palabras en un libro están fijas, esperando a que nosotros las decodifiquemos a consciencia.

Y ése parecería el problema, el reto. Sin embargo, me parece que, si lo entendemos así, la lectura no debería diferir a escuchar una charla magistral, de esas que nos dejan con la boca abierta, a escuchar a nuestros abuelos o ver una película de esas que nos marcan para toda la vida.

11. ¿Qué más además de la escritura?
Todo, pues todo la precede. La escritura es el tramo final de una serie de actividades y vivencias que tienen que ver con la lectura: de libros, de series, de películas, de charlas, de eventos sociales, de personas… Todo ello es lo que en verdad importa. Sin esas lecturas, no somos sino un simio tecleando frases más o menos coherentes.

12. Algo que gustes agregar.
Ño.

Para los que gusten conocer un poco más de Héctor G. Oesterheld, protagonista de “Continuum“, pueden mirar el siguiente documental:

 

GUADALAJARA, JALISCO.- ¿Qué cruza por la mente de un tipo que maneja una camioneta llena de cadáveres? Lleva la muerte a un lado y lo único que quiere es deshacerse de ella, dejarla en la calle e ir a casa.

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