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Ende: Escuchar y el tiempo perdido


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Todos hemos vivido esta situación: nos encontramos en una charla, quien está frente a nosotros puede ser un amigo o la persona que deseamos con locura, pero por algún motivo nos damos cuenta que el otro sólo nos observa con la mirada extraviada y a la espera de que nos callemos. Quien está ahí no escucha, sólo deja pasar de largo las palabras para exponer su discurso cuando sea el turno de hablar. Entonces, con el deseo de venganza brotando de cada poro, ansiosos por lastimar, le pagaremos con la misma moneda.

La principal característica de Momo es su capacidad de escuchar. Michael Ende crea a una niña especial, ajena a la fuerza del tiempo y con el don de cambiar el estado de ánimo de aquellos que le cuentan sus historias. Quien conversa con ella, pronto descubre respuestas, basta que la niña dedique horas a sus amigos. Momo carece de extensos diálogos y al inicio del relato parece más una vagabunda sin preocupaciones; tampoco es notorio el deseo de emprender una aventura inolvidable. Su comportamiento es el de un anciano a quienes los relojes han dejado de importarle. Momo se dedica a escuchar, sin prisas.

La mayoría somos dueños de agendas, diseñamos recordatorios, notas y pactamos citas a ridículos horarios como 9:15 o 10:45. Apretamos los segundos, colocamos nuestra extensa lista de actividades en horas-cajas de cartón, las cuales terminarán por desbordarse. ¿Por qué el apuro? Tal vez sea la búsqueda de los sueños, alcanzar el objetivo trazado; esa zanahoria para engañarnos y darle sentido al absurdo.

La casa perfecta, el matrimonio, ser un profesional exitoso, sobresalir, la alegría de los hijos o incluso convertirse en escritor profesional, son las aspiraciones a las que regalamos nuestras horas. Trabajamos para sobrevivir, acumular dinero, ahorramos tiempo en lo considerado innecesario, porque siempre está esa labor prioritaria que alimenta el objetivo que algún día nos otorgará la felicidad.

Los villanos de esta deliciosa fábula de Ende son los hombres grises. Extraños seres, quienes tratan de convencer a los seres humanos de ahorrar tiempo. Los persuaden con estadísticas, argumentos sobre cómo lo están desperdiciando en tareas superfluas y la forma conveniente de guardar cada instante en una especie de banco. El autor propone una clara reflexión sobre el papel de las instituciones financieras que intentan enseñarnos cómo malgastamos el dinero; por lo tanto, debemos depositarlo en sus arcas, firmar el pacto de los plazos fijos y anhelar los intereses que emplearemos en pagar quimioterapias o largas estadías en hospitales privados; justo cuando sea demasiado tarde para disfrutar de la fortuna.

Los hombres grises engañan porque es la única forma en la que pueden existir, sin horas propias, se alimentan del trabajo de los demás; mientras tanto,  los humanos van dándose cuenta, en una carrera sin frenos, que la preocupación por el ahorro los conduce a ocuparse de forma desmedida.

Nos aterra la idea de una vida tirada al basurero, nos aferramos a la productividad como una idea de permanencia, la posibilidad de trascender, colgarse en los recuerdos de las generaciones venideras. ¿Acaso el arte no esconde cierta arrogancia y pavor al olvido?

Momo, ante el descarado hurto de los hombres grises, deberá alzarse como heroína y recuperar el tiempo de los humanos. Inmune ante las charadas de estos seres deslucidos, le corresponde actuar, entender que llevamos el tiempo en nuestros corazones, que se nos ha destinado un reloj con cierto número de latidos  y por eso es necesario que cada quien sea dueño de su propio reloj de arena, sin que nadie más lo administre.

¿Qué es entonces desperdiciar el tiempo? ¿Enumerar estrellas en noches despejadas? ¿Emborracharse porque sí? ¿Fornicar como leones? ¿Tomar un café sin junta de negocios de por medio? ¿Masturbarse tres veces al día? ¿Entregarse al ocio? ¿Dejar en pausa las metas? ¿Teclear esta columna como si mis dedos fueran caracoles de un jardín abandonado?

Por lo menos una tarde escuchemos realmente al otro. Vayamos a cualquier sitio, sentémonos cara a cara y aprendamos a callarnos, sellemos los labios y abramos de par en par los oídos. Desconfiemos del valor de nuestra palabra, declaremos clausurado el festival del ego, prohibamos los circos del lucimiento personal, quememos minuteros, hagamos trizas los cronómetros y, como Momo, permitamos que nuestros consejos se comuniquen en el mejor de los silencios, ese al que le importa un carajo el girar del mundo.


Fotografía Curtis MacNewton / Unsplash

Mi relación con la locura

Conversación con Alejandro Paniagua, autor de Los demonios de la sangre.


1. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
La escritura para mí es siempre el instante previo a la iluminación o al ensombrecimiento. La escritura me transfigura y me vuelve inmundo. Es una bendición que me maldice bellamente.

Yo escribo para contener los impulsos violentos, para distraerme de algunos síntomas de la enfermedad, para apaciguar a las bestias, a los esperpentos y a los chamucos de mi cabeza, de mis manos, de mis tanates, de mi ánima. Escribo para no descarapelarme los nudillos, para obligarme a estar en calma, para mantener un alto nivel de misticismo y de demencia, para atenuar la obsesión, la compulsión. Parece contrastante, pero escribo porque me hace muy feliz.

Cuando era niño, una maestra me preguntó por qué me la pasaba escribiendo sobre el pupitre todo el día. Le di la respuesta más sincera que he dado al respecto: Maestra, escribo para dejar de temblar.

2. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Mi método infalible para no dejar de escribir nunca es simple: si no se me ocurre nada, escribo lo que soñé, un recuerdo real de mi vida, algún suceso que me haya hecho emputar o carcajearme, algo que me haya hecho estremecer o llenarme de ternura; escribo lo que me da miedo, lo que me provoca una erección. Escribo las reglas del turista, lo que se siente que una mujer a la que amas te la mame, a qué saben los hombros de mi mujer, o sus pecas, o sus sobacos. Escribo lo que sea, incluso cuál sería mi apodo si yo fuera el jefe de jefes de un cartel de drogas.

Como soy budista, la meditación también me ayuda a desbloquearme.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, de Los demonios de la sangre?
Cuando era niño y comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de mi epilepsia, de mis padecimientos neurológicos y de mi depresión clínica (ataques de ausencias, desesperación, sensaciones exasperantes en las manos y en la cara, desolación, pesadumbre), mis padres me llevaron con muchos médicos. Un psiquiatra, quien era una supuesta eminencia, nos dijo que yo tenía tendencias psicóticas, que un día mi enfermedad terminaría por desplegarse con todo esplendor, que un día me volvería loco, pues. Yo crecí pensando que estaba condenado, sin remedio, a convertirme en un demente. Resultó que el diagnóstico era una negligencia, yo sólo padecía diversos tipos de epilepsia en diversas zonas del cerebro. Los demonios de la sangre habla, sin miramientos, de mi relación con la locura, de mi terror a perder la razón. No quiero entrar en detalles, pero casi todo lo que aparece en el libro tiene un equivalente en la realidad. Y ello es a la vez terrible y fascinante.

4. ¿Es diferente escribir que tener una “carrera literaria”?
Si tienes suerte, todo lo que escribas aportará algo a tu carrera literaria: te hará ganar concursos, te lo publicarán en revistas o en libros, etc. Si no, simplemente escribirás y ya, sin que necesariamente la creación te permita avanzar en un sendero profesional o se dé a conocer en medios. La realidad, sin duda, es que basta con escribir. Con eso uno tiene suficiente.

5. ¿Ayudan los premios?, ¿las becas?
Ayudan un chingo. Te permiten dejar de trabajar un rato y dedicarte sólo a escribir. No sólo dan prestigio y reconocimiento, sobre todo, ayudan a crear seguridad, a no dudar tanto del propio trabajo literario. El problema es cuando uno se obsesiona con ganar certámenes y becas. Entre mi primer concurso ganado y el segundo, pasaron muchos años. Yo me atribulé como un demente durante la espera, se me fue descarapelando el alma en ese proceso. El secreto es no obsesionarse con ganar, y aprender a ser derrotado. Pero acá entre nos, yo adoro los premios literarios.


El soundtrack de Los demonios de la sangre

#HistoriasSinSpoilers

 


 6. ¿Novela o cuento?
Las dos, sin ninguna duda. Pero la mera verdad, yo siempre digo que voy a renunciar al cuento, pero a los dos o tres días se me ocurre uno y me pongo a escribir a regañadientes. El cuento y yo tenemos una relación enfermiza, codependiente, destructiva, de chingadazos y ofensas; sin embargo, resulta también muy gozosa. La novela, por otro lado, es el amor de mi vida.

7. En un país como el nuestro, ¿qué tan relevante es el papel del escritor?
No es relevante, pero ayuda a mentarle la madre de forma bella, de forma excepcional al sistema. Nuestro oficio es ofender al sistema político mexicano mediante alegorías, hipérboles, cultismos, prosopopeyas, hipérbatos y sinécdoques.

8. ¿Qué te emociona más, escribir o impartir talleres?
Prefiero pinche mil veces escribir, pero dar talleres me encanta. Últimamente he dado varios talleres para niños. En una de las sesiones, les pedí a mis alumnos que escribieran un cuento sobre su futuro, uno que narrará a qué se iban a dedicar, si estarían casados, divorciados o solteros, si tendrían hijos, mascotas; si se convertirían en millonarios o no. Me emocionó que la mayoría se veían a sí mismos como escritores, incluso hubo unos que, además de ser bomberos, veterinarios, Batmans, guerreros ninjas, hadas, presidentes de la República o videojugadores profesionales, también escribían por las noches. Me sentí orgulloso de motivarlos a escribir de manera constante

9. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
Ricardo III, La Tempestad, El Rey Lear, Sueño de una noche de verano, El Mercader de Venecia, La Iliada, La Odisea, El Paraíso Perdido, Poeta en Nueva York, Una soledad demasiado ruidosa, Autobiografía de un yogui, Pedro Páramo, Las Cosmicómicas, Baile con serpientes, Aullido, Cuatro Reinas, Océano Mar, El Puente de San Luis Rey, El lugar sin límites, La interpretación de los sueños, Diario de un enfermo de nervios, las obras completas de Charles Simic, Salón de belleza, Lascas, Muerte sin fin, Primero sueño, Piedra de sol, Nocturnos, Espantapájaros, Las flores del mal, Muerte en la rúa Augusta y Los pinches demonios de la sangre.
Mis autores cómplices son dos nomás: Homero y Shakespeare.

10. ¿Qué más, además de la escritura?
Sólo hay una cosa que me fascina tanto como la escritura: las personas (mi esposa, mi familia, mis amigos, mis alumnos, mis maestros budistas y literarios, los taxistas que siempre terminan contándome su vida, los extraordinarios tipos con quienes disfruto de los videojuegos, incluso, en menor medida, mis enemigos).

11. Un consejo o anécdota con lo que quisieras cerrar esta serie de preguntas.
Vale la pena quebrantar un tanto tu moral, tu fe, tus pánicos, tus mojigaterías, tu placer sexual, tu relación de pareja, tu sanidad, tu bienestar físico y espiritual, y tu tranquilidad por escribir un buen libro.

“Lejanos guerreros”, primeras páginas

Compartimos las primeras página de Lejanos guerreros la novela más reciente de Héctor Palacios.  Sólo el inicio porque #HistoriasSinSpoilers

Cástulo Aceves: Lista negra 2016

Dentro de una pecera, el rostro de un sujeto lucha por no aspirar el agua. La cortina de burbujas se pasea por su rostro al tiempo que sus ojos se abren demasiado, incapaces de enfocar a las carpas que se alejan a las esquinas intentando escapar inútilmente. El interrogador, un hombre de barba entrecana, saca su rostro del agua de un tirón. El sujeto no sabe el tiempo que ha pasado desde que iba caminando por la calle, rumbo a una farmacia de una cadena tapatía, cuando se le cerró un auto. Pensó que no volvería a verlos, pero allí estaban los dos interrogadores barbados esperándole. Sube, le dijo el más joven, de barba oscura y completamente pelón, apuntándole con un arma. Que rápido se pasó el año, fue lo único que atinó a decir antes de que le cubrieran la cabeza y le dieran un par de cachazos.

Ya conoces la rutina, le dice el interrogador, empieza a hablar. ¡Animal! Grita el sujeto antes de una nueva inmersión. Al volver a sacar su rostro, agrega: No, espere. Quise decir: “El miedo a los animales”, de Enrique Serna. Una novela policiaca llena de humor negro, que deja muy mal parado tanto al mundo policiaco como al cultural. A pesar de haber sido escrita hace veinte años, sigue tan vigente que uno es capaz de casi reconocer a los escritores en quienes basa sus personajes. Es tan divertida e inteligente, que no solo me pareció un gran libro, sino que probablemente se convertirá en uno de cabecera para un proyecto que tengo entre manos. ¡Confiesa entonces! Le grita el interrogador antes de volver a sumergirlo en el agua.

Después de escupir una carpa koi, el sujeto sigue dando nombres y obras, esperando así lo dejen ir. Esta “El niño 44” de Tom Rob Smith. Una novela que trata de un agente de inteligencia en la Unión Soviética, que presionado por los líderes para encontrar enemigos del estado, topa con el dilema moral de acusar a un inocente. A partir de allí todo se va volviendo en su contra, hasta que da con un asesino serial y se propone como misión personal detenerlo, a pesar de haber perdido rango, casa y credibilidad. Es una novela interesante, que atrapa al lector, a pesar de su tamaño y aparente lentitud al inició, la trama se acelera hasta llevarnos a un final insospechado.

¡Espere! Grita el sujeto ante el empujón del interrogador para volverlo a sumergir. También está “Las Fauces del Abismo” de Ignacio Padilla. Un libro de cuentos que funciona como bestiario fantástico. Por ejemplo están las “kaní”, una especie de tortuga que habita las cloacas de Murano y cuya concha tiene el secreto para los espejos y vidrios más cristalinos del mundo. O la influencia de los simios en la historia del arte. O de arañas capaces de inyectar los recuerdos de una persona en otra, hacerte olvidar o recordar demasiado. Pero también cuentos que nos llevan a sitios enigmáticos. Un libro interesante y divertido, escrito con imaginación y mostrando su maestría en  recursos narrativos.

Sigue hablando, le indican después de unos minutos de silencio. Puedo hablar de lo que vi. Por ejemplo “Luther”. Trata de un detective obsesivo, que a pesar de que su vida se desmorona no deja de cumplir con su deber:  resolver el caso. Un programa inteligente, de apenas dieciséis capítulos entre cuatro temporadas, que es un gran referente en cuanto a historias policiacas actuales.

También esta “Black Mirror”, una serie que recuerda a “La dimensión desconocida”, donde cada programa es una historia diferente, lo que la acerca más a un libro de cuentos que a una novela. Esta serie es de ciencia ficción inmediata, tratando temas como redes sociales, viralización de contenidos, almacenamiento de recuerdos, manipulación mediática e inteligencia artificial. No había visto ninguna temporada, pero debido a que son apenas trece capítulos entre tres temporadas se es capaz de verla en poco tiempo. Si bien su humor y contenido pueden no atraer a todos, es una de las propuestas más profundas y perturbadoras que he visto.

No olvido a “Westworld”, una serie de ciencia ficción en la cual vemos un “parque de diversiones” ambientado en el viejo oeste, que es habitado por robots, que llegan a demostrar más humanidad que los visitantes. ¿No había una película llamada así? Pregunta uno de los interrogadores. Si, de los ochentas, y en ella también se basa un capítulo de Los Simpsons, donde los animatrónicos de una isla enloquecen. La serie me pareció muy entretenida, estéticamente bella, con un buen ritmo y casi imprescindible en la lista de programas por ver.

Hablando de escritores esta la serie “The Affair”, que nos cuenta del romance de un escritor con una mujer que conoce en Montauk, ciudad turística a donde él viaja con su familia en verano. Contada en dos hilos narrativos, con versiones y puntos de vista a veces confrontados y cambiados en detalles, nos permite saber de una historia dramática, vertiginosa y angustiante. Pero además de la relación sentimental, la serie nos aproxima a la resolución de un crimen, que es el motor que nos mueve por cada capítulo manteniendo el interés. Solo vi la primer temporada, pero espero ansioso la segunda.

Otra serie de escritores que me impacto fue la última temporada de “Californication“. Esta serie sigue la vida del novelista Hank Moody poco tiempo después de que se mudó a California debido a que hicieron una película basada en su primer novela. Su vida en Los Ángeles cae en una espiral de auto destrucción, que siembre está al borde del abismo, pero se mantiene a flote gracias a su concepto de la vida, el  cariño a su hija y, a pesar de rompimientos, infidelidades y accidentes, el amor a la que él considera su alma gemela. La serie, que empezó en el 2007, me acompaño en mis primeros años de matrimonio, pero me quede en la sexta temporada. No solo es tremendamente divertida, sino que está llena de guiños a novelas, canciones de rock y situaciones que reconocerán quienes se han propuesto la idílica misión de “Escribir”. Hace unas cuantas semanas me di cuenta que estaba en Netflix y debo confesar que la séptima temporada me conmovió al final, cuando él finalmente… ¡#HistoriasSinSpoilers!, le gritan los interrogadores al tiempo que vuelven a sumergir su rostro en la pecera.

Has hablado mucho, pero queremos nombres cercanos. , dice tosiendo el sujeto, les daré nombres. Esta el libro Afecciones desordenadas de la cachanilla Nylsa Martínez. Un libro de cuentos de género negro. Los dos primeros nos hablan de los jóvenes en la ciudad de Mexicalli, en historias donde vemos como su vida cotidiana se ve invadida por la violencia del narcotráfico. Con el cuento “Hojas de taquigrafía verdes” nos encontramos con una detective poco convencional, que se da a la tarea de investigar la misteriosa muerte del dueño de un bolerama. Sigue con la historia de una arqueóloga con miedo a las alturas que está a punto de un gran descubrimiento. Termina con la historia de un crimen que es secreto familiar.  Con cuentos amenos, interesantes y bien escritos, la autora nos lleva, inmersos en su lenguaje muy particular de frontera, a ese punto que es Mexicalli. Pero no habría que hablar solo de este libro, sino decir que es parte de una colección llamada “En la mira”, de Editorial Artificios, que se dio a la tarea de publicar libros de género negro. Algunos de los autores son Omar Delgado, Iván Farias, Daniel Salinas Basave, José Manuel Di Bella, José Salvador Ruiz, José Juan Aboytia y Gabriel Trujillo Muñoz. Los recomiendo todos.

Muy bien, dice con sorna uno de los interrogadores, pero queremos saber de tus secuaces. Después de que sumergen el rostro del sujeto varias veces en la pecera, indica que empezará a hablar. Puedo hablar del libro “¡Canta, herida!” de Gabriel Rodríguez Liceaga, un bello libro de cuentos con el que ganó el concurso Agustín Yañez en el 2015, en el cual explora distintos lugares, formas de hablar y de entender el mundo de la ciudad de México. “Las conspiraciones fallidas” de Eric Uribares, libro de cuentos con el que ganó el premio Sonora en el 2015, que con humor negrísimo e hilarante nos habla de conspiraciones, revolucionarios postmodernos, guerrillas urbanas y traficantes. Con eso tenemos para encerrarte por décadas, dice uno de los interrogadores, asociación delictuosa con tremendo sujeto. Mañana mismo lo agarramos, dice el barbado más joven. Si lo encuentran, dice el sujeto interrogado, nadie sabe si está en Ciudad de México o Tlaquepaque. También “Todos las ruidos del mundo” de Cecilia Magaña, con cuentos que exploran el sonido en la vida cotidiana, que navegan en los detalles y nos llevan a la profundidad de sus personajes. O la novela “Lejanos Guerreros”, de Héctor Palacios, que nos habla de un samurái llegado a la Nueva España, la cual sobresale por su temática y ritmo trepidante, su capacidad para hacernos imaginar una historia que nos será cercana. También la novela “Los demonios de la sangre”, de Alejandro Paniagua, historia sobrecogedora de una familia cuyo negocio familiar, un rastro, parece permear con su aroma a sangre y muerte a todos los miembros. Novela profunda, escrita con estilo descarnado y que nos lleva al abismo que es alma de cada personaje. Incluso esta “Los no muertos“, novela moderna y divertida que habla sobre las crisis de edad y la vida rutinaria, contraponiéndola a una peligrosa plaga que se extiende por el país, de la cual solo se tienen rumores urbanos. Esta última escrita por James Nuño… No bien pronuncia el apellido, el interrogador de barba oscura y pelón le sumerge la cabeza en el agua. ¡Ya! ¿No? Ya me mareaste con tanto nombre.

Ahora el problema es callarlo, comenta uno de los interrogadores a su compañero. El sujeto sigue hablando de libros, instantáneas, cuentos, encuentros, películas y series. Deciden dejarlo allí amarrado, mareando a las carpas que nadan vertiginosas dentro de su pecera. Ya volverán a buscarlo en un año.


* Nota: Este relato es ficción. Cualquier parecido con una persona, escritor o editor real es meramente coincidencia. Ningún tapatío o pez carpa koi fue lastimado en la elaboración de este texto.

 

“Los no muertos”, ¿una más de zombis?

Conversación con James Nuño autor de Los no muertos.


1. Cuéntanos de Los no muertos, ¿de dónde nace la idea de escribirlo? ¿Qué le dejará al lector? ¿Qué representó para ti?
La idea surgió desde dos frentes. Vino tras la paranoia nacional causada por la influenza H1N1. Aquello parecía el inicio de una película de terror: la gente tenía miedo a salir, a ir al trabajo, hasta de saludarse de mano. Por otra parte, precisamente, estuvo la influencia del cine de terror, particularmente del subgénero zombi. Este monstruo ha generado en mí una inquietud muy particular debido a la amplia gama de interpretaciones que puede tener: desde la masa enajenada hasta la turba anónima que se levanta contra el sistema.

A partir de esto, pensé que sería interesante abordar la idea de la histeria colectiva en una ciudad como ésta, en un país como el nuestro, y la figura del zombi me pareció ideal por absurda y cercana a la vez. Así que busqué insertar en una situación extrema a algunos personajes que de tan ridículos nos resultaran harto familiares: un oficinista, un periodista izquierdoso, una artista mediocre y una microempresaria narcisista. Creo que, después de casi seis años de haber comenzado el proyecto, tras múltiples lecturas, recortes y reescrituras, el lector de esta novela podrá encontrar una suerte de espejo distorsionado que le hará preguntarse hacía dónde ha dirigido su vida durante los últimos años e, incluso, si ha sido consciente de ello.

2. ¿Es tu novela una novela más de zombis?
No. Precisamente, el planteamiento inicial fue trazar una historia en la que destacaran los personajes y las implicaciones de una pandemia de este tipo, a diferencia de lo que sucede en las series, películas y libros de zombis que basan su éxito, casi de manera exclusiva, en el efectismo de las vísceras, los desmembramientos y las persecuciones caóticas. Es decir, quería hacer un comentario a través de este género, como lo hicieran en su momento Romero o Brooks, y no sólo contar una historia de terror llena de lugares comunes.

En esta historia, los zombis son lo menos aterrador; los no muertos, este concepto que navega en la indefinición de la vida y la muerte, son estos personajes que pasan la vida sin vivirla, pensando en qué sería si todo fuera diferente, pero cuando finalmente lo es, lo primero que hacen es tratar de escapar de su vacío existencial. Aquí no hay héroes. Nadie intenta rescatar a la humanidad, ni siquiera a sus seres cercanos. Este atado de imbéciles, inútiles y narcisistas, se la pasa huyendo de sus responsabilidades, de sí mismos, y no es hasta que la pandemia llega que comienzan a reaccionar… aunque sea para volver a huir.

3. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
Hay muchas formas de hacer literatura, de aproximarse a ella. Para mí, escribir consiste en un acto de síntesis, interpretación y resignificación de la realidad. Es una suerte de reducción de las esencias, como se hace en los perfumes o en los extractos para los cocteles clásicos: hay que filtrar las realidades, exteriores e interiores, y luego mezclarlas en dosis justas para dar una nueva perspectiva, un nuevo sentido.

 4. ¿Cuáles son los temas de los que te atrae escribir?
Hemingway decía que uno no puede escribir sobre lo que le es ajeno. En mi caso, escribo sobre realidades cercanas a mí aunque, sin quererlo, sin proponérmelo, existe por lo regular un elemento fantástico bastante sutil que trastoca la realidad de los personajes. Digo que “sin quererlo”, puesto que intento hacer relatos lo más realistas posible. Pero creo que nuestra realidad se ha vuelto tan increíble —no en la mejor de las acepciones—, tan absurda, que es imposible pensar en que hay algo sospechosamente fantástico detrás de ella. Me ha tocado vivir en tiempos de incertidumbre, donde las supuestas seguridades de nuestros padres se han ido desmoronando y el futuro parece muy lejano pero no por eso menos amenazante. Creo que si hay un tema recurrente en mis textos es ése: la incertidumbre y lo absurdo de nuestra realidad.

5. ¿Qué tipo de autor te consideras?
Creo que soy un autor precavido, quizá demasiado. Dudo mucho de la veracidad de mis palabras. Cuando tengo una idea, la rumio durante días, a veces meses, antes de comenzar el proceso de escritura, que dura otros días o meses (o años, como es el caso de Los no muertos). Luego, cuando el escrito se publica, reniego porque siempre encuentro errores o, más que errores, aspectos mejorables. No obstante, he aprendido a ser paciente, a no compararme con mis colegas y sus muy envidiables plumas y carreras en ascenso. Me refiero a que me he resignado a escribir lo que haya de ser escrito, a decir lo que haya de ser dicho.

6. ¿Sientes que formas parte de alguna generación? ¿Es importante?
La mía es una generación sándwich. No somos ni los bohemios ni los diplomáticos que fueron nuestros predecesores, pero tampoco los veinteañeros que publican en sus blogs desde los 12 y que ahora su fama de escritores los precede aun sin un libro publicado. Sin embargo, me doy cuenta de que después de varios esfuerzos aislados, ahora comienza a haber ciertos vínculos entre los escritores jóvenes de los 80, con una camaradería que antes no había. Creo que ese vínculo, esa fuerza, es necesaria para consolidar un estado cultural y literario perdido desde hace muchos años.

 


El soundtrack de Los no muertos


7. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
El primer libro “serio” que leí en mi adolescencia, fue Pedro Páramo; no creo haberlo comprendido cabalmente en aquel entonces, pero causó una gran impresión en mí. Luego, en la facultad, leí a Cortázar y a Borges y quedé maravillado ante las posibilidades tan diversas de la literatura. Después me topé a los americanos, particularmente a Hemingway y a Carver. Creo que es a raíz de ellos que tengo una idea un poco más clara de qué es la literatura y qué se puede hacer con ella. Después han ido y venido otros autores asombrosos, como Ellis o Houellebecq. Es lo maravilloso de esto: uno nunca deja de tener hallazgos.

8. ¿A qué autores vivos recomendarías seguir la pista?
Me parece que hay que estar al pendiente de autores jóvenes que de manera más o menos reciente se han ido construyendo una carrera y que seguro en unos años serán un referente obligado. Por mencionar sólo algunos están Gabriel Rodríguez Liceaga, Eric Uribares, Alejandro Badillo, Daniel Espartaco, Abril Posas, Manuel Fons, Aniela Rodríguez, Érika Zepeda… La lista sigue y, con suerte, se irá engrosando en los próximos años.

9. ¿Qué estás leyendo actualmente?
Tengo una pila de libros pendientes desde hace un par de meses y que se acrecentó después de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Me interesa leer a mis contemporáneos. Justo ahora termino La fila india de Antonio Ortuño (un pendiente que traía desde hacía meses) y ya estoy comenzando a sentir la ansiedad de no saber con qué continuar: si con La cena de Herman Koch, los cuentos de Carson McCullers o alguno de los últimos premios Tierra Adentro… En su momento (en un par de horas) lo decidiré. O no.

10. ¿La lectura está sobre valorada?
La lectura está malinterpretada. Desde pequeños nos han dicho que hay que leer para ser más cultos, que tenemos que tomar los libros para aprender. Alguien dijo —no sé si fue Bachelard, Barthes o algún compañero de cantina— que un texto es todo aquello que permite una lectura. Todos los días recibimos mensajes que decodificamos. Todos los días leemos. La diferencia es que en un libro no hay ruido que entorpezca la comunicación; ese ruido está en nuestras cabezas. Las palabras en un libro están fijas, esperando a que nosotros las decodifiquemos a consciencia.

Y ése parecería el problema, el reto. Sin embargo, me parece que, si lo entendemos así, la lectura no debería diferir a escuchar una charla magistral, de esas que nos dejan con la boca abierta, a escuchar a nuestros abuelos o ver una película de esas que nos marcan para toda la vida.

11. ¿Qué más además de la escritura?
Todo, pues todo la precede. La escritura es el tramo final de una serie de actividades y vivencias que tienen que ver con la lectura: de libros, de series, de películas, de charlas, de eventos sociales, de personas… Todo ello es lo que en verdad importa. Sin esas lecturas, no somos sino un simio tecleando frases más o menos coherentes.

12. Algo que gustes agregar.
Ño.

Para los que gusten conocer un poco más de Héctor G. Oesterheld, protagonista de “Continuum“, pueden mirar el siguiente documental:

 

GUADALAJARA, JALISCO.- ¿Qué cruza por la mente de un tipo que maneja una camioneta llena de cadáveres? Lleva la muerte a un lado y lo único que quiere es deshacerse de ella, dejarla en la calle e ir a casa.

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