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Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash

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Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

Murakami. El atentado en las agendas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Relacionistas públicos, gente del mundo de la moda y el cine, trabajadores de la industria automotriz, contables, abogados, artistas, ejecutivos, militares, incluso un jockey irlandés. Casi todas los oficios y profesiones confluyen en el sistema de transporte subterráneo de Tokio. Allí, los vagones no sólo desplazan cuerpos apiñados; dentro de cada anatomía hay millones de ilusiones.

Me gusta planear. Adoro hacerlo. Tal vez se relacione con la idea de dominar el tiempo, diseccionarlo y acomodar las actividades en horas con forma de cajón. Me resulta complejo el aventurarme a los días sin la agenda bajo el brazo. Supongo que comparto este sentimiento con otras personas, en especial aquellas demasiado ocupadas; esas para las que cada minuto es importante y no les da igual si un tren pasa a las 08:15 u 08:17.

Pero si algo nos deja en claro Underground, de Haruki Murakami, es que cualquier idea de lo que es nuestra vida se desvanece en segundos. Por más organizados que seamos, nunca incluiremos en nuestra lista de pendientes escapar de un atentado. Nadie se va a dormir pensando que al otro día estará junto a una bolsa que contiene gas sarín. Con la cabeza sobre la almohada,  la mayoría se preocupa por las juntas con el jefe, los fracasos amorosos, el trabajo acumulado, los hijos, y aquellos sueños dejados atrás en pos de la prosperidad. Pocos imaginan los colores de la bomba, a los dementes, a quienes dibujan perfectos esquemas para aniquilar.

Underground

Esta obra se encarga de recopilar testimonios del ataque ocurrido en el Subterráneo de Tokio en 1995. Doce personas murieron al estar expuesta al gas sarín, además, miles resultaron heridas y con graves consecuencias. La secta Aum fue la responsable.

El texto es entrañable porque Murakami no se acerca a los afectados sólo para conocer un punto de vista, los vuelve personajes, la nostálgica pluma del japonés crea un marco para aproximarnos a quienes padecieron el atentado. Al autor le preocupa adentrarse a sus vidas. Cada testimonio abre con un perfil de la víctima, trazos de su ayer y así los aleja de las frías estadísticas y las imágenes repetidas en los medios de comunicación. También hacia la parte final del texto, hay espacio para la voz del fanatismo, los culpables tratan de justificar el porqué de sus actos y la locura asoma en un intento por esbozar sentidos.

Insoportables dolores de cabeza, pérdida de la memoria, complicaciones en la vista, un cansancio eterno y semanas o meses para recuperar el ritmo laboral son las principales secuelas tras el atentado. Sin embargo, en los relatos palpita el miedo enraizado, la imposibilidad de retornar a la vida previa a la tragedia, como si el veinte de marzo de 1995 los hubiera arrojado hacia una dimensión sin respuestas. También en sus palabras hay necesidad de justicia, venganza, llevar hasta la muerte a los responsables o someterlos a los efectos del gas. Se refleja así, como un acto de este tipo provoca el nacimiento de nuestro peor yo.

Hay quienes perdieron seres queridos, algunos cambiaron de empleo y otros se divorciaron, como si el atentado fuera el pretexto ideal para rearmar sus vidas. Pero uno de los relatos más conmovedores es el de los hermanos Akashi. Tatsuo, un hombre de treinta y siete años, vio cómo su vida se modificó por completo cuando su hermana menor padeció los efectos del gas. Shizuko, de treinta y uno, cayó en coma y al principio sus posibilidades de sobrevivir eran escasas. Tras despertar, ella era un ser distinto. Parecía que el pasado había sido desterrado de su mente, además de las grandes dificultades para mover su cuerpo y articular palabras. Lo bello de la historia, es cómo Murakami expone la dedicación de Tatsuo. Su plena confianza en la rehabilitación de su hermana, la devoción para traerla de regreso a esa época previa al sarín. Además, el autor pidió entrevistarse con Shizuko y logró percibir a la chica de antes,  intuyó esa necesidad de volver y superar la frontera de sus músculos.

De su encuentro con la mujer, Murakami rescata una reflexión sobre sus propias capacidades “¿Qué significa estar vivo? Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría su misma fuerza de voluntad, esa fuerza imprescindible para seguir vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez?, ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé, sinceramente no estoy seguro”.

Es tiempo de finalizar. En una hora cenaré. Luego un poco de televisión. Restará leer y los minutos del calculado insomnio. Mañana, despertar a las ocho, desayuno y revisar los guiones de mis alumnos. Hasta las cuatro de la tarde hay actividades establecidas, sería genial si pudiera llenar la tarde de una vez. Pero momento, qué tal si hay un incendio, o alguna extraña secta decide volar una avenida en mil pedazos. Qué tal si al caminar por Chapultepec, un fanático desvía su camión y aplasta a todos los peatones. Dos décadas después del atentado de Tokio, la posibilidad de una tragedia sigue presente, de hecho cada vez más. Tal vez, Guadalajara, tan ciudad y tan pueblo, aún está distante del terrorismo cosmopolita. Pero por lo pronto, pondré en mi agenda, en cada hora, un espacio para el posible atentado, lo tendré presente. Debo hacerlo. Así, al momento de aspirar el gas, trataré de recordar los mejores instantes de esta vida, pensaré en la familia, en lo que se va, en los besos ausentes, en la idea de aferrarme a este lado de la realidad. Me aterra la idea de que la Muerte me tome por sorpresa, así, sin la delicadeza de confirmar la cita.

 

Mi relación con la locura

Conversación con Alejandro Paniagua, autor de Los demonios de la sangre.


1. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
La escritura para mí es siempre el instante previo a la iluminación o al ensombrecimiento. La escritura me transfigura y me vuelve inmundo. Es una bendición que me maldice bellamente.

Yo escribo para contener los impulsos violentos, para distraerme de algunos síntomas de la enfermedad, para apaciguar a las bestias, a los esperpentos y a los chamucos de mi cabeza, de mis manos, de mis tanates, de mi ánima. Escribo para no descarapelarme los nudillos, para obligarme a estar en calma, para mantener un alto nivel de misticismo y de demencia, para atenuar la obsesión, la compulsión. Parece contrastante, pero escribo porque me hace muy feliz.

Cuando era niño, una maestra me preguntó por qué me la pasaba escribiendo sobre el pupitre todo el día. Le di la respuesta más sincera que he dado al respecto: Maestra, escribo para dejar de temblar.

2. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Mi método infalible para no dejar de escribir nunca es simple: si no se me ocurre nada, escribo lo que soñé, un recuerdo real de mi vida, algún suceso que me haya hecho emputar o carcajearme, algo que me haya hecho estremecer o llenarme de ternura; escribo lo que me da miedo, lo que me provoca una erección. Escribo las reglas del turista, lo que se siente que una mujer a la que amas te la mame, a qué saben los hombros de mi mujer, o sus pecas, o sus sobacos. Escribo lo que sea, incluso cuál sería mi apodo si yo fuera el jefe de jefes de un cartel de drogas.

Como soy budista, la meditación también me ayuda a desbloquearme.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, de Los demonios de la sangre?
Cuando era niño y comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de mi epilepsia, de mis padecimientos neurológicos y de mi depresión clínica (ataques de ausencias, desesperación, sensaciones exasperantes en las manos y en la cara, desolación, pesadumbre), mis padres me llevaron con muchos médicos. Un psiquiatra, quien era una supuesta eminencia, nos dijo que yo tenía tendencias psicóticas, que un día mi enfermedad terminaría por desplegarse con todo esplendor, que un día me volvería loco, pues. Yo crecí pensando que estaba condenado, sin remedio, a convertirme en un demente. Resultó que el diagnóstico era una negligencia, yo sólo padecía diversos tipos de epilepsia en diversas zonas del cerebro. Los demonios de la sangre habla, sin miramientos, de mi relación con la locura, de mi terror a perder la razón. No quiero entrar en detalles, pero casi todo lo que aparece en el libro tiene un equivalente en la realidad. Y ello es a la vez terrible y fascinante.

4. ¿Es diferente escribir que tener una “carrera literaria”?
Si tienes suerte, todo lo que escribas aportará algo a tu carrera literaria: te hará ganar concursos, te lo publicarán en revistas o en libros, etc. Si no, simplemente escribirás y ya, sin que necesariamente la creación te permita avanzar en un sendero profesional o se dé a conocer en medios. La realidad, sin duda, es que basta con escribir. Con eso uno tiene suficiente.

5. ¿Ayudan los premios?, ¿las becas?
Ayudan un chingo. Te permiten dejar de trabajar un rato y dedicarte sólo a escribir. No sólo dan prestigio y reconocimiento, sobre todo, ayudan a crear seguridad, a no dudar tanto del propio trabajo literario. El problema es cuando uno se obsesiona con ganar certámenes y becas. Entre mi primer concurso ganado y el segundo, pasaron muchos años. Yo me atribulé como un demente durante la espera, se me fue descarapelando el alma en ese proceso. El secreto es no obsesionarse con ganar, y aprender a ser derrotado. Pero acá entre nos, yo adoro los premios literarios.


El soundtrack de Los demonios de la sangre

#HistoriasSinSpoilers

 


 6. ¿Novela o cuento?
Las dos, sin ninguna duda. Pero la mera verdad, yo siempre digo que voy a renunciar al cuento, pero a los dos o tres días se me ocurre uno y me pongo a escribir a regañadientes. El cuento y yo tenemos una relación enfermiza, codependiente, destructiva, de chingadazos y ofensas; sin embargo, resulta también muy gozosa. La novela, por otro lado, es el amor de mi vida.

7. En un país como el nuestro, ¿qué tan relevante es el papel del escritor?
No es relevante, pero ayuda a mentarle la madre de forma bella, de forma excepcional al sistema. Nuestro oficio es ofender al sistema político mexicano mediante alegorías, hipérboles, cultismos, prosopopeyas, hipérbatos y sinécdoques.

8. ¿Qué te emociona más, escribir o impartir talleres?
Prefiero pinche mil veces escribir, pero dar talleres me encanta. Últimamente he dado varios talleres para niños. En una de las sesiones, les pedí a mis alumnos que escribieran un cuento sobre su futuro, uno que narrará a qué se iban a dedicar, si estarían casados, divorciados o solteros, si tendrían hijos, mascotas; si se convertirían en millonarios o no. Me emocionó que la mayoría se veían a sí mismos como escritores, incluso hubo unos que, además de ser bomberos, veterinarios, Batmans, guerreros ninjas, hadas, presidentes de la República o videojugadores profesionales, también escribían por las noches. Me sentí orgulloso de motivarlos a escribir de manera constante

9. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
Ricardo III, La Tempestad, El Rey Lear, Sueño de una noche de verano, El Mercader de Venecia, La Iliada, La Odisea, El Paraíso Perdido, Poeta en Nueva York, Una soledad demasiado ruidosa, Autobiografía de un yogui, Pedro Páramo, Las Cosmicómicas, Baile con serpientes, Aullido, Cuatro Reinas, Océano Mar, El Puente de San Luis Rey, El lugar sin límites, La interpretación de los sueños, Diario de un enfermo de nervios, las obras completas de Charles Simic, Salón de belleza, Lascas, Muerte sin fin, Primero sueño, Piedra de sol, Nocturnos, Espantapájaros, Las flores del mal, Muerte en la rúa Augusta y Los pinches demonios de la sangre.
Mis autores cómplices son dos nomás: Homero y Shakespeare.

10. ¿Qué más, además de la escritura?
Sólo hay una cosa que me fascina tanto como la escritura: las personas (mi esposa, mi familia, mis amigos, mis alumnos, mis maestros budistas y literarios, los taxistas que siempre terminan contándome su vida, los extraordinarios tipos con quienes disfruto de los videojuegos, incluso, en menor medida, mis enemigos).

11. Un consejo o anécdota con lo que quisieras cerrar esta serie de preguntas.
Vale la pena quebrantar un tanto tu moral, tu fe, tus pánicos, tus mojigaterías, tu placer sexual, tu relación de pareja, tu sanidad, tu bienestar físico y espiritual, y tu tranquilidad por escribir un buen libro.

“Lejanos guerreros”, primeras páginas

Compartimos las primeras página de Lejanos guerreros la novela más reciente de Héctor Palacios.  Sólo el inicio porque #HistoriasSinSpoilers

Alejandro Paniagua: 5 mejores relecturas de 2016

Con esta breve recuento de Alejandro Paniagua (autor de Los demonios de la sangre), iniciamos con las recomendaciones que algunos autores de Paraíso Perdido tienen para ustedes con motivo del cierre de año. Libros, películas, música y lo que a cada autor se le ocurra, con el fin de abrir un poco más el abanico de posibilidades hedonistas para iniciar 2017. Más allá de la sobada etiqueta “lo mejor de”, se trata de un ejercicio de compartir e invitar.


Baile con serpientes, de Horacio Castellanos Moya.

En este libro, Castellanos Moya quebranta el género fantástico y lo anega de violencia, de inmundicia. A lo largo de la novela, el autor embellece lo inhumano y vuelve mágico lo sangriento. La anécdota de la novela desconcierta y encanta: un hombre, acompañado de cuatro serpientes homicidas y parlanchinas, comete actos atroces por toda la ciudad. El protagonista del libro es, al mismo tiempo, un domador de serpientes, un súper villano, un vengador, un despojado, un psicópata, un elegido y un parásito metafísico. Baile con serpientes es un libro que me hizo ver que aún es posible crear obras absolutamente distintas a lo que ya se escribió alguna vez.

 

Muerte en la Rua Augusta, de Tedi López Mills

Los versos de este extraordinario poema narrativo nos arrojan, sin miramientos, a la psicosis de Gordon, el protagonista. Y así, nos despeñamos de lleno en las alucinaciones, sobresaltos, juicios y tribulaciones del enfermo mental, mientras nos vamos haciendo pedazos con las hipérboles, las metonimias, las alegorías y las metáforas deslumbrantes de la poeta. La lucha del protagonista es desgarradora, todo está en su contra: su mente, su cuerpo, sus dibujos, su esposa, las albercas, su mejor amigo, el dinero, el yo lírico, un mentado Anónimo, el origami y, sobre todo, él mismo. Durante la lectura del poema se crea una triada de insania, es decir, que muchas veces tanto la autora como el lector y, por supuesto, el protagonista, andan vueltos locos: la escritora, loca de alta poesía; el lector, loco de goce estético; y el protagonista, loco de incomprensión, de desamparo. Tedi López Mills es, sin duda, una de las poetas vivas más brillantes.

 

Autobiografía de un Yogui, escrito por Yogananda.

Yogananda es uno de los personajes que aparecen en la portada del disco “Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles, y ello es suficiente para revelarnos la importancia del escritor. Yogananda fue quien introdujo la filosofía hinduista a Occidente. En el libro aparecen elementos que jamás se encontrarán en ninguna otra autobiografía, como la capacidad del autor para ver a través de los objetos y las paredes, la irrupción de un templo que se agiganta y se disminuye a voluntad, una plática presencial con la diosa Kali, la visita a la casa de una mujer que no necesita comer, un maestro al que le cortan el brazo y simplemente se lo coloca de nuevo, encuentros con  Gandhi, el poeta Rabindranath Tagore y el ganador del Premio Nobel de Física, Sir C.V. Raman. Se dice, además, que Autobiografía de un Yogui era el único texto que Steve Jobs llevaba en su iPad. Yogananda es un personaje histórico tan desquiciante y atractivo que fue el único maestro espiritual que meditó sobre una trajinera en Xochimilco, y ésta es una de las razones por las que me fascina.

 

La melancólica muerte de Chico Ostra, escrito por Tim Burton

A lo largo de los poemas del libro, Tim Burton exalta, con maestría, lo grotesco de ser niño. Mediante personajes adorables y repugnantes al mismo tiempo, como la Chica Vudú, Cabeza de Melón o el Chico Ancla, Burton expone el mal hado que aqueja a los que son distintos debido a un rasgo de contrahechura o de peculiaridad. El texto es un ser fantástico, mitad poemario infantil y mitad circo de fenómenos. Las ilustraciones del libro muestran con desparpajo y desfachatez la genial visión estética de Tim Burton.

 

Ricardo III, de Shakespeare

Ricardo III fue un homicida, un fratricida, un regicida y un infanticida. Y sin embargo, es un personaje entrañable. Se trata del primer villano encantador de la literatura. Al buen Ricardo (un tipo jorobado, tullido y muy muy feo) lo amas todo el tiempo a pesar de que comete un acto indecible tras otro. Un ejemplo de su carisma y su capacidad de manipulación se muestra en una de las primeras escenas de la obra: Ricardo III, luego de asesinar al suegro y al esposo de una taciturna dama, logra enamorarla y convencerla de contraer matrimonio, todo ello frente al féretro del marido recién ejecutado. Ricardo es un tipazo, pues. La determinación y el ansia irrefrenable de este malnacido por convertirse en el Rey de Inglaterra resultan ejemplares, al menos a mí (y espero no ser juzgado muy severamente por ello), el personaje me enseñó a no rendirme nunca. Esta obra es, sin duda, una de las joyas de la corona del maestro universal Shakespeare.

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