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Suelo escribir aceptando el caos como método


Conversación con Daniel Centenoautor de Puerta Cerrada


Mientras lees, escucha el soundtrack de  Puerta cerrada

 

1. ¿Cuánto tiempo llevas escribiendo?

Desde que aprendí a sujetar el lápiz, hago garabatos que intentan decir cosas. Antes de escribir, dibujaba. Todavía dibujo cuando siento que no sé cómo expresar algo con palabras.

Comencé a escribir historias en la adolescencia, primero como vagas reflexiones en torno a mis dolores juveniles y en la universidad como una saga fantástica que muy probablemente nunca verá a la luz. Escribía los capítulos por entregas, que una amiga leía con el entusiasmo de quien está ayudando a construir un mundo. Y eso hacíamos. Escribir no solo era crear un mundo, era hacerlo visible en sus ojos.

Formalmente —cuando al fin decidí entregarme a la escritura—, mis primeros cuentos son de finales de 2014, cuando retomé una amistad con una de mis mejores amigas, también escritora.

2. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Te ha servido de algo?

La escritura me impide olvidar. Es la forma más sincera que tengo de comunicar mis ideas en un contexto en el que uno siempre está expuesto a las miradas de desaprobación y los silencios incómodos. Hasta donde sé —uno nunca sabe del todo qué tanto es afectado por su propia escritura—, escribir me ha servido para acabar de encontrarle sentido a las ideas inconexas en mi mente y a esos sentimientos que solo al escribir puedo nombrar. Escribir es hablar conmigo mismo y también mi intento por entender a los otros. También, mi intento para darme a entender.

“Uno escribe lo que los otros no estarían dispuestos a escuchar de otro modo”. Cuando hablo, siento que hay un abismo insalvable entre el otro y yo. Cuando escribo, el abismo tiene sentido, existe por una razón; se hace visible en las palabras, la estructura, los personajes; es deber de mi escritura hablar de él, rodearlo hasta hacer visible su hondura, apagar la luz o encenderla cuando se vuelva necesario olvidar o recordar que está ahí. Escribir es intentar que los ojos de otro y los de uno armonicen.

3. ¿De dónde nace la idea de Puerta cerrada?

Puerta cerrada es una de tantas formas en que me hice la pregunta: ¿Es posible salvar el abismo que existe entre dos seres?

Poco antes de escribirla, murió el padre de una amiga a quien amo. La forma en que murió me hizo confrontarme con la idea de mi propia muerte, mi vida y con la idea del amor. Mi amiga lo amaba más de lo que nunca había visto amar a otra persona. El amor y la muerte van siempre juntos de la mano, pensé. El amor y el silencio. El amor y la ruptura. Cioran escribió: “Los únicos acontecimientos importantes de una vida son rupturas. Ellas son también lo último que se borra de nuestra memoria”.

Yo había perdido a personas queridas también ese año, lo cual vino a rematar el conjunto. Necesitaba escribir algo para replantearme el acto de perder a alguien. Necesitaba recordar cómo era darse cuenta de que no se está solo en el mundo cuando los ojos de los otros permanecen en la memoria, siempre expuesta al olvido.

¿Qué estamos dispuestos a hacer con tal de mantener vivo al otro que parece que ya no es más que un recuerdo?

4. ¿Cómo le vas dando forma a la obra? ¿Sueles ser metódico o escribes sobre la marcha?

Actualmente trabajo en un proyecto de cuentos con apoyo del FONCA. Es la primera vez que hago un proyecto de forma sistematizada —con calendario y todo—, orbitando conscientemente los mismos temas, intentando dar respuesta a una pregunta. Dice una amiga que no puede creer que esté haciendo al fin un proyecto, cuando yo suelo escribir aceptando el caos como método. Al final, resulta que ni siquiera ese proyecto se está salvando de mi forma habitual de trabajo: escribo por compulsión; cuando leo, cuando me surgen ideas, cuando ocurren acontecimientos importantes en mi vida o cuando siento que al fin me he dado —o estoy por darme— cuenta de algo. Puerta cerrada no fue la excepción.

Afortunadamente, soy uno de esos escritores que no paran de editar sus textos. Si al escribir se me escapó algo, la edición siempre me ha ayudado a regresarlo al camino.

Como diría una amiga: “Tú eres de los que creas ejércitos aunque no sepas qué hacer con ellos; si uno de tus soldados se queda atrás, vuelves y lo fortaleces”. Mi amiga me conoce muy bien.

5. ¿Hubo alguna obra artística que fuera influencia para crear la tuya?

“Una cosa más” es mi cuento favorito de Raymond Carver. La versión de “Principiantes”, es decir, la que no fue editada por Gordon Lish, termina con la cita que sirve de epígrafe a Puerta cerrada: “Sus ojos eran terribles y profundos, y él mantuvo todo el tiempo que le fue posible”. La idea de mirar al otro, incluso en el dolor, con tal de seguir mirando, de no dejar ir, de recordar, me hizo añicos como lector, y me hizo encontrarle sentido a lo que estaba por contar.

Puerta cerrada son esos ojos de los que hablaba Carver, esos que se niegan a dejar que el otro desaparezca.


Puerta Cerrada, #HistoriasSinSpoilers

Para más info del libro, clic en la imagen.


6. ¿Qué podrán encontrar los lectores en Puerta cerrada?

Una novela corta, introspectiva, con toques de humor, drama y, por sobre todo, el anhelo de vivir al margen de la muerte inminente y el olvido.

7. ¿Qué géneros literarios frecuentas? ¿Cuáles obras recomendarías?

Leo un poco de todo: fantástico, ciencia ficción, extraño, realismo sucio, realismo a secas, surrealismo; qué sé yo, de todo. Me la paso saltando de un cuento a otro, de un libro al que sigue; muchas veces terminándolos hasta mucho después o no terminándolos nunca. Tal es el caso, por ejemplo, de Dublineses, de Joyce, que he empezado y vuelto a empezar desde que tengo 11 años y a la fecha no logro terminarlo. Me gusta esa sensación de que aún tiene algo por decirme.

Más que géneros, frecuento autores. Les agarro el ritmo, a veces hasta logro entender lo que querían decir (o eso creo, claro, como uno cree entender a un amigo aunque cada cabeza sea un mundo). Raymond Carver, Alice Munro, Ray Bradbury, Truman Capote, Ken Liu, Katherine Mansfield, Inés Arredondo, Chéjov, Yukio Mishima, etcétera; acudo a ellos como se acude con un amigo.

Principiantes y Catedral de Raymond Carver, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, A sangre fría de Truman Capote y La señal de Inés Arredondo, son mis obras favoritas.

8. ¿Qué piensas sobre la literatura actual? ¿Hay algún (os) escritores contemporáneos que recomiendes?

Los últimos meses he leído ciencia ficción, así que podría recomendar a Ted Chiang y a Ken Liu. Los dos han hecho cuentos que me parecen excepcionales. Del primero, “La historia de tu vida” y “El infierno es la ausencia de Dios”; del segundo, “Los algoritmos del amor”, “El literomante”, “Cambio de estado” y “El zoo de papel”. Ambos escritores, me parece, logran el equilibrio casi perfecto entre contar una historia interesante, llenas de ideas y emoción que uno siente sincera y honesta desde las primeras líneas.

Enrique Serna (“La incondicional”), Eduardo Antonio Parra (“Cuerpo presente”) y Carlos Velázquez (“El alien agropecuario”) son los que se me vienen a la mente si pienso en escritores mexicanos que hoy en día siguen publicando y de quienes disfruto mucho su lectura.

9.-¿Algo que desees agregar sobre ti o tu obra?

Agradezco a todos los que han leído Puerta cerrada y también a los que la leerán.

Si Puerta cerrada tiene un propósito, espero que sea el iluminar el abismo, no ceder ante él. No le puedo pedir otra cosa. A nadie podría pedirle nada más.

Elena Guerrero (Amable Desconocida) responde el cuestionario Proust

1.- ¿Cuál es el defecto propio que más deplora?

La incongruencia.

2.- ¿Cuál es el defecto que deploras más en los otros?

La incongruencia.

3.- ¿Cuál es tu estado mental más común?

Angustia.

4.- ¿Cómo te gustaría morir?

Durmiendo.

5.- Si después de muerto debes volver a la Tierra, ¿convertido en qué persona o cosa regresarías?

En caballo o un perro pastor alemán.

6.- Y si pudieras elegir un personaje de ficción, ¿cuál escogerías?

Sailor Moon.

7.- ¿Cuál es tu mayor extravagancia?

Viajo en Uber a todas partes.

8.- ¿En qué ocasiones mientes?

Cuando siento amenazada mi vulnerabilidad.

9.- ¿Qué persona te inspira más desprecio?

La que no está dispuesta a cuestionar sus creencias.

10.- ¿A qué persona viva admiras?

César Millán.

11.- ¿Qué palabras o frases usas más?

No sé que frase uso más.

12.- ¿Cuál es tu idea de felicidad perfecta?

Comer todos los pasteles que quiera sin engordar.

13.- ¿Cuál es tu mayor miedo?

Fracasar.

14.- ¿Cuál es tu mayor remordimiento?

Haber mentido para salirme con la mía.

15.- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente?

Ser bueno.

16.- ¿Qué te disgusta más de su apariencia?

Mis muslos.

17.- ¿Cuáles son tus nombres favoritos?

Joaquín y Sofía.

18.- ¿Qué talento desearías tener?

Cantar y bailar.

19.- ¿Qué te desagrada más?

Las pretensiones.

20.- ¿Cuándo y dónde has sido más feliz?

No recuerdo, vivo en una constante angustia por el futuro que siempre olvido esos momentos. Ahora me acordé de uno: mi pastel rosa de cuatro años. Era de Hello Kitty.

21.- Si pudiera, ¿qué cambiaría de tu familia?

El ser tan malhumorados. Lo he tratado, pero aún no he tenido éxito.

22.- ¿Cuál es tu mayor logro?

Poder hablar en público.

23.- ¿Cuál es tu posesión más atesorada?

Creo que no tengo ninguna.

24.- ¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria?

El no dar nada por sentir que no se tiene nada que dar.

25.- ¿Dónde desearías vivir?

Antes anhelaba vivir en una ciudad más cosmopolita, pero ya no; creo que estoy en el lugar correcto.

26.- ¿Cuál es tu pasatiempo favorito?

Caminar y escuchar Spotify.

27.- ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en una mujer?

Que sepa escuchar.

28.- ¿Cuál es la cualidad que aprecias más en un hombre?

La determinación.

29.- ¿Cuál es tu héroe de ficción favorito?

Jason Bourne.

30.- ¿Cuáles son tus héroes de la vida real?

Jordan Peterson.

Agenda para los últimos días


Inspirado en hechos reales

Por Édgar Adrián Mora

Tal vez para escribir hay que empezar por el principio
y el principio es cambiar nuestra actitud vital,
cambiarla totalmente,
ya lo sabes,
hay que enterrarse un poco para llegar a las raíces.

Luis Rosales,
“Sobre el oficio de escribir”

 

Entre 1959 y 1992 hay más de tres décadas. Pero a ambos años les une algo que resultó transformador para quienes vieron sus vidas sacadas de la normalidad que habían construido hasta esos momentos. En 1959, Anthony Burgess es notificado de que padece un tumor cerebral y los médicos le presagian, con buena fortuna, solo un año de vida. Acosado por la inminencia de la muerte, el célebre autor de La naranja mecánica entra en una fiebre creadora impulsado por una idea altruista: legar a su esposa la suficiente cantidad de libros como para permitirle vivir de manera decorosa el resto de su vida con el producto de los derechos de autor. En Ya viviste lo tuyo (Grijalbo, 1993), su autobiografía iniciada precisamente en el año del anuncio fatal, relata su plan:

Seguí adelante con la tarea de convertirme en escritor profesional de corta duración. El término profesional no está aquí empleado para significar un alto nivel de dedicación y rendimiento: implicaba entonces —como ahora— el desempeño de un oficio o menester con el doble fin de pagar los alquileres del piso y de comprar alcohol. […] El ejercicio de una profesión supone disciplina, lo que en mi caso equivalía a la producción de cinco folios diarios pasados a limpio, incluyendo fines de semana. No tardé en descubrir que, empezando temprano, podía completar la cuota del día antes de que abrieran los pubs. O, si no, siempre había un alborozado periodo nocturno, tras la hora de cierre, para que los vecinos pudieran golpear las paredes en señal de protesta por el febril tecleo de la máquina. Cinco folios diarios arrojan un total de 2027, o, digamos, 2500 al año, apretando un poco la marcha, sin esforzarse demasiado. Lo cual nos da, si las matemáticas no engañan, diez novelas con un promedio de 250 páginas cada una.

De más está señalar que su meta de producción durante ese año febril no llegó a concretarse. En lugar de las diez novelas, alcanzó a escribir solo cinco “y media”, entre las que se encuentran El doctor está enfermo, La semilla anhelada y El derecho a una respuesta. La “media” novela de ese periodo se convertiría después en la obra que Stanley Kubrick recrearía en su magnífica adaptación al cine. A pesar de los presagios terribles, Burgess sobrevivió hasta 1993, año en que falleció a causa de un cáncer de pulmón. La esposa, a quien buscaba proteger de las penurias que su ausencia suponía podrían generarle, murió varios años antes que él.

En 1992, por su parte, Roberto Bolaño recibió la noticia de que padecía una enfermedad hepática que solo podría curarse a través de un trasplante de hígado. Durante once años cargó sobre sí el padecimiento del cual falleció sin que el ansiado donante del órgano hiciera su aparición. A decir de sus propias declaraciones, y a diferencia de Burgess, no tuvo una iluminación frenética que lo impulsara a crear obras destinadas a la manutención de su prole; aunque a la larga la explotación de los trabajos que él consideraba terminados y que entregó a la editorial Anagrama antes de su muerte, se haya mezclado con los beneficios de los manuscritos que los herederos siguen entregando para acrecentar el catálogo de sus obras. En una de las últimas entrevistas que dio para la revista Playboy expone su opinión con respecto de la muerte y de la inminencia de esta en su vida:

Playboy: ¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?

Bolaño: Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los treinta y ocho años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

Playboy: ¿Qué cosas desea hacer antes de morir?

Bolaño: Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

Lo que me interesa de esta contraposición no es discutir acerca de lo que para cada uno era importante en el momento cuando a ambos se les revela la inminencia de la muerte. Me interesa más una reflexión que debería interesar a aquellos que nos dedicamos (o pretendemos dedicarnos) al arte de la escritura y que quizá sea una pregunta que roza el lugar común (como aquella de los discos que uno se llevaría a una isla desierta o cosas similares): si tuviéramos certeza del momento de nuestra muerte, ¿seguiríamos escribiendo? ¿Cuáles serían las motivaciones para continuar haciéndolo?

En tiempos en donde se requiere un reconocimiento ya forjado y una posibilidad de producción similar a la de un, digamos, Stephen King, pensar en dedicar el tiempo que nos resta a escribir para dejar un legado económico parece más una idea romántica antes que una realidad palpable. Quien se dedique a llenar páginas mientras la “putilla del rubor helado” se acerca, refleja sin asomo de dudas algo que puede llamarse “vocación”, una pulsión que proviene de adentro de las personas y que encuentra en el arte la posibilidad de redimir el tiempo que se ha pasado sobre la Tierra. Pero, quizá me equivoque, el número de personas que dedicarían sus últimas horas a entrecerrar los ojos frente a la pantalla de la computadora no puede ser tan grande como nos gustaría imaginarnos.

De manera personal no tengo respuesta. Ante la desaparición inminente no tengo claro qué papel tendría mi escritura. No me alcanza para discernir la actitud que tomaría ni las acciones que llevaría a cabo. Quizá me alcanzaría la resignación y el abandono: pasar los últimos días postrado mirando películas y leyendo libros postergados a lo largo de la vida. O, como el protagonista de Leaving Las Vegas, tal vez buscaría la energía para impulsar una farra prolongada y mortal; morir como nunca he vivido, como un rockstar. Es probable, también, que en búsqueda de llegar a ese momento en paz (esa idea que nos construimos de la misma) intente reencontrarme con las personas a quienes considere importantes en mi vida y me despida de ellas con una cerveza, un café o una buena comida de por medio. Otra posibilidad es que decida que la discreción sea lo más adecuado y haga mutis de la manera más digna; adelantar el momento fatídico para no enfrentar las expectativas, esperanzas y deseos humanos al acercarse al último umbral.

Pero también cabe la opción de dedicar esos últimos alientos a escribir, a leer (no concibo una actividad sin la otra), a pasear con mi perrita, a besar a mi amada, a dejar que el vaho que se junta en el espejo después del baño desaparezca por sí solo, a escuchar con atención la música que me despertó sensaciones momentáneas y que la prisa no me permitió apreciar en su totalidad, a caminar por lugares en donde nunca lo he hecho.

Lo que al final resulta triste, para mí al menos, es pensar en hacer todas esas cosas solo cuando la Muerte aparece como algo inmediato. Lo que nos hace distintos de los demás seres vivos es la sapiencia de la muerte como algo inevitable; pero en la necedad de concebirnos como seres a semejanza de dioses pensamos que siempre está lejana o que, en soberbia mayúscula, nunca llegará. Solo cuando su sombra se proyecta en nuestra vida de manera nítida nos damos cuenta de lo genial que es, la mayor parte del tiempo, estar vivos. Eso nos permite, por ejemplo, escribir al respecto.

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Cortázar: el terror sin monstruos  


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Un antiguo hotel de Montevideo es el escenario. Cortázar, antes que nada, establece la atmósfera. El protagonista es un hombre de negocios. Como en todo relato, un incidente rompe la calma; en este caso, los quejidos de un bebé, un llanto inconsolable proveniente de la habitación contigua, la cual se suponía ocupada sólo por una mujer.

La puerta condenada es un cuento que perturba sin necesidad de estridencias o la aparición de sangre; lo hace desde la elegancia y economía de recursos. El gran Julio, sabe que el terror brota en las ausencias, en los vacíos, en las preguntas ante lo inusual. Al final de cuentas, Cortázar no hace más que aplicar la fórmula planteada por la vida misma: no hay nada peor que la incertidumbre, el tormento reside en la falta de respuestas.

Estoy seguro que ninguna frase podrá hacerme sentir lo vivido la noche del veinticuatro de marzo de este año. Presenciar la agonía de mi padre, cómo fue perdiendo el aire poco a poco, aún consciente, mientras intentábamos sostenerlo a la vida. Tal vez los médicos, desde el primer minuto de ese día sabían que el desenlace estaba sellado. Eran sólo cuervos de blanco, aguardando por lágrimas frescas.

La muerte es un monstruo que nunca entenderemos. Enfermedades terminales, la tortura, la desaparición de un ser querido, el distanciamiento, son una lista de los golpes que nos plantea el paso por este mundo. Todos ellos, son verdaderos seres espectrales y criaturas con dientes afilados que nos rasgan hasta dejarnos sin fuerzas. Nos desangran a plena luz del día, sin lunas llenas o juegos demoníacos. Son bestias sin pudor y no hace falta adornarlas con cuernos.

Los peores coletazos de la vida nos dejan descolocados. Distantes a la aceptación. Colmados de cuestionamientos para entender los porqués. Nos negamos a comprender las reglas bajo las que funciona este juego. Como el personaje de Cortázar, intentamos hallar una explicación para acariciar la paz.

Supongo que escribir de terror, poblar la literatura de fantasmas y otros seres provocadores de horror es una forma de vestir con palabras a lo inevitable. Al colocarle un traje al verdadero villano, podemos lidiar con su presencia. Así, inventamos mecanismos para destruir antagonistas, porque ante la muerte ninguna herramienta será útil. No hay balas de plata ni estacas en el corazón capaz de destruirla. El escape, por más astuto, siempre es momentáneo.

El final de este texto de Cortázar, ilustra con más fuerza lo dicho en el párrafo anterior. El protagonista, cuando alcanza una verdad, por fin logra la estabilidad emocional y aterriza con tranquilidad en la almohada. Cuando poseemos una certeza, cuando incluso aceptamos lo fantástico, abrazamos al miedo y sólo nos resta la resignación.

Escribir terror nunca ha sido lo mío, mis lecturas no van encaminadas por ese rumbo y durante el año veo pocas películas del género. Sin embargo, al leer a Cortázar es fácil darse cuenta que no es necesario un rasgo particular para ser parte de este club de escritores malditos que se pintan las uñas o sólo pasean por la ciudad si la noche los protege. El enfrentarse a la existencia y a sus preguntas, narrar sobre el dolor de esta vida, nos vuelve parte, a todos, de ese círculo. Es probable que sin proponérselo, el filósofo Emil Cioran, con cada uno de sus aforismos y ensayos acerca de la condición humana, estaba construyendo la más grande obra del terror jamás escrita.

El pez, la sala de espera y Carver


La pecera secreta

Por Cástulo Acéves

Madrugada

Son las seis de la mañana y hasta hace unos minutos caía, para variar, una tormenta en Guadalajara. En 25 horas mi hija entrará al nuevo curso escolar, en 23.5 yo estaré maldiciendo porque hoy no dormí un poco más, aprovechando que era domingo y que empezarían las desmañanadas. Me desperté en cuanto escuche los truenos para verificar que estén cerradas las ventanas. Aproveché para revisar a los niños y me di cuenta que mi hijo de cuatro años tenía temperatura, lo cual no me sorprendió pues se quejó ayer de dolor de garganta, su hermana hace exactamente una semana pasó por lo mismo y suponíamos el contagio. Siempre hay un hijo que atender, una deuda que pensar, muchos pendientes de la chamba, literarios, familiares, que rondan mi cabeza. Siempre he sido de poco dormir.

Hace meses que Editorial Paraíso Perdido me invitó a hacer una columna mensual. Como colaborador, autor y editor era lo natural que escribiera en el blog. Confieso que yo no acostumbro escribir ensayo, no más allá de algunos “posts” en Facebook. Siempre me ha costado escribir columnas y opiniones porque, ante todo, me siento cuentista y nunca tuve algún curso sobre este género. Además no estaba muy seguro de la temática que quería abordar: ¿asesinos seriales, tecnología, informática y sus historias extrañas, ciencia ficción, literatura?  Supongo que eventualmente abordaré varios de esos temas, que suelen ser mis favoritos, pero la idea de la temática principal me vino hace un mes.

Mi hija se empezó a quejar de dolor de estomago un lunes, además traía fiebre, justo el día de su cumpleaños. Estaba conmigo en el trabajo y yo supuse que era indigestión, por lo que le di los medicamentos usuales. Ese fin de semana le haríamos su fiesta, pero esa noche irían a la casa familiares, por lo que esa tarde nos olvidamos del asunto. Como al día siguiente se seguía sintiendo mal hicimos cita con el pediatra. Esa tarde recibí una llamada del médico, lo cual me extrañó. Tranquilo, me dijo para abrir conversación, como efecto contrario mi estomago se revolvió, después me dijo con calma que mi hija posiblemente tenia apendicitis. Me preguntó si tenía seguro médico y nos envió a un hospital donde seguro sería válido. Me lance de inmediato al lugar. Cuando llegué, mi cuñada, que había acompañado a mi esposa, se llevó al niño y nos quedamos solos con mi hija. Yo le decía que estuviera tranquila, que solamente era una posibilidad a descartar, y que si estaba enferma, en todo caso le harían un agujerito y con una maquinita le sacarían un pedacito de su intestino llamado apéndice. Ella soltó el llanto, evidentemente no eran las palabras más tranquilizadoras. Dado que en emergencias solo puede estar uno de los padres, pareció el momento idóneo para que yo saliera.

Sala de espera y Carver

Las salas de espera de emergencias de los hospitales son un lugar extraño, he estado varias veces, esperando hospitalización de mi esposa o mis hijos, y siempre hay algo nuevo, algo de desconcierto, como si fuera la primera vez y toda la experiencia anterior se hiciera humo. Los rostros de las personas son, aunque no lo parezca, amables. Aunque cada quién este sumergido en su drama personal, en su problema particular, he descubierto que las personas tienen a solidarizarse un poco. Tal vez, también como respuesta a la crisis, las personas tienden a bloquear la situación y hablar de las cosas más triviales. Al estar allí sentado pensé precisamente en que debía observar todo por si después quería escribir algo. Entonces me cayó de golpe el recuerdo del cuento “Parece una tontería” de Raymond Carver, que trata sobre una pareja cuyo hijo es atropellado. Tal vez no es su mejor texto, pero a mí siempre me ha parecido memorable y ha logrado conmoverme.

Sé que pensaran en este momento que soy un mamón, el escritor piensa en un cuento en plena crisis, pero les juro que es verdad, aunque advierto que pueden creerme muy poco cuando escribo. En parte estaba presente ese cuento porque lo compartí en un taller meses antes, también porque Gabriel Rodriguez Liceaga habló de Carver en una de sus columnas. Yo pensé en la historia y se humedecieron mis ojos, mi imaginación de inmediato empezó a preguntarse qué pasaría sí, al igual que en la narración, teníamos que cancelar el pastel y la fiesta porque algo le pasaba a mi pequeña, qué sería de mi vida si la operación iba mal y la perdía. Respiré, fui al baño a lavarme la cara y secarme las lágrimas, intentando ser discreto, porque soy el padre, el fuerte, el calmado, yo soy quien debía infundir confianza a mi esposa e hija.

Mientras estaba allí, maldiciendo a Carver por escribir un cuento tan perfecto, por haber acabado con un tema dejándonos a los escritores futuros sin poder hablar de hijos hospitalizados, pensé en el que podría ser el tema de la columna: Ser padre. Por supuesto, procuraré no caer en clichés, prometo que nunca diré que es lo mejor del mundo, o que ser papá es muy difícil, o tantas cosas que se escriben al respecto. Espero encontrar una forma de comunicar con humor lo que se vive. Por cierto, al llegar los resultados de estudios de orina y sangre, resultó que mi hija solo tenía una infección muy fuerte en el intestino. Regresamos a casa aliviados. En honor a ella, y a mi hijo, decidí nombrar esta columna, basados en un chiste que ella quiso contarme y derivó en un cuento corto que ya publiqué en mi muro:

-Papá, me dijo mi hija acercándose hace rato, ¿Cuál es el pez que no te deja dormir?

-Mmmm, el pez DeudasEnElBanco, el pez ColegiaturasYGastosFamiliares, el pez ReparacionDelAuto, el pez SituacionEconomicaPoliticaSocialDelPais, el pez ViolenciaYNarcoYTodoLoHorrible, el pez NoLeHeAvanzadoALaNovela, el pez CasiTengoCuarentaYLaVidaEsUnCaos, alguna vez el pez NoMeHaBajado, el pez AcabarLaTesis, el pez TengoExamenDeCalculo3YNecesitoUnDiezEnElParcialParaPasarLaMateria…

-Noooooooo papá, el pez Adilla…. qué raro eres, con razón eres escritor.

Fotografía de Kazuend / Unsplash

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Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

Murakami. El atentado en las agendas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Relacionistas públicos, gente del mundo de la moda y el cine, trabajadores de la industria automotriz, contables, abogados, artistas, ejecutivos, militares, incluso un jockey irlandés. Casi todas los oficios y profesiones confluyen en el sistema de transporte subterráneo de Tokio. Allí, los vagones no sólo desplazan cuerpos apiñados; dentro de cada anatomía hay millones de ilusiones.

Me gusta planear. Adoro hacerlo. Tal vez se relacione con la idea de dominar el tiempo, diseccionarlo y acomodar las actividades en horas con forma de cajón. Me resulta complejo el aventurarme a los días sin la agenda bajo el brazo. Supongo que comparto este sentimiento con otras personas, en especial aquellas demasiado ocupadas; esas para las que cada minuto es importante y no les da igual si un tren pasa a las 08:15 u 08:17.

Pero si algo nos deja en claro Underground, de Haruki Murakami, es que cualquier idea de lo que es nuestra vida se desvanece en segundos. Por más organizados que seamos, nunca incluiremos en nuestra lista de pendientes escapar de un atentado. Nadie se va a dormir pensando que al otro día estará junto a una bolsa que contiene gas sarín. Con la cabeza sobre la almohada,  la mayoría se preocupa por las juntas con el jefe, los fracasos amorosos, el trabajo acumulado, los hijos, y aquellos sueños dejados atrás en pos de la prosperidad. Pocos imaginan los colores de la bomba, a los dementes, a quienes dibujan perfectos esquemas para aniquilar.

Underground

Esta obra se encarga de recopilar testimonios del ataque ocurrido en el Subterráneo de Tokio en 1995. Doce personas murieron al estar expuesta al gas sarín, además, miles resultaron heridas y con graves consecuencias. La secta Aum fue la responsable.

El texto es entrañable porque Murakami no se acerca a los afectados sólo para conocer un punto de vista, los vuelve personajes, la nostálgica pluma del japonés crea un marco para aproximarnos a quienes padecieron el atentado. Al autor le preocupa adentrarse a sus vidas. Cada testimonio abre con un perfil de la víctima, trazos de su ayer y así los aleja de las frías estadísticas y las imágenes repetidas en los medios de comunicación. También hacia la parte final del texto, hay espacio para la voz del fanatismo, los culpables tratan de justificar el porqué de sus actos y la locura asoma en un intento por esbozar sentidos.

Insoportables dolores de cabeza, pérdida de la memoria, complicaciones en la vista, un cansancio eterno y semanas o meses para recuperar el ritmo laboral son las principales secuelas tras el atentado. Sin embargo, en los relatos palpita el miedo enraizado, la imposibilidad de retornar a la vida previa a la tragedia, como si el veinte de marzo de 1995 los hubiera arrojado hacia una dimensión sin respuestas. También en sus palabras hay necesidad de justicia, venganza, llevar hasta la muerte a los responsables o someterlos a los efectos del gas. Se refleja así, como un acto de este tipo provoca el nacimiento de nuestro peor yo.

Hay quienes perdieron seres queridos, algunos cambiaron de empleo y otros se divorciaron, como si el atentado fuera el pretexto ideal para rearmar sus vidas. Pero uno de los relatos más conmovedores es el de los hermanos Akashi. Tatsuo, un hombre de treinta y siete años, vio cómo su vida se modificó por completo cuando su hermana menor padeció los efectos del gas. Shizuko, de treinta y uno, cayó en coma y al principio sus posibilidades de sobrevivir eran escasas. Tras despertar, ella era un ser distinto. Parecía que el pasado había sido desterrado de su mente, además de las grandes dificultades para mover su cuerpo y articular palabras. Lo bello de la historia, es cómo Murakami expone la dedicación de Tatsuo. Su plena confianza en la rehabilitación de su hermana, la devoción para traerla de regreso a esa época previa al sarín. Además, el autor pidió entrevistarse con Shizuko y logró percibir a la chica de antes,  intuyó esa necesidad de volver y superar la frontera de sus músculos.

De su encuentro con la mujer, Murakami rescata una reflexión sobre sus propias capacidades “¿Qué significa estar vivo? Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría su misma fuerza de voluntad, esa fuerza imprescindible para seguir vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez?, ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé, sinceramente no estoy seguro”.

Es tiempo de finalizar. En una hora cenaré. Luego un poco de televisión. Restará leer y los minutos del calculado insomnio. Mañana, despertar a las ocho, desayuno y revisar los guiones de mis alumnos. Hasta las cuatro de la tarde hay actividades establecidas, sería genial si pudiera llenar la tarde de una vez. Pero momento, qué tal si hay un incendio, o alguna extraña secta decide volar una avenida en mil pedazos. Qué tal si al caminar por Chapultepec, un fanático desvía su camión y aplasta a todos los peatones. Dos décadas después del atentado de Tokio, la posibilidad de una tragedia sigue presente, de hecho cada vez más. Tal vez, Guadalajara, tan ciudad y tan pueblo, aún está distante del terrorismo cosmopolita. Pero por lo pronto, pondré en mi agenda, en cada hora, un espacio para el posible atentado, lo tendré presente. Debo hacerlo. Así, al momento de aspirar el gas, trataré de recordar los mejores instantes de esta vida, pensaré en la familia, en lo que se va, en los besos ausentes, en la idea de aferrarme a este lado de la realidad. Me aterra la idea de que la Muerte me tome por sorpresa, así, sin la delicadeza de confirmar la cita.

 

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