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Interrogante


Reseña de El Clan de los Estetas de Alejandro Badillo

Por Judith Castañeda Suarí

Para Alejandro Badillo la literatura consiste más en tejer hipótesis que en dar certezas a los lectores. Así lo vemos en su más reciente libro, El clan de los Estetas.

Publicado por la Universidad Veracruzana, reúne cuentos que, si bien pueden situarse dentro del universo de lo real o en un terreno fantástico, también se apegan a dicha premisa. Esto ocurre desde el inaugural Una palabra, biografía probable que el autor construye a partir de una imagen. Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así, nos dice Alejandro, para luego desplegar el escenario de una cita con una mujer anónima, el de una posterior riña de bar, para describir un cuerpo que parece una piedra junto a un árbol, muerto después de un balazo.

Es semejante a una autopsia este ejercicio, tan minucioso como si se tratara de examinar un cadáver; sin embargo el autor trabaja con una fotografía, o así puede sentirse, y es su instrumental un lenguaje exhaustivo y una palabra, la del título, que no se dice pero se describe como de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco.

En el cuento La emboscada se repite esa atmósfera terregosa, casi ocre, que rodea al muerto bajo el sol de Una palabra, eso y el bar, el arma que se dispara sobre un hombre. La diferencia estriba en la interrogante que la pluma de Badillo siembra como engranaje del texto. No es completa esa duda; sin saberlo, la posee el personaje, el hombre que acude a ejecutar a la mujer que ya no sirve a la organización, pues se ha relacionado con un contacto poco fiable y a causa de ello, se perdieron veinte kilos de cocaína.

En la misma situación nos encontramos quienes, al otro lado del papel, observamos junto al hombre lo miserable de ese bar de carretera. Y como él, aguardamos. Música de acordeón, tabaco transformado en humo y tarros coronados con espuma de cerveza sirven de marco para la entrada de la mujer, la víctima de cabellos negros que acepta sentarse a la mesa del hombre, que participa de una charla de aquellas que se entablan cuando existe el interés de acercarse y no se sabe cómo. El pretexto, aquí, es saber si ella es nueva por esos rumbos y la confidencia de un reciente desempleo. La escena tiene la inestabilidad de los terrenos pantanosos: él sabe que la mujer miente al decir que va todas las noches al bar, sopesa la pistola y teme ponerse al descubierto, se arrepiente de una invitación que es un salto al vacío. Pero hay un punto seguro, una respuesta que acompaña a la mujer y al final se desvela, tanto a nuestros ojos como a los de quien la esperaba.

Más ejecuciones se nos entregan en el cuento que da título al volumen. El Clan de los estetas parece, en principio, una historia cotidiana de un hombre, personaje y narrador en primera persona, que llega a una ciudad nueva con una carta de recomendación y la expectativa de mayores satisfacciones. Las promesas de un mejor salario, de un empleo en la redacción de un periódico y de escribir algo de trascendencia, se combinan con la tranquilidad y lo pintoresco de una ciudad de provincia.

Pero pronto se desenmascara el escenario real: la violencia se hace presente. Alejandro la esboza con elementos tan familiares como un cadáver en la carretera, caminos bloqueados y automóviles convertidos en antorchas. En la ciudad se habla de una tregua rota, en el periódico, el trabajo va perfilando a dos ejércitos enemigos y anónimos. Hay fotografías sangrientas que llegan a la redacción del diario, comercios que se cierran nada más llegar el crepúsculo y desconfianza. Hasta que un fin de semana se escuchan disparos a pocas calles del departamento que renta el personaje.

Lo anterior, que obligaría a otros a renunciar a su empleo y mudarse, revela en el narrador de El Clan de los Estetas a un hombre curioso, a alguien cuyo morbo, si así puede calificársele, lo hace guardar un registro minucioso de los hechos, es decir, de las muertes.

A partir de una noche de whisky y cervezas en compañía de Javier, el editor del periódico, de la charla sobre periodismo que deviene en preferencias literarias, es que el cuento muestra su trasfondo fantástico, pues la violencia obedece a una especie de lectura de cartas donde la buenaventura se encuentra en los ojos de los muertos.

En este punto, Alejandro Badillo introduce la leyenda de una longeva hermandad que se dedica a ver el futuro, primero, en las entrañas de las bestias y después, en cadáveres obtenidos de cementerios. A la sombra del cristianismo, de sus enseñanzas de resignación, esa cofradía se desarrolla y prosigue hasta dividirse, hasta que una de sus dos ramificaciones decide que el futuro, las infinitas posibilidades que Dios ha dejado como señales en nuestro interior, son más legibles si se estudian en un cuerpo que sufre los estertores de la muerte, en el momento mismo en que cesa la respiración.

Y mientras, se mantiene la violencia en la ciudad y con ella, el presentimiento de una cacería sin tregua, de un escenario donde sólo uno de los adivinos sobrevivirá a fin de intentar descifrar, una vez más, esa gran interrogante que es el porvenir.

Hay otros cuentos que abrevan del género fantástico. Están, por ejemplo, La noche mil dos, El hombre que siempre ganaba y La espera. Los dos últimos mantienen un pie en la realidad: un local de antigüedades, hasta donde llega un desconocido de barba ofreciendo un libro, en el caso de El hombre que siempre ganaba y una especie de asilo de ancianos solitario en La espera.

Sin embargo, el antifaz oculta, en el caso de La espera, a personajes en eterna pausa, en un sendero entre la residencia que habitan y el bosque, frontera que los separa del exterior. El hombre que siempre ganaba, por su parte, guarda otra forma de inmortalidad, la que posee un autómata envuelto en el halo de las leyendas.

En La noche mil dos, por el contrario, la atmósfera de fantasía es completa. Desde el título, desde la frase inicial “Se cuenta […] que en la antigüedad del tiempo…” el autor nos instala en un sitio enclavado en una Asia irreal, donde aparecen unas luces semejantes a ojos amarillos. En ese reino, el gobernante y sus consejeros se reúnen intentando precisar el origen de dichas luces, ya que se trata de un evento nunca antes visto. La narración gira en torno a la máxima de que la sospecha apresa el alma de los hombres y es capaz de llevarlos a la locura, y en su final inesperado, aunque parece haber una certeza, existe ese cierto dejo de duda que posee incluso aquello de apariencia contundente.

Murakami. El atentado en las agendas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Relacionistas públicos, gente del mundo de la moda y el cine, trabajadores de la industria automotriz, contables, abogados, artistas, ejecutivos, militares, incluso un jockey irlandés. Casi todas los oficios y profesiones confluyen en el sistema de transporte subterráneo de Tokio. Allí, los vagones no sólo desplazan cuerpos apiñados; dentro de cada anatomía hay millones de ilusiones.

Me gusta planear. Adoro hacerlo. Tal vez se relacione con la idea de dominar el tiempo, diseccionarlo y acomodar las actividades en horas con forma de cajón. Me resulta complejo el aventurarme a los días sin la agenda bajo el brazo. Supongo que comparto este sentimiento con otras personas, en especial aquellas demasiado ocupadas; esas para las que cada minuto es importante y no les da igual si un tren pasa a las 08:15 u 08:17.

Pero si algo nos deja en claro Underground, de Haruki Murakami, es que cualquier idea de lo que es nuestra vida se desvanece en segundos. Por más organizados que seamos, nunca incluiremos en nuestra lista de pendientes escapar de un atentado. Nadie se va a dormir pensando que al otro día estará junto a una bolsa que contiene gas sarín. Con la cabeza sobre la almohada,  la mayoría se preocupa por las juntas con el jefe, los fracasos amorosos, el trabajo acumulado, los hijos, y aquellos sueños dejados atrás en pos de la prosperidad. Pocos imaginan los colores de la bomba, a los dementes, a quienes dibujan perfectos esquemas para aniquilar.

Underground

Esta obra se encarga de recopilar testimonios del ataque ocurrido en el Subterráneo de Tokio en 1995. Doce personas murieron al estar expuesta al gas sarín, además, miles resultaron heridas y con graves consecuencias. La secta Aum fue la responsable.

El texto es entrañable porque Murakami no se acerca a los afectados sólo para conocer un punto de vista, los vuelve personajes, la nostálgica pluma del japonés crea un marco para aproximarnos a quienes padecieron el atentado. Al autor le preocupa adentrarse a sus vidas. Cada testimonio abre con un perfil de la víctima, trazos de su ayer y así los aleja de las frías estadísticas y las imágenes repetidas en los medios de comunicación. También hacia la parte final del texto, hay espacio para la voz del fanatismo, los culpables tratan de justificar el porqué de sus actos y la locura asoma en un intento por esbozar sentidos.

Insoportables dolores de cabeza, pérdida de la memoria, complicaciones en la vista, un cansancio eterno y semanas o meses para recuperar el ritmo laboral son las principales secuelas tras el atentado. Sin embargo, en los relatos palpita el miedo enraizado, la imposibilidad de retornar a la vida previa a la tragedia, como si el veinte de marzo de 1995 los hubiera arrojado hacia una dimensión sin respuestas. También en sus palabras hay necesidad de justicia, venganza, llevar hasta la muerte a los responsables o someterlos a los efectos del gas. Se refleja así, como un acto de este tipo provoca el nacimiento de nuestro peor yo.

Hay quienes perdieron seres queridos, algunos cambiaron de empleo y otros se divorciaron, como si el atentado fuera el pretexto ideal para rearmar sus vidas. Pero uno de los relatos más conmovedores es el de los hermanos Akashi. Tatsuo, un hombre de treinta y siete años, vio cómo su vida se modificó por completo cuando su hermana menor padeció los efectos del gas. Shizuko, de treinta y uno, cayó en coma y al principio sus posibilidades de sobrevivir eran escasas. Tras despertar, ella era un ser distinto. Parecía que el pasado había sido desterrado de su mente, además de las grandes dificultades para mover su cuerpo y articular palabras. Lo bello de la historia, es cómo Murakami expone la dedicación de Tatsuo. Su plena confianza en la rehabilitación de su hermana, la devoción para traerla de regreso a esa época previa al sarín. Además, el autor pidió entrevistarse con Shizuko y logró percibir a la chica de antes,  intuyó esa necesidad de volver y superar la frontera de sus músculos.

De su encuentro con la mujer, Murakami rescata una reflexión sobre sus propias capacidades “¿Qué significa estar vivo? Si yo estuviera en la piel de Shizuko, ¿tendría su misma fuerza de voluntad, esa fuerza imprescindible para seguir vivo? ¿Tendría su coraje, su perseverancia, su determinación? ¿Podría tomar la mano de alguien con esa misma calidez?, ¿Me salvaría el amor de los demás? No lo sé, sinceramente no estoy seguro”.

Es tiempo de finalizar. En una hora cenaré. Luego un poco de televisión. Restará leer y los minutos del calculado insomnio. Mañana, despertar a las ocho, desayuno y revisar los guiones de mis alumnos. Hasta las cuatro de la tarde hay actividades establecidas, sería genial si pudiera llenar la tarde de una vez. Pero momento, qué tal si hay un incendio, o alguna extraña secta decide volar una avenida en mil pedazos. Qué tal si al caminar por Chapultepec, un fanático desvía su camión y aplasta a todos los peatones. Dos décadas después del atentado de Tokio, la posibilidad de una tragedia sigue presente, de hecho cada vez más. Tal vez, Guadalajara, tan ciudad y tan pueblo, aún está distante del terrorismo cosmopolita. Pero por lo pronto, pondré en mi agenda, en cada hora, un espacio para el posible atentado, lo tendré presente. Debo hacerlo. Así, al momento de aspirar el gas, trataré de recordar los mejores instantes de esta vida, pensaré en la familia, en lo que se va, en los besos ausentes, en la idea de aferrarme a este lado de la realidad. Me aterra la idea de que la Muerte me tome por sorpresa, así, sin la delicadeza de confirmar la cita.

 

Mi relación con la locura

Conversación con Alejandro Paniagua, autor de Los demonios de la sangre.


1. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
La escritura para mí es siempre el instante previo a la iluminación o al ensombrecimiento. La escritura me transfigura y me vuelve inmundo. Es una bendición que me maldice bellamente.

Yo escribo para contener los impulsos violentos, para distraerme de algunos síntomas de la enfermedad, para apaciguar a las bestias, a los esperpentos y a los chamucos de mi cabeza, de mis manos, de mis tanates, de mi ánima. Escribo para no descarapelarme los nudillos, para obligarme a estar en calma, para mantener un alto nivel de misticismo y de demencia, para atenuar la obsesión, la compulsión. Parece contrastante, pero escribo porque me hace muy feliz.

Cuando era niño, una maestra me preguntó por qué me la pasaba escribiendo sobre el pupitre todo el día. Le di la respuesta más sincera que he dado al respecto: Maestra, escribo para dejar de temblar.

2. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Mi método infalible para no dejar de escribir nunca es simple: si no se me ocurre nada, escribo lo que soñé, un recuerdo real de mi vida, algún suceso que me haya hecho emputar o carcajearme, algo que me haya hecho estremecer o llenarme de ternura; escribo lo que me da miedo, lo que me provoca una erección. Escribo las reglas del turista, lo que se siente que una mujer a la que amas te la mame, a qué saben los hombros de mi mujer, o sus pecas, o sus sobacos. Escribo lo que sea, incluso cuál sería mi apodo si yo fuera el jefe de jefes de un cartel de drogas.

Como soy budista, la meditación también me ayuda a desbloquearme.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, de Los demonios de la sangre?
Cuando era niño y comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de mi epilepsia, de mis padecimientos neurológicos y de mi depresión clínica (ataques de ausencias, desesperación, sensaciones exasperantes en las manos y en la cara, desolación, pesadumbre), mis padres me llevaron con muchos médicos. Un psiquiatra, quien era una supuesta eminencia, nos dijo que yo tenía tendencias psicóticas, que un día mi enfermedad terminaría por desplegarse con todo esplendor, que un día me volvería loco, pues. Yo crecí pensando que estaba condenado, sin remedio, a convertirme en un demente. Resultó que el diagnóstico era una negligencia, yo sólo padecía diversos tipos de epilepsia en diversas zonas del cerebro. Los demonios de la sangre habla, sin miramientos, de mi relación con la locura, de mi terror a perder la razón. No quiero entrar en detalles, pero casi todo lo que aparece en el libro tiene un equivalente en la realidad. Y ello es a la vez terrible y fascinante.

4. ¿Es diferente escribir que tener una “carrera literaria”?
Si tienes suerte, todo lo que escribas aportará algo a tu carrera literaria: te hará ganar concursos, te lo publicarán en revistas o en libros, etc. Si no, simplemente escribirás y ya, sin que necesariamente la creación te permita avanzar en un sendero profesional o se dé a conocer en medios. La realidad, sin duda, es que basta con escribir. Con eso uno tiene suficiente.

5. ¿Ayudan los premios?, ¿las becas?
Ayudan un chingo. Te permiten dejar de trabajar un rato y dedicarte sólo a escribir. No sólo dan prestigio y reconocimiento, sobre todo, ayudan a crear seguridad, a no dudar tanto del propio trabajo literario. El problema es cuando uno se obsesiona con ganar certámenes y becas. Entre mi primer concurso ganado y el segundo, pasaron muchos años. Yo me atribulé como un demente durante la espera, se me fue descarapelando el alma en ese proceso. El secreto es no obsesionarse con ganar, y aprender a ser derrotado. Pero acá entre nos, yo adoro los premios literarios.


El soundtrack de Los demonios de la sangre

#HistoriasSinSpoilers

 


 6. ¿Novela o cuento?
Las dos, sin ninguna duda. Pero la mera verdad, yo siempre digo que voy a renunciar al cuento, pero a los dos o tres días se me ocurre uno y me pongo a escribir a regañadientes. El cuento y yo tenemos una relación enfermiza, codependiente, destructiva, de chingadazos y ofensas; sin embargo, resulta también muy gozosa. La novela, por otro lado, es el amor de mi vida.

7. En un país como el nuestro, ¿qué tan relevante es el papel del escritor?
No es relevante, pero ayuda a mentarle la madre de forma bella, de forma excepcional al sistema. Nuestro oficio es ofender al sistema político mexicano mediante alegorías, hipérboles, cultismos, prosopopeyas, hipérbatos y sinécdoques.

8. ¿Qué te emociona más, escribir o impartir talleres?
Prefiero pinche mil veces escribir, pero dar talleres me encanta. Últimamente he dado varios talleres para niños. En una de las sesiones, les pedí a mis alumnos que escribieran un cuento sobre su futuro, uno que narrará a qué se iban a dedicar, si estarían casados, divorciados o solteros, si tendrían hijos, mascotas; si se convertirían en millonarios o no. Me emocionó que la mayoría se veían a sí mismos como escritores, incluso hubo unos que, además de ser bomberos, veterinarios, Batmans, guerreros ninjas, hadas, presidentes de la República o videojugadores profesionales, también escribían por las noches. Me sentí orgulloso de motivarlos a escribir de manera constante

9. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
Ricardo III, La Tempestad, El Rey Lear, Sueño de una noche de verano, El Mercader de Venecia, La Iliada, La Odisea, El Paraíso Perdido, Poeta en Nueva York, Una soledad demasiado ruidosa, Autobiografía de un yogui, Pedro Páramo, Las Cosmicómicas, Baile con serpientes, Aullido, Cuatro Reinas, Océano Mar, El Puente de San Luis Rey, El lugar sin límites, La interpretación de los sueños, Diario de un enfermo de nervios, las obras completas de Charles Simic, Salón de belleza, Lascas, Muerte sin fin, Primero sueño, Piedra de sol, Nocturnos, Espantapájaros, Las flores del mal, Muerte en la rúa Augusta y Los pinches demonios de la sangre.
Mis autores cómplices son dos nomás: Homero y Shakespeare.

10. ¿Qué más, además de la escritura?
Sólo hay una cosa que me fascina tanto como la escritura: las personas (mi esposa, mi familia, mis amigos, mis alumnos, mis maestros budistas y literarios, los taxistas que siempre terminan contándome su vida, los extraordinarios tipos con quienes disfruto de los videojuegos, incluso, en menor medida, mis enemigos).

11. Un consejo o anécdota con lo que quisieras cerrar esta serie de preguntas.
Vale la pena quebrantar un tanto tu moral, tu fe, tus pánicos, tus mojigaterías, tu placer sexual, tu relación de pareja, tu sanidad, tu bienestar físico y espiritual, y tu tranquilidad por escribir un buen libro.

“Lejanos guerreros”, primeras páginas

Compartimos las primeras página de Lejanos guerreros la novela más reciente de Héctor Palacios.  Sólo el inicio porque #HistoriasSinSpoilers

Alejandro Paniagua: 5 mejores relecturas de 2016

Con esta breve recuento de Alejandro Paniagua (autor de Los demonios de la sangre), iniciamos con las recomendaciones que algunos autores de Paraíso Perdido tienen para ustedes con motivo del cierre de año. Libros, películas, música y lo que a cada autor se le ocurra, con el fin de abrir un poco más el abanico de posibilidades hedonistas para iniciar 2017. Más allá de la sobada etiqueta “lo mejor de”, se trata de un ejercicio de compartir e invitar.


Baile con serpientes, de Horacio Castellanos Moya.

En este libro, Castellanos Moya quebranta el género fantástico y lo anega de violencia, de inmundicia. A lo largo de la novela, el autor embellece lo inhumano y vuelve mágico lo sangriento. La anécdota de la novela desconcierta y encanta: un hombre, acompañado de cuatro serpientes homicidas y parlanchinas, comete actos atroces por toda la ciudad. El protagonista del libro es, al mismo tiempo, un domador de serpientes, un súper villano, un vengador, un despojado, un psicópata, un elegido y un parásito metafísico. Baile con serpientes es un libro que me hizo ver que aún es posible crear obras absolutamente distintas a lo que ya se escribió alguna vez.

 

Muerte en la Rua Augusta, de Tedi López Mills

Los versos de este extraordinario poema narrativo nos arrojan, sin miramientos, a la psicosis de Gordon, el protagonista. Y así, nos despeñamos de lleno en las alucinaciones, sobresaltos, juicios y tribulaciones del enfermo mental, mientras nos vamos haciendo pedazos con las hipérboles, las metonimias, las alegorías y las metáforas deslumbrantes de la poeta. La lucha del protagonista es desgarradora, todo está en su contra: su mente, su cuerpo, sus dibujos, su esposa, las albercas, su mejor amigo, el dinero, el yo lírico, un mentado Anónimo, el origami y, sobre todo, él mismo. Durante la lectura del poema se crea una triada de insania, es decir, que muchas veces tanto la autora como el lector y, por supuesto, el protagonista, andan vueltos locos: la escritora, loca de alta poesía; el lector, loco de goce estético; y el protagonista, loco de incomprensión, de desamparo. Tedi López Mills es, sin duda, una de las poetas vivas más brillantes.

 

Autobiografía de un Yogui, escrito por Yogananda.

Yogananda es uno de los personajes que aparecen en la portada del disco “Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles, y ello es suficiente para revelarnos la importancia del escritor. Yogananda fue quien introdujo la filosofía hinduista a Occidente. En el libro aparecen elementos que jamás se encontrarán en ninguna otra autobiografía, como la capacidad del autor para ver a través de los objetos y las paredes, la irrupción de un templo que se agiganta y se disminuye a voluntad, una plática presencial con la diosa Kali, la visita a la casa de una mujer que no necesita comer, un maestro al que le cortan el brazo y simplemente se lo coloca de nuevo, encuentros con  Gandhi, el poeta Rabindranath Tagore y el ganador del Premio Nobel de Física, Sir C.V. Raman. Se dice, además, que Autobiografía de un Yogui era el único texto que Steve Jobs llevaba en su iPad. Yogananda es un personaje histórico tan desquiciante y atractivo que fue el único maestro espiritual que meditó sobre una trajinera en Xochimilco, y ésta es una de las razones por las que me fascina.

 

La melancólica muerte de Chico Ostra, escrito por Tim Burton

A lo largo de los poemas del libro, Tim Burton exalta, con maestría, lo grotesco de ser niño. Mediante personajes adorables y repugnantes al mismo tiempo, como la Chica Vudú, Cabeza de Melón o el Chico Ancla, Burton expone el mal hado que aqueja a los que son distintos debido a un rasgo de contrahechura o de peculiaridad. El texto es un ser fantástico, mitad poemario infantil y mitad circo de fenómenos. Las ilustraciones del libro muestran con desparpajo y desfachatez la genial visión estética de Tim Burton.

 

Ricardo III, de Shakespeare

Ricardo III fue un homicida, un fratricida, un regicida y un infanticida. Y sin embargo, es un personaje entrañable. Se trata del primer villano encantador de la literatura. Al buen Ricardo (un tipo jorobado, tullido y muy muy feo) lo amas todo el tiempo a pesar de que comete un acto indecible tras otro. Un ejemplo de su carisma y su capacidad de manipulación se muestra en una de las primeras escenas de la obra: Ricardo III, luego de asesinar al suegro y al esposo de una taciturna dama, logra enamorarla y convencerla de contraer matrimonio, todo ello frente al féretro del marido recién ejecutado. Ricardo es un tipazo, pues. La determinación y el ansia irrefrenable de este malnacido por convertirse en el Rey de Inglaterra resultan ejemplares, al menos a mí (y espero no ser juzgado muy severamente por ello), el personaje me enseñó a no rendirme nunca. Esta obra es, sin duda, una de las joyas de la corona del maestro universal Shakespeare.

#CantaHerida #GabrielRodriguezLiceaga #JamesNuño #LosNoMuertos #ParaísoPerdido #Editorial

“Los no muertos”, ¿una más de zombis?

Conversación con James Nuño autor de Los no muertos.


1. Cuéntanos de Los no muertos, ¿de dónde nace la idea de escribirlo? ¿Qué le dejará al lector? ¿Qué representó para ti?
La idea surgió desde dos frentes. Vino tras la paranoia nacional causada por la influenza H1N1. Aquello parecía el inicio de una película de terror: la gente tenía miedo a salir, a ir al trabajo, hasta de saludarse de mano. Por otra parte, precisamente, estuvo la influencia del cine de terror, particularmente del subgénero zombi. Este monstruo ha generado en mí una inquietud muy particular debido a la amplia gama de interpretaciones que puede tener: desde la masa enajenada hasta la turba anónima que se levanta contra el sistema.

A partir de esto, pensé que sería interesante abordar la idea de la histeria colectiva en una ciudad como ésta, en un país como el nuestro, y la figura del zombi me pareció ideal por absurda y cercana a la vez. Así que busqué insertar en una situación extrema a algunos personajes que de tan ridículos nos resultaran harto familiares: un oficinista, un periodista izquierdoso, una artista mediocre y una microempresaria narcisista. Creo que, después de casi seis años de haber comenzado el proyecto, tras múltiples lecturas, recortes y reescrituras, el lector de esta novela podrá encontrar una suerte de espejo distorsionado que le hará preguntarse hacía dónde ha dirigido su vida durante los últimos años e, incluso, si ha sido consciente de ello.

2. ¿Es tu novela una novela más de zombis?
No. Precisamente, el planteamiento inicial fue trazar una historia en la que destacaran los personajes y las implicaciones de una pandemia de este tipo, a diferencia de lo que sucede en las series, películas y libros de zombis que basan su éxito, casi de manera exclusiva, en el efectismo de las vísceras, los desmembramientos y las persecuciones caóticas. Es decir, quería hacer un comentario a través de este género, como lo hicieran en su momento Romero o Brooks, y no sólo contar una historia de terror llena de lugares comunes.

En esta historia, los zombis son lo menos aterrador; los no muertos, este concepto que navega en la indefinición de la vida y la muerte, son estos personajes que pasan la vida sin vivirla, pensando en qué sería si todo fuera diferente, pero cuando finalmente lo es, lo primero que hacen es tratar de escapar de su vacío existencial. Aquí no hay héroes. Nadie intenta rescatar a la humanidad, ni siquiera a sus seres cercanos. Este atado de imbéciles, inútiles y narcisistas, se la pasa huyendo de sus responsabilidades, de sí mismos, y no es hasta que la pandemia llega que comienzan a reaccionar… aunque sea para volver a huir.

3. ¿Qué es para ti la escritura? ¿Para qué escribes?
Hay muchas formas de hacer literatura, de aproximarse a ella. Para mí, escribir consiste en un acto de síntesis, interpretación y resignificación de la realidad. Es una suerte de reducción de las esencias, como se hace en los perfumes o en los extractos para los cocteles clásicos: hay que filtrar las realidades, exteriores e interiores, y luego mezclarlas en dosis justas para dar una nueva perspectiva, un nuevo sentido.

 4. ¿Cuáles son los temas de los que te atrae escribir?
Hemingway decía que uno no puede escribir sobre lo que le es ajeno. En mi caso, escribo sobre realidades cercanas a mí aunque, sin quererlo, sin proponérmelo, existe por lo regular un elemento fantástico bastante sutil que trastoca la realidad de los personajes. Digo que “sin quererlo”, puesto que intento hacer relatos lo más realistas posible. Pero creo que nuestra realidad se ha vuelto tan increíble —no en la mejor de las acepciones—, tan absurda, que es imposible pensar en que hay algo sospechosamente fantástico detrás de ella. Me ha tocado vivir en tiempos de incertidumbre, donde las supuestas seguridades de nuestros padres se han ido desmoronando y el futuro parece muy lejano pero no por eso menos amenazante. Creo que si hay un tema recurrente en mis textos es ése: la incertidumbre y lo absurdo de nuestra realidad.

5. ¿Qué tipo de autor te consideras?
Creo que soy un autor precavido, quizá demasiado. Dudo mucho de la veracidad de mis palabras. Cuando tengo una idea, la rumio durante días, a veces meses, antes de comenzar el proceso de escritura, que dura otros días o meses (o años, como es el caso de Los no muertos). Luego, cuando el escrito se publica, reniego porque siempre encuentro errores o, más que errores, aspectos mejorables. No obstante, he aprendido a ser paciente, a no compararme con mis colegas y sus muy envidiables plumas y carreras en ascenso. Me refiero a que me he resignado a escribir lo que haya de ser escrito, a decir lo que haya de ser dicho.

6. ¿Sientes que formas parte de alguna generación? ¿Es importante?
La mía es una generación sándwich. No somos ni los bohemios ni los diplomáticos que fueron nuestros predecesores, pero tampoco los veinteañeros que publican en sus blogs desde los 12 y que ahora su fama de escritores los precede aun sin un libro publicado. Sin embargo, me doy cuenta de que después de varios esfuerzos aislados, ahora comienza a haber ciertos vínculos entre los escritores jóvenes de los 80, con una camaradería que antes no había. Creo que ese vínculo, esa fuerza, es necesaria para consolidar un estado cultural y literario perdido desde hace muchos años.

 


El soundtrack de Los no muertos


7. ¿Qué libros te han dejado huella? ¿Qué autores consideras cómplices?
El primer libro “serio” que leí en mi adolescencia, fue Pedro Páramo; no creo haberlo comprendido cabalmente en aquel entonces, pero causó una gran impresión en mí. Luego, en la facultad, leí a Cortázar y a Borges y quedé maravillado ante las posibilidades tan diversas de la literatura. Después me topé a los americanos, particularmente a Hemingway y a Carver. Creo que es a raíz de ellos que tengo una idea un poco más clara de qué es la literatura y qué se puede hacer con ella. Después han ido y venido otros autores asombrosos, como Ellis o Houellebecq. Es lo maravilloso de esto: uno nunca deja de tener hallazgos.

8. ¿A qué autores vivos recomendarías seguir la pista?
Me parece que hay que estar al pendiente de autores jóvenes que de manera más o menos reciente se han ido construyendo una carrera y que seguro en unos años serán un referente obligado. Por mencionar sólo algunos están Gabriel Rodríguez Liceaga, Eric Uribares, Alejandro Badillo, Daniel Espartaco, Abril Posas, Manuel Fons, Aniela Rodríguez, Érika Zepeda… La lista sigue y, con suerte, se irá engrosando en los próximos años.

9. ¿Qué estás leyendo actualmente?
Tengo una pila de libros pendientes desde hace un par de meses y que se acrecentó después de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Me interesa leer a mis contemporáneos. Justo ahora termino La fila india de Antonio Ortuño (un pendiente que traía desde hacía meses) y ya estoy comenzando a sentir la ansiedad de no saber con qué continuar: si con La cena de Herman Koch, los cuentos de Carson McCullers o alguno de los últimos premios Tierra Adentro… En su momento (en un par de horas) lo decidiré. O no.

10. ¿La lectura está sobre valorada?
La lectura está malinterpretada. Desde pequeños nos han dicho que hay que leer para ser más cultos, que tenemos que tomar los libros para aprender. Alguien dijo —no sé si fue Bachelard, Barthes o algún compañero de cantina— que un texto es todo aquello que permite una lectura. Todos los días recibimos mensajes que decodificamos. Todos los días leemos. La diferencia es que en un libro no hay ruido que entorpezca la comunicación; ese ruido está en nuestras cabezas. Las palabras en un libro están fijas, esperando a que nosotros las decodifiquemos a consciencia.

Y ése parecería el problema, el reto. Sin embargo, me parece que, si lo entendemos así, la lectura no debería diferir a escuchar una charla magistral, de esas que nos dejan con la boca abierta, a escuchar a nuestros abuelos o ver una película de esas que nos marcan para toda la vida.

11. ¿Qué más además de la escritura?
Todo, pues todo la precede. La escritura es el tramo final de una serie de actividades y vivencias que tienen que ver con la lectura: de libros, de series, de películas, de charlas, de eventos sociales, de personas… Todo ello es lo que en verdad importa. Sin esas lecturas, no somos sino un simio tecleando frases más o menos coherentes.

12. Algo que gustes agregar.
Ño.

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Recuerdos de juventud y rock and roll

#LecturasExtremas #Editorial #ParaísoPerdido

 

Este viernes 4 de noviembre de 2016, a las 20:30 horas, en Impronta, presentamos el segundo título de la colección Logófago de nuestro sello editorial: Recuerdos de juventud y rock and roll de Alva Lai Shin Castellón.

En palabras de la doctora Patricia Torres San Martín, “Mediante los testimonios de […] mujeres tapatías se reactivan situaciones y subjetividades de la vida pasada y presente, pero también de la vida social y cultural de la Guadalajara de los años sesenta, y queda expuesta la manera en que el relato cinematográfico se fusiona con los recuerdos y la memoria”.

“La autora elabora una visión multidisciplinaria para analizar el proceso de recepción empírica del cine mexicano de los años sesenta y las identidades juveniles de Guadalajara, con un grupo de mujeres tapatías que consumieron estos filmes y sus imágenes recurrentes: jóvenes con chamarra de cuero y en motocicleta, jovencitas con un look de adultas y en minifaldas, amores inocentes, juventud reventada que se divertía al máximo comiendo un helado o asaltando las cafeterías”.

“Los lectores […] encontrarán una veta más para pensar el cine como una experiencia que siempre involucra una película, una personalidad, una situación social y un tiempo y estado de ánimo específico”.

Nos acompañarán para comentar el libro Patricia Torres San Martín y el maestro José David Calderón. ¡Los esperamos!

¿Quien es Alva Lai Shin?

Si desean conocer un poco más de la trayectoria de Alva, pueden seguir este link.

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