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Hecho en México


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Batman llega en el batimóvil con un Robin de plástico a dejar víveres en la colonia Roma; Frida Sofía se consuma como una ficción menos atractiva que la mujer de intendencia que sí murió bajo los escombros; una perra rescatista con visor y zapatitos se convierte en heroína; un poema se convierte en tema de aplauso y crítica en menos de cinco minutos y el número cinco pierde su valor para volverse menos que uno; un par de jóvenes son grabados “dándose amor del bueno” entre las lonas de plástico de un centro de acopio.

Todo parece una ficción que sólo podría suceder en México. Hasta que me toca compartir la mesa con una amiga que pasó la semana organizando camiones con jovencitos que querían ir a ayudar a las pequeñas comunidades que no salen en las noticias y la escucho hablar de la angustia con la que esos papás despiden a sus hijos. Hasta que veo a una alumna con una cajita improvisada en la que todos pueden cooperar con monedas para enviar ayuda. Hasta que descubro, en el muro de alguien más, la foto de un primo con el que casi no tengo contacto y lo reconozco entre un grupo de médicos voluntarios que a pesar del cansancio, aceptaron ir a casa de un niño que los invitó a cenar. Todos tenían comida en sus respectivas casas, pero fueron por la ilusión en la cara del niño, que sonríe en la  foto como si, efectivamente, hubiera invitado a cenar a Batman.

Latas con mensajes de ánimo escritos con marcador indeleble en las tapas; cartas de amor a quienes no sobrevivieron; reclamos por los que ayudan y se toman fotos; airados posts en los que se cuestiona hasta cuándo durará la moda de ayudar; gente caminando con letreros que prometen que si vas a comer a tal restaurante la mitad de tu cuenta irá a donaciones; tortugas y pericos rescatados que despiertan el entusiasmo por encontrar vida bajo los escombros y más estampitas de la perra, que también se llama Frida.

No puedo quejarme: no como pensaba quejarme hace una semana cuando parecíamos estar listos para sacarnos los ojos unos a otros en nombre de Mara y tantas otras víctimas. No como cuando llegué a escuchar a un par de niños decir que en México ser narco era ser un héroe y qué importaba si al final los mataban, si tenían chicas guapas y dinero por el tiempo que les alcanzara la vida.

Hay muchos más pendientes entre líneas, más quejas, más piedras que tirar porque también nos alivia y alimenta a ese animal que todos llevamos dentro y que no usa visor, ni zapatitos. Pero no quiero escribir sobre eso, sino de esta sensación de oportunidad que guardan todas estas historias que se desenvuelven ante nosotros. Historias que, con todo y sus vueltas de tuerca, con todo y los absurdos que no pueden faltar en cualquier tragedia mexicana, han tenido multitud de personajes involucrados en el afán de ayudar. El impacto de sus pequeñas o grandes acciones no se pueden medir ahora mismo, pero quizás puedan ser referentes cuando se ofrezca invocar a héroes que no sean el Señor de los Cielos o Pablo Escobar.

Mientras tanto, un hombre corre en Berlín con una bandera mexicana que dice: “México Stark”; una mujer que recién fue a uno de tantos velorios se asusta con el sonido de algo que se cae en su alacena, temiendo que en cualquier momento vuelva a temblar;  jóvenes que fueron de voluntarios a los pueblos regresan sanos y salvos para el alivio de sus padres; una ingeniera que hace unas semanas declaraba en un grupo de WhatsApp que “odiaba a la gente”, negocia la disponibilidad de una bodega para que pequeñas comunidades lleguen por ayuda; alguien intenta explicar qué es el Antropoceno; los amantes del centro de acopio no tienen privacidad y en la colonia Roma hay cajas con letreros que dicen: “si esto llega a un niño/a, díganle que Batman lo envía”.

 

Moira, perro milenario


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Todo empezó como un juego. Había un congreso de budismo en la expo, y el que entonces era mi novio y yo escuchamos en la radio sobre la visita de los restos de un monje, un tal Rimpoché. Hasta entonces sólo había consistido en fingirle la voz, una vocecita baja y gangosa, cada vez que mi perra, Moira, hacía cierta expresión. La coordinábamos con sus gestos, las pausas que hacía para lamer u olisquear algo, como si de verdad fuera ella quien hablara.

La historia de Rimpoché agregó un nuevo ingrediente al juego. Moira, la perra, juró en uno de sus diálogos con nosotros que ella era la reencarnación del monje y que, por un error cósmico, su alma, destinada al Nirvana, había terminado en el cuerpo alargado y paticorto que teníamos frente a nosotros.

Sus siestas se convirtieron en viajes astrales encubiertos, y comenzó a darnos dudosos consejos espirituales, basados en una supuesta sabiduría ancestral. Lo cierto era que, cada que nos inventábamos un consejo en voz de Moira, solía ser una barrabasada; algo que haría pensar que el cosmos no se había equivocado; un ser que dijera cosas como las que salían de su hocico no hubiera entrado al Nirvana porque se trataba del ser espiritual más corrupto y poco confiable que conoceríamos jamás.

Moira aprendió a distinguir su voz, a mirarnos pacientemente y posar mientras teníamos largos diálogos con ella. Cuando la relación con mi ex terminó, Moira y yo salimos por la puerta, y todo parecía indicar que era el fin de sus historias.

Sin embargo, ella conservó su voz para hacerme reír y reírse de mi. Sus comentarios políticamente incorrectos, acompañados de movimientos de cola y la mirada bromista de la  daschund, cautivaron también al hombre que ahora es mi pareja. Javier siempre le gustó a la perra… y los diálogos crecieron. Moira se convirtió entonces en la experta mentirosa que se contradice una y otra vez para hacernos soltar la carcajada. Intercambia verdades trascendentales e inservibles por pedacitos de pan. Cuenta anécdotas de vidas pasadas en las que ha sido franquista,  amiga de Torquemada y otros extremistas. Recita poemas a su pelota y aboga por todo lo que sea incorrecto, absurdo, indefendible.

Moira, con la calma zen que la caracteriza, ha terminado por confesar que lo de Rimpoché fue un cuento, aunque lo del Nirvana sí sea verdad. También ha llegado a decir que le caemos lo suficientemente bien como para posponer su partida o quizás, arreglar una nueva reencarnación siempre y cuando le prometamos uno de sus manjares favoritos: nieve.

Moira sabe cuándo jugar, cuándo quedarse quieta, cuándo mirarnos fijamente o sacudir la cabeza, completando algún chiste o mandándonos a volar. Sé que para muchos sonará absurdo, pero en estos días me he dado cuenta de que Moira nunca ha sido un sustituto de hija, sino algo más. La compré en una veterinaria un año después de que murió mi padre, en mi momento más ateo y beligerante.

Moira, cuyo nombre elegí a partir de un personaje de los X-Men, es también el nombre de las personificaciones del destino en la mitología griega: las Moiras son tres mujeres que controlan el hilo de la vida de todo mortal, desde su nacimiento hasta su muerte. Una es hilandera, otra echa suertes para decidir qué tan largo es el hilo, y la última usa las tijeras cuando decide que ya es hora.  A la muerte de mi padre, creí que necesitaba un cachorro del que hacerme cargo, pero en realidad necesitaba justo lo que Moira me ha regalado: el humor negro como arma ante lo desconocido.

Hace un año su hilo estuvo a punto de romperse. Moira estuvo muy enferma y pensamos que sería la despedida. Leí Moby Dick en voz alta para ella y, después de unas semanas de convalecencia —páginas y páginas de místicas ballenas—  se recuperó para acompañarnos en una versión más flaca, pero igual de simpática y embustera.

Hoy el cuerpo en el que hemos depositado tantas historias, con todo y sus pulgas, parece anticiparnos que la partida se acerca. Contar el secreto de su voz y sus historias, de las risas en las que ella participa, me hace sentir un poco tonta, y a la vez privilegiada. Espero que algún burócrata espiritual esté tomando nota para corregir el error y, cuando llegue el momento, exista alguien esperando a Moira con nieve y una pelota amarilla, allá lejos, en el Nirvana.

Apologías zoológicas

Sueños lúcidos

por Javier Paredes

El emprendimiento de Google Books nos ofrece el improbable obsequio de El Asno Ilustrado o la Apología del Asno, por un asnólogo, aprendiz de poeta, edición de 1837, que en su momento fuera donada por J.C.  Cebrian a la Universidad de California y que aún luce en sus guardas virtuales la veteada imitación del mármol.

Al uso de los antiguos manuales de historia natural, esta apología intenta conciliar no la suma de un saber “científico” (lo que ahora consideraríamos científico) sino todas las referencias posibles a un tema, en especial las literarias, las históricas y las filosóficas.

En la obra del asnólogo se aprecia una paciente y prolija recolección de datos, que se centran en este humilde animal, al que se atribuyen las virtudes de una vida frugal, sobria y laboriosa: casi nada pide ni lo espera, ni es menester preparación alguna para su mesa, el primer cardo que encuentra le hace plato: nada le parece que se le debe, ni se le ve jamás disgustado o mal contento… Es de paciencia singular modelo, ni afán ni gasto ni cuidado exige…tan útil para el hombre con albarda, como sin ella, cincho, ni aparejo, y sin gastar con el peine ni esponja, le sirve sin herrarle y pelo a pelo.

Pasan de seiscientas las hojas que incluyen copiosísimas anotaciones históricas, críticas, filológicas, geográficas, físicas, médicas, filosóficas, políticas morales y religiosas; que por igual mencionan al valeroso borrico de Babilonia que dio muerte a un león en tiempos de Alejandro Magno, que al manso burro que cargó en sus lomos al Redentor.

Si pareciera banal vindicar al asno, más fútil aun se nos presenta el elogio de la mosca, ensayado por Luciano de Samosata; y reproducido por Augusto Monterroso.

Luciano halaga a la mosca que se nutre con los hombres (y de los hombres) siendo su comensal y su invitada, animal de fuerte mordedura, que hiere al caballo y es capaz de torturar al elefante. Filosófico, le asigna la inmortalidad del alma como su característica: Cuando la mosca ha muerto, si se le echa un poco de ceniza, resucita al instante, como si renaciera, y recomienza una segunda vida.

Monterroso va más allá. Nos aclara que existen moscas de la guarda, que nos cuidan a toda hora de caer en pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles de la guarda de verdad que de pronto se descuidan y se vuelvan cómplices, como el ángel de la guarda de Hitler.

Entre los animales que han sido objeto predilecto de encomios se encuentran el perro y el caballo; del primero se ocupó —entre muchos otros— Lord Byron; del segundo, el naturalista Buffon. El epitafio que dedicó Byron a  Boatswain nos indica:

Near this Spot
are deposited the Remains of one
who possessed Beauty without Vanity,
Strength without Insolence,
Courage without Ferocity,
and all the virtues of Man without his Vices.[1]

Palabras que dan fe del sentimiento, las apologías zoológicas son testimonio de solidaridad entre los vivientes; del hermano lobo de San Francisco a las prácticas jainistas de la India; de Peter Singer a las desnudas manifestaciones de PETA. Vivimos en una época de animalistas, a despecho de ello y de manera lamentable, nuestra incontenible demografía va consumiendo el espacio de los otros y día a día vamos extinguiendo a nuestros compañeros de viaje.


[1] Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad,
fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad
y tuvo todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos.