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Estudié Psicología para ser escritora


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Entré a la carrera para desarrollar personajes, voy a ser escritora.

Supongo que hubiera sonado bien para una alumna que cursa sus primeras semanas en la Licenciatura en Comunicación y quizás hubiera hecho sonreír a algunos maestros de Letras; pero cuando yo me soltaba aquél choro en las aulas de Psicología, los maestros mal disimulaban la risa.  Bueno, parecían pensar, pues a ésta ya la perdimos desde los primeros días, dediquémonos a los demás.

Lo cierto es que conforme fueron pasando los semestres, se me olvidó esta idea y comencé a verme como una futura psicoanalista. Afortunadamente, en mis prácticas descubrí que era pésima terapeuta: fumaba como loca durante las sesiones con adolescentes y casi les invitaba los cigarros, desconcertaba a mis pacientes con una campana tibetana que supuestamente hacía vibrar para que se relajaran pero no sabía usar muy bien y terminaba alterándolos con inesperadas campanadas, y sufría de vómito y ataques de pánico después de las sesiones con algunos niños a quienes no tenía ni puta idea de cómo acompañar.

Hace un par de semanas fui a un taller de lectura organizado por Juan Fernando Covarrubias para platicar sobre Todos los ruidos del mundo, y resultó que, sentado a la misma mesa, estaba uno de aquellos profes a los que les soltaba el rollo aquel de: yo estudio psicología para escribir. Choche, a quien apodábamos así porque entonces se parecía al integrante de Bronco, era ahora Carlos, un lector simpatiquísimo y con muchas preguntas interesantes, y yo era la autora invitada que hablaba hasta por los codos porque había llegado temprano y me moría de nervios.

Tardamos casi toda la sesión en ubicar de dónde nos conocíamos y cuando lo logramos supongo que ambos nos sentimos un poco viejos; él se fue poniendo serio, yo nombré a compañeros que eventualmente desertaron de la carrera y me acordé de lo pendeja que debía sonar diciendo aquello de estudio Psicología para crear personajes.

Después de casi veinte años (en enero se cumplen y nomás de sacar la cuenta me dieron ganas de llorar), cumplí de alguna manera: doy clases de análisis de personaje, uso la teoría que aquellos maestros esperaban diera frutos en un consultorio para aplicarla a la ficción. En los manuales de guion he encontrado que todo eso que yo pensaba que me serviría para escribir, efectivamente funciona y puede ser valioso para otros creadores. Las viejas notas que me hacía en la cabeza, pensando en cómo Freud podría aplicarse para entender a un personaje, o cómo Jung parecía hecho para analizar novelas y películas, han rendido frutos.

Quiero pensar que soy mucho mejor tallerista que terapeuta (perdí la campana tibetana, sigo fumando en las sesiones pero no vomito al final), que todo ha tenido sentido y que aunque me escuchaba como una loca en aquel entonces, no estuve tan equivocada: estudié Psicología para ser escritora.

Bisbis bisbis


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hace tan solo unos días (mientras Javier y yo comprábamos en el Oxxo cualquier tontería que bien podríamos haber comprado antes), escuchamos a Wakefield balbucear algo que no entendimos, pero que no eran groserías. El vagabundo de la colonia al que le seguimos la pista aunque nos mudamos de casa y a quien sólo habíamos escuchado decir chingaderas cuando se enojaba, también va al Oxxo y se compra  refrescos, también sabe decir palabras amables, aunque sólo suenen a algo así como “bubusa”, o “glu-glu”. En tan solo segundos, el hombre misterioso al que le hemos construido toda una historia, al que hemos seguido con asombro por la ciudad y con quien de vez en cuando cruzábamos un “buenos días” o un “buenas tardes”, al que él respondía con un resoplido y una sonrisita, ya no parecía tan extraordinario ahí, frente al mostrador, con sus monedas.

Por alguna razón, escucharlo y verlo en un lugar tan ordinario para nosotros y que se comportara como un hombre civilizado, me hizo pensar que algo se había perdido, aunque fuera sólo un pedacito. Y es que él es como una versión en carne y hueso de esos personajes que no se explican, sólo se experimentan como una infinidad de posibilidades que, si se reducen a una sola, se desvanecen. Como el personaje de Feuille Morte, de la novela Modelo para Armar, escrita por Julio Cortázar, a quien todo le asombra y acompaña a los personajes a un lado y a otro y que sólo dice: “Bisbis bisbis.” Jamás he entendido qué diablos pasa con Feuille Morte o qué es exactamente, pero su potencial para ser casi cualquier cosa, lo hace mi personaje favorito en esa historia.

Viendo a Wakefield caminar con una blusa de mujer en el verano, tomando el camión y andando, siempre andando, prefiero pensarlo como mucho más que un vagabundo que alguna vez perdió la cabeza y se quedó en la calle, a dormir bajo los árboles y a comprarse refrescos en el Oxxo.

El misterio sobre “el Horror”, que el señor Kurtz nombra y que el protagonista de la novela guarda como un secreto en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, me emociona precisamente por no saber de qué se trata. Dejar que la suposición se imponga a la realidad me parece más interesante que saberlo todo, como la idea de adivinar qué habrá querido escribir Trump con el famoso Covfefe o imaginar la historia detrás de una cicatriz. Ya desde niña mi mamá  me decía bastante seguido que: “el sordo no oye, pero compone”, y supongo que es verdad; en el silencio, es más fácil crear.

Quizás eso era en lo que pensaba Carson McCullers cuando creó a Mr. Singer, el sordo protagonista de El Corazón es un Cazador Solitario,  o Cristina Rivera Garza cuando armó toda una escena en la que los personajes de La Cresta de Ilion ( entre ellos Amparo Dávila), hablan en un idioma que se parece mucho al bisbiseo de Feuille Morte. Mario Heredia también tiene un cuento en el que una serie de piezas musicales se componen a lo largo de años en el silencio y que el lector sólo puede escuchar una vez que termine la historia y sume, como una melodía, los recuerdos que ha ido construyendo página a página en torno al personaje principal.

Hoy Wakefield camina por la calle un poco más tangible que de costumbre, y más tarde, cuando voy a la zona de Chapultepec y veo a otro indigente jugando con el agua de la fuente, descubro a un hombre mirándolo fijo, con la misma sorpresa que tal vez se me nota cuando veo al  apresurado chaparrito que no usa los zapatos en pares. Por un momento pienso: no, no lo mires tanto, algo así de maravilloso habría que mirarlo sólo de reojo. Pero luego descubro que me interesa el hombre que mira, más aún que el vagabundo.

¿Qué misterios guardará para que le cautive tanto ver a un hombre deslizar el agua por sus brazos? ¿Le recordará a alguien? ¿Le hará desear acercarse y mojarse, también, las manos? Y entonces me asalta la posibilidad de que alguien me mire a mí y se pregunte: ¿qué hace esa mujer mirando a ese señor? Así que me apresuro, voy al Oxxo, y compro una coca que pago en silencio, señalando las monedas, sin bisbisear.

#wakefield, #HistoriasSinSpoilers bisbis-bisbis

Adultos buenos para nada


Saca el diván

Por Edna Montes

“¡Tú lo hiciste, Fulano!”, claro, porque un niño tiene la habilidad física para destrozar una casa, matar a un pelotón, pintar una habitación entera de sangre o provocar un temblor. Completamente lógico. Bueno, al menos estos adultos te culparon del desastre; otros no se enteran de nada o de plano ni siquiera están ahí.

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Es así como llegamos al punto en el que no puedes pedir una chela en un bar ni ver pelis clasificación C, pero ya te toca pelear contra el Mal Supremo. Eso sí, con los adultos no cuentes para nada. Da igual si el muñeco poseído sostiene un cuchillo en sus caras o los malvados aliens se estacionan en tu jardín perfecto de suburbio: “Es que los niños tienen mucha imaginación”. De ahí pueden esfumarse como ninjas o hacerte la misión aún más difícil. ¿Pelearás con uñas y dientes para que te crean? ¡Suerte con eso! Estarás en el delgado límite de irte a tu recámara sin cenar o envuelto en una camisa de fuerza.

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Todo puede empeorar, en este mecanismo narrativo no sólo existen los adultos negligentes, también están los maltratadores. Esos que no contentos con que el monstruo de la semana te persiga o tus amigos caigan como moscas, hacen que prefieras luchar contra los vampiros o el payaso asesino.

Incluso a ti como espectador te desesperan, admítelo. Más de una vez le has gritado a un personaje que deje de ser obtuso y POR FAVOR le crea ya al mocoso(a). Casi se te derrama la bilis cuando castigan a los menores por algo que obviamente no hicieron, o peor tantito los maltratan por gusto. En el fondo, hasta sientes algo de satisfacción mientras te repites que tú sí les harías caso a los protagonistas.

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Este elemento es fundamental en algunas tramas juveniles e infantiles. En honor a la verdad, muchas aventuras escolares y adolescentes serían imposibles si los papás o  profesores resultaran funcionales. En ocasiones más que un caso de adultos buenos para nada, se trata de uno en donde la mala comunicación mata. Los menores no confían en los mayores, por lo tanto no piden ayuda.

Mientras son peras o manzanas, me parece que si algo aprendemos de consumir ficción para evadir la adultez que no pedimos pero que la vida nos enjaretó, es a nunca dejar de ser niños. Sí un pequeñín te dice que hay un demonio, vampiro, alien o adulto terrible conspirando desde las sombras, ¿por qué no le crees un poquito?, para variar. Por favor, por favor, POR FAVOR, nunca seas ESE adulto nefasto.

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Recapitulando:

Adultos buenos para nada

Fórmula:

Una terrible amenaza se cierne sobre el mundo/ los adultos no se dan cuenta o son incapaces en todos los aspectos/un grupo de niños o adolescentes debe salvar el día.

Como lo viste en:

Loveless (Anime, JC Staff/TV Asahi, 2005)
Suzumiya Haruhi no Yūutsu (Anime, Kyoto Animation, 2006)
Calvin y Hobbes (Comic, Bill Watterson, 1985-1995)
Peanuts (Comic, Charles M. Schulz)
The Goonies (Película, Richard Donner, 1985)
Hocus Pocus (Película, Kenny Ortega, 1993)
Pesadilla en la calle del infierno (Película, Wes Craven, 1984)
Eso (Libro, Stephen King, 1986)
Matilda (Libro, Roal Dahl, 1988)
Una serie de eventos desafortunados (Libros, Lemony Snicket/Daniel Handler 1999-2006)
Buffy (Serie, Joss Whedon, 1997-2003)