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Las malditas listas que se pasan de ídem.


De principio a film

Por Rodrigo González

Odio las listas. Las listas de lo que sea, hasta las del súper. Y a pesar que reconozco su utilidad y ayuda en momentos inciertos o de flaqueza en la memoria, hay algunas que particularmente me crispan los nervios, sobre todo aquellas que enumeran lo mejor o lo peor de algún tema. Pretender cercar el gusto y el deleite sobre una expresión estética a la miopía de una sola persona o institución —que por inciertos artes o aires se proclama autoridad en el tema—, me parece grosero, fatuo y al mismo tiempo un despliegue de soberbia monumental. Por principio, nadie puede realmente hacer una lista veraz con las cien (o diez) mejores cosas de algo. Ni pinturas, ni películas, ni discos, ni libros, ni canciones, ni vinos, ni conciertos, ni series de tv. Nada. None. Cero.

Primero, porque los parámetros para decir que una cosa es mejor que otra son completamente subjetivos y personales cuando se trata de una expresión artística y segundo, porque todo el tiempo se están creando cosas nuevas que, evidentemente violentan y rompen la naturaleza misma de una lista. Acaso, lo acepto, hay cosas o eventos que pueden clasificarse basadas en ciertos logros (como la cantidad de personas en un concierto), en premisas evidentes (como la altura del los edificios), en artilugios propagandísticos (las canciones más escuchadas del año) o en obviedades (los mejores equipos de la liga española), pero todo esto es, al final del día, un mero ejercicio caza likes que rara vez ofrece una guía o aporta algo sustancial al tema. Por eso las odio. Y es, irremediablemente en la última parte del año cuando afloran los expertos y sus listas.

Yo no me considero un experto en lo absoluto. Hay temas que me apasionan y temas que me conmueven. Hay eventos que sigo con puntualidad y algunos que preferiría no haber atestiguado. Y aunque me gustaría hacer una lista con el top ten de políticos mexicanos deleznables, por ejemplo (¡¿con quién empezarla, caray?!), debo reconocer que la tentación de hablar de lo que más me gusta —el cine— es grande. Durante estos meses que he atendido gustoso la invitación de Paraíso Perdido a colaborar en su blog, he hablado básicamente de películas y de la forma en la que éstas me marcan y me sorprenden. Así que en honor a las fechas, aquí les comparto lo que a mi gusto -estrictamente personal- son algunas de las películas que más disfruté este año.

Rogue One

La mejor película de la saga. Nada de fuerza, nada de poderes telepáticos, nada de elegidos, nada de destinos manifiestos. Una película de acción pura y dura que pone el origen mismo del heroísmo en personas comunes y corrientes. Diego Luna irreconocible y un guión que meticulosamente tejió el puente perfecto entre el pasado y el futuro de la serie. Renovados los mitos, ya que hagan lo que quieran con los demás episodios, total.

The Witch

Cine profundamente emotivo y valiente. Lleno de figuras y referencias actuales sobre la batalla en la equidad de género. Hecha con un toque de neurocirujano y un cuidado por los detalles que disfruté enormemente. La secuencia final aún me da escalofríos.

Coco

Sí, es una película para niños. Sí, es de Disney. Sí, se metieron con algunas de las tradiciones más sagradas de los pueblos mexicanos (aquí nos desgarramos las vestiduras, please) y sí, lo hicieron maravillosamente bien. Lo mejor es tratar de no llorar cuando empieza la rola de Bronco.

John Wick: Chapter II

La primera parte de esta entrega es completamente inesperada. Acción y más acción destilada con un móvil de venganza canina. La segunda parte es absolutamente fantástica. John regresa a… pues a matar gente, obvio. Perdí la cuenta del número de referencias que tiene al cine silente, pero auun sin conocerlas todas es absolutamente disfrutable. Recomiendo subirle al volumen, el soundtrack es una maravilla.

Logan

Yo iba a ver a Wolverine pero salí con el corazón apachurrado y profundamente conmovido. El retrato y reflexión sobre la decadencia, sobre poder inútil, lo inútil del poder en exceso y del peso que cargan las nuevas generaciones, estén preparadas o no para asumir su rol en el mundo.

Jim and Andy. The great beyond.

Sorpresa máxima del año. Netflix se arriesga con un documental que nadie quería distribuir y con justa razón, pues abre la puerta a una confesión honesta sobre la locura y la entrega. Jim Carrey está en otro nivel. Hay momentos en la entrevista que parece un iluminado. Como si a través de la actuación hubiera alcanzado el nirvana o algo. Yo lo sospechaba desde que lo vi en The Truman Show, pero en este documental nos deja todo muy claro. No se lo pierdan.

¿Notan la ausencia de películas mexicanas? Pues eso. Pero ya hablaremos del tema el año que viene. Ahorita es tiempo de celebrar, dicen.


Fotografía: Glenn Carstens-Peters / Unsplash


Coco o la fragilidad de la memoria


De Principio a Film

Por Rodrigo González

Fundamentalmente fui a ver Coco por el perro. Es decir, por el personaje del perro Dante. Llámenlo nostalgia —porque sí extraño a Artemio— o simple curiosidad cinéfila, pero me pareció muy acertado que Pixar utilizara al xoloitzcuintle para abrirnos la puerta a su versión de una de las tradiciones mexicanas más arraigadas y menos entendidas de todas las que tenemos.

Vale la pena decir que el actual rito del día de muertos es resultado del sincretismo entre la celebración indígena de los muertos presidida por la diosa Mictecacíhuatl o dama de la muerte, la celebración católica traída por los españoles del día de los fieles difuntos y la celebración celta del Samhain o banquete de los muertos (que derivaría en América en el Halloween —All Hallow ́s Eve— y posteriormente en el Día de Todos los Santos). Quizá en algunos años agreguemos a este listado el tradicional desfile del día de muertos cortesía del agente 007.

Antropología aparte, creo que Pixar merece un aplauso por la meticulosidad y detalle con el que crearon esta historia. Tres años de investigación antropológica en sitio dieron la base para que todo lo que vemos en Coco lo sintamos profundamente familiar. A cambio de esto, las de cocodrilo en el cine, por supuesto.

Cuando una obra, ya sea una película, una novela, un cuadro, una fotografía nos confronta con nuestros pensamientos y emociones y nos obliga a buscar respuestas a aquello que desconocemos o no comprendemos del todo, es cuando el arte cumple con su objetivo.

Yo creo que el cine por ejemplo, cuando es buen cine, tiene la increíble capacidad de fijarse en nosotros como una memoria, como un recuerdo propio. La experiencia cinematográfica rebasa las líneas de la realidad y la circunstancia personal y se tatúa en nosotros como una vivencia propia, ofreciéndonos una gama nueva de emociones, de razonamientos, de conclusiones.

Este fue precisamente el caso de Coco. La virtuosidad con la que cada detalle es reconocible y se inserta y despierta como propio en nuestra psique colectiva: la vieja tv proyectando la película en blanco y negro, la guitarra de clavos y alambre, el altar con las fotos familiares contando una historia pero escondiendo otra, la chancla de la abuela como último método de amorosa disciplina, la comida, el tequila, el papel picado, los íconos mexicanos enmarcando la vida cotidiana, la versión del mictlán que empieza en las pirámides y superpone sobre ellas el México de ahora de vecindades y torres de departamentos y calles empedradas y plazas con kioskos y caos, la fiesta interminable, el trabajo en familia, los primos enfadosos y queridos, y por supuesto el perro ingobernable y profundamente arraigado como protector y como guía de la infancia.

Abre la puerta para que aún después de que la película termine, pasemos días rumiando en nuestro propio lugar acerca de nuestra memoria, de lo que será de nosotros cuando nos vayamos.

Si tu foto no está en el altar, no puedes regresar al mundo de los vivos a ver a tu familia. Si tu foto no está en el altar es porque no se habla de ti, porque tu legado fue pobre, porque te olvidaron, porque una generación de nietos y bisnietos te perdió la pista. Si tu foto no está en el altar, ya muerto mueres lentamente, hasta que nadie más habla de ti, hasta que mueres la muerte real, la del olvido. Si tu foto no está en el altar es porque la memoria es una cosa frágil, delicada como pétalo de cempasúchil.

Qué cabrona la vida que de algunos quisiéramos dejar de hablar para que ni muertos regresaran, y de otros, quisiéramos llenar todos los altares con sus fotos, su comida, sus recuerdos para que nunca dejaran de venir.

Yo pensé en mi abuela Irene, la que me enseñó a leer. Échenle la culpa a ella por estas palabras.