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Dentro de una esmeralda


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Salvador Díaz Mirón, el poeta veracruzano y modernista, fue lo que hoy llamaríamos “un gran hijo de puta, un cabrón”. Tuvo un espíritu rencoroso y un carácter desfachatadamente agrio. Armarla de pedo era su estilo de vida. Fue tan colérico que su libro más importante, Lascas, comienza con el reclamo a unos gringos que publicaron sus poemas con erratas, títulos incorrectos, fragmentos de más y de menos y, por si fuera poco, no le pagaron por la publicación ni un mugre peso, ni un méndigo dólar:

“Una tipografía yankee juntó en un volumen, y luego puso en venta, ciertos cantos de mi cosecha, recogidos de los periódicos; pero lo hizo sin mi consentimiento, sin consultarme siquiera, ni enviarme un céntimo. Perpetró una usurpación, un despojo; se apoderó alevemente de lo ajeno y lo expendió como cosa suya. ¡Buen provecho! Más que el desvergonzado latrocinio, dolióme que la extranjera empresa, provista y asesorada por no sé qué «paisano mío,» recargara, con pecados que no cometí jamás, mi asendereado nombre literario, que ya andaba con pesado fardo. Mis infortunadas composiciones yacen en el haz fraudulento, no sólo plagadas de horribles yerros de imprenta, sino alteradas intencionalmente, y como por malicia de inquina, pues advierto allí grotescos cambios de títulos, al par que nocivas supresiones y añadiduras.”

Cabe mencionar que se imprimieron, en su momento, quince mil ejemplares de Lascas y se vendieron toditos, así de popular era Mirón.

Díaz Mirón fue además una especie de Chuck Norris emocional, ya que enfrentó tribulaciones terribles. Tuvo que vivir separado del amor de su vida e incluso, en un desplante total de brío, asistió a la boda de aquella mujer quien terminó casándose con otro. También se cuenta que ella amaba tanto a Mirón, que al no poder tenerlo, un día le mandó una carta escrita con sangre para hacerle saber que la vida no era nada sin él. Mirón habla de ello en el poema: A Tirsa.

Y un consuelo has escrito a mis penas;

y la tinta consagra el favor,

si es carmín que ha corrido en tus venas

y por mí ha pintado un rubor.

El veracruzano se enfrentó con templanza a una de las situaciones más ásperas para el espíritu: la muerte de su hija de apenas quince años. El suceso se menciona en el poema Venit hesperus:

¡A nobles luchas nada me incita;

conculco y mancho laurel de pro!

El bardo sufre tremenda cuita

echando menos la tortolita

que al aura obscura se le voló.

Díaz Mirón no tenía ninguna mesura frente a sus impulsos de violencia, disparaba su arma a la menor provocación. Durante un juego de damas, el poeta se encabronó tanto porque iba perdiendo que se agarró a balazos con su rival. Durante esta batalla Mirón fue herido en el hombro y su brazo quedó inutilizado por el resto de sus días. Aun con el brazo tullido, Salvador tuvo peleas a muerte con otros varios tipejos. Uno de ellos incluso le dio un madrazo en la cabeza al poeta con un trozo de madera (dicen que la cabellera exorbitante de Mirón amortiguó el golpe y lo salvó de la muerte). Luego de recuperarse y sacudirse las astillas y el polvo de la melena, Súper Mirón persiguió a su agresor y le vació la pistola hasta matarlo.

También se sabe de cierto que el veracruzano fue condenado a cuatro años en la cárcel por matar a quemarropa a un hombre de apellido Wolter, quien murió con el puro aún prendido y enhiesto en la mano. Salvador salió libre mucho antes, debido a sus influencias. A Díaz Mirón le dieron después una sentencia de ocho años por dispararle a un diputado (no lo culpo), pero gracias a un amparo, sólo estuvo algunos meses en prisión. A los 74 años, el vate se peleó con un alumno contestón e irresponsable (tampoco lo culpo) y lo agarró a culatazos hasta que hizo que el joven perdiera el conocimiento. Cuando le erigieron una estatua a Salvador en su tierra, muchos aseguraron que el índice de la figura apuntaba con cinismo hacia el cementerio para hacer saber a los paseantes: “Allí están enterrados todos los que me chingué”.

Pero, en fin, resulta que cuando Mirón no estaba sufriendo los embates de la pinche vida o asesinando a indeseables, se dedicaba a escribir algunos de los textos más bellos de la poesía mexicana. Era tan chingón que el mismísimo Rubén Darío le dedicó un poema para exaltar sus letras.

Una indudable muestra de la calidad literaria del veracruzano es el soneto:  Dentro de una esmeralda. El uso de imágenes intrincadas y de palabras infrecuentes hacen que el soneto parezca una adivinanza gloriosa, un acertijo de alta belleza. El primer cuarteto evidencia, sin duda, lo anterior:

Junto al plátano sueltas, en congoja

de doncella insegura, el broche al sayo.

La fuente ríe, y en el borde gayo

atisbo el tumbo de la veste floja.

¿Y qué carambas significa este revoltijo de hermosura? Simple: Díaz Mirón nos confiesa que anda espiando a una muchacha que desabrocha su vestido junto a un árbol. El “sayo” es una prenda que implica recato, ya que cubre hasta las rodillas de la jovencita. “La fuente ríe” es una imagen que nos describe el sonido del flujo del agua.  El “borde gayo” es una forma poética de decir la “orilla alegre” del río. ¿Y por qué está alegre el torrente? Pues porque es testigo del momento en el cual la joven se desnuda para bañarse en su caudal. El verso “atisbo el tumbo de la veste floja” es el más famoso de Díaz Mirón. Se trata de una aliteración absolutamente musical y exquisita que usa los sonidos de las “tes” y las “bes” para hacer sonar su micro sinfonía erótica. Este verso demuestra el talante y el talento del poeta, quien usa el lenguaje de los dioses para contarnos algo bastante sencillo: que mira mesmerizado el vaivén del vestido que está a punto de caer.

El segundo cuarteto del soneto deleita por igual:

Y allá, por cima de tus crenchas, hoja

que de vidrio parece al sol de mayo,

toma verde la luz del vivo rayo,

y en una gema colosal te aloja.

La segunda imagen del poema es archi artificiosa y de una finura que se desborda. Las “crenchas” son las dos partes de una cabellera que han sido separadas por una raya. Sobre aquella melena se posa una hoja que parece estar hecha de vidrio y hace que la luz se torne verde al atravesarla. El efecto visual provoca que la mujer parezca estar envuelta en una esmeralda, en una gema colosal. La esmeralda estaba de moda entre las clases altas del porfirismo, Díaz Mirón lo sabía muy bien, ya que el era un psicópata “bon vivant”. Por ello elige la gema verde como base de su texto. Es curioso que el poeta mire a la muchacha, pero nunca intente conquistarla o seducirla. La realidad es que en la poesía modernista importan bastante menos las conquistas eróticas que las victorias verbales y poéticas.

Pero el final del soneto (los dos tercetos) resulta magistral:

Recatos en la virgen son escudos;

y echas en tus encantos, por desnudos,

cauto y rico llover de resplandores.

Despeñas rizos desatando nudos;

y melena sin par cubre primores

y acaricia con puntas pies cual flores.

“Recatos en la virgen son escudos” quiere decir: para la mujer honorable, el recato es su coraza, su medio de protección. Y es que Díaz Mirón también fue un gran misógino y un conservador, eso es evidente. Luego se nos hace saber que la joven deja caer su pelo brillante sobre sus encantos desnudos, como si fuera una lluvia de resplandores. Y finalmente, el cabrón de Díaz Mirón, cierra con una escena maravillosa. La mujer “despeña rizos desatando nudos”, es decir que se quita los listones del cabello chino y lo deja libre. La melena le cubre los senos y el pubis y cae hasta sus pies, la viste por entero, como si la joven fuera la Venus de Botticelli o Daniela Romo en los años ochenta. Entonces, las puntas de los rizos se despeñan hasta el fondo y le acarician los pies como si fueran pétalos de flores. ¡Ah, jijo!

Me parece increíble que un tipo tan ominoso como el buen Salvador Díaz Mirón haya sido capaz de crear poemas de tal factura, pero así es la poesía, embellece hasta la podredumbre.

Andrés Neuman: certezas y dudas


Orilla de letras

Por Rodrigo Chanampe

Neuman, #HistoriasSinSpoilers

No sé por qué intento respirar tu rastro cuando la lluvia perfuma el polvo, ansioso de encadenarte a mis pulmones. No sé por qué convoco al pasado, si estoy seguro que es un inválido sin ruedas. No sé por qué acaricio a los gatos como si buscara un secreto medieval en sus ronroneos. No sé por qué desconfío de los dioses, necio a darme cuenta que son tan necesarios como las caricias de un mentiroso amante. No sé por qué insisto en escribir, edificar párrafos endebles sin inquilinos.

En su poemario, No sé por qué, Andrés Neuman ejecuta un juego reflexivo y se aventura a cazar respuestas. No sé por qué venero la pornografía, es el verso inaugural del texto. Aquí el autor, descubre la fascinación por el salvajismo, la seguridad que brinda la distancia y el placer tan cómodo encontrado en la soledad.

En otro poema, afirma que las urnas funerarias son grandes ceniceros. Neuman se reclama su pasión por el cigarrillo a pesar de ver a su madre morir de cáncer, me desprecio cada día por no salvarla en mí. Así, la obra regala grandes sentencias y en ellas se revela un escritor que apenas a sus cuarenta años posee la experiencia de un mago de blancas barbas. Los poemas son un partido de tenis en donde el saque presenta la interrogante y la solución será ese punto ganador al que le aplaudimos con la boca abierta.

Para Andrés, hacer el amor no es broma, aunque se pregunta por qué reímos al entregarnos al otro, ¿será por las posturas carentes de elegancia?; pero al mismo tiempo, sabe que en el acto rozamos con la punta del pie un paraíso.

Neuman también indaga sobre la insistencia de las lagartijas, el desequilibrio de los cuadros, la utilidad de las comas, el tiempo perdido en internet y los besos enjaulados en la humedad de los labios. También se sorprende al darse cuenta que lloramos mejor con las películas/que con el argumento de la vida propia. Sin duda, es más fácil ser espectador que personaje; cuando las lágrimas son nuestras, resultan sobreactuadas o demasiado contenidas, sin la práctica de los grandes histriones.

Pero así como se cuestiona el llanto, hay un poema impactante, tal vez uno de los mejores de la obra. No sé por qué me río si me consta la muerte. Ante esto plantea tres hipótesis: reírse es un método exorcista, la risa es un buen truco/para que el cadáver desaparezca del escenario y reírse/es agradecimiento/celebración de los ausentes/que alguna vez también se divertían. Esta última, me resulta la más gratificante, con nuestras bromas los fallecidos cobran vida, recordamos su esencia, la mirada encendida al ser parte de una carcajada galopante. La risa como escudo indestructible, como música que acompaña a todas las vidas desde el inicio de los tiempos.

Para el ocaso de la obra, aparece un cuervo que persigue al autor y él tampoco sabe el porqué. Es el mismo, nos cuenta, que oscureció el verano de Van Gogh, ese de Poe graznando nunca más nunca más. Al ave, Neuman le pide durar un poco más un poco más un poco. Aunque sin especificar el para qué de la demanda, al final del libro nos es bastante clara la misión del autor: mientras esté con nosotros, nos compartirá verdades vestidas de dudas; el argentino es un explorador y bucea para resolver misterios.

No sé por qué, Andrés, encuentro en tu poesía tantas certezas, motivación, el goce de encerrarme en un libro y no salir de ahí. No sé por qué, Andrés, aún creo en el amor, en el mundo mejor que soñaron nuestros padres, en la alegría, en festejar cumpleaños y abrazar a los seres que nos reparan el corazón; no sé por qué aún espero los besos que anhelan eternidad como si desconociera la fugacidad de la belleza. No sé por qué, Andrés, a pesar de tantos golpes, aún no me enfermo de cinismo; será que la sonrisa me es útil para espantar a la gramática torturadora, al cansancio, a esas mujeres que, como diría Girondo, no saben volar; pero en especial, la mueca me sirve para engañar a los cuervos, aquellos que cuentan nuestras horas.

 

“Gasolina” de Gregory Corso

Por primera vez en Español, o por lo menos en México, Gasolina del poeta Gregory Corso, en una bella edición encuadernada a mano.